La ciudad de Detroit como metáfora

Colapso, transición y agricultura urbana.

José Luis Fernández de Casadevante, miembro de Garúa Soc. Coop. Mad. y responsable de Huertos Urbanos de la Federación Regional de Asociaciones Vecinales de Madrid. Revista El Ecologista nº 75.

Las ciudades son fruto de un espacio y un tiempo particulares, están dotadas de una singularidad propia que convierte en irrepetible e inexportable a otras geografías la mayoría de lo que sucede en sus calles. El colapso socioeconómico y urbanístico en el que se encuentra inmersa la ciudad de Detroit desde hace unas décadas, así como las alternativas que están brotando entre sus ruinas, no son una anticipación generalizable del futuro, pero haríamos mal en despreciarlo como un acontecimiento anecdótico que nada tiene que ver con nuestra realidad.

Lo sucedido en Detroit no ofrece respuestas universales a la fragilidad de los ecosistemas urbanos ante factores altamente desestabilizadores como el pico del petróleo, el cambio climático o las consecuencias territoriales de la crisis socioeconómica (hiperespecialización productiva, segregación espacial, deterioro de servicios públicos, exclusión social, cambios demográficos…), pero sin embargo puede devenir en una metáfora que siembre dudas, estimule preguntas e inspire nuevas prácticas sociales.

De los coches al bulldozer y el tractor comunitario

La ciudad de Detroit es mundialmente conocida por haber acogido durante las primeras décadas del siglo XX la mayor industria automovilística del mundo. Una metrópolis próspera cuya economía se sustentaba en las cadenas de montaje de Ford, General Motors y Chrysler, que eran las principales fuentes de empleo en una ciudad hiperespecializada productivamente.

La ilusión de este sueño americano comenzó a resquebrajarse en los años 60, al calor del movimiento por los derechos civiles que planteaba como buena parte de su prosperidad se había cimentado sobre el racismo. La población negra denunciaba la segregación residencial, la discriminación habitacional y laboral, los abusos policiales… un malestar que desembocó en los graves disturbios de 1967. Una insurrección que terminó con la intervención del ejército, dejando 43 muertos y cuantiosos daños económicos en la ciudad.

Este suceso aceleró exponencialmente el proceso de huida a los suburbios que la población blanca venía desarrollando desde los años 50. Una retirada que implicaba no tributar en Detroit los impuestos a la propiedad, que en EE UU sufragan buena parte de los servicios sociales. Esta dinámica coincide con la crisis del petróleo de 1973, la crisis de la industria automovilística y una nueva división internacional del trabajo, que provocan una progresiva deslocalización de la actividad industrial de la ciudad, en busca de emplazamientos más favorables y con mejor accesibilidad a las nuevas redes de transporte [1].

Estos dos procesos provocan una mutación radical en la composición de la ciudad, que pasa de tener más de millón y medio de habitantes en 1960 a 713.000 en 2010, perdiendo en estas décadas más de la mitad de su población. Además durante ese mismo periodo se pasa de tener un 79% de población blanca a concentrar un 86% de habitantes negros. De forma sintética estas cifras constatan que únicamente se quedaron en la ciudad quienes no pudieron marcharse, por no tener dinero o por no poder acceder a créditos para hacerlo.

Este proceso de huida de sus contribuyentes con mayor poder adquisitivo, al que se suma la pérdida de la actividad comercial e industrial, termina por sumir a la ciudad en una abismal crisis fiscal. Una progresiva pérdida de su capacidad de financiación y del margen para pilotar de forma convencional alternativas políticas desde las instituciones, que permite hablar sin exageraciones de un colapso socioeconómico y urbanístico.

