Certamen de relato corto

 Relatos recibidos

En esta página puedes encontrar una preselección de los 70 relatos presentados al certamen desde toda la geografía española, varios estados europeos y latinomaericanos, hasta las antípodas australianas. Dada la gran cantidad de trabajos recibidos, hemos considerado conveniente descartar aquellos que superaban la extensión indicada, o cuyo contenido no se ajustaba a la temática propuesta.

Agradecemos enormemente su participación a todos y todas las personas que nos han enviado su relato, incluyendo a aquellos/as cuyos trabajos no se preseleccionaron: Fernando Higuera, Rafael L. Aguilera, Delegafro Buendía, Andrés Buriticá, JB-monstruo infante, Amaury Sánchez, Javier Rico Lombardo, Ignacio Echaide, Alicia Portabella, Sam Corcobado, Etienne Esvant, Pablo Sánchez, Gerardo González y Cala Nevado.

Relatos preseleccionados:

 
Tréboles
Fuera hacía un sol de injusticia.

En la habitación a oscuras a Edi le corría el sudor por la frente y por el canalillo entre la nariz y el labio. A Fran le corría manchando la camiseta de la empresa bajo los sobacos y por la espalda. Edi se secaba con el pañuelo antes de que las gotillas de sudor se condensasen sobre la piel. Fran se abanicaba con un periódico atrasado para espantar el fantasma del asma. El mecánico echó dos cartas sobre la mesa y se sirvió del montón. La cabeza le brillaba de grasa. Acostumbraba a limpiar sus manos en el pelo, es mejor que los mejunjes que venden en las farmacias, más barato y más natural. Tenía una abundante cabellera rubia de brillantina y fijador. Los naipes estaban plagados con sus huellas, no oléis a grasa y a sudor de hombre, oléis a química y a desodorante. Una mosca revoloteaba alrededor de su cabeza. Sobre la mesa, boca arriba, había un tres de tréboles.

Sonó un disparo lejano del lado de San José y, a continuación, el timbre de la emisora de radio en el cuarto contiguo. No suspendieron el juego pero lo aceleraron. Paso, dijo Fran. Paso, dijo Edi y el mecánico, antes de levantarse, arrambló con el puñado de monedas del centro de la mesa y echó mano al mazo de naipes. La mosca, buscando la humedad saludable del mecánico, se movía terca entre los agujeros de su nariz y la comisura de los labios. El mecánico encargado atendía a la emisora.
Es un tramposo, dijo Edi. Fran afirmó con la cabeza sin articular palabra. No mala persona pero sí tramposo.

Era un día excelente para volar: sin una pizca de viento ni una nube en leguas. Tiempo excelente para el trabajo. Los de San José ya salieron, el mecánico llevaba las cartas en la misma mano, en idéntica posición. La mosca rondaba sus narices, con la mano libre el mecánico la espantó, se fue a posar en la mesa, dejó, con movimientos cuidados, las cartas en la repisa y cogió el periódico. La mosca salió volando directa hacia la boca. Fran retiró con disimulo las cartas. Fran, encárgate del sector f-27, es el tuyo, el mecánico perseguía a la mosca a periodicazos.

Bien, y sigo hacia el este ¿no?, Fran las guardó en el bolsillo trasero del pantalón. Si no te despistas te da tiempo a ver a tu niña de vuelta de la escuela, si no se despistaban, el mecánico estaba seguro que podrían recargar media docena de veces y hacer entre cincuenta y setenta mil áreas. Tanto mejunje para tener que matar moscas a manotazos. Aplastó a la mosca en un descuido de esta. La previsión para los días sucesivos no era tan halagüeña, por radio le habían advertido de ráfagas de vientos intermitentes y el mismo sol.

Fran estaba seguro de que el mecánico era un tramposo pero no tan seguro de que fuese buena persona. Instalado frente al cuadro de mandos sintió un objeto molesto que se clavaba en el trasero, pasó la mano por el asiento y no había nada. Recordó el fajo de cartas en el bolsillo.

Salió delante de Edi, hicieron un tramo juntos y justo antes de perder de vista el hangar cada uno tiró por su lado trazando en el cielo una flecha de pesticida de dos direcciones. La nube caía plácida como una lluvia fina sobre los campos. No había habido día igual en toda la temporada, ni lo volverá a haber, había vaticinado el rubio grasiento encargado. Aceleró Fran la avioneta y abrió un cuarto de punto las espitas difusoras.

La radio avisó con su afilado pitido. Precisamente estaba pensando en las artimañas del mecánico. Sonó su voz. Edi había visto correr un bulto en la zona de cultivo, detrás de la valla. Le parecía demasiado rápido para ser persona. Una cría de ciervo, tal vez. No podía bajar y ahuyentarlo, se tendría que meter en el nubarrón tóxico con el que acababa de fumigar, había que entrar desde otro ángulo, acércate para ahuyentarlo hacia el bosque le indicó el mecánico a Fran. Le pasó las coordenadas. Fran estaba seguro que era otra maniobra de distracción del rubio. ¿Con qué objeto? No había qué ganar ni qué perder, sólo fastidiar. Fran no tenía más remedio que obedecer y seguir la partida. Del rubio grasiento no había nada mejor que esperar. Ejecutó la maniobra cumpliendo las órdenes, paso a paso, con rigor y volvió a su itinerario sin comprobar el resultado del juego. El animal, en el campo, debía perseguir el frescor de la nube húmeda que bufaba la avioneta. En lo alto del cielo, por encima de la nube, desaparecían los síntomas de asma y ni en los sobacos de Fran ni en la espalda había rastro de sudor. Tenía que ganar tiempo. El depósito de pesticida aligeraba el peso del aparato que ganaba en velocidad y le obligaba a reforzar el flujo aumentando el rendimiento. Retuvo la velocidad, si seguía a aquel ritmo no podría aguantar a repostar para después pasar por casa. Reguló la fumigación al mínimo. Las plantas rozaban el fuselaje del aparato y se formaban mareas de aire que las encamaban. Era hora de vuelta del colegio. Si no se lo recordaba él seguro que Saris olvidaría lavar las manos o se haría la remolona.

Qué coño hacía, encima de la mesa, boca arriba, el tres de tréboles. Edi también lo vio pero no dijo nada. Edi nunca decía nada a la cara. Para eso mejor era quedarse mudo.

Sobre el horizonte verde apareció el viejo molino de aspas descalabradas, ya no valía para bombear el agua, era una reliquia, cosa de abuelos. A Fran le servía para advertir desde la lejanía la orientación y velocidad del viento. Las aspas herrumbrosas esperaban en inestable intranquilo reposo.

Elevó el vuelo y dejó de fumigar. El nubarrón cesó tras él. El cabrón de Andreas Arlós, dueño de la hacienda de Maisoya, el mayor terrateniente del término, se había encaprichado con asaltar las buenas usanzas vecinales. Sembraba cada año más y más cerca de la chica propiedad de Fran y Fran se empeñaba en dejar de fumigar cada año otro tanto más atrás aumentando el área de cosecha que le estropeaba al ambicioso vecino. Se empeñaba en invadir su propiedad, sembrar al pie del muro de la casa de Fran, hasta conseguir aburrirlo, echarlo y acabar con énclaves dentro de su posesión. Fran no estaba dispuesto a ceder ni la longitud de un filtro de pitillo. A sus ancestros podía haberles quitado con trampas la mayor parte de las fincas pero no a él, él era un campesino libre, no era jornalero, era trabajador a sueldo, piloto de fumigación como otros descendientes de campesinos de la zona se habían hecho tractoristas, mecánicos o habían montado una cantina en el pueblo. Dio vueltas a la casa perdiendo altura. Con el ala descabezó al girar una brazada de maíces.

Tenía que cazar al mecánico en una de sus astucias. ¿Y después qué? ¿Insultarle? ¿Liarse con él a puñetazos? ¿Aplastarle los sesos con una piedra para que no volviese a mentir? Edi iba a quedarse al margen, sin mover más músculo que el de la lengua. ¿Qué hacer con un tramposo cuando se descubre la prueba de sus embustes? No era fácil. Dependía de él para el trabajo, para el salario, para no seguir a merced de Andreas, para ser libre.

Saris estaría lavándose las manos para comer. Fran se elevó sobre la casa. En su ausencia, su madre le dejaría ocupar el lugar de jefe en la mesa. Fran perdió velocidad, voló a ras del tejado. Paredes y techos se estremecieron en una sacudida de ternura. Cruzó la casa en ambas direcciones. Podían empezar a comer, la mesa estaba bendecida.

La niña salió de estampida de la casa sin levantar siquiera la vista. Sólo miraba a la masa de plantas híbridas dos veces más altas que ella. Desde la cabina, por el zarandeo entre la cosecha en reposo, Fran podía seguir la el trazado de la carrera sin sentido de su hija, trató de acorralarla como a un cervatillo. El movimiento de las plantas se hacía más leve y luego se perdía a medida que se espesaba el mar verde, al fin no había más movimiento que el provocado sobre el cultivo por la hélice de la avioneta. La madre, inmóvil, seguía las acrobacias de la avioneta.

Fran se elevó para ganar perspectiva. Volaba en círculos cortos de buitre. Esperó. Le picaba en el culo el mazo de naipes. Sacó las cartas y las contó una a una. La primera vez con parsimonia, la segunda con ansiedad, a la tercera se confirmaba que había una carta de más en la baraja. No había duda, el cerdo del mecánico era un tramposo.

Autor: Jaime Lisa

Vota: Relato nº 1

Cuando los cultivos alimentan coches…

A Marcos el encargo le pareció extraño desde un inicio, pero su larga trayectoria profesional, vinculada muy estrechamente a parte de lo que ahora se le pedía, justificaba, al menos parcialmente, la solicitud que le hacían. No pudo evitar que por su cabeza pasara la imagen fugaz del tutor de su tesis doctoral, ¿estaría él detrás de la oferta?¿le habría recomendado? Su prestigio le precedía, pero desconocía el motivo que había decantado la balanza hacia su nombre. Se le ocurrían al menos dos investigadores más que serían capaces de llevar a buen término el trabajo.

“Necesito un poco de tiempo para pensarlo, mañana por la tarde tendrá mi contestación”. Fueron las únicas palabras que decidió pronunciar, antes de levantarse muy despacio, dar la mano a la persona con la que había tenido la entrevista y, tras dirigir un último vistazo a los gráficos que se exponían en la pizarra, abandonar el despacho.

El pulso seguía acelerado cuando llegó a la calle, pensó que lo mejor sería caminar hasta su casa, quizás el paseo lograra que le dejaran de temblar las piernas.

Era evidente que habían estudiado su entorno personal antes de hacerle la propuesta, daban por sentado que el hijo de uno de los políticos que más había ayudado al impulso de los combustibles procedentes de cultivos en la UE y sobrino del segundo de a bordo en la principal empresa importadora de los mismos, entendería mejor que nadie la petición que le acababan de hacer.

Ahora le venían a la cabeza las palabras de Pablo, y las entendía perfectamente: “A los coches y autobuses tengo claro lo que quieren darles de comer en los próximos años, pero ¿y a las personas?”. Pablo fue un compañero de universidad hacia el que sentía un gran respeto, su amistad no era posible, tanto por el escalón social que la familia de Marcos le obligaba a ocupar, como por el poco tiempo libre de que aquel chico disponía, repartiendo su rutina entre las clases, las prácticas, el estudio y su trabajo de camarero, que, junto con la ayuda económica de un familiar, le permitía estudiar tan lejos de su país.

Un país, que, como él mismo decía, pese a tener una apariencia lustrosa y brillante (hasta se acababan de celebrar allí las últimas olimpiadas), en el fondo, estaba igual que su padre, en los huesos, y, en gran medida, por los mismos motivos: expropiaciones de tierras para cultivar, sobre todo, caña de azúcar, que al país le dejaba sin diversidad ni riqueza ecológica y de cultivos, y, a su padre, rogando por un puesto de trabajo precario que no le permitía ni comer todos los días, ni compensar la tristeza que le causaba el no poder seguir trabajando la tierra que generaciones de su familia antes que él habían cultivado.

El azúcar, un alimento básico, rico en hidratos de carbono, materia prima fundamental de la mayoría de industrias alimentarias a lo largo y ancho del planeta…y resulta que su principal orígen, la caña, había sido seleccionada como uno de los mejores combustibles que podían existir. Ésa era la paradoja a la que se refirió Pablo una tarde de hace tres años, cuando varios ex-alumnos de doctorado coincidieron en un congreso sobre nuevas tecnologías agroalimentarias: “Tenemos claro que la gasolina, gasoil etc contribuyen a la contaminación del medio, y, lo que más preocupa a los diferentes gobiernos de los países llamados desarrollados: se acaban. Hay que cambiar el tipo de alimentación de los motores de los coches y autobuses, por otra más sostenible, y en manos de lo que se entienden como países menos “peligrosos”. Han decidido proporcionarles como sustento la parte comestible de las plantas que dan lugar a alimentos como el azúcar o el aceite de soja y promover a través de sus políticas, una implantación progresiva de su uso, que llevará, en menos de siete años a tener un 64% más de tierras destinadas a cultivos no alimentarios.”

En este punto, Pablo se había acalorado, su voz subía, al tiempo que sus compañeros le miraban extrañados por la pérdida de la compostura que siempre le había caracterizado: “Mi pregunta es sencilla, sumando este hecho a la mala distribución de alimentos que existe a nivel mundial y a la previsión de la FAO de la necesidad de aumentar la producción agrícola en un 60% en los próximos treinta y cinco años para poder abastecer a toda la población, antes de ese plazo, cuando los llamados biocombustibles estén en uso en la mayor parte del planeta, ¿qué comeremos nosotros? En mi país, casi el 50% de la producción de azúcar se destina ya a su uso como combustible. No se molestan en investigar más otros tipos de energía, o mejorar el rendimiento de los residuos industriales, como la paja o el bragazo, que, tanto la industria alimentaria como la energética generan con sus actividades. Si nos quitan el azúcar y nos quitan la superficie para plantar más u otros vegetales, insisto: ¿qué comeremos nosotros?”

En su día, todo esto le pareció un razonamiento muy traído por los pelos por parte de su compañero, casi un desvarío, provocado por el sufrimiento de su familia debido al cambio de modelo agrícola de su país. Pero ahora la pregunta retumbaba en su cabeza:“¿Qué comeremos nosotros?”. Y le pedían a él la respuesta.

Volvió a sacar el dossier que le habían entregado al comienzo de la entrevista y releyó el título por enésima vez: “Proyecto para la consecución de alimento para humanos a partir de paja y bagazo del azúcar: una nueva oportunidad para el sector de la alimentación en Europa”.

Autora: Pilar Menéndez

Vota: Relato nº 2

Brisas del Caicara

Habían pasado casi once años desde que me fui de Banco Largo y me había jurado no regresar jamás. En eso iba pensando mientras el bus interdepartamental serpenteaba por las últimas curvas de Cerro Colorado, justo antes de alcanzar la loma desde donde, después de dieciséis horas de viaje, se podría ver por fin el valle del Caicara. En el descenso hacia el pueblo pude ver muchas formas que me resultaban cercanas, como grabadas en mi memoria, pero el paisaje en general me resultó extraño y, por momentos, desconocido. Hacía calor y abrí la ventanilla para sentir la brisa, pero el aire era denso, espeso, sofocante.

La plaza de Banco Largo siempre había sido gris, polvorienta y de aspecto desolado. Por lo que pude ver mientras el bus se estacionaba, había cambiado poco de como yo la recordaba. Sin embargo había más carros, más tiendas y se veía mucha gente caminando para ser un día feriado, pensé. Rosario estaba allí, en la parada, esperando. La reconocí enseguida. Seguía teniendo esa cara inconfundible de las personas que esperan toda su vida. Bienvenido don Luisito, se le ve regio, se nota que la capital le sienta muy bien, ¿cuánto que no venía al pueblo? Hola Rosario, ¿qué tal estás? Me besó en la frente y nos fundimos en un largo abrazo. Me había criado desde que yo era un peladito y me quería como a un hijo. Pensé que se conservaba bastante bien, con las arrugas propias de su edad en las mejillas y el pelo mucho más canoso, pero con la misma vitalidad y locuacidad de siempre.

¿Cómo está mamá?, ¿se lo habéis contado ya?, pregunté. Pues ahí anda, don Luisito, bastante bien, tranquila, encerrada en su mundo, como siempre. No le hemos dicho aún nada, no vaya a ser que se nos empeore, aunque no creo que en su estado se diera cuenta de nada. ¿Y Herman?, ¿qué habéis hecho con él? Ay, don Luisito, mire usted que ni el cuerpo se han dignado devolvernos. Así de malnacida es esa gente. No nos han permitido ni verlo. Así nomás lo han botado en un hueco en el cementerio, sin que pudiéramos ni siquiera brindarle sus responsos. Una sepultura digna no se le niega a nadie, digo yo, por más feo que sea lo que ha hecho, ¿qué dice usted, don Luisito? Con lo que me ha quedado del mes he encargado una lápida y le he comprado unas flores esta mañana porque pensé que le gustaría a usted ir a velarlo más lueguito y llevárselas.

¿Y qué cuenta la gente, Rosario?, pregunté, aunque conocía bien la respuesta. Solo diosito sabe que pasó, don Luis. Por ahí dicen que Hermancito enloqueció, que había dejado la lucha armada hará ya como dos años, cansado de vivir a escondidas, y que se fue para un campamento minero allá por el Pastaza, Kilómetro 86 dicen que se llama, ¿qué puede esperar una de un sitio con ese nombre, don Luisito? Juancho Cruz, el de la panadería, que estuvo por allá en febrero, cuenta que se encontró con Herman y lo vio muy acabadito, que todo lo que sacaba del oro se lo gastaba en alcohol y mujeres, que no paraba de renegar y maldecir, siempre con esas ganas de vengarse por lo de su papá, que en paz descanse. Ay, si se hubiera ido con usted aquel día, don Luisito, cuanto mal nos habríamos evitado. La cara de Rosario reflejaba ahora una enorme tristeza y noté que le costaba hablar del tema. Vamos para la casa, le dije.

Me pareció que la fachada estaba bastante bien cuidada, aunque la madera del porche necesitaba una pequeña mano de pintura y en la escalera se notaban ya los estragos del comején. En cuanto pueda, Rosario, te mando algo de platica para que hagas reparar estos escalones y le des una buena pintada a las columnas. Claro que si, don Luisito, me daba pena decirle, pero es que con lo que manda cada mes me alcanza muy justito para dar de comer a su mamá y comprarle sus medicinas. No sabe lo caro que se ha puesto todo desde que abrieron la nueva carretera y empezó a funcionar la planta. Fíjese que han venido varios brasileños a trabajar en las plantaciones y hasta dos familias de gringos que también viven ahora en el pueblo. Ya habrá visto los comercios que han abierto, pero todo está más caro ahorita. ¿Le apetece un juguito de zapote?, era su favorito ¿cierto? Ahora ya no se consiguen como antes. La gente dejó de preocuparse por sembrar el pancoger y ahora solo cultivan la palma o han abandonado sus finquitas para trabajar de jornaleros. A veces ya ni yuca se encuentra, don Luisito, y tenemos que hacerla traer de la ciudad, imagínese. Por suerte que yo aún cuido dos palitos en el patio de atrás, que nos siguen dando los zapotes más dulces del valle. A doña Brígida también le encantan. Suba pues, que yo les traigo sus juguitos. Su madre está arriba. Ahí se la pasa casi todo el día, sentada junto a la ventana mirando al Caicara. Es donde más le gusta estar. Hasta cuando la saco de paseo solo quiere caminar por la orilla del río, dizque es el único lugar del valle donde aún se respira la brisa, fíjese que cosas piensa. Digo yo que quizá sea lo único que la trae buenos recuerdos en todo este pueblo maldito.

Subí la escalera y la vi. Estaba sentada en su mecedora de cañabrava, la misma que le había hecho papá con sus propias manos para regalársela cuando nació Herman. Parecía mirar por la ventana, pero al acercarme me di cuenta que sus ojos estaban en realidad perdidos en el vacío. Debió notar mi presencia porque giró su cuello lentamente y me miró. Me sobrecogió sentir de nuevo aquella mirada tierna, cercana, arrugada como todo su rostro, curtido por años de dolor. Ojos dulces, color guayaba, como le gustaba decirle a papá cada vez que quería hacerla sonreír. Hola mamá, soy yo, Luis Fernando. Pensé que quizá reconocería algún rasgo en el rostro de su hijo mayor, aquel que tuvo que dejar el pueblo a escondidas, en medio de la oscuridad de la noche, el mismo día que los paracos mataron a papá. Pensé que al menos recordaría el tono de mi voz. Y por un momento creí que así era, porque sonrió. Soy Luis Fernando mamá, repetí otra vez. Tuve que hacer un esfuerzo para contener las lágrimas, pero ella no se dio cuenta y siguió sonriendo. ¿Qué hay para almorzar?, preguntó con una voz muy tenue, apagada por los años y la enfermedad. Caldo de gallina, dijo Rosario, que entraba en ese momento con tres vasitos de jugo y unos patacones. Bebimos y comimos en silencio, mirando aquel playón seco del Caicara, escenario de tantos juegos y aventuras en mi lejana infancia.

Después de almorzar me eché un rato a descansar en el patio de atrás, donde, para mi sorpresa, resistiendo al paso de los años, seguía colgado el mismo chinchorro de palma moriche que papá había traído en uno de sus viajes a los llanos. Se escuchaba aún el bullicio del mercado, que seguía estando detrás de la casa. Debía ser día de pescado porque habían llegado unos comerciantes costeños que ofrecían a gritos lisas y mojarras, dizque fresquitas de esa misma noche. Rosario me dijo que había avisado a Pancho Caicedo para que se pasara a tomar un tinto después del almuerzo. Me hizo ilusión porque hacía años que no lo veía y quizá él tuviera alguna novedad. Después de la muerte de papá, Pancho fue la única persona del pueblo con quien mantuve contacto directo. Hablábamos por teléfono casi todos los meses y nos escribimos largas cartas en aquellos primeros años. Por él me enteré de la enfermedad de mamá y su progresivo deterioro. También de la construcción de los canales de riego y las nuevas plantaciones, que ocuparon buena parte de nuestras fincas y de los pastos que antes eran del pueblo. Por él me enteré de que mi hermano Herman se había unido a los elenos nada más cumplir los catorce y se había ido a hacer la lucha armada allá por el Arauca. Y que más nunca se apareció por el pueblo hasta el jodido martes pasado.

Pancho apareció bien vestido, con ropa vieja, se notaba, pero limpia y muy bien planchada. No recordaba haberle visto nunca así. Son muchos años, Luisfer, y quería darte buena imagen, me confesó luego esbozando una sonrisa cómplice. Me pareció que había envejecido mal. Aun siendo de mi misma edad había perdido casi todo el pelo y llevaba una barba blanca que lo hacía parecer mucho mayor. Nos dimos la mano y sentí esa piel áspera, muy áspera. La dura vida del campo, recuerdo que pensé. ¿Has sabido algo más, Panchito?, ¿tú qué piensas?, pregunté de frente. No sé viejo, ya tú sabes que tu hermano nunca superó aquello. Son muchos años lejos, acumulando odio y rencor. Dicen los que lo vieron que no había día que no le mentara la madre a don Belisario y a sus gentes. Tenía que pasar. Dicen que llegó por la noche para que nadie lo viera, caminando desde Mantequeros siguiendo el río, que ahora va casi seco. Dicen que estuvo tomando casi toda la noche donde Valcárcel y que se escondió de madrugada tras un cañaveral desde donde podía divisar la entrada de la hacienda. Dicen que se acercó despacio mientras un jornalero le abría el portón al alcalde. Dicen que cuando llegó a la altura de la camioneta le soltó un: paraco, hijoeputa, ahora vas a pagar por todos tus crímenes; y que ahí mismo le echó plomo. Parece que no tardaron en salir dos vigilantes de la hacienda corriendo tras tu hermano, que debía estar todavía muy borracho, y ahí mismito, a pocos metros de la cerca, lo balearon. Nueve agujeros dicen que tenía en el cuerpo cuando lo recogieron los tombos. ¿Y don Belisario?, pregunté. Parece que lo llevaron al hospital provincial. Viejo marica, dicen que está grave pero que saldrá de esta. Una vaina hermano, hierba mala nunca muere. No hablamos más. Nos quedamos callados largo rato, mirando al cielo, con la boca seca, sin saber que más decir. Antes de despedirnos le pregunté ¿Y qué fue de Milagritos, viejo? Pues por ahí anda, ahora trabaja en la planta y tiene un bebito, pero nunca se casó. ¿Por qué no te acercas a saludarla? Sabe que seguimos en contacto y siempre me pregunta por ti. Se alegrará de verte.

Milagros había sido mi primer amor. Seguramente lo único que había merecido la pena en aquella jodida adolescencia marcada por el odio y la violencia. No hizo falta que la fuera a buscar. Salí de casa y allí estaba, sentada en la acera de enfrente, mirando hacia mi, inmóvil. Crucé la calle hacia ella, se levantó y esbozó una sonrisa nerviosa. Hola Luisfer, siento mucho lo de tu hermano. Sabía que habías venido y quería verte, pero no me atrevía a llamar a la casa. Llevaba un vestido blanco con bordados azul y rojo en el pecho. Estaba muy bonita y me miraba y me hablaba como si el tiempo no hubiera pasado. ¿Nos damos una vueltica hasta el cerro? No me digas que no, anda, que tenemos muchas cosas que contarnos después de tantos años.

Sentados a la sombra de un samán, desde lo alto del cerro, podíamos divisar buena parte del pueblo, la hacienda de don Belisario, la nueva planta de biodiesel y el mar verde oscuro que ahora ocupaba casi todo el horizonte. También se divisaba, a lo lejos, la poza del garzal. ¿Te acuerdas, Luisfer, de lo bien que lo pasábamos en aquella poza? Que vaina, ahora ya no tiene agua ni para bañarse los domingos; dicen que toda se la lleva la palma. Allí nos dimos nuestro primer beso, ¿cierto, Luisfer?, seguro que tú ni te acuerdas. Pero claro que me acordaba. Esas cosas nunca se olvidan, Milagritos. Y nos quedamos largo rato en silencio, abrazados, observando como las sombras del atardecer iban poco a poco apoderándose del valle. ¿Por qué no te quedas?, me preguntó. Dicen que ahora, con la desmovilización, los paracos ya no friegan tanto, y que con la planta habrá bastante trabajo y el pueblo irá a mejor. Su voz sonaba ahora triste, temblorosa y, por un instante, dudé que decir, aunque hacía años que estaba ya todo decidido. No puedo Milagros, ya no pertenezco a este sitio. Siento que esta tierra ha perdido su alma, y sin alma no hay esperanza. Me voy de madrugada, en el primer bus, después de pasar por el cementerio a despedirme. No la miré, pero pude sentir sus lágrimas. Espero que tengas mucha suerte Luisfer, eres un buen hombre y te la mereces, dijo sin más. Y me abrazó más fuerte. Y luego me besó. Y allí, mirando por última vez el mar de palma que se extendía a nuestros pies, creí, por un momento, sentir de nuevo en mi rostro la brisa del Caicara, pero no fue más que un breve suspiro, el recuerdo de un pasado robado y un futuro que nunca fue.

Autor: José G. Nóvoa

Vota: Relato nº 3

El regreso de “Caramelito”
“Caramelito” fue encontrada al pie de un árbol, en plena selva. Un grupo de biólogos y veterinarios que hacían trabajo de rutina, la vio caer sin sentido y se apresuraron a socorrerla. Trasladada a una clínica se descubrió que se había tragado un pinta labios que quien sabe cómo habría llegado allí y esto le perforó el colon. Fue operada y luego de ocho meses de recuperación, le colocaron un chip de seguimiento y la devolvieron exactamente al mismo sitio donde la habían recogido. Era parte de una colonia de chimpancés protegida por las autoridades de la Reserva natural.

“Caramelito” se apresuró a trepar al primer árbol que encontró y buscó ansiosamente a su grupo. El reencuentro fue estruendoso y emotivo. La acribillaron a preguntas. ¿Qué le había pasado? ¿Dónde estuvo? ¿Cómo se escapó? La mona les pidió que la dejaran comerse unos mangos y que luego les prometía contarles todo lo que quisieran saber. Degustó las frutas con auténtico deleite, mientras los demás aguardaban expectantes. Cuando se hartó de fruta, se dispuso a contarles su odisea particular.

– ¿Os acordáis de aquello tan raro que encontré hace tiempo y con lo que nos pintarrajeamos todos? Pues para subirme en una rama bastante alta, me lo puse en la boca y sin querer me lo tragué. Parece que eso me hizo mucho daño dentro y me puse mala. Un día me caí al suelo sin darme cuenta y los humanos me encontraron y me llevaron con ellos. Por lo que entendí me hicieron un agujero aquí, veis que tengo la piel muy rara (y a veces me duele) me arreglaron por dentro y me quitaron lo que me había tragado. Que si, podéis creerme, porque me lo mostraron. Cuando me curé, me trajeron de vuelta. Eso es todo.

– No, no, no. Has estado muchas lunas fuera y ¿eso, es todo cuanto nos vas a decir? Olvídalo. Cuéntanos como son los humanos, como viven, que comen, que hacen además de pasearse por la selva o arrasarla – le increpó el más atrevido de sus primos.

– Los humanos son parecidos a nosotros, pero con menos pelo y más complicaciones. Viven en comunidades, pero casi no se conocen entre ellos, salvo con sus parientes y a veces ni con ellos se tratan. Viven preocupados por todo, menos por lo que realmente debería importares. ¿Os podéis creer que les interesa más tener unos aparatos llamados televisión, ordenador y móvil, que sirven para hablar entre ellos y ver imágenes, que cuidar esta selva y el resto de las que hay en el mundo? Porque hay muchos más sitios como el nuestro y ¡los están destrozando todos! Pero lo peor es que ellos mismos dicen que es horrible lo que pasa pero no hacen nada por detener a los que destruyen. He estado un buen tiempo con ellos y no los entiendo. Os juro que no los entiendo. Si os cuento lo que hacen, no me creeréis: resulta que hay muchísimos humanos, muchos más de lo que os podéis llegar a imaginar y ¡la mitad de ellos no tiene comida o agua! Pero hay gente que no solo tiene muchísima comida, sino que se da el lujo de tirarla y muchos comen cosas que los enferman de a poco y lo hacen sabiendo que les hará mal. Una cosas de locos. Al parecer cuando cortan los arboles de nuestra selva, lo hacen para cultivar, eso es que ponen semillas en el suelo y después esperan que crezcan las plantas, pero en vez de usarlas para darles de comer a los que tienen hambre, fabrican algo que se llama combustibles y que luego queman y con ello contaminan el aire. Ya os dije que no me creeríais, pero os prometo que es así. Envenenan el aire, el agua, la tierra, sin importarles nada más que una cosa, que ellos llaman dinero. El dinero sirve para que te den algo por él. Como cuando alguien tiene muchos plátanos y nos los intercambiamos por mangos o melocotones, pero mucho peor, por que quien no tiene dinero, no puede tener nada. Para tener dinero, trabajan o sea que hacen algo todos los días y luego ese dinero lo cambian por cosas que quieren. Por ejemplo, en el hospital donde yo estaba había una caja grande y si le ponías unas cosas redondas y duras, ellos las llaman monedas y son parte del dinero, elegías lo que te apetecía, apretabas otra cosa redonda y después de hacer mucho ruido, aparecía lo que tú querías por un agujero. Yo aprendí a usarla, pero cuando me puse mala por comer algo llamado chocolate, me prohibieron que me acercara más.

En eso que os conté que se llama televisión, vi imágenes de muchos sitios; hay lugares donde los humanos están flaquitos, casi secos y otros donde están tan gordos que parece que fueran a explotar. Hay gente que quiere cultivar plantas que después les sirvan para comer, pero les obligan a cultivar otras cosas y les dan dinero a cambio por ello, pero no lo que realmente valen, sin lo que ellos quieren. Ya os dije que es todo muy complicado, porque además de todo esto, muchas veces, si alguien hace algo que a otro no le gusta, se pelean, pero no como nosotros que nos gritamos, no, ellos se quitan la vida. Se matan entre ellos. Me aterra decíroslo, pero esa es la triste realidad de los humanos. De una forma u otra, se matan a sí mismos, a otros o al medio que los rodea.
Ya os iré contando más cosas, pero ahora quiero comer mangos y plátanos y melocotones y manzanas…

– ¿Es que los humanos no tienen frutas? – preguntó un monito incrédulo.

– Si que tienen ¡pero no saben a nada! Por eso estaba deseando volver. Por eso y porque os echaba de menos. A vosotros, al aire puro que respiramos aquí, al agua cristalina que tomamos, a pasearme libremente de rama en rama… Ahora que estoy aquí, creo que comprendo una palabra que escuché muchas veces entre los humanos, algo que ellos quieren alcanzar pero que nunca logran del todo, porque siempre quieren más y nada les conforma. Ahora ya sé lo que es la felicidad.

Autora: Sandra Monteverde

Vota: Relato nº 4

Temporada de gazpachos
“Una pizca más de sal y listo. A ver... Creo que me he pasado con el ajo. Siempre me pasa lo mismo....”. De pie en su cocina, Lucía por fin probaba el gazpacho recién elaborado con su ilusión como ingrediente principal, y que poco a poco llenaba uno de sus cuencos favoritos, aquel que había comprado en un mercadillo artesano de Oaxaca hacía tres o cuatro años. Le encantaba estar en la cocina a esa hora del día, cuando la luz del verano llenaba completamente el espacio y le resultaba tan fácil relajarse y disfrutar del juego de alimentos y sabores.

Concentrada, dio un trago en condiciones. “¡¡¡Qué tomates!!!” Estaba radiante. Era su primer gazpacho de la temporada. Llevaba ya muchos meses esperando a que llegase el verano, y con él, que en su cesta de verduras semanal aparecieran nuevos colores y formas... y se terminasen las coles de una vez. Pero sobre todo... que hubiera muchos tomates, los auténticos reyes de la huerta estival.

Volvió a beber. Y a saborear. Con cada nuevo trago, una dosis de satisfacción le inundaba. Unos meses antes había decidido apuntarse al nuevo grupo de consumo surgido de su Asamblea 15M, la de su barrio. Pensaba que sería incapaz de pasar todo el invierno y la primavera sin comprar tomates. ¡Con lo que le gustaban! Todo un desafío, insignificante por otra parte, con el que de alguna forma se ponía a prueba. Uno de esos pequeños cambios de los que probablemente casi nadie a su alrededor se daría cuenta, pero que para ella podía significar que el cambio es posible, desde lo más cotidiano, desde su posición de hormiguita.

Llevó el cuenco a la mesa, donde la esperaba un trozo de tortilla de patata con ensalada. Se sentó, mientras tomaba conciencia de como en estos pequeños detalles su devenir estaba cambiando. ¿O no eran tan pequeños? A veces, al mirar atrás se sorprendía de cómo era su vida un par de años antes. Incluso le daba vértigo. A pesar de no ser capaz de ponerle palabras, tenía la impresión de que algo muy importante en su interior se transformaba de forma irreversible. Se veía como una especie de marciana, aunque pensándolo bien... la marciana era aquella otra: se sentía más segura que nunca del rumbo que estaba dando a su vida.

No tenía muy claro cuándo o cómo había comenzado este cambio. Lo del grupo de consumo, por ejemplo.“¿Fue en enero, a la vuelta de las navidades, cuando comenzamos? Creo que sí, aunque ya venía de atrás”, pensó. Recordó aquellas jornadas sobre agroecología, a principios del verano anterior. Los recuerdos de aquel día pasaban por sus ojos, tan deliciosos como cada nuevo trago de gazpacho. Fue un día muy intenso. Allí conoció a Luisa y Marcos, que unos meses después serían los hortelanos de su grupo, y que junto a otros campesinos y productoras de la comarca, se acercaron a presentar sus proyectos. Aquel día Lucía también descubrió algunos de esos términos, incomprensibles por entonces, pero que ahora tenía muy presentes cada vez que recogía su cesta o recorría los pasillos de un supermercado. Los petroalimentos, por ejemplo. “¡Menudo contraste! Jamás había relacionado un buen plato de paella con ese líquido viscoso y repugnante detrás de la maquinaria agrícola, los fertilizantes, los envases... O los alimentos kilométricos: que si el pollo alimentado con soja argentina, las gambas de centroamérica, los calamares de Canadá. Menos mal que el arroz... sí o sí valenciano, de la Albufera, como le gustaba al abuelo.” Afortunadamente, también hubo mensajes positivos, como que los alimentos ecológicos o locales ayudan a reducir emisiones de efecto invernadero. Y allí estaba ella: ¡un gazpacho fresquito... para enfriar el planeta!.

