¿Seguridad o soberanía alimentaria?

Una guerra de modelos en la que todos participamos.

Lydia Medland, comisión de Agroecología, Ecologistas en Acción. Revista El Ecologista nº 63

En este artículo presentamos dos conjuntos de ideas que conforman sendos modelos en cuanto a la forma de entender las relaciones entre los seres humanos y su alimentación. Primero, el relacionado con la seguridad alimentaria, un término adoptado por el sistema agroalimentario industrial. Después analizamos la soberanía alimentaria como alternativa al modelo agroalimentario actualmente hegemónico. Finalmente sostenemos, desde un enfoque más cercano a las problemáticas de los agricultores y agricultoras del planeta, la importancia del movimiento por la soberanía alimentaria, e identificamos unas vías de avance en el proceso de relocalización de la agricultura.

Estamos en guerra pero no vemos la sangre. No importa, hay sangre aunque no la veamos. Durante el último año 100 millones de personas más han caído en situación de desnutrición. Sumados a los otros 900 millones de personas que ya se encontraban en esta situación hace que el mundo haya llegado a la vergonzosa cifra de 1.000 millones de hambrientos [1].

¿Por qué sufren desnutrición estos nuevos 100 millones de personas? Por la crisis. Pero no esa crisis financiera de la cual cada día vemos los detalles en los medios, no. La otra crisis, la olvidada crisis de la alimentación. No es que no fuésemos conscientes de la existencia de miles de campesinos y pobres urbanos sufriendo bajo el actual sistema agroalimentario: existía, pero muy lejos de nosotros y nosotras y de la fortaleza de Europa.

Todos comemos. No importa si estamos a un lado u otro del mundo: todos estamos implicados en la guerra de la alimentación, y participamos todos los días en ella, conscientemente o no. Cada vez que comemos apoyamos una u otra visión sobre la forma en que debe ser organizada la alimentación: ¿desde el ámbito global o desde el local? ¿Quién decide qué se debe hacer con los alimentos: los consumidores o productores? ¿Son los alimentos mercancías, o son algo más?

Seguridad alimentaria, un término flexible

De cualquier forma que lo miremos, parece que el mundo del siglo XXI es sinónimo de abstracciones. La globalización y la urbanización de la población hacen que nuestras vidas tengan cada vez un contacto menos directo con la tierra. Justo en estos tiempos somos más los que vivimos en las ciudades que en el campo [2]. Pero mientras nos apiñamos en los bloques de pisos, los bancos se transforman en fórmulas on-line, y olvidamos al cartero para comunicarnos… a la sociedad del siglo XXI le queda un problema del que no se puede abstraer: la alimentación.

Como la seguridad en el trabajo, la seguridad alimentaria es principalmente una herramienta para describir el estado de seguridad o inseguridad de acceso a la alimentación. En este sentido, la seguridad alimentaria es sólo una fórmula discursiva para referirnos a estas relaciones, grados de riesgo y distancias, tanto físicas como socioeconómicas, entre seres humanos y alimentación. Seguridad alimentaria, o seguridad de los alimentos, se corresponde con el concepto en lengua inglesa food security, y no al concepto food safety, que se corresponde más bien con la “inocuidad de los alimentos”, lo cual no es el objetivo de este artículo [3].

“Hay seguridad de los alimentos cuando todas las personas, en todo momento, tienen acceso físico y económico a la suficiente cantidad de alimentos sanos y nutritivos que cubran sus necesidades y preferencias alimentarias para una vida activa y sana” [4].

Entones, ¿tengo seguridad alimentaria?, ¿tengo food security? Como muchas formas de medir, la seguridad alimentaria es muy imprecisa, subjetiva y puede cambiar radicalmente dependiendo de quién tenga la vara de medir. Con esta vara en las manos de las empresas transnacionales de distribución alimentaria se supondría que si tengo dinero, coche, y vivo a unos kilómetros de un supermercado, entonces tendré seguridad alimentaria. Mientras, desde la perspectiva de alguien que toma en cuenta más factores, el análisis puede ser radicalmente distinto. Al considerar cuestiones como la inseguridad del precio por factores de demanda, el cambio climático o la disponibilidad del petróleo, podríamos decir que un modelo que depende tanto del petróleo para su funcionamiento (por tener que ir en coche al supermercado, el petróleo que se usa en productos industriales como petroquímicos, envases y para transportar a larga distancia los alimentos, etc.), se enfrenta a medio o largo plazo con una reducida seguridad alimentaria [5].

