Nucleares en España: presentes y sin futuro

Es posible garantizar el suministro eléctrico sin centrales atómicas.

Javier González Bayón, coordinador del área de Energía. Revista El Ecologista nº 69

La ‘Propuesta Ecologista de Generación Eléctrica para 2020’, presentada recientemente por Ecologistas en Acción, demuestra que es posible y deseable desconectar todas las centrales nucleares del Estado español, reduciendo drásticamente, además, el uso de combustibles fósiles para generar toda la electricidad que necesitamos.

En España hay ocho reactores nucleares en seis centrales. Salvo la de Santa María de Garoña, de 466 MW de potencia, el resto supera apenas los 1.000 MW tras realizar, todas ellas, un aumento de potencia del 8% respecto a la potencia de partida de la instalación. Todas utilizan agua como refrigerante y moderador, siendo Garoña y Cofrentes del tipo BWR (agua en ebullición) y el resto –los dos reactores de Ascó, los dos de Almaraz, Trillo y Vandellós II– del tipo PWR (agua a presión).

En teoría, producen constantemente esos mil megavatios salvo durante un mes, cuando se realiza la recarga de, aproximadamente, la tercera parte del combustible. Trillo recarga cada año, Garoña y Cofrentes cada dos años y el resto cada 18 meses. Sin embargo habitualmente la recarga dura más de un mes. La media de las últimas catorce recargas –correspondientes a los últimos tres años– es de 56 días. Esto es debido a la acumulación de trabajos que deben resolverse en ese periodo, cuando el reactor no está funcionando. A su vez, esta acumulación de actividades es debida al deterioro de las instalaciones, que rondan ya los treinta años de funcionamiento salvo Garoña, que tras 40 años, con un diseño anticuado y en las condiciones de mantenimiento en que se encuentra, debería estar cerrada desde hace tiempo.

Es importante señalar aquí que el alargamiento del periodo de vida útil de una central nuclear lleva consigo no solo importantes trabajos de mantenimiento adicionales, sino también –sobre todo desde la liberalización del sector eléctrico– la subcontratación de personal con menos, o nula, experiencia para poder hacer frente a los trabajos, una vez que el personal cualificado ha absorbido la tasa de radiactividad permitida legalmente. Esta fue la principal causa, por ejemplo, del último suceso de nivel 2 ocurrido en Ascó, una fuga de partículas al exterior ocultada por sus titulares.

Las nucleares en la red eléctrica

Como se ha indicado, las nucleares vierten a la red toda su potencia de forma constante, unos 7.400 MW, cuando están todas en funcionamiento. Esto tiene dos consecuencias importantes. En primer lugar, la necesidad de contar con otras instalaciones, capaces de sustituir la potencia de las nucleares durante los largos periodos de recarga. Ello obliga a contar con un exceso de potencia de unos 2.000 MW, que no serían necesarios con otro tipo de centrales. De todas formas, en muchas ocasiones coinciden tres reactores parados simultáneamente e incluso cuatro –como ocurre mientras se escribe este artículo, a primeros de mayo–, bien por recarga o bien por paradas no programadas, debidas a alguno de los cientos de sucesos notificables acumulados en los últimos años.

En segundo lugar, las nucleares no pueden reducir su producción con facilidad ni en un corto periodo de tiempo para adaptarse a la demanda. Por lo tanto en tramos horarios en los que la demanda es baja, deberán parar otras centrales eléctricas. Esto es especialmente importante cuando se plantea la necesidad de un sistema eléctrico basado en energías renovables.

Efectivamente las energías solar y eólica, aunque son perfectamente previsibles en un margen de más de 24 horas, tienen un funcionamiento intermitente, dependiendo de la meteorología. Por tanto necesitan otras formas de generación, renovables o no, capaces de complementarlas en caso de ausencia de viento en un día nublado, o de noche. Las nucleares están incapacitadas, por su propia naturaleza, a desempeñar ese papel. Es más, en 2010 los aerogeneradores tuvieron que parar en 13 ocasiones por un exceso de electricidad en la producción, momentos en que la red no podía absorber más debido a que las nucleares estaban aportando su electricidad de forma continua.

Si las renovables se siguen desarrollando a un ritmo suficiente, poco más de la propuesta del Gobierno, y la demanda no se dispara, en menos de cinco años las nucleares estorbarán de forma intolerable la entrada de renovables en la red, y habría que cerrar alguna simplemente por esa razón, o bien mantenerlas en largos periodos de inactividad.

