Una refinería delirante

La Junta de Extremadura persiste en su empeño de instalar una Refinería en Tierra de Barros. La gran mayoría de los movimientos sociales se oponen a este proyecto, por considerarlo un disparate que no resiste las más mínimas consideraciones de eficiencia económica, de respeto ambiental y de salud pública.

Plataforma Ciudadana Refinería No. El Ecologista nº 56

“El aire limpio, las aguas puras, cantemos todos Extremadura
gritemos todos en libertad Extremadura tierra de paz”.

Fragmento del himno de Extremadura.

Hace ya tres años miles de ciudadanos iniciamos una lucha contra el proyecto de construcción de una refinería de petróleos en la comarca de Tierra de Barros (Badajoz). Para los que no conozcan este lugar, diremos someramente que se trata de la zona agrícola más fértil de Extremadura, concentrándose aquí el 80% de la producción vitivinícola de la región, avalada por la Denominación de Origen de sus vinos.

La refinería es un proyecto industrial que roza lo grotesco, cuando no lo esperpéntico, si tenemos en cuenta –además de la ubicación mencionada– el hecho de que la refinería, por ser de interior, necesitaría un oleoducto de 250 km –desde el puerto de Huelva hasta la misma planta– y un poliducto de otros tantos kilómetros para la salida de productos finales. Pero no sólo se trata de un proyecto aberrante sino también costosísimo, pues la inversión exigida alcanza, según la propia empresa, los 1.800 millones de euros (¡300.000 millones de pesetas!) con la agravante de que el Gobierno regional participaría con un 30% de capital público. Este hecho sólo podría explicarse para los ajenos a la situación política extremeña añadiendo ahora el dato de las estrechas relaciones familiares del entorno del empresario con la cúpula del poder regional, en manos del PSOE desde hace veinticinco años.

Lo ya expuesto puede dar idea de la absoluta sinrazón que rodea a este proyecto de refinería, con tintes además nepotistas. Pero lo estrambótico y oscuro se convierte definitivamente en disparate si consideramos la actual situación crítica del planeta y todos los esfuerzos, directrices y exigencias nacionales e internacionales para frenar –que ya no evitar– el cambio climático. Cuando todos los gobiernos, incluidos Rusia y EE UU, admiten la evidencia del cambio climático como resultado de la acción contaminante del hombre, cuando ya estamos sufriendo las consecuencias de ese cambio en sectores claves como la agricultura, la salud pública, el turismo, la desaparición de especies animales y vegetales, el deshielo del Ártico… Cuando todo eso es motivo de preocupación y gasto por las consecuencias ¡también económicas! que tendrá, en Extremadura, una de las pocas regiones sostenibles de Europa, unos iluminados –algunos con cargos políticos– quieren convencernos de que una refinería es el progreso y el futuro para esta región.

Ya no es progreso

Los hechos nos están demostrando una paradoja fehaciente: aquello que hace 40 o 50 años se llamó progreso (industrialización masiva, contaminación del territorio en los más bellos parajes, urbanizaciones atroces en costas y montes, recalificaciones salvajes, agricultura y ganadería intensivas) ha devenido con el tiempo en atraso, reconversiones traumáticas, paro, stocks vergonzantes, deslocalizaciones, enfermedades asociadas a la contaminación y al estrés, fealdad en el entorno y consumismo vacío. Y lo que entonces se consideraba pobreza y subdesarrollo (ecosistemas ricos en fauna y flora –como el bosque mediterráneo–, aire limpio y aguas puras, agricultura ecológica –es decir, la de toda la vida–, productos naturales, explotaciones extensivas –como la dehesa extremeña–…) es hoy un valor en alza y el verdadero progreso y futuro para esta región que, por avatares de la historia, se ha mantenido semiaislada de comunicaciones y abandonada de gobiernos centrales. Paradójicamente, el resultado ha sido que mientras la mayoría de las regiones industrializadas están hoy degradadas por el mal llamado progreso, Extremadura es en sí misma un patrimonio natural admirado y envidiado por cualquier persona que nos visite, y donde deja sus dineros de estancia con sumo placer.

Apostar por ese desarrollo caduco e intensivo contraviene las bases actuales de sostenibilidad ambiental y choca frontalmente con las líneas de producción extensivas: agricultura y ganadería ecológicas, denominaciones de origen, programas de desarrollo rural y de fijación de su población, aumento de la calidad de vida y seguridad en la salud pública. Hoy la calidad del medio ambiente se demuestra clave para atraer inversiones, porque éstas se están orientando sin duda hacia lo verde (espacios naturales y productos ecológicos), hacia el sector terciario y hacia actividades culturales asociadas al ecoturismo. Eso es hoy el progreso y el desarrollo.

