Menos para vivir mejor, también en Madrid

Iniciativas sostenibles.

Luis González Reyes, coordinador de Ecologistas en Acción. Revista El Ecologista nº 67

Colin Beavan, en No Impact Man, describió cómo fue capaz de vivir en Manhatan durante un año reduciendo al mínimo su huella ecológica. Él lo hizo casi en solitario. Desde luego es mucho más sencillo, incluso en una ciudad como Madrid, hacer notables avances a través de la autoorganización social. Este artículo repasa brevemente algunas experiencias consolidadas de iniciativas sostenibles en el ámbito madrileño, sin ánimo de exhaustividad.

Autoempleo sin maximizar el beneficio

La historia de La Madeja comienza hace unos cuantos años ya. Por aquel entonces un pequeño grupo de cooperativas sin ánimo de lucro tenían más trabajo del que podían asumir. Así se les planteó la posibilidad de empezar a crecer como empresas, subcontratar servicios o... promover la creación de nuevas cooperativas con las mismas bases. La opción elegida fue la última y empezaron a compartir trabajos y conocimientos con nuevos equipos de personas que querían montar cooperativas. Desde luego su opción no fue la esperada en el mercado capitalista.

Así surgió La Madeja como red informal de encuentro de unas 40 cooperativas que se dedican principalmente a la intervención social y la educación. Su cliente principal son las administraciones. Después se tuvo fuerza para impulsar otras iniciativas más allá de fomentar el tejido cooperativo madrileño, como la banca alternativa a través de COOP57 (que queda para otro artículo).

Una de las cooperativas de La Madeja es Heliconia, donde “la premisa principal es buscar el beneficio social, no el económico, por lo que a principios de año nos planteamos cuáles son nuestras necesidades personales y colectivas y, en función de eso, marcamos los precios de nuestros servicios”. La mayoría de las cooperativas de La Madeja son sin ánimo de lucro.

Un ejemplo de los trabajos que está realizando Heliconia, en colaboración con otra de las cooperativas de red, es la gestión de unas tierras cultivadas agroecológicamente en Rivas-Vaciamadrid. El proyecto incluye la creación de empleos en agricultura sostenible, la dinamización de un mercado local, y la formación y sensibilización ecológica de la población de Rivas.

Y lo mejor es que La Madeja no es la única red que existe de este tipo en Madrid, también está Latraviesa.

Máxima calidad en bicicleta

Otra iniciativa veterana de las calles madrileñas es Trébol Ecomensajeros, una mensajería en bicicleta que también tiene la forma legal de cooperativa. Su existencia comenzó en 1996 con tres personas trabajando. Llegaron a ser 25, aunque ahora están 15. El recorte lo achacan al incremento de la mensajería electrónica. Aunque hay que matizar que Trébol no realiza el 100% de sus servicios en bicicleta, el porcentaje de pedaladas llega al 73%.

En esa misma línea está Goteo, una cooperativa presente en la Universidad Autónoma. Allí no sólo hacen servicio de mensajería, sino que también diversifican su actuación con la reparación y la venta de equipamientos para bicicletas. Goteo además cuenta con bicicletas especialmente adaptadas para transportar grandes cargas.

Estos ejemplos para ganarse la vida en bicicleta reflejan el auge de este vehículo en la capital, a pesar de la ausencia de fomento real por parte del Ayuntamiento. Un incremento que se ve en el día a día, y en la cita de los últimos jueves de cada mes, la bicicrítica, que reúne hasta 2.000 ciclistas.

Come sano, barato y, sobre todo, justo y sostenible

Probablemente la iniciativa que mayor desarrollo ha experimentado en Madrid es la que se mueve alrededor del consumo de productos agroecológicos. Es decir, que posibilita acceder a alimentos ecológicos pero, además, con vocación de transformación de la realidad.

Hay cuatro modelos básicos funcionando. El primero sería el de tienda, como es el caso de A Salto de Mata. Su iniciativa fue pionera en la capital y ayudó a impulsar otra serie de experiencias que luego detallaremos. La tienda surge como un proyecto de autoempleo que quiere ser coherente con las prácticas sociales de quienes la impulsan. Desde sus inicios precarios ha sido capaz de evolucionar hasta ser un referente consolidado de las compras en el barrio de Lavapiés, con más de 1.200 productos a la venta.

