El bosque de mangles

El bosque de mangles, Revista El Ecologista nº 42, José Luis García Cano, Ecologistas en Acción [1]

La superficie de manglar se ha reducido a la mitad en 50 años

El manglar o bosque de mangles, es el equivalente costero del bosque tropical. Hay varios tipos de manglares: los costeros, que crecen sin aporte de agua dulce del interior; manglares de desembocadura, principalmente en los deltas de los ríos; y manglares de arrecife, que se desarrollan sobre los arrecifes de coral que sobresalen por encima del nivel del mar. Pero todos ellos tienen algo en común: son ‘bosques de agua salada’, muy especiales y frágiles, que están en peligro en buena media por la cría industrial del camarón.

El manglar se caracteriza por su intrincado laberinto de árboles y raíces que son, en realidad, una masa forestal ordenada que crece en bandas según su distinto grado de resistencia a las inundaciones periódicas de las mareas, y por tanto, a la sal.

Los árboles de mangles crecen sobre estuarios fluviales y litorales protegidos de las zonas costeras ecuatoriales, tropicales y subtropicales, adaptados al flujo de las mareas. En pleamar, sus copas apenas asoman del agua. Durante la bajamar quedan visibles sus raíces respiratorias, que captan el oxígeno y lo transmiten a las raíces enterradas. Esta adaptación les permite sobrevivir en un suelo sin oxígeno y con altas concentraciones salinas; sus hojas se adaptan también a la escasez de agua dulce y son capaces de eliminar el exceso de sal.

El manglar es un ecosistema irremplazable y único, que alberga una increíble biodiversidad y que se cuenta entre uno de los más productivos del mundo. Es el hogar de una gran variedad de vida, aves migratorias, criaturas marinas y reptiles además de las especies vegetales asociadas. Las raíces aéreas de sus árboles forman un entramado que alberga a multitud de especies de fauna (peces, camarones, crustáceos, aves, etc.), que lo utilizan como abrigo, para obtener sus alimentos y en el que encuentran oportunidades para la reproducción.

El conjunto de esos bienes y servicios proveen a su vez de medios de vida a numerosas comunidades humanas que habitan en sus inmediaciones y que en gran medida dependen del manglar para su supervivencia. Es, por tanto, un tipo de bosque único, que brinda determinados servicios y bienes también únicos, fuente de combustible para el hogar, de materiales para construir viviendas, para el uso en comidas, medicinas, etc. Una de sus funciones principales consiste en la protección de la banda costera frente a perturbaciones atmosféricas agudas (ciclones, huracanes), frecuentes en las regiones tropicales donde se desarrolla.

Los bosques de manglar cubren actualmente 181.000 km2 distribuidos en más de 100 países, pero se ha perdido más del 50% en los últimos 50 años. Algunas actividades directas que están destruyendo el manglar, o lo están degradando, incluyen la cría de camarón, el turismo y sus infraestructuras, el petróleo, la minería, la agricultura, la extracción de madera, etc., además de otras actividades como los trasvases, la contaminación de los ríos por metales pesados, vertidos de petróleo, plaguicidas y otros venenos.

Cría del camarón

Pero en los últimos 30 años ha sido la industria camaronera la que más se ha destacado en la destrucción del manglar en muchos países. Esta industria aprovecha las condiciones del manglar para criar el camarón, convirtiendo en piscinas millones de hectáreas de hábitats fundamentales para las economías locales y para la biodiversidad. Gracias al apoyo de los gobiernos y a las subvenciones de entidades como el Banco Mundial y el apoyo de la FAO, las camaroneras se instalan en cada vez más países tropicales.

Esta actividad origina graves problemas a la población que vive de estos ecosistemas. El manglar no produce lo suficiente para soportar la actividad extractiva de los pescadores artesanales y, a la vez, a la industria camaronera, que menoscaba enormemente la capacidad de producción del ecosistema y, en la mayoría de las ocasiones, lo degrada de forma irremediable. Una sola empresa compite con los recursos que dan de vivir a toda una población. Con el paso de los años, las piscinas camaroneras se ahogan en su propia contaminación (residuos fecales, antibióticos, algicidas, parasiticidas, plaguicidas...), por lo que son abandonadas y a su paso no queda más que un ecosistema destruido y comunidades locales empobrecidas hasta límites extremos.