Pero si algo le impactó aquel día fue la descripción del modelo sojero: las imágenes de campos verdes infinitos y pesadamente monótonos, los testimonios grabados de hombres y mujeres denunciando las fumigaciones tóxicas sobre sus cabezas; pero sobre todo, las fotos de niños con yagas y quemaduras indescriptibles, los fetos deformes... Y todo para poder comer más carne y más barata en Europa, o llenar los depósitos de nuestros coches.

Respiró hondo. Se le estaba poniendo mal cuerpo y no quería estropear la ceremonia.

Probó la tortilla. Sonrió satisfecha al pensar en el origen de los huevos. Dio un nuevo bocado. Intento cambiar de pensamiento, y la rabia poco a poco sustituyó al espanto. “Y que lo llamen biocombustibles... ¡no hay derecho! ¡Si es que nos toman el pelo hasta en la forma de llamar a las cosas! Ésto es como lo de las reformas en educación, que no recortes, que mejoran los servicios. O la privatización de los hospitales, o como ellos dicen, externalización de servicios, para reducir gastos. Y que a eso lo llamen biocombustibles... con lo fácil que sería olvidarse un poco del coche, organizar las ciudades de otra forma para poder ir bici o andando, ampliar el transporte público... ¡Eso sí que crearía empleos beneficiosos, y no tanta fantasmada de Eurovegas! Pobre Marisa, como le caiga en su pueblo...”.

En ese momento Lucía identificó otro de los grandes cambios de su vida en el último año: había descubierto el placer de pedalear. Desde hacía varios meses iba a todos los sitios con Peggy, su preciosa bicicleta verde lima: al trabajo, a casa de sus padres, cuando quedaba con sus amigos... Desde entonces apenas utilizaba el coche que había heredado de su abuelo, y al que tenía tanto cariño. Era viejo y cutre, pero ella lo encontraba acogedor en su pequeñez y sencillez, se aparcaba fácil y consumía muy poco. No obstante, todo esto no lo libraba de los atascos de la ciudad, y aún así quemaba petróleo -¡o biocombustibles!- y con él parte de su mísero salario. Además, no le había resultado difícil prescindir de él la mayoría de las veces. En cambio, con su clásica Peugeot, tan cómoda y elegante, se sentía feliz pedaleando por las calles y parques de la ciudad. Menos cuando llovía... para esos días tenía a su despechado cochecito, o el autobús.

Regresó al gazpacho, el auténtico protagonista del almuerzo. Le encantaba esa forma de comer, saltando de un plato a otro, redescubriendo los sabores tras cada cambio, y buscando los matices que los contrastes con diferentes aromas podían otorgarle a un mismo plato.

La divertida sensación de infidelidad con sus dos vehículos se tambaleaba ante la irrupción de un tercer competidor. Se acercaban las vacaciones, y este año había organizado con varios amigos un viaje en bicicleta por las islas. Durante la primavera había probado por primera vez con un fin de semana cicloturista, y la experiencia le había encantado. Si ya disfrutaba pedaleando en la ciudad, hacerlo entre bosques, mosaicos de cultivos, en buena compañía y sin prisas era un regalazo para los sentidos. En algunos momentos había tenido la sensación de encontrar la velocidad perfecta para conocer el territorio, sus pueblos y paisajes, hasta el punto de sentirse parte de ellos. Quería más. Estaba deseando que llegase el momento de su primera auténtica aventura cicloturista, pero antes, y siendo consciente de las limitaciones de Peggy, había decidido comprarse una bicicleta con la que poder meterse por caminos difíciles o cargar equipaje. Lo tenía claro, aunque con la bici nueva se le agotase el presupuesto para completar el verano con uno de sus viajes a algún destino medio exótico, que en los últimos años venía haciendo y disfrutando tanto. México, Croacia, Cuba, … habían sido todos viajes maravillosos, pero este año el cuerpo le pedía otros destinos, menos llamativos y más cercanos, pero igualmente desconocidos y, estaba segura, llenos de sorpresas. Islandia tendría que esperar. Al menos este año.

Cogió el último trozo de tortilla. Al saborearlo una imagen acudió a su mente: reía junto a Gloria, sentadas a la sombra de una gran encina, en cuyo tronco estaba apoyada su nueva bicicleta, de color verde lima, también. Frente a ellas, dos tarteras y un pedazo de pan. En el primero, varios trozos de tortilla y pimientos fritos. En el segundo, un par de tomates, uno de ellos cortado en trozos brillantes y jugosos.

Sonrió. Se había dado cuenta de que los biocombustibles, los verdaderos, existían. De hecho, se utilizaban desde hacía muchos siglos. Lucía acababa de descubrirlos.

Autor: Juanjo Parrilla

Vota: Relato nº 5

El Oro Verde

El desierto se había convertido en algo tremendamente extraño. Donde antes había polvo, dunas y desesperación ahora era un mar de un verde apagado, casi mortecino. John llevaba conduciendo ya más de cuatro horas y entre el poco ruido que hacía el motor del camión y el nulo que producía su acompañante el trayecto se estaba convirtiendo en algo poco estimulante. Y la verdad es que no sabía si agradecerlo con toda el alma, ya que un día tranquilo en la vida de un mercenario era un día más donde podría cobrar el suelto. Había recorrido el globo de conflicto en conflicto. Luchando las batallas de otros para nunca encontrar ni gloria, fama o fortuna. Por eso ahora se dedicaba al transporte de materiales “delicados”. O contrabando, si se hablaba con franqueza y entre amigos. Pero John no tenía demasiados amigos ya. A los que no les había disparado estaban en vísperas de hacerlo.

—Antes aquí no sabían ni lo que era la soja…

La voz de barítono calmado del copiloto de John sorprendió a este que ya casi le consideraba tan mudo como el propio ambiente. De este no conocía más que su nombre: Henry Stone. Un nombre tan falso como los papeles que había utilizado para poder transitar por aquel camino con una mercancía tan secreta que ni a él le dejaron echar un vistazo. Buscando respuestas o tal vez un poco más de conversación John escudriñó el rostro avejentado prematuramente de su acompañante para descubrir que había una mezcla de melancolía y rabia habitando en las arrugas de su frente. Decidió aprovechar la ocasión dada para intercambiar algo más que un par de palabras.

—¿Todo eso es soja? —preguntó con algo de fingida inocencia John.

Sabía que aquella región era pobre en todos los sentidos. Suelo, gentes y estado compartían un hambre de rescate y esperanzas que difícilmente vendría por sus propios medios.

—Todo. Hectáreas que antes no eran más que tierra yerma ahora están llenas a rebosar de cultivos de soja.

—¿Y qué tiene de malo? Que yo sepa a la gente de este país no le sobra la comida y un cultivo de este tamaño puede alimentar vete a saber la cantidad de gente.

—Si estuviese destinado a alimento seguro que les encantaría tener tantos cultivos…

John parpadeó como despertando de un sueño. ¿Para qué otro fin iba a estar destinado tamaña extensión de cultivos de soja? Sin embargo sus pensamientos se detuvieron en seco cuando algo alertó sus sentidos. Había visto en la lejanía un par de luces parpadear al unísono con otra que había vislumbrado en su retrovisor. Aquello no le hizo la menor gracia y su experiencia le puso en guardia. La mano izquierda abandonó un minuto el volante para ir a acariciar el seguro de su arma que dormitaba en su cinturón. El gesto no pasó desapercibido para Henry que torció el gesto con evidente desagrado.

—¿Y para que dice usted que se destinan esos cultivos entonces? —volvió a la carga John que necesitaba alejar los pensamientos funestos que rondaban por su mente.

—Agrocombustibles — fue tajante en su respuesta — ¿Para qué si no iba a invertir una multinacional extranjera tamaño capital en un país que apenas sabe la gente colocar correctamente en el mapa?

—¿Me quiere decir que esas plantas pueden mover un coche?

—Con la misma eficacia que el mejor de los crudos. Es más ecológico, barato y abundante que el petróleo… Y mucho más desconocido.

De pronto un enorme tronco pareció aparecer de la nada en la carretera obligando a John a dar un volantazo para evitar estrellarse contra este.

—¡No se meta en los campos! —le gritó Henry.

Pero ya era demasiado tarde. John había actuado por instinto y el camión abandonó el camino para ir a pisar el verde de la soja. Entonces una enorme explosión sacudió el costado derecho del camión lanzando a este y a sus ocupantes en un viaje frenético que no auguraba buen final. Después de varias vueltas de campana el camión se detuvo bocabajo. El cinturón había salvado la vida a ambos ocupantes, pero Henry presentaba un enorme corte en el cuello que sangraba profusamente.

—¿Qué diablos ha pasado? —gruñó entre dientes John tratando de librarse del cinturón.

La única respuesta que obtuvo de Henry fue un gruñido de agudo dolor. Fuera comenzaban a escucharse un grupo de pasos apresurados. John se zafó de la presa del cinturón de seguridad y cayó pesadamente sobre el techo del camión. Justo en ese preciso momento el rostro infantil y tostado de un niño se asomó por la ventanilla destrozada. John no comprendió nada hasta que vio que en su mano pendía un revólver tan antiguo como mortal a esa distancia. Sin embargo, por la expresión que se formó en el rostro del niño no esperaba encontrarse a nadie vivo en el camión. John alargó la mano con rapidez y le arrebató el arma al niño que salió huyendo gritando algo que apenas pudo entender. Cuando John salió a rastras del camión entendió que el niño no estaba solo. En la parte trasera del camión había al menos cuatro adultos con ropas que habían visto mejores tiempos tratando desesperadamente de forzar el cierre del camión. Todos iban armados con escopetas y rifles que tenían la misma cantidad de óxido que de años de servició.

—¡Fuera de ahí desgraciados! —les gritó John disparando al aire.

Los hombres se asustaron y salieron a la carrera a esconderse en un talud de la carretera a unos treinta metros. John aprovechó para sacar al malogrado Henry y apoyarlo contra el techo de un camión que había quedado caído de costado tras el inesperado accidente.

—Minas… —susurró Henry agarrando a John por la manga de la chaqueta —.No se mueva de aquí.

—¿Minas? ¿Me está diciendo que han minado este campo entero?

Henry asintió con la cabeza pesadamente. Aquello era lo último que esperaba encontrarse en un campo de siembra. ¿Qué diablos estaba pasando ahí?

—¿Qué llevamos hay ahí atrás? —le preguntó raudo a Henry que amenazaba con perder el sentido —¿Por qué diablos nos han atacado?

—Se creen que llevamos algo valioso en el camión. Deben de tener hambre. Deben de tener miedo…

—No. ¡Yo tengo miedo! Y si esos pirados se acercan dos pasos más te aseguro que pienso compartir un poco del acojone que tengo con ellos.

—¡No queremos hacerles daño! —gritó de pronto uno de aquellos asaltantes desde su parapeto —¡Sólo queremos su camión! Dénnoslo y les garantizamos su seguridad.

John abrió la recamara del revólver, vio que le quedaban tres balas más, lo cerró raudo y disparó hacia donde había provenido la voz. Esperaba que hubiesen entendido que con él no se jugaba.

—Dígame que cojones está pasando aquí Henry —casi le suplicó el mercenario mientras revisaba el cargador de su propia arma y le pasaba el revólver al herido —.Me habían avisado que podría haber problemas. Pero las minas son algo más que un “problema”.

—Minamos los campos porque los lugareños no hacían más que robar la soja. Su gobierno les hizo creer que nuestra compañía dedicaría parte de los cultivos a ayudar a subsistir a la población local.

—Imagino que de otro modo no hubiesen visto con buenos ojos que viniera una gran compañía a quitarles lo poco que tienen. Lo que veo de pocas luces es ponerles al alcance la mano tanta comida y no esperar que la tentación y el hambre les puedan.

—Teníamos a las milicias locales, gobierno e incluso los observadores extranjeros comprados de antemano. De puertas para afuera nuestra operación es todo lo legítima que le mundo necesita que sea.

—De puestas para dentro minan campos de soja y usan a mercenarios para transportar sabe Dios qué cosa. ¿Alguna idea para salir de esta?

La sangre ya cubría casi toda la camisa de Henry y John se apresuró a efectuarle un vendaje de compresión con un pañuelo para evitar que la cosa fuese a más. Los ojos del herido comenzaban a volverse vidriosos y la inconsciencia ya era casi una realidad más que una amenaza. Necesitaba hacerle hablar para que no se quedase dormido. De lo contrario si había viaje de regreso lo haría sólo.

—El camión tiene un transpondedor que se activa en caso que nos suceda algo grave. El equipo de rescate tiene que estar de camino.

Más les valdría. La noche ya había caído y estaban rodeados por minas y enemigos hambrientos, así que John no tenía intención alguna de hacerse el héroe más allá de lo necesario.

—Así que todo esto se ha liado por culpa del petróleo verde —dijo el mercenario con evidente desencanto —.No entiendo cómo se puede llegar a esta situación con algo que está destinado a ser el futuro de los combustibles.

—Porque aún no lo es. Es sólo un mercado emergente. Uno que probablemente será tan grande o incluso más que los consorcios del petróleo son ahora mismo. Por eso todas las compañías que pueden apuestan fuertes por el biodiesel. La que llegue antes. La que llegue más lejos cuando la última gota de petróleo se haya quemado es la que ganará la carrera antes siquiera que esta empiece.

—¡Pero tiene que haber otra maldita manera que explotar países en vías de desarrollo! ¡Tiene que haber otro modo de conseguir combustible y alimento al mismo tiempo!

Henry suspiró profundamente y bajó la cabeza avergonzado.

—Lo hay. Pero siempre se interpondrán la codicia y la maldad humanas.

Eso John lo sabía perfectamente. Sabía de cuan poderoso era el petróleo y cuántas vidas e intereses movía. Y empezó a tener miedo de que una simple planta pudiera provocar mayores conflictos aún.

—Señor… —susurró de pronto una voz —¿Está usted ahí señor?

John reconoció la voz del niño que había huido asustado de él y se lo encontró en el otro lado del camión. Estaba muy quieto y temblaba. El mercenario preparó su arma y salió de su parapeto para descubrir que sus peores temores se habían hecho realidad: El niño estaba parado encima de una mina.

—Maldita sea chaval… ¿A qué venías? —le preguntó arrodillándose a su lado.

—Venía a traerle esto —le dijo tendiéndole una carta escrita con letra apresurada y envuelta en un pañuelo blanco.

La carta era escueta. Sólo pedían que no disparara por la espalda al grupo de asaltantes mientras se iban de allí.

—¡La próxima vez gritad si vais a huir pedazo de animales! ¡O largaros sin más! —les gritó a los hombres a los que veía asomar las cabezas con cautela tras su escondrijo —.Mandar a un niño…

Estaba seguro que sabrían que no dispararía al crío, pero la mala suerte se había cebado con este y no sabía si podría ayudarle.

—Una Claymore —puso nombre al artefacto que pisaba el niño cuando cavó un poco la tierra alrededor de la mina —.Estas cabronas van por presión. Si apartas el pie un poco nos volará a todos por los aires. Así que quieto, ¿vale?

El niño tragó saliva y asintió. John sacó su cuchillo y con una tranquilidad forzada comenzó a hurgar con sumo cuidado la mina. Tenía que encontrar el dispositivo de presión y desactivarlo. Solo lo había hecho una vez con anterioridad, así que se dejó guiar por los recuerdos y procedió a igualar activador.

—Ahora tienes que levantar el pie muy lentamente cuando yo te diga, ¿de acuerdo?

El pequeño no podía hacer otra cosa más que asentir así que en un instante que se hizo eterno lo hizo. La mina no explotó aunque el corazón de John casi lo hace de lo fuerte que le estaba bombeando en el pecho. En ese mismo momento un haz de luz les envolvió. Con la tensión no había escuchado las aspas del enorme helicóptero de rescate que acababa de salir de la negrura.

Para cuando bajaron a ayudarles el niño y sus acompañantes se habían largado. John se cercioró que su compañero tuviera los cuidados médicos apropiados pero se detuvo un segundo antes de abordar el helicóptero que los sacaría de allí. Tenía que saber por qué casi habían estado a punto de perder la vida. Sin que nadie le dijese nada fue a la parte de atrás del malogrado camión, disparó a la cerradura con su arma dos veces y abrió la puerta.

—Sensores detectores de minas —dijo entre dientes con una sonrisa cansada.

Todo tenía sentido. O no lo tenía según se mirase. No podía creer que hubiesen vivido toda una aventura por algo tan insignificante como la soja. Y empezaba a temer el tiempo en el que aquella pequeña planta dejase de ser tan pequeña para el mundo.

Autor: David Gambero

Vota: Relato nº 6

Las mazorcas
Esperaban las mazorcas su turno para ser cortadas. Unidas y valerosas veían su fin en la milpa muy cerca. Algunas, sin decirlo, soñaban con ser enlatadas pues esta era la mejor forma de perdurar que conocían. Elotitos, sólo faltaba decidir si servirían para sopa o ensalada, si serían servidos con limón o crema o simplemente tendrían que esperar pacientes varios meses en alguna bodega antes de que alguien reparara en ellos. Otras, más trágicas, se preguntaban que se sentiría ser ensartadas y asadas en el fuego del carbón.

Con los pelos de elote al viento escuchaban acercarse al hombre que venía por ellas, las miraba, las tocaba, cortaba una que otra de por acá y por allá, parecía más bien un padre amoroso que ve a sus hijos por fin irse del hogar. Y es que, el corazón del campesino siempre es noble pues sabe que todo lo que posee lo debe a la tierra y sus criaturas más humildes.
Las mazorcas tenían serias dudas de que el hombre supiera lo que en realidad les pasaba después de ser cortadas: empezaban a morir sólo para pasar pronto a ser parte de otro humano, no tan bueno como aquel que día a día las cuidaba.

Mas delante de la milpa, una mazorca olvidada de cultivos anteriores estaba revolucionando el lugar. Hablaba de cosas nunca antes escuchadas por las demás: convertirse en energía.

No a todas las mazorcas les agradaba la idea de fermentar e inundarse de olores no tan armoniosos sólo para poder llegar a serlo, pero la sola idea de poder dar vida a un animal de acero y volverse importante para el hombre los hacía sentir más dorados que el sol más abrasador.
Llegó la cosecha y arranco a las mazorcas de su hogar, los sueños sobre latas y asadores terminaron en un crujido que les indicaba que no importaba cual fuera su destino pronto serían parte de algo más grande.

Vota: Relato nº 7

Bienvenidos al mundo de los agrocombustibles
A Lucía, que confía en que algún día los coches se moverán con energía solar

1. El cazador de estrellas

Los grupos de vencejos chillan al rededor de la casa. Marco mira hacia el cerro y sabe que ha llegado el momento esperado del día. Con aire de importancia agarra el cubo que el año anterior le servía para hacer montañas en la playa del lago. Su padre termina de preparar unos bocadillos. Jamón, tortilla, unas manzanas y dos onzas de chocolate. Y, aunque sea verano, jersey de lana, que arriba sopla en cierzo.

Grandes pasos, nerviosos, inquietos, saltarines. El padre es apremiado para que avive el ritmo. El cubo en el brazo izquierdo de Marco le molesta para subir la cuesta. Tropezón y dos pasos que adelanto. Hoy es la lluvia de estrellas, ésa que llena el cielo de lágrimas. Y un cazador de estrellas tiene que estar bien atento si quiere echarse alguna a su morral.

Marco se siente bien arriba, en lo alto del cerro. Aunque agosto, la hierba verdeguea. Es de los pocos sitios donde todavía hay árboles, porque allá abajo, en el valle, no queda ya ni uno. Le gusta llegar al atardecer y observar. Y pensar. Observar donde antes estaba ese lago “que nos lo han secado”, como dice siempre su madre. También le gusta relajar la mirada hacia lo lejos, hacia los maizales. Infinitos maizales.

Recuerda cuando su madre cantaba. A todas horas lo hacía. Atendía a los turistas que venían a la casa, y cantaba. Atendía el huerto y lo hacía cantando. Pero ya no canta. Desde que se secó el lago ya no lo hace.

Desde que aquello se llenó de maíz no quedan árboles en el valle, ni agua en el lago, ni turistas que atender, ni madre que cante. Maíz de subvención, maíz de reconversión agrícola, maíz que ni siquiera se come.

Anochece. El cubo es asido entre las manos espectantes. Hay que mirar hacia Perseo, allí, siempre hacia tu izquierda. Ahí va la primera. Marco corre, salta, aúpa el cubo. ¡Casi, casi la cojo!. Ahí va otra. Y otra más allá. Y Marco no deja de correr e intentar meter cada estrella fugaz en su cubo. Unas dice que han caído ahí cerca, otras muy lejos. Ésa de allí por lo menos ha ido a Argentina.

2. Argentina: Y Marcelo tose

Desde la boca de su madriguera, un cuí mira atento a Marcelo cuando saca de una cajita un parche. Ha pinchado otra vez y llegará tarde al trabajo. Dejó la escuela cuando tenía once años, para ayudar en la economía doméstica. Él quería estudiar mucho, aprender de animales, ser explorador en África. Ahora limpia las avionetas que fumigan los campos de soja y sus depósitos de agroquímicos. Y tose.

Las ranas desaparecieron con las avionetas. Y los niños no buscan ranas para hacer concursos para ver cuál es la más saltarina. Marcelo mira las avionetas pasar por los campos de soja. Y tose.

Su papá siempre fue agricultor. Cultivaban hortalizas en el huertito junto a la casa, tenían trigales y unas cuantas reses. No era mucho. Pero agregado al sueldo de maestra de su mamá les permitía llevar una vida mucho más que digna... Hasta que llegaron los hombres trajeados de la ciudad ofreciendo cristales de colores en forma de soja ¡Bienvenidos al mundo de los agronegocios!

Ofrecieron dinero a quienes quisieron vender tierras. Éstos se quedaron sin ellas pero con dinero que quemaba los bolsillos. Hoy son carne de suburbio en cualquier ciudad. Cantina, botella y desesperación.

A los que no quisieron vender ofrecieron todo tipo de facilidades. Llegaron los agroquímicos milagrosos, los créditos rejuvenedores de la maquinaria, la planificación a gran escala: los cuentos de la lechera. Los precios de la soja subirán y subirán porque es la gasolina del futuro. Y los papás de Marcelo cultivaron espejismos.

Trampa sobre trampa. Precios que bajan porque hay gringos que los fijan en un despacho de una ciudad lejana. O lo tomas o lo dejas. El sueldo de mamá apenas da para pagar el crédito del nuevo tractor. Hay que comprar semillas, fertilizantes, herbicidas, plaguicidas, combustible... Y nada de lo que se cultiva se puede comer. Vendieron las reses, el huertito se transformó en soja y la harina que entra en casa viene de norteamérica.

Marcelo tose más cuando pedalea rápido. Llegará tarde a llenar los depósitos de las avionetas. Avionetas sobre la soja. Niños que no persiguen ranas porque desaparecieron. Pobreza sin futuro. Marcelo quería ser explorador en África. Y tose.

3. Camerún: rumbo a ninguna parte.

Nayah espanta unas moscas de la cara de Manyi, su hermanita de pocos meses. Lloriqueos y calor húmedo. Su familia empaqueta en fardos las pocas pertenencias que les quedan. Han vendido sus famélicas vacas para irse a la ciudad.

Las vaguadas donde solían llevar el ganado dejaron de dar hierba. Su abuela cree que algo habrán hecho mal para que los dioses les condenen de esta forma. Su padre maldice los cultivos de palma. Esos cultivos de palma que desde hace cinco años han ocupado todas las llanuras fértiles de la comarca. Y de la comarca de al lado. Y de la de más allá.

Nayah acompañaba a su madre y a sus tías a la vaguada a que comieran y bebieran las vacas. Jugaba en el agua del río con sus primas y hermanos. Reían en una felicidad sencilla y cotidiana. Ahora todo esto sería imposible. Sus tías y primas abandonaron hace tiempo el poblado. El río es un hilillo de agua verde. Las vacas fueron vendidas y sacrificadas.

Entre cultivos de palma arrastran carros que llevan fardos con las riquezas humildes de la familia. La última familia de la comunidad en un horizonte de monocultivo. Nayah acuna a Manyi en sus brazos. Sonrisa de niña, sonrisa de jazmín. Manyi nunca podrá ser feliz en la tierra donde quizás sí lo fueron sus antepasados. Quizás tampoco llegue a serlo, allí a lo lejos, en la ciudad.

4. La ciudad: gasolina ecológica en el coche de mamá.

Ayer, al colegio de Sara han venido unos chicos que han explicado qué son los productos ecológicos. Mientras desayuna le explica a su madre que son cosas que se obtienen sin hacer daño a los animales, ni a las plantas, ni a los ríos, ni a la tierra. Son cosas que no contaminan, no echan humo, ni producen basura. Y lo mejor de todo: si usáramos productos ecológicos los ríos estarían limpios, el aire sería puro y todos los niños y niñas del mundo vivirían mucho mejor.

La madre de Sara asiente y sonríe. Le cuenta que su coche usa una gasolina que es ecológica porque se saca de las plantas y no del petróleo. Y que, mientras para extraer petróleo hace falta contaminar mucho, para cultivar plantas se respeta el medio ambiente. Y esas plantaciones, además de no contaminar, dan trabajo a muchas personas de muchos lugares del mundo. Un canario canta en la cocina.

Sara ve cómo su madre saca el coche del garaje. Como todas las mañanas se dispone a llevarla al colegio. Mira con atención el tubo de escape humeante ¿Si la gasolina es ecológica, por qué echa tanto humo? ¿Acaso este humo no contamina?

Semáforos en rojo, impaciencia, bocinas. Sara observa los tubos de escape del resto de vehículos. Se pregunta si también soltarán humo ecológico. Su madre busca su mirada a través del espejo retrovisor y sonríen.

Pero Sara se siente satisfecha. Sabe que gracias a la gasolina ecológica de su madre hay niños y niñas en otros lugares, en otros países, que pueden disfrutar de un medio ambiente limpio. Sabe que habrá niños y niñas que podrán bañarse en aguas limpias, que disfrutarán de frondosos bosques, que sus padres tendrán trabajo, que podrán ir a la escuela a diario, que respirarán un aire no contaminado, que podrán ser felices en la tierra donde nacieron...

...porque viven en el mundo de los agrocombustibles.

Autor: Raúl Urquiaga

Vota: Relato nº 8

Personas y combustibles
Cuando era un niño, el hombre soñaba con campos verdes y árboles frutales, ahora sólo veía bioetanol. El combustible orgánico le había conseguido una casa con una cerca blanca, pagado las ortodoncias de sus hijos y amparaba su fondo de pensiones. Con la ansiedad de los pioneros en la fiebre del oro, su empresa se había lanzando a la recolonización de las tierras del continente africano, incentivando el cultivo de Jatrofa, cuyo aceite era muy valioso para la elaboración de agrocombustibles, y prácticamente de cualquier cosa que pudiera darles dinero. Ver fotografías de las nuevas parcelas de tierra, con los cultivos alineados con simetría, le hacía sentirse extrañamente satisfecho, parte de una gran compañía.

Como representante regional de la empresa, se dedicaba a transmitir estas ideas y valores a posibles nuevos inversores, eludiendo la mala prensa de las asociaciones ecologistas y en favor de los derechos humanos que denunciaban la sobreexplotación de zonas de cultivo alimentarias y el traslado de sus legítimos ocupantes. Los africanos eran personas pobres, y como se podía ver en cualquier anuncio televisivo de una ONG, necesitaban constantemente recursos y dinero de otros países para su supervivencia: dejar tierras aprovechables en manos de personas que no tenían capital suficiente para comprar arados y no podían cultivar era lo mismo que dejar que se echaran a perder.
En cambio, ellos compensaban su ocupación con dinero, una cantidad que les vendría bien para mudarse a otra zona, y cubrían una necesidad económica: ayudaban a mejorar la vida de las personas ofreciendo un combustible más barato, con un coste menor al barril de petróleo...¿y no había de malo en ahorrarse unos cuantos euros cada vez que se echaba gasolina al coche, no?
Con la crisis esto era una gran ventaja.

Creía firmemente en estas ideas, por eso se molestaba tanto cuando durante el turno de dudas y preguntas alguien pronunciaba la palabra "sostenibilidad". En esos momentos tenía que aflojarse casi imperceptiblemente la corbata y usar toda su fuerza de voluntad en no mirar a la persona que había hecho la pregunta como si fuera un crío de cinco años.

Los supuestos expertos en la materia sostenían que la desaparición de zonas de cultivo encarecería el precio de los productos y elevaría los precios de los alimentos, como si la productividad de la tierra fuera un recurso limitado. ¿Pero es que acaso el sol no salía cada día, no había agua corriente en los grifos y los agriculturas seguían explotando sus terrenos año tras año?
Claro que había dificultades medioambientales, pero en países que no tenían medios para solventarlas. Los mayas también habían predicho el Fin del mundo en 2012, y aún seguían vivitos y coleando.

Las desgracias de ese "Futuro" eran lejanas y sus efectos exagerados; e incluso aunque fueran ciertos, cosa que dudaba mucho, se consolaba pensando egoístamente que no lo verían ni él ni sus hijos. Lo que le sucedería a los habitantes del futuro le traía fresco, él ni siquiera estaría vivo. Y si alguien pasaba hambre en el futuro serían los de siempre: países en vías de desarrollo, no era culpa de nadie que no supieran gestionar bien sus medios ni sus respectivos gobiernos.

Tan seguro estaba de sus conocimientos medioambientales y sobre el consumo de recursos que, cuando su hija pequeña trajo un proyecto del colegio sobre cultivo medioambiental sostenible, agarró los papeles y se auto adjudicó la responsabilidad de llevarlo a buen puerto.
Deseando quedar por encima de los otros padres que, seguramente, también estarían haciendo el proyecto escolar, decidió usar parte del jardín trasero de su chalet adosado para llevar a cabo el experimento y sacar fotografías diarias. Estaba dispuesto a sacar el máximo provecho de sus conocimientos sobre el tema, e incluso montar un pequeño negocio para su hija, algo innovador que estaba seguro que nadie más haría: ella conseguiría incentivos para formar su propia empresa para el futuro y un 10 en su trabajo; y la familia no tendría que comprar vegetales durante una temporada. Todo ganancias.

Ni corto ni perezoso, salió a comprar varios tipos de semillas de rosas, y las dejó junto a las semillas de vegetales de su hija. Entonces contempló el terreno de tierra de su jardín: en un primer momento, y sintiéndose inseguro porque las rosas no crecieran, las plantó sólo en una cuarta parte de la parcela, temiendo que no fuera a crecer nada. Para su sorpresa, las plantas crecieron bien, haciendo sombra a los vegetales.

Su hija las cortó, formando un ramillete, y las llevó al colegio, para su sorpresa cuando volvió iba con las manos vacías pero los bolsillos llenos. Eso le dio una nueva idea: si reducía el número de vegetales y cultivaba más rosas, su hija ganaría más dinero y podría iniciar su propio y pequeño negocio. Su trabajo iba viento en popa, ¿por qué no iba a ser lo mismo con un proyecto escolar?, sólo tenía que cuidarse de no reducir demasiado el número de vegetales.

El problema es que el tratamiento de la tierra necesario para mantener las rosas no funcionaba tan bien en las verduras, y temía que se dañaran: con lo cara que estaba la comida, siempre venía bien tener vegetales gratis en la mesa. Para conseguir un terreno mayor en el que plantar sus rosas, decidió talar y arrancar las raíces de los árboles frutales del jardín, y se sintió muy satisfecho ante el terreno alisado y vacío: ¿para qué quería cultivar limones, peras o naranjas cuando podrían comprar de sobra con el dinero que darían las rosas?. Su hija se quejaba, quería decidir las cosas por sí misma, pero consiguió acallarla: después de todo, él era el hombre de negocios de la familia.

¿Por qué conformarse con pequeñas ventas?, el resto de compañeros de su hija y los padres de los mismos se quedarían impresionados por todo el dinero que conseguirían, su profesora le daría un diez seguro. Finalmente, los primeros brotes de vegetales quedaron apartados en una esquina del jardín, y poco a poco se fueron marchitando. El invierno había llegado y estaba demasiado ocupado atendiendo a las rosas para protegerlas del frío.

Entonces llegaron noticias del colegio: la profesora de su hija quería organizar un festival de primavera y mostrar el fruto de su trabajo frente al resto de compañeros de la clase. Quería que llevaran las verduras que habían cultivado, y luego repartirlas entre todos.

La mañana del festival su hija estaba inquieta, sin nada que llevar, pero él la convenció de que las rosas eran más magníficas que cualquier otra cosa que los críos que pudieran llevar. La dejó en la parada de autobús, algo más tranquila, y dedicó el resto de su mañana a redactar un par de proposiciones y preparar chistes para una nueva presentación sobre las bondades del bioetanol. Cuando volvió a casa, creyendo que su hija se tiraría a sus brazos en cuanto cruzara la puerta, se sintió un poco indignado al encontrarla en el salón, llorando a lágrima viva: había suspendido.

El hombre se sintió tan sorprendido como furioso: ¿qué iba a saber una maestra de secundaria sobre el medioambiente? Seguro que tenía celos del éxito que habían tenido y estaba tentado de ir al colegio a cantarle las cuarenta, pero hacerlo sería como admitir que había hecho solito el proyecto de su hija y empeoraría la situación.

De nuevo, le dijo a su lo que tenía que hacer y las palabras exactas que le diría a su profesora a la mañana siguiente. Estaba convencido de que la mujer daría su brazo a torcer, admitiría que tenían razón y le cambiaría la nota a su hija; sin embargo, la niña no parecía muy segura.

Esa mañana, en vez de concentrarse en su trabajo, estaba deseando llegar a su caso. Sabía que era una niñería, pero quería saber que tenía razón.
Cuando finalmente llegó, el panorama no había mejorado mucho, aunque esta vez, la niña tenía entre sus manos una explicación escrita del motivo de su suspenso.

"Nota informativa a los padres de la alumna:
El proyecto, aunque interesante, no se ajusta al módulo de medio ambiente propuesto para la clase de Conocimiento del medio. El objetivo era la creación de un cultivo sostenible dentro del núcleo familiar para crear una fuente de alimentación y concienciar así sobre la necesidad de cambiar los hábitos de consumo, concienciando a futuras generaciones para conseguir un mejor aprovechamiento de los recursos naturales.
Estoy segura de que su hija podrá recuperar la evaluación sin inconvenientes el trimestre que viene".

Leyó la nota un par de veces: todo eso eran intenciones bonitas, pero a él le sonaban a cuento chino.
Enfadado, salió a su jardín, dándose cuenta por primera vez de que su jardín estaba destrozado: las raíces de las rosas habían abierto la tierra de su jardín, y los árboles que antes daban sombra y protegían la casa habían desaparecido: se había dedicado al monocultivo de rosas y había echado a perder el resto del patio. Acababa de generar un nuevo impacto ambiental en su propio jardín.

Para colmo, como si su mujer le hubiera leído el pensamiento, le pidió tomates del huerto para hacer gazpacho. Al ver los brotes mustios en la esquina del jardín no le quedó otra que coger el coche y conducir varios kilómetros hasta la ciudad. Odiaba comprar en los supermercados de la ciudad: las verduras eran caras porque tenían que ser exportadas, y entre la factura de la gasolina y la subida del IVA, cada una de sus excursiones a por víveres le salía por un pico.

En su siguiente conferencia, tres días después de su viaje a la ciudad, uno de los futuros inversores preguntó si el uso de biomasa, materia orgánica que podría ser convertida en una fuente de energía, no era una técnica peligrosa si se superaba la cantidad neta de producción de un ecosistema, como parecía estar haciendo su empresa en África.

El hombre volvió a defender el bioetanol una vez más y el uso que estaba haciendo su empresa del terreno para evitar el uso de energías fósiles, pero cuando la conferencia terminó se quedó pensativo. Mientras recogía, recordó la factura de la gasolinera, y todo el dinero que se podría haber ahorrado si en vez de cultivar sólo rosas hubiera dejado una parcela de tierra para los vegetales. Incluso podría haber afectado positivamente a su estilo de vida, bastante sedentario: dejar de comer tantas grasas saturadas y cenar verduras ecológicas de su propio huerta habría mejorado sus niveles de colesterol, y seguro que se levantaba con más energía y mejor humor por las mañanas.

Él había actuado siguiendo su libre albedrío en su jardín, y lo único que había conseguido era destrozar el patio trasero y conseguir un suspenso para su hija. Si se tratara de una gran empresa, con capital suficiente para hacer y deshacer, y llena de ejecutivos que, como a él, amaban el riesgo, la idea de que su empresa estuviera sobreexplotando terrenos en África no parecía tan descabellada.

