Residuos y cambio climático

La producción de residuos en España crece a toda velocidad, mientras que su tratamiento adolece de graves carencias. Esta situación, entre otras cuestiones, origina importantes emisiones de gases de efecto invernadero, que ni siquiera se pueden contabilizar con precisión ante el importante desconocimiento de datos sobre el sector.

Daniel López Marijuán, integrante del Foro Andaluz de Acción por el Clima y miembro de Ecologistas en Acción. El Ecologista nº 54

“Es posible que la creencia en lo inevitable del crecimiento sea la contrapartida del sueño consumista: conviene creer que el crecimiento no concluirá nunca porque eso abre la posibilidad de una expansión ilimitada mientras vivamos, con lo cual se justifica nuestro consumismo culpable”.
Clive Hamilton: “El fetiche del crecimiento”

Las actividades responsables de las emisiones de gases que causan el efecto invernadero están bien caracterizadas (industria, energía, transporte, minería...). No obstante, hay un sector relevante al que no se ha prestado la debida atención, el de los residuos. Entre los principales gases de efecto invernadero, se encuentra el metano (CH4), un gas que se origina a partir de la fermentación anaerobia de todo tipo de desechos orgánicos y que tiene un potencial de calentamiento unas 24 veces superior al del CO2.

De las 440,6 millones de toneladas de CO2 equivalente que emite anualmente España (datos de 2005), 12,9 toneladas corresponden al sector del tratamiento y eliminación de residuos, es decir, un 2,94%. La cifra es más relevante de lo que parece por su fortísimo incremento en los últimos años y porque no recoge datos reales de residuos no controlados o de otra procedencia, como por ejemplo de estiércol de ganado, que aporta una cifra similar, 11,7 millones de toneladas.

Crecimiento desbocado

El borrador del Plan Nacional Integrado de Residuos (PNIR) 2007-2015 que presentó el Ministerio de Medio Ambiente este año, reconocía la situación insostenible en el crecimiento de los residuos: “Se generan cada vez más residuos urbanos, su tendencia creciente no es sostenible en el futuro” (ver gráfico 1).

Gráfico 1: Generación de residuos sólidos urbanos en España

Fuente: Mº Medio Ambiente, PNIR 2007-2015

Los casi 23 millones de toneladas de residuos urbanos que los españoles generábamos en 2004 estarán ya próximos a los 30 millones anuales, con ratios de más de kilo y medio de basura urbana por persona al día y sin ningún indicador de que vaya a frenarse este crecimiento desbocado.

Además, como certeramente denuncia Greenpeace en su informe La Situación de las Basuras en España, la materia orgánica, que es casi la mitad del contenido de los residuos, sólo llega a las plantas de reciclado en un 28%, y finalmente lo que se recupera en forma de compost no llega ni al 8% de toda la materia orgánica. Un desastre sin paliativos (ver gráfico 2). Casi el 90% de los residuos no se recuperan y acaban en vertederos o quemados en incineradoras, los primeros generando enormes cantidades de metano y las segundas, toneladas de CO2 y muchos otros contaminantes.

Gráfico 2: Tratamiento y recuperación de las basuras domésticas en España.

Fuente: Elaboración propia a partir de Greenpeace, 2006: La situación de las basuras en España.

Lo mejor para este metano (biogás) sería su aprovechamiento energético o térmico, es decir, someterlo a combustión controlada para generación eléctrica o quemarlo para desecar los lodos de depuradora o para tratamiento de los lixiviados del vertedero. De esta forma, minimizaríamos los efectos perniciosos del metano, además de conseguir resolver varios problemas ambientales y evitar los problemas de autocombustión que arrastran siempre los vertederos que no recuperan el biogás.

No es lo mismo generar metano que dióxido de carbono, como hemos visto, respecto al potencial de calentamiento. ¿Dónde se están haciendo bien las cosas?: en contadas instalaciones. El aprovechamiento energético del biogás de vertederos en Pinto, Alcalá de Henares, Mejorada del Campo y Colmenar Viejo, por ejemplo, obtuvo una producción eléctrica de 192.000 MWh-año. En la mayoría de los casos, el gas se libera incontroladamente, sin contar siquiera con chimeneas de evacuación.

