Incineración de residuos en cementeras

Un pingüe negocio, con graves consecuencias ambientales.

Carlos Arribas, Ecologistes en Acció del País Valencià. Revista El Ecologista nº 76.

Quemar residuos que podrían reutilizarse, generando además sustancias muy contaminantes, es un sinsentido. Pero las grandes compañías cementeras presionan mucho para continuar con la incineración. Y es que con esta actividad reciben subvenciones, se ahorran el coste del combustible y encima pueden vender más derechos de emisión de carbono. Un negocio redondo que pasa por encima del interés general.

Desde hace más de 15 años las fábricas de cemento han intentado ampliar su actividad, desde la producción de clínker en los hornos a la gestión y tratamiento de todo tipo de residuos, y presentándose ante la sociedad como los mejores gestores con la solución llave en mano a la grave problemática de los residuos en las sociedades postindustriales.

Primero fueron los aceites usados de los motores de los coches, después fueron las harinas cárnicas, tras el grave escándalo alimentario de las vacas locas. Los neumáticos usados, los lodos de depuradora, los residuos industriales (disolventes, residuos peligrosos, etc.), la fracción rechazo de los residuos sólidos urbanos denominada CDR [1], los residuos de la industria de la madera, etc. forman una larga lista de residuos que bajo el paraguas de la “valorización energética” forman el grueso de la materia prima que las fábricas de cemento ansían incinerar [2].

Es inútil razonar que en la jerarquía del tratamiento de residuos establecida en las normativas europeas, española y autonómicas, hay otras alternativas a la destrucción térmica de los residuos, como el reciclaje o la valorización material, ya que las administraciones autonómicas inevitablemente conceden las autorizaciones ambientales integradas a las empresas solicitantes, poniendo en evidencia la connivencia que existe entre ellas y las autoridades. Ello a pesar de la oposición ciudadana que existe en la mayoría de esos proyectos, que es pasada por alto incumpliéndose en muchos casos la propia normativa dictada por la administración.

El sector cementero en España

Llegó a contar con 41 fábricas en 2007, con una producción máxima de 32,1 millones de toneladas de clínker, de las que 31 tenían autorización para incinerar residuos. La mayor parte de las fábricas pertenecen a unos pocos propietarios, en su mayoría empresas multinacionales (Lafarge Asland, Cemex, Holcim, Italcementi Group, Cementos Portland Valderribas, Grupo Cimpor). Es un verdadero oligopolio, con prácticas de acuerdos de precios de venta de los productos derivados (cemento, hormigón, mortero, etc.) y de reparto de los mercados regionales, que ha sufrido varias sanciones millonarias de las autoridades de la competencia [3].

Tras el estallido de la burbuja inmobiliaria se han reducido a 33 fábricas, con varios cierres (Torredonjimeno, Sant Feliu de Llobregat, Vallcarca, Tudela-Veguín, Sant Vicent del Raspeig, Yeles o reducción de actividad en Santa Margarida i Els Monjos) y despidos de trabajadores [4], y una producción de 16,7 millones de toneladas, un descenso del 50% respecto al cénit de 2007, que se espera que en 2013 se reduzca aún más.

El sector cementero es uno de los principales emisores de gases de efecto invernadero. En 2010 emitió 17,76 millones de toneladas de CO2, un 14,6% del total de emisiones industriales (el segundo sector después de la generación eléctrica: centrales termoeléctricas de gas y carbón). Ello es debido a la gran cantidad de energía necesaria para descarbonatar la materia prima (margas y calizas) y su cocción para producir el clínker, al que una vez añadido los aditivos necesarios (yeso principalmente) se convierte en cemento.

El combustible usado de forma mayoritaria es el coque de petróleo, un producto casi residual obtenido en la destilación del petróleo y cargado de metales pesados (mercurio, níquel, etc.), que ha aumentado de precio de forma importante en los últimos años, dado que su precio está indexado al del carbón. Las fábricas de cemento no cuentan con medios para filtrar los metales pesados volátiles (mercurio, talio, cadmio, etc.) presentes en el coque de petróleo y en los residuos. El sector cementero es uno de los principales emisores de mercurio, por detrás de las centrales térmicas de carbón. La mayoría de las fábricas cuentan con filtros de mangas, que solamente sirven para limitar las emisiones de materia particulada. En 2010 el sector del cemento emitió 35.136 toneladas de óxidos de nitrógeno, 4.833 t de óxido de azufre y numerosos contaminantes más, entre ellos 183 t de compuestos orgánicos volátiles COV (entre ellos las peligrosas dioxinas, furanos y PCB) y 320 kg de mercurio [5].

Impactos ambientales de la incineración

La incineración de residuos y de combustibles alternativos no reducen esas emisiones (especialmente si se utilizan como combustible residuos industriales peligrosos o determinados plásticos [6]), sino que en algunos casos las aumenta, como se ha podido comprobar con los COV y el mercurio en los últimos años, con el uso creciente de residuos [7] (11,2% de sustitución energética en 2009, con el País Valenciano, Andalucía y Cataluña a la cabeza).

Esos contaminantes tienen graves repercusiones en la salud de las personas. Hay multitud de estudios científicos que ponen en evidencia la relación entre el aumento de la morbilidad y mortalidad por diversos tipos de cánceres [8] y la cercanía a incineradoras de residuos.

