Acaparamiento de tierras

La venta de las tierras fértiles de los pueblos africanos los condena al hambre y la miseria.

María José Esteso Poves, periodista, integrante del colectivo editor de Diagonal. Revista El Ecologista nº 73.

La compra de tierras en el continente africano por inversores, transnacionales y países enriquecidos se ha convertido en un negocio boyante. Miles de campesinos han visto como su gobierno vende sus tierras a estos nuevos inversores. Muchas personas y sociedades están perdiendo su soberanía alimentaria a favor de la producción de alimentos y biocombustibles para Occidente.

El acaparamiento de tierras por parte de multinacionales, fondos de inversión y países ricos está condenando al hambre a millones de personas en África. Más de 47 millones de hectáreas de tierras han sido compradas en todo el mundo, según un informe del Banco Mundial (BM) de 2010 [1]. Unos 30 millones corresponden a tierras fértiles de África, aunque este organismo reconoce que la falta de transparencia en las transacciones podría elevar las cifras. Hoy, son ya 227 millones las hectáreas que han cambiado de manos en todo el mundo, la mayoría en África [2]. A esta cifra habría que sumar otras 35 millones de hectáreas acaparadas en 66 países por grandes capitales, documentadas en marzo por Grain [3], organización en defensa de lucha campesina.

El land grabbing o acaparamiento de tierra es la compra o arrendamiento de suelos fértiles en países pobres (empobrecidos) por parte de países ricos (enriquecidos) que cultivan alimentos más allá de sus fronteras para asegurar la soberanía alimentaria de sus ciudadanos y de inversores para especular con los alimentos.

A la cabeza de la compra de tierras en el continente africano se encuentran China, India, Arabia Saudí, Emiratos Árabes, Catar, Corea del Sur, EE UU y Brasil. También Europa: Reino Unido, Alemania, Italia, Francia, Noruega y España. Además, multinacionales y fondos de inversión han encontrado en los alimentos y agrocombustibles un negocio boyante.

La recolonización de África

La compra de tierras no es nueva, pero en los últimos diez años la llamada recolonización de África se ha generalizado. Los gobiernos del África Subsahariana han vendido grandes cantidades de tierras de titularidad estatal o comunal a inversores extranjeros. Esto ha hecho que miles de campesinas y campesinos hayan tenido que desplazarse. El 80% de la población en el continente africano depende de la agricultura familiar.

Mientras, la FAO en su informe El Estado de la Inseguridad Alimentaria en el Mundo [4], de 2010, advertía de que 925 millones de personas en todo el mundo sufren hambre. Cifra a la que hay que sumar 10 millones de personas más, según el llamamiento de febrero de la ONU para paliar la hambruna en la región del Sahel. La causa, según Jossete Sheeran, responsable del programa Mundial de Alimentos: “La sequía devastadora”. Esta es la segunda emergencia alimentaria en menos de siete meses. En junio de 2011, la FAO, solicitó de nuevo ayuda ante la hambruna que sufre el Cuerno de África.

Estos organismos no mencionan la grave incidencia del acaparamiento de tierras en los últimos diez años. El robo de las tierras a campesinas y campesinos impide a estos pueblos, ricos en recursos naturales, alimentarse. Como afirman informes y artículos independientes, la sequía no es el origen del hambre. Rosa Moro, de la Fundación Sur, explica: “La sequía en las zonas desérticas del Cuerno de África es un fenómeno cíclico, aunque no debería ser causa de hambruna, como no lo es en otras zonas desérticas del mundo. La hambruna la causan malas políticas, tanto de los gobernantes de los países afectados como de Occidente” [5].

El registro de las tierras

En África la mayoría de las tierras son comunales o bien son heredadas de padres a hijos a través del derecho consuetudinario, que deriva de la aplicación de la costumbre. Las propiedades no están registradas. Este hecho es aprovechado por los propios gobiernos y las transnacionales para apropiarse de los terrenos. Además, en las zonas rurales la mayoría de la población es analfabeta. La activista de Uganda, Janet Mary Akiteng [6] está movilizando a los campesinos para que registren sus propiedades y denuncia que: “El Gobierno de Uganda está vendiendo las tierras a las multinacionales. Entonces las familias de campesinos se ven obligadas a desplazarse y son expulsados a los suburbios de las ciudades. Los que permanecen en las zonas rurales están condenados a vivir en los márgenes de los latifundios, en los bosques y montañas en tierras no cultivables y se convierten en mano de obra barata de esas empresas en los terrenos que antes les pertenecían a ellos”.