La fermentación entérica de los animales en España está cuantificada en 13,5 millones de toneladas de CO2, que debemos sumar a la gestión de residuos (12,9 t) y a la gestión del estiércol (11,7 t): casi 40 millones de toneladas de CO2. También tenemos que considerar las 380.000 t de animales que mueren en las explotaciones ganaderas (en España hay 60 millones de cabezas de ganado), que unidas a los desechos de industrias cárnicas, desperdicios de mercados y tiendas, de piscifactorías, de barcos pesqueros, de caza, etc., nos dan 2 millones de toneladas al año de residuos animales en España, con una emisión de GEI impresionante y mal contabilizada. El mismo PNIR reconoce la “carencia de datos de generación y gestión de los residuos”, por lo que es extremadamente difícil que cuadren las cifras, por ejemplo, del Ministerio de Medio Ambiente, con las del Instituto Nacional de Estadística y de las CC AA.

Objetivos incumplidos

No ha habido coordinación en los planes estratégicos de las CC AA sobre gestión de residuos y el PNIR. Éste, con sus 13 planes de residuos específicos, entre los cuales están el Plan Nacional de Residuos Urbanos y el de Lodos de Depuradora, llega tarde y sin posibilidad real de que sea aprobado en esta legislatura. Tampoco la Estrategia Española de Reducción de Residuos Biodegradables Destinados a Vertederos ha pasado del estado de borrador, aunque las Directivas comunitarias la exigen. El R. D. 1481/2001, que regula la eliminación de residuos mediante depósito en vertedero, emplazaba al Estado y a las autonomías a “elaborar un programa conjunto de actuaciones para reducir los residuos biodegradables destinados a vertedero” para antes de julio de 2003: no se ha hecho. Su artículo 5.2 a) fijaba el objetivo de que “a más tardar el 16 de julio de 2006 la cantidad total en peso de residuos urbanos biodegradables destinados a vertedero no superará el 75% de la cantidad total de residuos urbanos”: objetivo incumplido.

En definitiva, a pesar de que en los residuos peligrosos se está consiguiendo cierta estabilización en su crecimiento, mediante planes y las mejores técnicas disponibles que exige la IPPC (Ley de Prevención y Control Integrado de la Contaminación), la batalla de los residuos urbanos está perdida por el momento: crecen en cuantía y en peligrosidad (véase el boom de los residuos electrónicos). A excepción de Cataluña, que grava el vertido de los residuos, ninguna autonomía ha sido capaz (o ha tenido el coraje) de poner una tasa ecológica para desincentivar los vertederos.

La I+D+i sobre residuos también brilla, pero por su ausencia: necesitamos centros de investigación interdisciplinares que ofrezcan pautas y alternativas para una gestión sostenible y limpia de los residuos. Y por último, y no menos importante, existe “una percepción social del problema de los residuos insuficiente y distorsionada” como bien recoge el PNIR. Esta situación lleva al ciudadano a desvincularse de lo que sucede con su kilo y medio de basura cuando la lleva diariamente al contenedor más próximo, sin saber que ahí no acaba, sino que empieza el problema. O cuando se restringe la recogida selectiva de las basuras sólo a los residuos de envases, cuando la madre del cordero es la fracción orgánica, para la cual no hay separación previa ni recogida diferenciada, con lo que el compost obtenido resulta de incierta calidad.

Necesitamos una Nueva Cultura de los Residuos, todavía por formular, que haga borrón y cuenta nueva con las políticas convencionales de tratamiento –que aparte del sellado de los vertederos incontrolados no han conseguido resultados tangibles y generan emisiones descomunales de metano–. La Nueva Cultura del Agua está consiguiendo que la gente deje de asociar más disponibilidad de agua con más embalses y que el ahorro y buen uso sean valores asumidos. El ahorro y eficiencia energéticos, junto al desarrollo de las energías renovables, también se están abriendo paso. ¿Qué pasa, sin embargo, con los desechos, para los cuales no hay conciencia ni consumismo culpable, como revela C. Hamilton?