La solución no puede ser nuclear

La industria nuclear está realizando una intensa campaña de ‘lobby’ y presión para hacer creer que esta opción energética es una alternativa tanto al agotamiento de los combustibles fósiles como para reducir las emisiones que causan el cambio climático. Sin embargo, más allá de la falacia de estos argumentos, las verdaderas razones que se oponen al renacimiento nuclear son de índole económico. La coyuntura económico-financiera actual añade aún más incertidumbres.

Marcel Coderch [1]. El Ecologista nº 60

Cincuenta años después de la conexión a la red eléctrica del primer reactor nuclear, a mediados de 2004, Tony Blair comunicó a un selecto grupo de parlamentarios laboristas que, en respuesta a las presiones que recibía de la administración Bush, “había luchado largo y tendido, tanto en su partido como fuera de él para asegurarse de que no se cerrara la opción nuclear”. Desde entonces, cada vez son más las voces que se oyen en Europa pidiendo la reconsideración del marasmo en que se encuentra la industria nuclear. La subida continuada de los precios del petróleo y la previsible llegada al cenit de la producción mundial, junto a la necesidad de limitar las emisiones de gases de efecto invernadero y el deseo de reducir la dependencia energética, han echado leña a un fuego que parecía condenado a extinguirse después del fracaso económico de la década de los 70 y de los accidentes de Three Mile Island y Chernóbil.

Como puede observarse en la Figura 1, el número de reactores operativos dejó de crecer abruptamente a comienzos de la década de los 90 y desde entonces ha permanecido prácticamente constante, alrededor de 440 reactores en todo el mundo.

De El Ecologista nº 60

Figura 1. Evolución de la capacidad de generación nuclear operativa mundial
Fuente: The World Nuclear Industry Status Report 2007

A finales de 2007, estaban operativos 439 reactores (cinco menos que el máximo histórico alcanzado en 2002), con una potencia total de 371,7 GWe y una media de 23 años de antigüedad. Si no se reactivan pronto las nuevas construcciones, y a una escala significativa, la cuota de producción eléctrica nuclear, situada en los últimos años alrededor del 15%, irá descendiendo año tras año. En 2007, y debido a la acumulación de incidentes, la producción eléctrica nuclear mundial ha disminuido un 1,9% en términos absolutos –la española en un 8,3%–. En la actualidad, supone aproximadamente un 6% de la energía primaria comercial en el mundo, y entre un 2 y un 3% de la energía final consumida, una cuota menor que la cubierta por las centrales hidroeléctricas.

La proyección a futuro de la evolución del parque nuclear mundial suponiendo una vida útil de 40 años para cada reactor muestra que antes de 2025 habría que clausurar y desmantelar bastante más de la mitad del parque nuclear actual. Es decir, que o se inicia pronto un importante programa de construcciones o bien la energía nuclear va a quedar reducida a algo marginal y con unos tremendos pasivos correspondientes al desmantelamiento de las centrales y la gestión de los residuos acumulados.

De ahí que la industria nuclear y algunos gobiernos occidentales hayan iniciado una intensa campaña de relaciones públicas [2] para presentar la opción nuclear como una componente imprescindible de la solución al dilema energético-climático al que nos enfrentamos. Incremento de la demanda energética, aumento de los precios de los combustibles fósiles, reducción de emisiones e independencia energética son los cuatro argumentos básicos que se repiten una y otra vez como justificación de la reapertura del debate nuclear, y en favor de la reconsideración del parón nuclear.

Sin embargo, estas insistentes llamadas a retomar la senda nuclear pasan por alto dos cuestiones básicas. Olvidan las razones por las cuales abortó la primera era de construcciones nucleares. Y olvidan también que aún en el supuesto de que estas razones estuvieran ahora superadas –que no lo están– un análisis cuantitativo y dinámico de las posibilidades reales de un renacimiento nuclear muestra que poco podría aportar a la solución de los problemas que se apuntan. Unos problemas que, ciertamente, son graves y acuciantes, y que por ello requieren una óptima gestión de los recursos a nuestro alcance.

La primera era nuclear: del too cheap to meter al too expensive to matter

En la década posterior a la Segunda Guerra Mundial, y en el marco del programa estadounidense de Átomos para la Paz, se desencadenó una euforia mundial alrededor de la energía nuclear que en ocasiones se confundía con un fervor casi religioso. La energía nuclear iba a ser garantía de progreso continuado y liberaría para siempre a la humanidad de la maldición bíblica. Pero en realidad, siempre hubo dudas sobre la rentabilidad económica de esta “compleja forma de hervir agua”, como decía Einstein, y por tanto había que buscar otras motivaciones más allá de las estrictamente económicas.

