¿Por qué es tan difícil un acuerdo sobre cambio climático?

Grandes resistencias al necesario cambio de modelo.

Rodrigo Irurzun, Coordinador del Área de Energía de Ecologistas en Acción. Revista El Ecologista nº 72.

Desde hace décadas existe un sólido consenso científico sobre el grave problema social y ambiental que supone el cambio climático, que este está provocado por la emisión de gases de efecto invernadero a causa de la actividad humana, y que debemos reducir las emisiones de manera urgente. Sin embargo, tras décadas de cumbres internacionales, se sigue sin llegar a acuerdos satisfactorios. Entender por qué esto es así nos puede dar claves para decidir la manera de actuar.

Hace décadas que se conoce el fenómeno del efecto invernadero. El cambio climático está producido por la emisión de CO2 y otros gases de efecto invernadero (GEI), fundamentalmente provenientes de la quema de combustibles fósiles, de los cambios de uso del suelo (deforestación, agricultura, ganadería), de los residuos y de la actividad industrial. Es el problema socioambiental más grave al que se enfrenta la humanidad y el planeta. Las consecuencias de un incremento de la temperatura media superior a 1,5 ºC serían graves, y por encima de 2 ºC dramáticas, tanto a nivel económico, como social y ambiental, pero con las políticas actuales se prevé un incremento de entre 3,5 y 6 ºC. Si es así, ¿por qué no se toman medidas? ¿Por qué las cumbres del clima de las NN UU no hacen sino retardar la toma de decisiones? ¿Por qué la ciudadanía no toma conciencia real del problema?

Dificultad en la percepción del problema

El clima cambia lentamente en relación a los ritmos de la vida del ser humano. En los últimos 100 años, la temperatura global ha aumentado 0,7 ºC. Este incremento está ya generando efectos perceptibles, pero a escala humana estos cambios son difícilmente percibidos por la mayoría de la población, cada vez más inmersa en el mundo urbano y alejada de la naturaleza, de sus ritmos y de sus necesidades. Además, el clima tiene una inercia que hace que los cambios tarden en producirse, pero este mismo hecho también hará que tarden en detenerse desde el momento en que se reduzcan las emisiones de los gases que los causan.

Por otra parte, los cambios más drásticos se observan en regiones alejadas de la vida de la mayoría de las personas (glaciares, casquetes polares...) con lo que la gente tiende a asociar los efectos del cambio climático sobre los osos polares y especies de su entorno, encontrándose cierta resistencia a asociar los efectos del cambio climático sobre la vida diaria de la mayoría de las personas [1], aunque estos, como los análisis más detallados demuestran, serán cada vez más evidentes.

Resistencia al cambio de modelo socioeconómico

El cambio climático está causado por un modelo de vida basado en el consumo irresponsable de recursos por parte de una minoría de la población mundial. Un consumo desenfrenado que ha sido posible por el acceso a un tipo de fuentes energéticas muy versátiles y concentradas, los combustibles fósiles. Ese consumo ha propiciado una expansión sin precedentes del capitalismo, que más allá de la obtención de la plusvalía de la clase trabajadora, también la ha obtenido de la naturaleza. En efecto, el modelo de vida propuesto no paga los costes sociales ni ambientales de sus acciones, postergando para el futuro de quienes queden las consecuencias de los mismos.

Avanzar hacia una sociedad baja en emisiones significa frenar el proceso productivo y de acumulación capitalista, pero también que las sociedades enriquecidas renuncien a la opulencia y el derroche y que las empobrecidas lo hagan a seguir el modelo de aquellas. Esto es así porque el problema del cambio climático y de la depredación generalizada de los recursos planetarios no tiene una solución fácil, sino que, siendo las causas estructurales, hay que actuar sobre el sistema mismo que lo ha provocado.

El aumento de la población mundial y de los beneficios de la clase capitalista ha sido posible gracias al consumo de la energía versátil y barata obtenida mediante la quema de los combustibles fósiles. Sin este flujo de energía el modelo de consumo desproporcionado de los países industrializados, imitado y envidiado a nivel mundial, sería inviable. Este sistema se ha convertido en el modelo de referencia a nivel mundial, sin aparente posibilidad a corto plazo de que otros modelos tengan cabida en el imaginario colectivo.

