Grandes superficies, no gracias

Las grandes cadenas de distribución controlan el mercado mundial de alimentos.

Luis Rico y Tom Kucharz, Ecologistas en Acción. Revista El Ecologista nº 52.

Unas pocas empresas controlan un porcentaje cada vez mayor del comercio de alimentos. Su forma de proceder genera graves dificultades a los pequeños agricultores, a la vez que enormes impactos ambientales y sociales y una merma de la soberanía alimentaria de los pueblos. Para denunciar esta situación, de la que las grandes superficies son uno de sus exponentes más palpables, se plantea una campaña que plantea como alternativas la agricultura ecológica y campesina, los grupos autogestionados de consumo y el comercio de cortas distancias.

En la actualidad, los supermercados controlan, en EE UU y parte de la UE, hasta el 83% de la comercialización alimentaria [1]. En América Latina y Asia el porcentaje es menor, aunque está habiendo un fuerte aumento, pasando del 20 al 50% en el último decenio [2]. Según la empresa Deloitte y la revista Stores, un grupo de sólo 250 empresas concentra casi un tercio de las ventas del comercio minorista de todo el planeta. Entre ellas hay cinco españolas –El Corte Inglés, Mercadona, Inditex, Eroski y Caprabo– que han ido escalando con fuerza en la clasificación durante los últimos años [3].

En torno al 58% de estas 250 empresas, y ocho de las 10 primeras, venden comida, dentro de una variedad de propuestas que van de la tienda de descuento al hipermercado, pasando por los supermercados y los cash & carry. Las previsiones para 2008 incluyen que las 15 primeras cadenas de distribución de alimentos tengan una cuota de mercado mundial del 31%.

Un negocio en auge

Así, se ha llegado a un panorama en el que el comercio minorista es uno de los negocios con mayor auge económico. No en vano, la segunda multinacional que más dinero movió a escala mundial en 2006 fue Wal-Mart [4] (y fue la primera en 2005), una cadena de supermercados estadounidense cuyo PIB es muy superior al de muchos países. El negocio se fundamenta en la obtención de beneficios mediante una reducción de los costes de producción de mercancías y de los derechos de sus asalariados.

Por su posición de oligopolio, los distribuidores pueden imponer unas condiciones muy estrictas a los proveedores, condiciones que éstos cumplen a base de la explotación de sus trabajadores, principalmente de las mujeres, y de la degradación ambiental del entorno (1). Entre las draconianas condiciones de compra se incluye la gratuidad de las primeras entregas, el retraso de los pagos, las exigencias de procesado, etc. [5].

Y cada vez más, la propia distribución está participando en las fases de producción y transformación, consiguiendo así una integración vertical total, desde el campo hasta la compra final, lo que supone la expulsión de todo productor o transformador que no tenga estas características demandadas [6].

En España cuatro de cada cinco compras de alimentos se realizan en la distribución moderna y solamente cinco empresas controlan el 55% de las ventas de alimentos [7]. Si a esto le sumamos las dos principales centrales de compra (mayorista) que suministran al resto de comercio minorista, ese porcentaje de concentración de compra-venta se sitúa en el 75%. Desde 1988 hasta 2004 desaparecieron tres tiendas tradicionales por día.

Bajo este patrón, debido a la exigencia de grandes volúmenes de productos que sean iguales, de un determinado tamaño y en gran parte procesados, se fomentan los monocultivos industriales intensificados de unas pocas variedades agrícolas. Así, la agricultura se torna mucho más contaminante y dependiente de un mayor consumo de energía, hecho que no repercute en el precio final porque los costes ambientales no son asumidos por las empresas de distribución.

A su vez, supone una pérdida de diversidad de semillas, dando lugar a una situación de alta fragilidad ecológica y de poca resiliencia ante posibles cambios, lo que puede acarrear terribles consecuencias ante fenómenos como el cambio climático. Se prima la producción a gran escala para exportación sobre las necesidades locales, lo que da lugar a que existan regiones donde se producen grandes cantidades de alimentos mientras que la población local pasa hambre. Así ocurre en muchos países como Argentina o Brasil, los mayores productores de soja, cuyo principal destino es la venta para piensos que satisfagan las enormes demandas de carne de los países ricos [8].

