China y el medio ambiente global

Un país de grandes magnitudes, cuya expansión económica pone en cuestión la viabilidad de nuestro propio modelo de desarrollo.

Manuel Ruiz Pérez, profesor del departamento de Ecología de la Universidad Autónoma de Madrid. Revista El Ecologista nº 50.

Hay muchos tópicos sobre China que no siempre se corresponden con una realidad que cambia a un ritmo muy rápido. En este documentado artículo se da repaso a estos lugares comunes y se confrontan con la evolución de este país y sus consecuencias globales. Y resulta un análisis muy pertinente toda vez que, dadas las dimensiones del llamado gigante asiático, cabe la pregunta de si el desarrollo de este país, sumado a las tensiones ambientales globales que ya provocamos sobre todo los países desarrollados, podrá ser uno de los factores que acelere el colapso ambiental del planeta.

China es el tercer país en superficie (incluyendo las aguas continentales) y primero en población del planeta. Por su tamaño y complejidad este país ofrece una enorme variedad de condiciones, variedad a la que sólo se aproxima el otro gigante asiático, India. Por ello, al generalizar sobre China siempre se corre el riesgo de ser confrontado con numerosos ejemplos que contradicen el intento de establecer una pauta general.

Visiones de China

China es un país a cuya presencia diaria en los medios de comunicación nos hemos ido paulatinamente acostumbrando. Asumiendo el riesgo de la generalización, destacaría tres elementos que configuran la visión colectiva que tenemos de China: grande y expansiva, voraz, y plagada de problemas.

Quizás la característica mas comúnmente reconocida de este país sea su gran tamaño y su expansión económica exponencial. Mantenida a un ritmo de crecimiento del 9,4% anual en los últimos 20 años [1], ha colocado a China en la cuarta posición de la economía mundial por la magnitud de su PIB. La economía China es a la vez admirada, necesitada y temida [2] [3], habiendo aparecido voces de alarma sobre su fragilidad estructural, los riesgos de sobrecalentamiento y el efecto que podría tener como desencadenante o contribuidor a una recesión mundial [4] [5].

Esta expansión ha convertido a China en un gran consumidor de recursos naturales, lo que ha sido representado con frecuencia como signo de voracidad [6] [7]. China es el segundo consumidor e importador de hidrocarburos y de maderas tras EE UU, habiendo sobrepasado a Japón y habiéndose convertido en el primer importador de maderas tropicales del mundo. Es el principal consumidor mundial de cemento, acero, carbón, cereales, carne y otras materias primas básicas [8]. El acceso creciente de China al mercado global de recursos naturales del planeta ha revertido la tendencia generalizada a la baja en el precio de las materias primas, habiendo tenido un efecto significativo (aunque no haya sido la única causa) en el aumento creciente de precios que se ha observado en los cuatro últimos años [9].

En su relación con el medio ambiente China aparece con frecuencia entre las grandes catástrofes naturales o inducidas: la inundación del Río Amarillo de 1931 con entre 800.000 y 4 millones de muertos, el gran terremoto de Tangshan de 1976 que causó un número estimado de 650.000 bajas, las grandes inundaciones de 1998 con 300 millones de desplazados, o la hambruna de 1958-1961, resultado fundamentalmente de graves errores políticos, que condujo a la muerte a unos 30 millones de personas [10] [11] [12].

Por la antigüedad de los asentamientos humanos y el tamaño de su población, el medio ambiente en China ha sido profundamente transformado desde hace varios milenios [13]. La magnitud e intensidad de la acción humana ha producido actuaciones de gran impacto, algunas de las cuales han centrado la atención mundial en fechas recientes. Entre ellas, la más conocida por su tamaño y actualidad es probablemente la Presa de la Tres Gargantas, que ha producido un fuerte debate sobre los efectos positivos y negativos de este tipo de actuaciones [14] [15] [16]. China ha atraído también la atención crítica por el impacto de numerosas grandes obras de infraestructura (carreteras, ferrocarriles, aeropuertos, trasvases). Unidas a un proceso acelerado de urbanización (la población urbana de China ha pasado del 29% en 1995 al 41% en 2005), han supuesto la mayor pérdida de tierra cultivable registrada en el mundo, con 8 millones de hectáreas perdidas fundamentalmente por infraestructuras y urbanización en la última década [17].

