La ciudad de los pasos y los pisos

Quizás porque a nadie se le ocurre ni intentarlo, la pregunta parece poca cosa: ¿se puede salir de Madrid andando? Pues no. Salir de la ciudad sólo es factible si se cumple la regla fundamental de usar un medio de transporte. Puede ser público o privado, caro o barato, y casi siempre ha de ser a motor. Pero no es posible empleando las propias piernas.

Ecologistas en Acción. El Ecologista nº 56

Para comprobarlo, vayan al centro de la ciudad, a la Plaza de España, y comiencen a caminar. En la estación de Príncipe Pío hay una señal que les indicará el camino hasta Manzanares el Real, un pueblo de la Sierra de Guadarrama. Son 48 kilómetros de un recorrido que pasa por Tres Cantos y Colmenar Viejo, y se trata nada menos que de la Senda Real, la misma ruta que utilizaban los reyes, en el siglo XV, para ir desde el Palacio Real a cazar al pabellón que el rey Enrique III de Castilla mandó construir en el encinar del Monte de El Pardo. Pero esta Senda Real, que es el único camino peatonal que en teoría permite salir de la capital, ha ido viendo como su trazado ha sido comido por carreteras de seis carriles, campos de golf para señoritos, vías para el tren de alta velocidad y vallas de alambre.

Crecen las grandes ciudades y lo hacen olvidando las medidas humanas. Y sobre todo la más sencilla, que es el andar. Porque las calles ahora sirven para transportarse y las cosas importantes nos las tenemos que decir por móvil o por e-mail. Nuestras celdas, eso sí, tienen como ventana decenas de canales televisivos, porque lo real nunca está cerca. Y todavía dice el PP que los muros que rodean esta prisión, esa malla de autovías y circunvalaciones, en realidad sólo son unas calles.

Por supuesto, la gran ciudad no es una prisión como Gaza o Guantánamo: en el mayor de los refinamientos, aquí los presos son sus propios carceleros. Por eso, cada vez estamos más orgullosos de nuestras nuevas carreteras, de la incesante actividad urbana y de la gran cantidad de posibilidades que tenemos al alcance de las manos, aunque hoy tampoco tengamos tiempo de aprovecharlas.

Pero hay veces que lo simple tiene su punto, y por eso hay presos que todos los años tienen la costumbre de retomar la sencillez, cosa cada vez más difícil, y se ponen a andar un día de otoño y salen de la ciudad a través de la senda que abrieron los reyes siglos atrás. Pero para poder hacerlo hoy hay que sortear obstáculos, cortar algunas alambradas e incluso solicitar que las fuerzas de seguridad paren el tráfico, durante unos segundos, de esa calle M-30 que hace de muro.

Una vez fuera de Madrid, se respira aire limpio, nos saludamos en el camino como si nos conociéramos de toda la vida y la ropa cómoda sustituye a los trajes y demás uniformes. Y a la hora de comer, después de contarnos historias, compartimos las viandas sentados en el camino, mirando de reojo la gran ciudad. Desde El Pardo, desde Tres Cantos, desde La Pedriza, es imposible dejar de ver los cuatro nuevos rascacielos que representan aquello de lo que huimos. Son torres de vigilancia de 250 metros de alto que nos recuerdan que en algún momento tendremos que volver y que nuestras vidas ya no se miden en pasos: se miden en pisos.