El desafío de conservar los bosques

La mercantilización de los servicios ambientales, como REDD+, no garantizan la conservación de los ecosistemas forestales.

Manuel Ruiz Pérez. Departamento de Ecología-UAM. Revista El Ecologista nº 72.

Las políticas globales sobre conservación de bosques han pasado por tres fases: la planificación sobre bases de datos fiables que potenciase la conservación de bosques y desarrollo de la industria forestal; la mercantilización de los productos forestales más allá de la madera; y la mercantilización de los servicios de los bosques (mecanismo REDD+). Pero hasta ahora no han conseguido su objetivo. Y es que para conservar los bosques se necesita una combinación de acciones a escala local, desde la base, junto a políticas que entiendan que los bosques no son una mercancía sino un ecosistema de importancia fundamental para mantener habitable el planeta.

El valor de los bosques

Bajo el lema Bosques para la gente, la Asamblea General de Naciones Unidas designó 2011 como el Año Internacional de los Bosques. Los territorios forestales comprenden bosques naturales maduros, bosques secundarios en diferentes fases de evolución hacia la madurez, plantaciones forestales (rechazadas como bosque por parte de algunos colectivos sociales) y otros espacios matorralizados cubiertos por vegetación leñosa. El lema Bosques para la gente, con un enfoque utilitarista, pretendía resaltar la estrecha interconexión entre bosques y sociedad humana derivada de la intensa transformación sufrida por los bosques así como de las múltiples funciones que estos desempeñan y de los bienes y servicios que nos ofrecen. Desde el papel y la madera hasta frutos, resinas, fibras y medicinas, nuestra vida cotidiana está rodeada de productos forestales y sus derivados. Cientos de millones de personas hacen una utilización regular y directa del bosque [1], y prácticamente toda la humanidad está en contacto con alguno de sus productos.

Además de este uso directo, los ecosistemas forestales desempeñan funciones ecológicas clave a distintas escalas. Los bosques como ecosistemas maduros constituyen al menos el 70% de la biodiversidad de los continentes, especialmente importante en el caso de los trópicos [2]. Su papel en el ciclo hidrológico, control de erosión y edafogénesis es bien conocido. Igualmente, la relación compleja y no lineal entre bosques y atmósfera a través de la evapotranspiración, fotosíntesis, albedo y emisiones de compuestos químicos y partículas que actúan como núcleos de condensación ejerce una influencia notoria en el clima [3]. La influencia de los enormes depósitos de carbono de los ecosistemas forestales en el cambio climático, identificada hace más de tres décadas [4] [5], ha cobrado creciente interés, habiéndose erigido en la actualidad en el gran icono de la importancia global de los bosques [6].

Una cuestión frecuentemente olvidada es su importancia estética, cultural y religiosa. Estos valores son particularmente relevantes para las poblaciones que viven en, o próximas a, los bosques, cuya exclusión de las políticas de gestión y conservación forestal o de aquellas propuestas de desarrollo que afectan directamente a estos ecosistemas ha creado frecuentes conflictos.

¿Por qué se pierden los bosques?

Antes de analizar la pérdida de los bosques hay que hacer un inventario. Aunque parezca una tarea relativamente sencilla, problemas de definición, metodológicos, políticos y técnicos dificultan una evaluación precisa de la superficie forestal existente [7]. La última Evaluación de los Recursos Forestales Mundiales (ERF) realizada por la FAO [8], organismo encargado por Naciones Unidas para mantener las bases globales de información forestal, estima en algo más de 4.000 millones de hectáreas (ha) la superficie forestal mundial. Diversas estimaciones globales basadas en imágenes satélite habían ofrecido cifras un 25% inferiores a las de la FAO [1]. La reciente evaluación conjunta JRC-FAO [9] basada también en imágenes satélite y que ha actualizado las anteriores ERF indica que los territorios forestales ocupan unos 3.700 millones de ha, cubriendo el 30% de la superficie continental.