La presión creciente sobre el medio en un país con una enorme población, una naturaleza profundamente transformada, un crecimiento económico exponencial y unas fuertes carencias políticas ha generado problemas ambientales que han sido recogidos por la prensa internacional. Los grandes incendios forestales de este año o el vertido de al menos 100 toneladas de benceno en la cuenca del río Heilong-Amur en noviembre del 2005 como consecuencia de un accidente industrial en Jilin [18] son dos episodios recientes, aunque los accidentes con graves costes humanos y ambientales son frecuentes. Según la Administración Ambiental China, durante la primera mitad de este año se ha producido en promedio un accidente ambiental cada dos días [19].

Los accidentes graves suelen atraer la atención de los medios de comunicación y aparecen reflejados en las noticias internacionales. Sin embargo, los graves problemas de contaminación que afectan a gran parte del territorio de este país son debidos a las actividades agrarias, industriales y urbanas cotidianas. Ellas son las principales responsables de que el 84% de los puntos de control de vertidos en ríos y lagos de China tengan niveles de contaminación superiores a los permitidos [20], de que más de 300 millones de personas no tengan acceso a agua corriente de calidad, o de que un tercio del territorio de China esté afectado por problemas de contaminación de SO2 y lluvia ácida [21].

A finales de los 90, las grandes ciudades de China estaban entre las más contaminadas del planeta [22], lo que ha constituido la causa de graves problemas de salud [23]. Algunos de estos problemas comienzan a trascender el territorio de China, manifestándose a escala global [24]. Un caso recientemente estudiado es el aumento de las emisiones de NOx, relacionadas, junto con las de CO2 y SO2, con el creciente aumento del consumo de energía para la industria y el transporte [25], y que se extienden mas allá del territorio de China, afectando a las dos Coreas y a Japón.

Con una fuerte presión humana desde la antigüedad, una de las más bajas disponibilidades de superficie forestal per cápita y la continua ocupación de espacios naturales, China presenta graves problemas de conservación de la biodiversidad [26]. A ello se une la magnitud de los problemas de desertificación y erosión, que afectan a un tercio del territorio, siendo China el país con mayores pérdidas de suelo por erosión [27] [28].

Finalmente, China está embarcada en grandes programas de expansión de tecnologías de alto riesgo ambiental potencial, como la energía nuclear y los cultivos transgénicos a gran escala.

Cuestión de escala

Los pronósticos de los años 90 sobre un apocalipsis ambiental inminente en China [29], la incapacidad de alimentar a su población [30], o una crisis energética paralizante [31] no se han cumplido. No obstante, hay un consenso sobre la gravedad de la situación ambiental de China, que aparece analizada de un modo creciente en publicaciones científicas y listas de distribución especializadas (ChinaWatch-WorldWatch) [32] [33] [34].

Los estudiosos del tema coinciden en que China presenta tres características cuya combinación la hacen particularmente vulnerable [35]: las tres S de Speed (velocidad), Scale (escala) y Scarcity (escasez). Así, al tamaño y velocidad de crecimiento del país se añade la relativa escasez de recursos naturales de que dispone para hacer frente a su creciente demanda, lo que la hace acudir al mercado mundial, con la consiguiente presión sobre la demanda y la consecuente visión de avidez o voracidad con la que se suele presentar a la China del tercer milenio.