Detroit termina adoptando el aspecto de una película de ciencia ficción, sus edificios más majestuosos quedan abandonados y su arquitectura se va degradando, los servicios públicos son drásticamente reducidos (educación, bomberos, recogida de basuras, seguridad…), la ciudad escala puestos en el listado de ciudades más violentas de EE UU, los miles de derribos de viviendas abandonadas agudizan las crecientes dificultades para costear los suministros urbanos (luz, agua, alcantarillado…) en una ciudad extensa que ha perdido densidad poblacional.

Otro de los problemas derivados de estas dinámicas es la aparición de enormes Food Deserts o desiertos alimentarios, zonas de la ciudad donde hay un difícil acceso a un supermercado o tienda de comestibles, quedando a una distancia superior a 1,6 km [2]. Barrios que sufren una segregación alimentaria con un inadecuado acceso a alimentación saludable, cuya consecuencia es que la esperanza de vida haya descendido y los infartos, la diabetes o la obesidad se hayan cronificado en Detroit.

Urbanísticamente la ciudad se ha tornado inviable, por cada licencia de construcción se conceden 10 de demolición. Un estudio reciente censaba más de 100.000 solares, que suponen un 25% de la superficie de Detroit y que si se pusieran todos juntos podrían contener la ciudad de París [3]. Mucho suelo y pocas opciones, los bulldozzers están pasando a la acción desurbanizando zonas completas, para proceder a reagrupar a sus habitantes en barrios que queden más densamente poblados. El impactante documental Detropia narra este proceso en el que una ciudad se convierte en una utopía negativa, donde miles de personas han quedado abandonadas a su suerte en el corazón de la metrópoli.

Y sin embargo durante la última década las comunidades locales están reinventando Detroit, contra todo pronóstico la ciudad del coche ha encontrado su motor mirando al pasado preindustrial. La agricultura urbana ha reaparecido para rearmar la convivencia, mejorar la autoestima colectiva, garantizar la seguridad alimentaria y dinamizar la economía, siendo la indiscutible protagonista de la radical transformación en la que se encuentra sumida la ciudad. El olvidado tractor comunitario empieza a ganar la partida al automóvil.

Cultivar sociedad y alimentar otros modelos

Las personas que se habían quedado en la ciudad, aquellas que habían echado raíces en Detroit, tuvieron que tomar la iniciativa y autoorganizarse para garantizar la satisfacción de sus necesidades básicas. La alimentación se convirtió en una de las cuestiones estratégicas y la agricultura urbana proliferó de forma natural por la ciudad. No hay un relato histórico, una crónica que permita reconstruir de forma coherente el proceso. Seguramente mucha gente tuvo la misma idea, de forma sincrónica empezaron algunas iniciativas particulares, que inspiraron proyectos colectivos más ambiciosos cuyas resonancias terminaron por contagiar de entusiasmo a buena parte de sus habitantes.

Una de las primeras cuestiones a abordar era el acceso a la tierra, a sabiendas de que el suelo sobre el que se asienta Detroit era muy fértil pero una buena parte se encontraba contaminado por los procesos de industrialización. Un problema solventado tras el derribo de las antiguas viviendas que protegían superficies de suelo no contaminado y que se convirtieron en espacio privilegiado para el cultivo. Además entidades como el Detroit Black Community Food Security Network, llevan cerca de siete años con un programa de estudio de suelos y realizando fitoremediación donde es necesario, es decir recuperando el suelo mediante la siembra de plantas que absorben los tóxicos, para posteriormente convertirse en biocombustible [4].

Actualmente se estima que en Detroit hay cerca de 1.200 huertos comunitarios y granjas urbanas [5], una elevada cifra, bajo la cual se agrupan una pluralidad de modelos. Esta hortodiversidad ha permitido que haya formatos adaptados a las necesidades, expectativas e intereses de cualquier persona.

Existen las iniciativas orientadas al autoabastecimiento o de producción para vecindarios reducidos surgidos en las inmediaciones de las viviendas que se quedaban aisladas por las demoliciones, incluyendo desde pequeños huertos a cultivo de parcelas de cereales. Destaca también la amplia proliferación de huertos comunitarios con una mayor dimensión socioeducativa, que son iniciativas donde se cruzan la alimentación, el embellecimiento urbano y la reconstrucción del lazo social. Espacios no vallados, ni protegidos especialmente, pero que paradójicamente no sufren actos de vandalismo.