Por otra parte, el hecho de que las mujeres, especialmente las que viven en países en desarrollo, y las personas con menos recursos, se enfrenten desproporcionadamente a mayores riesgos en sus vidas y salud a causa del cambio climático [2] tampoco facilita la tarea, estando el modelo dominante marcado por patrones de autoridad, patriarcado y competitividad. Son además estas personas las que menor responsabilidad tienen como causantes del problema y las que menos medios tienen para combatir sus efectos o mitigar sus causas. Sin embargo, son estos sectores, especialmente las mujeres, las que mejor administran los recursos naturales y la seguridad alimentaria y las que han llevado a cabo tradicionalmente las labores de sostenimiento de la vida, de forma cooperativa, por encima de la competitividad o el beneficio personal.

Relaciones de poder geopolítico

El cambio climático exige respuestas globales, responsabilidad compartida y colaboración internacional, conceptos que están muy lejos de la lógica individualista, elitista y competitiva que rige las sociedades neoliberales. Los efectos de esta lógica se dejan ver tanto a nivel interno de las sociedades y países, como a nivel externo en las relaciones de poder internacional.

La mayor parte de los conflictos bélicos en las últimas décadas han estado dirigidos al control estratégico de las reservas de minerales y energía. En las cumbres de cambio climático de las NN UU, las posiciones de los distintos países se ven más condicionadas por el control sobre la economía global que por el respeto al medio ambiente y la sostenibilidad. Se está forjando un nuevo equilibrio de poder mundial entre la potencia hegemónica de las últimas décadas (EE UU) y sus satélites (Japón, Europa...) y los llamados países emergentes liderados por China [3]. En este contexto, aceptar un cambio de modelo hacia una economía verde, supone también aceptar, al menos durante un tiempo, un reequilibrio en las relaciones de dominación internacional, que los países enriquecidos no están dispuestos a asumir.

De igual manera que no están dispuestos a asumir el pago a los países empobrecidos por la responsabilidad derivada de los daños causados por el cambio climático. Las demandas por una justicia climática son contrarias a la lógica de saqueo de los recursos asociada a un modelo colonial que sigue vigente por mucho que se pretenda ocultar, y en el que se basan las tremendas desigualdades actuales.

La devolución de lo que se debe, en forma de ayuda económica y transferencia tecnológica y de conocimientos a los países empobrecidos, para la mitigación y adaptación al cambio climático, proporcional a la responsabilidad contraída por los países contaminantes, supondría renunciar a una parte importante de la plusvalía mundial obtenida por las sociedades más opulentas. Supondría, en definitiva, un golpe a las bases del sistema capitalista mundial y un replanteamiento de temas asociados a deuda externa, deuda histórica y deuda social que los países enriquecidos (y sobre todo sus élites capitalistas) no están dispuestos a asumir.

Dificultad en el reparto de emisiones

Por otro lado, en el caso de que hubiera voluntad real de combatir el problema del cambio climático, determinar un reparto en las emisiones que cada país debe realizar no es tarea fácil.

En 1990, año base para el protocolo de Kioto firmado en 1997, el país más emisor era EE UU, seguido de cerca por la UE, con más de 5 Gt CO2eq [4] por región, y bastante por detrás Rusia y China, con alrededor de 3,5 Gt CO2eq. Se estableció un Anexo I, en el que estaban incluidos los países industrializados y más emisores, con un compromiso de reducción, del que EE UU se retiró en 2001. China quedó fuera por ser un país en desarrollo y con una población superior al resto de las regiones, de forma que las emisiones per cápita eran muy bajas.

Sin embargo, ahora la situación ha cambiado. China se ha convertido en el país más emisor del mundo, con más de 7 Gt CO2eq, mientras que EE UU y Japón se mantienen en los niveles de 1990 y la UE los reduce ligeramente. India también incrementa de forma continua sus emisiones, aunque aún por debajo de las 2 Gt CO2eq [5] (ver figura 1). Y otros países como Brasil y Sudáfrica están en la senda de un crecimiento económico que compite con el de los países hegemónicos. Por ello, estos últimos exigen un acuerdo vinculante para todos los países, que incluya una contabilidad transparente en las emisiones de CO2 y un compromiso de reducción o de limitación de las emisiones, con relativa independencia de su capacidad económica o de su trayectoria histórica.