En el mundo occidental hemos podido observar múltiples señales acerca de la fragilidad del modelo agroalimentario actual para garantizar la seguridad alimentaria por su dependencia respecto a la Gran Distribución y sus cadenas de producción, unidas por la cuerda de petróleo. En Inglaterra, a partir de una huelga de transportistas en contra de los altos precios del petróleo en el año 2000, el país estuvo horas sin pan en los supermercados. El presidente de la segunda cadena del país, Sainsbury’s, tuvo que escribir al Gobierno y pedir que intervinieran y priorizaran el abasto de petróleo a las furgonetas de alimentos para evitar una crisis a gran escala [6]. La experiencia ha servido para mostrarnos el riesgo que corremos al depender de forma tan acusada de un sistema de petro-alimentos.

Bajo el sistema agroalimentario industrial vemos que se hace un uso excesivo, o más bien abusivo, de la escala con que se mide la seguridad alimentaria. Ésta se ha transformado en ciertos casos en un modelo en sí, que depende de la disponibilidad de petróleo barato y de que los impactos ambientales estén externalizados. Esta versión de la seguridad alimentaria es la que suelen utilizar las organizaciones internacionales y las empresas transnacionales. Un ejemplo de esta situación se puede ver en este párrafo de un comunicado de Monsanto: “Roundup Ready Corn es el segundo cultivo transgénico de Monsanto Philippines’ aprobado. Esto significa que los agricultores filipinos tienen ahora acceso a la agricultura más avanzada en Asia, apoyando el enfoque del Gobierno nacional [de Filipinas] de seguridad alimentaria y el alivio de la pobreza” [7].

¿Libre mercado o neocolonialismo?

Los procesos “de arriba-abajo” tienen límites. Pero el mito neoliberal sigue asumiendo que si el mundo produce mucho (ya sea mediante transgénicos, por el abuso de fertilizantes o como fuere) estaremos todos bien alimentados y felices. Esta idea –enfocada simplemente a la producción global en relación a población, pero sin tener en cuenta el diferente acceso a la alimentación– es criticada por Amartya Sen como “economía instantánea” de “fascinante sencillez”, y se puede ver no sólo como justificante del modelo productivo desde el periodo de posguerra, sino como argumento crucial para seguir adelante con el sistema agroindustrial, a pesar de las evidencias de los graves impactos que causa [8].

Al final, el término de seguridad alimentaria resulta demasiado débil para ser útil a los que sufren bajo el modelo agroalimentario industrial. Bajo el modelo neoliberal, la seguridad alimentaria entra en fuertes contradicciones. Un ejemplo perverso es el récord histórico de personas hambrientas en este año, o la tendencia reciente de gobiernos de países industrializados (o postindustriales) de comprar tierra en otros países. Garantizan así la seguridad alimentaria de sus poblaciones mediante la cruda táctica de privar a la población de otros países de su acceso a la tierra y su derecho a la alimentación. De hecho, se está produciendo una compra masiva de tierras por países del Norte (ver gráfico). “Casi 20 millones de hectáreas en África, Asia o América Latina han pasado a manos de gobiernos o inversores privados extranjeros” [9].

En el modelo actual la guerra está siendo perdida por el derecho a la alimentación y ganada por el derecho supremo del libre mercado. Incluso se puede usar el mercado para comprar las tierras y los trabajadores y, efectivamente, llevarlos al otro lado del mundo.

Segundo plato: soberanía alimentaria

El acceso a la alimentación es un derecho. Un derecho reconocido en la Declaración Universal de los Derechos Humanos y en otros acuerdos nacionales e internacionales [10]. El Derecho a la Alimentación es el único de los derechos básicos mencionado en el Padre Nuestro y en otros textos religiosos e históricos [11]. Además, como comentó la medioambientalista de India, Vandana Shiva, todos los derechos humanos empiezan con el medioambiente. Si no hay medioambiente, del que dependemos, no hay derechos humanos. Para mejorar la calidad de vida tenemos que empezar desde la base con los pequeños agricultores y agricultoras, la tierra y la biodiversidad. Es a partir de este énfasis en los derechos desde donde se ha lanzado el movimiento por la soberanía alimentaria.

“La soberanía alimentaria es el derecho de los pueblos a alimentos nutritivos y culturalmente adecuados, accesibles, producidos de forma sostenible y ecológica, y su derecho a decidir su propio sistema alimentario y productivo” [12].