A contracorriente

En estas circunstancias y en este contexto, en el que todos los foros de discusión apuntan ya sin dudarlo en la dirección de reducir las emisiones contaminantes de efecto invernadero, en la dirección de limitar la dependencia del petróleo (a 100 dólares el barril) para apostar por las energías renovables, cuando no se construye una refinería en España desde hace más de 30 años, en ese contexto decimos, querer instalar una refinería en Extremadura es sencillamente un proyecto hilarante y delirante. 1.700.000 toneladas anuales de CO2 expulsadas a la atmósfera, enfermedades respiratorias, cardiovasculares, tumorales y dermatológicas, grave peligro para la sostenibilidad del tejido socioeconómico construido sobre la agricultura en las mejores tierras de Extremadura (¿alguien se imagina una refinería en La Rioja, por ejemplo?), riesgo evidente para la promoción y comercialización de los productos autóctonos, ahora que por fin vendíamos nuestros vinos y aceites, tantas veces embotellados fuera de la región con marcas foráneas… ¿Todo esto a cambio de unos cuantos puestos de trabajo?

Y aún hay más. Como hemos dicho el oleoducto necesario para la refinería tendría que atravesar espacios naturales de altísimo valor ecológico como son el Parque Natural de Sierra de Aracena y Picos de Aroche y las dehesas del sur de Badajoz (inconcebiblemente sin protección autonómica). Y desde luego, el refino necesitaría agua, muchísima agua de donde no la hay, porque el pantano más próximo está a 25 km, y naturalmente fue construido para consumo humano y riego para una zona agrícola, no para una refinería, porque aquí no hay petróleo.

Pero este artículo estaría incompleto si no llamáramos la atención sobre una cuestión que subyace bajo todo lo mencionado: esta refinería se ha cocinado en los despachos de políticos egoístas y en los cortijos de empresarios codiciosos, en un entramado familiar y de parentesco que sería el escándalo de cualquier otra región española. Esta refinería se ha cocinado a espaldas de la ciudadanía y se ha querido imponer desde el Gobierno regional como un hecho consumado y sin discusión posible. “Podré discutir si contamina más o menos, no si se hace o no”, dijo el entonces presidente Ibarra cuando se presentó el proyecto.

Lo que está viviendo Extremadura en particular y la democracia en general es un pulso entre la codicia rápida de unos pocos y el desarrollo más lento pero sostenible de todos; un pulso entre el despropósito especulativo y la eficiencia económica y energética; un pulso entre el futuro erial que sería este lugar cuando se agote el petróleo y la proyección vital de apostar por elementos con vocación de eternidad, como la agricultura ecológica, las energías renovables, la calidad de vida y la naturaleza. Un pulso, en fin, entre el caciquismo de los nuevos cortijeros y la presión pública de la ciudadanía que no cree ya en milagros económicos ni en políticos providenciales, sino que escucha más bien el grito de alarma de este planeta, que devuelve a la tierra la energía necesaria para regenerarse, y que no quiere hipotecar el futuro de esta comarca feracísima por un puñado de lentejas petroleadas.

Por eso apelamos a la transparencia y a la coherencia de los políticos y de los técnicos que corresponda, para que desestimen la estulticia y la ponzoña, y prevalezca así el juego limpio, el respeto que se merecen los ciudadanos y el puro sentido común.

Tres años de lucha ejemplares
La lucha seguida por los opositores a la refinería constituye, por derecho propio, una de las luchas ambientales más relevantes del Estado español, tanto por su persistencia como por su capacidad de movilización.

Son numerosísimos los actos de la Plataforma Ciudadana Refinería No en estos más de tres años de lucha: manifestaciones por toda la región, jornadas informativas con ponentes de primer rango, programas de radio y TV –a pesar del tapón informativo que ha impuesto la Junta–, tractoradas, cortes de carreteras, entrevistas con alcaldes, con técnicos y con políticos del Ministerio de Medio Ambiente –la Junta de Extremadura todavía se niega a recibirnos–, viajes al Parlamento Europeo para informar a los eurodiputados de lo que se quiere hacer aquí con dinero que en parte procede de Bruselas, contactos y reuniones con grupos ecologistas de España y Portugal, ya que en último término los vertidos acabarían en el tramo final del Guadiana que entra nada menos que en el Parque Natural do Vale do Guadiana…