Turismo de sol y cemento

Más de 50 millones de turistas arriban a España cada año, dirigiéndose sobre todo a las playas del litoral mediterráneo, Baleares y Canarias en un ritmo de constante crecimiento en las tres últimas décadas. Las zonas de litoral españolas se han convertido en grandes enjambres de consumo de recursos no renovables (ver artículo de Pepa Gisbert). Canarias, que en el comienzo de la década de los 70 recibía menos de 800.000 turistas al año, ha visto incrementar esta cifra hasta 12 millones de visitantes anuales.

La consecuencia ambiental más palpable de esta vorágine, cuyos principales protagonistas son un sector amplio de la sociedad centroeuropea, es la ocupación territorial, urbanización y transformación radical del paisaje litoral de las comunidades naturales de nuestras costas, con gravísimas pérdidas de biodiversidad de estos hábitats. Junto a ello, sin embargo, se olvida en ocasiones el altísimo coste energético del desplazamiento, vía aérea, de millones de personas: en el balance energético del archipiélago canario, cerca de un 33% del consumo energético se debe a los desplazamientos en avión (interinsulares y, sobre todo, conexiones con el continente europeo).

Igualmente, las políticas de incremento de la desalación de aguas, el ocio con alto componente de consumo energético, el fomento incesante del despilfarro de envases y embalajes, etc., convierten la actividad turística en un modelo de uso intensivo de energía y recursos. La huella ecológica de la actividad turística es, con mucho, superior a la de otras actividades económicas más estáticas.

Moratoria y otras alternativas

El estancamiento en el aluvión de nuevos visitantes y la entrada en competencia internacional de los destinos transcontinentales han puesto en tela de juicio el modelo de sol y cemento que se prodiga en nuestro litoral. Los grandes touroperadores y consultores turísticos alertan de las “crisis de sobreoferta hotelera”, que cuestionan la rentabilidad económica del incremento en la oferta de alojamiento en los destinos clásicos europeos. Urge, pues, no sólo por razones ambientales sino también por sentido común, paralizar el crecimiento de esa oferta.

Las moratorias son instrumentos de planificación viables cuya puesta en práctica se ha convertido en imprescindible para el futuro del status quo de los destinos turísticos, y la evidente importancia económica que tienen. Lemas como “ni una cama más” o “parar ya” se tienen que prodigar en estas zonas, cautivas de la voracidad de los constructores.

Junto a ese imprescindible freno a la construcción masiva, el sector turístico precisa de medidas urgentes de disminución de su impacto. Los biohoteles o las actividades de escaso consumo energético, que potencien las relaciones personales frente al ocio consumista, se presentan como aportaciones imprescindibles para reducir en un porcentaje significativo el alto impacto ambiental de esta actividad.

Resulta imprescindible alcanzar un gran acuerdo de autolimitación y regulación de los desplazamientos por turismo. Urge dar respuesta a cuestiones como hasta dónde se puede practicar la actividad turística sin que ello suponga una huella insoportable para nuestro territorio o qué número de kilómetros recorridos por persona para el ocio turístico es viable ética y ambientalmente. Entretanto resolvemos esas cuestiones, y dentro de los actuales instrumentos económicos y fiscales, quizá la implantación genérica de tasas ambientales que graven el desplazamiento del turista podría encauzar esta actividad y acercar el coste ambiental que tiene, a escala local y global, a su precio real.

Juan Jesús Bermúdez. El Ecologista nº 41




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