Revisión de usos y costumbres

Necesidad de preservar el litoral español de la urbanización para conservar la fauna y flora exclusiva de la franja costera.

Pasadas las vacaciones de verano, tras la correspondiente visita al litoral mediterráneo, el trasiego de un lugar a otro y la misma y repetitiva visión en casi cualquier parte de la geografía española que uno recorra, volvemos a llamar la atención sobre la crítica situación medioambiental de la costa. Acaso la crisis actual de la construcción (sin duda espejismo pasajero) pueda hacer pensar a los más ingenuos que quizá frene la vorágine del avance irracional del ladrillo, pero el mal de fondo –el incumplimiento de la legislación al respecto y la falta de sanciones- sigue estando presente en casi todos los ayuntamientos y comunidades afectados.

Una vista de Cullera. Las omnipresentes grúas adornan el horizonte. La normativa de la Ley de Costas se incumple repetitivamente en todo el litoral mediterráneo.

Tras el anuncio de la entonces ministra de Medio Ambiente, Cristina Narbona, declarando que el Gobierno pretendía “rescatar concesiones de uso” en 1.000 kilómetros de costa mediterránea española [1], no queremos dejar pasar la ocasión sin mostrar que sería primordial hacer realidad esa intención, con un ejemplo registrado por Ecologistas en Acción entre los dos últimos años; reiterar la importancia medioambiental de salvaguardar el litoral [2]. Porque, en efecto, el litoral tiene gran importancia cuantitativa debido al alto valor ecológico de estos espacios, a la intensa presión demográfica a la que se ve afectado (el 40 % de la población española ocupa los primeros diez kilómetros de la línea de costa) y a su enorme importancia económica, ya que el sector turístico nacional se basa en las aptitudes turísticas de los espacios litorales. A pesar de la legislación al respecto (Ley 22/1988, de 28 de julio), que en lo que atañe al marco legal puede considerarse aceptable, la situación actual es extremadamente grave debido a que se incumple sistemáticamente la mentada Ley de Costas y, lo que es peor, el azote del urbanismo desaforado sigue su destructiva labor –pese a la crisis- día tras día, mes tras mes y año tras año. Para vergüenza de propios y extraños, pueden ustedes comprobar en internet, con cualquier SIG o programa informático similar actualizado (hay varios gratuitos), cómo va el asunto; digamos, por poner un ejemplo... en la costa malagueña, o, para qué engañarnos, en la de cualquier otra provincia que asome al Mediterráneo.

Pero como hay casos y casos, y no se pueden meter todos los modelos urbanísticos en el mismo saco, hemos querido analizar cómo está la situación en una zona paradigmática, un laboratorio natural para este tipo de análisis: la costa valenciana al sur de la capital. En efecto, en los meses de julio y agosto tuvimos ocasión de comprobar, entre las localidades valencianas de Pinedo y El Saler, en el término municipal de Valencia, y la alicantina Denia, distintos niveles de degradación del litoral con repercusiones radicalmente distintas sobre la biota costera. Se trata de una zona relativamente uniforme, llana, con playas interminables y línea de dunas (que representan un biotopo de inconmensurable valor medioambiental y fragilidad extrema), la desembocadura de diversos ríos y arroyos, urbanizaciones, solares con distinto grado de deterioro ambiental y terrenos de cultivo, que, además, sufre una fuerte presión turística. Por eso, el estudio se ha concretado en la revisión de la franja que separa el borde del mar de las primeras líneas urbanizadas, una extensión que comprende al menos la playa, omnipresente en tan turística región y, en mayor o menor medida (aunque no siempre), extensiones de diversa consideración de dunas.

En una primera impresión visual se comprueba sin dificultad la diferencia abismal entre los terrenos urbanizados literalmente “hasta pie de playa”, en los que hay solución de continuidad hotel y/o apartamento-turista-playa-mar, en los que la fauna y flora autóctonas han desaparecido por completo (casi toda la línea costera entre Pinedo y El Saler; la que hay entre El Perellonet y Mareny Blau; gran parte de Cullera y de los términos de Tabernes de la Valldigna, Gandía, Dalmús, Guardamar, Miramar, Bellreguard, Piles y Denia), de otros que por su reglamentación municipal o por el motivo que fuere han escapado a la urbanización desaforada y han mantenido una distancia mayor: los que, en su momento, se contentaron con chalets y construcciones de una altura, algunos edificios altos más o menos aislados y, en definitiva, una menor sobrecarga de plazas para veraneantes: desde El Saler hasta el sur de La Albufera, parte de Xeraco y Oliva –al sureste del núcleo urbano- y puntos muy localizados de Denia y Cullera.

