El Ecologista nº 57

  Sumario  

 Editorial

La seguridad nuclear bajo mínimos

Recientemente se han producido graves sucesos en las centrales nucleares de Almaraz I y II (Cáceres), Ascó I (Tarragona), Trillo (Guadalajara) y Vandellós II (Tarragona), con el denominar común del desprecio mostrado hacia los protocolos de seguridad y la ocultación de sucesos. Además, se han encontrado las zanjas con los residuos radiactivos que los norteamericanos no se llevaron de Palomares y se ha producido un nuevo incidente en la fábrica de combustible de Juzbado (Salamanca).

De todos ellos, el suceso que ha tenido mayor repercusión mediática ha sido la fuga radiactiva de la central de Ascó I, que se produjo en noviembre de 2007 y fue ocultada por la empresa. Pero la causa común de todos estos graves incidentes nucleares no es otra que una degradación de la cultura de seguridad por parte de los empleados y una falta absoluta de compromiso con la seguridad nuclear por parte de los explotadores.

Esta cultura de seguridad requiere la realización de actividades en las instalaciones nucleares siguiendo a rajatabla los protocolos establecidos. Pero, frente a estos protocolos, parece que lo que prima son los ahorros de tiempo y dinero para maximizar los beneficios. En las plantas nucleares se trata de acelerar las operaciones de recarga o mantenimiento, puesto que en el actual sistema eléctrico español liberalizado todos los explotadores de centrales de producción de electricidad procuran reducir costes para hacer su fuente de energía más competitiva. Pero como demuestra el cúmulo de incidentes mencionados, estos ahorros dan lugar a una reducción en los niveles de seguridad de las centrales. También se procura reducir gastos en personal, disminuyendo plantillas tanto estables como de contrata, por lo que un número menor de trabajadores ha de realizar más tareas.

Un elemento más, no desdeñable, es la falta de rigor que viene manifestando desde hace tiempo el Consejo de Seguridad Nuclear (CSN) hacia los excesos de las centrales nucleares. A menudo se han concedido exenciones a los incumplimientos de las Especificaciones Técnicas de Funcionamiento o se han autorizado reparaciones que no eran sino chapuzas, como las realizadas en la central de Garoña (Burgos). Además, las multas, cuando se imponen, son ridículas y no suponen ni siquiera la facturación de un día de funcionamiento de la planta, por lo que no resultan disuasorias.

Aunque tras los accidentes de Chernobil (Ucrania, 1986) y de Harrisburg (EE UU, 1979), se avanzó en seguridad nuclear, la actitud de los explotadores de reducir costes y la falta de dureza del CSN hasta la fecha, nos han conducido a una situación en que la cultura de seguridad está bajo mínimos. Estas actitudes aumentan el riesgo de un accidente con consecuencias catastróficas, por lo que lo más sensato es proceder al abandono paulatino de la energía nuclear. Y entre tanto, extremar el rigor para que la industria nuclear actúe con responsabilidad y minimice los riesgos. Hay mucho en juego.




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