La visión ofrecida por el movimiento por la soberanía alimentaria pide el reconocimiento de derechos. ¿Cuáles? ¿Qué implicaría el cumplimiento de estos derechos? Pues, no sólo implica nuevas campañas y leyes, sino un modelo de agricultura en el cual los seres humanos no son consumidores que se relacionan con los alimentos a través del frío dinero. Implica un modelo agroalimentario en el que los alimentos son parte de un socioecosistema que hay que considerar en su integralidad para asegurar que las generaciones futuras puedan también alimentarse. Este modelo está basado en los derechos, específicamente, del movimiento campesino internacional, los cuales quedan resumidos en la declaración acordada en Mali por más de 500 grupos campesinos de todo el mundo en 2007:

  1. el derecho a la vida y a un nivel de vida digno;
  2. el derecho a la tierra y al territorio;
  3. el derecho a las semillas y al saber y a las prácticas agrícolas tradicionales;
  4. el derecho a los medios de producción agrarios;
  5. el derecho a la información y a la tecnología agraria;
  6. la libertad para determinar el precio y el mercado para la producción agraria;
  7. el derecho a la protección de valores en la agricultura y la ganadería;
  8. el derecho a la diversidad biológica;
  9. derecho a preservar el medio ambiente;
  10. la libertad de asociación, opinión y expresión;
  11. el derecho de acceso a la justicia.

La soberanía alimentaria tiene también otras potencialidades. Así, “la Agroecología y la soberanía alimentaria están permitiendo construir un movimiento social que aúna a muy diversos actores sociales en torno a un pacto social por la agricultura social, local y sostenible, y por un mundo rural vivo. Este movimiento crece a gran velocidad y supone un interesante espacio de encuentro entre otros movimientos y organizaciones sociales” [13].

Esta perspectiva, la de que las acciones concretas como la creación de redes de semillas y grupos de consumo en España permite la creación de espacios nuevos, subyace también en la análisis de los movimientos por la soberanía alimentaria en países del Sur. Eric Holt-Giménez habla de la autonomía y del aumento de resistencia que implican los procesos de soberanía alimentaria para los pueblos del Sur. Además, señala las ventajas prácticas que ven los agricultores que trabajan con organizaciones como La Vía Campesina o Campesino a Campesino. Para Holt las colaboraciones entre campesinos y organizaciones participativas han resultado en la restauración de suelos agotados, el incremento de cosechas y la preservación del medio ambiente, lo que ha permitido crear espacios para la resistencia ante la volatilidad del mercado neoliberal y las amenazas inducidas por el cambio climático [14].

Agricultura y seres humanos

En el modelo de la soberanía alimentaria, los alimentos son reconocidos no sólo como mercancías, sino como algo vinculado umbilicalmente con la tierra, que no podemos abstraer y que tenemos que cuidar. Esto mismo, o mucho más, se puede aplicar a las personas. Fuera del libre mercado abandonamos la falsedad según la cual parece que las personas, como los cultivos, se pueden mover libremente por el mundo. Un nivel de vida digno significa no sólo que las necesidades básicas como comida y agua estén cubiertas, sino que los agricultores tengan un parte justa de los beneficios por sus productos. Una vida digna sería aquella en la que los agricultores no son forzados por falta de recursos y tierra a abandonar o destruir sus modos de vida.

En el mundo trabajan en el sector agrario más personas que en cualquier otro. Un tercio de la mano de obra mundial, 1.300 millones de trabajadores, son campesinos con autosuficiencia económica. El número de asalariados en este sector se estima en 450 millones de personas. ¿Cómo tratamos a estos trabajadores en el sector más grande e indispensable del mundo? Pues en demasiados contextos son invisibles, casi no nos damos cuenta que existen.

Las poblaciones urbanas son hoy en día claramente hegemónicas en el mundo. Sin embargo, aún hay muchas personas trabajando en la agricultura en los países industrializados. Todavía alguien tiene que coger la fruta a mano en las granjas más avanzadas de EE UU; miles de personas trabajan en mataderos; hay ejércitos de empaquetadoras de pollo, tomates y platos precocinados…

En EE UU, el 90% de los trabajadores o trabajadoras estacionales son extranjeros y una gran parte de ellos no tienen papeles ni derecho a organizarse. Aunque los necesitamos, en los países desarrollados preferimos dar papeles y protección a trabajadores del sector servicios, tales como banqueros o investigadores. Europa emplea a 4,5 millones de trabajadores estacionales en el sector agrario, concentrados en determinadas zonas productivas y sometidos a bajos niveles de ingresos. Se da una fuerte concentración en España, donde casi el 10% de los trabajadores extranjeros llegan al sector agrario [15]. Lamentablemente, los trabajadores no-representados en el Norte son los mismos ex-campesinos del Sur.

En el libre mercado, en el que los precios bajos son la última arma para justificar cualquier abuso de derechos en el sector más importante del mundo, tratamos a los trabajadores no sólo con desprecio, sino también con hipocresía. Demasiados de entre los 1.300 millones de campesinos del Mundo ni siquiera pueden elegir quedarse en el campo o como parte de sistemas tradicionales de aprovechamiento de la tierra. Demasiado frecuentemente, están obligados a abandonar sus formas de vida tradicionales y sostenibles, debido a la coyuntura económica internacional o local, y a la falta de apoyo gubernamental.