Lewis Strauss, el entonces presidente de la Comisión de la Energía Nuclear estadounidense (AEC), no dudó en afirmar que “no es aventurado esperar que nuestros hijos disfruten en sus casas de electricidad que sea tan barata que no merezca la pena facturarla”. Una expresión, too cheap to meter, que se hizo famosa, sobre todo porque los hechos posteriores la desmintieron con rotundidad. Sin ninguna prueba que justificara afirmaciones como ésta, ni tampoco el optimismo generalizado reinante, hubo que acudir a otro tipo de consideraciones.

Así, David E. Lilienthal, el primer presidente de la AEC, escribió en sus memorias que en aquella época “no podía creer que Dios creara al hombre y le infundiera la capacidad de extraer la energía contenida en el corazón mismo de la materia para que sólo utilizara este conocimiento en la destrucción de este maravilloso mundo, que no es obra del hombre sino de Dios”. En esta frase se condensa la principal motivación de todo el desarrollo civil de la energía nuclear en Occidente: de alguna forma había que borrar el horror de Hiroshima y Nagasaki, máxime cuando la Guerra Fría iba a exigir un gran incremento de la producción de armas nucleares.

La única forma de conseguir que la aplicación militar pudiera proseguir sin demasiada oposición popular era difundiendo y promoviendo también las “enormes ventajas” de la energía nuclear para el mundo civil. Ése y no otro es el origen de todos los programas de desarrollo de la energía nuclear para aplicaciones civiles, un origen que explica las dificultades económicas que le acompañaron desde su nacimiento ya que el desarrollo de la industria nuclear civil nunca fue el resultado de decisiones económicas empresariales, sino consecuencia de una determinación política y militar.

Es común explicar la evolución representada en la Figura 1 como el resultado del incremento de los precios del petróleo que tuvo lugar en 1973 y que habría empujado la construcción de centrales nucleares. Sin embargo, lo que realmente ocurrió se observa mejor en la Figura 2 donde se representa la evolución acumulada de los pedidos de centrales nucleares en EE UU, incluyendo las cancelaciones y los cierres de centrales entre 1953 y 2001.

De El Ecologista nº 60

Figura 2. Evolución de los pedidos de centrales nucleares en EE UU
Fuente: [3]

Entre 1965 y 1975 hubo en EE UU un rápido incremento en el número de pedidos de reactores, pero todo cambió abruptamente a mediados de los 1970. Si entre 1971 y 1974 se cursaron pedidos para 129 reactores, entre 1975 y 1978 ya sólo hubo 13 nuevos pedidos. Desde 1978 hasta el día de hoy no se ha cursado ningún otro pedido. Fijémonos en que el accidente de Three Mile Island tuvo lugar en 1979 y que por tanto no pudo ser la causa de este abrupto cambio de tendencia.

Las razones de este gran fracaso fueron casi exclusivamente económicas, y un factor muy importante fue la acusada caída del crecimiento de la demanda de electricidad. Si entre 1953 y 1973 la demanda había crecido un 7% anual, en 1974 este crecimiento se detuvo en seco y cayó un 0,4%, como consecuencia del shock económico que produjo el brusco aumento de precios del petróleo en 1973. A partir de 1974 se ralentizó el crecimiento económico, hubo un mayor énfasis en el ahorro energético y, en consecuencia, el crecimiento anual medio del consumo eléctrico entre 1975 y 2000 se redujo al 2,7%, lo cual situó a las eléctricas frente a un gran exceso de capacidad planificada y en construcción.

A estas circunstancias económicas adversas se sumó, en 1979, el accidente de Three Mile Island y la política monetaria que se adoptó para hacer frente a la recesión de 1973, que supuso un notable incremento de las tasas de interés. Esta subida de los tipos añadió un factor más a una situación ya de por sí difícil que acabó por arruinar las finanzas de las compañías eléctricas y el programa nuclear estadounidense y de otros países.

Algo muy parecido ocurrió en España, como se muestra en la Figura 3, si tenemos en cuenta que el caso de Lemóniz estuvo muy condicionado por el terrorismo de ETA. En ausencia de éste, lo lógico hubiera sido que los dos reactores situados en la costa vasca –prácticamente terminados– hubieran entrado en operación en lugar de Vandellós II y Trillo I. Por tanto, en condiciones normales tampoco ninguno de los reactores españoles cuya construcción se decidió después de 1973 hubiera entrado en funcionamiento.