La incidencia del robo de tierras está acabando incluso con los mercados locales. El intercambio desaparece, porque los campesinos ya no producen alimentos, parte de los cuales iban al mercado del pueblo. Además, son las mujeres las que tienen un papel relevante en esta lucha, porque son ellas las que trabajan la tierra con sus manos y con la ayuda de los niños. Según la activista ugandesa: “las mujeres presionan a sus maridos para que registren las propiedades [...] Ellas saben que si les quitan la tierra no podrán comer”.

Cambio de discurso

Entre los años ‘80 y ‘90, había consenso en los organismos internacionales en que África tenía alimentos suficientes para alimentar a su población y que el hambre era consecuencia de la desigualdad social, según explica el activista e investigador Walden Bello [7]. Tras la descolonización, a partir de los ‘60 y ‘70, los gobiernos africanos veían en la agricultura la vía del desarrollo, incluso eran apoyados por el BM y otras agencias de desarrollo. Pero el giro impuesto por el BM y FMI llevó a unas políticas de ajuste estructural, igual que en México o Filipinas, que arrastraron a la agricultura africana a un modelo neoliberal. El discurso cambió.

El viraje del BM fue debido a la primera crisis del petróleo a principios de los ‘70 y en 1980 el BM implanta su plan: el informe Berg, que daba un giro ultraliberal a las políticas agrarias en África. El documento echa la culpa a los gobiernos de no conseguir mejores resultados e inicia un cambio en el marco de las Políticas de Ajuste Estructural. Desde el BM y FMI se ha impulsado la agroindustria, los monocultivos y la eliminación de apoyo de los gobiernos a su agricultura. Políticas neoliberales con la promesa de desarrollo y bajo la amenaza de la deuda externa. Sin embargo, hasta los ‘70 África, no sólo era autosuficiente, sino que exportaba alimentos, una media de 1,3 millones de toneladas anuales. Hoy África importa el 25% de los alimentos que consume. Y la soberanía alimentaria se está perdiendo.

Subida del precio de alimentos

Además, entre 2006 y 2008, con la subida de los precios de los alimentos básicos la situación se ha agravado. Cuando estalla la burbuja inmobiliaria, hacia 2007, los grandes capitales trasladan la especulación a un bien seguro, los alimentos. Los especuladores compran las materias primas en los mercados de futuro y se apuesta por la subida del precio de los alimentos. Esto sorprende a los países africanos que ya habían desviado gran cantidad de alimentos a la producción de agrocombustibles y habían disminuido sus reservas de trigo, arroz, cebada, maíz y soja. En 2008 la subida del arroz, el trigo y los aceites vegetales hizo aumentar también la importación de alimentos en los países empobrecidos. La ONU reconoció que el precio de la cesta básica se había triplicado. Más de 30 países sufrieron revueltas debido a la subida del precio de los alimentos básicos.

Pero el modelo económico no ha cambiado. La FAO incide en la falta de alimentos en su informe de septiembre de 2009. En ese documento advierte que de los 6.700 millones de habitantes del planeta entonces, se alcanzarán los 9.100 millones en 2050. Para alimentar a esa población, aseguró que la producción de alimentos debía elevarse al 70%.

La excusa de la falta de alimentos

Este impulso a la carrera de la producción justifica el acaparamiento de tierras, según organizaciones campesinas e investigadores independientes. Para Gustavo Duch, activista experto en soberanía alimentaria, el argumento sobre la falta de alimentos es: “igual de cierto que el mundo es plano” [8]. Se trata –argumenta Duch– de “un mito antiguo, que se repite para agrandar los negocios de la agricultura intensiva y de exportación. La mitad de los cereales que produce el planeta se los comen los coches y se llevan a cabo políticas para favorecer los Organismos Genéticamente Modificados (OGM) también con la excusa del hambre [...] y ahora el cuento de poner tierras en manos extranjeras para rentabilizarlas al máximo”.

Tierras fértiles para agrocombustibles

Por si esto fuera poco, las tierras africanas también se dedican a la producción de agrocombustibles para mantener la flota de vehículos en Occidente, ante el agotamiento del petróleo barato. En las tierras robadas a los campesinos africanos se cultivan caña de azúcar, maíz, sorgo dulce, cassava (raíz comestible) para a producir etanol y, por otro lado, la palma aceitera, castor (planta africana) y jatrofa (arbusto no comestible) para producir biodiesel. Según datos del Food Policy Research Institute [9] entre 2006 y 2010 más de cinco millones de hectáreas se destinaron a los agrocombustibles. En todo el mundo se calcula que son más 19 millones de hectáreas. Grain [10] ha publicado en marzo que existen en la actualidad alrededor de 90 proyectos en 20 países africanos, financiados por 55 empresas, para producir agrocombustible. Esta organización ya denunció en 2007 que en 15 países africanos, los llamados la OPEP Verde, se estaban destinando millones de hectáreas al cultivo de agrocombustibles y detrás de los negocios estaban Europa, Japón, EE UU, Brasil y China.