Figura 1: Evolución de las emisiones de CO2 en varios países Fuente: Comisión Europea, OCDE, BP Statistical Review of World Energy, citado en La Energía en España 2010



¿Pero cuál es el nivel al que se debe limitar las emisiones de cada país? China, aunque es el país más emisor del mundo, tiene unas emisiones per cápita de 5 toneladas al año, casi la cuarta parte que EE UU, y la mitad que Rusia, Japón o Alemania [6]. Imponer emisiones per cápita equitativas supondría una gran limitación para regiones con baja densidad de población, y una ventaja para aquellas con alta densidad de población como Europa, Japón, China o India, difíciles de asumir por países como EE UU, Canadá, Nueva Zelanda o Suecia. También podría orientar políticas destinadas al fomento de la natalidad en las diferentes regiones, lo que incidiría negativamente en la sostenibilidad ambiental.

Por otra parte, las contribuciones históricas acumuladas de emisiones son muy diferentes entre los países industrializados a lo largo del siglo XX –los causantes del problema– y el resto de países. Estados Unidos, con 93 Gt CO2eq, triplica las emisiones históricas de China [7], mientras que Europa occidental, con más de 74 Gt, las duplica con creces. Permitir que los países emergentes igualen las emisiones históricas de EE UU o Europa es un suicidio, pero aquellos, encabezados por Brasil, China, India y Sudáfrica (grupo conocido como BASIC), reclaman responsabilidad histórica y no están dispuestos a limitar sus emisiones si esto perjudica su desarrollo económico.

Aunque en 2009, de cara a la cumbre de Copenhague, China se comprometió a mejorar entre un 40 y un 45% sus emisiones por unidad de PIB, esto significa seguir aumentándolas en términos absolutos [8]. Brasil, por su parte, con la aprobación en diciembre de la nueva ley forestal, contribuirá con la deforestación de 79 millones de hectáreas y la emisión de 29 Gt de CO2 [9], mientras que este y otros países (Ecuador, Indonesia o Costa Rica), reclaman contraprestaciones económicas por preservar sus selvas, mediante mecanismos REDD [10].

Pero además, los mecanismos de cómputo de las emisiones de GEI tendrían que ser revisados, puesto que lo que se mide ahora son las emisiones asociadas a la actividad interna de cada país. Si se realiza el cálculo de las emisiones debidas al consumo de alimentos, agrocarburantes, bienes y materiales las emisiones de cada región probablemente experimentarían grandes variaciones. Estaríamos hablando de equilibrar la huella ecológica de cada habitante del planeta, pero como hemos discutido, existe una gran oposición de la población de los países más consumidores por limitar su nivel de consumo, así como una presión de la población de otros países por incrementarlo sustancialmente.

Impotencia en la actuación

El cambio climático exige una respuesta firme, tanto a escala individual como colectiva. Los cambios a realizar son tan grandes que requieren actuaciones a nivel institucional y mundial. Ante este reto, la mayoría de las personas se sienten impotentes, ya que la acción individual aparece inconexa e ineficiente. Y por otra parte, los sacrificios necesarios parecen tan grandes que pocas personas están dispuestas a asumirlos si no tienen una seguridad de que servirán para algo. Pero es importante darse cuenta de que cada vez son más quienes reclaman soluciones, y de que el cambio solo se dará si la ciudadanía mayoritariamente exige a sus representantes medidas decididas para abordar el problema, al mismo tiempo que se pone manos a la obra para hacerle frente.

El gran reto de la humanidad

El cambio climático no es el único problema grave al que se enfrenta la humanidad. El modelo depredador y antropocéntrico en que vivimos genera problemas adicionales e interrelacionados como la pérdida de biodiversidad (extinción de especies), la disminución de reservas de materiales, la contaminación del agua, del aire y del suelo, o la esquilmación de recursos como bancos pesqueros, bosques primarios o suelos fértiles.

Es necesario un cambio radical de modelo. Poner la vida en el centro y aprender a vivir en equilibrio con la naturaleza, con un menor consumo de recursos naturales, de materiales y energía. Sin embargo, esto supone un ataque a la línea de flotación del sistema económico, del que una minoritaria proporción de personas se ve beneficiada, pero que son, sin embargo, quienes marcan las normas, a través de estructuras de poder y autoridad difíciles de superar en una sociedad que, por otro lado, las sacraliza.