Mallorca y la ecología

Mallorca es un ejemplo de un lugar con personalidad propia, donde se ha ido destruyendo su paisaje único y su estilo característico en nombre de la ideología del progreso. Ésta, refleja el mito más incisivo y dominante de nuestro tiempo: el crecimiento económico lineal, orientado a crear volumen de producción. La vuelta afectiva hacia lo local sería la clave para una nueva relación, no destructiva, con la tierra.

La ideología que despliega el mito lineal del crecimiento económico gira alrededor de la noción de globalización. Mallorca es un ejemplo de ello, como otras regiones de Europa y del Estado. Su espacio es indiscutible: el turismo. No tiene industrias químicas ni nucleares. La isla y la mayoría de sus gobernantes han puesto a disposición de los europeos con mejor poder adquisitivo la textura de su cuerpo, esto es, su paisaje y su clima.

Pero la capa mítica que dirige el inconsciente colectivo imposibilita percibir el mal negocio de esta ideología del progreso en términos ecológicos y sociales. No siempre progreso es bienestar, muy a menudo va acompañado de malestar. En el caso de Mallorca, los beneficios que se perciben son privados y los impactos ambientales son sociales. Industrias privadas de hoteles cambian el paisaje de un lugar, que es comunitario, a su conveniencia. El mal llamado desarrollo económico puede comercializar legalmente un paisaje y puede comprar y vender legalmente una tierra. El libre mercado, la institución por excelencia de la globalización, hace vulnerables a los pueblos y a la Tierra.

La última generación de Mallorca que ha experimentado una tradición recibida de sus mayores, se ha vuelto ella misma mayor y tiene delante la pregunta de con qué herencia va a traspasar a las siguientes generaciones su paso por el mundo y con qué valores va a transmitir su sentido de la vida. Porque ambos, traspasar un mundo y transmitir un significado, pertenecen a la naturaleza humana. En poco tiempo puede borrarse la memoria bordada durante más de mil años, como sucede con casi todas las comunidades culturales del mundo. La vulnerabilidad de Mallorca, igual que en el resto de lugares, radica en haber perdido su base agraria y silvícola, su relación directa con la tierra.

Proceso de indigenización

El progreso que ha hecho de Mallorca un referente mundial en el sector terciario, ha tenido un efecto secundario a tener en cuenta: la indigenización. La gente que no ha progresado, aquellos que han mantenido un sentimiento de empatía con lo antiguo, son hoy indígenas. Una de las categorías más dignas creadas por las ciencias sociales. Probablemente sean los indígenas de la Tierra, junto con los sabios y maestros del espíritu, quienes equilibren la balanza de los pagos ecológicos ante los gastos inmensos de las multinacionales que se desentienden de los mismos. Indígenas al ser motivo de visita turística. Sus modos de vivir antiguos son reservados para ferias y fiestas, ampliando así la oferta turística. El dinero privado, que se obtiene del paisaje y de la comunidad cultural, no se destina a favorecer la calidad de vida y la calidad del medio ambiente. Es justo lo contrario. El dinero público se destina para favorecer al privado mediante infraestructuras para el automóvil, requeridas por la industria del turismo, donde se pueda ir más rápido hacia el consumo.

El turismo de masas tiene este problema, destruye del medio bajo la aceptación colectiva de la capa mítica del progreso y de la manera de gobernar tan ignorante de la política de derechas que vive en su espejismo de crecimiento enfermizo. Ante ello emergen en la sensibilidad de muchas personas los valores de la ética y de la justicia, además de la consideración del progreso. El tipo de conflicto que genera este proceso de indigenización es irreducible, al tratarse de una visión del mundo que configura un horizonte de inteligibilidad donde hacer comprensible las cosas, o tratarse de una cosmología que configura una manera de pensar y de vivir. Esto no está en la categoría de mercado, como no lo están las lenguas, los cuerpos, las conciencias o la Tierra. Es algo que debe comprenderse y respetarse.

Pero es difícil respetar y comprender cuando se dispone a la vez de legalidad y de armas que destruyen a mucha gente. Una visión del mundo “se tiene” y es el punto de partida para “estar y ser”. La flexibilidad que caracteriza la vida y la adaptabilidad que caracteriza el conocimiento hacen que inteligentemente una visión del mundo no se confunda con un integrismo religioso o económico, que son los fundamentalismos que dominan el mundo de hoy. El paraguas de la globalización, la institución suprema del libre mercado y el afán incontenido de hacer dinero fácil y rápido, imponen que la lengua, el cuerpo, la tierra sean mercancías.