Perjuicios para los pequeños campesinos

Los mayores perjudicados por este modelo son los pequeños campesinos. Éstos encuentran dificultades para vender sus productos por la confluencia de varios factores: la concentración entre los sectores agro-industriales (semillas, agro-tóxicos, biotecnología, etc.); la existencia de muy pocos distribuidores; y la pérdida de acceso a los mercados locales, producida por su escasa capacidad para competir con las grandes superficies (que se aprovechen de las ayudas públicas que favorecen el modelo vertical e industrial a través de políticas como la Política Agraria Común, PAC). Se bloquea, así, el acceso de los pequeños agricultores a los lugares donde podían vender directamente.

El mercado, por tanto, queda en manos de multinacionales de la distribución y transformación que compran a precios escandalosos. Empresas como Tesco, en países como Sudáfrica, hacen recaer la mayoría de los costos y riesgos de su negocio de productos frescos en los agricultores que, a su vez, los repercuten sobre sus trabajadores [9]. Con ello, los latifundios van ganando terreno. En Kenia, por ejemplo, antes del auge de las exportaciones hortícolas de los 90, los pequeños campesinos producían el 70% de las exportaciones de fruta y hortalizas del país. A finales de ese decenio, el 40% de los productos de exportación se cultivaba en explotaciones agrícolas propiedad de los importadores de los países desarrollados o arrendadas directamente por ellos. Otro 42% se producía en grandes explotaciones comerciales, mientras que los pequeños campesinos sólo producían el 18% [<2>].

Estos hechos han originado una desestructuración de los entornos rurales, perdiéndose conocimientos campesinos tradicionales, dificultando el mantenimiento de la vida y perjudicando principalmente a las mujeres, sobre quienes recaen fundamentalmente las tareas domésticas, la conservación de las semillas y el cuidado de los niños, las personas mayores y los enfermos [10]. El resultado final supone el éxodo del campesinado hacia las ciudades, lo que genera, principalmente en los países empobrecidos, cinturones de miseria y marginación en sus periferias [11].

Beneficios para los intermediarios

En la cadena de comercialización de los alimentos, son los intermediarios (aquellos que no generan casi transformaciones al producto, sino que simplemente lo distribuyen) los que obtienen mayores beneficios. Así, los productos agrarios, cuando los adquiere el consumidor, han multiplicado, de media, en 4,7 veces su valor en el mercado español [12]. En las clementinas, por ejemplo, el margen comercial que se genera es del 700%, mientras la renta agraria disminuyó el 10,6% durante el año 2004/5. Hay productos como el café o el cacao, cuyo precio para el consumidor tiene una variabilidad mínima, mientras que la cantidad percibida por los agricultores es muy fluctuante, pues depende de los precios mundiales fijados en los mercados financieros por sólo cuatro transnacionales [13] que dominan el 70% del mercado, muchas veces causando la ruina a los agricultores [14].

La tendencia de las grandes superficies de obtener productos alimenticios cada vez más lejanos hace que el gasto energético por producto se dispare. Si a esto se le añade que en éstos se abusa del envasado y que aumenta el porcentaje de productos congelados, se llega a una situación en la que el balance energético de los alimentos resulta negativo [15]. Es decir, se invierte más energía no renovable en ellos que la energía que aportan. En países como Inglaterra, el 95% de los alimentos dependen del petróleo, un dato que señala la responsabilidad del modelo agro-industrial en la quema combustibles fósiles y su consiguiente impacto sobre el cambio climático.

Muchos de los alimentos que llegan a una gran superficie son directamente tirados a la basura por no cumplir las condiciones de calidad requeridas. Éstas no se refieren tanto a la calidad de los alimentos, ni a su valor nutricional, sino al estado del envasado, ya que una de las señas de distinción de los supermercados es la perfecta imagen que ofrecen (5). En un planeta en el que el que más de 800 millones de personas no recibe el aporte calórico mínimo [16] es un crimen desechar comida porque el envase no luce suficiente. A su vez, debido al sobreenvasado, aumenta la cantidad de residuos, los cuales requieren una gestión que se realiza a costa del gasto público.