Organizaciones campesinas denuncian también que la UE impulsa estas políticas de acaparamiento. La legislación europea desde 2011 obliga a aumentar el uso de combustibles con, supuestamente, bajo contenido de CO2: bioetanol para la gasolina y biodiesel para el gasóleo.

Tierras baldías, bosques y mercados de carbono

Otra de las excusas con la que se justifica la compra de tierras es que son terrenos que “no están aprovechados” o “tierras baldías”. Sobre estos argumentos Duch, explica que la afirmación oficial de que son tierras “inhabitadas” no es cierta, son bosques y campos que “ofrecen frutos, leña y caza para muchas poblaciones. Tierras que son pequeños huertos, pastos comunales para el ganado local que están perdiendo esas funciones”.

Por otra parte, la calificación de bosques por parte de la FAO, incluyendo como tales “todas las plantaciones establecidas para fines forestales”, es denunciada también por los grupos campesinos. Ya que esto justifica la extensión de monocultivos, talar bosques para llevar a cabo otras plantaciones rentables y el acaparamiento de tierras para la producción de maderas para la exportación.

Los bosques y también las tierras africanas representan un gran negocio para ampliar los llamados mercados de carbono. Estados y multinacionales ven así la manera de jugar con las emisiones de carbono, comprar derechos y seguir contaminando, mediante la inclusión de los bosques como sumideros de carbono con el programa REDD y REDDplus [11].

Otra consecuencia del acaparamiento de tierras es no solo la pérdida de soberanía alimentaria sino también el daño genético a las semillas y la pérdida biodiversidad. Los monocultivos emplean semillas mejoradas y transgénicas, provocando la pérdida de semillas autóctonas. Además, esos cultivos utilizan gran cantidad de pesticidas y fertilizantes que contaminan la tierra y el agua. La multinacional Monsanto vende paquetes de semillas transgénicas a los gobiernos africanos, que son repartidas a los campesinos afirmando que resisten la sequía.

Acaparamiento por países

Mozambique, donde la tierra es comunal, dedica una quinta parte de su territorio a agrocombustibles a través de una multinacional petrolera de Brasil, Petrobras, y también la española Infinita Renovables, filial de Isolux-Corsan [12], entre otras. Angola destina más de 500.000 hectáreas a palma, caña de azúcar, girasol y soja para biocombustibles; en Camerún la empresa Socapalm propiedad de la francesa Bolleré ha arrendado por 60 años 58.000 hectáreas para aceite de palma; en la República Democrática del Congo, la compañía china ZTE cultivará un millón de hectáreas de palma de aceite; y en Etiopía, donde el Gobierno reserva un 1,6 millones de hectáreas para agrocombustibles, sólo en 2009 se concedieron 8.000 licencias para estos cultivos.

En cuanto a la producción alimentos destinados a la exportación, el caso de Senegal es significativo. Su expresidente Adoulaye Wade es uno de los que más tierras ha vendido en el continente africano. Por otro lado, China, India y las petromonarquías del Golfo, son los Estados que más terrenos fértiles han adquirido. China, socio preferente en África (que ha llevado a cabo cientos de infraestructuras) ha adquirido a través Beidahuang Group –conglomerado de empresas de ganado, semillas, cultivos y agrocombustibles– [13] millones de hectáreas de tierras. Por su parte, Arabia Saudí ha comprado en el valle del río Senegal más de 120.000 hectáreas, para producir un billón de toneladas de arroz destinadas a sus ciudadanos. India es omnipresente en África: según The Economist Times, más de 80 compañías indias han invertido en cultivos en Kenia, Etiopía, Madagascar, Senegal y Mozambique destinados al mercado hindú. El listado de países y proyectos es largo.

Al mismo tiempo, para tratar de legalizar este inmenso emporio se han creado los Principios de Inversión Agrícola Responsable (PIAR), propuestos por Japón, el BM y las multinacionales, unas laxas reglas de juego que no son obligatorios ni vinculantes. Organizaciones campesinas se niegan a aceptar los PIAR porque aseguran que supone aceptar el robo de sus tierras.

Pero el acaparamiento de tierras va más allá. Está afectando a países de Latinoamérica (Argentina y Brasil) [14], Asia e incluso, en menor medida, a algunos Estados europeos como Polonia o Rumania. Un esquema similar se aplica a la pesca (Somalia), a la minería en África y Latinoamérica, etc.

Más de 500 organizaciones campesinas, entre ellas Vía Campesina (que aglutina a 149 grupos de 69 países) piden acabar con el acaparamiento de tierras.