La Huerta de Valencia

Un estudio de la Unión Europea, conocido como el informe Dobris, clasifica 30 paisajes en Europa. Uno de ellos se denomina con el término español Huerta, y corresponde a seis pequeños ámbitos situados en Italia, Grecia y España. Son los fragmentos más reducidos en extensión del total paisajístico y son reflejo de una cultura mediterránea milenaria. En España hay dos, ambos seriamente amenazados, las Huertas de Valencia y Murcia.

La falta de rentabilidad agrícola y el apetito urbanístico pone su sobrevivencia futura en entredicho. La construcción de infraestructuras destruye suelo agrícola muy valioso –uno de los más fértiles de España, donde se obtienen hasta 3 cosechas al año–. El agricultor se encuentra entre el talón jugoso del promotor inmobiliario o el expolio miserable de la expropiación forzosa. Y en cualquier caso, se trata de una pérdida irreparable de un entorno singular.

L’Horta, la Huerta de Valencia es un paisaje, una comarca, y un referente agrícola. Pero también supone un importante referente cultural e histórico: el valor centenario de la arquitectura y la ingeniería rural de alquerías, molinos, acequias, azudes, ermitas; su protagonismo como paisaje en la literatura, en la pintura, en el cine… La inmensa mayoría de los valencianos así lo aprecian, y reclaman a sus dirigentes desde hace años una intervención decidida.

Paisaje artificial milenario

La Huerta es un espacio agrícola moldeado por el hombre, un paisaje cultural vivo, cuyo inicio se remonta con toda probabilidad a la época romana. Mas tarde, en época islámica se construyó la red de acequias que todavía subsiste. Por ello, la Huerta es también un patrimonio histórico de un extraordinario valor testimonial. Su singularidad escénica es única. Su pervivencia futura incierta. La construcción urbana y de infraestructuras supone el sellado de un suelo feraz e irrepetible, y además, también implica la destrucción de una obra monumental, colectiva y milenaria del hombre rústico. El arrasamiento de un patrimonio cultural de la humanidad.

El crecimiento de la ciudad y de los pueblos de su cinturón está creando un continuo conurbanizado. La voracidad del ladrillo en los últimos diez años ha sido implacable. Una hanegada de huerta cuyo valor estaba en 3 o 4 millones de pesetas en 1998 ha llegado a pagarse por 200.000 € con las recalificaciones conseguidas a golpe de talonario. Consecuentemente, hay muchos agricultores ansiosos por “deixar-se de plantar sebes… ¡i plantar atobons!” (dejar de plantar cebollas y plantar ladrillos). La codicia del dinero rápido y fácil está acuciando la agonía de los campos. Y Valencia está a punto de perder una de sus señas de identidad más relevantes.

La Huerta se extiende desde la localidad de Puçol hasta las riberas de la Albufera, abarca una superficie de unas 23.000 hectáreas, integrando a 40 municipios. Seis de esos municipios (Albal, Benetússer, Emperador, Lloc Nou de la Corona, Rafelbunyol, y Tavernes Blanques) ya no tienen suelo agrícola. Son puro asfalto. A ello hay que unir la construcción de infraestructuras, entre las que destacan particularmente las sucesivas ampliaciones del puerto que han hecho desaparecer las playas Benimar y Pinedo, asfixiado el barrio de Nazaret y engullido las casas y huertas de La Punta. La construcción de la vía del AVE y los corredores comarcales de doble calzada producen barreras infranqueables y fraccionan los accesos a los campos y los trazados de las acequias. La falta de sensibilidad, la incuria de las Administraciones Públicas valencianas ha sido flagrante.

Protección de l’Horta

La necesidad de proteger la Huerta lleva años siendo un clamor social. El Consell Valencià de Cultura emitía en el año 2000 un Dictamen rotundo acerca de la urgente protección la Huerta; poco después 117.000 firmas avalaban ante Les Corts una Iniciativa Legislativa Popular; informes de universidades, seminarios internacionales, encuestas demoscópicas… un aluvión de reivindicación llovía sobre el Gobierno valenciano que hacía oídos sordos mientras permitía la transformación urbanística de más de 12.000 hectáreas de suelo agrícola.

La ameba metropolitana ha fagocitado los campos a toda velocidad. Pero, hete aquí, que llega la crisis del ladrillo y el gobierno de Francisco Camps decide sacar de la chistera algo para entretener a la opinión pública. A principios del verano se dio a conocer el Plan de Acción Territorial de la Huerta (PATH) y se convocaron unas jornadas de consulta acerca de dicho plan de protección en diversos puntos de la comarca. Por fin, aparentemente, se movía algo con el objetivo de crear mecanismos adecuados para frenar la destrucción del suelo huertano.