Grandes cadenas de distribución, no gracias

Por todo ello, desde Plataforma Rural [17] y los colectivos de “No te comas el mundo” [18] se impulsará a partir de 2007 la campaña “Grandes cadenas de distribución, no gracias” [19]. Se pretende integrar bajo este paraguas a distintas organizaciones, redes y colectivos que en ámbitos locales estén trabajando temas relacionados de alguna manera con la Soberanía Alimentaria, tales como derechos laborales, ecología, agricultura, derechos humanos, agua, Deuda Ecológica, solidaridad, lucha contra la pobreza, cooperación, Agendas 21, campañas contra la especulación urbanística y en defensa del territorio, etc., así como sobre los modelos alternativos de producción, transformación, distribución y consumo de alimentos. Con esta campaña se pretende dar herramientas, propuestas y canales alternativos que nos conduzcan a un modelo agroalimentario justo y sostenible.

Grandes superficies contra la soberanía alimentaria

Recientemente tuvo lugar en Nyéléni (Malí) el Foro para la Soberanía Alimentaria. Más de 500 representantes de 80 países se comprometieron a construir un movimiento colectivo para fomentarla. Fue, tal vez, uno de los encuentros internacionales mas trascendentales en relación a la lucha campesina y ecologista para recuperar el control sobre la alimentación y los bienes comunes, así como para defender algunos de los derechos humanos más violados: el derecho a la alimentación, al agua, la biodiversidad y a un medio ambiente sano. El Foro de Nyéléni decidió, entre otras cosas, luchar contra el sistema moderno e industrial de la distribución de alimentos, los supermercados y grandes superficies.

Las políticas de la Organización Mundial de Comercio (OMC), el órgano que rige el comercio mundial, favorecen que los alimentos y los productos agrícolas recorran cada vez más kilómetros y aumenten las emisiones de gases de efecto invernadero. Además, la generación de residuos, la contaminación del agua, la desertización y la destrucción de humedales y otros ecosistemas por el avance de la frontera agrícola en los países del Sur hace del modelo agro-industrial una de las amenazas ecológicas y sociales más importantes. Es revelador que, por ejemplo, en Brasil la selva amazónica desaparece a un ritmo de un campo de fútbol cada ocho segundos por la expansión de monocultivos de soja, utilizada para producir pienso para ganado y biocombustibles.

La OMC viene adoptando nuevos acuerdos comerciales entre sus más de 150 países miembros, con adversas consecuencias directas e indirectas sobre el ya maltrecho sector agrícola. El Acuerdo General sobre el Comercio de Servicios (AGCS), aspecto clave de las actuales negociaciones comerciales en la OMC, persigue la liberalización y desregulación del sector de los servicios. Dicha liberalización tendrá consecuencias también en el mundo rural.

Un informe del Instituto para la Agricultura y la Política de Comercio (IATP) señala que “a primera vista podría parecer que el AGCS tiene poco que ver con la agricultura. La lista de 160 subsectores de servicios hace poca referencia directa a la agricultura y a la alimentación […] Sin embargo, en el mundo entero, la economía agrícola y alimentaria ha sido enormemente transformada por los servicios. Los agricultores cada vez están más integrados en cadenas globales de suministro de alimentos que influyen fuertemente en sus decisiones de producción y de comercialización” [20]. Por lo tanto, cada vez más, junto con los actuales patrones de libre comercio, el modelo agrícola mundial está sufriendo una enorme transformación, a merced de las políticas dictadas desde Bruselas, Ginebra o Washington [21]. Pero también los nuevos poderes emergentes como Brasil, China y la India apuestan por políticas agro-industriales dependientes del mercado mundial.

En este cambio de modelo agrícola, las grandes superficies de comercio minorista han sido actores muy destacados, provocando que el consumo de alimentos pase cada vez más por sus circuitos. Grandes compañías como Wal-Mart, Carrefour, Tesco, Aldi, Lidle, Metro AG, Mercadona o Eroski concentran un cada vez mayor porcentaje de la venta al por menor. La combinación del poder del supermercado con los costos de inversión en infraestructura para cumplir con las normas (p. ej. sanitarias) y la falta de disponibilidad de créditos rurales adecuados puede dejar sólo dos opciones a los pequeños agricultores: “limitarse a la producción de subsistencia o abandonar totalmente la agricultura”, concluye el IATP.

