Universidad, Plan Bolonia y sostenibilidad

En estos momentos de ataque y derribo de lo público, donde la educación está siendo especial protagonista de recortes y privatización, debemos echar una mirada también a lo que está ocurriendo en la universidad.

Nerea Ramírez Piris, Ecologistas en Acción. Revista El Ecologista nº 73.

¿Qué esta sucediendo en ese lugar para la reflexión y el cultivo del conocimiento, de la razón y de la diversidad de enfoques y materias para intentar entender la realidad? Para responder a esta pregunta bien podríamos leer alguno de tantos buenos artículos, ensayos y hasta libros que desde hace ya casi una década vienen aportando para el debate los llamados “antibolonia” y de los que a continuación daremos algunas pinceladas.

Pero tras esta pregunta, desde el área de educación de Ecologistas en Acción, empeñada en mirar las cosas con las gafas de la sostenibilidad, nos hicimos otra: ¿cómo puede influir lo que está ocurriendo en la universidad en la conservación de nuestro planeta?

Porque en la Universidad —aunque no solo—, se forman muchas de las personas que tendrán que enfrentarse a la crisis ecológica: uno de los mayores retos a los que habrá de hacer frente la humanidad. Interiorizar, en los distintos ámbitos de la Universidad, la sostenibilidad para que los universitarios y universitarias comprendan que ésta debe ser la perspectiva central en su futuro profesional. En este sentido, el marco o el discurso que defina y que dirija la universidad europea de las próximas décadas, definido en sucesivos documentos europeos desde la Declaración de Bolonia, condicionará sin duda la índole, naturaleza o profundidad de la preparación de los y las tituladas en cuestiones referentes a la sostenibilidad.

Las críticas a Bolonia

Si se tuviera que fijar un momento de inicio para las movilizaciones antibolonia este podría ser la publicación del Informe Universidad 2000 o Informe Bricall, que apareció tras la Declaración de Bolonia en 1999 y que sentaba las bases de la creación del llamado Espacio Europeo de Educación Superior (EEES) [1]. A partir de este documento, el movimiento estudiantil definió el espíritu de la reforma como un proceso de mercantilización de la Universidad [2], donde el mercado dicta las normas, pasándose de una universidad de masas a una universidad-empresa [3]. La retórica del aprendizaje, a lo largo de toda la vida, es considerada por los antibolonia como una respuesta a la necesidad de adaptarse a un mercado de trabajo continuamente cambiante, sin importar las consecuencias que esto tiene para las personas. La investigación queda subordinada a las necesidades que dicta la economía; la innovación se plantea como la difusión económicamente rentable de los conocimientos y se plantea un modelo de financiación mixto que obliga a los centros a resultar atractivos para los inversores, con vistas a ocupar los puestos más elevados en el ranking mundial de las universidades.

El discurso antiecológico de Bolonia

Sabemos, por experiencia, que esto de la mercantilización, del valor de las cosas para el mercado y para las empresas, no suele pintar nada bien para la naturaleza. Las críticas al plan Bolonia nos daban que pensar y tras el análisis de los documentos que le dan forma con la mirada de la sostenibilidad, pudimos comprobar que no íbamos mal encaminadas.

La economía europea pasa a ser considerada en estos documentos como la nueva economía del conocimiento, basada en la innovación, el desarrollo tecnológico y la competitividad, y en este contexto, los problemas ambientales o la crisis ecológica pasan totalmente inadvertidos para el EEES. El desarrollo sostenible se menciona, pero siempre bajo la comodidad que ese concepto permite: aclarando seguidamente que el propio conocimiento (no se habla de cuáles) y la tecnología servirán para resolver los problemas ambientales. También a veces para provocarlos, pero eso nunca se menciona.

Es curioso comprobar que se habla continuamente del papel social que deben tener las universidades, pero nunca se dice nada sobre las necesidades de la sociedad, de las personas, de la vida cotidiana o del territorio. Por el contrario, solo se mencionan necesidades del mercado.

Se plantea que el “crecimiento de la sociedad del conocimiento” depende de la producción de nuevos conocimientos, su transmisión, divulgación y empleo por medio de nuevos procedimientos industriales y servicios, ignorando que el crecimiento de la sociedad, basada en el conocimiento o en otro hecho, sigue dependiendo también de los recursos del planeta, evidenciando una vez más el profundo divorcio que existe entre los sistemas ecológicos y la idea usual de crecimiento económico.

Nunca se plantean posibles problemas o efectos negativos de este sistema económico basado en el conocimiento, puesto que se trata al conocimiento o a la información como entes inocuos, independientemente de los temas en los que se centren o del uso que se vaya a hacer de ellos.

La Universidad también se plantea como un lugar desde donde dar respuesta a las necesidades y demandas del entorno local, pero nunca se menciona cuales son estas necesidades. El tipo de empresas que se ponen siempre como ejemplos para su implantación en el entorno (biotecnológicas, farmacéuticas o tecnológicas en general) deja entrever que la aportación de la Universidad a su entorno local puede venir por la atracción de dinero y empleo altamente cualificado, pero no tanto para dar una respuesta real a los problemas del entorno.

El vínculo entre economía del conocimiento, crecimiento y desarrollo aparece en todo el discurso del EEES y, con él, la relación entre ciencia, investigación y tecnología con bienestar y progreso. Esta relación nunca se cuestiona, por ello, nunca se habla de mantener el principio de precaución en el desarrollo tecnológico, en la aplicación de los resultados de las investigaciones, o en la elección de cuáles son las cosas que debemos conocer o sobre las que investigar para contribuir a un mundo sostenible y justo para todas las personas. Esta falta de precaución y cautela se ve intensificada por el enfoque cortoplacista necesario para dar respuesta a las demandas del mercado laboral, que pueden influir hasta en la oferta de titulaciones, pudiendo ocurrir que se primen aquellas más necesarias en un determinado momento sobre otras menos “rentables” para el mercado, pero también necesarias. La Estrategia Española Universidad 2015 llega a definir el conocimiento como un capital, pero en el que es necesario identificar en cada momento lo que tiene valor para el mercado para centrar en eso la investigación. Este dar respuesta a las demandas del mercado puede suponer la pérdida de titulaciones, competencias o investigaciones, que tengan poco que ofrecer a las empresas, pero mucho que procurar a las necesidades de las personas y del planeta. Si el mercado laboral no busca personas formadas en los fundamentos de la sostenibilidad, pocos estudiantes podrán formarse o investigar en esto.

Una universidad para la vida

Tras esto, nos preguntamos cómo podría ser una universidad enfocada a la promoción del conocimiento orientado a los problemas de la sociedad y a las verdaderas necesidades para la vida.. Pueden servirnos de inspiración algunas universidades rurales o indígenas. En ellas, luchan por mantener vivos sus pueblos y por la construcción de otros modelos de desarrollo. Entre los estudios que imparten suele haber poca oferta pero, siempre aparecen titulaciones relacionadas con la gestión del territorio, el mantenimiento de la biodiversidad o el gobierno de municipios y territorios. Pensamos que la generación de conocimiento junto a los protagonistas de la vida cotidiana, la transferencia de las investigaciones dentro de la propia comunidad y no solo a través de empresas y patentes, la búsqueda de alianzas con otras estructuras diferentes a las empresas para la aplicación de las investigaciones y la generación de empleo, la reducción de la escala a un ámbito más local, una mayor atención a los problemas sociales y ambientales y menor a la competitividad y la excelencia, junto a enfoques a largo plazo, pueden ser algunas de las directrices que inspiren y dirijan a la Universidad europea del siglo XXI y a su política de responsabilidad social hacia la sostenibilidad.