Elogio de la lucidez

Homenaje a Antonio Estevan.

Elena Díaz, Ecologistas en Acción. Revista El Ecologista nº 59.

Ha muerto Antonio Estevan y con su desaparición hemos perdido una de las mentes más lúcidas del ecologismo. Lo que muchos le agradecíamos a Antonio era la sencillez y claridad con que enfocaba cualquier problema, hasta el punto de hacerlo rápida y totalmente comprensible por muchas complicaciones técnicas que pudiera tener. De sus análisis se deducían siempre respuestas o alternativas sencillas, lógicas, de sentido común, de cajón.

Pero no era sólo un gran comunicador capaz de explicar sus amplios conocimientos de forma conveniente a los no iniciados, sino que su claridad expositiva era fruto de una forma de pensamiento radical entrenada en desentrañar, mediante un razonamiento riguroso, lo esencial de cada situación y de cada problema. Su mente penetraba en la realidad como un bisturí que limpiamente llegaba hasta el núcleo, hasta su mismo corazón, dejando a un lado toda la hojarasca ideológica y erudita para alcanzar su esencia y mostrarla desnuda, sencilla, fácil y asequible, destapando de esta forma las mentiras de los grandes proyectos que los políticos corruptos nos quieren vender como la panacea universal.

Por eso, su enfoque de los temas siempre tenía la frescura de la novedad, de lo no trillado y la radicalidad y el rigor que se desprende de la adecuación del pensamiento con la realidad. Sus alternativas tenían por ello la virtud de ser prácticas y sencillas, a la vez que profundamente revolucionarias.

Esta lucidez, que en palabras de José Manuel Naredo le hizo ser “terror de políticos maniobreros y de técnicos serviles e incompetentes” se muestra en todos los temas sobre los que trabajó y pensó. También en sus estudios y alternativas sobre el sistema de transporte, que han impregnado la teoría y la práctica de Aedenat (ahora Ecologistas en Acción) en esta área. El libro que escribió junto con Alfonso Sanz, Hacia la Reconversión Ecológica del Transporte en España (La Catarata, 1996) es considerado la biblia por los ecologistas que hemos bregado con estos temas, con su visión de un sistema de transporte, motorizado y a gran escala, radicalmente enfrentado al funcionamiento de la naturaleza, y con un crecimiento desbocado, causa y consecuencia a la vez de la globalización económica.

Pionero en plantear la alternativa 0 a los megaproyectos de infraestructuras de transporte, nos dio una lección al oponerse a todas las alternativas existentes a la autovía de Valencia a su paso por las hoces del Cabriel, demostrando la futilidad de una obra faraónica y destructiva que servía para ganar 5 minutos de tiempo en el trayecto entre Madrid y Valencia.

Reveladores han sido también sus estudios sobre la siniestralidad en la carretera, al plantear las “matanzas diarias del tráfico” como “algo muy distinto a una acumulación de fatalidades de responsabilidad individual” y apuntar directamente a las industrias del ramo y a las administraciones como responsables de unas muertes que se podrían evitar con políticas adecuadas (Visión Cero) y, estableciendo paralelismos con la industria del tabaco, considerar la posibilidad de incriminarlos judicialmente por ello (“Una Matanza calculada”, El Ecologista nº 33, noviembre 2002).

Su profundo conocimiento del funcionamiento del sistema de transporte le lleva a la conclusión de que no es posible la conciliación entre transporte y medio ambiente: “No existe el transporte mecanizado masivo respetuoso con el entorno, ni la movilidad sostenible, si se está aludiendo a la movilidad motorizada masiva” lo que le lleva a considerar el transporte como una enfermedad: “El transporte es, efectivamente, la gran enfermedad de los ecosistemas en nuestra época y se está convirtiendo en la principal dolencia del ecosistema global”. Así critica las políticas desarrollistas de transporte reafirmando la máxima de que “la creación de nuevas infraestructuras genera más tráfico y traslada los puntos críticos -con congestión incrementada- de unos a otros lugares de las ciudades” proponiendo lo que él llama la gestión activa de la congestión: hoy suprimo un carril aquí, mañana quito un paso subterráneo por allá… Si la ampliación del viario genera más tráfico, la reducción del mismo podría ser “la vacuna contra la enfermedad del transporte” (La enfermedad del transporte, 2004).

Una última muestra que su lucidez nos ha dejado ha sido el artículo que sobre los biocombustibles escribió para esta revista: “Último acto: el coche devora el planeta”, (El Ecologista, primavera 2008), donde denuncia que “los biocombustibles no constituyen una política de lucha contra el cambio climático, sino contra la escasez de combustible para los automóviles”, y que puede haber llegado el momento de decidir si nos quedamos sin carburante o ponemos la agricultura del planeta al servicio del automóvil. Ese monstruo que según Buchanan estamos alimentando, “ahora nos exige… que le entreguemos también nuestra comida. Y probablemente estamos dispuestos a hacerlo”.

En las batallas a las que nos enfrentemos en el futuro, ya no podremos contar con su crítica acerada ni con su sabiduría, pero nos ha dejado el gran patrimonio en su pensamiento, siempre desvelando las mentiras que los poderosos urden para hacernos comulgar con ruedas de molino.