Agroecología y consumo

Desde finales de 2001 varios colectivos de consumidores agroecológicos se han agrupado en Madrid para poder desarrollar y potenciar un consumo de alimentos alternativo. Alternativo en cuanto a la calidad de los alimentos, precio, forma de auto-organizarse, de transportar los productos y de relacionarse con los productores. El texto que sigue es una declaración de los principios en los que se basa este colectivo, la Coordinadora de Grupos de Consumo Agroecológico de Madrid, en contraposición con los criterios mercantilistas que rigen en la gran distribución de alimentos.

Coordinadora de Grupos de Consumo Agroecológico de Madrid. Revista El Ecologista nº 40. Verano 2004.

El consumo ecológico no es sólo una cuestión de calidad y salud. Adquiere mayor relevancia, trascendiendo la dimensión individual, si se adopta como una opción a aplicar en nuestra vida cotidiana, congruente con una responsabilidad más ambiciosa: el compromiso con unas formas económicas, de relación social y de organización diferentes, basadas en la cooperación y en el respeto, no en la competitividad. Los distintos colectivos movilizados por este afán, son un medio que nos permite satisfacer y relacionar tanto la dimensión individual –salud, calidad, precio– como la colectiva, diferenciándonos, en la forma y en el fondo, de las estructuras de comercialización convencionales en las que las personas consumidoras son individuos pasivos y receptores, en competencia con sus semejantes.

En nuestra práctica podemos evidenciar los rasgos que atribuimos al consumo ecológico y responsable. No sólo es ecológico en su dimensión productiva en la finca: desde no usar productos químicos, hasta agroecología campesina de bajos insumos e integrada en el ciclo ecológico de recuperación natural, aunque exista una variabilidad importante en estos métodos, según los distintos productores. También es ecológico porque evitamos los transportes innecesarios reduciendo la distancia recorrida –ahorro de combustibles, envases, embalajes y la contaminación que conllevan–; porque promocionamos las condiciones tradicionales de cultivo, evitando cultivos bajo plástico, consumos energéticos para simular temperatura y apoyando el consumo de variedades tradicionales en desuso, más aclimatadas y resistentes; y porque promovemos el consumo de productos de temporada, recuperando con ello una cultura que evite el consumo innecesario e irresponsable y no fomente la exportación desde otras latitudes, con climas diferentes.

Otra dimensión que tenemos en cuenta es la social. Las compras conjuntas se hacen a productores directos o cooperativas de pequeño tamaño. Mantenemos acuerdos producción-consumo estables, en los que incluimos más dimensiones sociales: condiciones laborales y salariales dignas, estabilidad en el consumo para garantizar la renta del agricultor/a, apoyo económico, promoción de los excedentes a otros grupos de la Coordinadora… En relación al reparto interno, hemos avanzado según han surgido las necesidades, revisando las condiciones de trabajo, gastos, y enfermedad. La organización interna de cada grupo es diversa, pero no carece de la dimensión de proyecto de economía social.

Una tercera dimensión, que no agota las posibles, es la apuesta por una visión colectiva, limando los aspectos individualistas. Desde la concepción de la propia necesidad como algo social y no individual (nuestros proyectos son un ejemplo, estimulando estrategias locales, participativas), desde la incorporación de la necesidad del otro (productor@s, repartidor@s) y desde la apuesta por la cooperación como potencia que nutre la actividad social (la propia Coordinadora es ejemplo de ello).

Sin embargo, una de las tareas pendientes es la de asumir la evidencia de nuestro papel como consumidor@s y como ciudadan@s, legitimando o deslegitimando el consumismo irracional de la sociedad actual, así como los mecanismos que facilitan e impulsan la reproducción económica y social de este modelo de producción-distribución-consumo. En esta dimensión, aparentemente más política que las anteriores, hemos avanzado menos. Pero como en el resto de las cosas que hemos emprendido, es ante los acontecimientos cuando sentimos la necesidad de reaccionar. Así, cuando uno de nuestros proveedores ha decidido aceptar, para acceder a un mercado mayor, las condiciones de producir como marca blanca para Carrefour [1], nos hemos dado cuenta que teníamos que mostrarle nuestra disconformidad y, caso de no ser suficiente, renunciar al consumo de sus productos.

