Fracking: extendiendo la frontera de los combustibles fósiles

El progresivo agotamiento de los yacimientos convencionales de combustibles fósiles está haciendo que la industria petrolera se aventure a explotar filones cada vez más pobres y de difícil extracción. Para ello se utilizan técnicas muy agresivas y contaminantes, con un retorno energético cada vez menor, pero con un atractivo económico creciente a medida que sube el precio del petróleo.

Desde hace algunos años se viene utilizando una técnica conocida como fracking, o fractura hidráulica, para la obtención de gas natural de yacimientos no convencionales. Esta técnica consiste básicamente en inyectar a gran presión en el subsuelo un enorme volumen de líquido, que fractura las pizarras o esquistos existentes a gran profundidad. Con ello se consigue liberar el metano atrapado en pequeños poros y grietas de este tipo de rocas, obteniendo cantidades sustanciales de gas natural.

Sin embargo, los graves impactos del fracking en EEUU, donde se viene utilizando desde hace unos diez años, han hecho saltar las alarmas, sucediéndose recientemente los informes que ponen en evidencia sus graves riesgos para el medio ambiente y la salud [1]. La obtención de gas natural con técnicas de fractura hidráulica, de hecho, no hubiese resultado rentable en EEUU de no haberse eximido a la industria del cumplimiento de la normativa de protección de las aguas y de la calidad del aire, así como de los controles de la Agencia Federal de Protección Ambiental (EPA). Y existen serias dudas de que lo sea en Europa si se aplican criterios de cuidado del entorno y de la salud.

El principal riesgo del fracking es la contaminación de las aguas por los productos químicos que se inyectan en el subsuelo en el proceso de fracturación. En la larga lista de productos utilizados figuran numerosos compuestos cancerígenos, alergénicos o de gran toxicidad. Se ha demostrado que estos compuestos pueden pasar a las aguas subterráneas o superficiales por diversas vías, representando un gravísimo peligro de contaminación de las reservas de agua potable de que disponemos. El propio gas metano puede contaminar las aguas subterráneas y los pozos, como se ha podido comprobar en numerosos lugares en EEUU. El fracking también puede generar importantes emisiones de contaminantes atmosféricos, que representan un riesgo sanitario adicional.

Por otra parte, el gran número de perforaciones necesarias para extraer gas natural de este tipo de yacimientos, y las instalaciones y trasiego de vehículos asociadas, supone una importante ocupación del territorio y el deterioro de paisajes y ecosistemas, poniendo en peligro las actividades tradicionales de un territorio y el bienestar presente y futuro de sus gentes.

No se sabe con seguridad la cantidad de gas existente en los yacimientos no convencionales de gas natural, ni que fracción podrá extraerse. Sin embargo, las expectativas de negocio generadas están llevando a una carrera por apropiarse de los derechos de extracción de este recurso en todo el mundo. En España se han concedido decenas de permisos de investigación de gas natural mediante técnicas de fractura hidráulica en los últimos 4 años, y las empresas siguen solicitando nuevos permisos en todo el territorio español.

Sin embargo, la movilización de la población en muchas comarcas y la oposición de algunos ayuntamientos están consiguiendo paralizar algunos de los proyectos más avanzados, como sucede en Álava o Cantabria.

Isabel Bermejo y Florencio Enríquez, Ecologistas en Acción de Cantabria




Visitantes conectados: 661