Pensó en dejar su empresa, e incluso en medidas para reducir el consumo de energía en su casa, como apagar las luces al salir de una habitación o apagar la televisión cuando no la estuviera viendo, pero entonces llegó de nuevo su nómina mensual. Y se olvidó completamente de sus buenas intenciones.

Entonces el hombre volvió a soñar con mares de bioetanol.

Autora: Sonia Escudero

Vota: Relato nº 9

Soja RG

¿Por qué llorás viejo? - Preguntó el pequeño Giovanni a su padre, Nicolás,- mientras se fundían los tonos pasteles en un azul cobrizo tras la inmensidad de los campos de soja.
Nicolás, sentado al lado de su hijo sobre una roca y vestido con unos jeans, camisa de algodón caqui y una gorra, respondió a Giovanni mientras se secaba las lágrimas:
Sabés, hijo. Hace años le pregunté a mi padre frente a este mismo campo, ¿por qué reís viejo? Y me contestó: “porque acabo de escuchar la hierba crecer”.
Giovanni se quedó en silencio, y tras observar detenidamente los cultivos y las leves olas que formaba el viento en los mismos, volvió a preguntar a su padre: - ¿Y cómo podés escuchar a la hierba crecer? -
Eso mismo le pregunté yo a mi padre, - dijo Nicolás. Tu abuelo me contó como su padre, después del trabajo, se sentaba todos los atardeceres en este mismo lugar, y escuchaba como crecían los campos. Pero entonces había maíz y girasoles y trigo. Y allá, en la margen derecha del río, teníamos frutales-dijo Nicolás señalando al Oeste. Y por donde queda el viejo roble había hortalizas. El día que mi padre, tu abuelo, escuchó por primera vez crecer los campos echó a reír a carcajadas. Yo estaba con él ese día, y fue cuando le pregunté: ¿por qué reís viejo? Al poco de nacer vos, escuché por primera vez ese sonido… y también reí, y reí, y reí… y tu madre empezó a reír porque en la cena a cada rato me reía.
Giovanni miraba a su padre fijamente mientras este oteaba el horizonte. Las pupilas del pequeño se dilataron y parecía que le hubieran crecido los ojos, como el sol, que se veía inmenso y parecía sumergirse entre los campos de soja. Tras un breve silencio, Nicolás añadió:
- Hace tiempo que no escucho los campos crecer… Todo se perdió.

Nicolás se levantó en silencio y empezó a caminar hacia su camioneta. Giovanni aún yacía con su mirada perdida en el horizonte. – Hijo, vení- exclamó Nicolás.
Estaba oscureciendo cuando llegaron a la camioneta. Al entrar en el vehículo se quitó una vieja gorra que tenía impreso en su frontal: << Roundup Ready>> y bajo estas palabras <<Monsanto>>. Después de encender el motor Nicolás accionó las luces. Los focos iluminaron una inmensa valla publicitaria de latón, oxidada por los bordes, donde se veía una gran foto de un campesino sosteniendo una planta de soja entre sus manos y de fondo un extenso cultivo de la misma planta, en el que se podía leer en grande <<ALIMENTAMOS EL PAÍS>> y con letra más pequeña y justamente debajo <<Argentina con vos siempre>>. En el margen derecho y una palabra encima de otra <<CONABIA, INIAS y ASA>>, con sus respectivos logotipos.

Al llegar a casa, Laila, una perra mestiza de pastor alemán y labrador, salió a su encuentro agitando afanosamente el rabo mientras daba vueltas sobre sí misma. La casa era de dos plantas. De madera. Pintada de color blanco. La pintura descascarillada dejaba ver una madera ennegrecida con el paso de los años, dando un aspecto muy deteriorado a la casa. El terreno no presentaba cerco en la parte delantera, pero sí en la trasera donde tenían un pequeño cobertizo. Unos metros detrás del cobertizo, y al lado de una pequeña alberca que usaban en verano de piscina, se levantaba la quijotesca figura de un tractor marca Lamborghini que compró Lucas, el padre de Nicolás.

Entraron en la casa. Un inconfundible olor se expandía por toda la estancia. Giovanni soltó su cazadora en el perchero que más bajo estaba y corrió hacia la cocina siguiendo el olor del estofado de carne.
- Uhmmmm que rico huele vieja,- dijo Giocanni entrando en la cocina y dirigiéndose hacia la olla.
- Cada vez te parecés más a tu padre, ¡ya olvidaste el beso!- exclamo Andrea, la madre del muchacho.
- ¡Perdoná vieja!- se diculpó el niño. En ese momento entró Nicolás, diciendo:
- ¡Y en qué se parece este niño a mi si es posible saber!- dijo en tono burlesco.
- Pues en que entraste y no le diste un beso a tu mujer, ¡vos te parecés cada vez más a tu hijo! Dijo Giovanni, y rieron todos.

Se sentaron los tres a comer en la mesa de madera, cubierta por un hule de cuadros blancos y azules, que estaba dentro de la cocina. La cocina no era muy grande. Compuesta por tres módulos de madera, una cocina de gas y un horno de leña. Encima de la cocina de gas una pequeña ventana orientada al Este. En la pared, frente a la ventana, colgados algunos útiles de la vida rural de otra época: tres llaves de hierro de gran tamaño, una viaja cuchara de latón, un plato con motivos florales y un viejo reloj que el tiempo había parado. Andrea sirvió a Giovanni y a Nicolás.
Andrea, ¿no comés? – Preguntó Nicolás.
No ya cené mientras esperaba- dijo Andrea con un semblante serio.
Cuando Giovanni terminó su plato pidió permiso a la madre para agarrar un yogurt. La madre respondió:
Sí hijo, mirá a ver, creo que queda uno.
Después de comerse el yogurt Giovanni preguntó:
¿Puedo ver la televisión? A lo cual se adelantó Andrea a responder:
No hijo, mañana tenés escuela y después no hay quien te levante. Podés leer un rato si querés.
¿Subes después y me arropás? – Preguntó Giovanni.
Después subo y te doy un beso de buenas noches –dijo Andrea.
Buenas noches viejo, -dijo el niño dándole un beso a su padre.
Andrea se levantó y puso agua a hervir. Le acercó la matera y la hierba a Nicolás. La casa quedó en silencio. Solo se escuchaba levemente la radio.
- No sé que hacer, eché el último trozo de res en el estofado y ya no tenemos más plata – dijo Andrea mientras se condensaban lágrimas en sus ojos, retenidas unos segundos por sus largas y tupidas pestañas.
- Tranquila mujer, le pediré algo prestado a Marcos para los próximos días, - dijo Nicolás.
- Los Ibarra también se van. – Dijo Andrea, como si hubiera retenido esa frase hasta salir contra su voluntad, y añadió:
- Carla tiene una tía en Buenos Aires y parece que puede conseguirle trabajo como asistenta de hogar.
- ¡Pero qué decís mujer!, ¡Creés que no puedo hacerme cargo de mi familia! – dijo Nicolás subiendo el tono de voz.
- Yo no dije eso – respondió Andrea mientas agarraba la mano de su marido. Pero no podemos seguir así. Hasta cuando creés que podemos aguantar. Vos sabés mejor que yo que esto no mejorará, quedarnos aquí es condenarnos a nosotros y nuestro hijo – añadió Andrea apretando con todas sus fuerzas la mano de Nicolás y reprimiendo el llanto y las ganas de gritar.
- Me pedís que abandone todo lo que tenemos para irnos a la ciudad, a hacer qué… para que trabajés en la casa de otros- dijo Nicolás.
- Sí, si es necesario. Por lo menos no nos moriremos de hambre – dijo Andrea. Tras un breve silencio, añadió Nicolás:
- ¡Y qué querés que yo haga!, el campo es toda mi vida.
- Pero aquí ya no hay vida, ¡no me jodás!, - dijo Andrea elevando el tono de voz y soltándose en llanto. ¿Y qué querés para tu hijo? ¡La soja querés, esa jodida nos está quitando la vida! – dijo Andrea gritando.

Andrea se levantó y se fue. Nicolás escuchó como subía por las escaleras hacia el cuarto de Giovanni. El hombre se quedó sumergido en sus pensamientos. El sonido del agua hirviendo derramándose de la olla lo sacó de sí. Se levantó y apagó el fuego. Agarró las asas con un trapo y volcó el agua en un termo. Apagó la radio y se volvió a sentar en la mesa. Llenó el mate con la hierba y empezó a cebar el mate.

Pasó una hora. Se levantó y se dirigió hacia la puerta trasera de la casa atravesando el salón. Salió de la casa y cruzó el patio hasta el cobertizo. Se paró delante de la puerta. Sacó un manojo de llaves de su bolsillo y escogió una llave oxidada. Abrió el candado con la misma y entró. Se dirigió hacia el fondo. Apartó una vieja corta césped, un rastrillo y una pala. Movió una caja de cartón, que contenía latas de pintura con las tapas corroídas por el óxido, y una vieja batería de coche. Se agachó delante de una caja de hierro cubierta por un trozo de tela. Destapó la caja, moviendo la capa de polvo que se había acumulado durante años, y miró detenidamente el candado. Volvió a sacar el manojo de llaves. Seleccionó una pequeña llave del mismo y la introdujo en el candado. Giró suavemente la llave pero el candado no saltó. Movió la llave en varias direcciones hasta que finalmente se abrió. Quitó el candado y levantó la tapa de la caja. Agarró un objeto cubierto por restos de una camisa de franela. Lo destapó y quedó a la vista un revólver, un viejo Colt. Abrió el tambor y vio que estaba vacío. Buscó en la caja y halló otro trozo de la camisa que envolvía 9 balas. Introdujo lentamente una bala en cada una de las seis recámaras. Se levantó. Observó el revolver. Levantó el mismo lentamente hasta introducir el cañón en su boca. Sintió el frío del hierro en contacto con sus labios y su lengua. Cerró los ojos mientras un escalofrío le invadía todo el cuerpo. Con el pulgar empezó suavemente a presionar el gatillo. El sudor le resbalaba desde la frente al cuello. Podía oír los latidos de su corazón en los oídos. Un sabor amargo le invadió la boca. Abrió los ojos decidido a poner fin a su vida. Observó delante de él una viaja foto colgada en la pared. Era él de niño junto a su padre, su abuelo y aquel viejo tractor. Se acordó del momento en que tomaron la fotografía. El motivo fue la compra del tractor. Momentos antes Lucas, el padre de Nicolás, sentó al pequeño Nicolás en sus piernas y le entregó el volante del máquina. Nicolás, a pesar de tantos años atrás, se acordó de las palabras exactas de la conversación: “me da miedo”, a lo cual respondió su padre:
- “Hijo, los miedos siempre están ahí. Si no te enfrentás a ellos nunca se irán. Agarra el volante. No temás”.

Nicolás sintió en ese instante como una gran tranquilidad le invadía todo el cuerpo. Fue retirando lentamente la tensión sobre el gatillo. En ese momento escuchó como se abría la puerta y se apresuró a apartar el revolver de su boca, volviendo a aplicar fuerza sobre el dedo pulgar, esta vez sin pretenderlo, y accionando el gatillo. Un fuerte estruendo se escuchó en toda la casa. Laila, la perra, había asomado la cabeza por la puerta y tras la detonación salió aullando y corriendo en dirección a la casa. El disparo despertó al pequeño Giovanni y su madre, que se había dormido junto a él.

Autor: Juan Muñoz

Vota: Relato nº 10

Las colas del hambre
Prepárate Alex, hoy será tu primer viaje a las colas del hambre. Hay cosas que debemos hablar, mucho por organizar antes de que salgamos.

Quien habla es mi abuelo. Un hombre curtido, seco, fuerte, un superviviente de las guerras líquidas. Enterró a sus tres hijos, a su mujer y a su única nuera, mi madre. Ella murió al darme a luz y mi abuelo fue el mago que consiguió que una muerte anunciada, la mía, se tornara en vida. Aprendió y se supo adaptar a los cambios, a un modelo económico que caía, a una sociedad descompuesta, al nuevo régimen mundial instaurado. Calló, analizó, se adaptó y sobrevivió. Vio como las grandes hambrunas asolaban el mundo, como morían a millones, como en una carrera hacia el más absoluto sin sentido, la humanidad destrozaba su entorno, talaban los bosques, exterminaban miles de especies, contaminaban la tierra y sentenciaban a muerte a más de dos tercios del planeta.

Fue durante las guerras líquidas. El pico del petroleo quedaba ya lejos en la memoria de todos, la escasez del oro negro se unió a la precariedad en el acceso al agua potable. El mundo demandaba cada vez más energía y más agua para su generación. El oro negro fue sustituyéndose por biocombustibles, la única energía que en ese momento permitió aprovechar las grandes flotas de transporte. Fue más fácil apostar por la producción agraria de biocombustibles que por la de derivados de algas o productos reciclados. Las grandes corporaciones compraron tierras en el Sur, en el Norte...compraron hasta el último acre. La población se vio privada de su forma de vida mientras veía, cómo los precios de los alimentos básicos subían y los acuíferos acumulaban niveles tan altos de pesticidas y fertilizantes que dejaron de ser aptos para el consumo humano.

Pero eso fue antes de que yo naciera. Llegué al mundo unos meses después del fin de las grandes guerras, en una zona rural, el área de producción mz8976/g. Aquí, todos trabajamos en la producción de agrocombustibles; niños y mayores sin excepción. ’Sin producción no hay comida’. Cuando el nuevo régimen se instauró, cada adulto recibió su cartilla de racionamiento, salvoconductos digitales que permiten salir del área de producción y viajar una vez por semana hasta el centro de entrega de alimentos más cercano, el pase a las colas del hambre; interminables hileras de personas hacinadas y alienadas que esperan su alimento. El régimen prohibió el cultivo para consumo propio. Las pocas tierras que las grandes corporaciones no compraron fueron confiscadas en la instauración del régimen, quien desde entonces decide qué se cultiva y el uso final de las cosechas.

No todos recuerdan cómo fue. Mi abuelo, a sus ochenta años, ha vivido más que cualquiera de nuestro área de producción. Por la noches, en la cámara que tenemos asignada, me cuenta historias en susurros, historias que sé que no debo repetir , una realidad que no puedo contar a nadie, excepto quizás a mis hijos si algún día los tengo. Recuerdos de un mundo en que el ser humano no dedicaba su vida a la producción de alimentos para las máquinas; imágenes de tierras fértiles, bosques, flores, biodiversidad, ríos transparentes de agua dulce y limpia, días de libertad, días que comparados con el castigo de nuestra realidad, parecen mágicos.

Pero todo desapareció, las guerras líquidas acabaron con aquello y nos dejaron parajes desolados, estepas áridas que rinden culto al monocultivo de agrocombustibles; horizontes secos como nuestro futuro, como nuestros ojos, como los cielos que nos castigan con interminables sequías o esporádicas tormentas torrenciales.

Alex, conoces las consignas, las tuviste que aprender rápido en tus primeros días en los campos de trabajo. Cometí el error de no enseñártelas antes de que te llamasen y sufriste el castigo en tu llegada. Ambos aprendimos y esta vez, en el día de tu ingreso a las colas del hambre, sabes todo lo que se espera de tí.

Sé que no debo hablar del pasado, que no debo cuestionar la Autoridad, que mi cartilla de racionamiento me dará una identidad como adulto, la posibilidad de tener hijos, el derecho a que mi voz forme parte del régimen.

¡Conoces bien la mentira en que vivimos! Te convertirán en una esclava en fase reproductora, una hembra fértil para engendrar vástagos que alimenten la maquinaria del sistema. Debes huir Alex, no desaproveches tu vida, no se la entregues, no la merecen; tú no lo mereces.

Abuelo ya hemos hablado de esa opción. Sin un salvoconducto propio no puedo abandonar nuestro área de producción y cuando ya lo tenga, ejercerán control sobre mí, igual que lo hacen sobre ti.

A diferencia del resto de los jóvenes, sabes cómo llegamos aquí, sabes que el mundo fue de otra manera, que el ser humano no siempre estuvo condenado a trabajar para producir energía que alimentase la maquinaria que nos llevó a la esclavitud. Eres las esperanza a una nueva vida, una semilla de la resistencia que liberará el planeta.

En estos últimos años te he enseñado todo lo que sé. Eres capaz de sobrevivir en las condiciones más extremas, conseguir alimento y agua donde parece que nada existe. Estás preparada y hoy es el día en que tendrás la única oportunidad de intentar vivir fuera de nuestro encierro en gamma, conseguir que no te conviertas tú también en un número, salir de su rueda, de su mentira: VIVIR.

¿Cómo? No tengo mi cartilla.

Hoy te la deberían entregar, no lo pueden hacer en gamma, sólo tienen los medios en los centros de entrega de alimentos. Nuestro viaje a las colas del hambre es el inicio de tu viaje a la libertad. Alex hoy es el día, ha llegado el momento de que empiece tu nueva vida, de que consigas huir de nuestra reclusión, de nuestra esclavitud. No más campos de trabajo para producir alimento para las máquinas, mientras nosotros mal vivimos. La vida no es una rueda de molino a la que estemos enganchados para que nuestra energía produzca otro tipo de energía.

Pero...¿dónde iré? Todo gamma son campos de trabajo y más allá hay desiertos, las zonas arrasadas por los fertilizantes y los pesticidas.
Tendrás que recorrer un largo camino, pero llegarás a campos de trabajo que fueron abandonados hace años. Ocho años es un ciclo completo para que la tierra se limpie y vuelva a ser fértil y allí, la vida habrá vuelto a nacer. Allí habrá asentamientos.

Abuelo no puedo ir sola. Ven conmigo.

Sabes que no puedo, nos localizarían. Soy viejo, estoy al final de mis días. Viví en libertad, sufrí las guerras líquidas, vi morir a todos los que quería y cuando pensaba que no me quedaba nada más por lo que luchar, llegaste tú. Mi últimos años en reclusión cobraron sentido gracias a ti. Has sido la fuerza que me me ha impulsado a continuar a rebelarme, contigo llegó la oportunidad de soñar de nuevo con la libertad, el regalo de poder transmitirte lo que la vida me ha enseñado. Eres una opción, la llave a una vida alternativa.

Siento un nudo en la garganta. Las lágrima se agolpan en mis ojos. Miro a mi abuelo a través del filtro de agua que empaña mi visión. Intento hablar, decirle que no puedo separarme de él, pero la garganta me quema, los ojos me arden y mi abuelo me traslada a un universo de seguridad con un fuerte abrazo. Ha sido mi guía, mi tutor, mi única referencia de lo que es el cariño, el amor y el respeto. Lejos de su área de influencia soy un número, una pieza del engranaje de producción , un eslabón de la cadena de los campos de trabajo.

En susurros, como las olas del mar dentro de las caracolas, las palabras de mi abuelo resuenan en mi interior.

Lo encontrarás. No lo dudes. No dudes de ti ni por un instante. El sol estará en su cenit cuando te avise. En ese momento, corre, siempre hacia el Sur. No mires atrás, escuches lo que escuches. Yo ya hecho mi elección, nadie puede salvarme, pero espero que mi decisión te salve a ti.

Al alba todos los adultos con salvoconducto y yo, subimos al transporte que nos lleva a las colas del hambre. Viajo en un vacío temporal, unas horas me separan de mi vida adulta, unos kilómetros para recibir mi propia cartilla de racionamiento, mi salvoconducto digital.

Reina el silencio, nadie habla, nadie cruza la mirada con nadie. Extraños unidos por un mismo destino, una misma condena; reclusión en soledad.

A mediodía la parada técnica en una área de repostaje. Por seguridad todos debemos abandonar el transporte. Nos colocan tras unas cintas luminosas protegidas por personal de las milicias. Silencio. Nadie se mueve, todos miran al suelo, con sumisión, con resignación. Bajo un ardiente sol, mi abuelo abre la puerta de la libertad, un mecanismo accionado por la desesperanza le lanza hacia el transporte mientras grita ’YA’.

Veo como agarra la manguera con la que reposta el vehículo, la milicia le rodea, le apuntan con sus armas y yo comienzo mi carrera hacia el Sur. Tiros. Gritos. A mi espalda una explosión. Pero yo corro, la voz de mi abuelo retumba en mi interior; ’no mires atrás’, ’mereces otra vida, una vida en libertad’.

Y corro en busca de campos con vida, de una vida con sentido; corro sin mirar atrás hacia la libertad.

Autora: Silvia García

Vota: Relato nº 11

Muerdoch y clinamé

Un lustro terrestre llevaba exterrado Muerdochen la luna oscura que él mismo había concebido en un sueño megalómano.
Acumulando agua selenita, toneladas de manjares liofilizados, videojuegos antiedad y delicias de sexo andrógino admiraba su obra planetaria acurrucado en la comodidad de la muy terrenal estación extraterrestre.
Desde que sus operaciones fractales de caosImplícito y sus miríadas de complejas ordenes simultaneas de compraventa desataron hambre, guerras, sed, y holocaustos sin fin él se convirtió en el único amo de la gente, el señor de los presidentes de todo estado, el general de los ejércitos mercenarios dominadores de las peor equipadas milicias nacionales y en la inspiración mítica de sus antiguos compañeros: los especuladores con ambición y egoísmo ilimitados.
Todo era suyo y nadie lo sabía todavía.
Muerdoch era el vencedor de la competición entre megarricos especuladores del mundo.
Las antiguas supercrisis financieras eran vistas con nostalgia ante las proporciones del desastre terráqueo actual. El azar había desaparecido todo era un caos predecible.
Muerdoch dirigió durante décadas los designios del complejo industrial-tecnológico-agrario-ganadero que cambiaba de nombre como muda la piel la serpiente venenosa.
La única lastima: los médicos le habían dicho que sus 120 años de créditos-vida se agotaban como se oxidan las armaduras.
Desde la más placentera isla del Pacifico Sur y con una simple tableta conectada a “extranet” (su propia red de redes superpuesta a internet) dirigió los destinos de todo lo vivo.
Mientras, por el islote correteaba su única familia: la pequeña Clinamé, niña mulata llegada en un neumático a la deriva que se instaló en el pozo ávido y ciego que era el corazón de Muerdoch.
Se convirtió en un dios anónimo y subterráneo.
Dirigía la compra de inmensos eriales con el tamaño de subcontinentes. Hacía tiempo que los chinos trabajaban para su proyecto.
Expulsaba con saña a los habitantes milenarios, masacraba a los resistentes convirtiéndolos en piratas de sus propias carencias y vallaba con espino todo.
Perforaba luego los pozos freáticos para convertir los desiertos en extensos paraísos de monocultivos: Sembraba vergeles inmensos de soja, palma y rosas. Eso era todo.
Las rosas eran su debilidad y había conseguido crear un espécimen propio con el color secreto de su imperio: rubio Milton.
Importaba masas de desesperados operariosy los moldeaba con leyes, diversiones y grasa.
Operarios obesos, satisfechos y reaccionarios.
Millones de cabezas de ganado pastaban ciegas hasta que las matarifaban expertos venidos de la querida Expandia donde eran expertos en torturas-espectáculo de las que sacaba beneficios económicos y de control espiritual de los jornaleros sin raíz ni cultura.
Todos estaban agradecidos al nuevo orden aunque tuviera el precio de una Tierra que intentaba desembarazarse de aquellos parásitos provocando ciclones, mareas crecientes, olas de calor y fuego nevado,
Agotado el petróleo hacía décadas, fue sustituido por un impuesto a las placas solares y a los aerogeneradores. Muerdoch estuvo entre los primeros beneficiarios de mercantilizar la Naturaleza. Por supuesto, la totalidad del agua había sido privatizada. Muerdoch era uno de los trescientos en todo el mundo que todavía se permitió hasta última hora, hacer ruido de motor de explosión con aviones a reacción y motos acuáticas, formulas customizados y motos pedorretas nutridas por las últimas reservas de gasolina más valiosas por litro que el kilo de oro.
Ah, nostalgia de tiempos contaminados, sustituidos en fina y paciente estrategia de lobo solitario por Muerdoch “el invisible”. Reinaban los tiempos de la dictadura gaseosa, su mayor invento: Consistía en inocular la atmósfera con nanopartículas que controlaban la mente de la humanidad y la hacían dócil a los caprichos de mercaderes y jóvenes funcionarios adeptos, sin saberlo, a Muerdoch.
Pero, si su vida era ya tan ínfima como la de un vegetal liofilizado: ¿Quién heredaría su ambiciosa, magna y fallida obra?
Clinamé le odiaba y se dedicaba a montar conciertos de ruido en las paredes de cristal de la estación lunar. Le detestaba por haberle montado por la fuerza en el último cohete espacial que Muerdoch había fletado con la esperanza de que la vida terrestre se calmara y fuera lo suficientemente segura para volver a reinar desde el planeta azul. Desde que los piratas informáticos descubrieran el origen de todas las ordenes en su islote-paraíso. Desde que la Tierra se había convertido en un inhabitable caos donde todos se acusaban del mal estado de las cosas, de ser el oscuro origen de una vida tecnificada pero vacía, donde las barbacoas eran diarias y por lo tanto rutina insatisfactoria. Donde los renegados del sistema comenzaban a incomodar como mosquitos al Gran Ejercito Nanocontrolador. Donde las mentes eran esclavas de las nuevas que inventaban las corporaciones del artificio, la diversión y la desinformación, pero resultaban dañadas y bordeando el descontrol.
Muerdoch echaba de menos aquella Noosfera Primaria donde las gestas de deportistas de elite y monstruos del espectáculo distraían las duras jornadas de trabajo contra las maquinas.
Ahora el nanogas-atmósfera había hecho incontrolables los deseos de la población mundial. Sólo en escasos y pequeñísimos reductos llamados aldeas-burbuja se jugaba y cantaba con la alegría de antaño y Muerdoch les odiaba por eso, por recordarle lo que había destrozado con su codicia sin límite.
Ni siquiera consolaban a los nuevos urbanitas las cada vez más estrafalarias construcciones arquitectónicas, cada pueblo tenía su macromuseo y sus torres rascando los cielos infectados. Pero todo era inútil y la gente infeliz.
Las madres pedían a los gobernantes lechugas, mijo, arroz, zanahorias y pasteles de espinacas que habían visto en las antiguas enciclopedias de cocina. Estaban hartas de dar de comer esencias de carne de todos los sabores y colores, a todas las horas. El pescado hacía tiempo que era un manjar del pasado. La gente mataba por unas nueces o por unas cerezas. Muerdoch había concebido un mundo carnívoro y se dedicó a secuestrar todas las semillas al tiempo que construía carreteras hasta el mismo pico de las montañas más alejadas. Todos los bosques habían quedado arrasados por las industrias manufactureras de la construcción.
El crecimiento de las ciudades sin límite demandaba materiales que cada día escaseaban más, eran más caros y finalmente enriquecían aun más a Muerdoch y los suyos.
Los vertederos eran museos de detritus donde los arqueólogos de la antigua vida intentaban entender como había desaparecido.
Muerdoch, en la burbuja del hospital interestelar, se entregaba al runrún de su mente fría, sin límites morales ni éticos con el único designio del provecho personal y el lucro galáctico. En la sombra del lado oscuro de la Luna, esperaba su oportunidad para aparecer como el Salvador de la Humanidad.
Sería su traca final aparecer desde el espacio con un cohete cargado de semillas ancestrales que vendería a peso de…a peso de planeta el nuevo valor que acuñaría para intercambiar en el cosmocaos que había creado.
Pero alguien más esperaba su oportunidad. Clinamé había hackeado Extranet y había contactado con la red de aldeas-burbuja. Por eso cuando el anciano entubado y deshumanizado que era Muerdoch le ordenó que subiera la cohete lo hizo con un gran disgusto aparente que a duras penas podía esconder la alegría de volver al bosque que sólo podía ver en pantalla de alta resolución.
El viaje finiquitó la tenue vida de Muerdoch, quizá una mano “amiga” desconecto el cable oportuno. En efecto, la escasa colonia lunar había sido el campo de cultivo de una regeneración humana. Eran todas mentes privilegiadas escogidas por Muerdoch para reinstaurar su dictadura pero que se habían rebelado íntimamente contra el Viejo Virus como siempre le llamaron. V.V. Muerdoch había muerto y la humanidad podría quizá renacer de sus cenizas. El cohete traía consigo siete tripulantes (seis mujeres y un hombre) que aterrizaron en el moribundo Mediterraneo con la misión de expandir por el mundo las semillas milenarias que había secuestrado Muerdoch.
Había una ínfima posibilidad de dar la vuelta al negocio de muerte que se había impuesto.
La paciencia y la estrategia que había empleado el viejo especulador, serían ahora puestas al servicio de recuperar una vida sencilla y pegada a los ritmos naturales de la Tierra que se haría, de nuevo como en primavera, amiga de los hombres, las mujeres, los niños y los viejos. Miles de millones de ellos de acuerdo para llevar una vida saludable y libre de paraísos artificiales.
Clinamé había estudiado mucho las causas del desastre y tenía todas las claves de las industrias que dirigía su padrastro Muerdoch. Tenía el poder económico, milita y lo usaría todo para desmontar el sistema especulativo como se desguaza una central atómica: con tiempo y cuidado.
Convocaría a los nanodirigentes para realizarles una operación a corazón abierto sin bisturí, simplemente con la palabra, pero imponiéndoles férreos controles para que no se desmadraran más.
Y pondría la leve sede de su nueva empresa en lo alto de una encina milenaria.

Autor: Alberto Pecharroman

Vota: Relato nº 12

El viento y la piedra
Con la mano en la tierra apreté con fuerza el puño y alcé un puñado de yermo.

- Esto antes era tierra- susurré para mí mismo con el corazón encogido.

A mi alrededor una enorme cuadra baldía, un terreno perdido donde antes reinaban los gigantes. No había cadáveres que desenterrar, todos se habían ido. Llevados por la codicia, no quedaban raíces, no quedaban tocones, no quedaba vida.

“Al principio todos acudieron con alegría, había voces disonantes, pero eran pocas y fueron rápidamente acalladas. Él, con su traje negro, su corbata impecable y sus palabras llenas de futuro y prosperidad nos engatusó con facilidad. Éramos inocentes, no conocíamos los riesgos, y la verdad, no nos importaban.

Al principio fueron pocas hectáreas, un pequeño rincón cerca de ancestrales gigantes que daban nombre, vida y hogar… No hubo ninguna reticencia a entregar estos pequeños terrenos, a cultivarlos para el biodiesel. No hubo nada que decir, al fin y al cabo una planta es igual que otra.

Nosotros cultivamos, cuidamos que crecieran y los protegimos, pero no era suficiente. Lo que crecía era rápidamente devorado por esos demonios de traje negro que siempre pedían más, más rápido, más grande… Nosotros no sabíamos que hacer y ante el problema los mismos demonios negros dieron la solución, pesticidas, abonos químicos, fungicidas, ingeniería genética…

Palabras que poco o nada significaban para nosotros, hijos de recolectores, nietos de recolectores, que usábamos una forma de vida tradicional; inculta y atrasada según ellos. Ellos que traían el avance hacia el progreso, nuevamente, el futuro.

Sencilla, así definiría ahora mi vida anterior, anterior a vender nuestra tierra, la que no nos pertenecía y sin saber estábamos destrozando.

Como digo al principio fue poco, una región de unas cuantas hectáreas, pero la prosperidad atrae a todos y nuestro pequeño pueblo se llenó de gente, de mentiras, de ambición. De cuervos.

Las pocas hectáreas se convirtieron en cientos y los gigantes, orgullosos señores de esta tierra fueron talados sin piedad, su crujir, terrible y sonoro era una advertencia que ninguno quisimos escuchar. Cegados por el lujo que se nos prometía. ¿Qué eran al fin y al cabo los árboles sino simples plantas?

Las cosechas fueron abundantes al principio, pero cuando escasearon subimos montaña arriba, hasta que las laderas fueron demasiado inclinadas. Nosotros creíamos que el suelo, que la tierra, era infinita, que siempre proveería sin importar lo que la maltratáramos y abandonáramos.

Seguimos extendiendo nuestras palmas aceiteras.

Nuestros cultivos, nuestra comida, la que antaño tenía tantas manos para cultivar, para recoger, para trabajar. Ya no interesaba a nadie, todos pensaban que la prosperidad traería la comida, que el futuro proveería. He de decir que yo estaba tan cegado como el resto y creía a pies juntillas.

Cuadriplicamos nuestra población, hicimos censos, nos organizamos y pusimos fronteras a todo, al rio, a los cultivos, a los hogares. No podíamos salir de casa sin pasar por las líneas que dividían nuestro mundo. Cuando las reservas escasearon, cuando vimos que nada había que comer, el hombre con traje negro vino sonriente, feliz de la producción; tan rápida, tán consistente, en perfecta sintonía con la naturaleza y el hombre. Daba trabajo a uno y cubría las zonas improductivas. Era perfecto.

No hubo problema, las peticiones fueron rápidamente recogidas y atendidas. Ellos traerían la comida a cambio de un margen de nuestros beneficios. Todos respiraron aliviados, y como si nada hubiese podido pasar dimos nuestro salto de fe y continuamos.

Cada vez necesitábamos más químicos, las exigencias eran difíciles de mantener, y la sonrisa del hombre de negro pasó a ser una mueca fría y penetrante. Hablaba en términos de mercado, productividad, eficiencia y nosotros no sabíamos que responder. Aprendimos mucho, y cuanto más sabíamos más percibíamos ese sudor frío que empezaba a surgir en nuestra nuca y bajaba lentamente por la columna.

Pero era tarde, estábamos completamente inmersos y no podíamos retroceder. Estábamos resquebrajados, entre nuestras fronteras y nuestra competencia ya no había amigos ni familia, ni tradición. Era todo más complicado.

Algunos comenzaron a saquear y ello conllevó venganzas, incendios, palizas… Ni siquiera reconocía a las personas colindantes a mi tierra. Mi tierra, ja, en ese tiempo era menos mía que antes de la llegada del hombre de negro.

Y la gente enfermó, no sabíamos por qué, pero la debilidad se extendía cada vez más entre los trabajadores. Ahora puedo decir que la tierra no soportó más y liberó parte de lo que la echábamos y era tan bueno para ella como lo fue para nosotros. Nos envenenó, nos envenenamos.

Los ríos y las aguas subterráneas seguían brillantes, nada hacía suponer que fueran el problema. Pero lo eran.
Esta vez el hombre de negro no acudió, desencantado con la cada vez mayor cantidad de problemas. Y creamos una comisión, una asamblea donde pudiéramos hablar sin reproches. Fue inútil, las disensiones eran demasiado grandes. Lo único que sacábamos en claro es que a nadie podíamos acudir salvo a nuestro benefactor de traje.

Así que viajé a la capital, muy poblada, lejos de mi pueblo y vi desde la distancia la cicatriz que habíamos creado, vi lo que resaltaba contra la naturaleza, vi su dolor.

En la ciudad acudí a la empresa, no hubo una gran acogida ni buenas palabras, solo espera. Tardé una semana en ser atendido por un hombre de traje más claro, de voz más afable y de sonrisa más falsa.

Me tranquilizó, me escuchó y me despidió con una promesa de agua potable a cambio de otra parte de nuestros beneficios.

Volví al pueblo confuso, sin aliento y deseoso de que todo terminara. De que la realidad no fuera la que era y no estuviera tan atado. Recorría una cuerda floja cruzando un abismo, de un lado el hombre de negro sujetaba la cuerda y del otro estaba amarrada a un gran árbol que estaba siendo talado.

La gota fría ya no era única, temía que iba a suceder después y con razón.

No pasaron ni dos años cuando el hombre del traje gris vino al pueblo, lo que quería era un nuevo trato, su margen de beneficios ya no era lo que creían, la crisis, el petróleo, el gas y no sé qué mil cosas más. Lo que quería era más dinero. Y nosotros no podíamos aceptar la propuesta, era demasiado poco. Pero tampoco podíamos negarnos. La indignación recorrían nuestras filas, la de los viejos habitantes y la de los inmigrantes. Todos por una vez compartíamos un sentimiento, el miedo.

Ellos nos alimentaban, ellos nos daban de beber, ellos nos daban el trabajo, ellos nos lo daban todo. ¿Qué íbamos a hacer si nos negábamos?

No quedó más y no fue la última vez que vimos a ese hombre.

Según la situación empeoró la gente se fue marchando, primero los que nada les ataba más tarde los que habían hecho vida aquí pero tenían algo fuera y al final quedamos menos que al principio.

Y nada más, el hombre de traje claro y el hombre de traje negro desaparecieron como el viento, y nosotros, como las piedras del camino permanecimos.”

