Petróleo surcando los mares para movernos por carretera

En 2009 la UE importó 522 millones de toneladas netas de petróleo, de las que más de la mitad (290 millones) fueron destinados al transporte por carretera. Este petróleo, que llega a los puertos europeos principalmente a través de buques petroleros, aunque una parte importante lo haga mediante oleoducto (el procedente de Rusia), hace posible que cada europeo se mueva diariamente de media 26 km en automóvil.

Las causas de este desorbitado trasiego de personas y mercancías en los países de la UE, principalmente se debe en el primer caso a la configuración durante décadas de modelos urbanos y metropolitanos que necesitan y promueven el uso del automóvil, y en el segundo a un sistema de transportes de mercancías que ha ido dejando de lado al ferrocarril y se ha ido volcando en la carretera, hasta el punto de que a día de hoy el 76% de las mercancías que se mueven dentro de la UE lo hacen por carretera, y solo el 17% lo hacen en tren. Unas mercancías que necesitan desplazarse dentro de la UE –no en vano el mercado interior de mercancías de la UE representa el doble de valor monetario que los intercambios con otras regiones– así como hacia fuera, para permitir el intercambio global de productos.

Dentro de ese comercio exterior [1] –que posibilita que la UE pueda comprar el petróleo que no tiene (83% de dependencia exterior) para luego impulsar su propio mercado interior– el segundo tipo de producto en importancia en valor monetario lo constituyen los recursos energéticos, entre los que el petróleo representan una gran parte; por lo que no resulta aventurado presuponer que en términos de peso representen el principal tipo de producto transportado.

Sin embargo, todo este petróleo no solo tiene la virtud de desplazar kilométricamente personas y mercancías, sino que también contribuye en gran medida a esas 400.000 personas que fallecen de forma prematura a causa de la contaminación del aire en la UE, a que los europeos seamos los seres humanos con las mayores emisiones de CO2 per cápita después de los norteamericanos, y que seamos en gran medida cómplices tanto de las agresiones causadas al medio ambiente (cambio climático, contaminación de mares y océanos, destrucción de selvas y otros ecosistemas, etc.) como de las infringidas a seres humanos que habitan en otras regiones del mundo (destrucción y contaminación de sus territorios, desplazamientos forzados, conflictos bélicos, etc.) como consecuencia de la extracción y transporte del petróleo.

Una de las repercusiones más importantes que tuvo el desastre del Prestige fue el de concienciar a una gran parte de la población del Estado español de las dramáticas consecuencias asociadas al transporte de petróleo por nuestros mares y océanos: se estima que cada año se transportan por mar alrededor de 1.700 millones de toneladas de petróleo. Unas imágenes que no solo mancharon las manos de las personas voluntarias que se prestaron a recoger el crudo vertido, sino también las conciencias de muchas personas cuando descubrieron las secuelas que implica mantener las elevadas tasas de motorización actual, sin las cuales todo el andamiaje de la economía global se vendría abajo. Una reflexión colectiva imprescindible que ha ido perdiendo vigencia del debate social con el paso del tiempo, de la misma manera que la arena ha ido ocultando el chapapote vertido en las playas de Galicia.

Recuperar la memoria del Prestige y las reflexiones acerca de un modelo socio-económico que se mueve sobre un consumo creciente de petróleo, no solo debería recuperarse urgentemente –por ser precisamente el agotamiento del petróleo uno de los factores que influyeron en el estallido de la crisis– sino sobre todo porque las reservas actuales no son suficientes para permitir el resurgimiento de la economía global y porque en términos de déficit –el mantra que dirige toda la política económica sobre cualquier otro tipo de consideración social o ética– el consumo de petróleo es el principal responsable del déficit comercial de la UE: en 2010 se registraron 153.000 millones de euros, causados por los 215.000 millones de euros de déficit en la compra de productos petrolíferos.

Por todo eso, la memoria del Prestige, con su carga de reflexión y concienciación social en torno al consumo de petróleo, no solo debería recordarse, sino que debería estar más presente que nunca en los discursos que persiguen adaptarse a la crisis sin incrementar el sufrimiento a los sectores de población mas vulnerables.

Mariano González, Coordinador de Transporte de Ecologistas en Acción