Uno de los ejemplos más citados es el veterano Georgia Street Community Garden [6], impulsado por un grupo de vecinos en paro. Este colectivo vecinal se encargó de limpiar los escombros y montar una zona de huerta con frutales, un invernadero, una pequeña granja con patos y ovejas, una zona estancial al aire libre y un pequeño parque infantil de forma autogestionada. Otro huerto comunitario relevante sería el FeedomFreedom, bautizado así siguiendo un slogan de Martín Luther King que significaría sembrando libertad, que fue impulsado por vecinos desplazados a otros barrios por las reagrupaciones de viviendas. Al llegar al nuevo vecindario y con colaboración de la iglesia local, compraron colectivamente una de las parcelas abandonadas para destinarla a huerto comunitario, ya que afirmaban que construir colectivamente un huerto era la semilla para construir comunidad. Además de la dimensión convivencial esta iniciativa se implica también en campañas relacionadas con la soberanía alimentaria.

Una dinámica a la que se han sumado diversas iglesias y grupos religiosos, que han impulsado sus propias iniciativas de huerto y granja urbana para abastecer los comedores sociales y mejorar la calidad de vida de sus creyentes. Una de las experiencias más exitosas es la llevada a cabo por los monjes capuchinos, donde producen verduras de forma ecológica para abastecer su comedor, los excedentes se donan al banco de alimentos, además desarrollan programas de educación ambiental en verano (horticultura, nutrición…) y promueven mercados de venta directa para los proyectos juveniles de agricultura urbana [7]. Otra entidad que merece la pena destacar es la ONG Urban Farming [8], impulsada por el músico Taja Sevelle, colaborador de Prince, que ya cuenta con 526 huertos comunitarios dinamizados por voluntarios cuya producción va a parar de forma gratuita a los colectivos más desfavorecidos de la ciudad.

Multitud de iniciativas

Otras iniciativas han surgido como proyectos de economía social, es el caso de Grown in Detroit, una cooperativa dedicada a comercializar la producción de los agricultores urbanos de Detroit (vendiendo en restaurantes, tiendas, mercados de venta directa…), o Brother Nature Produce iniciativa pionera junto a otras granjas de la ciudad en la comercialización mediante el sistema de bolsas, lo que denomina Agricultura Sostenida por la Comunidad. Experiencias de comercialización que se complementan con otras como el semanal Eastern Market, uno de los mercados de productores locales más grandes del país, o el proyecto Open City, orientado a promover y financiar comercio local y negocios socialmente relevantes en la ciudad (librerías, tiendas de reparación de bicicletas, restauración km 0…).

La dimensión de pedagogía social que tiene este movimiento de agricultura urbana es desarrollada por entidades como Urban Roots, que traslada a las escuelas proyectos autogestionados de huertos y granjas escolares bajo el lema Cuando todo colapsa planta el campo de sueños. Una iniciativa que se da a escala nacional pero que tiene especial desarrollo en Detroit, igual que otros muchos experimentos que se gestan entre sus ruinas: edificios industriales reconvertidos en piscifactorías, experiencias de permacultura… o hasta centros de arte que abordan la agricultura como una de las bellas artes [9].

Destacar como muchas de estas iniciativas incorporan colmenas, aves de corral, conejos u ovejas, mientras que las granjas incluyen caballos o vacas. Actividades prohibidas por las normativas municipales, que se quedan obsoletas ante las transformaciones que sufre la realidad.