Un chorlitejo chico, Charadrius dubius, pasea por la playa de Les Deveses

Como ejemplos estudiados al detalle, las playas de Les Deveses, Aigua Morta y Sidi-Saler, en Valencia, en las cuales las dunas, a pesar de haber sido invadidas en parte por especies foráneas visualmente tan determinantes como la hierba del cuchillo (Carpobrotus edulis) y la pita (Agave americana), que han desfigurado en parte la formación vegetal propia, conservan un ecosistema único y singular (el dunar). La ordenación del turismo en estos enclaves, dotados de aparcamientos, accesos y equipaciones señalizadas que conducen al gentío directamente a la playa e intentan evitar el pisoteo de las dunas, tiene indudablemente un efecto inmediato que beneficia a la fauna y flora dunar; aunque es evidente que se trata de medidas insuficientes, es un primer paso para evitar la degradación total de los arenales. La extraordinaria fragilidad de tal medio aconseja no sobrecargar con más plazas hoteleras y, en todo caso, recurrir a soluciones como la observada en Denia (playa de Marines) y alejarse de los urbanismos desaforados de Gandía y los pequeños términos próximos, Cullera, Sueca, Tabernes de la Valldigna y la propia Denia. En la citada playa dianense el ayuntamiento se ha visto obligado a acotar las dunas, prohibiendo el paso, y a colocar carteles informativos sobre la importancia del ecosistema dunar, que a su vez justifican sin lugar a dudas tal acción. Que la administración haya movido pieza en tales asuntos indica sin duda la extrema necesidad de adoptar la medida para evitar la extinción de un paraje único. Sólo el tiempo confirmará si no se ha llegado tarde y es la actuación oportuna, pero es evidente que al menos es un intento por preservar el medio, aunque sea “in extremis”.

Las dunas de Les Deveses

Hay que adelantar que las dunas y las depresiones húmedas interdunares -denominadas localmente “malladas”- mantienen una vegetación particular que a su vez soporta una fauna específica, formando un ecosistema único cuya destrucción supone una pérdida irreversible. La alineación dunar exterior se caracteriza por su escasa cobertura vegetal y una vegetación de gramíneas dominantes: el junquillo de playa (Elymus farctus = Agropyrum junceum) o el barrón (Ammophila arenaria), o ambas mezcladas, y Sporobolus arenarius (= Sporobolus pungens), siendo esta última un indicador del grado de ruderalización de la duna; plantas espinosas como la barrilla pinchosa (Salsola kali), el cardo marítimo (Eryngium maritimum) o la zanahoria bastarda (Echinophora spinosa) y diversas herbáceas como el lirio de mar (Pancratium maritimum), oruga marítima (Cakile maritima), polígono de mar (Polygonium maritimum), correhuela marina (Calystegia soldanella), alhelí marino (Malcomia littorea), algodonosa (Otanthus maritimus), crucianella (Crucianella maritima), cuernecillo de mar (Lotus creticus), carretón de playa (Medicago marina), lechetrezna marina (Euphorbia paralias), Cyperus capitatus, Atriplex littoralis, etc. Las dunas que se suceden a continuación son más estables y su cobertura es mayor, manteniendo matorral con numerosas especies leñosas y una extensa cohorte de vivaces, trepadoras y herbáceas; aquí abundan lentisco (Pistacia lentiscus), palmito (Chamaerops humilis), labiérnago (Phillyrea angustifolia), espárrago marino (Asparagus maritimus), siempreviva marina (Helichrysum stoechas maritimum), aladierno (Rhamnus alaternus), diversos Teucrium y Thymus, Halimione portulacoides, lechetrezna (Euphorbia peplis), uña de gato (Sedum sediforme), hierba melera (Ononis natrix), hinojo (Foeniculum vulgare), estrella de mar (Asteriscus maritimus), Smilax aspera, Clematis flamula, Rubia peregrina longifolia, divesos Rumex y Reichardia, Cutandia maritima, Inula crithmoides, Launaea resedifolia, Centaurea aspera, otras gramíneas (Lagurus ovatus, Polypogon maritimus), etc. etc. En las depresiones húmedas aparecen diversos Tamarix, Polypogon monspeliensis, Scirpus holoschoenus, Juncus acutus, Dittrichia viscosa, etc.