De El Ecologista nº 60

Figura 3. Evolución de los pedidos de centrales nucleares en España
Fuente: [4]

La moratoria nuclear se decretó en España en 1983, afectando a cinco grupos nucleares que estaban en distintos grados de finalización, por razones idénticas a las que hemos apuntado en el caso estadounidense. Su viabilidad se agravó, si cabe, por el hecho de que las eléctricas españolas se habían endeudado en dólares para financiar la construcción de las centrales y al incremento de los tipos de interés tuvieron que añadir una evolución muy desfavorable del tipo de cambio. Los créditos, sin embargo, estaban avalados por el Estado español y el primer gobierno de Felipe González optó por asumir estas inversiones y trasladar a la tarifa eléctrica futura el pago durante veinticinco años (1983-2008) de las inversiones nucleares fallidas. Estas inversiones estaban incluidas en los Planes Eléctricos Nacionales aprobados por los sucesivos gobiernos de la Transición [5].

Globalmente, pues, la energía nuclear fracasó económicamente a mediados de los años 70 y además se vio adversamente afectada por los accidentes de Three Mile Island (1979) y Chernóbil (1986). Estos accidentes vinieron a dar la razón a aquellos que ya la criticaban desde sus comienzos por su peligrosidad operativa y contribuyeron a que en la opinión pública todavía hoy predominen aquellos que son contrarios a su reactivación. En cierto sentido, la historia de la energía nuclear en las cuatro últimas décadas puede resumirse en que pasó de ser too cheap to meter a convertirse en too expensive to matter (demasiado cara para ser relevante), y en demasiado impopular para insistir en ella.

Desde entonces han transcurrido muchos años y parece que esto se ha olvidado pero, ¿estamos ante un entorno económico que permita pensar que se dan las condiciones para un renacimiento nuclear como el que lleva varios años anunciándose, o bien pudiera darse una repetición, quizás acelerada, de lo que aconteció en la década de 1970?

El panorama estadounidense

La administración de George W. Bush lanzó en 2002 el programa Nuclear Power 2010 con objeto de reactivar las construcciones nucleares en EE UU. Más tarde, continuó con la Energy Policy Act de 2005, que incluye un conjunto de medidas destinadas a incentivar la construcción de los seis primeros reactores de una nueva generación, mediante una combinación de incentivos fiscales, subvenciones y avales estatales. A pesar de ello, y transcurridos ya más de tres años desde la entrada en vigor de la ley de 2005, ninguna empresa ha tomado todavía la decisión de construir una nueva central nuclear.

¿Por qué sigue sin existir ni un solo proyecto firme de construcción de una central nuclear en EE UU? Las razones son, de nuevo, económicas y la sensación es de un deja vu: nadie sabe cuánto costarán las nuevas centrales y cada nueva estimación supera con creces la anterior en una espiral que parece no tener fin. Así lo confirma el Wall Street Journal cuando afirma que “los elevados costes pueden incrementar notablemente la factura eléctrica e inevitablemente encenderán el debate acerca de la capacidad de la industria nuclear para satisfacer las crecientes necesidades energéticas” [6].

John Rowe, presidente de Exelon Corp. y del Nuclear Energy Institute, explica el estado de ánimo en que se encuentra la industria nuclear estadounidense: “No podemos dejarnos llevar por el entusiasmo de las notas de prensa, hemos de crear expectativas realistas […] el renacimiento nuclear se desarrollará lentamente […] quizás entre cuatro y ocho centrales a partir de 2016. Si estos primeros proyectos cumplen con sus calendarios y presupuestos, y si no tienen problemas de licencias y gozan del apoyo del público, podríamos iniciar una segunda ola de construcciones una vez la primera ola entre en explotación comercial”. Pero, “es difícil confiar en las estimaciones de costes de las nuevas construcciones […] ningún vendedor está ofreciendo precios ciertos e incluso las estimaciones preliminares se incrementan sin cesar”.

Y en cuanto a los plazos, continúa Rowe, “nada enfriaría más el renacimiento nuclear que encontrarnos, después de 18 meses de haber iniciado una construcción con 18 meses de retraso”, en clara alusión a lo que ha ocurrido en Finlandia [7]. “Los costes asustan […] especialmente cuando los comparamos con la capitalización y el valor de mercado de las empresas que han de construir […] ninguna empresa se jugará su futuro a un solo proyecto […] necesitamos formas de compartir el riesgo”. Además, “Yucca Mountain [un almacén geológico profundo de residuos nucleares] está encallado y no ha habido progreso alguno en las alternativas […] y el apoyo público para unas inversiones multimillonarias sigue suponiendo un riesgo que no podemos ni controlar ni predecir” [8].