¿Por qué compras en una gran superficie?
Comisión de Consumo de Ecologistas en Acción de Madrid

Las grandes superficies son el más claro ejemplo de un modelo de consumo social y ambientalmente insostenible. A pesar de ello, existen muchos mitos sobre los beneficios que nos reportan a los consumidores.

1. “Es un lugar en el que puedo hacer multitud de cosas a la vez: comprar la comida, la ropa, ir al cine...”
En contra de los que nos dice la publicidad, la oferta cultural, de ocio y de actividades en las grandes superficies es muy limitada y de poca calidad si la comparamos con lo que ofrece una ciudad de tamaño medio. Además, no se incluye casi ninguna oferta gratuita y hay que contar con los gastos añadidos de transporte para acceder a ellas.

2. “En una gran superficie tengo mucha más variedad de productos y libertad para elegir lo que quiero. Además, nadie me molesta ni me manipula”
Los productos que pueden encontrarse en una gran superficie, aunque parecen muy variados, pertenecen a unas pocas multinacionales del sector. Por ejemplo, los productos frescos ya sólo suponen el 45% de los alimentos. Las luces, la música, los amplios espacios... todo está preparado para que nos consideremos libres a la hora de elegir y, sin embargo, gastamos de media un 20% más de lo que teníamos previsto.

3. “Allí puedo encontrar lo más novedoso de cada marca”
Las últimas novedades de las grandes superficies son, en su mayor parte, una estrategia publicitaria. En realidad, las innovaciones en el producto son pequeñas, como pequeños son los beneficios que nos traerán respecto del anterior producto. Además, estas supuestas mejoras son muy caras porque en buena medida pagamos su coste publicitario.

4. “Ahorro tiempo: allí lo hago todo más rápido al tenerlo todo en el mismo sitio. Además, el horario de apertura es más amplio y me viene mejor”
La sociedad de consumo está obsesionada con el tiempo. Las grandes superficies se presentan como la mejor opción para optimizar las compras, pero en realidad no es así, porque no se contabilizan el tiempo de transporte hasta allí, las colas para pagar o el tiempo que perdemos recorriendo pasillos y tiendas y mirando productos. Además, los horarios que ofrecen las grandes superficies se sustentan en la precariedad laboral de sus trabajadores: turnos más largos y menos vacaciones, salarios injustos y deterioro de sus derechos laborales.

5. “Yendo a las grandes superficies te ahorras dinero. Mi economía no da para andar comprando en mercados y tiendecillas de barrio”
Varios estudios demuestran que no existe un único establecimiento donde todos los productos sean más baratos. Por ejemplo, la verdura fresca suele ser más cara en las grandes superficies e hipermercados. Además, tenemos que añadir a esto el gasto en transporte y ese 20% más de lo que nos habíamos propuesto comprar.

6. “No tengo más remedio que ir, donde vivo no hay más tiendas”
El actual modelo de crecimiento urbanístico privilegia a las grandes superficies como opción de compra y como centro de ocio, así que el pequeño comercio se ve amenazado. A la hora de elegir dónde vivimos debemos tener en cuenta los beneficios que el pequeño comercio de barrio aporta al consumidor y apoyar en lo posible su subsistencia.

7. “Son el lugar más seguro para poder hacer las compras. Temo por mí y por mi familia”
Las grandes superficies aparecen como réplicas idílicas de las ciudades, con un aspecto limpio, eternamente iluminado y cuidado hasta en su último detalle. En realidad, si en vez de acudir a estos espacios promoviéramos el pequeño comercio y el ocio local en nuestras calles, éstas tendrían más tránsito de personas y vida.

8. ¿Y por qué no comprar en una gran superficie?”. Comprar en una gran superficie es apostar por un modelo social y ambiental insostenible, ahondando en el actual modelo de sobreproducción neoliberal que tantas injusticias sociales y desequilibrios ambientales conlleva. Las grandes superficies destruyen la actividad económica local, crean empleos de baja calidad, deslocalizan la producción, hacen dependientes a los productores del Sur y maximizan los beneficios de muchas grandes multinacionales. También fomentan un modelo de transporte contaminante y participan de forma activa en la reordenación especulativa del territorio.


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