No a la guerra

Al igual que en 2003 con Iraq, rechazamos la guerra, al ser un falso
medio de resolución de los conflictos, y la creación de protectorados
con gobiernos títeres y de escaso respaldo popular. Además, se pone
nuevamente de manifiesto la necesidad de una reducción del consumo
de energía, no sólo como contribución en la lucha contra el cambio
climático, sino como activo contra un modo de dominación y extorsión
que la industria petrolífera ha universalizado desde el principio de su
creación.

La crisis libia no desentona con el guión establecido en otras intervenciones de evolución y resultados no precisamente ejemplares y que todavía colean: Afganistán o Iraq. Las riquezas naturales de Libia (petróleo y gas), y la carrera por el liderazgo en la geopolítica de ciertos dignatarios europeos –desacreditados y con serios apuros en sus respectivos países–, son las verdaderas razones de esta guerra imperialista. No la protección de la población civil.

Las Naciones Unidas, la UE, la Liga Árabe (entidad inepta donde las haya) y la Casablanca quedan retratadas por sus hechos, más que por la suma de bienintencionadas declaraciones, como la manida “Alianza de Civilizaciones” de un tal Zapatero: instrumentos de consolidación de la supremacía del poder económico neoliberal, que utilizan el mundo a la manera de un tablero de ajedrez o un casino.

Ecologistas en Acción de Ciudad Real pide el fin inmediato de los ataques de la aviación
aliada contra Libia y la derogación de la resolución 1973 de NN.UU que
inaugura un nuevo conflicto de consecuencias imprevisibles en la ribera sur del Mediterráneo.

Sin duda, estamos con el pueblo libio que reclama libertad y democracia y pedimos el esclarecimiento por agencias independientes de posibles
crímenes contra la humanidad del coronel Gaddafi (rehabilitado y armado por quienes ahora mandan atacarle) pero tenemos serias dudas de que algunos de los verdugos del mundo árabe, por mucha pátina de legalidad internacional que se autoconcedan, lo liberen.

Deseamos un verdadero desarrollo democrático de los países del Norte de África y Oriente Próximo en manos de las/os jóvenes, su clase trabajadora y especialmente las mujeres, cuya participación, reconocimiento y dignificación son esenciales en el éxito de los procesos políticos de cambio abierto en la zona.

También, la recuperación de los territorios ocupados de Gaza y Cisjordania por sus legítimos habitantes, un lastre -y una vergüenza- que la ocupación sionista mantiene desde hace sesenta años, consentida por la mal llamada comunidad internacional.

Es indispensable, en “el mundo desarrollado”, una reducción de la
demanda de energía, la institucionalización de políticas de ahorro y
eficiencia energética, el abandono progresivo de la energía fósil y la
nuclear, y la promoción ordenada y equilibrada de las fuentes renovables, con el debido control social y democrático de la población.