La escala es probablemente el factor que mas influye en la dimensión planetaria de los problemas ambientales de China. Aceptando las críticas metodológicas del concepto de huella ecológica [36], podemos utilizarlo en su finalidad pedagógica para comparar el peso ambiental de China con el de otros países. Según los datos del Global Footprint Network, la huella ecológica global de China representa el 15% de la huella total de la Humanidad, por detrás de EE UU con el 21%, y seguida de India (5%) y Japón (4%). Estos 4 países suponen el 45% de la huella ecológica global, equivalente al porcentaje de población que representan en su conjunto (ver tabla).

Principales huellas ecológicas totales

millones habitantes
EE UU 291 2823 9.7 -4.9 12150.9 41400 11655 39710
China 1302 2084 1.6 -0.8 1676.8 1290 7170 5530
India 1050 735 0.7 -0.4 674.6 620 3347 3100
Japón 128 548 4.3 -3.5 4749.9 37180 3838 30040
Planeta 6225 13695 2.2 -0.4 39833.6 6280 55584 8760

Elaboración propia a partir de [37] y [38].

Sin embargo, la huella ecológica y el déficit ecológico medidos en hectáreas per cápita muestran una relación diferente. Así, la huella per cápita de China es inferior a la media mundial, y notoriamente inferior a la de los países desarrollados, mientras que su déficit ecológico es superior a la media mundial (reflejo de su pobre dotación de recursos naturales) pero a la vez inferior al de la mayoría de países desarrollados. Una consideración similar se deduce analizando los valores del PIB total y per cápita, especialmente si se emplea el índice de paridad de poder de compra (PPC) para comparar las economías de estos países.

Este análisis pone en perspectiva las dos visiones de China: su gran peso global en la balanza ambiental (y de modo creciente, económica) del planeta, pero también su todavía baja huella individual (así como renta per cápita) comparada con las economías más desarrolladas. Esta discusión refleja a su vez posiciones encontradas sobre temas de relevancia ambiental global, como emisiones de CO2 (¿debe China poner un límite a sus emisiones totales, o debe continuar aumentándolas hasta que se aproxime a la de nuestros países?), consumo de alimentos y materias primas básicas (¿tienen los chinos derecho a comer carne en cantidades comparables a las nuestras, o deben mantener una dieta más vegetariana?) y bienes de consumo y servicios comunes en nuestros países, como son los coches y el turismo de masas.

Quizás convenga recordar que buena parte de los bienes manufacturados en China son re-exportados, en su gran mayoría hacia Europa, Norteamérica y Japón, lo que convierte a China en la gran fábrica del planeta y, en buena medida, en un intermediario entre los productores de materias primas y los consumidores finales. Así, una parte importante de la huella ecológica china en realidad corresponde a esta función de transformación de materias primas para ser consumidas en otros lugares. Retomaremos esta discusión al final.

Otras perspectivas sobre China

Si bien los problemas ambientales de China forman parte de las noticias cotidianas, es menos conocido el esfuerzo que hace China y las medidas que ha tomado para hacerles frente. Éstas pueden agruparse en medidas legislativas, organizativas, económicas y tecnológicas, reflejando en su conjunto el peso creciente del medio ambiente en la política de este país.

Las primeras leyes ambientales fueron establecidas a principios de los años 70 como preparación para la Conferencia de Estocolmo de 1972. Desde entonces, se han aprobado más de veinte leyes y unos 140 decretos a nivel de gobierno central, y más de un millar de reglamentos a niveles varios (provincial, de distrito y municipal) [39]. A pesar de las caracterizaciones críticas excesivamente simplistas del sistema legislativo de China [40], este progreso en materia de legislación ambiental indica un claro avance hacia la construcción de un régimen jurídico de protección ambiental con uno de los marcos legislativos ambientales más dinámicos de Asia [41]. El desarrollo de este régimen jurídico no está exento de desafíos, entre los que destacan la ambigüedad e implementación gradual de las leyes, el solapamiento y conflictos entre distintas administraciones ambientales, la insuficiente capacidad técnica, el problema de la responsabilidad histórica por las graves contaminaciones heredadas, y más en general la necesidad de cambios en el sistema político y administrativo [42].

