La nanotecnología

La tecnología de lo mínimo es la gran revolución en ciernes. Manipular la materia a nivel molecular, donde se difumina la línea que separa lo vivo de lo inerte, parece ser el gran reto que enfrentan científicos y tecnócratas en este comienzo del siglo. Pero una vez más están sustituyendo el principio de precaución por el beneficio económico. Como viene ocurriendo con la biotecnología, jugamos a ser dioses sin preocuparnos por las consecuencias.

En diciembre de 2001, en un taller sobre Tecnologías Convergentes para Mejorar el Desempeño Humano, realizado conjuntamente por la Fundación Nacional de la Ciencia y el Departamento de Comercio de EE UU, se podía escuchar: “A modo de ejemplo, algunos de los resultados finales serán una mejoría de la eficiencia laboral y de aprendizaje, mejorando las capacidades sensoriales y cognitivas del individuo, cambios revolucionarios en la atención médica, incremento tanto de la creatividad individual como grupal, técnicas de comunicación muy efectivas tales como la interacción cerebro a cerebro, el perfeccionamiento de interfases entre humanos y máquinas con la inclusión de la ingeniería neuromórfica, el incremento de las capacidades humanas con fines de defensa, alcanzar el desarrollo sostenible utilizando herramientas NBIC [(N)anotecnología-(B)iotecnología-ciencias de la (I)nformación-ciencias (C)ognitivas] y mejorando el deterioro físico y cognitivo propio de la mente que envejece. […] Si los científicos Cognitivos pueden pensarlo, la gente de la Nano puede construirlo, la gente de la Bio puede aplicarlo y la gente de la Información puede controlarlo”.

Este discurso, más cercano de momento a la ciencia-ficción que a la realidad de los hechos, nos coloca, sin embargo, ante la evidencia de la importancia que las autoridades les están dando a estos nuevos campos de investigación. Y con las tecnologías de la información plenamente desarrolladas y alienando, las aún escasas expectativas de las ciencias de la mente y el desplome de las previsiones de la biotecnología, es la nanotecnología, que aún no ha tenido que enfrentarse con problemas en su avance científico o su aceptación social, la que ha recogido el testigo de las grandes inversiones, las grandes perspectivas y los grandes riesgos.

El tamaño sí importa

La manipulación de la materia a escala nanométrica (un nanómetro es la milmillonésima parte de un metro; más o menos el tamaño de cinco átomos puestos en fila), es la más verde y efectiva herramienta tecnológica de todos los tiempos, según sus promotores.

Su gran potencial, y paradójicamente también su problema fundamental, es que la materia, a ese nivel, se comporta de manera muy diferente a como lo hace en órdenes de magnitud superiores. Desde el color, pasando por la dureza o la flexibilidad, hasta las propiedades electromagnéticas, todas las características del material son susceptibles de alterarse, sin que pueda determinarse a priori cuáles. Es esta capacidad la que hace tan atractiva, pero tan impredecible, a la nanotecnología.

A pesar de ello, por tratarse en definitiva de los mismos elementos de la tabla periódica formando los mismos compuestos ya conocidos a escala macroscópica, está permitiendo a esta tecnología eludir en gran medida el escrutinio social, político y regulatorio. Aunque ya existen en el mercado cientos de productos derivados de la nanotecnología, hasta ahora no se han establecido normativas relativas a las nanopartículas contenidas en ellos, ni a su obtención y manipulación en los laboratorios.

¿La nueva panacea?

Se nos empieza a vender la capacidad de la nanotecnología, sobre todo en aplicaciones que la ponen en relación con la biotecnología (lo que se conoce como nanobiotecnología), de resolver nuestros problemas ambientales y sociales y garantizar, esta vez sí, el desarrollo verdaderamente sostenible. Se llama la atención sobre su vasto campo de aplicación: medicina, depuración de aguas, obtención de energía solar, fabricación de aparatos electrónicos, textiles que cambian sus propiedades en función de estímulos externos, cosméticos, bloqueadores de sol, pelotas y raquetas de tenis, calcetines que neutralizan los olores, telas con liberación de perfumes, pinturas autolimpiables, vitaminas en aerosol, ceras para esquíes, papel de larga duración, iluminación, fabricación de pantallas planas, etc.

Se llevan a cabo experimentos a priori muy esperanzadores, como los que investigan productos para proteger terrenos susceptibles a la erosión (el compuesto reacciona con el agua formando una matriz de cristal, a unos 4 nanómetros de la superficie, que protege el terreno, además de permitir, dicen, que arraiguen las semillas que se le agreguen); se investiga en biomedicina sobre la distribución de fármacos en el organismo, o el ataque a diversos tipos de cáncer con ayuda de proteínas que identifiquen y se adhieran a las células enfermas; la industria alimenticia busca la manera de que el envoltorio nos avise de la degradación de las propiedades del alimento que contiene; el transporte de fármacos por medios nanotecnológicos genera también expectativas en sectores productivos como la acuicultura o la ganadería...