Los datos sobre deforestación también están sujetos a esta incertidumbre. El estudio del JRC-FAO sitúa la deforestación entre 1990 y 2005 en 72,9 millones de ha (frente a los 97,4 millones de ha que estimaba la propia FAO en 2010). Si a ello le sumamos los 27,9 millones de ha que la ERF de 2010 señala, obtendríamos una deforestación neta de 100,8 millones de ha en las últimas dos décadas. Más que en la precisión del dato, difícil de evaluar debido a las mencionadas limitaciones metodológicas y técnicas, conviene centrarse en el orden de magnitud y la tendencia, así como en los tipos de ecosistemas que están siendo más amenazados. Seguimos perdiendo espacios forestales a un ritmo superior a 5 millones de ha al año, esta pérdida afecta de un modo particularmente grave a los bosques tropicales, y alcanza su máximo exponente en Sudamérica y África. El balance forestal de Norteamérica y Europa indica una situación estable o con tendencia a un ligero crecimiento, mientras que Asia ofrece una situación heterogénea con países como Indonesia que deforestan y países como China que amplían su cubierta forestal.

El análisis se hace más complejo cuando se trata de diferenciar deforestación de degradación y estudiar tipos de procesos y sus causas directas y subyacentes. Así, la deforestación neta, como balance entre lo que se pierde y lo que se gana, puede ocultar la gravedad del asunto. La ganancia es en buena medida debida a la expansión de plantaciones, a menudo polémicas, que ya suponen el 7% de la superficie forestal mundial, así como de procesos de sucesión ecológica que tienden a recuperar la vegetación natural tras largos períodos que pueden durar muchas décadas. Las pérdidas incluyen todo tipo de sistemas forestales, pero adquieren su máxima gravedad con la desaparición de bosques naturales maduros de alto valor ecológico, que en la actualidad suponen el 36% de la cubierta forestal y cuya pérdida se estima en 40 millones de ha en la última década [8].

Las mencionadas variaciones por grandes regiones y países nos apuntan la segunda consideración: la existencia de una gran diversidad de causas detrás de la deforestación, que tienden a manifestarse en distintas combinaciones e intensidades según regiones [10] [11]. Una visión tópica en los países llamados desarrollados sitúa a la industria maderera en el centro de estos agentes deforestadores. En realidad la industria maderera suele ser más factor de degradación (a veces muy grave) que de deforestación, aunque puede atraer y concentrar población y ser utilizada como caballo de Troya o como paso previo para abrir la vía a otros agentes de deforestación irreversible. La expansión de la frontera agro-ganadera asociada a un aumento de población y a la creciente demanda agro-industrial es el principal motor de la deforestación. La urbanización y otras actuaciones espacialmente más puntuales pero con frecuencia de gran impacto, como las industrias minera y energética, completan el cuadro de causas directas.

Todos estos factores actúan dentro de un marco poco favorable para la conservación, condicionado por una serie de causas indirectas o subyacentes [12] [13]. Estas incluyen la subvaluación sistemática que el mercado hace de los bienes y servicios forestales; las políticas fiscales y de desarrollo que incentivan la pérdida de bosque y el cambio de uso del suelo; y una situación de derecho de uso y tenencia de la tierra en numerosos países tropicales (y otros como Canadá) que con frecuencia enfrenta los derechos tradicionales de comunidades forestales e indígenas con los Estados, propietarios formales de la mayor parte de la superficie forestal del mundo. Por último, no hay que olvidar la creciente e insostenible demanda de recursos naturales y la consiguiente presión sobre los ecosistemas derivadas de un modelo económico que equipara desarrollo a consumir más de 5 toneladas equivalentes de petróleo o más de 200 kg de papel per cápita al año.

Las políticas globales sobre deforestación

Las últimas décadas han visto surgir una conciencia sobre la gravedad de la deforestación, acompañadas por propuestas de políticas globales para hacerle frente, que se pueden resumir en tres grandes fases. La deforestación a gran escala y sus problemas asociados eran ya motivo de preocupación a finales de los años 70, siendo uno de los capítulos del informe Global 2000 preparado a solicitud del presidente de EE UU J. Carter [4] [14]. Como en otros aspectos del informe, el análisis de la deforestación y sus consecuencias acertó en el diagnóstico pero exageró algunas de las tendencias, dando argumento a posturas negacionistas como las de Simon, Kahn y otros autores [15] que participaron en la preparación del contrainforme Global 2000 revised de 1983 [16]. No obstante, ante la gravedad de la situación, la FAO propuso en 1983 un Plan de Acción de los Bosques Tropicales que convergió con una propuesta similar del World Resources Institute (WRI), lanzándose en 1985 un plan internacional (conocido como TFAP por sus siglas en inglés) que contaba con el apoyo del PNUD, el Banco Mundial y la Fundación Rockefeller. Dicho plan hacía énfasis en la planificación, la creación de bases de datos, la elaboración de estrategias nacionales de conservación y manejo forestal, propuestas de áreas protegidas, y actuaciones industriales (especialmente madera).