Así que hijos, no miréis allá a lo lejos y maldigáis únicamente al hombre de negro, al dinero ni al mercado. Maldecidnos a nosotros, maldecid a la incultura, maldecid la avaricia. Pues ellos trajeron futuro y aquí lo tenemos.

Abrí el puño y la arena descompactada e inerte voló unos centímetros hasta caer junto a mi

- Maldecid cuanto queráis, pero nosotros aprendimos. Y ahora enseñamos. No olvidamos como esta tierra no olvida. Y vosotros no debéis olvidar. Quien viene con el cielo regalado, deja el infierno y se lleva tus alas-

Los niños, congregados tras de mí apuntaron en sus cuadernos, tocaron la tierra y asintieron apenados.

- ¿Y cuándo se arreglará el bosque?- me preguntó el más pequeño

- Cuando el hombre arregle su corazón-

Los niños susurraron entre ellos y esperaron. Como no dije más marcharon hacia la camioneta, fueron hacia los brotes que traíamos, hacia el compost, hasta las enmiendas, nuestra penitencia, nuestro regalo. Esos pequeños y endebles árboles que con el tiempo serían gigantes. Yo nunca lo vería, pero no dejaría otro legado que no fuera el que recibí aunque tardase la vida. No necesitaba traje, no necesitaba cielo, lo único que necesitaba era tiempo y valor.

Autor: Miguel Cantero Laorden

Vota: Relato nº 13

El diario de Jessup Frank
“Es malo ser esclavo, pero es mucho peor no saberlo” Nicolaus Lincoln, La Docta Indiferencia Moderna

Soy Eleuterio Jessup Frank. El abuelo ha muerto y me ha dejado sus tierras, su casa y su tractor. Un negocio ruinoso, pero esta es una época de crisis y hay que ser emprendedor.
Cuando llego al pueblo todos me reciben calurosamente, aunque una extraña piedra (sin duda un meteorito) me ha dado en la cabeza. Un perro celebra su amistad mordiéndome. Como en los pueblos no se vive en ningún sitio.

***

Me dispongo a revisar las posesiones que me quedan del abuelo, y con un chispazo de inspiración ahora sé cómo puedo sacar de las ruinas estas tierras de labranza y volverme así un empresario de éxito.

Abro el viejo armario del abuelo y encuentro unas camisas de cuadros y pantalones de pana. Este será mi nuevo uniforme de trabajo.

***

Prescindiré del trigo y plantaré maíz. Me informo concienzudamente con un folleto que encuentro casualmente en la repisa de la chimenea y deduzco que las mejores semillas son las de Monchungo, la multinacional de la Paja y el Grano. Es una apuesta ganadora. Y el maíz que coseche podré venderlo a la planta de combustible.

Lo que no sabía es que costase tanto dinero llenar el depósito del tractor. Y parece averiado. Llamaré a un mecánico.

El mecánico me ha dicho algo de las raíces cuadradas, los empastes y la bomba del esófago. No sabía que un tractor tuviese de eso, pero el aparato funciona ahora.

***

Me he gastado ya todo el dinero que tenía del abuelo. Un vecino me ha contado que después de sembrar el maíz hay que regarlo. Mira que es complicado esto. No importa, no me desanimo. Pediré prestado dinero al banco y ¡adelante!. En la sucursal el empleado me ha dado mucha confianza, no paraba de sonreír todo el rato. Firmo las equis de rigor y me llevo todos los tubos de riego para casa.

***

Ya está, el maíz espera en la tierra con impaciencia, porque va a crecer mucho, y tendré una cosecha digna de un agricultor del futuro. Eso espero ya que entre las semillas del Monchungo, el gasoil del tractor y las letras del banco, me he gastado una pasta.

***

Comienzan a salir los primeros brotes. No sabía que el maíz fuese así, con esas flores blancas y rosas tan enormes. Un paisano me ha contado que eso no es maíz, que son cenizos, una mala hierba. Llamo a Monchungo y me responden que tengo que utilizar su herbicida especial llamado “Hiroshima Plus”. Qué nombre mas gracioso, parece el de una geisha. Las garrafas me cuestan lo mismo que una ortodoncia, pero son muy eficaces: los cenizos se han muerto.

***

Hoy han aparecido otras flores verdosas. El mismo paisano del otro día me cuenta que eso son amarantos. Tras la llamada de rigor a Monchungo resulta que debo utilizar “Chernobil 238”.

Entre tanto me fijo que mis manos y mis brazos se han cubierto de un extraño fulgor luminoso. Pero me viene bien, por las noches puedo leer sin encender la lámpara. Es un ahorro.

***

El pan de pueblo es el mejor, aunque en el pueblo del abuelo es una lástima que solo haya barras congeladas. Al salir del ultramarinos me ha vuelto a dar un meteorito en la cabeza. Debe de ser la lluvia de estrellas de las perseidas.

***

Han pasado tres meses y es tiempo de cosechar. Es un duro trabajo. Por fin la cosechadora descarga unos magníficos cientos de kilos de mazorcas. Llevo orgulloso mi remolque hasta la planta de combustible y por fin me pagan, pero tuvieron que aplicar el impuesto de tribulaciones y metafísica aplicadas, además de descontarme un veinte por ciento en concepto de exclusividad hipocondríaca.

Cuando llego a casa hago las cuentas. Y las vuelvo a hacer repetidas veces. Qué terrible sorpresa me llevo al descubrir que me he equivocado , porque el balance no sale. Debo mucho dinero, pero no hay problema. Reservé una parte de las semillas para sembrar el próximo año. Entonces me recuperaré.

Autor: Rafael Martínez
Vota: Relato nº 14

Cuando los cultivos alimenten coches...
C

Cuando los cultivos alimenten coches será el fin de nuestros días,
un carro imparable pasará arrasando todo a su paso
bosques, gente y dignidad,
generando una espiral de destrucción cual huracán
que con su fuerza imparable se lleva de las mentes
la sensación de pertenencia y solidaridad.

Pues pertenecemos a este mundo,
no solo a la humanidad,
la humanidad pertenece al mundo,
a la tierra fértil que despojamos de vida
y a los monocultivos que alimentan la maquinaria,
esa que avanza y avanza sin límites coherentes
acaparando tierras, vidas y sueños
deslumbrados por los reflejos de oasis inexistentes.

También pertenecemos a eso,
a ese mundo que está cada vez más carente de valores éticos.
Pertenecemos a esa clase política que nos engulle,
pues somos siervos de esa gran maquinaria
que pretende seguir alimentando coches con nuestros recursos
y también con nuestros derechos.

Porque los derechos de los países del sur también son nuestros derechos,
países ricos y países pobres,
moralidad dualista y dicotómica,
¡esa gran mentira!
la gran paradoja de la desinformación para no saber hasta donde llega nuestro expolio.
Bosques, selvas y tierras cultivables al servicio de la industria,
ni siquiera para las personas.

La especulación financiera acelera la fuerza del remolino
que también arrasa con culturas y variedades locales
para introducir fertilizantes y armas químicas
que desestructuran el suelo y lo desproveen de vida.

Desequilibrios que generan desequilibrios
enfermedades mentales que se muestran en enfermedades y plagas en los cultivos,
como es adentro es afuera.
Homogeneidad cultural por el dominio capital,
homogeneidad en los cultivos por el mismo dominio;
dependencia a los mercados,
nuestros nuevos dioses que controlan la vida.

¿Hasta dónde?
¿Hasta cuándo?
El remolino continua,
la fuerza de la espiral sigue su ritmo.

Hasta que anclemos con una lanza
y digamos basta,
ya es suficiente,
no queremos vivir así,
ni que esa destrucción que generamos egoístamente
sea el porvenir de los que nos preceden.

No queremos formar parte de ese modelo
que nos aniquila y nos debilita,
que nos arrebata nuestro empoderamiento y nuestra soberanía alimentaria.
Pues alimentar a un mundo que alimenta coches
gesta gente empática e individualista
que asume con normalidad que eso es lo aceptado.

Se acepta que existe un cambio climático
y se asume con clase la adaptación a sus consecuencias.

Se acepta que existen personas que pasan hambre
asumiendo las desigualdades sociales y la especulación.

Se acepta que nuestro modelo de consumo fomenta al capitalismo
y al aceptarlo asumimos que nosotros somos también capital,
el mismo que alimenta ese sistema jerárquico que tanto detestamos.

¿Y realmente se acepta?
¿Tú lo aceptas?

Yo no lo quiero aceptar
pues en mis sueños existe un cambio de paradigma
que genere resiliencia socioambiental y buen vivir,
en un mundo plural y dinámico,
que nos permita dejar de mirar a nuestros egos
para admirar la riqueza del mundo que habitamos,
su biodiversidad, sus culturas y sus diferencias.
Pues la libertad de dejar ser nos hará libres.

Sueño con un mundo más localizado,
donde las relaciones sociales enriquezcan el paisaje.
Menos explotación,
menos contaminación,
menos productos lejanos,
menos globalización.

Necesito saber que mi elección cuando consumo no destruye lo ajeno
sino que lo enriquece,
tanto al medio donde se genera
como a las personas que lo hacen posible.

Necesito saber que existen modelos alternativos de desplazamiento:
más bicis, más transporte público, más variedad;
más sostenibles y más sustentables.

Necesito saber que nosotros somos la energía del cambio
y no los recursos energéticos: ni el petroleo, ni los agrocombustibles.

Yo soy movimiento, mis pensamientos y mis ideas generan la acción.
Otro remolino,
uno pequeño pero que se suma a la fuerza de otros aires frescos,
llenos de esperanza y motivación.

Ahí comienza el cambio,
siendo conscientes del origen de las energías que permiten la vida
y de las consecuencias de nuestros actos.

Pertenecemos a este mundo,
a este que alimenta coches con nuestros cultivos
en vez de nutrir personas, sus relaciones y sus sueños.

Autora: Esther López Marín

Vota: Relato nº 15

David y Claire
Amanece en Madrid. Los camiones del servicio de limpieza -de esos que llevan un rótulo en su costado “este camión se mueve con biodiesel”- baldean agua entre las aceras. El despertador llega a su hora y suena. David salta de la cama; su primer día de colegio. Y su primer día en secundaria. Aún con el pijama y el calor de las sábanas, se sienta a desayunar. Toma su zumo, sus cereales y si su madre se empeña se acabará la leche. Uniformado, peinado y aún con cara de sábana, baja las escaleras de la entrada. Sube al coche que le espera y arrancan calle adelante.

Han pasado apenas cincuenta minutos desde que David se despertó. Sólo un pedazo de aquel día. No sabe todo lo que le espera. Pero seguro que muchas cosas nuevas.

Mientras mira a través de la ventanilla, piensa en sus compañeros del año pasado. Sabe que verá a muchos de ellos pero se pregunta quién no estará. También sucede, mientras le da vueltas a esto, que su estómago está muy ocupado haciendo la digestión del desayuno. No ha sido demasiado. Los cereales será lo más difícil así que no hay complicación. Son los que le gustan, las bolas de chocolate, así que se los ha comido todos. Hechos con trigo, maíz, soja y pasta de cacao. Tampoco David sabe esto, pero esa pasta de cacao está ahí, en sus bolas del desayuno, porque Claire, que trabaja en una cooperativa, ha recolectado las bayas de cacao que viajaron a Suiza para hacerse pasta de cacao y acabar en el desayuno de David.

Claire es Marfileña, tiene doce años y lleva ya dos meses en la cooperativa de su pueblo, cerca de Katiola. No es que tenga que entrar demasiado pronto a trabajar, pero tarda tres cuartos de hora en llegar, así que se lava deprisa, se viste y sale cuando el sol se ve ya entre las dos casas del final de la calle. Acaban de empezar una nueva campaña de recolección y el día será cansado. Camina hasta fuera del pueblo para coger la carretera de la ciudad. Viste un pantalón corto azul y una camiseta fucsia con un cocodrilo en el pecho. Es su camiseta preferida y como aún hace calor no se pone otra cosa aunque por la mañana se pase un poco de fresco. Es su preferida porque se la regaló una monjita uno de los días que tuvieron que ir a Katiola. Le recordaba a Katiola y además tenía todos los botones.
Estaba recordando esto Claire mientras andaba por el borde de la carretera. Sin saber siquiera el nombre de aquella monjita amiga de su madre. Y tampoco sabía que llevaba puesta una prenda que había viajado mucho y que había usado antes Laurent. De vez en cuando soltaba una risita porque le resonaban las tripas. Parece que el maíz del desayuno estaba haciendo de las suyas. Hacía ya bastante tiempo que desayunaban maíz en tortas o gachas. Y una limonada algunos días. Y cada vez que abría su madre un paquete de harina de maíz ella cogía el envoltorio en cuanto se vaciaba y una vez más lo leía. “world food program” y la bandera de algún país. Las coleccionaba en su imaginación y pensaba en esos países, igual que imaginaba las calles abarrotadas de Katiola.

Las ocho y media en el reloj de Laurent. La gravilla del camino crujía bajo sus zapatos negros. Subió las escaleras de piedra del pabellón y pasó la puerta giratoria. Era una de las diversiones de la mañana, cuando entraba en la escuela. Vevey es una ciudad algo húmeda aunque esté acabando el verano. El Lemán es el culpable. Así que Laurent, a pesar de su camiseta, su polo y su chaqueta. A pesar de las medias finas de lana y su pantalón -largo ya-, siente un poco de frío en los huesos y le encanta el calorcito que nota al cruzar la puerta giratoria de su escuela.
Hace dos años que va a ella. Y justo hace dos años que dejo de usar aquel polo fucsia que ahora lleva puesto Claire. Pero como empezaba en el Lycée había que cambiar de estilo -eso escuchó a mamá- y dejó de usar polos de colores. La acompañó hasta el aparcamiento del centro comercial a dejarlo en uno de esos depósitos para ropa usada, junto con vaqueros y más medias de lana y más polos. Ese día, hacía ahora justo dos años, también era su primer día de curso y pasaron por el aparcamiento antes de que su madre le dejara en el camino de gravilla de la escuela. Los anchos neumáticos del Range Rover Vogue de su madre la pisan y el sonido que hace al crujir también le divierte a Laurent, que en cuanto entran con el coche al camino baja su ventanilla para escuchar. La gravilla y el motor diésel del coche. Y el olor del gasoil también le gusta a Laurent. Si, una cosa rara. Pero lo sabe desde que ha acompañado en un par de ocasiones a su madre al trabajo, este verano. Cuando ha parado a repostar en una nueva estación de servicio de la carretera de Ginebra y que tiene biodiesel. Lo de biodiesel a Laurent le suena como a diésel ecológico o algo así, ahora que todo es bio, eco y demás. Algo que no entiende muy bien. Aunque tampoco entendería muy bien, si lo supiera, que hicieran “gasolina” con los girasoles o con la soja.
Pero eso del biodiesel, el olor a gasoil y lo grande que es el coche de su madre, todo eso se le olvida cuando la acompaña a su trabajo. Porque ella trabaja en Nestlé. Y eso para un chico de doce años todavía es como visitar el paraíso. Aunque en realidad pocas veces prueba chocolate cuando acompaña a su madre. Mira con la boca abierta los posters, el gusto en el ambiente y las máquinas fundiendo, moliendo, cociendo el cacao. Esas máquinas, que Laurent imagina en su mente, porque allí, en el trabajo de mamá sólo hay oficinas, papeles y archivadores.
En uno de esos papeles del despacho de mamá está el impreso de las tasas de aduanas de una partida de cacao que la empresa había traído desde Costa de Marfil. Parte de ese cacao venía de cerca de Katiola, de la cooperativa de Claire. Pero todo eso Laurent, no lo sabía.

Luisinho se ha dormido en el asiento de la camioneta de su padre. Es ya de noche y vuelven a Morro Azul, su pueblo. Este invierno ayuda en su trabajo a su padre, que tiene que cuidar, como dice él, de ciento veinte hectáreas de soja. Claro que cuenta con las máquinas enormes de la empresa, pero no deja de ser un trabajo agotador. Además como ha dejado el curso antes de tiempo, puede ayudarle. Le encanta aquel lugar. Infinito, hasta que al después, en el horizonte, empiezan a verse los árboles del comienzo de la selva. Y entre los árboles y la plantación de su padre, las siluetas de esas vacas con joroba.
Su padre no se cansa de decir, en realidad, que el abuelo de Luisinho, si levantara la cabeza, lloraría, al ver así Morro Azul y todo el Mato Grosso. En realidad él también lo hace. Llora cuando recuerda sus doce años, en que jugaba por las calles del pueblo y cuando se distraía un poco ya estaba entre las hojas de los helechos y las palmas de la selva.
Pero a Lusinho, que no sabe nada de eso, le encanta ver trabajar a las máquinas de Amaggi – como pone en el morro de cada una de ellas- cosechando a lo bestia, sembrando a lo bestia, sulfatando a lo bestia. Escucha en la tele de la cantina anuncios de leche de soja, yogures de soja, ensaladas con soja. Y cada vez que lo escucha se siente más orgulloso de su padre, que cuida de esas ciento veinte hectáreas.
Y cuando llega el coche de la empresa que paga a su padre, ese olor distinto al de su camioneta le tiene intrigado. Le gusta y quiere saber por qué. Un día le preguntó al tipo que la conducía, por qué su camioneta olía así. Distinta. Le dijo que su furgón era diésel y que funcionaba con “la soja que planta tu viejo”. Así que sonrió, porque la soja de su padre además, movía los coches. Como el de la mamá de Laurent, que la última vez que repostó lo hizo con biodiesel proveniente de Mato Grosso.

___

Estaba escribiendo estos apuntes para una novela. Tenía esto escrito cuando un día por la tarde David entró en mi despacho y por la razón que fuera estos papeles fueron a parar a sus manos. Le gusta leer de vez en cuando lo que escribo, así que lo leyó. “Papá -me dijo en la cena- no sabía nada del cacao de mis cereales, ni del biodiesel ni de Luisinho. Pero si no te importa, querría que le enviases a Claire esta carta que le he escrito.”
Inmediatamente, desde su lado de la mesa alargó el brazo y extendió un sobre hacia mi. Lo tomé y lo abrí. Esto era lo que decía su carta:

Hola Claire:
Me presentaré. Soy David. Vivo en Madrid, en España y tengo doce años, como tú. Me he enterado de que tu te encargas de recolectar el cacao para los cereales que desayuno casi todas las mañanas en mi casa. Quería decirte que muchas gracias. Pero ¿no vas al cole? Yo si, y en el mapa que hay en clase he buscado tu país. Me gusta como suena el nombre. Debe ser bonito.
Por cierto Laurent, no sé si le conoces, te envió ese polo fucsia que tanto te gusta. Él vive en Suiza y te lo envió desde allí.
¿Y tu como ves lo de que el chocolate y la soja vayan y vengan tanto de un sitio para otro? A mi me parece todo esto un poco raro. ¿Es que os sobra el chocolate en Katiola? Porque lo enviáis a Suiza, digo yo que será porque tenéis de sobra. Lo que digo de la soja, no se si te habrás enterado, pero es que por lo visto el coche de la madre de Laurent y el camión de la basura de mi calle y el coche del jefe del padre de Luisinho funcionan con soja ¿te lo puedes creer? ¿el de tus padres también? Al padre de Luisinho si que debe sobrarle la soja por todas partes.
A mi todo esto me parece un lío. Creo que se complican la vida de una manera ¿no crees?
Bueno, pues nada chica, que me gustaría ir a tu pueblo un día y darte las gracias en persona. A ver si convenzo a mis padres y vamos. Mientras tanto, si quieres escribirme, así se más cosas de ti.

Tu amigo,
David.

Le di el papel a mi mujer para que también la leyera. Y no podía decirle nada a mi hijo. La garganta se me cerraba. Solo mirarle, levantarme y abrazarle. Y no sabía si estaba abrazando a mi hijo David o a Laurent o a Claire o a Luisinho. Aunque estos sólo existían en mi imaginación, pensando en si realmente lo que íbamos a dejar a nuestros chicos era este verdadero lío.

Autor: Marcos Robisco

Vota: Relato nº 16

Desayunos

Cristina desayuna cereales todos los días. A veces con miel y otras con chocolate. Le gustan mucho. A su hermano también. Un día su madre escuchó en la tele que tenían cantidades excesivas de azúcar. Se quedó preocupada, y decidió que debían cuidar su alimentación. Nunca encontró tiempo para pensar en algo mejor.

Ella, la madre, también desayuna cereales, pero con fibra. Para ir bien al baño y mantener la figura. Le gustaría ir al gimnasio, pero no saca un rato. Por eso se compró la bici estática. La tiene en una habitación y no la usa. La verdad es que su mamá es muy guapa. Aunque siempre está diciendo que tiene que perder unos kilos y en cuanto puede saca la pinza para quitarse pelos de aquí y de allá.

En casa de Pablo toman cereales de marca blanca. Son más baratos. Antes eran del súper en el que trabajaba su madre, pero la han despedido. Él no sabe muy bien por qué, algo tiene que ver con que está embarazada y la crisis. El caso es que ahora los compran en otro sitio.

El padre de Pablo trabaja de camionero. Antes casi siempre estaba fuera, ahora no tanto. A Pablo no le importa, pero sus padres están tristes. Los fines de semana se van al pueblo y allí tienen unas tierras en las que cultivan cebada y girasoles. A los dos les gusta mucho estar en el campo. A veces se imaginan que viven allí, cuando no les oye su madre. Es un sueño porque con lo que sacan de las tierras no les llegaría el dinero y además no tienen buenos servicios, dicen los mayores. Su padre se queja cuando vuelve de la cooperativa, que el gasóleo está muy caro, que les pagan poco por la cosecha y que cualquier día vende las tierras a su primo, quien vive siempre en el pueblo y ya se lo ha propuesto alguna vez. Pero ahora, tal y como están las cosas, les viene bien ese dinerillo.

Raúl come todos los días tortillas de maíz. Las prepara su madre en la caseta en la que viven. Ya no va a la escuela, solo trabaja. Hace lo que puede para traer un poco de dinero a casa. Su padre murió hace unos años. Lo mataron los paramilitares. Ahora viven en otro sitio, su antigua casa, con sus tierras, está ocupada por cultivos de palma africana. La gente dice que les echaron por negocio.

Hay uno que les compara con los iraquíes, porque a ellos también les han matado por gasolina. Raúl no le entiende mucho, pero sabe que tiene razón. Su madre le pide que no haga caso, que lo que pasó, pasó y que es mejor tirar para adelante y olvidarse del pasado. Aunque ella lloré por las noches al acordarse de su marido.

Guillermo no desayuna, no le da tiempo. Coge una Coca-Cola del frigorífico y se la bebe en el coche, mientras va al trabajo. Se ha echado una novia, Clara, que es vegetariana y le gusta todo lo orgánico. Por eso tiene en casa un muesli de avena y quinoa. Se mete con ella, de broma, y le dice que come alpiste. También le protesta porque son más caros que los otros, pero en realidad eso no le importa mucho. El dinero no es un problema. Tiene un buen trabajo, aunque ahora tiene que viajar a menudo para supervisar proyectos.

La empresa en que trabaja se dedica a hacer agrocombustibles. Se siente bien con lo que hace. Si no fuera porque hecha de menos a Clara. Mientras recorre las tierras, se imagina que están juntos. Le cuenta que han encontrado una buena alternativa al problema del petróleo y que además, favorece a la gente de la zona, que les ayuda a salir de la pobreza.

Ella también se acuerda de él. Hoy a madrugado. Tenía que hacer un viaje y está llenando el depósito del coche. Como siempre, desde que conoció a Guillermo, lo hace con biocarburante. Arranca el coche y se va, feliz, pensando en su novio.

Autora: Elvira Cámara

Vota: Relato nº 17

Y por qué no...

Por un instante Esaul Ramírez, pensó en volver a su pieza para esperar que pasara la hora. Es demasiado temprano, se dijo, cuando se dio cuenta que las luminarias de la calle aún permanecían encendidas. En realidad llegar a pedir trabajo antes que lo hicieran las personas que debían atenderlo, era demasiado humillante. Además que irremediablemente el hecho daría clara cuenta de su estado de desesperación.
Permaneció parado en el vano de la puerta de la antigua casona sin resolver lo que haría. Luego, volvió a mirar la hora y descendió lentamente la carcomida grada de la entrada.
Caminó cabizbajo y encogido tratando de impedir que el frío penetrara entre sus ropas. Las hojas de los árboles, cubrían con sus múltiples tonos de ocre, espaciosos tramos de la desgastada vereda. El crujido de aquellas que iba pisando acompañaron sus pasos hasta la esquina. Allí de nuevo se detuvo, pero esta vez porque su vista había quedado atrapada por un inmenso montón de hojas junto a la acera. No sin dificultad, se agachó para examinarlo. Sorprendido, levantó la vista y miró hacia ambos lados de la calle. Se tranquilizó de no ver venir a nadie. Entonces, cogió un manojo de hojas del montón y lo acercó hasta sus ojos. Tenían el neutro color de los billetes, su consistencia era similar a los billetes, su olor también lo era. No cabía ninguna duda, son billetes, se dijo.
De pronto se sobresaltó. Allá en el fondo de la calle dos hombres caminaban presurosos hacia donde él se encontraba. Instintivamente se desprendió de su chaqueta y cubrió el montón de hojas, para evitar que los desconocidos se percataran de su sensacional e inconfesable hallazgo. Sólo cuando se dio cuenta que los hombres ni siquiera habían reparado en su presencia, se hincó junto al montón de hojas-billetes y lo abrazó fuerte contra su pecho. Luego se abrió la camisa y comenzó a introducir su singular botín formando una capa que al final deformó totalmente su aspecto. Otro tanto hizo con los bolsillos de la chaqueta. Luego atravesó corriendo la calle y vació sobre la acera dos bolsas de basura para llenarlas con las hojas que aún quedaban en el montón.
Se puso de pie sólo cuando descubrió que ya no podía seguir guardando su tesoro y casi como un verdadero minusválido se puso en marcha hacia la sucursal más cercana del banco local. Al llegar a la esquina de la Avenida Central, la presencia de un par de policías lo sobresaltó. Lentamente giró entonces sobre sus pasos. Mejor sería guardarlas bajo el colchón de su cama, pensó en ese instante. Sin embargo, se desistió de inmediato cuando pensó en doña Tere, la hosca dueña de casa, que quizás descubriría su tesoro, en alguna de aquellas inspecciones, que clandestinamente, solía realizar por las piezas de sus inquilinos.
Caminó sin rumbo los minutos siguientes sin definir un destino definitivo. Pero fue al llegar de nuevo a la esquina, que divisó de pronto el negocio del turco Elías.
Providencial le pareció este hallazgo, y no como en otras ocasiones en que solía hacer un gran rodeo, para no pasar por delante del sucio y oscuro emporio. Mantenía con su propietario una cuenta interminable, la que siempre comenzaba con el residuo de lo que no había sido capaz de cubrir el mes anterior. Pero esta vez sentía que por fin podría mirar a los ojos al severo comerciante, además que quizás el antiguo hombre de negocios, le pudiera permitir guardar su inmenso dineral en su famosa y tradicionalmente vacía caja de fondos.
Se sentó a esperar la llegada del almacenero junto a la destartalada y oxidada cortina metálica del local. Acomodó las dos bolsas con hojas-billetes, como un improvisado asiento, resguardándolas de la impertinente mirada de quienes pasaban por el lugar.

Tras algunos minutos el comerciante llegó a su negocio procediendo de inmediato a levantar las cortinas metálicas del mismo. Al ver que el anciano no le contestaba su saludo, el hombre pensó que tal vez estuviese enojado por la larga ausencia a que lo había obligado su dramática y persistente falta de dinero.
Esperó junto a la entrada que el comerciante realizara toda su liturgia mañanera de ordenar el lugar, ponerse su cotona, sacudir el mesón y preparar todo para la llegada de los primeros clientes. Le extrañó que el hombre acompañara su acción con algunos ruidos íntimos, que junto a ciertas interjecciones, terminaran por llenarlo de vergüenza ajena.
Pasado algunos minutos se decidió a entrar. Caminó directo hacia el mesón colocando sobre éste las dos bolsas repletas de hojas. El anciano continuó girado barriendo el piso tras el mostrador.
En ese momento apareció recortando su gruesa figura contra la luminosidad que entraba desde la calle, una anciana cuyo quejidos y resuellos le habían antecedido, anunciando su llegada.
- ¿Cómo ha amanecido esta mañana doña Panchita?
- Mal pues don Ellas, no ve que ya empezó este frío de los mil demonios... ¡qué tiempo!, ¿no le parece?
- Hay que cuidarse más nomás pues doña Panchita.
- Buenos días señora - aprovechó de saludar nuestro amigo de los millones, al otro extremo del mesón.
- ¿Qué va a llevar Sra. Panchita? - preguntó el comerciante, limpiándose las manos en su rígida cotona de mezclilla.
Una incontenible e indignante desesperación se fue apoderando del hombre, que rabioso colocó las bolsas con dinero sobre el mesón y fue esparciendo su contenido a través de toda su superficie.
- Quiero llevar pancito, don Elías - dijo la anciana.
El hombre cayó derrumbado sobre el mesón. Mantuvo su cabeza apoyada sobre éste y luego con desesperación pasó su brazo por la cubierta desparramando las hojas- billetes por doquier.
- ¿Me espera un poquito, Sra. Panchita?... voy a barrer estas hojas... que entraron con el viento quizás, ...la atiendo de inmediato - dijo el comerciante – para mí lo peor es el otoño...
El hombre observó la escena con indescriptible desesperación. Luego, comenzó a sentir el desconsuelo y el derrumbe que sólo puede brindar una gran tragedia.
Desesperanzado observó cómo el comerciante barría las hojas-billetes hacia la calle, en donde el viento terminara por dispersarlas. Entonces, caminó como un autómata hasta la entrada. Al pasar rozó sin querer el hombro una joven que en ese momento entraba al local, luego se perdió en el vacío espacio de la vereda.

- Esto es lo que nos quiso decir Esaul Ramírez – dijo el Dr. Ferdinand Jousent, célebre científico al final de aquella conferencia en donde había citado la historia de aquel hombre que cierto día pensó que las hojas eran billetes – al igual que todos los grandes descubrimientos científicos, el hecho de creer que las hojas eran billetes me obligó a pensar por años en el tema. Entonces, de pronto con mi equipo nos preguntamos “por qué no”. Por qué no convertir verdaderamente las hojas en billetes. Por qué no aprovechar un material que provoca tanta molestia y gasto su eliminación. Por qué no someterlas a procesos de descomposición para realizar experiencias de laboratorio. Por qué no utilizar los mismos
- dineros requeridos para transformar elementos que representan la alimentación básica de grandes conglomerados en combustible. Por qué no salvar bosques y terrenos agrícolas. Por qué no usar la inteligencia…
Un exultante aplauso impidió que el anciano y menudo científico cuya vida ha estado dedicada al reemplazo del uso de elementos que forman parte de la dieta de gran parte de la humanidad, para ser transformado en combustible, pudiera concluir con su discurso en el que daba cuenta de las innumerables ventajas del uso de las hojas que caen de los árboles para dicho objetivo.

Autor: Alucinado

Vota: Relato nº 18

Te encontré en la Tierra Libre
I

Mamá siempre prometió que algún día todo nuestro trabajo daría fruto, y que entonces tendríamos casas y coches como las vecinas. Hay personas que tienen a las vecinas muy lejos, tan lejos que apenas las conocen o que solo saben cómo son por las noticias. Nuestros vecinos y vecinas sin embargo vivían a poco menos de cien metros; aún recuerdo el día que llegamos con el resto de nuestra aldea, huyendo del aire gris y pesado, y nos asentamos en aquellos parajes llenos de trabajo. La valla que separaba Montealto y Montebajo se podía ver desde nuestra ventana.

En el otro sitio, que mamá nos hizo prometer que no volveríamos a nombrar porque entonces vendría el monstruo de la pena y nos devoraría, la vida era muy tranquila: había bancales bordeando todos los caminos, y mientras pedaleábamos íbamos lanzando pequeñas bolitas de arcilla con una semillita dentro. Mamá me dijo que a ella también le habían lanzado una semilla y que luego nací yo, y que al igual que mi crecimiento era lento y necesitaba de calor, agua, alimento y mucho cuido, a las otras semillitas les pasaba lo mismo. Cada persona hacía las labores que podía y después repartíamos según lo que necesitáramos, hasta que poco a poco, una nube negra se asentó sobre nosotras y no quiso irse jamás. El aire se envenenó... Un señor gordo apoteósico, con sombrero, traje y un puro enorme, llegó un día y nos dijo que a cambio de unas pocas semillas, nos proporcionaría un nuevo lugar donde vivir y trabajar. Yo al principio pensaba que él y su puro en particular, y todos los de su calaña y sus puros en general, eran los culpables de aquella situación, así que no estaba del todo de acuerdo con la idea, y creo que mamá tampoco porque cuando compartí con ella mi idea sobre los señores de los puros me dijo que efectivamente eran los responsables de todo ese humo y de muchas cosas más, pero que no era por los puros. Me encogí de hombros y luego que terminamos de recogerlo todo, salí a despedirme de las paredes con las que habíamos crecido, del olor a fresco que estaba empezando a desaparecer y de las semillas que iba a abandonar a su suerte... Y creo que ya debería parar de contar, porque estoy empezando a escuchar al monstruo de la pena acercarse...

II

Ya casi me había acostumbrado a esa horrible campana que nos hacía despertar. Ahora la vida era tan distinta... Me tenía que despertar todos los días a la hora que el alcalde de Montealto (que descubrí que era primo tercero de la sobrina del señor con obesidad mórbida y el puro) considerara oportuna según el trabajo que hubiera. Yo no entendía por qué si antes, en el sitio innombrable, despertándonos cuando el cuerpo ya no tenía más sueño y trabajando algunas horas al día teníamos más que suficiente para vivir felizmente, ahora teníamos que tener un horario tan estricto y en el que sin consideración alguna todas las personas tenían que hacer lo mismo que las demás. Mamá decía que trabajábamos un muchito para Montealto y un poquito para nosotras, pero que todo aquello suponía un pequeño esfuerzo para el nivel de vida que obtendríamos dentro de poco. A mí seguía sin convencerme. Ahora en lugar de caminos llenos de preciosos bancales, teníamos un enorme tubo de plástico que hacía unos ruidos espantosos y que daba a parar a un agujero impresionante al final de Montebajo. Por ahí circulaba toda la porquería orgánica de Montealto: basura, heces, orina y cualquier resto que hubiera estado vivo o hubiera salido de algo vivo.

Cuando llegamos a Montebajo había un bosque impresionante, fresco y limpio; mamá decía que los bosques como esos jugaban con las nubes grises como la que nos obligó a marchar y que expulsaban millones de saquitos de aire bueno. Yo nunca los había visto pero me creí lo que dijo mamá. Pero es una pena, porque al poco de llegar nos hicieron cortar todos los árboles y hacer muchos bancales, todos seguidos y lo más impresionante: ¡de una sola especie! Yo seguía sin entender, y cuando le pregunté a mamá qué era eso, me dijo algo de un mono y un cultivo, y para entonces ya sí que no entendía nada.

Todas las mañanas, cuando sonaba la campana -que podía ser temprano o más temprano aún- teníamos que ir en un cacharro de hierro que nos habían dado hasta el mono del cultivo -mono al que nunca ví. En lugar de ir en bici, que nos ponía a todas fuertes y hacía las cosas mucho más lindas y divertidas, teníamos que ir en ese trasto, pararlos uno al lado de otro y trabajar con las espaldas encorvadas hasta la hora de comer. Ya no podíamos usar bicicletas porque nos había dicho el alcalde que, como había tantos tubos que esquivar, eran una pérdida de tiempo. Luego, cuando sonaba la campana para comer, teníamos que hacer cola para entregar dos sacos enteritos de lo que habíamos recogido y luego volver a hacer otra cola en la que nos daban nuestro sustento. Al principio me alegré porque nos dieron un saco lleno de cereales y comida cada día, pero luego me enfadé porque de ese saco más de la mitad teníamos que echárselo a los trastos de hierro y el resto apenas nos daba para hacer unas comidas que además, no sabían a nada.

III

Aun así, hace mucho de todo aquello. Si hubiera sabido que cuando el señor dijo que haríamos trabajos para volver a darle uso a las cosas, se refería en realidad a triturar en una casa gigante toda la porquería de Montealto, que hacía otra nube de humo y echar esa masa extraña de asco a nuestras tierras de las que luego nos alimentaríamos, desde luego hubiera intentado convencer a mamá de quedarnos en la aldea. Pero claro, por aquel entonces yo era una niña. No podía saber eso como tampoco podía saber que pocos años después, todas mis abuelas y todos mis abuelos preferidos morirían porque la nube les había entrado en el cuerpo y se les había quedado a vivir en el pecho.

