¿Qué nos deja Río+20?

La Cumbre de los Pueblos planteó alternativas justas y sostenibles, frente al fracaso de la reunión oficial.

Grupo de trabajo sobre Río+20 de Ecologistas en Acción. Revista El Ecologista nº 74.

Las movilizaciones contra el capitalismo verde en Río de Janeiro, que aglutinaron a un amplio abanico de movimientos de resistencia, ganaron la disputa política a la cumbre oficial, la cita tal vez más inútil de la historia de Naciones Unidas, que fue valorada casi unánimemente como un gran fracaso.

“Una importante victoria del multilateralismo tras meses de negociaciones”. Así ha definido el Secretario General de Naciones Unidas, Ban Ki-moon, la conferencia de Río+20 [1]. Estas declaraciones venían a corregir su desliz de sinceridad de días atrás cuando expresó su decepción ante la falta de ambición de un documento, que llegó cerrado a la inauguración de la Conferencia. Los jefes de Estado que acudieron, entre sonadas ausencias como las de Obama, Cameron o Merkel, no debatieron, y se limitaron a firmar y a hacerse la foto con la anfitriona, Dilma Roussef. Brasil ha visto reforzada su posición internacional como potencia geopolítica y ha quedado como un malabarista de diplomacia vacua, imponiendo un texto que todos firman y a nadie convence [2].

El futuro que no queremos

Indicativo del fracaso del encuentro es que entre los logros más destacables para Ban Ki-moon está el haber conseguido que los países corroboren el compromiso (teórico) adquirido en Río 92 con el Desarrollo Sostenible y que esto se materialice a futuro en unos vacíos Objetivos del Desarrollo Sostenible (ODS). Durante los meses anteriores se vivió un ataque sin precedentes a los derechos humanos básicos y al legado de Río 92 [3]. Al final estos elementos fueron en cierto modo devueltos al texto, y de ahí la pírrica satisfacción de Ki-moon. Como dando patadas a un balón embarrado que no quieren coger con las manos, los jefes de Gobierno han adoptado la mecánica de ir aprobando de cumbre en cumbre objetivos de ambicioso título sin mirar hacia atrás. Porque los futuribles ODS se plantean como una suerte de relevo de los Objetivos de Desarrollo del Milenio (ODM) –en los que, sobra decirlo, apenas se ha avanzado–, que empezarían a definirse a partir de 2013 y se implementarían desde 2015. No hay por el momento obligaciones, concreción de compromisos, financiación de los países…

De donde sí se espera financiación es del sector privado, para cuya inversión se pide en el texto a los Gobiernos la creación de “entornos propicios”. La vía para hacer efectivo a futuro el mandato de NN UU pasa indefectiblemente por las alianzas público-privadas. Con el escenario de la crisis, los Estados serán cada vez menos los encargados de financiar los acuerdos políticos globales, y es el sector privado el que está llamado a “financiar” cualquier emprendimiento [4].

Es decepcionante y también ilustrativo del fracaso que NN UU ponga en valor como otro de los principales resultados los cerca de 700 compromisos voluntarios ofrecidos por Gobiernos, sector privado, ONG.. [5]

Muy poca cosa se pueden encontrar en el documento final, irónicamente titulado en un probable error de cálculo “El futuro que queremos” [6]. No se logró un llamamiento a eliminar los subsidios a los combustibles fósiles. Tampoco prosperó una propuesta para proteger la biodiversidad en alta mar, minada muy posiblemente por intereses de las empresas farmacéuticas y petrolíferas. Incluso El Vaticano logró diluir el texto y rechazar la alusión a los derechos reproductivos de la mujer. Queda quizás el reconocimiento al concepto madre Tierra y a sus derechos, o el reconocimiento de los sistemas campesinos tradicionales de suministro de semillas [7] como algunas de las pocas notas de color del documento final.

En definitiva, tras meses de arduas negociaciones, la participación de 193 Gobiernos, un gasto de 150 millones de dólares, y la asistencia de 45.000 personas, el fracaso estrepitoso obtenido conduce a la pregunta obligada de qué papel juega hoy día el espacio de Naciones Unidas, a quién sirve y qué capacidad transformadora tiene.

Crecimiento económico y economía verde

Aunque el texto de Río+20 hubiera incluido alguno de los elementos mencionados habría sido igualmente incapaz de guiar el cambio necesario. En Río 92, la lectura que se hizo ya era equivocada, al pensar que para alcanzar la sostenibilidad ambiental y la equidad social hacía falta más crecimiento económico. El texto aprobado este año en Brasil vuelve a estar atravesado de continuos llamamientos a perseguir un “crecimiento económico sostenido”, sin ninguna referencia ni consideración por los límites planetarios o la capacidad de carga de los ecosistemas. Veinte años después seguimos contemplando el crecimiento económico como solución y no como causa estructural, truncando así de nuevo cualquier posibilidad de cambio real. Los líderes reunidos en Río no han tenido el coraje de decirle a la ciudadanía que esta carrera alocada hacia delante nos lleva al abismo o, en palabras de Leonardo Boff, al “geocidio” [8].