Cerrar el ciclo de iniciativas de agricultura urbana pasa lógicamente por la puesta en marcha de ambiciosos sistemas de compostaje comunitario y de empresas como Detroit dirt, dedicada al compostaje de los restos orgánicos de restaurantes locales y comedores colectivos. Parte de los empleados reciben colaboración de sus clientes, agricultores urbanos, que reciben compensaciones en abono para sus huertos y para vender a pequeña escala a otros productores locales.

Incluso alguno de los millonarios locales se quiere sumar a la tendencia mediante la implantación del proyecto de granja urbana más grande del mundo. Hantz Faros [10] pretende recuperar a gran escala espacios abandonados y generar miles de empleos en torno a la agricultura urbana. Un proyecto polémico, que seduce con la oferta de empleos pero que choca con la filosofía desde la que ha emergido la agricultura urbana en la ciudad. De momento el proyecto se encuentra paralizado porque la legislación estatal lo prohíbe, pero la propuesta demuestra el impacto logrado por las experiencias sociales y comunitarias.

Este mosaico de proyectos de agricultura urbana es el que ha sentado las bases para la transformación radical de la ciudad, sin seguir un plan predeterminado o una política pública coherente [11]. La experimentación social, las dinámicas comunitarias, han cambiado los imaginarios de una parte significativa de su población y han terminando por convertir a Detroit en una de las ciudades más autosuficientes alimentariamente del planeta, produce cerca del 15% de los alimentos que consume dentro de la ciudad, añadiendo los espacios periurbanos del municipio llegaría hasta el 50%.

En 2009 estas dinámicas de abajo hacia arriba, se traducían en la llegada de Dave Bing, exjugador de baloncesto de los Detroit Pistons, a la alcaldía. Una elección basada en los ambiciosos planes de regeneración urbana [12] inspirados en buena medida en las demandas comunitarias (demoliciones de amplias zonas de la ciudad y reagrupación en barrios, reequilibrio territorial, rezonificar suelos para permitir usos agrícolas comerciales en suelos que antes eran estrictamente residenciales, apostar por las energías renovables, industria de procesado alimentario, nuevas tecnologías…). Un programa innovador aunque no rompe con los paradigmas del crecimiento, pero que esta vez debe desarrollarse sobre unos habitantes que dejados a su suerte no han hecho de Detroit el paraíso, pero sí lo han convertido en buen lugar para vivir.

Un espejo desde el que anticipar reflexiones

Reiterar lo absurdo de intentar transplantar la singularidad de Detroit a nuestras ciudades, pero debemos usar este acontecimiento como una provocación para pensar como anticiparnos a las previsibles desestabilizaciones futuras (pico del petróleo, cambio climático, crisis socioeconómica…).

  • Las ciudades están obligadas a mutar para garantizar su sostenibilidad, debiendo orientarse hacia una suerte de implosión que relocalice la actividad productiva (agrícola, industrial y energética…). Un proceso donde no son descartables dinámicas de encogimiento urbano [13], que interpelan a actuar sobre espacios que han quedado sin actividad o población. En ocasiones será posible reactivarlos renovando los usos de los equipamientos públicos y del patrimonio edificado abandonado. En otros casos será precisa la desurbanización, iniciando procesos de reclasificación de suelos y regeneración ecológica para recuperar usos agrarios o naturales.
  • Lo social y lo ambiental devienen inseparables, son dos aspectos indisociables tanto de las expresiones de la crisis como de las alternativas. Resultan previsibles procesos acelerados de concienciación ambiental, en las luchas urbanas por la justicia social, siguiendo la óptica del ecologismo de los pobres.
  • El protagonismo social y la reinvención de dinámicas comunitarias son los cimientos de cualquier transformación social. En situaciones de colapso es posible, pese a las dificultades de que lo colectivo y común prevalezca sobre el individualista sálvese quien pueda.
  • La agricultura urbana como herramienta polifacética que aúna las dimensiones productivas, relacionales y educativas. Una de la cuestiones que van a devenir más importantes a medio plazo en cualquier estrategia de sostenibilidad.



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