Años después de que nos fuéramos, yo me preguntaba si no hubiera sido mejor quedarnos bajo la nube gris de nuestro sitio innombrable, sembrando nuevos bosques e intentando hacer algo para que ningún señor mórbido nos trajera a la tierra que estábamos envenenando y de la que comíamos muerte; para que nadie nos obligara a limpiar sus toneladas de hedor... y poder seguir disfrutando del agua del lago sin miedo a las ampollas que ahora nos producía. Me preguntaba si tenían sentido nuestras vidas, si venir aquí era la única solución posible, y sobre todo si merecía seguir temiendo al monstruo de la pena y encerrar en el olvido la vida por la que quizás deberíamos pelear.

Cuando todas estas preguntas inundaron mi cabeza fui a hablar con mamá, pero por aquellos días la tos y los esputos rojos de su pañuelo le llenaban la garganta y no dejaban sitio ni para metáforas ni para explicaciones...

IV

Cuando vino Muriel, sudada y exhausta y me pidió que la escondiera pasé el miedo más grande de mi vida.
Desde que llegamos a Montebajo, cada intento de pedir algún tipo de mejora se frustró. Al principio, cualquier reivindicación o amago de comunicación con el alcalde se veía enredado en un sin fin de formularios imposibles; a mediados, cuando nuestros cuerpos empezaron a enfermar y nuestras voces a alzarse lo más mínimo, señores de gris nos apalearon y nos obligaron a elegir entre quedarnos sin trabajo o trabajar más aún. En los finales, que se remontan hasta hoy, estaba absolutamente prohibido intentar cambiar nada, y os aseguro que sabían muy bien cómo hacerlo. Por eso mi primera reacción fue paralizante, un miedo absoluto se apoderó de mi como cuando era niña se apoderaba el monstruo de la pena; pero al segundo siguiente empezaron a danzar ajetreadamente por mi mente las imágenes de los bancales, de nuestra aldea, de nuestras sonrisas llenas... y de nuestras ancianas enfermas, del sonido de la campana, de nuestro empobrecimiento y del sol opacado por la polución. En ese momento el miedo se convirtió en rabia y en coraje. Me fui con Muriel a un lugar seguro, y lo que escuché me recorrió el cuerpo como si alguien me hubiera insuflado esperanza y alegría en mi último aliento. Muriel llevaba andando días sin parar, venía de un pueblo entristecido y empobrecido como el nuestro, expoliado, donde habían construido grandes senderos de un material gris y venenoso. Hablamos toda la noche sobre rebeliones, resistencias que le habían contado desde todo el ancho y largo del globo; sobre el poder de la lucha colectiva, sobre las represiones y las victorias, sobre las tierras monopolizadas y las colectivizadas. Hablamos y compartimos nuestras ideas, y nos inundó tal sentido del empoderamiento que hasta pude hablar de mi tierra sin pena alguna.

V

La luz entraba por la ventana. El olor a pan recién hecho inundaba toda Tierralibre. Las gentes empezaban a salir de sus casas en busca de bicicletas, otras preparaban la arcilla y metían dentro todo tipo de semillas que habíamos almacenado la cosecha anterior.
Fue un sueño extremadamente raro, corriendo fui a contarle a mamá. Su piel estaba surcada y sana, su voz era suave y sin tos. Le conté atropelladamente el sueño que había tenido, desde el señor gordo, las tuberías, el cultivo que se perdía en el horizonte, el lago sucio de cosas que no se veían pero que nos hacían enfermar... hasta llegar a Muriel. Mamá me dijo que Muriel era una mujer sabia; y cuando le conté mi miedo al monstruo de la pena me dijo que había sido una pesadilla porque ella jamás me aconsejaría tener miedo a nada y mucho menos a luchar por nuestra tierra, por más que esa nube hubiera empezado a sombrear nuestros caminos.

Sus metáforas habían vuelto como si nunca se hubieran ido, y con ellas repartimos lápices para cada persona de Tierralibre en la fiesta de la cosecha, animando a todo el mundo a escribir, entre todas, nuestra propia historia. La historia de todas las personas del expolio, la historia de nuestras semillas, de nuestras aguas y de nuestro sol. Y poco a poco fuimos buscando a todas las Murieles del mundo para escribir la gran historia: la historia de un mundo sano, libre y en el que todas las personas serían iguales.

Autora: Luna Rodríguez

Vota: Relato nº 19

Construir un sueño
Me llamo Enrique, y quiero relatarles la historia de cómo logré que una idea simple que ocultaba tras de sí un sueño magnánimo, se convirtiera en una realidad que hoy, está cambiando a mi país: México.

Soy egresado de la Licenciatura en Ciencias de la Comunicación desde hace un año. Cuando me encontraba justo a la mitad de la carrera, conocí a un chico dos años más joven que yo: Adrián, que recién había comenzado a estudiar Ingeniería Industrial. Compartimos juntos, por completa casualidad, un curso de oratoria, donde nos fuimos conociendo poco a poco.

Un día, después de clase, se acercó a mí muy entusiasmado para platicarme un proyecto que tenía en mente desde que estaba en preparatoria. Fuimos a la biblioteca de la escuela y nos sentamos a hablar, primeramente sobre leyendas urbanas y fantasmas, para luego pasar al tema que nos concernía.

—Tengo una idea para desarrollar un proyecto tecnológico y empresarial —me decía—. Durante mis clases de administración, nos pidieron que desarrolláramos una empresa, pero no tenía nada en mente. Mientras caminaba al autobús, encontré sobre la acera un vaso con fruta que alguien había tirado. Me le quedé viendo por mucho tiempo hasta que pensé: “¿por qué no se aprovecha toda esa basura?”.

Adrián me contó que investigó qué podía hacerse con los residuos orgánicos de comida, frutas, verduras, poda, entre otros desechos, y llegó a la conclusión de que podía aplicar un proceso aeróbico que desintegrara todos esos elementos y así convertirlos en un fertilizante orgánico. Me dijo que el prototipo de compostero, como llamaba a la máquina que permitía llevar a cabo este proceso, ya estaba casi listo y que deseaba poder incubar el proyecto para llevarlo a la realidad.

— ¿Te gustaría apoyarme en la parte de mercadotecnia? —me ofreció.

Inmediatamente acepté sin vacilación. Me encontraba muy emocionado, era una oportunidad de crecimiento, pero sobre todo, una forma de resolver uno de los problemas que más aqueja al país: la basura. México, ocupaba el décimo lugar como productor mundial de basura, cada habitante generaba un kilogramo diariamente. Era necesario encontrar una solución a ese problema.

Nos inscribimos a la incubadora de negocios de la universidad. Comenzamos nuestra investigación y sobre todo, la adaptación del compostero. Alterno a este proceso, había una convocatoria para obtener un financiamiento por 50,000 dólares otorgado en un concurso internacional. Decidimos inscribirnos para ver si podíamos lograrlo.

Pasaron cerca de seis meses de investigación, trabajo, prueba y error. Nos encontramos con un dato muy especial. El proceso aeróbico de descomposición de la materia orgánica, de la forma en que estábamos realizándola, además de crear el fertilizante natural, también se producía algo más: gas metano.

— ¿¡Esta máquina puede generar gas natural!? —le pregunté extasiado a Adrián.

—Más que eso, es biogás. Bien manejado, su impacto ambiental es mínimo. ¡Imagínate Enrique! La solución a los combustibles fósiles puede estar aquí, con nosotros.

Con esto, hicimos las modificaciones necesarias para que el prototipo pudiera capturar el gas metano generado para así poder licuarlo y almacenarlo. Yo estaba enterado de todo esto pues trabaja de la mano en todas las áreas, no solamente en mercadotecnia.

Llegó el momento de nuestra primera presentación del proyecto, para poder avanzar en el concurso, el proyecto fue el siguiente: crear un sistema integral por colonias o zonas para recolectar los residuos orgánicos generados en casas, escuelas, negocios, mercados, etc. Trasladarlos a una planta donde la tecnología que habíamos desarrollado, podía generar 50 kilogramos de fertilizante orgánico en un área de un metro cuadrado, en un lapso de tres semanas. Así mismo, cada compostero, con vida útil de 20 años, podía generar hasta dos litros de gas metano licuado. La primera planta de producción estaba planeada para tener una capacidad de producción de hasta tres toneladas mensuales de fertilizante y 100 litros de gas metano. Esto, era sólo en las instalaciones de la universidad, ¿qué podría lograrse si se extendiera el proyecto más y más?

Ganamos el primer concurso, y el segundo… así hasta llegar a la etapa final, donde concursaríamos con tres proyectos de todo el mundo. La competencia se llevaría a cabo en Miami, Florida, en Estados Unidos. Seguimos investigando y trabajando mientras nos preparábamos para ir por los 50,000 dólares.

Adrián y yo, nos percatamos que teníamos en nuestras manos una verdadera forma de cambiar la situación ambiental y energética del país, nuestro compromiso ya iba más allá de nuestro propio esfuerzo, estaba en juego un proyecto que beneficiaría a muchos sectores de la sociedad mexicana, y ¿por qué no?, del mundo.

Leíamos, las noticias en todo el mundo apuntaban como solución de la escasez de los combustibles fósiles al biodiesel, pero existía un sesgo, pues la utilización de granos que bien podría destinarse a la alimentación, estaban comenzando a utilizarse para llenar los tanques vehiculares, en lugar de acabar con el hambre. Nuestro proyecto estaba generando un combustible sustentable, y prácticamente de forma gratuita, no había que gastar más recursos energéticos para poder obtenerlo más que el de la propia naturaleza. Decidimos que era imperante echar a andar el proyecto.

Llegó el día del concurso internacional. Nos encontrábamos representantes de México, Perú y Suiza. Nuestra convivencia fue siempre amena, divertida y solidaria. Después de nuestra presentación, de la que recibimos muchas felicitaciones por el impacto no sólo ecológico que tenía, sino económico y social, nos sentíamos nerviosos, pero seguros de que habría un gran resultado y eso, beneficiaría a muchas personas.

El día de la premiación fue el más estresante de mi vida. Adrián y yo estábamos sudando, parecieron años las simples horas que trascurrieron para que se diera el resultado y al final: ¡ganadores! ¡No lo podíamos creer!, lloramos, saltamos, no cabía en nosotros el orgullo, la pasión y saber que teníamos los medios para llevar ese sueño a cabo.

La empresa se fundó. Estamos totalmente seguros de que esta tecnología no sólo resuelve el grave problema de la basura en el país, pues es también una viable solución a la utilización de los combustibles fósiles, que tanto han ayudado al avance de la humanidad, pero que también han dañado en la misma o mayor proporción.
Seguimos trabajando para extender nuestra tecnología a cada vez más estados de la República Mexicana, atacando zonas estratégicas con la intención de tener un mejor lugar para vivir; limpio en sus calles y limpio en su aire.

Construir un sueño no sólo fue para mí, no sólo fue para mi socio, fue para todos los seres humanos de la Tierra, y ojalá me alcance la vida para ver un cambio como cuando nos sentamos en aquella biblioteca a imaginar cómo sería un mundo más limpio, un mundo más sustentable.

Autor: Daniel Enrique silva

Vota: Relato nº 20

Al despertar
Desde que el biodiesel se pusiera de moda acuden a las ciudades millones de pájaros para posarse en la chapa de los automóviles. Con sus graznidos reclaman un antiguo derecho: su porción de migas de pan.

Desde que las selvas quedaran amenazadas por la industria el eco fueloil para calefacciones, el eco del cambio climático sobrevive en el interior de los altavoces.

Desde que los silos se llenaran a la espera de que los combustibles suban de precio, el hambre se devalúa en los mercados de la ética.
No hay que llorar para pedalear. Y sin embargo, el aire penetra en los lacrimales y hace que las pupilas se abran a la realidad con la humedad de las ilusiones. No hay que llorar para pedalear. Pero a ser posible, sería justo que al posar los pies en los pedales se girara el mundo.

Andar y andar, para reivindicar el uso económico de las suelas de los zapatos que no dejan huella en el medio ambiente y sí en la tierra de todos los seres, todos.

Andar y andar y andar y andar con zapatos energéticos, de esos que producen electrones con el rozamiento y que servirán para cargar todo tipo de aparatos con enchufe el día que las patentes con mayor utilidad cotidiana dejen de ser una competencia desleal para las multinacionales.
Andar y andar y andar y andar y andar y andar sin prejuicios, empujados por la convicción de que los paisajes no existen para ser atravesados por líneas de alta velocidad sino para perdurar como paisajes.

Si la conciencia hablara, las mangueras de las gasolineras dejarían escapar su discurso antes de permitir que saliera una gota por ellas, y nos contarían al oído de pacientes automovilistas de dónde viene el combustible y cómo y a costa de quién o de qué se produjo.

Si la conciencia fuera pública y hubiera suficiente conciencia repartida por el mundo, saltarían todas las alarmas cada vez que un territorio cambia de estado para uso y beneficio anónimo: Sociedades capaces de alterar los mapas geográficos y culturales a su antojo.

Hay que dejar claro que son ellos, los que nos espían a través de la Red, los que deberían ser espiados para evitar que sigan cometiendo crímenes invisibles y a gran escala: modificando el precio de los productos más necesarios, comprando tierras a pequeños propietarios para dejar paso a los monocultivos, incendiando bosques para que sean pasto del pasto.

Hace tiempo que colecciono gestos en mi memoria antes de que estos gestos acaben siendo triturados por la música de los supermercados. Pequeños gestos de valentía económica: Calentarme con leña traída del monte, perderme por el monte para traer leña, consumir el tiempo perdiéndome, dormir con cuatro mantas para no pasar frío pero levantarme feliz de poder quitarme tanto peso de encima al despertar.

Al despertar, salgo a la calle y dejo que la luz de la mañana llene de energía mi ánimo. He vendido el coche para viajar con menos equipaje por la vida, y por eso doy gracias al aire.

Autor: Julio Fernández Peláez

Vota: Relato nº 21

Ejercicio de estilo
Paco nos insiste siempre en que antes de lanzarnos a escribir el relato tengamos al menos dos cosas claras: el punto al que queremos llegar y el estilo que vamos a utilizar al contarlo. Creo que me voy a lanzar con una historia que cuente el sufrimiento de tantos productores de petróleo afectados por la presión de una sociedad cada vez menos sensible a la necesidad de seguir quemando combustible. O a lo mejor sería más potente si lo enfoco desde la perspectiva de esos pobres brokers de la bolsa de Chicago que especulan con los precios de las materias primas y que se han visto empobrecidos repentinamente por culpa de las medidas de organismos internacionales plegados a las exigencias de los pequeños agricultores y de las cooperativas autogestionadas.

Con más extensión podría desarrollar un thriller psicológico en el que varios miembros del peligroso lobby de las bicicletas presionan a parlamentarios europeos para continuar persiguiendo su irracional objetivo: que los gobiernos fomenten el insostenible transporte de las dos ruedas. Podría introducir el misterioso asesinato de un asesor. Y un detective intentaría tirar del hilo y se encontraría con mil y un obstáculo para desenmarañar la cadena de favores entre políticos, asociaciones ecologistas y cooperativas de trabajo. Sus propios superiores en el cuerpo de policía frenarían su investigación cuando empieza a tocar algunas teclas importantes y, de repente, la prensa difunde el cargo que obtuvo un antiguo ministro en una explotación agrícola de verduras naturales que curiosamente se había visto beneficiada por una incomprensible medida de apoyo a la agricultura ecológica y a las energías renovables. Interesante, pero guardaré la idea en la carpeta de futuros proyectos más ambiciosos.

Para hacer algo más exótico podría escribir un cuentecito localizado en una selva tropical en el que un grupo ecologista armado presiona a la población indígena para que logren su soberanía alimentaria y continúen con el avance de la forestación con especies autóctonas sin fijarse en las peligrosas consecuencias para la estabilización del clima, para el aumento de la capacidad de fijación de CO2 y, en definitiva, para el negro futuro de los periodos veraniegos en las playas del Ártico. Miles de hectáreas desaprovechadas en producir alimentos para cubrir las necesidades de simples millones de personas mientras en la otra parte del planeta tristes montañas de 4x4 permanecen a las afueras de las ciudades sin nada que echarse al depósito. La competitividad y la eficiencia relegadas a un segundo plano en aras de la cooperación y el bienestar. ¿Qué pensaría un extraterrestre que llegara a la Tierra? Nos hemos vuelto locos.

¡Extraterrestres! Esta podría ser otra buena idea para el relato. Una distopía futurista en la que unos terroríficos alienígenas imponen su absurdo credo decrecentista y del vivir mejor con menos. Mientras, un grupo de rebeldes conspira en la sombra para hacer triunfar el progreso consumista y volver a engranar la maquinaria de la producción ilimitada y la sobreexplotación de recursos naturales. Y todo ello en una sociedad desalineada y libre, organizada por gobiernos conservadores. Conservadores porque imponen medidas para que la gente pueda conservar y mejorar su empleo. Conservadores porque aprueban leyes para conservar y cuidar mejor el medioambiente. Conservadores porque luchan para conservar y recuperar el entorno rural. Conservadores porque invierten en conservar y rehabilitar los edificios y las infraestructuras. Conservadores porque potencian conservar y fomentar las relaciones sociales. Conservadores porque apuestan por conservar y mantener la soberanía alimentaria. Conservadores porque intentan conservar y extender la dignidad humana… ¡¡Un horror!!

Mejor algo de estilo periodístico. Miembros de la Troika han mostrado su preocupación por el imparable aumento de huertos urbanos, rurales, compartidos, en el balcón, en macetas, autogestionados a través de grupos de consumo, organizados para la compra directa a productores, llenos de productos locales de temporada para su consumo inmediato o para elaborar conservas caseras para el resto del año. Dichas prácticas, según representantes del BCE, CE y FMI, impiden la correcta asignación capitalista de recursos a productores extensivos de agrocombustibles, empresas agroindustriales, multinacionales químicas, distribuidores, financieros y acaparadores de tierras y subvenciones.

Si el objetivo es didáctico y llegar a un público joven que sea capaz de cambiar el mundo, lo ideal sería un cuento infantil. Periquín vivía con su madre en una cabaña del bosque. Para conseguir un poco de dinero la madre mandó a Periquín a la ciudad, para que allí intentase vender la única vaca que poseían. El niño se puso en camino, llevando atado con una cuerda al animal, y se encontró con un hombre que llevaba un saquito de habichuelas.

- Estas habichuelas son mágicas –le explicó aquel hombre-. Si te gustan, te las daré a cambio de la vaca.

Así lo hizo Periquín, y volvió muy contento a su casa. Pero su madre disgustada al ver la necedad del muchacho, cogió las habichuelas y las arrojó a la calle.

Cuando se levantó Periquín al día siguiente, se sorprendió al ver que las habichuelas habían crecido tanto durante la noche que las ramas se perdían de vista. Se puso Periquín a trepar por la planta, y sube que sube iba a llegar a un país desconocido cuando, de repente, la planta fue arrancada por una máquina dirigida por un inspector de Monsanto que explicó a Periquín que su empresa era la propietaria de dichas semillas y que había cometido una ilegalidad utilizándolas sin su consentimiento, sin pagar su canon de uso y sin adquirir el resto de complementos fitosanitarios y biocidas de la misma empresa. Chinpón.

¿Y un relato de estilo autobiográfico con regusto metaliterario y plagado de alusiones a la tecnología, la dependencia energética y las redes sociales? He recibido un wassap de Laura recordándome que faltan 2 horas para que termine el plazo de entrega del relato y todavía no he empezado a escribir nada. Como de costumbre, trabajo mejor bajo presión aunque, como de costumbre, tendré que acudir al taller de escritura sin el relato terminado. Además no sé si voy a poder encontrar mucha información en internet sobre este tema (donde dije información, digo relatos ya escritos). Probemos. Enciendo la tablet. Busco en Google: Relatos+agrocombustibles+crisis energética+soberanía alimentaria. 2.245.345 resultados. Malo. Cuando sale tanto resultado, malo. Pruebo con los 10 primeros y si no hay suerte me voy a dormir. A ver. No me convence ninguno. ¿Y si comento algún vídeo? Siempre es mejor y mucho más rápido ver la película.

Busco con el portátil en Youtube y me sale un vídeo interesantísimo en el que se ve una mazorca de maíz que sigue dos caminos diferentes. En el primero se convierte en harina con la que se produce una tortita para la alimentación de la familia que lo ha cultivado. En el segundo se convierte en etanol para su uso como combustible por parte de otra familia en otro lugar del planeta con el que alimentan el coche que les lleva a un hipermercado a comprar una barra de pan que al final se pone dura y tiran a la basura. Ves clarísimamente cómo en el segundo camino, gracias a los innegables beneficios del sistema capitalista, neoliberal, globalizado e hipertrofiado financieramente, las ventajas son también mucho mayores para la primera familia porque la empresa del coche que se mueve con ese etanol, y que sale mucho en los anuncios recalcando la felicidad que puedes lograr si te compras uno, patrocina a un club de fútbol de primera división. Y resulta que una camiseta de ese equipo que tira al contenedor un padre mientras hace limpieza de la ropa de los niños que empiezan el cole y han crecido un montón durante el verano, acaba llegando a la familia primera cuyos miembros pasan bastante hambre porque el precio de la mazorca de maíz, que ahora tienen que comprar en el mercado, se ha puesto por las nubes. Pasan hambre pero son muy felices porque han conseguido esa camiseta que encima tiene el número de su jugador favorito. Muy chulo y esclarecedor.

Pero ya que estoy viendo vídeos me dejo llevar por el exceso de información que pulula por internet y por el maltrato al ritmo lento de mi conexión megarápida de fibra óptica y acabo descargándome otros 250 vídeos interesantes sobre agrocombustibles, crisis energética, soberanía alimentaria…

¡Uf! Las 23.55 horas. Mando un tweet a Laura: Me rindo. Paso del relato. O bueno, a lo mejor puedo resumir la esencia del tema también en un tweet y enviárselo a Paco: El sistema económico (digo la estafa) atenta contra la alimentación de las personas (digo la vida). Amén.

Autor: José Ramón Paramio Pintado (Econoplastas)

Vota: Relato nº 22

Lamento Guambiano
Isabella saborea el delicioso líquido dulzón. Néctar que se desliza por su pequeña garganta. Energía para seguir adelante, antes de dar un pequeño giro, retroceder una pizca e iniciar la búsqueda rápida de la siguiente florecilla con el manjar que porta en lo más profundo de su ser.

—Arriba y abajo. Hacia atrás. Así está mucho mejor. Huele bastante bien. Debe de ser delicioso—. Saca su larga lengua. —¡Qué rico sabe! Debe de ser de una flor bien bonita—. Eso debe de pensar Isabella, que es como la he llamado hasta ahora. Eriocnemis isabellae para ser precisos. O zamarrito del pinche. Un bello colibrí que vive en la zona de Caucas, y suele verse cerca de las palmas de cera de Quindio, esos magníficos ejemplares que están disminuyendo su población, y es una especie catalogada como vulnerable. Aunque eso es otra historia. Relacionada con ésta, pero otra historia al fin. Estamos viendo qué hacen unos cuantos seres vivos de los que por aquí habitan y hemos visto primero a Isabella, pese a ser el más diminuto de nuestro encuadre. Nos encontramos en Caucas y vamos a seguir observando qué sucede alrededor.

Un bebé misak gatea un poco, se incorpora y acaricia la florecilla en la que está trabajando afanosa Isabella. Podría ser una Befaria resinosa o una Cinchona pubescens, vulnerables también. El colibrí retrocede un ápice hacia atrás y se desplaza al arbusto más cercano, sin prestar atención al pequeño manotazo de la niña. Sabe que la criatura humana no hará nada que le perjudique.

La pequeña mira con atención al pájaro. Tampoco hace mucho más a tan corta edad. Investiga todo. Palpa con sus manitas. Huele. Intenta corretear. Tropieza, cae, se levanta. Mientras, su madre vigila de cerca y examina la relación, ya desde temprana edad, de su hija con la naturaleza. Es muy importante que aprenda a respetar a los otros seres que comparten este mundo con nosotros. Sean hombres o mujeres, sean plantas o animales se rijan por la luna o el sol. Todos somos imprescindibles y nadie debe de ser desestimado.

Silvia, la bebé misak de poco más de un año que se tambalea con sus primeros pasos, intentaba agarrar a Isabella, que revolotea alrededor de la aldea en busca de flores. Cada vez con peor suerte, ya que tiene que volar distancias mayores para lograr su sustento. Las plantas de las que depende están disminuyendo velozmente y sus alas van notando el esfuerzo mayor del vuelo. Todo ser está en simbiosis con otras plantas y animales, que se ayudan mutuamente a crecer, y sobrevivir. Y el zamarrito no es una excepción. La madre, atenta al bebé, sigue observando graciosa la preciosa estampa. Sin lugar a dudas, la nueva misak está aprendiendo a relacionarse con cada ser vivo de su entorno y cuidar la naturaleza que los rodea. Vuelve a pensar en que todos somos piezas claves de este gran puzzle llamado Madre Tierra.

La madre misak no solía ser pesimista y buscaba siempre la forma de ser feliz y estar en paz con su entorno. Normalmente lo conseguía. Lograba esa paz. A pesar de las vicisitudes. A pesar de los pesares. A pesar de que su familia había sido expulsada de mala manera de sus aldeas, como se expulsa a un ladrón. De una zona que les pertenece por derecho propio, un suelo que fue el de sus antepasados, que ha visto crecer a su pueblo. Una expulsión injusta, por no adecuarse su familia a los mandatos de la llamada modernidad. Primero te quitan el agua, después se mete su gente con grandes maquinarias, arruinan el suelo, matan especies que no conocen. Después eliminan parte del terreno cultivable. Más adelante exigen que cultives su maíz, no el criollo de toda la vida, sino el de ellos. Una naturaleza que debiera ser compartida por todos los seres, y que por una mala gestión de recursos había acabado con la vida de sus hermanos y tíos, por una lucha contra el gran gigante de Occidente. Por un cultivo de coca, que los misak utilizaban ancestralmente. Ya antes de que fuera conocido y usado por los más modernos, para otros usos que no son precisamente los medicinales.

Irónicamente, primero habían demonizado la planta de coca, supongo que por tener un uso curativo primitivo, pero ahora habían estado escarbando en la bendita tierra, para sacar adelante monocultivos y vender a los EEUU las plantas del maíz por un lado, diciendo que palian el hambre de la región, mientras venden por otro lado las plantas de las que sale el polvo blanco, ya que se siguen cultivando de forma ilegal, porque el consumo internacional se ha disparado. Pero el hambre no sólo no se marchaba, más bien iba en aumento, porque antes sabían dónde buscar sus alimentos, pero ahora los bosques iban desapareciendo. Las mismas hojas de las plantas que usaban los curanderos o merepik de los misak desde hace milenios contra el paludismo o para hacer limpiezas… Además usan el maíz junto a la coca para ello, y ahí es donde obligan a los misak a cultivar lo que los agentes quieren. Ella los llama agentes, o la gente que va de traje.

Ese zamarrito que revoloteaba junto a su hija era una víctima más de ese supuesto sistema moderno. Como sucede con el resto de las especies y eso incluye a los humanos.

Pero alguien había decidido, que si llevas traje y corbata, y lo que más valoras es el dinero, eres exitoso y debes salir adelante. Si llevas poncho, sientes el poder de los suelos, escuchas a los espíritus, bebes la reparadora agua de la matriz de la madre tierra o usas plantas con conocimiento de cómo sanar a tus seres queridos, entonces, eres un perdedor, alguien que no ha progresado y cuyo medio de vida debe ser eliminado por ineficaz y ser poco productivo para la sociedad moderna. Porque no aportas ni das ganancias al sistema capitalista. Eso sí lo llegaba a saber. Así funcionaba la mal llamada comunidad internacional. No es una comunidad. Los misak saben lo que una comunidad es. Como aquel ecosistema formado por la flor, el colibrí, la palma de cera y su bebé. Todos en armonía.

No había pasado mucho tiempo desde que perdieran sus tierras primero, más tarde su casa, después la vida. Quizás hasta el sentido del miedo. Pero lo sentía como si fuera hace un siglo.

Todo estaba yendo demasiado rápido.

Pensaba todo esto, mientras veía en la lejanía como un helicóptero vigilaba las grandes extensiones cultivadas de coca y maíz..... vigilaba noche y día para detectar cultivos que no fueran los estipulados por ley. “Su” ley. No la ley de la supervivencia y la madre tierra, sino la ley de la compra, la ganancia y la destrucción masiva de animales, plantas y personas. Empezaron con unas pocas plantaciones de maíz, y ahora si descubren tierras cultivadas con algo que no sea el maíz que ellos quieren, se amparan en esa ley, lo destrozan, los echan, los matan...... Vienen los señores de traje y ofrecen semillas empaquetadas en un bonito papel con llamativos colores amarillo y azul. Como la tierra está yerma y no florece tan fácil como antes, los campesinos prueban a plantar esas semillas ofrecidas y ésas sí que funcionan. Como tienen que subsistir, siguen con ellas.....

Hay otros avioncitos que se pasean de vez en cuando y sueltan algún tipo de líquido o gas... quizás sean sólo los reactores y la quema del combustible..... aunque la sensación que da es que está vertiendo una cortinilla de agua al campo...

Hacía tiempo que se sentía débil, aunque ella lo asumía como parte de su recién estrenada maternidad..... y a los tres abortos casi sucesivos que había tenido en un lapso más bien corto de tiempo. Tenía un desgaste físico muy amplio, tosía, tenía vómitos, a veces diarrea y que ni siquiera el merepik sabía cómo tratar. La habían hecho un ritual de limpieza, con las hojas de coca, como manda la tradición, pero que de momento no habían dado el resultado esperado. Es más, se sentía peor.. . Mientras observa el avioncito que suelta el liquidito por las compuertas, casi sobre sus cabezas..... La entraron ganas de vomitar, y se calmaron al encontrarse sus ojos con los de sus hija Silvia.

No sabía que era eso que vertían sobre sus cabezas, pero correlacionaba muy bien la causa-efecto del paseo del avión, con las muertes de sus familiares, el deceso de sus hijos no nacidos, y esperaba que nada grave sucediera a la pequeña que incordiaba y perseguía al zamarrito. Nada más excepto una extraña quemadura, que creía fuera debido a un exceso de sol, por tener quizás una piel muy delicada.

Intentaba leer y distinguir las letras que marcaban el lomo del avioncito. Por el chorro de líquido no lo logra leer, sólo ve los colores de la panza del avión. Y de repente lo vió muy claro. Los colores eran azul y amarillo, como los sobres de semillas de los señores de traje.

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Sirva este relato como una canción protesta a favor de las culturas nativas, sus derechos como pueblo y su conservación de los ritos tradicionales, y vaya en contra de las asociaciones entre políticos y multinacionales como el Plan Colombia, que persigue un enriquecimiento de la grandes empresas y gobiernos y perjudica a los que menos se pueden defender. Vaya en contra de los cultivos transgénicos, en especial de Monsanto, ya que con sus prácticas invasivas e inmorales, se enriquecen ellos, empobreciendo las tierras, contaminado las aguas, envenenando el aire que todos respiramos, de esos, todos los pueblos del mundo, que se van aniquilando poco a poco según Monsanto pasa..... Exijo que no despreciemos la biodiversidad como si de nada sirviera: su importancia es suprema y si una sola especie falta, se desequilibra toda la cadena de alimentación y las consecuencias son catastróficas. Desearía que lo que he escrito no fuera real, pero desgraciadamente para su elaboración me he basado en noticias y descripciones indígenas de diferentes países y barbaridades y aberraciones varias que están sucediendo desde hace años. Insto al lector a la búsqueda de más información sobre esta multinacional en particular y su glifosato, sus efectos secundarios en la salud, sus cultivos de maíz a nivel mundial y que se informe a mayores, si no lo ha hecho ya sobre el Plan Colombia que tanto daño ha hecho ya, para enriquecimiento de EEUU, que son los que al final consumen cocaína y venden sus productos Monsanto. Todo esto, desde mi humilde sillón de indignada.

Autora: Esperanza Sanz

Vota: Relato nº 23

Historia de plagas
A Sayaxche ha llegado una nueva plaga. Municipio del departamento de Petén en Guatemala, Sayaxche, antaño rodeado de espesas selvas y humedales, y cruzada por el río de la Pasión. Hasta su nombre proviene de la selva. Su significado, proveniente del keqchi, idioma indígena, es Horqueta de ceiba, la especie de árbol nacional del país.

Esta plaga no es nueva en el país, y la familia de los Talmoc lo sabe bien. Actuales pobladores de Sayaxche, su familia ha ido siguiendo las diferentes plagas en los últimos 150 años, en busca del trabajo de jornalero agrícola, única profesión que sus pocos estudios les han permitido hacer durante generaciones.

El bisabuelo del actual patriarca, Don Celestino Talmoc, trabajó en los alrededores de Antigua, recogiendo cochinillas en las palas del nopal, lo que en España conocemos como higo chumbo. La cochinilla fue el primer “cultivo” de exportación de Guatemala. “Cultivo” entre comillas, porque se trata de una especie de pequeño insecto que parasita el nopal y que a mediados del siglo XIX, era exportado a Europa para la producción de un preciado tinte color rojo, que las altas sociedades burguesas europeas utilizaban en sus vestidos.

El bisabuelo vio el declive de la cochinilla debido a los tintes sintéticos, y vio también como su hijo, el abuelo de Don Celestino, viajaba hasta las tierras del altiplano, donde se creaba una nueva plaga, el café. Miles de tierras fueron plantadas con este nuevo, esta vez sí, cultivo, y miles fueron las familias que se fueron a desplazar a las fincas cafetaleras. Hasta el día de hoy todavía Guatemala sigue siendo reconocida por su café, como también siguen siendo reconocidas las técnicas de semi esclavitud de sus fincas, con salarios por debajo de 10 quetzales (1 euro) diarios para sus jornaleros, muchas veces niños.

El padre de Don Celestino, dejó el altiplano y la dureza de su clima y sus condiciones de trabajo, para dirigirse a las cercanías del Caribe. Allí en su época, y con gran apoyo del gobierno estadounidense, la United Fruit Company cultivaba grandes extensiones de la nueva plaga, el banano. Gracias a las presiones de los USAmericanos, Centroamerica alojó a las tan famosas Repúblicas Bananeras, donde jornaleros como el papa de Don Celestino, dejaban su sudor, y también sus pulmones en la aplicación de pesticidas que a la larga se conoció eran muy nocivos para la salud, aunque al papa de Don Celestino nunca nadie le recompenso por aquellos males. El banano fue y sigue siendo uno de los cultivos de exportación más comunes en todo el área del Caribe centroamericana, aunque comparte hoy en día el dudoso honor de ser la especie más cultivada con la caña de azúcar.

Este fue el primer trabajo de Don Celestino, trabajar en la zafra, como se denomina en el argot azucarero a la corta de la caña. Es un trabajo duro y peligroso, ya que se corta la caña después de ser quemada, para eliminar las filosas hojas de la planta, que cortan como cuchillas. Después de la quema muchos animales asustados permanecen en los campos, y las picaduras de serpiente son el mayor temor de los zafreros. La caña de azúcar llego de la mano del Fondo Monetario Internacional y sus programas de ajuste estructural en toda Latinoamérica. Si el país tenía potencial para estos cultivos, su deber era invertir en ellos, venderlos al mercado extranjero, y con las divisas comprar el resto de productos que el país necesitara. Lo que nunca pensaron fue en la concentración de tierras, el vaivén de los precios de mercado, o la soberanía alimentaria. Actualmente este cultivo tiene una gran ventaja en Guatemala, y es su excelente ron, que le permite seguir siendo competitivo, asociado claro también, a los bajos salarios pagados a los zafreros.

Cansado de la zafra, a Don Celestino le llegaron los rumores de una nueva plaga que estaba llegando a las áreas de Petén y las Verapaces, y decidió probar suerte. Allí trabajaría probablemente él y su hijo, siempre con la esperanza de conseguir un trabajo al menos un poco más digno. Efectivamente, al llegar a las tierras bajas de Petén cruzaron el nuevo desierto verde, extensiones de miles kilómetros cuadrados dedicados al cultivo de la Palma africana o Palma aceitera desde hace unos 5 años. Don Celestino y su hijo efectivamente encontraron trabajo como jornaleros, bajando los pesados frutos de la palma, de donde se extrae el aceite que luego se puede consumir por las personas, pero que en este siglo XXI se le da mejor de comer a los coches en Europa. Más del 85% del aceite producido el último año ha ido a la exportación para la fabricación de biocombustibles. Desgraciadamente para Don Celestino y su hijo, ni trabajaran menos horas ni recibirán mejores salarios que en sus jornales anteriores.