El TFAP, excesivamente ambicioso, no consiguió los resultados esperados. La deforestación aumentó de hecho, lo que junto a otros problemas en su ejecución dio pie a sendas revisiones de la propia FAO y del WRI [17] que concluyeron con una evaluación poco favorable del mismo. El TFAP desapareció sin haber conseguido sus objetivos. Sin embargo, no fue una labor completamente perdida. Sentó las bases para ampliar espacios naturales protegidos y crear un proceso de monitoreo origen de las actuales Evaluaciones de Recursos Forestales de la FAO y sirvió de plataforma para preparar los Principios Forestales de la Conferencia de Río y la Agenda 21 forestal. En un sentido, la década de los 80 podría caracterizarse como la década de toma de conciencia y elaboración de las primeras perspectivas y bases de datos globales, enraizadas aún en el paradigma de la planificación e industrialización de los recursos del bosque.

Al fracaso del TFAP se sumó la falta de acuerdo para aprobar una Convención Forestal Internacional en la Conferencia de Río. Las propuestas para conservar los bosques cambian de enfoque en los 90. Comienza a comprenderse que para contener la deforestación hay que atacar la raíz estructural de los problemas, lo que lleva a expandir el análisis y las propuestas más allá del ámbito forestal estricto. Se inicia así una nueva fase en la que se redescubre la importancia de los productos forestales no maderables (PFNM) [18]. En consonancia con las nuevas políticas económicas a escala global, se propone el mercado como solución [19] tratando de añadir valor al bosque y sus productos para elevar su coste de oportunidad y evitar su tala. Es la época de la “conservación a través de la comercialización” [20]. La práctica de la conservación sobre el terreno incorpora estas ideas mediante los Proyectos integrados de conservación y desarrollo (PICD). Esta década marca también el inicio de la certificación forestal, desarrollada por el FSC como grupo independiente y externo al sector forestal, y adoptada posteriormente por el propio sector mediante el PEFC y otros esquemas de certificación similares como el SFI de EE UU, menos estrictos que los del FSC.

El intento de añadir valor a los bienes forestales tangibles como estrategia global de conservación de los bosques comienza a mostrar sus límites una década después. A las críticas tempranas basadas en la defensa de grupos específicos como los indígenas [21] se suma una valoración más ecuánime del potencial real de generar ingresos derivados de los PFNM [22], y un cuestionamiento de la capacidad de combinar objetivos de conservación y desarrollo [23].

La constatación de los límites de una estrategia de conservación basada en la comercialización de productos forestales coincide con un interés creciente por los servicios ambientales y otros beneficios intangibles de los bosques. Sobre la base teórica elaborada por Pearce [24] se propone una nueva estrategia de conservación basada en los servicios ambientales de los bosques [25] que marca la tercera fase en la que nos encontramos actualmente. El impulso de la Convención sobre Cambio Climático y los sucesivos informes del IPCC aviva la idea de potenciar el mercado de servicios forestales relacionados con el clima (ver por ejemplo [26]), que se concretan a través de las propuestas de RED (Reducción de Emisiones de la Deforestación), formulada inicialmente por la Coalition for Rainforest Nations encabezada por Costa Rica y Papúa-Nueva Guinea durante la COP11 de Montreal en 2005 [27].

REDD+: ¿una estrategia viable para la conservación de los bosques?

La idea de una compensación por almacenamiento de carbono estaba ya implícita en las primeras propuestas de los años 80 que analizaban el papel de los bosques en el cambio climático [13 y 5]. Los artículos 2 y 3 del Protocolo de Kioto hacen mención específica a este papel en relación a los depósitos y sumideros de carbono de los bosques, la deforestación como parte de las emisiones debidas a cambio de uso del suelo, y la promoción de medidas de aforestación y reforestación. Su aceptación dentro del Mecanismo de Desarrollo Limpio (MDL) se aprueba en la COP7 de Marrakech en 2001.