En este sentido, la búsqueda de apoyos y experiencias externos tanto en materia legislativa como en tecnología y diseño de planes y programas ambientales es un indicador de la apertura y nueva disponibilidad de los legisladores de avanzar hacia ese objetivo. A título de ejemplo, China cuenta con una serie de institutos y organizaciones con expertos internacionales para asesorarse en materias tan diversas como política energética (WRI), seguimiento de contaminación atmosférica (acuerdos con NOAA –National Oceanic & Atmospheric Administration– y centros de investigación europeos), fiscalidad y medio ambiente (OCDE y Banco Mundial), y desarrollo y medio ambiente (China Council for Internacional Cooperation on Environment and Development, CCICED). La receptividad de las autoridades chinas a la colaboración en materia ambiental es un ejemplo poco frecuente entre los grandes países en vías de desarrollo.

El año 1998 marcó un punto de inflexión en la política y legislación ambiental de China. Entre otras medidas, en dicho año se sentaron las bases para la elaboración de la legislación en materia de Evaluación de Impacto Ambiental, se estableció la normativa de control de emisiones de SO2 y otros contaminantes atmosféricos, se comenzaron a asignar partidas presupuestarias específicas para la restauración ambiental, y se decretaron los Programas de Protección de Bosques Naturales y de Reforestación de tierras cultivadas en fuerte pendiente. Fue también el año en que se elevó de categoría la administración ambiental, pasando del nivel de departamento al de Administración Estatal con rango de Ministerio (Administración Estatal para la Protección Ambiental, SEPA de sus siglas en inglés) y creándose un comité de coordinación interministerial en materia ambiental.

Para comprender el alcance de esta última medida basta recordar que en ese año la administración pública China fue reducida drásticamente, con un recorte de personal y presupuesto que intentaban hacer frente a un aparato burocrático heredado claramente sobredimensionado e ineficiente. Fue precisamente la administración ambiental la única que creció de modo claro [43], alcanzando en la actualidad a 165.000 empleados en más de 3.200 agencias de la SEPA, a los que hay que añadir otros 50.000 empleados dedicados a tareas de control de aplicación de la legislación [44]. A pesar de sus ineficiencias, limitaciones técnicas y conflictos interdepartamentales, China representa probablemente la mayor administración ambiental del planeta.

China ha experimentado desde hace una década con un conjunto de medidas económicas para hacer frente a sus crecientes problemas ambientales. La inclusión de una contabilidad ambiental en sus cuentas nacionales ha llevado a concluir que el coste de la contaminación ambiental supera el 3% del PIB [45], aunque una revisión crítica indica que el coste ambiental total puede representar hasta el 10% del PIB. La imposición de tasas por contaminación, el desarrollo de un mercado de emisiones y de incentivos fiscales a empresas que mejoren sus resultados ambientales o directamente el cierre de empresas gravemente contaminantes forman parte de estas medidas [46] [47]. En los últimos tres años el gobierno chino ha cerrado definitivamente 213 fábricas muy contaminantes, y ha cerrado temporalmente otras 873 fábricas a la espera de su actualización tecnológica que reduzca sustancialmente sus emisiones [48]. El número total de fábricas (la mayoría del sector público) cerradas fundamentalmente por ineficiencia económica, pero también por despilfarro material y contaminación en el período 2001-2004 asciende a 30.000 [49].

Como se ha señalado, las partidas presupuestarias específicamente ambientales fueron introducidas en 1998 durante la preparación del 10º Plan Quinquenal. El 11º Plan Quinquenal 2006-2010 contempla una inversión ambiental de 175.000 millones de $, mas del 1,5% de su PIB. El grueso de esta inversión irá dirigido al control de la contaminación del agua y el aire, especialmente en las grandes urbes, y al control de la erosión [50]. Durante este 11º Plan se espera incorporar un sistema de pagos por servicios ambientales, en el que China está muy interesada [51]. De hecho, China ya ha desarrollado un mercado de emisiones de CO2 [52] al cual ha acudido una empresa española, ENDESA, para comprar derechos de emisión equivalentes a 2,6 millones de toneladas EFE. [53].