La economía verde, que estaba llamada a ser la protagonista en Río+20, continúa basándose en el crecimiento económico, producido ahora sobre el denominado “capital natural” [9]. Se trata de un (imposible) capitalismo verde que se disfraza de amable. Sus defensores aducen que al integrar estos bienes naturales (recursos) y las funciones (servicios) de los ecosistemas en nuevos mercados ambientales, se otorga la correcta señal a la economía para su conservación. Pero este razonamiento reduccionista esconde una lógica perversa, según la cual primero se destruye y se crea escasez, que luego es gestionada con suculentos dividendos. Se trata de un asalto en toda regla a los bienes comunes por parte las grandes corporaciones, que tendrá como siempre efectos más agudos sobre los más empobrecidos y vulnerables, y que tienen su precedente en los mercados de carbono o en los programas REDD, que no han servido para solucionar los problemas ambientales ni para cambiar los patrones de producción y consumo y sí para que las empresas ganen mucho dinero [10]. Se vislumbra además la posibilidad de conversión de estos bienes en activos financieros, lo que supondría balón de oxígeno para el proceso de acumulación de capital en los mercados financieros una vez agotadas otras burbujas como la inmobiliaria.

Además la economía verde se plantea como la puerta de entrada a todo un elenco de soluciones tecnológicas que nos presentan las grandes empresas cual varita mágica, para evitar cambiar de modelo y supuestamente solventar los grandes problemas ambientales de los que son en gran medida responsables. Sin embargo, estas apuestas de la tecno-ciencia, entre las que cabe destacar la geoingeniería [11] o la bioeconomía [12], pueden acarrear más y mayores consecuencias socioambientales.

Sin embargo, la economía verde no ha salido tan fortalecida en Río como se esperaba, para decepción tanto de empresas y países industrializados como de ambientalistas de mercado. Aunque el concepto está muy presente en el texto final, la interpretación de lo que significa queda al libre albedrío de cada país que lo podrá definir soberanamente. Los países del G77 habían rechazado una interpretación abiertamente mercantilista del término, huyendo del tufo a ajustes estructurales del pasado.

Espejismo participativo

En contraste con la imagen de éxito para la galería comandada por Brasil y NN UU, el texto ha sido criticado duramente por toda la sociedad civil, incluidas casi todas las ONG [13] que han seguido de cerca el proceso oficial. El representante del Grupo de ONG fue muy claro el último día de la conferencia en la valoración del acuerdo [14], rechazándolo de plano y pidiendo que se borre del documento la frase donde se afirma que este se aprueba “con plena participación de la sociedad civil”, habida cuenta de que sus propuestas fueron totalmente ignoradas. Un buen número de organizaciones abandonó literalmente el espacio de negociación oficial el segundo día de la Conferencia en protesta por la incapacidad de los Gobiernos para sentar las bases del cambio necesario. El portavoz de Greenpeace Internacional definió el texto como “la nota de suicidio más larga de la historia” [15].

Desde el Gobierno brasileño se intentó proyectar una imagen de participación que chocaba con la realidad. Uno de estos espejismos fueron los Diálogos del Desarrollo Sostenible [16], una suerte de espacio mixto (expertos, sociedad civil, comunidad científica...) para pensar soluciones en torno al desarrollo sostenible bajo el alentador incentivo de que las más apoyadas se le plantearían directamente a los jefes de Gobierno. La solución que recibió más apoyos, gestionados a través de las redes sociales, fue la eliminación de los subsidios a los combustibles fósiles, que sin embargo como hemos visto fue ignorada de plano.

Ban Ki-moon recibió, además, el último día de la conferencia a una delegación de la Cumbre de los Pueblos. Su única referencia posterior al respecto ha sido para testimoniar que, efectivamente, los recibió. Por lo demás, NN UU y Gobiernos han esquivado en sus declaraciones oficiales este espacio paralelo, que aglutinó al grueso de los movimientos sociales y de resistencias del mundo, como si no hubiera existido, a pesar de su magnitud, legitimidad, horizontalidad, representatividad, etc. Quizás el fracaso de Río+20 tenga sin embargo algo que ver con ese descrédito de la sociedad y la falta de representatividad de los Gobiernos.

