Seguridad alimentaria y cambio climático

El cambio climático castigará con mayor fuerza a las regiones pobres, empeorando sus ya graves problemas de seguridad alimentaria. Una seguridad alimentaria que, por cierto, se ha deteriorado mucho recientemente con la disminución de las reservas mundiales de grano, en parte por su creciente uso para la producción de biocombustibles.

Isabel Bermejo, Ecologistas en Acción. El Ecologista nº 54

En el mundo mal repartido en que vivimos, todo parece indicar que las repercusiones del cambio climático no van a distribuirse equitativamente: los países pobres y las poblaciones más desposeídas, precisamente quienes menos han contribuido a provocar este fenómeno, van a sufrir sus consecuencias negativas antes y con mayor intensidad. Por un lado, porque los “acontecimientos meteorológicos extremos” (huracanes, sequías, lluvias torrenciales, etc.) asociados al cambio climático azotarán con mayor frecuencia e intensidad las regiones empobrecidas, más vulnerables y con menos capacidad de recuperación. Por otro, porque los efectos más dañinos del calentamiento global para la agricultura se manifestarán en los países pobres, donde esta actividad es básica para la subsistencia de una mayoría de personas. Finalmente, porque estas regiones padecen ya temperaturas elevadas y una mayor variabilidad en lo que se refiere a precipitaciones, que previsiblemente aumentará. Se calcula que un aumento de más de 3ºC de las temperaturas podría ampliar el número de personas amenazadas por el hambre en 250-550 millones de personas [1].

La seguridad alimentaria amenazada

En la actualidad la producción agrícola mundial es suficiente para alimentar a la Humanidad. Es sabido que el hambre no es un problema de escasez, sino de reparto y de acceso a los recursos para producir o para comprar alimentos. Sin embargo, aunque el crecimiento de la población se ha ralentizado y se pronostica una producción suficiente [2], varios factores amenazan la seguridad alimentaria futura:

- el deterioro y escasez de los recursos hídricos;
- la pérdida de tierras fértiles por procesos de salinización y de erosión, y por la creciente ocupación de terrenos agrícolas por infraestructuras y asentamientos urbanos;
- la pérdida de variedades vegetales y razas ganaderas;
- la desaparición de la agricultura campesina y su sustitución por un sistema agrícola cada vez más desvinculado de los procesos naturales y más dependiente en combustibles fósiles e insumos externos (semillas, fertilizantes, biocidas...), controlado por media docena de transnacionales.

A estos factores relacionados más directamente con la agricultura habría que sumar el excesivo y creciente consumo de carne. Y hay que añadir, también, la marginación de millones de personas por la globalización económica, y el crecimiento urbano acelerado originado por el éxodo a las ciudades de un sinnúmero de familias campesinas expulsadas del campo. Aproximadamente la mitad de la población mundial vive actualmente en las ciudades, más del 30% en grandes barriadas marginales, enormemente vulnerable a la más ínfima subida del precio de los alimentos [1, pág. 72].

El cambio climático amenaza la agricultura en las regiones pobres

El cambio climático castigará con mayor fuerza a las regiones pobres, agravando sus problemas de seguridad alimentaria. Pues mientras los pronósticos indican una mejora de los rendimientos agrícolas en la franja Norte del planeta (Canadá, el Norte de Europa, de EE UU y de Rusia y partes de China), donde el aumento de las temperaturas y de la concentración atmosférica de CO2 podría favorecer –inicialmente al menos [3]]– las cosechas, ocurrirá lo contrario en el Sur, donde los cultivos están casi al límite de su tolerancia térmica. Se estima que incluso un calentamiento moderado puede reducir los rendimientos en las regiones tropicales, y que si las temperaturas suben más de 3 o 4ºC la caída de producción sería entre un 5 y un 35% en África y en Asia Occidental [1, pág. 69]. Además, el calentamiento puede agudizar el déficit hídrico de los suelos, reduciendo considerablemente la superficie cultivable en las regiones áridas y haciendo que avancen los desiertos.

Tampoco se repartirá de manera homogénea el incremento de las precipitaciones. Para mediados de siglo se prevé un incremento de la disponibilidad de agua de un 10-40% en las latitudes más norteñas y en las regiones tropicales húmedas, y un descenso del 10-30% en zonas más al sur y en los trópicos secos [4]. Por otra parte, la alteración de los monzones puede resultar catastrófica para cientos de millones de personas. En la India, por ejemplo, el monzón representa entre el 75 y el 90% de las lluvias anuales. Aunque no hay certeza sobre su evolución, se teme que estas precipitaciones se hagan más torrenciales y erráticas, provocando grandes avenidas y daños, o que el monzón se seque, ocasionando graves pérdidas [1, pág. 82-83].

La disponibilidad de recursos hídricos para la agricultura se verá afectada asimismo por la desaparición de los glaciares. En la India, en China y en la región andina, por ejemplo, el agua de los glaciares nutre numerosos cursos fluviales gran parte del año. Su deshielo puede provocar inundaciones, seguidas de escasez, afectando gravemente a la producción de alimentos [1, pág. 56 y 104]. La progresiva desaparición de la selva amazónica por la sequía pudiera tener asimismo consecuencias devastadoras para la agricultura, pues contribuye a mantener el régimen de lluvias de una región muy amplia [1, pág. 105].