Un caracol característico del medio, Xerosecta explanata, en las dunas de Aigua Morta

La fauna también es variada y particular: los caracoles Xerosecta explanata y Theba pisana; insectos como Brachythemis leucosticta, Anax parthenope, Sphingonotus arenarius, Pyrgomorpha conica, Bembix flavescens, Pachychila germari, Erodius emondi laevis, Tentyria peiroleri, Pimelia modesta, Pimelia baetica, Scarites buparius, Glaresis thiniensis, Calicnemis latreillei, Pentodon bispinosus, Phyllognathus excavatus, diversos Saprinus y Dermestes, entre otros muchos [3], elenco que se amplía notablemente en cuanto aparecen algunos pinos o palmeras, cañaverales o cualquier clase de árbol o matorral al otro lado del borde dunar, a cuyo amparo acuden muchas otras especies, entre las que hay endemismos notables (por citar un ejemplo, Glabrasida gigas en La Albufera) o miles de insectos más comunes pero que componen una biota singular y compleja, entre la que no faltan algunos de gran tamaño y vistosidad como Scolia flavifrons, Chalcophora mariana, Buprestis octoguttata, Anoxia australis, Polyphylla fullo u Oryctes nasicornis grypus.

Por funcionalidad, hemos estudiado una especie cómoda de observar (gran tamaño y presencia activa en verano), que a su vez representa perfectamente a la fauna de tan particular sistema, ya que no puede vivir fuera de él. El escarabajo pelotero costero Scarabaeus semipunctatus es una especie exclusiva de las dunas litorales del mediterráneo occidental que, en Europa, se extiende desde España hasta Albania, también por las grandes islas (Baleares, Córcega, Cerdeña y Sicilia), mientras que en África se presenta desde el Marruecos atlántico (aproximadamente desde Mogador) hasta Libia. Se trata de un insecto que en España está en grave peligro de extinción y ha sido incluido en el documento digital del “Libro Rojo de los Invertebrados de Andalucía” que presentó la Junta de Andalucía en septiembre de 2007 y que posteriormente se ha publicado en papel (en mayo de 2008) como especie “vulnerable” [4]. Sus poblaciones están acusando un pronunciado descenso desde hace varias décadas que se agrava más y más cada día. La pérdida directa de hábitat y su deterioro son sus mayores enemigos actuales. Sin embargo, todavía se puede observar en las dunas que circundan las playas de Les Deveses, Aigua Morta y Sidi-Saler, pero han desaparecido de zonas más deterioradas, como son la mayor parte de Sueca, Cullera, Tabernes de la Valldigna, Gandía, Dalmús, Guardamar, Miramar, Bellreguard, Piles y Denia, y se hallan en estado crítico en otras como la de Marines de Denia, la cual sufre una presión turística muy intensa, donde, como ya hemos apuntado, el ayuntamiento ha tomado la determinación de acordonarlas y prohibir el paso, medida muy acertada y a la vez extrema para salvar los reductos dunares en unas zonas con una presión turística muy acusada.

El escarabajo pelotero costero Scarabaeus semipunctatus en plena faena reproductora, acarreando bolitas de excremento para preparar el nido en el que se desarrollará la larva que completará su ciclo vital.

Pero lo cierto es que, en las partes de la costa valenciana que todavía no se han urbanizado en exceso los escarabajos “sagrados” de las dunas todavía sobreviven junto a cientos de bañistas, una imagen insólita que reconocemos nos ha sorprendido en estos tiempos en los que la naturaleza pierde constantemente partidas con el ser humano. El caso elegido es paradigmático porque se trata de seres estrictamente ligados a este medio, en el cual están especializados, que, aparte de su valor intrínseco como piezas fundamentales del ecosistema que colonizan, tienen gran interés científico por su etología. Como los demás componentes del género, tienen una ecología y biología reproductiva compleja en las que destaca el denominado comportamiento de “recolocación”, que consiste en la separación y modelado en forma de bola de un trozo de la masa trófica (excremento), su transporte (rodándola) hasta un punto más o menos alejado del original y, finalmente, la construcción de un nido subterráneo en el cual entierran el alimento destinado a la alimentación de la larva (a nivel individual, también pueden hacer una operación similar para alimentarse, aunque en ese caso simplemente abren una cripta que después abandonarán). En la operación cooperan ambos sexos y, una vez inhumada la bola, es remodelada de nuevo por la hembra, que le da forma de pera antes de depositar un huevo en la parte más estrecha. Un comportamiento tan elaborado es inusual en los insectos, en los escarabajos e incluso en la familia a la que pertenecen (coleópteros Scarabaeidae), en la cual hay grupos con distintos grados evolutivos en estos aspectos etológicos y biológicos: el de los escarabajos del género Scarabaeus es especialmente complejo, recibe el nombre de comportamiento telecóprido [5].