Poder corporativo y NN UU

A quien sí escuchan tanto NN UU como los Gobiernos es claramente a las empresas transnacionales, que celebraron su propio Foro de la Sostenibilidad de las Corporaciones [17] y desarrollaron todo un trabajo de presión política hacia los Gobiernos para perseguir su objetivo: privatizar y comercializar áreas, recursos y servicios de la naturaleza que de momento no están bajo las normas del mercado.

En el proceso hacia Río+20 más de 400 organizaciones de todo el mundo han firmado una petición para pedir el fin de la cooptación corporativa de las NN UU [18]. Son cada vez más conocidos los casos de asociaciones entre organismos de NN UU y empresas. Estas acaban financiando muchos programas y han ganado un acceso privilegiado a importantes espacios de decisión, creando dependencia económica y convirtiendo a las políticas públicas en rehenes de sus intereses [19].

La Cumbre de los Pueblos estuvo atravesada en sus mensajes de una denuncia continua y abierta al papel jugado por las transnacionales y su responsabilidad en el mundo desigual y degradado que tenemos hoy. En este foro se lanzó la campaña global ¡Desmantelemos el poder corporativo y frenemos la impunidad! [20] que, bebiendo de la experiencia de los Tribunales de los Pueblos, pretende sentar las bases para avanzar hacia un marco normativo y jurídico que limite el poder de las transnacionales y les haga responsables de sus actos.

Con el telón de fondo de esta crítica, y el de la debilidad para conseguir un texto con sustancia, lo cierto es que nunca antes las Naciones Unidas habían sido un espacio tan débil y cuestionado.

Cumbre de los Pueblos: nace un nuevo ciclo de lucha

A 80 km de distancia de la Conferencia oficial se desarrollaba la Cumbre de los Pueblos por la Justicia Social y Ambiental. Pero la distancia parecía infinitamente mayor a juzgar por esa obstinación de los líderes mundiales en no sentirse aludidos por nada de lo que allí se decía y proponía. A pesar de la indiferencia aparente, no pudo pasar desapercibida la mayor movilización social de la historia de Brasil tras la dictadura. Toda una batería de acciones de calle multitudinarias fueron la nota vistosa y colorida que anunciaba lo que bullía por debajo [21]. Fueron muchas, pero la demostración incontestable de la dimensión que tuvo la Cumbre de los Pueblos tomó cuerpo en las 80.000 personas que salieron a la calle en Río de Janeiro el 20 de junio, convocado internacionalmente como Día de Acción Global.

El proceso de construcción de la Cumbre de los Pueblos y que aglutinó al conjunto de los movimientos populares brasileños, fue interesante y fructífero, aunque también complejo y no exento de complicaciones. Un grupo de articulación internacional hizo las veces de nexo participativo con los movimientos de fuera de Brasil. Y el proceso dentro del país por su parte logró tejer alianzas muy amplias e interesantes, que quizás alumbran el camino que se debe seguir para lograr movilizaciones sociales masivas. El movimiento feminista –con la Marcha Mundial de las Mujeres jugando un papel destacado–, el sector sindical encabezado por la CUT (la gran central brasileña), el movimiento campesino (MST) y de la agricultura familiar, el movimiento indígena, el movimiento negro, las organizaciones ecologistas, el movimiento por el derecho a la ciudad (en defensa de los pobladores de la favelas), los grupos de juventud, los grupos religiosos –muy fuertes en Brasil–, las ONG de diferentes tendencias, etc. lograron hablar con una sola voz, particularmente crítica con el Gobierno brasileño y el Partido de los Trabajadores.

Uno de los aspectos más reseñables de esta Cumbre de los Pueblos, esencialmente latinoamericana, ha sido que ha supuesto un salto cualitativo en el aspecto metodológico. Queriendo huir del agotado modelo de los Foros Sociales, que acaban en buena medida siendo una colección de luchas aisladas que no se escuchan entre sí, esta Cumbre ha ensayado, con relativo éxito, un formato en el que los resultados de las más de 900 actividades autogestionadas debían confluir en Plenarias de Convergencia articuladas en 5 ejes [22]. El objetivo era obtener un discurso coherente e hilado, y mostrar las resistencias que allí se testimoniaban como acumulado histórico sobre el que crecer con una agenda común de lucha para el futuro. Una narrativa que queda reflejada tanto en los documentos fruto de las Plenarias y Asambleas como en una declaración final [23] que es abiertamente anticapitalista, antipatriarcal, antirracista y antihomofóbica, que urge a detener la mercantilización de la vida y a defender los bienes comunes, y que aboga por la justicia social y ambiental como máximas de un nuevo paradigma de sociedad.

Un modelo nuevo de coordinación internacional que en definitiva debe ir perfeccionándose, pero que claramente marca el nacimiento de una nueva etapa en las resistencias.