El bisabuelo de Don Celestino trabajó para los ladinos, nombre con el que se denominaba a los hijos de europeos en aquella época, su abuelo para la burguesía del país, su padre para la oligarquía, y Don Celestino y su hijo para las grandes corporaciones. Eufemismos todos para nombrar a las pocas familias que concentran las tierras de Guatemala, y que en definitiva son los grandes beneficiados de la economía depredadora, esclavizadora y monopólica que representan los cultivos de exportación. La familia Talmoc siempre ha sido trabajadora del gran capital.

Autor: Basilio Rodriguez

Vota: Relato nº 24

La mariposa

“ay mariposa,

tú eres el alma de los guerreros

que aman y cantan”

s.r

a olga, mi hermana cósmica, en otro de sus vuelos

a pati, la mariposa acróbata

a las mariposas

Aquella noche hubiera sido una experiencia maravillosa para cualquier investigadora reconociendo y clasificando cada ser que giraba en torno a la lámpara. Iluminaba a penas hasta la puerta por donde se veía recortada la selva.. Lo que iba quedando de ella, después de las incursiones de la maderera cuya oficina coqueteaba en el borde de la reserva.

Ella no estaba allí y no quería pensarla después de ver como rompería sutilezas en aquella mesa de negociaciones plagada de infamias.

Yo giraba con los insectos en la luz húmeda. Diferentes. Parecía que venían a morir a la luz. Los más pequeños se colaban en la tela violeta que como un gran quiste amoratado pendulaba en el centro de la sala de takuara y barro como antes, cuando aún no había luz en torno a la cual girar.

Los efectos de la fumigación se sentían.

Entre los que llegaban, estaban unos coleópteros negros de cáscara dura cuya tenacidad me parecía increíble. Desganado les colocaba obstáculos para verlos sortearlos y continuar con su idea en cuanto redireccionaban su existir.

Hubo una mariposa también.

Recuerdo cómo Aquella mariposa se instaló en mi de una extraña manera. Quise aprender con ella.

No sé si murió después de tres días tratar de volar entre mis deseos de curarla y no verla morir. Me fui antes.

Ella aleteaba en distintas partes de la sala o se quedaba detenida en algún pensamiento junto a las takuaras atadas con ysypo que hacían de viga central. Su belleza radicaba particularmente en que podía observarla entre mis pensamientos que como la selva se distribuían desordenados e impenetrables en un tiempo que pasó a medirse en insectos que llegaban a diferentes horas y con mensajes que tal vez nunca llegue a comprender. Mi cuerpo se transformó rápidamente en un catálogo de picaduras de diversos rojos cuya secuencia dependía del ser que las propinaba; mi cuerpo latía desde cada una devolviéndome cierta consciencia e intensidad.

La mariposa parecía ser parte del piso, hecho con piedras de la zona, extraídas violentamente de una cantera que no vi pero escuché confundiendo los golpes con otros que eran seguidos por crujidos dolorosos y posteriores estruendos que hacían ecos en los pájaros y en la jarra con agua del ykua. Todos los días que estuve allí incluso los domingos después de la misa los golpes continuaban.

Y la mariposa continuaba en alguna parte y yo miraba mis pasos como nunca antes.

Pero no la saqué a ninguno de los árboles que rodeaban la casa e incluso hacían parte de ella. Lo pensé. Deduje que si no se iba, considerando que la casa era una especie de excusa natural para engañar la mente que ni post ni moderna sentía seguridad por los armarios, las perillas y los utensilios obsoletos, era que prefería quedarse ahí.

La construcción tenía un techo liviano de cartones, nylon y chapa, sostenido por columnas de karanday, takuaras y maderas retorcidas como si la naturaleza las hubiera escurrido en el curso de agua que pasaba tan cerca que se podía oír pero no bañarse desnudo porque la gente de la iglesia ponía su grito en el cielo además de hacer su guerra santa en la comunidad, oponerse a los avances de la escuela, mantener analfabeta a la población durante treinta años a manos de una de sus hijas predilectas que cobró su rubro, engordó, se jubiló y se fue.

Los pobladores eran en su mayoría campesinos con tierras tan fértiles que las parras en un año daban ya los contenidos de las botellas que conformaban las paredes de la casa. El sol se colaba a través del vidrio verde, marrón y transparente formando alas de mariposas en ciertas horas del día. Los habitantes habían quedado hipnotizados frente a la tele que les hipotecaban varios tiempos con stress, enfermedades y mal trato producto del trabajo esclavo para pagar las cuotas que día a día les amarraban apresurados a las telenovelas de la tarde con cocido y galleta.

Pero yo volvía a la mariposa desde todos mis sentidos como si en ciertos momentos la mariposa y yo fuéramos un mismo latido.

Hay veces en que las causas más banales pueden hacer que las personas hagamos cosas inusuales. A la vez esa extrañeza es la causa de las reacciones más adversas y estas adversidades que queramos recomponer de cierta forma lo sutil asumiendo que lo material se posa leve aunque atroz en cualquier alma.

|Como cuando la tristeza florece en el centro del pecho y duele la apertura de los pétalos y se detiene en la garganta una mordida interna del pistilo que se ancla en silencio y no es rescatada por la palabra Como si un fondo de agua dejara su barro y se hiciera caverna encerrando los suspiros dentro Como alguien que nunca llegó a la cita y no pudo explicarse quedando muerta su razón|

Detenida en la piedra arrancada la mariposa de alas traslúcidas y aterciopeladas espera o descansa. Pero es una mera interpretación de la época, la enloquecida cacería del dinero por todos los medios posibles de la destrucción. La destrucción es una enfermedad congénita de las sociedades actuales ejerciendo sus presiones en comunidades casi aisladas que se derrumban en su brutal sordidez.

Después de hablar con el dueño del campo lindero a la cantera comprendí todo pero no podía hacer nada. Ya todo estaba hecho.

Las justificaciones de las impotencias institucionales proporcionaban un marco amplio de acción en la zona pero cada uno guardaba debajo de las almohadas los monstruos de sus intereses constitutivos de su infierno y no hay lugar que no lo contenga. Por más paraíso que se ficcione, la mente tiene sus propios recursos arquitectónicos para la construcción de cimientos concretos donde montar sus escenarios con proyecciones centenarias reiterantes y asimétricas como queriendo ser más que la hormiga que trasiega el piso del monte hoja por hoja, miga a miga del pan dulce que se cayó del auto del que vino a cazar lo que encontrara, tomar unas fotografías para colgar en el facebook y compartir con los amigos permitidos que también vendrán a cazar antes de las fiestas de este año.

Les encontré por segunda vez en el bar.

Cocinaban una de las piezas de ese día y brindaban, cerca una bolsa toda ensangrentada que dejaba ver la cabeza de otro animal mientras una gota de sangre se coagulada en la lengua que colgaba en todo su largo como una corbata ejecutiva que firma la sentencia de la zona en la aprobación de un resort para turistas extranjeros deseosos de aire fresco. A casi todos les gusta el aire en 20, por favor.

Lo curioso sucedió cuando un hombre que sabía de energía trató de hacerle reiki ala mariposa y la mujer que andaba con él, le colocó unas piedras alrededor. El colocó su mano sobre la mariposa y comenzó ella moverse. Se elevó en el aire y se posó en el cinturón que le sostenía una bermuda larga y gastada. La mariposa se quedó ahí y él la miraba. A la mujer la escena le hacía brillar los ojos húmedos.

Con un lápiz que había sobre la mesa el hombre sacó la mariposa con esfuerzo.

Él la sacó y ella voló. Revoloteó en círculos y sentí que amaba un poco más todo pero volvió a caer y ellos volvieron a colocarle piedras alrededor como un anillo violeta y transparente que engarza una piedra extraña.

Cuando nos fuimos de la escena, un crujido estremeció la siesta y un grito victorioso cerró el golpe que hasta ahora hace eco. Alguien había tirado otro árbol. Ha vencido sobre si mismo. Se ha asesinado él después matando ahora. Todo se le convertía en amenaza justificándose cualquiera de todas sus conductas para si y los suyos como un acto de progreso.

La tarde continuó entre golpes y crujidos. Todo parecía muy cercano, ahí nomás, detrás de la cortina verde que no se mueve por temor a ser descubierta.

El hombre me dijo que estaban sacando piedras para hacer el empedrado. Lo dijo con tristeza. Comentó que “la gente quiere camino lindo para que no se rompan las motos”. La industria china tiene muchos clientes que en incómodas cuotas mensuales pagan por productos de mala calidad y poca duración desconociendo el daño ocasionado por la extracción de metales que en post de la resolución de problemas inexistentes va creando soluciones problemáticas acorde con su interpretación del universo: al servicio esclavizado de los humanos.

Esta misma interpretación es la que considera que los humanos hemos evolucionado y pone como ejemplo la llegada del hombre a la luna en un tiempo donde ya los humanos nos estábamos olvidando de mirar la luna en el cotidiano y hacía tiempo que la habíamos dejado como rectora del tiempo natural y la habíamos sustituido por el calendario ególatra y esclavizante, expectante de fin de mes para pagar las tarjetas de crédito y así tirar otros días más hasta cobrar el siguiente mes y el aguinaldo donde la gente proyecta con anticipación sus celebraciones donde gastará todo su dinero en electrodomésticos que le obligarán a esperar al siguiente mes para pagar la siguiente factura.

Y la luz.

La luz eléctrica. La energía en torno a la que girarán hasta morir insectos y humanos.

Después de un tiempo impreciso, tal vez los 21 minutos de las piedras, la mariposa levantó vuelo mientras un hombre cantaba a la selva canciones del mar en una de las terrazas de la casa.

Se fue.

Quisimos creer que habíamos comprendido algo importante. El hombre continuaba cantando canciones a la selva

y la mariposa

volvió a posarse en un rincón de la casa.

Autora: Nohelia Faguaga

Vota: Relato nº 25

La Pampa es solo un mar de soja y sueño
—Mira cómo se mueve. ¿Lo ves? Mira, papá, mira.

A Mirta le gusta el verano porque puede pasar unos días en la estancia. El mar de oleaginosas serpentea con el viento y la niña adivina qué se esconde tras las hojas trifoliadas y los tallos grisáceos donde meses antes hermoseaba una flor púrpura.

—Esto marcha —se limita a responder el papá, que vive siempre serio, amenazado por las deudas desde que confió en los consejos de el Gaucho, mal rayo lo parta, que sabría de ganado y de vacadas, y de lanzar las boleadoras en su número de circo, pero nada de cómo roturar la tierra ni de proteger los porotos. Por su culpa se dejó de pavadas y arrasó con la caña y el algodón («porque eso solo crece en el Chaco», le decía el vaquero); descompuso las cercas que delimitaban los frutales («más propios de los valles patagónicos») y se olvidó de los camotes y las crucíferas por falta de agua que las engordara. «Esto es lo que da dinero, compadre».

Y Luis Alberto Sánchez necesitaba el dinero para agradar a su tercera esposa, Delia Sánchez, a la que todo parecía poco; sembrar de flores la tumba de la segunda, fallecida en un ataque de pánico que revistieron de embate de ansiedad, y pagar puntualmente la pensión a la primera, que se resistía a salir de Belgrano por una cuestión de principios de clase, y, por encima de todo, satisfacer los caprichos de Mirtita y enviarla a la mejor escuela y luego ir a recogerla en un deportivo para traerla a la estancia, el maletero repleto de regalos y de sacos de semilla para la próxima siembra atravesando morosamente las tierras de Huguito Flórez y Santiago Rangel para restregarles su éxito inesperado y su europea pulcritud en el vestir.

Con los Flórez y los Rangel mantenía Luis Alberto Sandoval una guerra desde el principio de los tiempos, cuando, aprovechando la muerte de doña Clara Amores en una noche aciaga y la atroz insistencia de las malas cosechas, el padre de Huguito se ofreció a comprarle las tierras a un precio de risa («esto no da para más, Luis Alberto»), mientras, del lado este, Santiago y sus hermanos, aprovechando la distracción de las negociaciones, dejaban a la vacada invadirle las lindes y cagarle los aledaños del invernadero, y aquello acabó como el rosario de la aurora o, por mejor decir, como una pelea de gallos, y con el reforzamiento de las vallas y las verjas hasta sembrar el pastizal con altos setos de ciprés que los aislara por siempre del resto de la tierra.

También el abuelo, en aquel guirigay de desencuentros, dejó de hablarle. Él era de la opinión del patriarca Guido Flórez, con el que compartía el origen ligur y el amor por la profesión, y siempre había preferido diversificar para mantener incólumes el suelo y las posibilidades de sobrevivir. Incluso, al llegar a la Pampa, hacía ya tantos años, puso todo su empeño en plantar olivos y plantones de Vicenza (lo que fuera para encontrarse como en casa, sentir el olor del Mediterráneo entre las ondas del pastizal que se extendía entre el Colorado y el Desaguadero), pero una plaga de quirquinchos revolvieron la tierra y desvencijaron los surcos trazados a cuchillo.

—Te vas a arrepentir, muchacho.

Y, para reafirmarse en sus palabras, acudía a artículos de revistas y se las leía desde el marco de la puerta mientras el hijo se enjabonaba con parsimonia después de una mañana de labores de siembra.

—«El cultivo de soja ayuda al ser humano» —lo aleccionaba— «si se efectúa en el marco de la rotación estacional, ya que fija el nitrógeno en los suelos agotados tras haberse practicado otros cultivos intensivos. En cambio, el monocultivo acarrea desequilibrios ecológicos y económicos si se mantiene prolongadamente y en grandes extensiones».

Y ya con sus propias palabras concluía:

—Destrozarás la tierra que heredaste, que cultivé con el sudor de mi frente, y a tu hija solo le legarás un erial que ni para pastizal de vacas.

Pero Luis Alberto era orgulloso y tozudo a partes iguales, o precisamente porque era orgulloso como un león era terco y pertinaz como una mula, y aquella mezcla animal ni siquiera era amablemente suavizada por algo parecido al instinto protector, común al resto de la fauna y casi inexistente en la madre de Mirtita Sandoval, más ocupada de sus negocios inmobiliarios y de sus masitas de nuez que de la felicidad de su única hija, que recluyó en el internado justo antes de que el exmarido, aconsejado por el Gaucho, se decantara finalmente por cultivar la soja.

Luis Alberto Sandoval vivía, pues, en sus cosas mientras la niña aprendía los conceptos básicos de aritmética y disfrutaba con las batallas históricas y reconocía en los cuadros del caserón los baluartes de la patria y los adustos retratos de quienes llevaron a su país a la independencia. Aunque lo que más gustaba a Mirtita Sandoval era la colección de armas de fuego del mueble acristalado y las acuarelas con los principales combates desarrollados en tierras argentinas, desde la batalla de Suipacha hasta la de Maipú. A veces preguntaba por aquella otra pintura que presidía el despacho del abuelo, con su casaca roja y la mano apoyada en el espadón.

—Quién es ese, papá.

—Es Garibaldi.

—¿Tú no crees, como él, que es mejor unificar?

Y el padre volvía la cabeza porque sabía bien que iba con segundas.

Aquel verano se presentó revuelto. Los vecinos seguían con la contienda silenciosa, y Luis Alberto pagaba doble jornal a quien vigilara por las noches desde que Mirtita, una noche en que se fue a la cama con un terrible dolor de estómago y la pesadez insoluble de la soledad, descorrió los visillos de plumeti y atisbó la sombra de varios Flórez entre las ondas verdes del plantío.

—¡Papá! —llamó.

Pero Luis Alberto andaba en sus propias reconciliaciones con la menor de los Rangel, una criolla morena y diminuta con la que se consolaba cuando Delia Sánchez renegaba de la estancia y marchaba a Aguas Verdes a «desestresarse» del último año sin novedades de progenie, pues, por mucho empeño que ponía, no daba con la tecla de asegurarse su porción de tierras en caso de que, Dios no lo quisiera, su marido sufriera un terrible accidente.

«Debo resolverlo yo solita», se dijo.

Mirtita Sandoval tenía doce años mal llevados. A pesar de la fortaleza de su padre y la buena genética materna, era una niña enclenque y soñadora. Por un momento pensó que las antorchas que veía avanzar entre el sembrado no eran sino producto de su imaginación o quién sabe si de la fiebre, que a veces le jugaba muy malas pasadas.

Pero no había tiempo que perder. Mientras en el rellano escuchaba los quejidos de placer de aquella enemiga que fingía no serlo, Mirtita bajó la escalera con cuidado, para que no crujiera, tomó del despacho del abuelo el Chassepot con que le pagaron algún servicio de estraperlo y abrió el portón que daba al porche.

La noche era clara. Aunque sin luna, un resplandor lechoso bañaba el perfil de las vainas maduras. Nada se movía salvo un humillo azul que bien podía ser un síntoma de evaporación, el juego de algún duende o el preludio de la aparición de un espectro. Por la cabeza de la niña desfilaron los cuentos que le contara el Gaucho en alguna cena en la estancia, sobre descabezados y niños sietemesinos abandonados por madres desnaturalizadas y sin entrañas, y ya estaba a punto de visionar a la guagua vampiro o al perro negro como si fueran de verdad cuando tras las hojas trifoliadas y los tallos grisáceos donde meses antes hermoseaba una flor púrpura se dio se frente con Santiago Rangel y una antorcha humeante. Los dos se pararon en seco.

—¿Qué busca usted? —se atrevió a preguntar. Al fin y al cabo, ella era la dueña del feudo. Bien podía descerrajarle un tiro y luego contar en el juicio que fue en defensa propia, y encima siendo menor de edad y con esa cara pálida por la emoción y la anemia. Qué iban a decir en su contra.

—Venimos a devolverle la honra a nuestra hermana —improvisó el enemigo, sabiendo Mirta que, en realidad, aquella mala pécora venía a distraerlo, a entretenerle las carnes mientras ellos deambulaban por los surcos de soja envenenando las raíces y destrozando los terrones para luego alabar las ventajas de la rotación y los beneficios del barbecho. O, simplemente, para malcomprarle las tierras y extender sus dominios hasta el río.

—Sois unos tramposos —se quejó Mirtita en un arranque de franqueza. Aunque ella también estaba de parte de los ecologistas. Había nacido en el nuevo siglo, sabía de la importancia de comportarse responsablemente con la naturaleza, de legar a sus descendientes (pero en su caso no los habría, si se dejaba poseer por aquel demonio que soltaba la antorcha y la agarraba a pesar del fusil y la edad y la humareda que empezaba a envolverlos) lo que ella había heredado, aunque algo más cambiado tras las últimas talas y el convencimiento de su padre de que el futuro estaba en los agrocombustibles, y que aquello era como tener una explotación petrolífera en los campos de la Pampa y que quién era él para ir en contra de su tiempo.

Todo eso le pasó a Mirtita por la cabeza y por un momento vaciló, hasta que bajó el arma, se dio la vuelta y decidió que todas las leguminosas podían arder en el infierno.

***

Cuando Luis Alberto despertó por el olor a rastrojos y el calor resbaladizo del cariño ya era tarde. De un salto se incorporó de la cama y bajó de dos en dos las escaleras avisado por la intuición de la catástrofe. Ni siquiera fue a comprobar que su hija dormía plácidamente bajo la colcha rayada de Catamarca, sino que en calzones corrió a vapulear con una palma los tallos peludos hasta que, agotado por la desesperación, dejó que las llamas arrasaran los cientos de hectáreas que componían la estancia, salvo la casa, que milagrosamente quedó a salvo por las oraciones de ultratumba de Clarita Amores, que velaba por su hijastra desde el otro mundo como una más de las apariciones benéficas de los cuentos de matrero.

A la mañana siguiente Luis Alberto quiso tasar las pérdidas. Para entonces la pequeña de los Rangel ya se había refugiado en su propia morada dejando un insoportable aroma de heliconias que ni con lejía pudo Mirtita borrar de entre las sábanas.

—Todo está perdido —le dijo Luis Alberto Sandoval a la heredera acariciándose las canas que le habían brotado en las sienes en una sola noche de amor fingido y verdadera desesperación.

—Ha sido un castigo —se encogió de hombros Mirtita mientras agarraba una de sus muñecas para peinarle las trenzas y adornarla como si fuera a una fiesta de inauguración o pensara asistir al comienzo de una vida nueva.

Y, sin más, volvió a sus quehaceres de niña.

Desde la ventana seguía teniendo buenas vistas. Tomó un papel y se pudo a dibujar. En su infatigable imaginación reconstruyó el campo de algodón y el apartado de los camotes, y, por qué no, enmendó los perales acuosos con su espantapájaros para alejar a los churrines, e incluso hizo brotar las vides imaginarias de Vicenza en honor del abuelo, que reposaba intranquilo en las lindes perfumadas de cagajones de vaca y briznas de romero, y en una acuarela le dibujó la vida antes del el Gaucho y después de que los Rangel se marcharan espoleados por la construcción de una industria maderera, y, simplemente, acariciándole las canas y dirigiendo los ojos al mar quebrado por el fuego, y viendo más allá de lo que les había traído la desgracia, le dijo:

—Mira cómo se mueve. ¿Lo ves? Mira, papá, mira.

Autora: Elena Marqués Núñez

Vota: Relato nº 26

Bosques de silencio

Hay sueños en la vida a los que uno necesita agarrarse o de lo contrario cree morir aplastado por el peso de la realidad. Le visitan a uno en momentos de desesperación y acostumbran a llegar acompañados con una bocanada de aire fresco, de esas que te hincha los pulmones hasta sentir que los propios talones se levantan, para luego salir expelida como un susurro que promete que quizás, quizás, el sueño vaya a cumplirse. Leonardo sintió como en ese momento se le henchía en pecho: ¿Cuánto hacía que no releía aquellos libros? Tenía una enciclopedia completa, le gustaba mirarla y pasar el dedo índice por las letras gravadas en dorado y los nervios del lomo. Aquel rincón era el único lugar de su humilde y decrépita casa en el que se podía respirar un poco de cultura. Cuando los abría, el olor a papel antiguo tenía la capacidad de rescatar recuerdos de cuando él soñaba con ser escritor y no agricultor. Pero las cosas de la vida, como a Leonardo le gustaba llamar al destino, le habían conducido por otros derroteros. En realidad, él tuvo que hacer lo que muchos chicos a su edad, pues al mismo tiempo que aprendió a leer y a escribir también adquirió la fuerza suficiente para trabajar la tierra, y “los tiempos no estaban como para holgazanear”, decía su padre. Así que pronto, muy pronto, cambió el lápiz por la azada y las risas por el sudor. Muy a su pesar, y contra lo que él pensaba que jamás podía suceder, el trabajo en el campo se volvió mucho más duro con el transcurso de los años, y no era precisamente por culpa de la tierra o su hastío cada vez más evidente, sino la plata que se pagaba en los mercados, miserable la mayoría de los días. Cada año se producía más que el anterior pero se ganaba menos.
A pesar de todo, Leonardo sentía que, de vez en cuando, los sueños se revolvían bajo las toneladas de realidad que, año tras año, los habían sepultado. Y cuando eso sucedía, se agarraba a la esperanza de que sucediera algo que los encumbrara, les diera color y los materializase.

Manuela, su mujer, salió del baño arrastrando los pies y también el alma. Lo miró de hito en hito mientras sostenía uno de sus libros. La preocupación y la nostalgia la consumían, como a Leonardo, aunque a ella era más lo primero, porque trabajaba en la ciudad y al volver, indefectiblemente, le decía a su marido que los ríos se secaban, que cada día estaban más contaminados y que pescadores y niños caían enfermos. Y así, Manuela insistía en que todo se estaba perdiendo y que pronto serían víctimas de una crisis que los mataría. Leonardo, por su parte, reconocía que él ya había empezado a morirse el día que permitió que su hija se marchara en busca de un mundo mejor.
“Qué culpa tiene la chica de querer ser azafata, ¡déjala que vea el mundo!” le recriminaba Manuela cada vez que Leonardo sacaba el tema justo antes de acostarse. “Cualquier día de estos se cansa y vuelve a casa, no sufras”, le añadía antes de apagar la candela. De ese modo, con el beneplácito de su mujer, Leonardo podía conciliar mejor el sueño. Era así de egoísta, necesitaba una buena razón para sentirse un poco menos culpable del terrible sentimiento de nostalgia que lo carcomía. Primero se atormentaba por sus tierras, mal arrendadas para plantar unos bosques que estaban siendo su ruina; luego por su única hija, que quería recorrer el mundo a bordo de ingenios metálicos. Él no conseguía entender ni una cosa ni la otra.
Gracias a Manuela, el animal extraño que le remordía la conciencia impidiéndole dormir sólo podía cebarse en la maldita hora que aquellos finlandeses llamaron a su puerta con muchos modales y pocos bolívares. Se dejó engatusar bajo el pretexto que él, un agricultor sin jornaleros, que tenía en propiedad centenares de hectáreas de bosque salvaje, jamás emplearía toda la tierra, pero que con el dinero del arrendamiento podría comprar tres vacas, montar un gallinero suficientemente grande como para comercializar huevos, y aún le quedaría para educar a su hija en las mejores escuelas de Bolivia. Aceptó casi sin chistar, mirando a Manuela por el rabillo del ojo como seguía lavando los platos en la cocina de espaldas a él. Sabía que estaba escuchándolo todo por su forma de enjabonar, removiendo el esparto por las cazuelas con una suavidad calculada. Sacó cuentas. Pensó que con la plata podría tener no tres vacas sino seis y cien gallinas, veinte pollos y un tractor con el que arar, y de ese modo ganarse la vida un poco mejor que con todos los frijoles que plantaban y vendían a precio de miseria. Soñó. La carne estaba carísima, le decía Manuela cuando volvía del trabajo echando pestes, sobre todo después de la revolución del monocultivo de la soja para la exportación. “Menuda jodienda, un país como Bolivia, dedicando sus tierras a la fabricación de combustibles para los carros de Europa y Estados Unidos, ¡qué vergüenza! Y nosotros medio hambrientos”, refunfuñaba. Leonardo, en cambio, no sabía muy bien qué significaba eso del monocultivo, no lograba entenderlo por más que le preguntase a su mujer y ésta, una vez tras otra, se lo explicase.
-Pero dime, si todos los agricultores plantan soja, ¿qué les queda para comer?
Y Manuela le explicaba que todos esos granos se iban del país por barco y que los frijoles que plantaban ellos venían de fuera a bajo precio por culpa de las subvenciones.
-¡No puedo creerme que los frijoles que vienen del extranjero sean más baratos que los nuestros! –se indignaba Leonardo.
-Así es cielito, el mundo patas arriba, como decía el escritor uruguayano. Agricultores trabajando la tierra para grandes empresas para luego gastar la poca plata en comprar comida extranjera –le contestaba.
Luego se encogía de hombros mientras volvía a repetir que el mundo se estaba perdiendo. Y con estas, Leonardo arrendó sus tierras, quedándose tan sólo con una parcela de cinco hectáreas para cultivar sus propios cereales y verduras, y soñando que el negocio le sería tan próspero que podría contratar a jornaleros que se ocuparan de su granja mientras él se dedicaba a escribir casi tan bien como William Shakespeare. La arrendó a Potnia Industrial SA para plantar árboles transgénicos, aunque eso lo descubrió más tarde. “Con estos árboles fabricamos pasta de papel que nos sirve para hacer libros”, le dijeron, y él, ignorante y romántico, soñador empedernido, aceptó unos cuantos bolívares a cambio. No eran granos para fabricar combustibles en el extranjero, se dijo. Eran árboles para hacer papel para libros.

Apenas pasaron dos jornadas que Potnia Industrial llegó atronando con sus camiones monstruosos y sus sierras mecánicas para cortar todos los árboles salvajes de su alrededor y diseminar una especie extraña que crecía a un ritmo endiablado. En más de una ocasión Leonardo vociferó el nombre de Manuela para que acudiera a ver un hecho tan extraordinario, pues si uno tenía suficiente paciencia y miraba atentamente los brotes de aquellos plantones, podía ver como despuntaban. Al principio, le dolió ver sus colinas zigzagueadas con cicatrices enormes y arrasadas igual como si les hubieran arrancado la piel. El reguero de cortezas, tocones y maderos secos le helaba el corazón. Pero se consolaba, el triste Leonardo, pensando que aquellos retoños, que en apenas dos semanas ya alzaban tres palmos, repondrían la destrucción que él había causado. Al menos, no eran esos granos endiablados de los que hablaba su mujer.
No se equivocó, no demasiado al menos en cuanto a la reposición se refería, pues dos años más tarde los árboles ya alcanzaban tanto como su casa. Mientras, se había marchado su hija de casa, muerto una vaca, enfermado veinte gallinas, secado el riachuelo y de trabajadores nada.
-¡Ha cambiado el tiempo! –se quejaba a viva voz Leonardo.
Manuela se lo miraba y se cuidaba mucho de no asentir con la cabeza, aunque en su fuero interno se fraguaba el mismo temor. No andaba equivocado, ella también lo había notado: las mañanas ya no eran brumosas, ni los mediodías frescos sino más bien calurosos, y al llegar la noche ésta caía muerta, silenciosa, sin chicharras ni aleteos. De aquellos árboles transgénicos huían incluso las cucarachas. Seguro que eso también tenía algo que ver con la ferocidad de las plagas que asolaban sus pastizales y su huerto, sospechó. Pero lo que más le dolía a Manuela era ver como el alma de su marido se esmaltaba de amargura con cada golpe de hoz, con cada paso por la desvencijada granja de gallinas, con cada grito furioso tratando de reparar el renqueante tractor de tercera o cuarta mano que adquirieron.
No había remedio, ella lo sabía muy bien ahora que había conocido en la ciudad a otros muchos agricultores en su misma situación, manifestándose con ellos, gritando y corriendo entre tosidos y lágrimas por culpa de los gases que les lanzaba la policía. Aún tenía manchitas de pintura entre los dedos y debajo de las uñas de la última pancarta que hicieron antes de marchar por las calles de El Porvenir. A pesar de ello, nada le calmaba la contrición que le atacaba el pecho al ver como Leonardo se sumía en un silencio paulatino, un silencio que aumentaba conforme aquellos árboles artificiales crecían.

Manuela terminó de vestirse al salir del baño, se bebió un vaso de la leche de soja que el gobierno repartía de forma gratuita y se dispuso para marcharse. Pronto pasaría el autobús y aún tenía un buen trecho hasta la carretera principal.
-¡Me voy, cielito! ¡Creo que la niña nos ha mandado un paquete así que iré a buscarlo antes de entrar a trabajar en la maquiladora! –se despidió Manuela ya en la puerta.
Leonardo, que había abierto El Rey Lear, lo cerró de un golpe y sus ojos se iluminaron como antaño. Tener noticias de su hija era como una bendición que lo rejuvenecía.
-Está bien –contestó.
Aquel día Leonardo decidió volver al arroyo y llevarse con él un par de barreños de agua procedente del pozo que habían tenido que construir desde que toda la zona se secara. Sabía de un lugar en el que aún quedaba un poco de humedad, allí abajo, por el despeñadero, donde las máquinas no habían conseguido rodar. Quedaban algunos ochoó y palmas pachiuvas que se agazapaban entre las rocas.
Ya entrada la noche decidió volver. En el porche de casa, Manuela lloraba. En su mano había una carta. Leonardo la tomó y la leyó. Su hija se quedaba a vivir en París después de que la compañía aérea la pusiera de patitas en la calle junto con veinte azafatas más, doce pilotos y varias decenas de administrativos. “El petróleo”, les dijeron como excusa, “todo es por culpa de la subida del precio del petróleo”. Por suerte, decía la carta, había encontrado un buen trabajo sirviendo copas en París.
Manuela señaló justo detrás de los pies de Leonardo.
-Vete con cuidado no tropieces con el regalo que nos manda Asunción.
Leonardo levantó las rodillas casi hasta el pecho, medio asustado, medio aturdido. La caja de cartón acolchado estaba abierta.
-Nos manda una bomba eléctrica para nuestro pozo de agua.
Leonardo se agachó. La caja estaba repleta de símbolos chinos, o japoneses, o coreanos, o qué importaba. Sólo había unas letras que si bien no entendía, sí podía pronunciar: made in china.
Aquella noche, Leonardo se acostó mucho antes que Manuela, más bien para descansar que para dormir. Cuando su mujer, con los ojos ya exhaustos, acudió a su regazo, Leonardo le murmuró unas palabras tan suaves como la brisa.
-Mañana vendré contigo a la ciudad. Y me llevaré esa bomba eléctrica para permutarla por una motosierra.
Manuela se agarró más fuerte al pecho de su esposo e inspiro fuerte, muy fuerte, para ver si algún sueño le prometía un futuro menos sombrío. Sólo pudo obtener el sonido del corazón de Leonardo latiendo con fuerza.

Autor: Jordi Bonet Beltran

Vota: Relato nº 27

La moto
Téri estaba enfadado con Issouf. Su amigo de la infancia, vecino y compañero de trabajo le había estropeado su nueva moto. Téri estuvo siete años ahorrando dinero para poder tener su propia moto. Esto le evitaba recorrer el largo camino a pie hasta su trabajo. Issouf también iba con él todos los días al trabajo en moto y esto era lo que no comprendía Téri, ¿por qué había estropeado la moto que ambos usaban?

Todo el año sembrando, regando y recogiendo Jatropha, así pasaban todos los días del año, desde la entrada a las ocho de la mañana hasta las seis de la tarde. Con la moto todo había cambiado, ahora podían rendir más en el trabajo. Así el blanco les pagaría más y estarían más descansados para poder trabajar en sus propias cosechas con las que ganaban un dinero extra. Entonces todo empezó a cambiar. Perdieron sus tierras, todavía no saben muy bien cómo, pero las perdieron. Ahora sus tierras pertenecen a la misma empresa para la que trabajan. No solo a Téri le quitaron sus tierras, también a la mayoría de personas de su pueblo. El resultado fue que mucha gente se quedó sin sustento económico y no tuvieron más remedio que ir a la empresa que plantaba Jatropha para mendigar trabajo. La empresa, de repente, se encontró con mucha mano de obra y decidió bajar los salarios. Mucha gente dispuesta a trabajar por muy poco dinero. Dispuestos a trabajar por menos dinero que Téri. Él también mendigó jornal. Finalmente Téri se encontró con un sueldo bajísimo, sin tierras para cultivar y sin dinero suficiente para poder echar gasolina a su nueva moto.

Un día, con la moto aparcada y llena de polvo en el patio de su casa, se le acercó Issouf. Vino contándole que los blancos enviaban a sus países la Jatropha que ellos recogían, y allí la usaban como gasolina. Téri no le creía. Cómo iba una planta a servir como gasolina para un coche. Issouf le dijo que no tenía ninguna duda. Eso había escuchado. Le dijo también que había oído hablar de un grupo de personas que les podrían ayudar en la situación laboral en la que se encontraban, pero estas personas se encontraban en la capital. Doscientos kilómetros los separaban de la capital. Se le ocurrió que podía usar la moto de Téri. La primera respuesta que oyó Issouf fue negativa, también la segunda y la tercera. Recurrió a la amistad y varias horas de charla para convencer a Téri. La moto no tenía gasolina pero ya había previsto ese punto. Aquí llegamos al enfado de Téri. Issouf había usado Jatropha para hacer andar la moto. Su loca historia de que la Jatropha la usaban los blancos para hacer funcionar los coches le había llevado a hacer aquello. A pesar de estropear la moto de Téri, Issouf se las había arreglado para llegar a la capital y volver. Vino con buenas noticias. Se había reunido con aquellas personas que les podían ayudar y habían prometido venir a verlos. Issouf le habló a Téri de que era muy probable que recuperasen sus tierras. Eso dijeron aquellas personas. También eran blancos. Téri no le creía. Blancos les quitaron sus tierras, blancos les bajaron el salario y blancos subieron el precio de la gasolina. Issouf no perdía la sonrisa. Igual otros blancos les podían ayudar. No todos los blancos son iguales pensaba.

Siempre podían vender la moto y comprar una bicicleta. Las bicicletas no necesitaban gasolina y así no dependerían de ningún blanco para desplazarse dijo Issouf. Ni de la Jatropha, agregó Téri entre carcajadas.

Autor: Carlos Villalba Galán

Vota: Relato nº 28

La especulación financiera sobre materias alimentarias
"Nosotros, Jefes de Estado y de Gobierno, ... reafirmamos el derecho de toda persona a tener acceso a alimentos sanos y nutritivos, en consonancia con el derecho a una alimentación apropiada y con el derecho fundamental de toda persona a no padecer hambre." Declaración de Roma sobre la Seguridad Alimentaria Mundial, 1996.