La incorporación de la deforestación evitada como parte de la lucha contra el cambio climático se produce en la mencionada COP11 de Montreal, y se aprueba en la COP13 de Bali en 2007, estableciéndose el horizonte 2020 para reducir la deforestación a la mitad y 2030 para detenerla completamente [26]. Presentado como un gran triunfo y una excelente oportunidad para potenciar la conservación de los bosques, numerosas ONG, centros de investigación, consultores internacionales y empresas financieras se lanzan a la tarea de evaluar y promover estos mercados. El RED original (D de deforestación) se expande a REDD (D de degradación) y a REDD+ (+ de gestión forestal sostenible). Esta estrategia se basa en dos pilares fundamentales: una estimación elevada de la contribución de la deforestación y degradación forestal a las emisiones de CO2 (la FAO llegó a situar estas en el 25% del total [28]) y una consideración de efectividad de coste por tonelada que deja de emitirse [29].

Al igual que sucedió con iniciativas globales anteriores, REDD+ ha sido también analizado con una perspectiva crítica. Esta incluye las dificultades para establecer la base de partida de superficie forestal y almacén de carbono; el problema de la inseguridad y conflictos en tenencia de la tierra; la desigualdad en la distribución de los posibles beneficios; la corrupción y el débil marco institucional de muchos de los países donde se ha de aplicar; los altos costes de transacción; la posibilidad de fugar (desplazar la presión de deforestación de un territorio a otro) a nivel nacional e internacional; el posible chantaje ambiental; la subestimación de los costes reales de transacción; y la contribución a la creación de una nueva burbuja financiera [30]. A ello se añade una crítica de fondo a las propuestas neoliberales y los mercados de carbono para abordar el problema del cambio climático [31], el rechazo de organizaciones sociales como la Organización de Pueblos Indígenas y el World Rainforest Movement (WRM), e incluso la acusación de promover la deforestación a través de REDD+ contra algunos de los mayores promotores de mercados de carbono como McKinsey [32].

Dos documentos recientes han contribuido a debilitar los dos pilares de la estrategia REDD+. Las estimaciones sobre emisiones debidas a la deforestación en 2010 realizadas por el Global Carbon Project la sitúan en torno al 10% del total [33]. Sin minimizar su importancia, y con las mismas prevenciones que hay que tener hacia las estimaciones globales en las condiciones de alto margen de error de los datos disponibles, estos porcentajes están lejos del techo del 25% presentado por la FAO, y resaltan que el problema de las emisiones globales es debido fundamentalmente al modelo energético. Por otra parte, estimaciones recientes sobre las inversiones necesarias para reducir la deforestación a la mitad [34] las sitúan en 40.000 millones $/año, lejos de los compromisos para cambio climático ofrecidos por los países llamados desarrollados, y más lejos aún de lo actualmente desembolsado, que apenas alcanza el 10% de estos compromisos [35]. Finalmente, las expectativas puestas en la reciente COP17 de Durban, donde se esperaba vincular REDD+ al mercado de carbono (que en todo caso en la actualidad se encuentra bajo mínimos, con unos 7 $/tonelada) como manera de conseguir fondos al margen de las partidas destinas a ayuda al desarrollo no se han visto cumplidas.

La conservación de los bosques: se hace camino al andar

Las tres grandes fases que han caracterizado las políticas globales sobre conservación de bosques –planificación sobre bases de datos fiables que potenciase la conservación de bosques y desarrollo de la industria forestal; mercantilización de los productos forestales mas allá de la madera; y mercantilización de los servicios de los bosques– no han conseguido este objetivo. Si alguien pensó que el Año Internacional de los Bosques iba a significar un paso decisivo para detener su destrucción habría caído en una falsa ilusión. La deforestación ha continuado avanzando, y todo parece indicar que aún será así por algún tiempo.