Una vida digna debería significar poder obtener apoyo para que las formas de vida sostenibles puedan ser viables. Implica primero el cumplimento de los Derechos Humanos, y el recurso al mercado como una herramienta al servicio de esos derechos y no como mecanismo del control social. Implica el acceso transparente a los recursos y medios de producción y consumo. Que el productor no sea invisible, sino valorado tanto en su capacidad como defensor del medio ambiente, como de sujeto social y cultural con acceso a la justicia y protección bajo leyes nacionales e internacionales.

La soberanía alimentaria: una batalla por la tierra

Para ser responsables y estar en solidaridad con el movimiento por la soberanía alimentaria en los países occidentales tenemos que ser conscientes de estas consideraciones. Tenemos que saber lo que podemos esperar de cada territorio y cada ecosistema para evitar que, sin darnos cuenta, contribuyamos a un sistema de explotación y destrucción de nuestro planeta. La soberanía alimentaria para nosotros es educación y reconocimiento tanto como acción, y no está tan lejos de nosotros/as.

La Iniciativa para la Soberanía Alimentaría de Madrid (ISA-M) [16] o la Alianza por la Soberanía Alimentaria de los Pueblos (ASAP) representan en nuestro territorio un primer paso en este reto. En el Estado español, Plataforma Rural [17] lleva desde 1996 trabajando por construir la soberanía alimentaria en lo local. Con su apoyo, La Vía Campesina-Europa lanzó en 2008 una propuesta para construir Foros Locales por la Soberanía Alimentaria en el Estado español. De esta forma, en pocos meses se han constituido foros en diversos territorios (Madrid, Catalunya, Galicia, Euskadi, Aragón, País Valencià, etc.) [13].

Las iniciativas locales por la soberanía alimentaria no están solas en su camino. Los movimientos sociales transformadores, los mercados locales, los grupos de consumo, movimientos rurales, el incremento de la producción ecológica, el comercio justo, el slow food, etc. son expresiones de un rechazo al sistema neoliberal de producción y consumo de alimentos. Estos movimientos, en uno u otro grado, han reconocido que lo importante no es sólo la seguridad al acceso a los alimentos a corto plazo, sino también que a medio y largo plazo el acceso a los alimentos depende de nuestra opción para organizar el sistema agroalimentario mundial desde lo local.

Conclusión

En esta guerra de modelos estamos luchando por el menú, pero también por las formas de vida. En cualquier plato un modelo gana y otro pierde. Cada alimento tiene una cadena por atrás, y larga o corta, siempre está conectada con los agricultores y agricultoras y con la tierra. Pedimos espárragos: los espárragos de Perú podrían ser de comercio justo, pero no lo son. Entonces, no tenemos ninguna garantía de si los agricultores han sido pagados con un sueldo digno o no. Además, los espárragos vienen desde Perú en avión y han viajado por lo menos 9.500 km, generando 10,5 kg de CO2 por cada kilo de espárragos. Los estudios han demostrado que tenemos que reducir nuestro consumo de CO2 en cantidades sin precedentes, si queremos evitar los tremendos efectos del cambio climático. La agricultura es responsable de un mínimo de 32% de los gases de invernadero, y muchas de estas emisiones no son necesarias [18]. Las personas más afectadas por el cambio climático no somos nosotros/as, quienes podemos elegir los espárragos: van a ser las personas más vulnerables, los campesinos y campesinas. ¿No podríamos haber elegido algún alimento originario del Estado español? [19]. Bajo del modelo soberanía alimentaria, debemos ser conscientes de que los espárragos no están en temporada. Pediremos alcachofas en vez de espárragos y filete. Las alcachofas en este caso vienen de cerca del restaurante y han viajado en furgoneta menos de 100 km (unos 0,027 kg de CO2 por kg).

La soberanía alimentaria es más que nada una oportunidad. Una oportunidad de solidarizarnos con los campesinos por su derecho a elegir su futuro y también por nuestro derecho a elegir el nuestro. Con la soberanía alimentaria, nos movemos juntos hacia un futuro relocalizado, basado en bajos consumos de energía, y en la transparencia cuando haya comercio entre continentes.

En definitiva, la seguridad alimentaria es una medida adoptada por el sistema neoliberal que no parece que vaya a cambiar la negativa e injusta situación actual. Mientras tanto, la soberanía alimentaria tiene el poder de sacar esta medida de la visión neoliberal y nos muestra cómo caminar hacia un escenario en el que la gente realmente tenga seguridad y soberanía sobre sus tierras, sus semillas y su alimentación.