Hubo un momento en el hombre primitivo llegó a darse cuenta que podía poseer cosas que él no producía: se creó entonces el mercado.

No hay duda de que el ser humano puede ser muy inteligente pero la vez, su conducta puede ser muy simple. Su cerebro está concebido para la supervivencia y con el poseer vio signos de limitación: nació la necesidad de ordenar, pues en un mundo globalizado y altamente competitivo en productos y servicios no se puede, literalmente, dar un paso sin que la persona de al lado reciba las consecuencias. El espacio que yo ocupo no lo puede ocupar otra persona y lo que yo como, otra persona no puede comerlo.

Para esa necesidad de supervivencia y de orden, el hombre creó los sistemas de mercado, unos con más vida que otros y otros con más éxito que unos, pero basados en la posesión (individual o colectiva) a la que los individuos podían acceder. Y podían acceder porque había una libertad, unos derechos y unos deberes nacidos supuestamente bajo el objetivo de que la sociedad fuese justa y ordenada.

El fabrico-vendo con el que el hombre creyó que había ordenado el binomio mercancía y ser humano, demostró la imaginación de este a la hora de responder a una necesidad de la población ("quiero poseer cosas que no produzco") y a crear mecanismos que satisficiesen su ambición. Pero también mostró la limitación de sus creaciones al deberse exclusivamente a este sistema cuando sus predicciones fallan: es entonces cuando vienen las crisis. Un ejemplo de ello fue el boom inmobiliario. El sistema enfoca sus predicciones de sacar beneficio, haciendo inversiones hacia una sociedad que cree ilimitada, cuando la realidad es que la población y sus necesidades son finitas y localizadas.

Desde que el hombre invirtió en materias primas como los alimentos, se ha escrito y publicado de todo. Últimamente he leído en varios artículos que el auge de los agrocombustibles y los nuevos hábitos alimenticios, se presentan como problemas principales de la crisis del precio de los alimentos.

En mi opinión solo son simples consecuencias de un problema mayor. Solo hay que mirar hacia atrás en la Historia y comprobar que la cuestión es más profunda. Es el modo de la regulación del mercado mundial de alimentos lo que ha permitido que se crearan monopolios en las cadenas de distribución, donde los beneficios se triplican o cuadriplican sin pensar que lo que se hace es tejer en hilo fino la pobreza y la inseguridad alimentaria de los pueblos.

Si el ser humano ha sido tan inteligente para detectar la necesidad de ordenar el binomio mercancía y ser humano para poder sobrevivir, tiene que ser lo suficientemente imaginativo (y puede serlo sin duda) para responder y gestionar la demanda excesiva de alimentos de forma sostenible e igualitaria.

Es cierto que "el hombre es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra", ¡pero no dudemos de la capacidad del ser humano!. Su comportamiento es a veces simple y predictivo, pero guarda la capacidad de asumir con flexibilidad situaciones límite y sobreponerse a ellas. No podemos seguir anclados en sistemas que nos dan pan para hoy (y solo para unos pocos) y hambre para mañana y cuya respuesta nos puede dejar en la estacada. Los errores están para aprender y el conjunto especulación financiera y seguridad alimentaria tiene que dejar de sumar hambrientos.

Autora: Estela Paradelo

Vota: Relato nº 29

Entre hormigas
El día que llegue por primera vez al Chaco, la ciudad de Resistencia literalmente quemaba. Algunas horas atrás me había despedido de una Buenos Aires navegante en la bruma azul de una llovizna intensa. Clamar por una gota de lluvia parecía casi una torpeza en aquel lugar flagelado por la luz perpendicular del cenit que provocaba sin más, un aguacero de transpiración resbalando por los cuerpos. Hacía varios meses según me dijeron, que no caía agua del cielo en la provincia.

Aún no había completado mi viaje y me dirigí en busca de un taxi. Varios kilómetros por una ruta provincial hacia el este me separaban del paraje donde se alzaba la escuela rural que constituía mi destino final. Me sentía ansiosa, había anhelado un cargo en un lugar como ese mucho antes de recibirme de Profesora de Primaria. Con el título en la mano y gracias a algunos contactos pude acceder a él en una época difícil, de achiques y recortes administrativos. Aún en sus años finales, la década de los noventa no se caracterizaba por la abundancia de trabajo en La Argentina, por lo que me sentía contenta con aquel puesto. “Te lo mereces mi pequeña hormiga y seguro vas a trabajar como tal” me dijo mi madre fingiendo una algarabía que no sentía. El mote de hormiga u hormiguita era la expresión de ternura que usaba conmigo cuando quería darme ánimos y aludía a mi menuda pero inquieta figura.

No era el espíritu de aventuras lo que me llevaba a allí, sino la necesidad de experimentar la profesión en un contexto distinto al mío. En mi bagaje no contaba con la experiencia, pero si con un profundo respeto por lo diverso. Sabía que sobre ese pilar se fundaba gran parte de la arquitectura profesional que un docente va construyendo desde saberes propios y extraños.

Después de una ronda de consultas elegí precio y conductor. Finalmente mi chofer resultó una persona de buenos modales, poco conversadora pero con la palabra dispuesta en el momento oportuno.

Ni bien dejamos atrás el último villorrio de la ciudad comenzó a emerger a los costados de la ruta la protuberancia fresca de un bosque y a medida que el camino se internaba en él, un paisaje tallado en verde hermosura rebasó mis sentidos. Todos tenemos una idea de pájaro, una idea de volar, una idea de silencio, yo sentía en aquel lugar mientras el auto se deslizaba casi inadvertido, una sinonimia fulgente entre la idea y las cosas. Recordé los libros en mi equipaje, los programas, la currícula. No sería una improvisada, flora, fauna, suelo y clima local, gozaban del carácter de ubicuidad en el entramado de mis conocimientos.

La voz suave del taxista interrumpió mis cavilaciones “Será mejor que en un momento más cierre la ventanilla, va a asomar la presencia de Monsanto y sentirá olor a pesticida”

Obedecí sin entender muy bien. “Vienen los terrenos desbastados” ahora la voz del hombre adquirió un inexplicable tono de profanación. Miré a través del vidrio, las parcelas sembradas aparecieron casi abruptamente. La soja florecía y ondeaba inocente el campo interminable.

Iba a preguntar pero el último bastión de inmunidad se esfumó de mi cabeza.

Inmediatamente recordé un ensayo de Michel Apple sobre la crisis de la Escuela Pública que había leído durante el último año de mi formación. Hay un capítulo que habla de Escuela, Identidad y Papas Fritas Baratas. En él el Apple reseña como en un lugar de Asia grandes extensiones de campo fueron cedidas por el gobierno al proveedor de una gran empresa norteamericana de restaurantes de fast foot. Allí se cosechaban las papas fritas baratas, éxito en todo el mundo. El abaratamiento resulta del trabajo esclavo de parte de obreros sin agrupación sindical. No había escuelas allí porque la población era mínima, la mayoría habían sido desplazados, solo existían pueblos abandonados. “No había escuelas porque a la gente le gusta comer papas fritas baratas” decía textual una cruda cita del autor.

Evidentemente aquí no se trataba de papas fritas. Atardecía y el sol en el horizonte se estacionó sobre una triangulación escarpada. El taxista me anunció que pronto llegaríamos. Cerré los ojos y continué mi locuacidad interior. Conocía el precio de mis propios pensamientos, pero necesitaba deconstruir y rearmarme. No es poca cosa tratar al mismo tiempo con la verdad y con el miedo, sentirse arropada y al instante desnuda, pasar de las certezas a un juego de rompecabezas donde lo que se arriesga ya está transcurriendo.

Atraje los archivos de la memoria, y establecí relaciones. Empecé a reconocerme en un nuevo entramado mental. Desforestación, contaminación por agrotóxicos, desplazamiento poblacionales, destrucción del hábitat de las especies animales, poder económico y nuevo modelo rural. Imaginariamente enfundé mi ingenuidad junto a los esterilizados libros de texto que traía. ¿Qué dirían los documentos oficiales del Ministerio de Educación? Nada o muy poco.

La resistencia pacífica de los atropellos era un tema de discusión teórica y filosófica pero es muy difícil que el discurso pase a las praxis y se enfrenten a las estructuras de poder político y económico. (¿No decía algo así Apple?)

La meseta me enviaba mensajes equivocados. Ya no habla con miles de gargantas, ahora es una tierra monocorde, expuesta y flagelada y yo su desvelado transeúnte al encuentro de alumnos inciertos, la parte residual de una población desarraigada.

¿Qué es una educación emancipatoria? Las sentencias tantas veces estudiadas me cayeron como lágrimas inevitables: “No hay conocimiento neutro, nunca existe una relación objetiva y empírica con lo real” “Conocimiento es poder y la circulación del conocimiento es parte de la distribución social del poder” Pero ¿Cómo se hacen visibles los oscuros procesos de dominación? ¿Cómo se asume una lucha de hormigas contra elefantes? La palabra profética hizo que mi corazón diera un vuelco. ¿Cuál es nuestro lugar personal, cómo inciden las cuestiones de clase o de raza? Hormiga entre las hormigas, sería una buena definición para comenzar.

Superficialmente solo me eran accesibles la pérdida evidente de la biodiversidad y el alma roturada del paisaje. ¿Cuántos secretos aún debía develar? Los hilos de la libertad son los que se desatan en los sueños ¿Qué soñarían los moradores de este lugar? ¿Qué hipótesis sobre la naturaleza, el alimento, la salud o el progreso vigilarían los gestos y las palabras de mis futuros alumnos?

Para enseñar, primero hay que aprender. Busque en las heridas de boca ancha el lenguaje ofrecido. Los chicos sabían lo que callaban y yo me ocultaba de peligrosas metonimias. Enseñar es mostrar, es propiciar una especie de danza circular donde cada idea alumbra a la siguiente al ritmo del propio pensamiento. Enseñar no es invadir, es pararse en una actitud filosóficamente abierta para que lo que surja sea la voz del sujeto. El pensamiento es el arte primordial, más que el oro derramado en alquitaras

Los padres y los abuelos contaban y el dolor se servía en copas compartidas. Yo me alumbraba en ellos, transigía entre sabiduría natural y conocimiento académico. Entonces sus voces no eran un resabio de la historia, era tiempo inmutable, desgarro revelado sin un grito, que por momentos volvía a su lengua madre o se detenía en el abismo de los ojos, porque hay cosas que solo pueden ser dichas con el reverso de las palabras; el silencio íngrimo de un alto concepto.

“Donde antes era el bosque ahora hay claro sin forma, mucho dinero regado en los surcos parece. La plantación foránea viene tupida pero más que agua precisa veneno para crecer. Dicen que es progreso y nosotros decimos miseria. Antes el quebrachal nos cubría, ahora estamos a la intemperie. El sol nos cae directo en el lomo, ya no nos cuida la sombra del ramaje. No hemos vuelto a ver las flores del laurel ni de la tipa que perfumaban los amaneceres, nuestros medicamentos se perdieron. Es cierto que hay una salita nueva en el municipio más cercano, pero nuestros niños tienen enfermedades raras que no conocíamos y para las que no tenemos remedios. Antes dominábamos a los animales del monte, ahora cargamos enormes camiones que se llevan el grano y nos quedamos con la tierra seca. Dicen que es progreso por el asunto de la exportación, que tanto grano ayuda a la industria ¿Cómo podemos creer que el futuro mejore? Nuestra sangre es agua y fuego de este territorio, pero ya no hallamos en él lo que buscamos. Tenemos el horizonte cada vez más agrandado y nos sentimos como nunca antes desprovistos y solos”

Las hormigas suelen apretarse unas a otras para no desarmar sus descomunales y laboriosas hileras. Siempre hallan un sitio donde poner la tragedia y el deseo aunque duela la pequeñez. Se puede honrar el origen y alzarse sobre una porción de libertad detrás del poder. No basta con tener razón. Hay que saber trazar las decisiones que acomodarán la vida a una constelación invisible de lo que después será un destino manifiesto.

Yo decidí forjar mis experiencias como una potestad para elegir y ayudar a elegir entre la tolerancia y la resistencia. Quizás me recibí definitivamente de hormiga. Los elefantes siguen en pie, pero creo haber traficado con persistente lentitud y una declaración en el rostro. Peregriné de un sol a otro con una hipótesis de conflicto.

Llevé el conflicto al aula y los niños abrieron una estela de creatividad ¿Si soja es una palabra cortita porque entonces la soja ocupa tanto lugar? Hormiga es una palabra larga, pero la hormiga es chiquita. Contrasentidos que los alumnos de los primeros grados podían visualizaban y planteaban al elaboran el sistema de la lecto-escritura desde la lógica perfecta de un modelo mental infantil distante aun de la lógica alfabética que usamos. Las palabras no guardan relación con la medida de las cosas y los discursos suelen ser abstracciones muy alejadas del sufrimiento humano. Decir y escribir son simbolismos que deben ser cuestionados para poder ser comprendidos, y entendemos la realidad de la misma manera.

Problematizar el entorno ayudaba a ver como el monocultivo devenía en monotonía, escasez y desprotección ¿Quién decide cómo se usa la tierra? ¿A quienes beneficia y a quienes perjudican las decisiones? ¿Cómo se mediatiza un salto de calidad, otras alternativas?
La mirada transforma lo que vemos y las acciones nos señalan, hacen visible el lugar exacto que ocupamos. Entonces si la conciencia antecede a nuestros pasos, aunque parece callada e inmóvil, siempre habrá alguien en la periferia y en los extremos dispuesto a pegar su oído a todas las aberturas de la tierra, donde ella clama a sus verdaderos dueños. Zumo de una unción inequívoca que no se extravía.

Quienes fueron despojados de todo necesitaran arder en una promesa que reúna la sangre, la lengua y el mito. Como si cada cosa estuviera aún en su lugar y la heredad se conservara bellamente atravesada por la preñez de todas las especies, el ritmo de todos los cantos, y una logia astral custodiara las antiguas vasijas, como las eternas verdades entre el barro y las manos.

Autora: Estela Mary Soliani

Vota: Relato nº 30

El maíz de Chiro
Introducción

Los pueblos originarios vivían en armonía con la naturaleza, cada miembro era parte misma de ella. No abusaban de sus recursos, ni la explotaban hasta el agotamiento. Trabajaban diariamente por la conservación de ese maravilloso equilibrio, de tomar lo justo, de proteger y agradecer. De allí su relación espiritual con el entorno y la devoción por la Tierra, el Sol, los fenómenos naturales, los animales y las plantas. La cultura de estos grupos se forjaba en las selvas, en los bosques y en los montes, con la búsqueda de alimentos, en las jornadas de faena compartidas, en los secretos ancestrales transmitidos.
Clemencia González, de la comunidad “mbyá” ha luchado denodadamente para que su gente pueda seguir viviendo según sus pautas culturales. En esa lucha el pueblo guaraní rechazó la estigmatización de “indios”, desarrolló un proyecto que promueve la capacitación y la ampliación del capital social preexistente en el territorio, tendiendo a la autogestión comunitaria de los bienes y también ha impulsado estrategias de gran importancia para la recuperación de sus costumbres alimenticias. En Misiones, (en la mayor parte de su territorio, el ancestral) el ecosistema ha sido modificado por la agresiva expansión del monocultivo, en especial la soja. La reducción, desaparición y contaminación de los espacios vitales de esta comunidad y por ende, la falta de los recursos naturales autóctonos aptos para sostener sus modos tradicionales de alimentación son motivo para la lucha consciente y participativa de cada uno de nosotros desde el lugar que ocupamos en la sociedad.
Este cuento está dedicado especialmente a Clemencia González modelo de diálogo intercultural respetuoso, y a los chicos de la “escuelita de la selva”.

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Chiro vive en Misiones.
Donde la tierra es colorada como el rubor que usan las tías viejas en los cachetes.
Donde los pájaros vuelan bien alto para llegar al arco iris y teñirse las plumas con sus colores.
Su casa está cerca de Takuapí, un monte lleno de cañas tacuara que, en las tardecitas de verano, bailan y soplan canciones.
Su abuela es una chamana muy amiga del Cacique del lugar.
Chiro la ayuda en su caminata diaria, a la mañana, cuando la hierba esta húmeda y los piecitos se le empapan con agua de rocío.
Piden permiso al Señor del Monte para entrar y hurgar entre sus secretos.
En unos canastos que su padre fabrica, van recolectando. La abuela gusta de comer el brote de la palmera pindó, o el fruto del guembé y la miel de la abeja negra jate’i. Él se encarga de buscar ka’ a piky, la hierba tierna para bañar a los más pequeños.
Chiro no es un indio con pluma, arco y flecha como los manuales de la escuela muestran en sus láminas multicolores. No.
Le encantan los chizitos, las gaseosas, y cuando alguien trae pilas del pueblo, juega con sus hermanos en su jueguito electrónico.
Tiene las patitas largas de tero y unos ojos negros que saltan de su cara.
La “abu” ya no sabe cómo hacer para convencerlo de que coma lo que el monte le ofrece.
-Si me hiciera caso, m’hijito no tendría las tripas siempre gruñendo de hambre, rezonga la vieja. Pero Chiro sale corriendo con sus hermanos, masticando algún caramelo para entretenerse sin escucharla.
Un día, la abuela se adentró en el monte y chifló finito, muy finito como si se hubiese tragado un silbato, y salió de su madriguera una paca.
-¡Ay!, Paca, Paquita, le dijo -Ayúdame con este chango, mi nietito.
La abu podía hablar con todos los animales del monte. Ellos la respetaban mucho, por eso la paca la escuchó y decidió ayudarla.
La paca era una excelente nadadora y esperó la oportunidad de acercarse al niño.
Chiro estaba junto al río, caminando solo, haciendo sapitos con las piedras.
-Chist, chist-, lo chistó el animalito.
Él no lo podía creer. Con sus ojos negros, grandes como escarabajos, la miró mientras se acercaba tímidamente.
-Hace calor, le dijo ella con soltura.- ¿Vamos a nadar juntos?
Con un poco de vergüenza, Chiro reconoció que no sabía hacerlo y se animó a preguntarle:
-¿Tú podrías enseñarme?
- Claro que sí, respondió la paca, sabiendo que el niño había caído en la trampa, aunque me parece que tus piernitas no tienen la suficiente fuerza para patalear y sostenerte flotando en el agua. Podrías ahogarte o ser llevado por la corriente hacia abajo, contra las piedras. Pero tengo algo mágico que te ayudará. Júrame que no le dirás a nadie mi secreto.
El niño asintió con la cabeza, temblando de emoción. Entonces la paca se deslizó hasta su madriguera y de allí sacó una mazorca de maíz.
Decepcionado, el muchacho le protestó:- ¡Pero esto es maíz!
-No es un maíz común, dijo ella solemnemente.
-Es el “avatí shishi”, él se transforma en energía cuando lo comes y te dará el vigor necesario para que juegues una carrera conmigo en el río.
Chancleteando y levantando polvo rojo por el camino, Chiro volvía a su casa cuando se topó con un pecarí, un chancho del monte, que le dijo burlón:
- Tu enojo se puede oler a diez kilómetros de distancia, muchacho.
-Y tú qué sabes, le respondió Chiro, ya no tan sorprendido de que el rechoncho animal hablara.
-Hagamos una competencia, le sugirió el chanchito.
-Me vendas los ojos con un pañuelo y adivinaré cinco cosas que traigas del monte. Si no lo hago, seré la cena de tu familia.
Chiro recorrió las cercanías. Luego de un rato, acercó al hocico del puerco unas orquídeas, unos musgos, algunos cactus y hasta laurel y yerba mate.
Asombrosamente el pecarí adivinó sin errores cada uno de ellos.
-¿Cómo has hecho eso?, preguntó el muchacho.
-Podría ayudar mucho a mi abu, que ya no ve muy bien para elegir las plantas.
-El secreto está en el “avatí ava”. Raspando con sus pezuñas en el barro, desenterró un maíz de granos muy oscuros, intercalados con algunos amarillos.
-Prueba con esto, es el secreto de mi don. En un mes, veremos quién gana. Te voy a estar esperando aquí. Y corrió a reunirse con los suyos.
Chiro guardó el segundo choclo en su alforja, pensando en los dones de los animales que él no poseía, cuando apareció sorpresivamente frente a él un venado.
-¡Hola!, dijo risueño. -¡Casi te tropiezas conmigo!
-Es que apareciste de la nada, rezongó el niño.
-El interior del monte es peligroso. Trato de caminar sigilosamente sin que nadie me vea, le explicó el animal. ¿Quieres que te muestre?
El venado se internó en el sombrío monte. Adentro, las plantas se abrazaban una junto a la otra tanto que no dejaban pasar el sol. Chiro caminaba tras de él, pero por momentos iba perdiendo su paso. El venadito parecía invisible, su color se confundía con el entorno. En el desorden de troncos caídos y ramas, saltaba con agilidad y gracia, mientras Chiro se tropezaba, enganchaba su remera y también su cabello entre los arbustos y cañaverales.
El animal se divertía con la torpeza del niño, hasta que lo vio completamente enredado entre lianas y toda la enmarañada vegetación y decidió ayudarlo.
El cervatillo le enseñó su danza. Cómo, solamente con las patas delanteras, se preparaba para dar cortos saltitos esquivando arbustos y mantenía el equilibrio doblando su cintura. Chiro trató de imitarlo, pero con mucha torpeza terminó con la nariz en el medio del barro.
-Necesitas algo que te ayude a concentrarte, que haga crecer tus huesos y dé fuerza a los músculos también, le sugirió.
Sí. El niño deseaba todo eso para poder danzar así, maravillosamente, en el monte.
El venado, empujando con su hocico, le trajo un “abatí morotí”, un maíz de granos gigantes, blancos y amarillos.
Ya resignado y sin entender muy bien cómo todos los secretos podían estar en un grano de maíz, Chiro llegó a su casa. Cuando su abuela vio la alforja, se puso muy contenta y recordó unas ricas recetas que su tatarabuela hacía cuando ella era pequeña. Pisaron los granos juntos, cantando hermosas canciones. Luego, con agua del río formaron una masa bien húmeda e hicieron los bollos. Chiro los achataba hasta transformarlos en discos, y después en la olla caliente los cocinaron.
Mmmmmm… el olorcito era tan delicioso que todos los animales del bosque se acercaron. Muchos tímidos, como los pájaros, esperaban alguna miguita perdida. Pero había tres que sabían que recibirían una muy buena porción.
Ellos eran la paca, el pecarí y el venado.
Chiro comía con desesperación, pensando en cómo nadaría, correría por el medio del monte y olería todos sus aromas. Estaba feliz mientras comía porque al final, la abu tenía razón y esos bollos eran deliciosos.
Y aunque ahora, a veces, come papas fritas y palitos, sabe que es dueño de los secretos que esconden……. los granos del maíz.

Autora: Roxana D’Auro

Vota: Relato nº 31

Un Dios mediocre
La inteligencia es una capacidad mental que nos permite comprender nuestro entorno. Etiquetamos nuestras percepciones con diferentes atributos, y mediante ese proceso construimos en nuestro pensamiento el mundo que nos rodea. En dicho proceso de etiquetado se le atribuyen diferentes cualidades a aquello que percibimos a través de nuestros sentidos. Y en la medida que evitamos juicios personales, nos referimos al objeto en su esencia.

Una consecuencia de la sociedad patriarcal y capitalista en que vivimos es que esa objetividad que filtra nuestro entendimiento, cosifica aquello que queremos dominar, lo vuelve objeto. Así ocurre hoy en día con la tierra, el agua, el aire y el conocimiento: bienes comunes, libres y gratuitos que se cosifican y se convierten en mercancías en manos de las élites depredadoras y especuladoras, para las que no hay más juicio personal que su codicia infinita.

Así, para ese proceso de cosificación que convierte en mercancía inanimada todo aquello que toca, la vida en sí misma no es más que un obstáculo para sus propósitos. La vida deja de ser un atributo más y pasa a ser una barrera a superar. Es por ello que los pueblos indígenas pierden sus medios de vida y son expulsados de sus tierras, que los cultivos autóctonos para la alimentación desaparecen en favor de cultivos foráneos para la exportación y producción de agrocombustibles, y que los bosques, selvas y sabanas son barreras arquitectónicas naturales que dificultan el avance del extractivismo.

El ser humano, imbuido de esta mentalidad propia del sistema capitalista, se ha convertido en un Dios mediocre para sí mismo: capaz de recrear la Naturaleza, pero sin atender a ningún valor humano universal. Nuestras acciones e inacciones definen nuestra moral y nuestra existencia, y ante el avance de la autodestrucción y la muerte sólo nos queda la rebeldía y la pasión.

“La meta no es dominar la naturaleza sino las fuerzas sociales irracionales y las instituciones que amenazan la supervivencia de la especie humana”
Erich Fromm.

Si en nuestras categorías mentales no somos capaces de etiquetar la vida con aquellos atributos que la diferencian de lo inerte, y sólo apreciamos su valor mercantil, el proceso de cosificación habrá ganado la partida. Objetivamente, la muerte se habrá impuesto a la vida.

En estas circunstancias, el atributo que mejor puede definir a la vida es su rebeldía. La rebeldía de hombres y mujeres que aman la vida y que se resisten a un modelo agroalimentario industrial y globalizado. Que se resisten a la privatización de los bienes comunes. Que se resisten, en definitiva, a la mercantilización de la vida misma.

Autor: Ignacio Domínguez Marrero

Vota: Relato nº 32

Aquí me encuentro
Aquí me encuentro, flotando..
flotando en un universo, rodeada de planetas y estrellas e iluminada por una de ellas.

Aquí me encuentro, aguantando..
aguantando el asma, que poco a poco me asfixia y rápido acabara con mi aerosol.

Aquí me encuentro, soportando..
soportando como me arde la piel, día tras día, sin ninguna gota de agua para refrescar.

Aquí me encuentro, sedienta..
sedienta notando como cada día una gota de mi desaparece de mi cuerpo, y no vuelve a su sitio, si no que se _ acumula en otra parte, haciendo secar mis órganos.

Aquí me encuentro, torturada..
torturada ya que va desapareciendo cada día mi alma, siendo suplantada por otra artificial.

Aqui me encuentro, sola y enferma..
enferma ya que mis propias células son las que me destruyen y se apoderan de mi,como un cáncer y yo no puedo hacer nada..

Al menos puedo mirar a mi alrededor, y verme rodeada de vecinos, y esperar que algun día antes de morir, alguien venga y me rescate.

Autora: Isabel Mª Guillén Expósito

Vota: Relato nº 33

Actualidad

El sol por naturaleza es y quiere ser energía y energía por naturaleza
de mercado es el petróleo.
Los alimentos por naturaleza crecen sin modificaciones y por
naturaleza de mercado se las modifica genéticamente.
Las montañas por naturaleza son acumulaciones rocosas y por
naturaleza de mercado son acumulaciones de riquezas.

Antes el hombre era libre, hoy la libertad es poder elegir.
Antes las semillas nacían de las plantas, hoy las semillas nacen en las
plantas biotecnológicas.
Antes el alimento se conseguía buscándolo afuera, hoy salir a buscar
alimentos es mendigar.
Antes el dinero no existía, hoy el dinero si no existiera moriríamos.

Llamamos a las fabricas “Plantas”, para hacerlas parecer más
naturales y a la naturaleza “Sabia” para hacerla parecer más a
nosotros.
Mientras tanto las cacerolas ven desfilar las hamburguesas,
la cocina pasó a ser un adorno, quien cocina es el microondas.
Las cacerolas y las cocinas descansan mientras la mala alimentación trabaja.

El mosquito pasa hambruna, el mercado chupa la sangre que lo
alimentaba.
La muerte se tomó unas largas vacaciones, el mercado la reemplaza.

El dinero a veces se aburre, sale del banco, su casa, saluda algunas
manos y vuelve.

Que porfiada es la tierra que ni agonizando muere.
Que tontas son las semillas, que nacen sin soportar
el veneno que las mata.
Que tonto es el hambre, que nunca anda por donde hay comida

La globalización predica que construye ciudades faraónicas,
pero nada dice sobre las ciudades momificadas.
Las selvas se entregan a las topadoras porque extrañan a sus muertos.
Las semillas germinan con veneno para ser el antídoto del que las
siembra.

Destruir para lograr la abundancia, comprando para no tener nada y
llegar a la cima sin poder ver la montaña.
Trabajar para alimentarnos, alimentando a la boca que nos devora,
obteniendo pan para hoy y hambre para mañana.
Soñar para no despertarnos nunca, creyendo en un cielo que crea
santos a necesidades de los fieles que desean morir para vivir en paz.
Hambre con campos llenos, campos llenos con hambre de dinero,
dinero que llena con hambre el planeta.

Autor: Bruno Antonio Saccavino

Vota: Relato nº 34

La espora mágica

El teléfono sonó repetidamente en el despacho de Luis Alfredo Duarte que, sin embargo, no lo contestó hasta que no hubo terminado de hablar por su teléfono móvil. Esta circunstancia se repetía con frecuencia; lo buscaban de todas partes y todos precisaban consultar con él alguna cosa. Cuando por fin pudo contestar, en el otro extremo estaban a punto de colgar. Sin disculparse por la tardanza, saludó bruscamente, ladró un par de órdenes, apremió al interlocutor y colgó con violencia. “No se les puede encargar nada”, gruñó.

Su secretaria entró en el despacho, un lujoso y desproporcionado espacio, cerrado de ventanales de suelo a techo, situado en la cuadragésima planta de un rascacielos de la zona de negocios de Miami. Allí tenía su sede la compañía que dirigía. La mujer lo saludó en voz baja y le presentó unos documentos.

—Se trata del contrato de arrendamiento de los terrenos de Perú, Sr. Duarte.

—Ah, sí, sí —dijo, alargando la mano—. Hay que firmar cuanto antes. Aquí tienes—. Se los acercó una vez rubricados—. Envía una copia cuanto a antes a Genaro Matamoros. Quiero que mañana mismo estén ocupados. No hay tiempo que perder.

La mujer asintió y salió. El aludido no era más que un matón sin escrúpulos, ex-comandante de la policía peruana y con un largo historial de negocios turbios, justamente la persona indicada para amedrentar campesinos y obligarles a vender sus tierras o cuando menos a cultivar lo que su patrón ordenaba.

Duarte dio por finalizado su día y salió. No tenía por costumbre saludar ni despedirse. Tomó el elevador exclusivo para directivos y bajó al garaje. De camino a casa hizo sonar la bocina varias veces. La gente parecía no darse cuenta de lo valioso que era su tiempo. Con los cultivos que pensaba implantar en aquellos terrenos conseguiría aumentar la producción en unos miles de kilovatios, tal vez veinte o treinta. Los accionistas estarían contentos. Y su jefe, en Nueva York, también. Con el bono conseguiría comprarse, por fin, el yate que ansiaba. Funcionaría con gasolina de primera calidad y no, por supuesto, con el biodiesel que reservaba para aplicaciones de menos brillo, como las concesiones de transporte urbano de varias grandes conurbaciones latinoamericanas, obtenidas, como casi todo, mediante la práctica permanente de la extorsión y el soborno.

Al rato llegó a su casa y estacionó en el caminito de gravilla. Bajó del auto y se encontró con Matías, el jardinero, que ya se iba.

—Señor —le dijo—, he plantado una mata nueva de gramíneas al fondo. Son muy decorativas. Ya verá.

—Bueno, sí, haga lo que quiera —le espetó Duarte, con un ademán de desprecio—. ¡Qué estupidez! —murmuró después, cuando creyó que el buen hombre no le oía. Pero no había sido así. El jardinero sí había oído el insulto de su patrón.

—La naturaleza es sabia. No debemos ponernos en su contra —murmuró el humilde hombrecillo. Y al tiempo abrió la mano y dejó volar por el aire una diminuta espora. La brisa de la tarde se la llevó hacia dentro de la casa en un abrir y cerrar de ojos, como si persiguiera al ejecutivo, y fue a alojarse en uno de los bolsillos de su americana.

El resto del día transcurrió normalmente, la familia, Duarte, su esposa y dos niños pequeños, cenó reunida, como siempre y, después de acostar a los niños y ver un rato en la tele un programa insulso, tanto el ejecutivo como su esposa se fueron a dormir. No tardaron en hacerlo. La intimidad no sucedía con frecuencia entre ellos.

Al día siguiente Duarte llegó a la oficina antes que nadie. Tan solo dos o tres empleados se encontraban en sus puestos y todos lo saludaron educadamente. Él ni siquiera devolvió los saludos correctamente, dedicándoles apenas un brusco gesto, y despareció dentro de su despacho. Allí colgó rápidamente la americana de su traje en un perchero, se sentó a su escritorio, hizo girar la silla y se puso a hablar por teléfono mirando a la ciudad a través de los grandes ventanales. Al otro lado del hilo, su testaferro peruano le informaba de las últimas novedades.

—¡Quiero que las tierras queden ocupadas y listas hoy! —exigió. En el bolsillo de su americana algo de agitó ligeramente. Hubo una pausa en la conversación.

—¡No me vengas con estupideces¡ —gritó Duarte—. Si hace falta, les invitas a salir —ordenó, con una muy especial inflexión en la palabra “invitas”. Del bolsillo de la americana salía un pequeño tallito verde con dos minúsculas hojas.

—¿Vas a decirme ahora que no sabes enfrentar a cuatro pobres aldeanitos? ¡Duro, hombre! ¡Duro! Cada día me cuesta dinero. ¿Es que no te das cuenta? —vociferaba Duarte. No era muy dado a entender las dificultades de los demás para cumplir sus órdenes. El brote que salía del bolsillo de la americana llegaba ya casi al suelo y tenía varias ramificaciones.

—No quiero saber cómo vas a hacerlo. Quiero que me digas que mañana pueden entrar las máquinas a desbrozar.

En el suelo, alrededor de las ruedas de la silla, formando un pequeño ovillo que provenía del bolsillo de la americana, la misteriosa planta seguía creciendo. Las ramificaciones se hacían más densas, y comenzaban a trepar hacia el asiento. Su velocidad de desarrollo era, sin duda, asombrosa. Duarte, ocupado en presionar al matón, no se daba cuenta del extraño fenómeno. Mientras él seguía chillando y sugiriendo maneras de cumplir sus exigencias, a cual más cruel y desproporcionada, la planta mágica, que había surgido de la espora que cayera en su bolsillo, rodeaba la parte del respaldo y del asiento de la silla. Cuando cayó en la cuenta de que algo pasaba era demasiado tarde. Una de los finos tallos rodeó una de sus piernas, apretándola con fuerza. En cuestión de segundos otro de los tallos de la mata había aprisionado la otra pierna.

—Pero, ¿qué diablos…? —acertó a exclamar Duarte, justo un instante antes de que la planta sujetara el brazo derecho con tal fuerza que el teléfono se le cayó de la mano.

Quiso gritar y comenzó a hacerlo pero, al abrir la boca, una nueva rama se alojó en ella y la cubrió con hojas hasta que silenció su grito. El terror se pintaba ahora en los ojos del poco escrupuloso hombre de negocios. Era un terror silencioso, porque ya no podía articular palabra. Las fibrosas ramitas se ceñían alrededor de su garganta, estando a punto de asfixiarlo. Las hojas que crecían por doquier ya tapaban su cara y solo una mata de pelo negro asomaba aún. La silla estaba totalmente cubierta por la vegetación, semejando un arbusto informe. Duarte ya no podía ni moverse, apenas respiraba, no veía ni oía y no podía hablar. Haciendo un esfuerzo sobrehumano consiguió arañar con un dedo una de las ramas de la planta pero solamente provocó con ello que la tenaza que aprisionaba su mano se apretara aún más. Su situación era realmente desesperada y parecía que tendría pocas oportunidades de sobrevivir.

Y, por fin, Duarte pudo gritar.

—¿Qué te pasa? ¿Qué sucede? —le preguntó su esposa, asustada por el súbito despertar. Él no contestó. Trataba de recuperar el resuello tras el brusco tirón que le había liberado de las sábanas. Conforme recuperaba la consciencia se daba cuenta de que, posiblemente, se había enrollado en las sábanas y eso la había impedido moverse y respirar.

—Nada, no pasa nada —dijo, aún presa del sobresalto—. Duérmete, cariño.

Su esposa obedeció, no sin sorpresa. ¿Cariño? Hacía siglos que su marido no la llamaba así. Fuera lo que fuera que tenía aquella pesadilla, a la mujer comenzó a gustarle. Estiró los brazos, se volvió del otro lado y se durmió.

