¿Decrecimiento en el Sur?

Lo determinante es la distribución de los recursos entre la población mundial.

David Llistar autor de [7] . Revista El Ecologista nº 65

Está claro el discurso sobre la necesidad de decrecimiento en el uso de energía y materiales en los países del Norte Global. Pero para abordar este análisis en todo el planeta, y sobre todo en los países empobrecidos del Sur, no es razonable hacer un análisis por estados-nación, sino por grupos de interés. Lo relevante, en definitiva, es cómo se distribuyen los recursos y su consumo entre los diferentes colectivos humanos para ver cuáles deben decrecer y quiénes pueden incrementar la utilización de estos recursos

Los límites físicos de nuestro planeta imponen decrecimiento energético y material a los metabolismos sociales de EE UU, Europa, Japón y el resto de países consumidores industriales. Consumimos demasiado y demasiado rápido. Se han constituido así metabolismos construidos contemporáneamente bajo el paradigma de petróleo barato e infinito (civilización petrolera), y organizados alrededor del máximo crecimiento en el menor tiempo posible (turbocapitalismo).

Ahora bien, situando nuestra mirada más hacia el Sur: ¿Acaso se puede exigir decrecimiento en Mozambique, Ecuador o Vietnam? ¿Debe también respetarse el derecho de los chinos/as o los indios/as a crecer anualmente cerca de un 10% de su PIB? Los/as teóricos/as han ido con cuidado sin profundizar demasiado en esa esquina conceptual del decrecimiento. Autores como Gorz o Latouche sugieren que el esquema tiene sentido en los países del Centro (más industrializados) desarrollados, pero también en los países de la Periferia: “la problemática del decrecimiento ofrece la posibilidad de no pasar por la época industrial y acceder directamente a un ‘equilibrio posindustrial’ dentro de un poscapitalismo” [1].

En países como Ecuador, ese poscapitalismo difícil de visualizar, se debate y pone en marcha en forma de políticas públicas bajo la óptica de que el desarrollo capitalista les ha perjudicado a lo largo de la historia y les sigue perjudicando [2]. Por ello han recuperado el término suma kawsay del pueblo originario quíchwa, es decir, de “vivir y convivir bien”, sustituyendo al crecimiento y al mito de desarrollo capitalista por la búsqueda de una “vida en plenitud” como objetivo de la sociedad ecuatoriana.

Grupos de interés y no países

En mi opinión, la pregunta planteada más arriba parte de una unidad de análisis –la unidad estatal– cada vez más estrecha e insatisfactoria para comprender nuestro mundo y sacarlo de sus crisis. Se resuelve mucho mejor si se plantea un sistema mundial formado por grupos de interés muy distintos, interfiriendo entre sí y entre los cuales existen asimetrías en términos del poder dependiendo de su ubicación en ese sistema. Una especie de lucha de grupos de interés, muy parecida a la lucha de clases planteada por los marxistas. Algunos grupos de interés son locales, otros regionales, nacionales o estatales. Pero otros muchos son de carácter transnacional, incluso global, y escapan en su mayoría a la lógica de estados-nación.

Por ejemplo, podemos citar el caso de los productores y consumidores europeos preocupados por su dependencia energética. Esta preocupación les lleva a interferir a miles de kilómetros de distancia en la vida de campesinos e indígenas colombianos, indonesios, sudafricanos. Sin saberlo, su necesidad energética implica que estas poblaciones sean arrancadas de sus ecosistemas vitales al serles impuestos monocultivos energéticos, destinados a suministrar biodiesel a Europa a partir de palma africana.

Mi experiencia china

Una vez estuve en China, junto a algunos amigos ecologistas destacados, para discutir asuntos como los conflictos ambientales birregionales entre Asia y Europa. En Beijing me sorprendió el emergente poderío económico urbano chino, en forma de cientos de modernísimos edificios, cantidades asombrosas de Mercedes Benz y Audi ejecutivos, junto a una turbia y contaminada atmósfera.

Vi a miles de consumidores y productores atacados por la misma obsesión productivista y consumista occidental, enamorados de teléfonos móviles de última generación, de marcas y estética de deportistas globales, generadores de residuos y con una capacidad de influencia en el mundo similar a la nuestra. Millones de chinos urbanitas consumidores y propietarios enamorados de la globalización, chinos del Norte Global, contribuyendo directa y personalmente al cambio climático global al igual que el europeo medio. Fue con ellos con quienes me encontré. No con campesinos ni con los trabajadoras de las maquiladoras chinas. Algunos de ellos eran representantes de su país en distintos foros internacionales, y defendían a China ante cualquier reproche proveniente de los ecologistas asiáticos y europeos. Con ellos tratamos de discutir sobre los males del libre comercio, ante la avalancha de tratados de libre comercio que iban a firmar esas clases dirigentes y... fracasamos.