Multinacionales como L´Oreal ya tienen en el mercado productos cosméticos que utilizan nanopartículas para actuar sólo allí donde se necesita y en el momento justo. Los gigantes de la industria alimentaria (Kraft, Nestlé o Unilever por ejemplo), están usando nanotecnología para la creación de bebidas interactivas, líquidos que, expuestos al estímulo adecuado, se transforman en refrescos, café, alcohol... a capricho del consumidor.

También las corporaciones que dominan el negocio de los transgénicos se están posicionando en este nuevo nicho económico. Monsanto ya tiene acuerdos para comercializar su herbicida Roundup en nanocápsulas. Syngenta patentó la tecnología Zeon, cápsulas de 250 nanómetros que liberan los plaguicidas que contienen sólo al contacto con las hojas.

¿Dónde queda el principio de precaución?

Sin embargo, las enormes cantidades invertidas en todas estas reales y posibles aplicaciones no tienen contrapartidas en el terreno de la investigación sobre las consecuencias de esta tecnología. A pesar de ello, cada vez hay más estudios que nos ponen alerta sobre los peligros derivados de la producción y uso indiscriminados de productos tan minúsculos.

En el ámbito de los riesgos para la salud se ha demostrado, por ejemplo, que las nanopartículas pueden ser fácilmente absorbidas por los microorganismos del suelo, lo cual posibilita su desplazamiento hacia arriba en la cadena alimentaria; que se acumulan en los órganos de animales de laboratorio, siendo incorporadas a las células; que pueden atravesar la barrera de sangre del cerebro y depositarse en las vísceras de los animales; que la toxicidad de los nanotubos [1] en los pulmones de las ratas es mayor que la del polvo de cuarzo.

Uno de los estudios más determinantes fue hecho público en marzo de 2004, durante una reunión de la American Chemical Society. Bastaron 48 horas de exposición de nueve ejemplares de róbalo a agua con concentraciones de buckyballs [2] de 500 partes por mil millones (nivel de concentración comparable al de algunos contaminantes en las aguas de los puertos), para que se encontraran daños “severos” en el tejido cerebral de los peces, bajo la forma de una “peroxidación lipídica”, lo que ocasiona la destrucción de las membranas celulares, relacionada con enfermedades como el Alzheimer humano.

En una de las áreas con mayor potencial a corto plazo, la depuración de aguas, se empiezan a alzar voces autorizadas que previenen contra la utilización para este fin de productos potencialmente nocivos, como el óxido de titanio o los nanotubos de carbono. Además, resultados preliminares de recientes investigaciones indican que el movimiento de las nanopartículas en el agua es muy variable; desde las que fluyen con facilidad hasta las que tienden a aglomerarse en poco tiempo, mostrando que no se pueden lanzar las campanas al vuelo sin rigurosos análisis previos.

Incluso la Royal Society y la Royal Academy of Engineering elaboraron un informe hecho público el verano pasado, por encargo del Gobierno británico, en el que defienden las posibilidades innovadoras de la nanotecnología, pero piden un estudio exhaustivo de estos materiales y que tanto en el Reino Unido como en Europa los analicen como nuevos productos químicos. “Las nanopartículas pueden actuar de forma muy diferente a trozos grandes del mismo material. Existe la evidencia de que algunas de estas partículas son más tóxicas que el mismo elemento químico en un tamaño mayor y en muchos casos no sabemos qué pasa. No sabemos cuál es su impacto en los humanos y en el medio ambiente”, señaló Ann Dowling, la profesora de la Universidad de Cambridge que dirigió el informe [3].

A pesar de todas las advertencias y de que el principio de precaución debería estar sobre la base de toda la investigación, no hay ningún cuerpo regulatorio (aunque empieza a haber tímidos planes para formarlo) dedicado al escrutinio profundo de esta potente y poderosamente invasiva nueva tecnología.

¿Por qué? Bien, me atrevo a suponer que los millones invertidos por las multinacionales no pueden echarse a perder ahora por una regulación restrictiva, por lo que los poderes políticos no sólo dejan hacer, sino que incentivan las inversiones.