Un mix eléctrico sin nucleares

Vivir sin nucleares, pues, no sólo es posible sino que su existencia condiciona la estructura de todo el sistema eléctrico. Un sistema basado en producción eléctrica de origen renovable es incompatible, por razones puramente técnicas, con la existencia de centrales nucleares.

Si se cerrasen las centrales nucleares hoy mismo, todas de golpe, el efecto sería el derivado de utilizar más las centrales existentes de gas o carbón: elevar el precio de la electricidad en un pequeño porcentaje y un aumento en las emisiones de CO2 –las computables en España, puesto que la fabricación del combustible nuclear acarrea grandes emisiones que se contabilizan en otros países– correspondientes a la producción eléctrica. Pero podría hacerse sin ningún problema de abastecimiento y sin necesidad de construir ni una sola central eléctrica más para sustituirlas.

La Propuesta ecologista de generación eléctrica para 2020 recientemente presentada por Ecologistas en Acción, demuestra que es posible un sistema eléctrico que utilice un aporte renovable de más del 72%, apoyado solamente por gas natural como fuente no renovable, y consumiendo este en una proporción del 45% en comparación al gas que se quemó en 2009.

Junto a eólica y fotovoltaica, el desarrollo de centrales solares termoeléctricas, el mejor aprovechamiento de la hidráulica y la utilización del bombeo en una proporción mayor que la actual, pueden cubrir una demanda de energía eléctrica de 200 TWh, semejante a la demanda en 2002. Y pueden hacerlo sin necesidad de energía nuclear, fuel ni carbón.

Para ello, según la propuesta, sería necesario construir centrales fotovoltaicas, termoeléctricas y eólicas a un ritmo anual de 1.350, 700 y 1.300 MW respectivamente, un poco más de lo que propone el Gobierno.

A pesar de estar basado en energías renovables, o precisamente por ello, el documento explica también cómo cubrir la demanda propuesta en condiciones climatológicas adversas, es decir, garantizando la cobertura los 365 días del año y 24 horas al día. Todo ello teniendo en cuenta solamente tecnologías ya utilizadas y de funcionamiento demostrado, sin considerar todos los desarrollos tecnológicos que, sin lugar a dudas, tendrán lugar a lo largo de los próximos años. En una noche sin viento, en horas de máxima demanda, esta se podría cubrir con cogeneración, hidráulica, bombeo, biomasa y, como último recurso, gas natural. Es decir, en condiciones extremas en las que la solar termoeléctrica no pueda acumular energía a lo largo del día nublado, y en ausencia total de viento. Condiciones realmente difíciles de darse a la vez, puesto que los días nublados suele haber viento –por tanto generación eólica–, y los días sin viento suelen estar despejados –por tanto generación termosolar a partir de sus sales fundidas–. Como ejemplo, en 2010 sólo 5 días la generación eólica estuvo completamente por debajo del 10% de su potencia instalada.

Si se hacen las cosas bien, aplicando reducciones en las primas al tiempo que se aumenta la potencia y el número de instalaciones renovables, y se van cerrando las centrales nucleares y de carbón a medida que estorben de modo flagrante –las primeras– o no sean necesarias –las segundas–, en 2020 España contaría con una producción eléctrica renovable en sus tres cuartas partes, sin subida del coste de producción de electricidad. Más bien al contrario, puede decirse con toda seguridad que la electricidad sería más barata, teniendo en cuenta el precio que para entonces tendrá el gas natural.

Por otra parte, sería una energía en gran medida autóctona, sin importaciones, lo que tendría una influencia muy beneficiosa en la economía, al tiempo que generaría cinco veces más empleo que nucleares y térmicas. Así las cosas, sólo la presión de las grandes compañías eléctricas, y la complicidad del Ministerio de Industria con ellas, están evitando este cambio necesario, imprescindible para muchos, en la producción de electricidad.

Prescindir de las nucleares es, pues, muy conveniente desde el punto de vista económico y muy necesario desde el punto de vista social. Teniendo en cuenta, además, que la industria nuclear civil está ligada estrechamente al proceso de fabricación de la bomba atómica –de hecho, para eso se inventaron– y que produce unos residuos peligrosísimos para los que no hay solución, cuya vida media se cuenta por miles de años… Si tampoco son necesarias y es fácil prescindir de ellas, ¿por qué seguir asumiendo riesgos innecesarios?