¿Quiere esto decir que todo lo hecho no ha servido para nada? No parece que sea este el caso. La fase del TFAP permitió cristalizar una conciencia global naciente y sentar las bases para el monitoreo y la colaboración internacional. Las organizaciones de conservación y de desarrollo que trabajan sobre el terreno han aprendido de los límites de la mercantilización de la conservación mediante la promoción del comercio de productos forestales, y están ajustando sus acciones a proyectos más concretos, integrados y participativos. Aún es pronto para saber cómo terminará esta tercera fase, la de la mercantilización de los servicios ambientales, y su último episodio, el de REDD+. Es muy posible que numerosos proyectos de pagos por servicios ambientales forestales (sobre todos hidrológicos y de protección de suelos y biodiversidad) de aplicación local o nacional, financiados por fondos públicos o privados, puedan suponer una contribución significativa, como indican ejemplos como el de Costa Rica.

Pero resulta poco probable que un mecanismo REDD+ vaya a desarrollarse a gran escala. Lo más probable es que las buenas (y algunas no tan buenas) intenciones de los promotores del REDD+ estén destinadas al olvido, como aconteció con el TFAP [36]. Como señaló el propio informe Ullsten, con respecto al TFAP “El procedimiento está impregnado de arrogancia, con expertos extranjeros diciéndole al país lo que es bueno para él en lugar de crear un diálogo conducente a encontrar soluciones”. Una queja similar expresa la Carta Abierta dirigida a la Comunidad Donante Internacional expresando Preocupación acerca de la Desviación de Fondos Existentes para la Conservación de Bosques y Desarrollo hacia proyectos de REDD+ firmada por ONG y organizaciones de pueblos indígenas.

Aunque algunas de las acciones ya realizadas bajo el mismo hayan podido dejar efectos positivos (mejor conocimiento científico y técnico, ayuda a algunas comunidades forestales para reclamar sus derechos…), todo indica que el mercado REDD+ de carbono acabará sucumbiendo a sus absurdos, limitaciones intrínsecas y expectativas hiperinfladas.

Entre tanto, ¿cómo se seguirá actuando para tratar de reducir y eventualmente eliminar la deforestación, recuperando parte de lo perdido? Probablemente mediante una combinación de acciones a escala local, desde la base, junto a una nueva visión y ambición políticas que entiendan que los bosques no son solo, ni principalmente, una mercancía, sino un ecosistema de importancia fundamental para mantener al planeta habitable para nuestra propia especie. En todo caso, lo que es cierto es que la creciente demanda de recursos naturales para alimentar el modelo actual de consumo es incompatible con la conservación de los bosques (y de toda la Biosfera) y no podrá ser mantenida por largo tiempo.

Un gran negocio
“Su Alteza Real dice con razón que nuestros bosques tropicales valen más vivos que muertos. Esto es absolutamente cierto. Dejando de lado el valor inconmensurable de las funciones de conservación de biodiversidad y agua, tenemos delante una casi inconcebible oportunidad de gran negocio, que podemos compartir con las naciones forestales del mundo(…) Con 610 mil millones de toneladas de CO2 almacenadas en nuestros bosques tropicales, tenemos enfrente una inmensa oportunidad de 18 billones de $. (…Es) cada vez más claro que la solución a este problema está no solo en un sistema de libre mercado sino también dentro de nuestro campo de experiencia. Lo que la gente de las naciones forestales precisa es un sistema que valore los servicios confinados en su tierra (…) Los bosques tropicales son fundamentales para la identidad de estos países, que buscan conservarlos aunque luchen contra ellos (…)

Con el capitalismo como centro de NUESTRA identidad, debemos ser audaces para ver el gigantesco panorama, aunque nosotros también luchemos a nuestra manera (…) Para aprovechar esta oportunidad de negocio de 18 billones de $, la valoración de los servicios de nuestros bosques requerirá no solo innovación en los mecanismos de mercado, sino también una cooperación global sin precedentes entre las mentes más brillantes de todas las naciones del mundo. Habrá que crear muchas estructuras y mecanismos, pero debería ser nuestra experiencia quien las defina, y nuestro apetito por estos mercados quien fuerce su apoyo político”.

(Extracto del discurso de Stanley Fink dirigido al príncipe Charles en una cena organizada por este en el Mansion House el 10-9-2008, citado por [37])