El desarrollo tecnológico es considerado en China como una de las claves para resolver a largo plazo sus problemas ambientales y ofrecer alternativas a su escasez de recursos naturales. Este desarrollo implica una mejora sustancial de la eficiencia material y energética, así como un progresivo cambio tecnológico en sectores clave como el transporte y la energía. China es el líder mundial en energía térmica solar; aprovechada por más de 30 millones de hogares, y con una superficie total instalada de más de 22 millones de m2, representa más de un tercio de la superficie mundial instalada [54] [55]. El pasado año el gobierno chino aprobó un plan para obtener un 10% de su energía en base a fuentes renovables (solar, eólica y biocombustibles) para el año 2020 [56], y es muy posible que este porcentaje sea pronto revisado al alza.

Igualmente, China tiene un amplio programa de utilización de metano por descomposición de residuos y excrementos en zonas rurales que beneficia a más de 17 millones de hogares [57]. La importancia de China en el sector fotovoltaico y eólico es conocida, tanto por la enorme velocidad de expansión de sus programas, como por el desarrollo de una industria asociada (con frecuencia en forma de joint-ventures o empresas mixtas chinas y extranjeras), así como por el nuevo impulso de investigación y desarrollo [58]. A título de ejemplo, China sorprendió recientemente al mundo con la presentación de una turbina eólica que utiliza tecnología de levitación magnética para reducir rozamientos y aumentar la eficiencia de las turbinas convencionales en un 20% [59] [60]. Igualmente, China tiene el mayor programa de gasificación de carbón del planeta, teniendo prevista su expansión para aprovechar sus abundantes recursos de este combustible fósil.

Todo lo anterior es a su vez un reflejo de la creciente importancia del medio ambiente en la formulación de políticas estratégicas en China. Este lento proceso, que se inicia a mitad de los 90, puede considerarse un proceso de modernización ecológica similar en algunos aspectos a lo acontecido en países desarrollados [61], aunque no exento de contradicciones como las que puedan existir entre un sector del partido más conservador, asociado a zonas rurales y regiones menos desarrolladas, mas anclado en la visión clásica de “desarrollo primero, medio ambiente después” frente a otro sector más liberal y urbano, que considera el medio ambiente como uno de los principales obstáculos estratégicos para que China alcance a occidente y se convierta en superpotencia.

En el marco de estas contradicciones y de la rigidez del sistema político chino han de moverse las organizaciones sociales con un interés en la defensa del medio ambiente. A pesar de las limitaciones del sistema, y contra la idea que pueda tenerse en Occidente, existen numerosas ONG ambientales en China. Su carácter difiere de las ONG ambientales de nuestros países, y su estrecho margen de maniobra y control por el gobierno ha hecho que a veces sean catalogadas como GONGO (en sus siglas en inglés, organizaciones ambientales no gubernamentales organizadas por el gobierno). La apreciación acerca de su funcionamiento, independencia y posibilidad de actuación varía, con posiciones muy críticas acerca de su independencia y del papel real que puedan tener [62], frente a visiones mas inclinadas a aceptar, a pesar de sus limitaciones, la especificidad y las posibilidades de acción de las organizaciones civiles en China [63] [64] [65] [66] [67]. La actuación de estas ONG y del público en general ha sido considerada como una de las principales fuentes del cambio y mejora ambiental en China [68], siendo frecuente una alianza no declarada entre sus intereses y los de las elites políticas que intentan introducir esta visión ambiental y estrategia de desarrollo sostenible. En este sentido, cabe recordar que diversas ONG internacionales (como WWF, Greenpeace y Conservation Internacional) tienen oficinas en China y mantienen campañas muy activas en torno a problemas ambientales clave en este país.