No obstante, el valor de la tierra está en las especies vivas, en los árboles, las montañas, todo aquello que pertenece a la vida de un lugar y constituye la textura de un paisaje, la sensibilidad de una relación recíproca, aquello que para el mundo no moderno ha sido siempre común. Esto lo ha entendido el turismo ecológico, el de pequeña escala, el de los pueblos y la gente, el que conserva el paisaje en lugar de destruirlo. Y no hay duda, la orientación del turismo en Mallorca debe dirigirse hacia la ecología, o desaparecerá el porvenir y la prosperidad. La experiencia de emancipación la hace el cuidado lento y amable de la cultura y de la tierra, no la ignorancia de la rapidez por devorarla y acumular dinero. La tierra genera la vida misma, la interdependencia de todos los seres vivos, que es una gran riqueza y constituye una diversidad esencial.

La globalización ha alcanzado su apogeo en la incapacidad de ver árboles, agua y aire… no ve sino materias primas, mercancías. Es insensible en percibir los servicios ecológicos, para el bienestar y la salud de todos, que hacen justamente los árboles, el agua y el aire limpios. Mallorca ha retrocedido en la calidad de su entorno y en la riqueza de su tierra. Está a la cabeza en la destrucción del paisaje bajo el horizonte del crecimiento turístico masivo. Los millones ciegan la inteligencia de los gobernantes.

Un “lugar” se hace con la relación recíproca entre el medio natural y la comunidad social. Crea la localización. Aquella realidad que con humildad y realismo contempla el mundo entero. Los globalizadores miran el mundo desde el jet rodeados de aparatos tecnológicos que no pueden desconectar, viven en todos los sitios y en ningún lugar específico, y curiosamente tienen la experiencia parcial y provinciana de un mundo estrecho y pequeño. Insensibles a la vida que rodea las ciudades y los lugares. Estar enteros es la emancipación, y se percibe el universo porque se sabe pisar un lugar y saborear una relación. Para ello, sentir los límites es el punto de partida. Es vivir un cuerpo que permite percibir una mente y con ella el infinito. Es estar en un lugar que permite sentir la Tierra entera y es mirar a otro ser que permite comprender la vida. Mallorca ha perdido su conciencia de estar entera, ha errado en su propia emancipación y ha perdido su experiencia de libertad.

Conciencia de localización

No toda la sociedad de Mallorca está implicada e interesada en seguir desarrollando el turismo de masas, que se cifra entorno a once millones de personas anuales. Hay sectores interesados en reducir sensiblemente esta cifra y en cambiar su dirección. Por un lado, cada vez hay más gente que duda del valor de esta industria, aunque esté instalada circunstancialmente en los beneficios económicos de la misma. Dudas que aparecen al hacerse evidente la pérdida de estima por el lugar. Las raíces con la tierra y los parajes ecológicos se han diluido con la presencia masiva de turistas poco interesados en el lugar. Infraestructuras que hacen posible la masificación turística, pero que ahogan el aroma de un higueral en una tarde de verano, hacen dudar del valor del dinero. Dudas sobre la riqueza material cuando al mirar el horizonte marítimo uno encuentra cadenas de hoteles, y se pregunta donde está el paisaje. Es una duda importante que nace de la misma sabiduría de la tierra capaz de impactar la conciencia.

¿Cuál es el valor del progreso material cuando ya no se pueden escuchar fácilmente el sonido de los pájaros porque las autopistas van llenas de autocares? Y ¿cuál, cuando el oído, la mirada, el olfato, o la textura se inhiben porque han perdido la sensibilidad que proviene de la tierra y de las otras especies vivas? Cuando una sociedad se encuentra en esta situación ha enfermado, aunque sea la primera en renta del Estado. Es una enfermedad que se extiende por todo el planeta. El dinero encuentra la cara del consumo, pero no percibe el rostro de la sensibilidad. Por esto, las dudas en relación con el turismo son una señal de curación, un cambio importante en la conciencia colectiva de la isla.

Encontramos, por otro lado, otro tipo de gente, más minoritaria, con las ideas muy claras que ha aguantado seriamente el embate de la globalización y del crecimiento indiscriminado del turismo en Mallorca. Han aguantado, durante más de dos décadas de instituciones democráticas, la disposición de los gobernantes de derechas a vender la isla. Son la gente que han creado los movimientos ecologistas más cualificados del Estado. Un movimiento social, el ecologismo, que ha educado y ha hecho madurar la conciencia de generaciones jóvenes en la opción de amar la tierra de sus antecesores, de sus abuelos. La globalización económica tiene un disidente serio en la conciencia de las personas que instituyen estos movimientos a favor del “lugar”. Reconocemos que no sólo los ecologistas han resistido para evitar que toda la isla fuese asfalto y hoteles, prostíbulos y dinero negro. Otros grupos que configuran la sociedad civil, como derechos humanos, justicia y paz, sectores de la política, movimiento de mujeres, y otros, han contribuido a mantener un horizonte humano para la isla.