El Libro de Síntesis del Plan ha resultado un tanto sorprendente, porque no esquiva el contenido crítico y no cae en los excesos y alharacas de autocomplacencia fatua que suelen impostar el discurso político de la derecha valenciana. La Coordinadora de este plan, Arancha Muñoz, Directora General del Paisaje, ha propuesto un trabajo notable, con rigor. Hay que reconocer que la Consellería de Medio Ambiente se ha tomado en serio la realización de una campaña de difusión del PATH. Las jornadas han estado conducidas por profesionales que, de un modo neutral, han trabajado con grupos de ciudadanos.

Cinco estrategias

El Plan parte de un análisis de la evolución histórica del área metropolitana de Valencia y diagnostica las tendencias actuales que degradan su existencia: falta de eficiencia del riego y aguas de mala calidad; fragmentación debido a las infraestructuras y deterioro del borde urbano; abandono de la actividad agrícola; abandono del patrimonio cultural; deterioro del paisaje visual. A continuación expone unos posibles escenarios de futuro y entra en el núcleo del asunto: cuál es el ámbito de actuación, cuáles son los objetivos y estrategias propuestas para debatir y qué metodología de trabajo se establece. En concreto, plantea:

  • Crear un sistema de espacios abiertos, articulados en “cuatro paisajes de calidad que comparten el agua como argumento central”: el río Turia y su ribera por el oeste, el litoral marítimo por el este, la Albufera al sur y, por último, rodeando la ciudad y conectando los tres entornos anteriores, la Huerta. Se establecen unos objetivos de calidad del paisaje y un modelo de protección aplicable, realizando una catalogación de elementos patrimoniales para su conservación y/o restauración.
  • Fórmulas sostenibles de gestión y financiación de la actividad agrícola, eje y razón de ser de la Huerta, mediante mecanismos de financiación, de mejora de la gestión y de la competitividad, complementándolo con la creación de nuevos servicios culturales y turísticos.
  • Integración paisajística de infraestructuras y de los bordes urbanos, lugares donde se establece una gran parte de las relaciones visuales e interacción entre la Huerta y los habitantes del área metropolitana.
  • Protección del patrimonio cultural. Establecimiento de un marco normativo. Agentes y actores. Propuestas de actuación.
  • Generar sinergias ciudad-Huerta. Uso público recreativo. Crear una red de corredores verdes, promover actividades que contribuyen a la divulgación de la cultura tradicional de la huerta. Incluye la creación de huertas urbanas.

Y todo ello complementado con la creación de un ente gestor supramunicipal que aplique éstas y otras medidas susceptibles de desarrollarse. Se añade el propósito de una intensa participación pública con seminarios, exposiciones, publicaciones, debates, encuestas, etc.

Falta de credibilidad

Estamos ante un Plan redactado con acierto y rigor, pero ¿va ser algo más que papel y palabrería? En estos momentos hay una flagrante contradicción entre las positivas propuestas del PATH por un lado y, por otro, tanto los planes urbanísticos vigentes de algunos municipios como las infraestructuras que desarrollan las Administraciones regionales y nacionales. La falta de sensibilidad por la conservación del territorio se detecta igualmente en las filas del PP como en las del PSOE.

En Valencia y comarca hay más de 100.000 viviendas vacías, y la perspectiva es que las cifras se incrementen con la caída inmobiliaria ¿Qué sentido tienen los planes depredadores de suelo huertano? Sin embargo, Valencia quiere recalificar 400 hectáreas, Alboraya pretende arrasar la emblemática horta de Vera, Torrente construye 10.000 viviendas en l’horta de El Safranar, Manises desarrolla con la participación de la propia Conselleria la urbanización Nou Mileni… No menos importante es la planificación de infraestructuras con proyectos tan absurdos y contradictorios como la carretera CV-300, un vial de 90 metros de anchura, que arrasará un área enorme de los campos de Meliana, Almàssera y Alboraia, una zona que el Plan califica con el máximo valor de protección.

Es urgente tomar decisiones ya. Con el actual descenso de la actividad constructora es un momento oportuno para establecer una moratoria a todos esos planes y crear un Ente Gestor que, con independencia y agilidad operativa, plasme el PATH en una realidad para la sociedad valenciana.

Vicent Tamarit Rius, guionista y realizador de cine y TV y vecino de l’Horta de Alboraya.
. El Ecologista nº 59