El gasto global en investigación y desarrollo en nanotecnología es de entre 5 y 6.000 millones de dólares anuales, casi 1.000 de ellos aportados por el Gobierno de EE UU, y está en rápido aumento. La Fundación Nacional de la Ciencia de EE UU predijo en 2001 que en 10 años toda la industria de los semiconductores y la mitad de la industria farmacéutica dependerían de la nanotecnología, y que para 2015 el mercado global de nanotecnología sería de 1 billón de dólares [4]. A decir verdad las predicciones han sido ya corregidas, estimándose que se llegará al billón de dólares en 2011. La industria peleará muy duro para asegurarse de que las preocupaciones ambientales y de salud no retrasen el progreso de la nanotecnología, como ha ocurrido con la biotecnología.

No se vayan todavía, aún hay más

Muchos de los portavoces de la nanotecnología aducen que mejor sería no tratar de obstaculizar el avance de las investigaciones con precauciones exageradas, cuya única consecuencia es desacelerar el desarrollo de una tecnología potencialmente útil. Lo cierto, sin embargo, es que si continúan apareciendo evidencias de sus riesgos, la desaceleración será la única forma de tomar el control de la situación.

También argumentan los defensores del negocio que esta tecnología dispone de un gran potencial para enfrentarse a los grandes males de este mundo, como el hambre o las enfermedades. Pero es evidente que “las nuevas tecnologías no pueden resolver viejas injusticias” como acertadamente contrapone el Grupo ETC en su artículo “Una ética muy pequeñita” [5]. La tecnología no es capaz de constituir por si sola una alternativa a las políticas antisociales que hoy dominan el mundo.

Por un lado porque el control de la tecnología está ya en manos de las grandes multinacionales (IBM, L´Oreal, Dow, Xerox, Monsanto, Pfizer o Procter & Gamble, entre otras), que multiplican sus patentes año tras año. En este estado de cosas es absolutamente improbable que los más desfavorecidos vayan a poder acceder a los productos comercializados por estas empresas, por muy beneficiosos y necesarios que sean.

Demasiado cerca tenemos el ejemplo de los organismos transgénicos, que además de comenzar a mostrarse caprichosos y poco manejables, contaminando otros cultivos cercanos (y no tan cercanos), no han tenido ninguna repercusión en lo que debía ser su gran lucha ganada: el hambre. O el de los productos farmacéuticos, vacunas y tratamientos de enfermedades crónicas fundamentalmente, que tanto dinero reportan a sus creadores pero resultan totalmente inaccesibles a más de la mitad de la población mundial.

Por otra parte, dado que la mayoría de los países no disponen de potencial económico para acceder a esta nueva tecnología, se verán arrastrados por la nueva ola como lo fueron por las anteriores para servir de fuente de mano de obra barata y de recursos primarios de todo tipo.

Y, por supuesto, está el ámbito militar. El 35% de dinero invertido en nanotecnología por el Gobierno de EE UU va a parar a esta área. Es más, ha creado, conjuntamente con el Instituto Tecnológico de Massachusetts (el prestigioso MIT), el Instituto para Nanotecnologías de los Combatientes, proyecto financiado con 50 millones de dólares anuales y en el que participarán, además de especialistas del ejército y científicos del MIT, investigadores de empresas privadas, como DuPont. No se sabe con certeza hasta donde se puede llegar, pero la integración de elementos a escala nanométrica con ingredientes de la guerra bacteriológica y química (por ejemplo “envolviéndolos” para evitar su detección) es quizá lo primero que se nos viene a la cabeza.

Tomando en consideración el conocimiento que tenemos sobre el funcionamiento exclusivamente economicista de las multinacionales, las reticencias al control y la regulación de los riesgos por parte de los gobiernos, y la experiencia histórica de la forma en que las revoluciones tecnológicas afectan a las sociedades, se puede concluir, sin temor a equivocarse, que la nanotecnología, difícilmente representará una oportunidad para mitigar nuestros impactos sobre el medio ambiente y para mejorar la vida de las sociedades.

Por el contrario, ya se está convirtiendo, como viene siendo habitual en el mundo de los avances científicos, en una nueva forma de dominación –se estima que va a transformar de manera muy significativa los medios de producción–, una nueva fuente de incontroladas agresiones al medio natural y un nuevo elemento de tensión social entre quienes podamos acceder a sus beneficios y los que queden excluidos de sus bondades.

Alberto Guerrero, Ecologistas en Acción. Este artículo es un resumen de varias publicaciones del Grupo de Acción sobre Erosión, Tecnología y Concentración, Grupo ETC. En ellas se ofrecen abundantes notas relativas a los experimentos, estudios y experiencias citadas, que se han preferido omitir aquí. Todas esas publicaciones están disponibles en castellano en www.etcgroup.org . El Ecologista nº 44




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