Retos del ecologismo

Lograr la suficiencia en la satisfacción de necesidades y la reducción del consumismo.

Macià Blázquez Salom, Profesor de Geografía, Universitat de les Illes Balears, y miembro del GOB. Revista El Ecologista nº 61

El ecologismo defiende la suficiencia en la satisfacción de las necesidades humanas; con justicia y prevención, sin derroche ni saciedad. Nunca se alcanza a tener suficientes vínculos sociales o conocimiento, y eso es bueno. En cambio, no saciarse de propiedades de viviendas, coches o dinero –en una abstracción creciente [1]–, consumo de energía u otro derroche cualquiera, supone el peor problema de nuestra sociedad. Esta codicia egoísta es la raíz de la insostenibilidad, que se materializa en el consumismo y la acumulación de bienes que definen al capitalismo [2].

El libre mercado se basa en que la demanda marca la tendencia; y en tanto ésta no se sacia, hay que seguir creciendo. El capitalismo, como sistema de organización social vigente, se basa en esta insatisfacción ilimitada, insaciable, para promover la producción y el consumo en masa. Por este medio se potencia la innovación constante de la oferta –incluso de nuevo dinero–, con la demanda siempre insatisfecha por el consumismo y la codicia. La racionalidad de maximizar los beneficios individuales, en lugar de optimizar los colectivos, supone la lucha de “todos contra todos”; de la que derivan la polarización social entre depredadores (elites, especialmente concentradas en los Estados centrales) y presas [3] y el deterioro ambiental que deviene de la finitud de la Tierra, por mucho que la tecnología la trate de exprimir de diferentes maneras.

Reto ecologista

El ecologismo surge de la inquietud por pensar y actuar en este sentido, ante problemas sociales y ambientales, especialmente desde los movimientos sociales, más allá de la democracia diferida y de baja intensidad de los partidos políticos, la coerción del poder y la inaccesibilidad mediática. Su enriquecimiento puede devenir de los siguientes elementos:

El primer paso que promueve el ecologismo es la estima de la naturaleza, a través de su conocimiento y disfrute; desde el naturalismo de la geología, la botánica o la ornitología, hasta el naturismo o el vegetarianismo. Un segundo compromiso del ecologismo es el diagnóstico integral y riguroso, potenciando la información y la participación pública. Su solvencia debe ser estricta, para combatir los sesgos, la hipocresía y la desinformación del Estado Ecológico y de las corporaciones empresariales que promueven el crecimiento y la codicia con la propaganda desarrollista [4]. La mentira y la desvirtuación de los conceptos sólo se remedian con rigor y credibilidad [5].

La convicción entusiasta y el apasionamiento contribuyen a la comunicación. El instinto que nos vincula a nuestros semejantes y a todos los seres vivos origina la solidaridad y la ayuda mutua. Dado el diagnóstico de crisis socioambiental actual, la respuesta debe ser la prevención, alejándonos de la “fe en la tecnología” como receta mágica para resolverla. Aún partiendo del “culto a la vida silvestre” [6] que nos atrae a apreciar la magnificencia de la naturaleza, se identifica la raíz del problema en la inequidad entre las personas y con la naturaleza. La rectificación pasa por aplicar principios de justicia, mediante la austeridad, que sólo es efectiva si se la autoimponen sociedades enteras, mediante mecanismos democráticos, en lo que se denomina voluntariedad de segundo grado [7].

Volviendo a la idea de satisfacción, mejor que promover la continua insatisfacción para potenciar la innovación constante de la oferta, el ecologismo propone satisfacer las demandas razonable y equitativamente. El ecologismo debe tener la valentía de convertir estas ideas en un discurso público, que promueva la libertad de acción entre iguales, como ente político contestatario e independiente, promotor de la democracia discursiva o deliberativa [8]. Este objetivo solidario y cívico promueve la felicidad pública y el optimismo para modificar el mundo [9]: propio del abandono parcial del autointerés, para preocuparse por el mundo de manera activa. Se impone comenzar por la denuncia de los abusos, exigiendo el cambio de los hábitos, en función del reparto desigual de responsabilidades.

En este sentido, tiene más responsabilidad el gobierno autonómico que propone ampliar la extensión urbanizada, la red de autopistas o campos de golf, con la excusa de la crisis económica [10]; el gobierno que desdeña la sostenibilidad promoviendo megaproyectos de transporte, recauchuta la burbuja inmobiliaria o desvirtúa la Ley de Costas [11]; o las empresas transnacionales que exportan la balearización –de la especulación financiero-especulativa inmobiliaria– a los países empobrecidos con el espejismo del desarrollo turístico neutro [12]; que un ciudadano contribuyendo a la recogida selectiva o prescindiendo del coche. El peso de esta responsabilidad debe estar bien repartido y no llevar a engaño a la gente, “mareando la perdiz” con el lema de que “¡Es responsabilidad de todos!”.

Ecologismo propositito

Por último, el discurso público del ecologismo puede incorporar propuestas de buenas prácticas. La contención urbanística y de las infraestructuras es hoy día el eje central, junto al transporte [13]. La autoconteción del crecimiento se ha ensayado –con mejor intención que fortuna– en las islas Baleares con la protección de espacios naturales, la instauración de moratorias urbanísticas y turísticas, el esponjamiento urbano derribando hoteles obsoletos o la gestión de la malograda ecotasa, que gravó el alojamiento turístico entre 2001 y 2003 para financiar la reconversión ecológica y la conservación del patrimonio.

La práctica de la proximidad minimizando el transporte y abasteciéndonos de nuestro entorno inmediato para limitar el derroche energético y promover la diversidad y la heterogeneidad funcional local. Por ejemplo, manteniendo el uso productivo del campo, con el objetivo de autoabastecernos de alimentos, respetando y potenciando la soberanía alimentaria; o con la producción de energías limpias y locales. La ordenación del territorio contribuye a hacer innecesarios muchos desplazamientos, con espacios urbanos heterogéneos que aproximan el lugar de residencia, los de producción y consumo, o los equipamientos y servicios. El transporte público entre los núcleos urbanos se establece así como la mejor alternativa para el desplazamiento imprescindible de personas y mercancías, especialmente en menoscabo del coche. La ciudad gana así en urbanidad: la urbanización (urbs) se enriquece con un crisol social (civitas) y posibilita la política (polis) [14].

Y un paso más allá…

La urbanización excede la satisfacción de las necesidades humanas –de espacio urbano para la vida social y política– para contribuir a la acumulación de bienes de cambio, especialmente con el negocio turístico-inmobiliario. La ocupación del suelo en la costa ha aumentado más que en ninguna parte. En la Costa Blanca (Alicante), la Costa Cálida (Murcia) y la Costa del Azahar (Castellón y Valencia) aumentó la extensión del suelo urbanizado del 40 al 50% entre 1987 y 2000. Las islas Baleares son las cuartas en este ranking del tsunami urbanizador, con incrementos de casi el 30% [15]. Estas huellas territoriales de deterioro ecológico desvelan los síntomas fisiológicos mejor que muchos otros hechos fisionómicos.

La artificialización y el consumismo territorial sólo se pueden frenar transformando de raíz las estructuras políticas, para enriquecer el crecimiento moral que nos ayude a autoimponernos la suficiencia y limitar el crecimiento. Sus ecos superficiales son los cambios de ocupación del suelo, pero su raíz es más abstracta; abordarla supone recuperar “el control social del dinero” [16], que es el máximo exponente de las estructuras de dominación social.




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