Pero renunciar, sin explicar las razones, sólo ejerce la presión concreta de la caída de la venta que, además, queda difuminada en un contexto de expansión como el que se apunta. Es necesario, pues indicar al productor/a, los métodos productivos y comerciales que aprobamos y los que condenamos.

Multinacionales de la distribución de alimentos

Las empresas multinacionales de la distribución comercial han crecido no sólo en tamaño sino también en influencia económica, social y política. De hecho, constituyen uno de los promotores y máximos exponentes del proceso de globalización, basado en un modelo de producción económica y social en el que la creación y concentración de la riqueza se apoya en el hambre, la miseria y exclusión creciente de la mayoría, destruyendo las economías arraigadas localmente que podrían poner freno a tanta destrucción.

Aunque hace casi 50 años que surgen en Europa para reducir los costes de intermediación en la búsqueda de precios más bajos para el consumo, su desarrollo ha promovido la concentración de las compras y su consiguiente oligopolio, la verticalización, centralización y extensión planetaria de la producción de alimentos a lo largo de toda la cadena alimentaria –desde la investigación y producción de semillas y productos químicos fitosanitarios, hasta la gran superficie de venta– y la utilización de cualquier método para proporcionar beneficios a la cadena de distribución.

La central compra para todas sus superficies, por lo que su poder de compra, pero también su control sobre toda la cadena alimentaria y la concentración en unas pocas empresas multinacionales, les ha permitido desarrollar condiciones comerciales abusivas a los proveedores: fijan los precios de compra; exigen mercancías gratuitas en las primeras entregas y bonificaciones a final de año (una rebaja de facturación en proporción al volumen vendido); les cobran por ser catalogados, por exponer en lugar privilegiado, para financiar campañas de promoción, para figurar en los catálogos, para ayudar a sufragar nuevas superficies o remodelación de las antiguas y una comisión para que se les abonen las facturas [2].

Además, las marcas blancas [3] son una vuelta de tuerca más para l@s agricultor@s. Los productos de marcas blancas se venden como alimentos más baratos que las marcas industriales que también oferta el establecimiento, pero el ahorro se consigue abaratando aún más el precio y flexibilizando las condiciones de pago. Estas ofertas suelen usarse como gancho para fomentar la fidelidad al establecimiento y para que se pueda gastar más dinero en productos que no se iban a comprar.

Si a todo esto le sumamos las condiciones de precariedad de l@s trabajador@s de los supermercados e hipermercados, se perfila el conjunto de consecuencias que tiene la compra en las grandes superficies y en el súper del barrio: como en el caso del citado Carrefour, casi todas las grandes cadenas simultanean superficies grandes y medianas o pequeñas que se despliegan mediante franquicias, desplazando a la tienda de barrio tradicional.

Nuestra opción por promover un consumo responsable, ecológico en todas sus dimensiones, respetuoso con los derechos humanos y sociales y protector de las economías locales, rechaza la comercialización a gran escala y global, incluso aunque los productos que venda sean ecológicos según su etiqueta [4]. Además, en nuestras iniciativas desarrollamos un consumo de dimensión colectiva, autogestionado y organizado, que fomenta la cooperación y no la competencia, en diálogo con las necesidades de las productor@s y repartidor@s y con diversas intensidades de apoyo mutuo y relaciones comunitarias no mercantiles. Por ello no aceptamos como proveedor a un productor ecológico que en la búsqueda de su interés individual considera sólo las ventajas que le ofrece la escala de la gran distribución y no tiene en cuenta la ruina que esta distribución ejerce sobre las pequeñas explotaciones, ecológicas y convencionales, del Norte y del Sur [5].

Si no ejercemos de alguna manera presión sobre este modelo pronto no quedarán otras formas de distribución, cada vez serán menos viables las explotaciones agrarias de menor tamaño –convencionales o ecológicas–, en un ciclo siempre insuficiente por conseguir una mayor competitividad para producir a los precios exigidos por las grandes distribuidoras –los precios del mercado mundial– que les prometen alcanzar el mercado global.




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