De régimen alimenticio coprófago (esto es, se alimentan de excrementos, a expensas de los cuales se desarrolla la larva), estos escarabajos cumplen un importante papel en los ecosistemas que ocupan, ya que se encargan del reciclaje de materia orgánica. Por lo que se conoce de esta especie en concreto, Scarabaeus semipunctatus utiliza tanto los excrementos de ganado vacuno como los de caballo y otros équidos y, sobre todo, al menos en la costa valenciana, los humanos (lo que sucede realmente es que, salvo estos últimos, los demás apenas están disponibles en las dunas, salvo en localizaciones muy puntuales).

En las dunas de Sidi-Saler, ante la falta del alimento principal, los escarabajos peloteros han tenido que recurrir a la utilización de recursos tróficos alternativos.

Al estudiar la población de escarabajos peloteros en estas dunas valencianas hemos podido observar, fotografiar y filmar un comportamiento que nos ha sorprendido. Los escarabajos de las dunas de El Saler aprovechan los peces (de diversas especies) que los pescadores deportivos abandonan en la arena, una acción que parece ser más habitual de lo que se podría presuponer en principio. Si bien se conocían casos de necrofagia ocasional en otras especies (por ejemplo, en Scarabaeus cicatricosus en el Coto Doñana), lo que hemos comprobado en el Saler nos ha sorprendido, porque es evidente que la actividad no es ocasional en los Scarabaeus semipunctatus de estas dunas, que debe interpretarse como una adaptación necesaria para sobrevivir ante la escasez del recurso trófico habitual. Por otra parte, nunca se había comunicado el comportamiento telecóprido completo con material cárnico (en este caso el pescado) ni su utilización para el nido pedotrófico (cuyo fin es, ya se ha dicho, el desarrollo larvario).

Las observaciones en el amplio tramo costero que va desde El Saler hasta Denia muestran que el escarabajo de las dunas, Scarabaeus semipunctatus, mantiene poblaciones viables en las partes costeras menos urbanizadas y en las que se mantiene una menor presión turística o ésta está mejor organizada y dirigida debidamente hacia la playa (mediante las infraestructuras correspondientes); van disminuyendo peligrosamente en cuanto uno de los anteriores factores se agrava; se acercan al borde de la extinción en cuanto la carga turística es ingente o desaparecen del todo cuando se ha dañado irreversiblemente el ecosistema (dunar) o cuando el nivel de edificación sofoca en exceso el primer centenar de metros tras las playas (mucho litoral de Gandía; buena parte del de Denia y las áreas próximas a los núcleos de Cullera y Oliva).

Como hemos podido repasar en esta somera visita por el litoral valenciano, el urbanismo salvaje ha diezmado sistemáticamente la línea costera española; lo peor de todo es que lo sigue haciendo a pasos agigantados. El hormigón y el asfalto consumen el hábitat natural de cientos de especies irrepetibles, estrictamente localizadas en tan delicada franja y a menudo escalonadas a lo largo de espacios reducidos (muchos de ellos son endemismos de áreas muy reducidas). Si no se respeta lo poco que va quedando la situación podría devenir irreversible en un periodo de tiempo realmente corto. Pero, como vemos, todavía hay esperanza si se frena este desaforo urbanístico y si se toman medidas adecuadas por parte de las distintas administraciones (estatal, autonómicas, municipales) para la recuperación de áreas sensibles y la estricta protección de las pocas zonas que todavía van quedando más o menos intactas.

José Ignacio López-Colón y José Luis García Cano,
Ecologistas en Acción




Visitantes conectados: 941