La subida del nivel del mar amenaza algunas de las tierras agrícolas más productivas de los países en desarrollo, como el delta del Nilo y los de los grandes ríos del continente asiático. Una quinta parte de Bangladesh y gran parte de Vietnam, así como de numerosas islas del Pacífico y del Caribe, corren riesgo grave de desaparecer bajo las aguas [1, pág. 56]. Además, la subida del mar provocará la salinización de acuíferos utilizados en la agricultura de regadío, muy importante en algunas regiones empobrecidas. Por otra parte, la previsible destrucción de los manglares y humedales costeros al subir el mar dañará gravemente las pesquerías, afectando de forma crítica a comunidades enteras de las regiones tropicales y subtropicales cuya subsistencia depende de la pesca. Un 30% de los humedales costeros están amenazados por el cambio climático [4].

Finalmente, el calentamiento de los océanos y la alteración de las corrientes marinas amenazan a numerosas especies pesqueras. El aumento de las temperaturas está dañando asimismo los arrecifes de coral, de una importancia crítica para la pesca. Y la acidificación de las aguas marinas, de incrementarse el volumen de CO2 en disolución, es un riesgo adicional para las pesquerías pues inhibe la formación del carbonato cálcico necesario para el crecimiento de los corales, de muchos crustáceos y moluscos y de algunos tipos de plancton fundamentales en la cadena trófica marina. Los principales perjudicados, una vez más, serán los pueblos pesqueros de las regiones pobres [1, pág. 72].

¿Alimentar a las personas o a los coches?

En los últimos años la seguridad alimentaria del mundo se ha deteriorado de forma alarmante. Según los más recientes informes de la FAO, las reservas mundiales de cereales han caído a su nivel más bajo en las últimas décadas y la situación de abastecimiento mundial de alimentos (tanto de granos como de oleaginosas, es decir los alimentos básicos) es actualmente deficitaria: nos estamos comiendo –literalmente– las reservas alimentarias del planeta. Las existencias mundiales de trigo, por ejemplo, cayeron en unos 28 millones de toneladas (casi 1/5 de las reservas totales) en 2006, alcanzando el nivel más bajo desde principios de los años 80. También hemos consumido en ese año más oleaginosas de las que producimos [5] ( ver gráfico 1).

Gráfico 1: Caída reservas mundiales de grano (entre cosecha 2005/6 y 2006/7)
Fuente: [6]

Pero esta caída de las reservas no se debe únicamente a la necesidad de alimentar mejor a más personas. Con la subida del petróleo, una creciente proporción de las cosechas mundiales se ha empezado a utilizar en la producción de carburantes para alimentar a los coches. Según los últimos informes de la FAO sobre perspectivas alimentarias del mundo, la producción de etanol y biodiesel están contribuyendo significativamente al déficit de suministro de alimentos [7]. Y a pesar de que se pronostica una cosecha record de cereales para 2007, la creciente demanda para etanol no permitirá la recuperación de las existencias mundiales [8].

Tampoco permitirá una bajada de los precios de los alimentos básicos, que el aumento de la demanda ha disparado y que ya está afectando a la población necesitada [9]. Se prevé que la factura de las importaciones de alimentos de los países con menos ingresos aumente un 25% en 2007, y la ONU alerta de que los fondos disponibles para mitigar las hambrunas van a ser completamente insuficientes, precisamente por la carestía de alimentos [7]. Y ello pese a que la utilización de carburantes bio en la Unión Europea y en EE UU es todavía mínima: en 2005 no llegaba al 1 y al 3% del consumo total de gasolina y de gasóleo respectivamente [10].

Ante la disyuntiva de alimentar a las personas o al voraz apetito de los coches, no cabe duda de por quién habría que optar. Sin embargo, en el mundo mal repartido en que vivimos el espejismo de que no es preciso renunciar a la movilidad in crescendo de una minoría privilegiada, insostenible a todas luces, resulta infinitamente más lucrativo que garantizar el pan de los pobres. Legitimado por la urgencia de mitigar el calentamiento global y respaldado por una mayoría de gobiernos, el negocio de los carburantes bio lleva camino de agravar la inseguridad alimentaria mundial. Afortunadamente, se han alzado ya numerosas voces de alerta y estamos aún a tiempo de evitar que el coche, que ya se come la ciudad, se coma el mundo.

La geografía del hambre
El 40% de la población mundial se dedica a la agricultura, pero en el África subsahariana y en Asia –las regiones con mayores hambrunas– este porcentaje asciende al 60%, comparado con un 18% en América Latina y una media del 4% en los países industrializados.

Según la FAO más de 850 millones de personas en el mundo pasan hambre: unos 820 millones en los países en desarrollo, 25 en los llamados países en transición y 9 en los países industrializados. El hambre se cobra diariamente 25.000 vidas, en su mayoría de niños que no llegan a los 5 años, y representa la mayor amenaza sanitaria para la Humanidad, provocando más víctimas que el SIDA, la malaria y la tuberculosis sumadas.




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