El segundo modelo estaría ejemplificado por Ecosol, una asociación de consumidores/as de productos ecológicos. Ecosol tiene contratada a una persona que se encarga de llevar el peso de recopilar el pedido de l@s socia@s, llamar a l@s proveedores/as y repartir el pedido entre los miembros. Pero esta persona no realiza todas estas labores, sino que l@s consumidores/as también hacen una parte. Se funciona por pedido, de manera que cada cual encarga (pagando por adelantado) los productos que quiere para la semana siguiente.

Un modelo similar al anterior es el que tiene La Dragona, la cooperativa de consumo que hay en Ecologistas en Acción. Todos los martes, las 20 familias hacen su pedido para el martes siguiente y recogen el del anterior. Pero no hay una persona que se encargue de llevar el peso de las tareas, sino que son las propias familias las que realizan todas las labores de funcionamiento y mantenimiento de la cooperativa. Actualmente casi el 100% de la alimentación e higiene se pueden satisfacer con los productos disponibles en la cooperativa.

El crecimiento de cooperativas como La Dragona es por mitosis. Cuando hay mucha gente apuntada en la lista de espera, la cooperativa se parte y se crea un nuevo grupo. Es así como del núcleo inicial de cooperativistas de La Dragona han surgido unos 6 u 8.

Además, los tres modelos descritos se encuentran coordinados entre sí en la Coordinadora de Grupos de Consumo de Madrid. Con ella consiguen hacer pedidos más grandes que reduzcan el precio, y coordinar servicios como el de reparto por los distintos grupos que existen en Madrid.

Estos tres modelos tienen una escala de precios descendente conforme se incrementa el trabajo de las personas que forman parte de la cooperativa. De esta forma, en La Dragona, los precios son similares a los de un supermercado, eso sí, con mucha mayor calidad, reduciendo notablemente los impactos ambientales, favoreciendo la creación de tejido social en el campo y la ciudad, entendiendo mejor el sistema alimentario y siendo protagonista de él.

El cuarto modelo sería el que siguen grupos como Bajo el Asfalto está la Huerta (BAH!), Surco a Surco o Me Planto. En esos casos se integra en una única cooperativa a productores/as y consumidores/as. Hay un pago semanal fijo, que no cambia a lo largo del año, y la producción se reparte equitativamente entre l@s consumidores/as. Además, el grupo agricultor también recibe ayuda física periódica del resto de gente en los Domingos Verdes, como es el caso del BAH!

El número de familias articuladas en cualquiera de los tres modelos de grupos de consumo (excluyendo el de tienda) supera ya las 1.500 en Madrid.

Energía solar gracias a la comunidad

La instalación de paneles solares en comunidades de vecin@s tiene una importante limitación en la financiación inicial. Pero esta limitación se puede solventar a través de la puesta en común de recursos colectivos. Esto es lo que hicieron dos miembros de Ecologistas en Acción en su casa, gracias a los préstamos de muchas otras personas de la asociación, además de la inversión de un premio que recibió la organización ecologista. De este modo pudieron instalar los paneles sin que la comunidad tuviese que hacer ninguna inversión. Con la venta de la electricidad generada se está devolviendo el préstamo dejando un beneficio desde el principio para la comunidad de vecin@s.

De este modo, los 47.000 euros que costó la instalación, habrán sido devueltos en su totalidad en 2015, y el 50% de la venta de la electricidad (unos 1.900 euros al año) irán a la comunidad. La otra mitad será una aportación a Ecologistas en Acción.

La tierra como articuladora social

Un último ejemplo: el huerto comunitario del Barrio del Pilar. Allí una plaza pública, que no era más que un arenero que recogía los excrementos caninos, se ha convertido en un huerto ecológico. Gracias al impulso de las gentes que se reúnen alrededor de La Piluka y, sobre todo, del vecindario del inmueble al que da entrada el huerto, se ha producido un interesantísimo proceso de articulación social.

Una pareja, habitantes del bloque y participantes en La Piluka, empezó a labrar la tierra y eso generó un proceso de participación espontánea de buena parte del vecindario del bloque. Al principio todo fue bajar plantas, llevar materiales, intercambiar recetas y repartirse los riegos.
Conforme el proyecto ha ido avanzado, que cuenta con unos años a sus espaldas, los conflictos han ido apareciendo porque, a fin de cuentas, eso es lo que nos hace avanzar y convertir los sueños en realidades. Allí la tierra sigue produciendo verduras ecológicas e interrelaciones sociales.