En realidad, esa gente tan parecida a nosotros/as, convivía en un mismo país con los otros chinos. Los más de 1.000 millones de chinos entre campesinos, algunos indígenas, mineros de carbón, mujeres y niñas trabajadoras de las zonas francas para la exportación, obreros inmigrados rurales a las grandes ciudades chinas que ocupan los puestos más bajos... chinos del Sur Global. Dos Chinas solapadas, Primer y Tercer mundo interpenetrados territorialmente y dependientes unos de otros. Y me recordaron a las dos Indias, la fast development India y la de los adivasi, los tribal expulsados por los megaproyectos productivos, etc. que en realidad son más de dos. Y las dos Américas Latinas de Ecuador, México, Brasil, que también son más de dos...

En definitiva, llegué a la conclusión de que una China no puede representar a la otra. Las cargas ambientales sobre el planeta de unos chinos y los otros nada tienen que ver, ni mucho menos pueden ser parecidos sus intereses.

Clases globales (socioecológicamente)

Así como los/as ecologistas no solemos aceptar estadísticas demagógicas cuando los países del Norte quieren continuar contaminando, tampoco deberíamos aceptar que nadie se escondiera bajo la excusa de ser parte de un país todavía pobre escudándose en medias aritméticas que ocultan las diferencias internas y las alianzas externas. Ejemplo de ello son los indicadores per cápita, sean estos de renta, contaminación, emisiones, ingesta energética o material. Ni en las negociaciones sobre cambio climático, ni sobre conservación de biodiversidad, ni sobre responsabilidad ambiental de cualquier índole, ni sobre otros temas de gobernanza ambiental global. En su lugar, debemos entrar a valorar la distribución de los distintos activos y pasivos ambientales entre la población mundial (qué grupos contaminan, cuáles se enferman, quiénes disfrutan de qué, cuáles ganan y quiénes pierden) más allá de los estados a los que pertenecen. La emergente ecología política, herramienta interpretativa clave para nuevos escenarios de justicia ambiental, nos puede ayudar en eso.

Volviendo a nuestra pregunta y desde una perspectiva internacionalista, los ciudadanos/as del Sur Global, deberían gritarnos a todos los ciudadanos/as del Norte Global un lema conocido: “¡No en nuestro nombre!”. Grito y confrontación no sólo ante los tradicionales ricos sino también ante los nuevos ricos y las oligarquías de países del Sur –algunas poco tienen de nuevas– porque los enriquecidos se han ampliado y dispersado geográficamente. ¡Qué importa que el CO2 haya sido generado por una limusina de un apoderado español o la de otro filipino!

Las categorías Norte y Sur Globales describen mucho mejor la realidad de todos esos grupos de interés en conflicto, que no la dicotomía Norte/Sur geográficos basada en la comparación entre países. También en los conflictos por la distribución de cargas ambientales. Ejemplo de ello fue el resultado de la Cumbre de Copenhague en diciembre de 2009 en la que se impuso la voluntad de llegar al mínimo acuerdo posible por parte de un paradójico eje crecimentista EE UU-China-Sector privado petrolero. Existen otras categorías socioecológicas interesantes como la de clase consumidora mundial a la cual se estimaba que en 2002 pertenecían 1.400 millones de personas distribuidos de forma irregular por todo el mundo, no sólo en el Norte (400 millones de ellos entre China e India, 168 en América Latina y Caribe, y 34 en África Subsahariana) [3].

Conclusión: el decrecimiento se debe exigir en el Sur a los ricos y a las clases medias

Por todo ello, la pregunta inicial se responde afirmando primero que quienes deben decrecer y reorganizarse son todos y cada uno de los grupos de interés que conforman el Norte Global, sean transnacionales, europeos, chinos, rusos, marroquíes, peruanos, angoleños o apátridas.

En segundo lugar, el Sur Global no tiene porqué decrecer material y energéticamente. Lo cual no significa que se olvide de los límites de la naturaleza, ni que deba organizarse bajo lógicas de crecimiento y desarrollo capitalista, soviético o incluso socialistas del s. XXI. Cosmovisiones y lógicas organizativas propias de culturas indígenas y campesinas como las asociadas a la “vida en plenitud” andinas [4], plantean el vivir bien en contraposición al vivir mejor occidental (vivir mejor que el prójimo), y definen una relación de reciprocidad y armonía con la naturaleza [5]. Por tanto se encuentran en plena sintonía con las ideas del decrecimiento –con ese equilibrio postindustiral al que se refiere Latouche– incluso las puede inspirar junto a muchas otras visiones hermanas similares procedentes de la periferia del sistema.

Finalmente y en términos políticos, como apunta Joan Martínez Alier, “los movimientos de Justicia Ambiental y del Ecologismo de los Pobres del Sur son de hecho los mejores aliados del Decrecimiento Sostenible del Norte” [6]. Muchas comunidades del Sur Global, sin concebirse a sí mismos como ecologistas, luchan contra distintas formas de anticooperación procedente de grupos de interés que presionan para expandirse, para crecer en espacio ajeno, y garantizar sus suministros de materiales y energía [7]. Luchan, aunque a menudo sea por la propia supervivencia de sus comunidades, por el decrecimiento.