Resulta difícil sintetizar mejor las dudas que existen acerca del programa nuclear estadounidense. Unas dudas que se refieren no ya a la posibilidad de un gran programa de construcciones para mitigar el cambio climático y el declive de los combustibles fósiles, ni siquiera a algo menos ambicioso como podría ser la sustitución de los 104 reactores actualmente en funcionamiento. Las dudas recaen sobre la simple posibilidad de construir los 25 o 30 reactores que John Rowe considera necesarios antes de 2030 para no entrar en un declive irreversible. Si eso es así, es decir, si ni siquiera parece realista sustituir el parque actual para cuando deje de ser operativo, ¿qué sentido y qué objeto tiene plantear la opción nuclear como elemento decisivo en la respuesta al cambio climático y al declive de los combustibles fósiles?

Y si a estas dudas y dificultades añadimos que con el petróleo habiendo más que cuadriplicado su precio en los últimos cuatro años estamos entrando en un período que puede ser similar al que siguió al de la crisis de 1973 –con una posible repetición de la stagflation que dio al traste con la primera era nuclear, y con un sistema financiero instalado en una crisis de liquidez– cualquier intento serio de renacimiento nuclear parece condenado a abortar prematuramente.

La energía nuclear no puede contribuir a mitigar el cambio climático

Pero aún en el supuesto de que estas dificultades fueran transitorias y llegaran a solventarse, la energía nuclear ni tan siquiera puede aspirar a ser una de las quince “cuñas estabilizadoras” que Stephen Pacala y Robert Socolow, de la universidad de Princenton, han identificado para reducir –con cada cuña, en 1 GtC/año– las emisiones dentro de 50 años [9], y estabilizar con siete de ellas la concentración atmosférica de CO2 por debajo de las 450 ppm. El Keystone Center, en un estudio financiado por la propia industria nuclear, ha calculado qué es lo que haría falta para aportar una de estas cuñas estabilizadoras con la energía nuclear [10]:

  • Construir una media de 14 centrales nuevas al año durante los próximos 50 años y aproximadamente 7,4 centrales más para sustituir el parque actual. En total, casi dos centrales al mes.
  • Multiplicar por cinco la producción minera de uranio.
  • Construir entre 11 y 22 plantas adicionales de enriquecimiento de uranio para complementar las 17 plantas existentes actualmente en el mundo.
  • Construir 18 instalaciones adicionales de fabricación de combustible nuclear, además de mantener las 17 existentes.
  • Construir 10 almacenes geológicos profundos del tamaño de Yucca Mountain para almacenar el combustible gastado.

Quienquiera que defienda la energía nuclear como estrategia de mitigación del cambio climático tiene la obligación de presentar un plan medianamente creíble para alcanzar estos objetivos que incluya una estimación de su coste. En caso contrario, se trataría sólo de plantear pequeños incrementos de capacidad nuclear justificándolos por un ahorro de emisiones que en poco o nada contribuirían a resolver el problema global, mientras que se desviarían unos recursos que sí podrían destinarse a otras soluciones más eficaces.

Sin embargo, ninguno de los defensores de la opción nuclear ha aceptado, hoy por hoy, este reto. Y por tanto, mientras no lo hagan inducen a pensar que el cambio climático y el declive de los combustibles fósiles no son más que cortinas de humo que utilizan en un intento desesperado por salvar una industria que está condenada a desaparecer.

Razones ambientales. Francisco Castejón
Además de los motivos de índole económica y política, existen razones ambientales que invalidan a la energía nuclear como alternativa:

  • Los residuos de alta actividad: no existe forma de gestión satisfactoria para estas sustancias que son peligrosas durante cientos de miles años.
  • La seguridad: los indudables avances en seguridad son todavía insuficientes para garantizar que no se vaya a producir un accidente con gravísimas consecuencias. Además, los esfuerzos de la industria nuclear por abaratar costes tienden a degradar la seguridad y hacer más probable un accidente.
  • La escasez de uranio: este mineral no renovable se puede extraer a bajo precio durante 40 años al actual ritmo de consumo. Las reservas caras se agotarán en 150 años, lo cual convierte en inviable una extensión del parque nuclear.
  • La proliferación nuclear: muchas tecnologías nucleares son de uso militar y civil. La extensión nuclear aumentaría la inseguridad y el riesgo de guerra nuclear.
  • La contaminación radiactiva: el funcionamiento de las instalaciones nucleares y la minería del uranio han contaminado el medio durante décadas, con efectos innegables sobre la salud de las personas, especialmente los mineros del uranio y los trabajadores de instalaciones nucleares.