Pero además de la contaminación atmosférica uno de los impactos negativos de la incineración de residuos es la subversión que introduce en la jerarquía en el tratamiento de los residuos, ya que se destruyen residuos cuya valorización material era posible y es prioritaria. ¿Por qué quemar neumáticos usados si el caucho se puede triturar y separar la banda de acero y utilizarlos como aglomerante asfáltico en carreteras y suelos, y reciclar el acero? ¿Por qué quemar lodos de depuradora que pueden utilizarse como enmienda orgánica en cultivos y restauración de suelos degradados? ¿Por qué quemar fracciones de RSU que de otra forma podrían reciclarse y utilizarse como nuevas materias primas?

El negocio de la incineración

Las razones son principalmente económicas. La nueva actividad de gestor de residuos abre a las fábricas de cemento un nuevo horizonte de conseguir mayores ganancias. Y lo son por partida triple: como gestores de residuos pueden recibir subvenciones y ayudas de la Administración por gestionar residuos (el nuevo combustible les puede salir gratis o aun puede tener un precio negativo [9]); se ahorran el combustible tradicional con precios crecientes del coque de petróleo, y además ahorran emisiones de gases de efecto invernadero, y por tanto pueden vender derechos de emisión (que les salieron gratis) en el mercado del carbono.

Además esa estrategia se complementa con la de algunas administraciones autonómicas [10] que en sus planes de residuos apuestan por la incineración de residuos y ven que la opción de incineración en las cementeras exige menos inversiones que la construcción de las costosas incineradoras de residuos sólidos urbanos, especialmente ahora que hay recortes en los presupuestos y que la iniciativa privada no está interesada, dada la retirada de las primas a nuevos generadores de electricidad en régimen especial del Gobierno Rajoy, tras la aprobación del Real Decreto Ley 1/2012 de 27de enero [11]. Además la oposición social prevista a la incineración en las cementeras es menor que la construcción de nuevas incineradoras, dado que son instalaciones existentes con un cierto grado de integración y aceptación.

La falacia de los supuestos ahorros en las emisiones

Uno de los argumentos del sector y de las administraciones es que la incineración de residuos supone una menor emisión de CO2. Hay que tener en cuenta que muchos de los residuos que se incineran en las cementeras proceden del petróleo (plásticos, aceites, neumáticos, textiles, disolventes, etc.) y nada tienen que ver con la biomasa. Además hay que poner en cuestión [12] que la quema de biomasa independientemente de su origen sea neutra respecto a las emisiones de gases de efecto invernadero (GEI).

La emisión real de GEI es independiente del combustible utilizado, y depende de la eficiencia y tecnología utilizada en la fabricación del clínker. Si el residuo no se recicla a las emisiones en la incineración habría que sumar las emisiones de la producción de una nueva materia prima (extracción, procesado, transporte, etc.) que la sustituya. El compostaje de la materia orgánica y su aplicación como enmienda a la tierra retrasa el retorno de los GEI a la atmósfera, que en la incineración es inmediato.

Los mecanismos de desarrollo limpio y las cementeras

Los fabricantes de cemento han utilizado en su propio beneficio los mecanismos del Protocolo de Kioto de forma abusiva e insultante. En los dos Planes de Asignación de derechos de emisión de GEI (2004-2012) obtuvieron del Gobierno unos derechos gratuitos de emisión muy por encima de las emisiones reales. En el periodo 2008-2010 obtuvieron unas asignaciones casi un 50% superiores a las emisiones reales [13]. Eso supuso que pudieron vender derechos de emisión de 28,2 millones de toneladas de CO2 (precio de la tonelada entre 7 y 20 euros) y obtener unos píngües beneficios sin hacer nada [14].

Las emisiones se reducen en la contabilidad oficial si los residuos a incinerar provienen de la biomasa. Eso explica el interés del sector cementero en reducir las emisiones.

Para el periodo post-Kioto 2013-20 el sector del cemento ha obtenido la consideración de “fuga del carbono” [15] y se le seguirán asignando derechos de emisión gratuitos. La asignación propuesta por el Ministerio de Agricultura, Alimentación y Medio Ambiente (junio 2012) es de 23,4 millones de toneladas de CO2 para el sector cemento y las emisiones reales en 2010 fueron de 17 millones de toneladas, con un previsible descenso en 2011, 2012 y 2013. O sea que la perspectiva para el sector cementero es de continuar haciendo un magnífico negocio con los derechos de emisión y la incineración de residuos [16].

Pero el negocio no acaba aquí. En los últimos años muchas instalaciones cementeras están apostando por jugar en el mercado internacional del carbono con los Certificados de Reducción de Emisiones (CER), promocionando la incineración de residuos en fábricas de cemento de países emergentes como China o promoviendo la incineración de gases refrigerantes clorados HCF [17]. En 2010 las fábricas españolas de cemento obtuvieron derechos de emisión CER por 358.000 toneladas y en 2011 se dispararon a 2.282.000 t [18]. Así la fábrica de Portland Valderribas de Morata de Tajuña obtuvo 339.660 CER en 2011, 250.357 de proyectos de descomposición térmica del refrigerante HCF 23, parte de los cuales en Changshu (China). Del mismo modo, la fábrica de Lafarge en Montcada i Reixach obtuvo unos certificados de reducción de emisiones CER de 169.020 toneladas en 2011 por impulsar un proyecto de quema de residuos en la cementera de Zongyang Conch, China. La promoción de la incineración de residuos no se queda en las fronteras peninsulares.


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