Este sistema destructivo y contaminante se puede evitar. La acuicultura no siempre produjo este tipo de impacto ambiental. De hecho, la integración del cultivo de peces y de arroz ha sido la columna vertebral de la agricultura tradicional de Asia durante siglos. Este sistema tradicional ofrece un potencial enorme para la seguridad alimentaria local y la nutrición familiar. También permite aprovechar los servicios que brindan los ecosistemas costeros como filtración y purificación del agua, favorecimiento de los ciclos de los nutrientes, eliminación de sustancias contaminantes y protección de la tierra de las tormentas costeras. Un estudio del manglar de Matang, en Mailasia, reveló que solamente su valor para la protección costera superaba el valor de las granjas camaroneras en un 170%.

Pero es importante destacar que no estamos ante un problema técnico, y que básicamente hay dos formas de criar camarones. Una se basa en la apropiación y destrucción de zonas de manglares, la contaminación de esas mismas zonas y otras vecinas, lo que permite obtener muchos beneficios para las empresas privadas a costa de las tierras y el sustento de las poblaciones locales. El otro enfoque apunta al uso sostenible de los recursos naturales (uno de los cuales es el camarón) en beneficio de las comunidades locales.

Turismo y otros agentes de destrucción

Paradójicamente, el segundo factor en la destrucción del manglar es la industria turística. La paradoja radica en que el turismo se instala en esas zonas por el hecho de que las mismas tienen un claro atractivo turístico y, sin embargo, en muchos casos hace todo lo posible por destruirlo: desde la construcción de carreteras y calles, hasta la edificación de grandes complejos hoteleros. Casi todo a expensas del manglar. Incluso, en el afán de incrementar sus ganancias, limpia de mangles amplias áreas para así aumentar la superficie de playas y, por tanto, el número de turistas. El resultado no se hace esperar. Al primer huracán desaparece –por la ausencia de la barrera protectora del manglar– no sólo la playa, sino también todas las construcciones edificadas en la costa. El atractivo turístico desaparece y la industria muere.

En varios países, el problema central es la explotación petrolera y gasífera. El manglar en su conjunto se ve afectado por esta contaminación, que comienza por impactar sobre las especies de fauna que allí habitan y termina por matar a los propios árboles. Sirva como ejemplo, las miles de hectáreas de manglar y pantanos de agua dulce que en el delta del Níger, en el Estado Cross River, están siendo destruidas por las actividades de explotación petrolera.

Si bien en menor escala, la minería también se está constituyendo en agente de destrucción de los manglares en ciertas regiones del mundo. Este es el caso del manglar de Kenia localizado cerca de Mombasa, que está amenazado por la extracción de titanio a cargo de una empresa canadiense.

Los defensores

Los señalados hasta aquí son los agentes de la destrucción del manglar. Pero es importante señalar también quiénes son sus defensores, entre los destacan las comunidades locales que lo han utilizado tradicionalmente para su sustento. En efecto, son estas comunidades las que luchan por conservar el manglar, por la sencilla razón de que lo necesitan para su supervivencia. Son, al mismo tiempo, las que poseen el conocimiento tradicional acerca de su uso sostenible.

También es de destacar el papel que juegan las ONG ambientalistas en su apoyo a las luchas locales y en la concienciación pública sobre la importancia socioambiental del manglar. Uno de los resultados ha sido el incremento del turismo ecológico (de menor impacto) que también se ha sumado al proceso de protección, desarrollando alternativas que vuelven compatible la actividad turística en pequeña escala con la conservación del manglar.