Pero hay un tercer grupo de personas, más minoritario todavía, que ha empezado a reconstruir la cultura del lugar. Personas que han iniciado proyectos de agricultura biológica, con semillas locales y árboles autóctonos. Otros centrados en una educación que restituye la memoria propia. Fundaciones y centros culturales, donde la lengua, la literatura, el teatro y la poesía hablan de la cultura del lugar. Un espíritu de relación con la tierra y una comunicación de todo aquello que se ha ido diciendo a lo largo del tiempo con los propios símbolos. Generaciones presentes que pueden cultivar el estilo del lugar en el mundo de hoy. Grupos de personas conscientes de que la cultura se hace viviéndola y no consumiéndola. Hay una generación, suficientemente extendida en la diversa red social de la isla, dispuesta a frenar el turismo de masas. A ella, le acompaña la diversidad del paisaje que favorece este retraimiento. La diversidad ambiental se traduce en biodiversidad de pájaros, árboles, vientos y lluvias que conocen y entretejen el lugar. Estilos de vida que lo personalizan. Un lugar en el mundo. Estar en el mundo y ser de un lugar van juntos. Ser globalizado y estar fuera del mundo también van juntos.

Mallorca tiene una lengua bordada en esta relación con el paisaje y su expresión local. Una lengua que no es global pero que ha conducido a un arte y a una cultura que le dan plenitud como país. La isla tiene un cosmos delimitado en su paisaje y ha creado una relación genuina con el tiempo. El tiempo se saborea, porque tiene el ritmo de la tierra, el sabor de la vivencia con el lugar. La caracteriza con el resto del Mediterráneo, y la aleja de la globalización. Mallorca tiene unos símbolos únicos y unos referentes propios: los almendros, las cuevas, el atardecer, Sant Honorat… Pero se agota la base de la cual se nutre: el paisaje. Este declina, mientras crecen las autopistas, los autocares, los turistas masa. Deben restituirse los acuíferos culturales. A mi entender, hoy en Mallorca hay suficiente masa crítica social para que se pueda iniciar un profundo cambio en relación con la quimera del turismo de masas.

Cambiar la relación con la Tierra

Este cambio tiene dos principios que quiero exponer convencidamente: uno, revalorizar el paisaje, amándolo; dos, atenderlo y cuidarlo. Debemos cambiar nuestra percepción de lo que significa “un lugar”, y para ello debe haber una comunicación con el mismo. Sólo pueden amarse los árboles y los cielos azules si uno los mira, sólo pueden apreciarse los paseos si uno los hace. La tierra sólo puede sentirse en la intimidad de nuestro cuerpo con los árboles, los pájaros y los cielos. Sin abrir nuestro cuerpo a la tierra no hay comunicación. El triunfo más grande de la globalización en el ámbito de la percepción es haber aislado nuestro cuerpo de la relación con la tierra y los otros seres vivos y haberlos rodeado de aparatos electrónicos. Sin embargo, el precio de este éxito es vivir en una máquina químico-orgánica, en lugar de habitar un cuerpo, aunque la inteligencia corporal nos devuelva a la sensibilidad de la tierra.

Mallorca quiere ser otra vez paseada, acariciada, mirada y amada, y esta percepción comienza con una relación silenciosa y corporal con el paisaje. Escuchando y mirando, acariciando y saboreándolo. No hay suficiente amor con instrumentos: coches, móviles, pantallas y ruidos inútiles. Cuando se aprecia la tierra es fácil amar a los pueblos: casas, campos, caminos, calles y santuarios, y cuando se ama, se hace muy difícil vender. El paisaje sostiene la vida de Mallorca, nutre la vida de quien la habita. No todo él puede ser un lugar de entretenimiento turístico, como desea la derecha gobernante de la isla para crecer económicamente. Si Mallorca no recibe la atención ambiental y ecológica que necesita su paisaje, no la podrán habitar las futuras generaciones. Los mayores transmiten con su silencio algo importante a los jóvenes: cuidar la tierra recibida. La inmensa tensión entre globalización y localización, pasa por el silencio de los mayores que mantienen la dignidad ante los jóvenes para que éstos la absorban.

La atención al paisaje es la atención a los jóvenes, una atención que pasa por la agricultura local, la salud de los alimentos; pasa por la educación del espíritu del lugar y enseñar a querer lo propio para apreciar lo del otro. Una educación que conlleve confianza en las personas y devuelva el valor de la comunidad. Para hacer el ejercicio de convivir en las diferencias y experimentar la riqueza de la pluralidad, hay que ejercitarse en aquello común, y la tierra es común, y las personas deben estar en el centro de la vida social, a la que deben servir las instituciones políticas. Es así como se crea economía, no al revés. Ello comporta un cambio profundo, una filosofía de la Tierra, donde el paisaje sea símbolo de la interdependencia, de la multiplicidad de todas las cosas en la unidad de un mundo entero. Está en la memoria de muchas culturas, que pregonan la emancipación económica, y la libertad cultural en la plenitud de la vida humana, de su responsabilidad ética y solidaria, ello pasa por equilibrar la Tierra y localizarla.

Jesús Vicens, profesor titular de sociología, Universidad de Barcelona. El Ecologista nº 44