Escenarios de futuro

La plena inserción de China e India en el mercado mundial supone la cristalización de los procesos de globalización. En el caso concreto de China, este país se ha transformado en 25 años desde una economía rural con una fuerte base autárquica en una economía industrial (y de un modo creciente, de servicios) basada en el comercio exterior. Esta expansión económica sin precedentes por su velocidad y magnitud se ha visto acompañada de un deterioro ambiental también sin precedentes.

Como ha sucedido en la mayoría de países desarrollados que han intentado establecer políticas y legislaciones ambientales, la manifestación de problemas ambientales agudos ha precedido en China a la actuación del gobierno para hacerles frente. Dada su magnitud, tanto los problemas como las actuaciones (éstas con un marcado retraso sobre aquellos) alcanzan proporciones gigantescas. Los resultados arrojan luces y sombras. China ha conseguido revertir algunos procesos de degradación grave: está en fase de recuperación de superficie forestal, ha conseguido disminuir la contaminación atmosférica en grandes ciudades, reducir sus emisiones de CO2 por sustitución de combustible, y aumentar en general la eficiencia disminuyendo el consumo de materias primas y la emisión de contaminantes por unidad de PIB. Esta reducción relativa no ha impedido el aumento en términos absolutos de la demanda de materias primas y de las emisiones de ciertos contaminantes, ha disparado los procesos de urbanización y construcción de infraestructuras con la consiguiente pérdida de tierras agrícolas, y ha expandido su huella ecológica hasta alcanzar todos los rincones del planeta, ejerciendo una presión directa o indirecta sobre ellos a través de su demanda.

La industrialización y desarrollo a gran escala de China están teniendo lugar con 150 a 200 años de atraso con respecto a Europa y otras regiones desarrolladas del mundo. Desde un punto de vista ambiental, esto obliga a China a seguir un camino en parte diferente al seguido por los países más industrializados, por tres razones fundamentales. La primera, de tipo energético, dado que nos encontramos a las puertas del agotamiento del ciclo energético actual, con el petróleo próximo a alcanzar su pico de producción, lo que está empujando hacia precios de la energía cada vez más elevados y obligando a buscar modelos alternativos. En este sentido, China puede ser el factor fundamental para acelerar este cambio por razones de demanda, abaratamiento de costes y contribución tecnológica.

La segunda razón está relacionada con la urgencia de los problemas ambientales a escalas de China y globales. Como señala Day [69], muchos países occidentales tuvieron el lujo de seguir un camino al desarrollo basado en “contaminar primero, limpiar después”, pero para la China del siglo XXI esta no es una opción viable.

La tercera razón probablemente conlleve repercusiones de más largo alcance. China, India, y todos los demás países del planeta, tienen el mismo derecho que nosotros a reclamar su parte del pastel. La proyección de nuestros niveles de consumo al caso de China para dentro de 25 años produce cifras escalofriantes, que se convierten en absurdas al incluir a India y otros grandes países emergentes. Supondría, por ejemplo, que China sola consumiría un 10% más que la actual producción mundial de carbón, un 25% más que la producción actual de carne, tendría un parque automovilístico un 40% superior al total mundial actual, y consumiría un 100% más que la producción mundial de papel [70] [71].

Para continuar con su desarrollo China probablemente buscará un camino intermedio entre el seguido hasta ahora (similar al paradigma clásico de países desarrollados) y una ruptura total con el modelo del capitalismo avanzado. Como señala Economy [72], el éxito de sus ambiciosas políticas ambientales va a depender en gran medida de reformas institucionales fundamentales que promuevan la transparencia, participación, imperio de la ley y rendición pública de cuentas. Si esto se lleva a cabo, es muy posible que China tenga un papel líder en el proceso de transición tecnológica. La pregunta que queda por responder es si una China económica, tecnológica y políticamente modernizada será suficiente, o acelerará el colapso ambiental del planeta.