De esta apretada descripción de un problema complejo con muchos sectores involucrados, surge claramente la conclusión de que el futuro del manglar depende esencialmente de un cambio en la correlación de fuerzas entre quienes contribuyen a su destrucción y de los que luchan por su conservación. En este sentido, resulta evidente que las comunidades locales constituyen el núcleo central de la lucha. Al mismo tiempo, resulta igualmente claro que la lucha local debe proyectarse para influenciar las decisiones de los gobiernos implicados en su destrucción. Resulta imprescindible ampliar el frente de defensa del manglar, incorporando a todos aquellos dispuestos a participar en esta lucha y especialmente a los consumidores de camarones, de servicios turísticos, de hidrocarburos... porque sin negocio, no hay destrucción.

Globalización y camarones

La globalización ha invadido nuestra mesa. Los alimentos son trasladados por los mares, de sur a norte y de este a oeste. Cuanto más lejos mejor (para las compañías transnacionales) porque eso implica comercio, embalaje, procesos de conservación, aranceles, importadores, exportadores, etc.

Hoy es posible encontrar frutas tropicales en los mercados de los países fríos, o pescado y frutos del mar en regiones sin acceso al mar. Y la lista es larga. Esto se interpreta como un signo de progreso y de mayor cantidad de opciones para la gente…

En realidad, no es más que comercio mundial. Más precisamente, la internacionalización del libre comercio, con aranceles y cuotas reducidas, con eliminación de barreras arancelarias y no arancelarias, con el objetivo de suministrar productos exóticos a mercados lucrativos. Y detrás de todo eso está la Organización Mundial del Comercio (OMC), la institución mundial encargada de regular el comercio mundial, junto con agencias y bancos internacionales, promoviendo un modelo intensivo de producción y demanda.

Los países en desarrollo se convierten en los proveedores, a través del aumento de créditos y préstamos de instituciones de crédito, que típicamente financian sistemas intensivos de producción en monocultivos.

La producción industrial de camarón para la exportación participa en esta dinámica de la globalización económica. Pero, como hemos señalado, no es sostenible desde el punto de vista social ni ambiental, por lo que debe ser detenida antes de que produzca más daños a los pueblos y a sus ecosistemas costeros.

REDMANGLAR: en defensa de los ecosistemas costeros y la vida comunitaria

En 2002 se creó la Red Manglar, cuyo objetivo es defender los manglares y los ecosistemas costeros, garantizando su vitalidad y la de las poblaciones que viven en relación con ellos, frente a la amenaza e impactos de las actividades susceptibles de degradar el ambiente, alterar el equilibrio natural ecológico o que violenten los derechos humanos de las comunidades locales.

No obstante, su trabajo por la vida costera es la lucha de David contra Goliat, en donde pequeños davides guatemaltecos, colombianos, brasileños, mexicanos, hondureños, nicaragüenses, venezolanos, ecuatorianos, salvadoreños, etc. se enfrentan a un solo enorme e imparable Goliat que no es más que un modelo de desarrollo mal entendido que privilegia la obtención de divisas a costa de la vida de las comunidades locales y su entorno natural; es la lucha de la macroeconomía contra las economías locales.

Certificación del camarón orgánico de Ecuador, ¿un lavado de imagen?

La red internacional World Rainforest Movement (WRM, Movimiento Mundial por los Bosques Tropicales) denuncia en un informe que la “certificación verde” con la que se distingue a las empresas camaroneras de Ecuador “esconde” en realidad su intención de “limpiar su imagen”, dejando en un plano “secundario” la participación y el respeto por las comunidades locales y la protección de las zonas de manglares, donde se cría esta especie.

En su opinión, en la práctica, “los grandes empresarios se benefician con un discurso verde, que no se corresponde con lo que realmente sucede en el sector”, y los procesos para conseguir esta certificación “ni siquiera se ajustan al cumplimiento de las normas que están obligados a seguir para obtenerla”. “Están más preocupados por lavar su imagen”, insiste Rainforest.

Así, Rainforest sostiene que la certificación de piscifactorías camaroneras “no ha traído consigo beneficios sociales ni ambientales, no se han revertido áreas de manglar reforestadas al ecosistema, y aún subsisten problemas con las comunidades aledañas que no tienen libre acceso a las áreas de manglar aún existentes y que, además, no han sido consultadas”.




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