Al día siguiente, Duarte se levantó temprano, como siempre. Antes de ir al baño rodeó la cama y besó a su mujer en la frente. Ella, aún medio dormida, sonrió, pero no dijo nada. Luego, él se vistió, se fue a la cocina y, viendo que la chica dominicana que les ayudaba con el quehacer no había llegado, preparó el mismo la cafetera sin inmutarse lo más mínimo.

Cuando salió al jardín eran las ocho menos cuarto de la mañana. Matías, que siempre llegaba a las siete y media, se afanaba recortando el seto que había junto a la calle. Duarte lo saludó con amabilidad.

—Buenos días, Matías. Ese seto está magnífico. Cuídemelo bien.

—Sí, señor. Sin duda —respondió el trabajador. Aunque Duarte jamás le había prestado atención y estaba convencido de que no valoraba su trabajo, no se extrañó. En lugar de eso sonrió enigmáticamente. Uno no podía ponerse en contra de la naturaleza. Hizo un gesto con la mano y del bolsillo de la americana de Duarte, que ya se dirigía al garaje, saltó la diminuta espora mágica. Un soplo de aire la depositó de nuevo en su mano.

El ejecutivo llegó a la oficina y saludó con un sonoro “¡Buenos días!” a los dos o tres empleados que había allí. Ellos le respondieron con caras llenas de desconcierto. Entró en su oficina, se sentó y tomó el teléfono. Tuvo buen cuidado de colgar la americana del traje lejos de su silla y de no volverse a mirar la ciudad. El matón peruano le respondió con rapidez.

—Viajaré a Perú la semana que viene. Quiero que todo esté preparado.

—…

—No, no vamos a hacer nada de eso. Sé perfectamente lo que te dije. No quiero violencia. Quiero hacer ese negocio, sí, pero quiero hacerlo bien.

—…

—Escúchame. Debe haber un restaurante en el poblado. Reserva un buen espacio en él cita a los líderes del grupo de propietarios. No quiero que los amedrentes. Diles que tengo una propuesta para ellos.

—…

—Sí, de acuerdo. Eso está bien. Y organízalo todo para que después nos sirvan una buena comida. Los negocios se cierran comiendo. Mantenme informado.

Después de terminar la conversación se puso a revisar la información que tenía en su computadora sobre la zona. Se había negado a evaluar otras alternativas. Todos los planes, modelos de negocio, estimaciones financieras y cálculos de rentabilidad estaban realizados sobre la base de roturar todo el terreno y plantar un cultivo que proporcionaba materia prima para elaborar biocombustibles. Se puso a revisar todos los datos. Seguramente había otra opción factible y sustentable. Decidió que la encontraría. Uno no podía enfrentarse a la naturaleza.

Autor: Francisco Pi Martínez

Vota: Relato nº 35

La Llanura

- Lo siento, pero no puedes. – Le dije al anciano que bajó la mirada con gesto melancólico. El pobre había hecho un gran esfuerzo para llegar hacia aquella tierra, su tierra de toda la vida, que ya nunca podrá tocar. – Pero ¿qué ha ocurrido? ¿Dónde están los árboles? – Casi se le escapó una lágrima cuando me preguntaba y entendí su tristeza. Allí donde antes cantaban los pájaros, crecían los árboles y brotaba la maleza con insolente verdor, ahora sólo quedaba arena grisácea y desolación. La llanura, nuestra grandiosa llanura e insignia del pueblo había sido entregada a cierta clase de crueles comerciantes. Se fue la belleza que contemplábamos tras los cristales los habitantes del ala norte de nuestro pueblo. Los niños ya no volverán a molestar a las lagartijas, ni a corretear detrás de los saltamontes en verano, ni a saborear las dulces moras. Aquel manzano ya no floreció, ni lo hará jamás, había sido arrancado. – Vamos, ahora es propiedad privada.

Es cierto que los buenos tiempos habían pasado. Con el cierre de la fábrica, muchos puestos de trabajo se habían evaporado y el Ayuntamiento había quedado al borde de la quiebra. Pero estoy seguro de que con el tiempo podríamos haber llegado a encontrar soluciones, al fin y al cabo, aún contábamos con aquellas ricas tierras. Sin embargo, no quisieron esperar. Aquellos extranjeros hicieron una oferta de compra por la llanura y los miembros del Consistorio se empeñaron en que la aceptáramos inmediatamente “no hay otra salida”. Nos infundieron el miedo, nos convencieron. Ellos, los funcionarios, quedaron a salvo, pero, ¿qué vendría detrás?

Los meses siguientes fueron un trasiego de gente yendo y viniendo, y de cambios y transformaciones. Poco a poco nuestra llanura fue despojada de su manto de vida y esplendor, mientras los vecinos lo observábamos atónitos. El espectáculo era demoledor. ¿Por qué hemos permitido esto? Sí, nos informaron de algo. Ellos traerían un dinero, la inversión, era necesario para salvar nuestro pueblo. ¿Pero acaso habíamos imaginado esto?

Más adelante, llegaron las plantaciones, que transformaron el terreno en un maizal que crecía inusualmente fuerte y vigoroso. Al tiempo supimos que esas cosechas ni siquiera servirían para dar alimento, pues habían sido destinadas a la elaboración de agrocombustibles, algo que nunca hubiéramos imaginado. Teniendo en cuenta la finalidad del producto, era evidente que no lo tratarían con cuidado.

Ya casi nos habíamos resignado al desastre, cuando de repente empezaron a suceder toda suerte de fenómenos extraños. Cada día se dejaban ver menos aves en la zona y los insectos nos parecían diferentes, no eran los habituales del tiempo. Pero lo que hizo saltar las alarmas, fue la grave disminución de las abejas de la zona. Los apicultores nos contaban desesperados como se iban incrementando las bajas en sus colmenas. Más adelante, los pequeños agricultores y hortelanos que aún quedaban se empezaron a quejar del escaso brío con el que crecían sus cosechas, lo cual no dejaba de resultar paradójico en comparación con el éxito del maíz. Los rumores se extendieron como la pólvora. ¿Nos estaban contaminando? ¿Sería el agua? Nadie sabía aclarar cuál era exactamente el agente contaminante, pero lo que sí podíamos asegurar, es que el origen de la destrucción provenía de aquellos cultivos de transgénicos y de los productos tóxicos que les suministraban.

Así fue como se vendió la vitalidad y la energía de un pueblo por un puñado de euros. Pero, aquella tarde de finales de verano, mientras me disponía a acompañar al abuelo a su casa, observé como una pequeña mariposa que se posaba sobre el montón de tierra seca del cultivo cosechado. Sus alas, tan hermosas y vibrantemente pigmentadas, eran como un destello de luz sobre la superficie opaca y polvorienta. En ese preciso instante comprendí que aún quedaba algo de vida en nuestra desolada llanura y que por su majestuosa belleza debería de imponerse, antes de que los experimentos de los extraños acabaran con todo.

Aquella misma noche no pude dormir ni un minuto de la agitación que me embargaba, deseaba fervientemente encontrar una solución para el problema. Finalmente, cuando los primeros rayos del alba se filtraron en mi cuarto, comprendí cuál sería la manera. Aquellos empresarios que habían comprado los terrenos eran acaudalados, disponían del poder económico, pero eran pocos. Nosotros, en cambios, éramos muchos y, si cada uno de nosotros contribuía a la causa aunque fuera con un pequeño granito de arena, entre todos podríamos derrotarlos. Así que la clave consistía en reunir a toda la gente.

No pude esperar más, en cuanto cayó la tarde, me dirigí a la plaza principal del pueblo para conversar con los vecinos que allí solían reunirse. – Ya, pero… ¿y qué podemos hacer? – Pues tomar las tierras, que para eso son nuestras, siempre lo fueron. – Pero ahora son de ellos. – Pues algo habrá que hacer, porque mis cultivos están fatal, a este paso lo pierdo todo – ¿Y sabéis lo que me han contado los de las abejas?...
Se podía apreciar que por lo menos la semilla del descontento estaba bien plantada, pero aún quedaba mucho trabajo por hacer para que germinara.

Día tras día me dirigía a la gente para intentar transmitir el mensaje, creía firmemente que entre todos podríamos evitar el destrozo y lo cierto es que cada vez lograba más adeptos. Era lógico, eran muchos los damnificados. Empezamos a celebrar asambleas y reuniones que cada vez se hacían más numerosas. Había que decidir las acciones y cuando llevarlas a cabo. – Podríamos quitarles las tierras y vallarlas, no les permitiremos pasar. – No será fácil, ahí están siempre vigilando. – Ya, pero podemos reunir a más gente. – Un momento, recordad que han comprado las tierras, esto muy legal no es. – Las recuperaremos igualmente, siempre fueron nuestras, no hay derecho a que nos hagan esto.

Pero también había varias disensiones y llegamos a un punto en el que no parecía fácil avanzar en el proyecto. El hecho de que los nuevos propietarios tuvieran derecho legal a estar en la llanura parecía un obstáculo insalvable, por muy injusto que fuera. Pero, un buen día, el abogado del pueblo tuvo a bien presentarse a una de nuestras reuniones.
- Señoras y señores, creo que debo comunicarles algo. Sí, es cierto que la venta de los bienes comunales se realizó de forma legal, por lo que está claro que sus dueños tienen todo el derecho del mundo a utilizarlas del modo que estimen necesario. – Hubo una fuerte explosión de comentarios en la sala. – ¡Un momento, por favor! Esto es así, pero también es verdad que el contrato de compraventa se puede rescindir de algún modo, de hecho, cuando aprobamos su firma, los vecinos no estábamos debidamente informados del uso que se le iba a dar al terreno, ni de sus posibles consecuencias. Es más, hemos sido coaccionados de algún modo para la firma por los responsables del Ayuntamiento. Por estas razones, creo que procede que vayamos a los tribunales para solicitar la rescisión del contrato. – Acto seguido, la sala se encendió de la alegría. Por fin había llegado la solución anhelada.
- Un momento, escuchadme, por favor. Todo eso que decís está muy bien, pero hay que pensarlo un poco. Recordad que nuestro pueblo estaba prácticamente arruinado, ahora, por lo menos, algunos de nosotros tenemos trabajo recogiendo la cosecha y el Ayuntamiento recibe algún dinero de las ventas. - ¡Migajas, lo que nos dan son migajas! - ¡Ha sido un robo! - ¿Pero y después qué, qué nos queda? No hay dinero, no hay futuro. – Ahí llegó el momento de mi intervención, en el que expuse lo que había estado meditando a lo largo del proceso.
- Amigos, sí es cierto que nos dan algo pero pensarlo bien, ellos se están llevando el maíz para su agrocombustible casi a precio de saldo y a nosotros cada día nos queda menos. Estamos perdiendo el resto de las cosechas, nuestra miel, nuestro campo y esto irá a peor. Nuestras tierras son muy buenas, siempre lo fueron. ¿Por qué no les sacamos partido nosotros, en lugar de ellos? Creo que podríamos trabajarlas entre todos de un modo diferente, respetando el pueblo y su entorno. Por lo que yo sé, cada día tienen más demanda los productos ecológicos, e incluso se reciben subvenciones para ello. Hagamos una cooperativa y trabajemos todos. Usemos las técnicas tradicionales que conocemos para no seguir destrozándolo todo y que nos mantengamos así mucho tiempo, ya veis lo que sucede cuando se explota sin compasión el terreno y no podemos permitirlo otra vez. Por otra parte, lo que ganemos será nuestro, no pasará a las manos de unos pocos especuladores a los que no les importa arrasarlo todo. Cuando las tierras hayan quedado totalmente yermas ellos se marcharán y entonces ¿qué?, el pueblo lo habrá perdido todo. Hagamos las cosas bien, no como ellos, dejemos que crezcan los árboles para nuestros hijos, que esto dure siempre.

Afortunadamente, me comprendieron, todavía quedaba esperanza para la salvación del pueblo. Aquella misma noche decidimos que iríamos a los tribunales. Desde aquel momento en el que casi todos estábamos de acuerdo, todo empezó a avanzar rápida y efectivamente, como una máquina bien engrasada. En unos cuantos días ya habíamos constituido nuestra plataforma de acción, en la que se acordó que cada uno aportaría su pequeña parte de dinero y trabajo, en la medida de sus posibilidades, para el logro de nuestra causa. El abogado también se puso en marcha y trabajó sin descanso hasta que tuvo bien cerrado su argumento y, en cuanto le dimos el visto bueno, partió a la ciudad para interponer la demanda. Cuando finalmente llegó la fecha en la que tendría lugar el proceso, una pequeña comitiva de vecinos nos desplazamos junto con el abogado para luchar por nuestra tierra.

Y en este punto nos encontramos hoy, en medio del proceso, con una mezcla de ilusión e incertidumbre pero sin ganas de volver atrás. No obstante, sabemos cómo funcionan las cosas y somos conscientes de que la Justicia no siempre actúa haciendo honor a su nombre. Pero, pase lo que pase, estamos juntos y sabemos lo que queremos, por lo que no nos detendremos sea cual sea el resultado. Si hoy fallamos, mañana apelaremos, pero antes o después la llanura volverá a la vida.

Autora: Ana María Cuesta Orozco

Vota: Relato nº 36

La nueva de la clase

Primer día de clase. Un año más me enfrento al horror del inicio de curso.
Mi pedaleo tembloroso me va acercando a la puerta del insti, donde ya de lejos distingo varios rostros conocidos. Ahí están, las más populares, en la mismísima puerta, y tengo que pasar delante. Intento hacerme la invisible pero no lo consigo: Nuclear me suelta una colleja que despierta unas risas encendidas. Menos mal que logro escabullirme para que no me hagan paseíllo.
Merodeo por el patio, a la espera de que suene la campana, observando los pocos cambios. Somos las de siempre, unas llaman más la atención y otras menos... y otras nada, claro. Oigo comentarios acerca de la nueva pero no consigo hacerme a la idea.
En conserjería me informan de que me ha tocado el grupo B. Este año parece que han optado por la separación: “dicen que a vosotras se os saca más rendimiento cuando os juntáis, ya sabes, algunas brillan demasiado”, me susurra la conserje.
Me encamino a la clase. Oh, no, ahí está “el Petri”, como me vea... Tengo suerte, está completamente ensimismado en explicarle a un grupo de novatas que él tiene para rato, que lo del pico ese que se rumorea es un chisme estúpido.
Me asomo al aula que me ha tocado. Lo que me esperaba, me han colado en la clase de las “Renos”.
Desde el umbral observo el ambiente sin decidir a qué grupito sumarme. Entonces veo unas aspas haciéndome señas. Ufff, qué alivio, está en mi clase Molino Hidráulico. Se ha colocado en la última fila, como cada año. Me encanta estar con él porque consigue darme ánimos para seguir con esto. A él no le importa nada ser un “nisu”, incluso presume de pertenecer a la genealogía más antigua del insti, y siempre me recuerda que hay que tener paciencia, que ya vendrán otros tiempos en los que no seremos unas incomprendidas. Me cuesta creerle.
Le pregunto por el verano, aunque sé que lo ha pasado de maravilla en el pueblo, y de paso le sonsaco información sobre la nueva, de la que he oído que se da muchos aires.
-Bueno, aires, lo que se dice aires no se da. Ya sabes que como nuestra Eólica no hay ninguna.
-Sí, nuestra Eólica se da muchos aires pero últimamente se ha vuelto demasiado sofisticada. Me gustaba más antes, menos estilizada. A mí, esas aspas que bambolea ahora me resultan un poco tenebrosas.
-Mira, cada una evoluciona como considera. Pero me habías preguntado por la nueva. Me han dicho que se lo tiene un poco subido. Pero el bombazo es que la habían colado en el grupo A y ha venido su familia a protestar porque querían que estuviera en el B.
-Pero si las del A son siempre las mejores, las que más éxito tienen, las de mejores notas.
-Sí, pero no las más listas y ésta parece serlo mucho.
El ruido nos interrumpe. La tutora ha entrado y cada cual vuelve a su sitio. Qué mala suerte, otra vez mi asiento está detrás de Geomotriz, con ese olorcillo a huevo podrido que desprende. Por su parte, Maremotriz se queda en medio del pasillo, caminando hacia delante y hacia atrás, sin decidirse en qué silla colocarse. Undi, una de sus mejores amigas, le hace estruendosas señas desde las primeras filas, mientras la profesora le recuerda que si este año sigue tan ruidosa la manda al fondo del aula, donde suele quedarse más tranquila si no surgen problemas.
Dando el tiempo de cortesía por terminado, la tutora da unos pasos para ir a cerrar la puerta cuando llegan rotundas Presa y Embalse, que no tenían muy claro si les tocaba el grupo A o el B.
-Venga, chicas, cada año os veo más despistadas. Empecemos ya. Buenos días a todas, bienvenidas al nuevo curso. Espero que este año...
Justo entonces se abre la puerta y aparece la nueva. Todas contenemos el aliento. Es ella.
-Buenos días, siento el retraso. Me llamo Biodiésel y me han dicho abajo que mi clase es la B-, se presenta.
-¡Tú qué dices!- Biomasa se revuelve airada- De bio, nada. Agrodiésel como mucho. De los agrocombustibles, la única bio soy yo...
-Pues sí soy bio porque la emisión de gases de efecto invernadero es mucho menor y provengo de materia vegetal...
-Venga, mona, no nos cuentes milongas- le replica Eólica-, que por tu culpa se ha disparado la producción de monocultivos con la consiguiente amenaza a la biodiversidad del mundo vegetal.
-Habló la asesina de pájaros- le replica Solar, que se mete en la discusión.
-Tú te callas, elitista- responde altiva Eólica-. Además, Agrodiésel, pretendes ir de “bio” pero explotas a los países del Sur tanto o más como las del A.
-¿Me estás comparando con la Nuclear o con el Petróleo?
-Digamos que te conviertes en un producto más del mercado, te ofreces como una alternativa competitiva – explica con calma Geotérmica – que no tiene por qué reducir el nivel de consumo. Y eso ya sabes que gusta mucho.
-Me lo está diciendo una que contamina aguas arriba y abajo- intenta defenderse Agrodiésel.
-Perdona que te explique, pero no es la única que contamina aguas – Biomasa vuelve a la carga – que la materia vegetal de la que te compones no procede de cultivos ecológicos. Y esos tóxicos también se filtran.
-Bueno, ¿pero soy o no soy renovable? - pregunta Agrodiésel a la desesperada.
La cuestión desata una algarabía de síes y noes que la tutora no se ve con capacidad de frenar. El nivel de la discusión se dispara con el peligro de que Undi está en primera fila y se pone muy nerviosa. Miro a Molino Hidráulico, que hojea distraído un libro. Levanta la mirada hacia mí y me suelta:
-Esto es insoportable, Dinamo. Todos los años la misma discusión, quién es más que quién. Me agotan con tanta tontería. ¿Nos vamos a dar un paseo? Además, quería contarte sobre una Bomba de agua manual que he conocido este verano, qué elegancia...

Autora: Sara Barquilla Guerrero

Vota: Relato nº 37

Sólo daño hacen

Ya es de noche en la aldea, y el silencio que sólo se escucha en el campo ejerce su reinado precario, bajo la amenaza permanente del cacareo de las gallinas y del aire, que sube cálido desde el valle, haciendo susurrar al maíz. El cielo, un huipil de estrellas brillantes.

Cata y don Chepe mantienen una larga conversación en su lengua, que es como la dulce canción que cantarían los árboles si pudiesen hacerlo. Yo apenas entiendo, pero escucho extasiado esas palabras hechas de chasquido de ramas, del sonido gutural que hace el agua cuando toma un recodo del río, del siseo del viento y del suave repiqueteo de un pájaro rompiendo la corteza de un liquidámbar.

Las delgadas paredes de madera que delimitan la estancia están iluminadas por el fuego que arde en el suelo, entre tres grandes piedras, y un intenso olor a ocote y a resina se mezcla con el del café que ya comienza a hervir en una vieja jarra de latón. Un batallón de centellas revoltosas sale disparado desordenadamente hacia arriba, con la intención no confesada de colarse por alguna de las rendijas del techo, y permitir que al menos alguna de ellas, se convierta en lucero.

Cata espera paciente a que don Chepe acabe una larga frase, y éste lo hace a la manera de su pueblo, cerrando el círculo con la misma palabra con que lo comenzó: puaj [dinero].

Yo despierto del letargo en que me han sumido olores y sonidos, y acerco mi taza a Cata para que me sirva un poco de café. No deja de admirarme su capacidad para sostener el asa metálica recién salida del fuego, sin quemarse. ¡Son de puro cuero esas manos pequeñas!

“Don Chepe está preocupado” -ella se dirige a mí, ahora en castellano-. Dice que está volviendo la violencia. Que han visto de nuevo soldados en la comunidad de allá abajito, la que está a la vera del río. Y que los finqueros volvieron a dar armas a sus mozos”.

“Dice que hay tres familias que han tenido que dejar sus casas, porque ya la milpa1 no les crece. Y que no saben si es que la tierra está envenenada... o que tal vez está muerta”.

“Dice que doña Julia ha vendido su parcela porque ya eran muchas amenazas, y no aguantaba. Y que Jacinto también, para pagarle el doctor a su hija, la renquita2”.

“Dice que han entrado dos camiones cargados con ingenieros de uniforme, que han vallado los tres nacimientos del cerro, y que ahora no se puede ir a traer agua, porque hay seguridad privada. Y se mantienen todo el tiempo riendo bien alto y chupando. A veces, pegan a las mujeres que se acercan... y ya a la Manuela la intentaron ofender el jueves pasado”.

“Dice que han botado muchos árboles al otro lado de la montaña, en la tierra caliente, donde está el bosque comunitario, y que han visto sacar las camionadas de madera para la capital. Ni permiso pidieron. Y que ahora están sembrando muchas plantitas, y que las ponen todas juntas, en filas tan largas que ni se mira dónde acaban. Palma africana, se llama. Y ahora ya no hay árboles de donde agarrar la leña,”.

“Dice que tiene miedo, porque ya esto no se soporta y porque, aunque la gente todavía recuerda dónde están los fusiles enterrados, sabe que ni los tiros ni los machetazos pueden nada contra ese arma tan poderosa que es el dinero”.

“Pero dice también que tiene esperanza, porque la semana pasada se juntaron en asamblea con las otras aldeas, como cuando la guerra, y decidieron que ya no. Que la tierra es nuestra y que no vamos a dejar que nos la quiten, porque pendejos no somos y porque la hemos regado con nuestra sangre. Y que mucho menos se la vamos a entregar a los que no la saben cuidar y sólo daño hacen”

Acerco mi café a la boca, pruebo un sorbo -ya casi está frío- y salgo a la noche, con las palabras de Cata, que son también las de don Chepe y las de la comunidad, resonando como aldabones en mi cabeza. La luna llena permite ver nítidamente la mancha que la plantación de palma ha dejado en el valle y al pie de la montaña, como una inmensa herida que se hubiese infringido a la mismísima Madre Tierra. Rodeándola, grupos de árboles centenarios que han quedado descabalados, como fuera de lugar. Perdidos.

Cata ha salido a la puerta y me está mirando fijamente con esas dos avellanas negras que tiene tras los párpados. Está seria.

“Y también pregunta don Chepe que qué piensa hacer usted”.

1. Plantación de maíz
2. Persona que cojea o que tiene dificultades para caminar.

Autor: Diego Jiménez Mirayo

Vota: Relato nº 38

Un nuevo combustible para una nueva Era

Nueva Era, año 141.

Hace ciento cuarenta y un años que se agotaron los combustibles fósiles. Las llamadas energías renovables nunca llegaron a implantarse de forma general al no convenir a los intereses económicos de los gobernantes corruptos y de las multinacionales de la energía y las gasolinas que los tenían a sueldo, y por tanto, la tecnología de estas energías alternativas y limpias se perdió para siempre. La opción que se tomó, al ver los inicios del declive en la producción de energía y carburantes tradicionales a partir de empezar a escasear esos recursos sacados de las entrañas de la Tierra, fue utilizar la agricultura para fabricar combustibles con los que seguir moviendo los vehículos, las maquinarias y la economía.

Después de destruir casi todas las tierras cultivables y secar casi todos los acuíferos y ríos del planeta, a causa de estos últimos decenios de sobreexplotación y riegos intensivos, destinando las tres cuartas partes de las cosechas obtenidas para fabricar esos “agrocombustibles” y otras materias primas, y sólo una cuarta parte para alimentación humana, lo que provocó la extinción de todas las especies animales y vegetales silvestres al ser usadas como alimento y fuente de calor (madera) por las clases más desfavorecidas del planeta, y también las consiguientes hambrunas que diezmaron, evidentemente, sólo a esas clases más pobres.

Una vez agotados todos los recursos naturales que quedaban, la “Casta Dominante”, también llamada “Capitalis” (el diez por ciento de la población), decidió utilizar lo último que tenía para sobrevivir y salvar lo que quedaba de su civilización: criar a las clases bajas de la sociedad, a las que pasaría a llamar “casta esclava” o “proletaris” (el restante noventa por ciento de las personas), para usar su carne como su alimento, su sangre como nuevo combustible (al que llamaron “sangroil”), y destinar los despojos de este proceso industrial a ser el pienso con el que alimentar a su ganado humano.

Estamos en el año 141 de la Nueva Era, también llamada “Era de la autoalimentación”, en la que tanto los “Capitalis” como los “proletaris” van degenerando en cada generación, encaminándose, sin remedio, hacia una cercana y total extinción de la raza humana.

Ésta es la consecuencia del nuevo combustible en esta Nueva Era.

Autor: Juan Fran Núñez Parreño

Vota: Relato nº 39

Sin título

Marcel espera, a la puerta del despacho de su profesor de Biología el Dr. E.G.C.
Mantiene su cuerpo de trece años en un vaivén distraído mientras deja pasar el tiempo. Hace rato que los ecos del último portazo de la puerta de cristales de la entrada del Instituto se han diluido a lo largo del pasillo vacío y la tarde del viernes avanza.

La puerta del despacho se abre y, como hace ya algunos meses, su profesor le extiende un libro, siempre el mismo, que Marcel se apresura a guardar no sin esfuerzo en la estrecha funda de su tablet.

Sin una palabra, como hace ya tantos viernes, sale a la calle, camino del metro que le llevará a casa.

Interminables estaciones se suceden, mientras Marcel atiende a todas ellas. Todavía no se ha familiarizado con su nuevo itinerario, desde que cambiaron de casa, ahora en las afueras, por culpa del abuelo y sus manías.

Los ocupantes del vagón viajan resignados al largo trayecto, a las jornadas interminables, al cansancio y la alimentación inadecuada. Un conjunto gris que Marcel intenta no mirar y observa sus manos, de color rosa y saludable, en comparación con sus compañeros de viaje.

Porque ya se han acostumbrado a tener mejor color que el resto, y por eso insisten en no acicalarse mucho, siguiendo instrucciones de su madre, a la que aterroriza que un día u otro les acaben descubriendo

-¡Todo será por culpa tuya¡- dice de cuando en cuando, y mira acusadora al abuelo, que los hace vivir en ese barrio lejano de las afueras, donde sólo algunos quieren vivir, donde apenas quedan vecinos en las calles, donde se dedican a hacer cosas por las que podrían ser detenidos. Marcel lo sabe ahora, ahora que ya es mayor para saber los secretos de la familia, las intrigas que lo obligan a sentirse diferente cuando lo que él querría sería parecer normal, y tener mal color como sus compañeros, y vivir en el centro como todo el mundo.
Pero el abuelo se empeñó en mudarse hace mas de dos años, después de morir papá, después de que el mal color de su padre aumentara hasta tonos indescriptibles y una tarde comenzara a desfallecer, como una planta mustia, hasta morir a los pocos días.

Pero él no debe hablar de plantas. Nadie debe hablar de plantas, y mucho menos de tener plantas en casa, está prohibido. Ni en casa ni en ningún sitio. Las plantas sólo se cultivan en los lugares permitidos, para la producción de biodiesel o de alimentos que sólo ven en sus envases en el supermercado, cuando hacen la compra. Así es que aprieta temeroso la funda roja de su tablet, y cuenta las estaciones que le quedan hasta llegar a casa.
-¡Sólo éstas, Marcel!- su abuelo mira desilusionado el breve paquete que emerge de entre las páginas del libro, y esparce su contenido en un plato, con mimo interminable, contando casi, una a una, las semillas que el profesor ha dado a Marcel, y las acaricia con infinito cuidado, para evitar que puedan malograrse.

Las observa durante largo rato, rodeado de vasijas de todos los tamaños y formas, donde crecen hortalizas, plantas medicinales. Las verduras con las que se alimentan, arriesgándose a la cárcel a cambio de preservar la salud, esa salud que les hace tener mejor color que el resto y que les diferencia.

Ahora lo entiende, lo asume, su abuelo se lo ha contado muchas veces, cada vez que él preguntaba el porqué de tamaño desatino ¿Cómo podían ser ilegales semejantes hermosuras? Y lo preguntaba observando las coles, los tomates, las judías verdes, la lavanda, las berzas de las que se alimentaban para no tener que consumir los comistrajos envasados del supermercado, traídos desde los invernaderos, donde crecían infelices e insípidos.

Los mismos que acabaron a traición con su padre..
-¡Nos van a acabar matando¡- su abuelo se desesperaba

El fue agricultor siendo muy joven, cuando los alimentos se producían todavía al pie de las casas, en las huertas; donde era permitido que cada unos cultivara lo que quisiera.

Cuando la recesión obligó a retirarse al campo a la población arruinada de las ciudades, y ésta ocupó las zonas de cultivo que el estado tenía destinadas a la producción de biodiesel, el estado calculó que los ciudadanos no eran rentables cuando se volvían autosuficientes y procedió a hacerlos volver quitándoles un medio natural de vida mediante leyes que les impidieran vivir en los pueblos. Y así, el ámbito rural desapareció tal como se había conocido desde siempre.

Murieron los viejos que lo habían poblado y el resto sucumbió ante las leyes que prohibieron el cultivo y la ocupación de los campos por particulares, a favor de la explotación masiva por parte de multinacionales.

Su abuelo caviló durante muchos meses. Hizo cálculos y contactó con algunos de los pocos amigos de hacía tiempo que aún conservaba en aquel entorno urbano donde los colmillos se retuercen incluso entre los mas cercanos. Y consiguió convencerles para mudarse a aquella casa de barrio triste…, donde las calles estaban desiertas a partir de las siete de la tarde, donde apenas se escuchaba el rodar de algún vehículo por las noches, pero a cuya espalda contaban un pequeño patio solado de cemento.

No cayeron en la cuenta de lo que se proponía hasta que le vieron romper parte del cemento en un rincón que fue disimulando, y extraer poco a poco tierra con la que iba llenando todas las vasijas que pudo encontrar, recipientes de todo tipo, porque Marcel nunca había visto un tiesto, ni conocía de su existencia.

Les explicó que iban a alimentarse de sus propios cultivos, en la medida que pudieran, para intentar preservar primero la salud, y después la dignidad, la capacidad de rebeldía que contra la injusticia toda persona tiene derecho a expresar. Lo explicaba a Marcel, mientras su madre asistía resignada a la desgracia que en forma de enfermedad o de ilegalidad, acabaría siempre rodeándola.

Las idas y venidas al instituyo de Marcel acabó poniendo en contacto a su abuelo con ese profesor que, misteriosamente, le prestaba un libro, siempre el mismo, algunos viernes. Y así Marcel creció, en una casa, donde por las mañanas olía a verdura, a tomillo en algunas temporadas, donde lo normal era ducharse rodeado de berzas, coliflores y racimos de judías verdes, y donde descubrió que el sentido de la dignidad le protegía mucho mas que la ley que una minoría había conseguido hacer valer a costa de todos los demás.

Las semillas que Marcel recogió aquel viernes ya habían dejado ver sus estolones.
-Marcel, espéreme después de clase, por favor.

Marcel espera a la puerta del despacho, como tantas otras veces, midiendo el tiempo mediante el vaivén distraído de su cuerpo. Sin embargo esta tarde otro muchacho acude a acompañarle en la espera: “un inoportuno” piensa Marcel, asustado ante la idea de que los descubran, de que alguien pueda delatarles, y espera agitado en la puerta, intentando avisar del peligro a su profesor.

La puerta se abre, el profesor les mira, primero a uno, luego al otro.

Marcel intenta captar su atención sin hablar, para no descubrirse, abre los ojos, pone gestos raros, hace señas estrambóticas a espaldas de su compañero, pero el profesor le sonríe ignorando sus aspavientos, y le alcanza un libro, el de todos los viernes, y a su compañero otro, exactamente igual.

Y Marcel comprende inmediatamente…….. y los dos, escapan hacia el metro, con su hermoso secreto.

Autor: Concha Lucas Gomez

Vota: Relato nº 40

El ricinol

Estaba en el quinto semestre de Agronomía cuando nos dieron la charla sobre las propiedades del ricino. De tantas que tiene me ilusionó la de que es una alternativa para reemplazar a la gasolina. Me fui a la biblioteca, tomo un ejemplar y lo primero que abro es la página donde aparece la foto de dicha planta. Me informo que llegó a América procedente de Abisinia, de donde también nos llegó el café. Medito por unos segundos la cantidad de indígenas muertos tratando de darle el mismo uso del café. A lo mejor así ocurrió hasta encontrarle las propiedades “lavativas”. Vuelvo los ojos a la página, miro su “Ficha técnica” Reino: Plantae. División: Magnoliophyta. Clase: Magnoliopsida. Orden: Malpighiales. Familia: Euphorbiaceas. Subfamilia: Acalyphoideae. Subtribu: Ricininae. Especie: Ricinus Communis. Me “comí” todo lo referente a ella. Hasta supe que le llaman ricino porque las semillas son parecidas a una variedad de garrapata llamada ricinus. Además supe que esta plantas es una maravilla, pues tiene más de 700 usos industriales. ¿Cómo es posible que ni yo, ni el resto del mundo la conociéramos antes?

Mi padre con 200 hectáreas de tierras estaba casi en la ruina por culpa del negocio del ganado que ya había arruinado a dos de los vecinos. Le dije adiós al sexto semestre. Mis padres y hermanos me catalogaron de loco. Estaban alarmados, no porque hubiera desertado de la U, sino porque consideraban descabellada mi iniciativa de desplazar el ganado para quedarnos con el RICINO “como alimento para los autos”. Todos lamentaban la pérdida de mi juicio. “Cómo diablos vamos a recuperarnos con la “maleza esa”. Pero yo seguí firme y sereno, hasta que logré que sembráramos 50 hectáreas, las que por herencia me correspondían. Un tío mío se convirtió en mi socio. El ultimo día que sembramos la última semilla, me paré en medio del campo y grité a todo pulmón. “BIENVENIDA SEA ESTA FAMILIA A LA ÉRA DEL RICINOL”. Pobre madre mía duró dos días llorando mi deschavetada. Mi padre se enteró que a esta planta también la llamaban “Higuera del diablo”, fue cuando más arreció la protesta de la familia, pero yo los calmé diciéndoles que también le llamaban “La Palma de Cristo”.

Pasaron los días, para mí, alegres. Para mi familia, tristes, apurados, apesadumbrados. Hasta el tío se quejaba por rato. “Hijo, la inversión fue grande, ¿yo no iré a perder mi platica?”. Nada mi tío, vaya pensando en visitar al psicólogo para que no se me “disloque” cuando empiece a recibir los millones. El técnico, que en ese momento medía el PH del suelo, nos miró inquieto. A lo mejor, sentimentalmente, estaba de parte de mi tío. El PH estaba en su punto, las plantas crecían sanas y fuertes. El campesinado de los alrededores me daba ánimo, pues, en el cultivo habían resuelto el problema de la “mano de obra desocupada”.

Dios estaba de nuestra parte, una tarde, después de almuerzo me visitó el profesor Jean Pierre quien supo de mi empresa. A través suyo hicimos el contacto para la comercialización de la semilla con los franceses, bajo la cláusula del 3% de comisión para él.

Hoy, 180 días después de haber sembrado la última semilla, la finca está llena de trabajadores, técnicos y curiosos, pues se inicia la primera cosecha, la que resultó todo un éxito, recogimos tres toneladas por hectárea que vendimos a $900.000 c/u. Después de pagar los créditos nos quedaron $ 24.000.000 a cada uno. 24.000.000 en seis meses, ¿vaya, quién lo creyera?

Levanto la vista, veo la polvareda, son los cinco tractores arando el resto de la finca. Arriba de la loma del guamo, mi padre rodea con sus brazos a mi madre y a mis dos hermanos, todos expectantes a la labor de las máquinas.

Autor: Jairo Manuel Sánchez Hoyos

Vota: Relato nº 41

Jeraha Kubwa (La gran herida)

Mi pueblo se levanta cerca de una gran herida que se ha abierto en la tierra. Porque donde yo vivo hay una gran planicie que nace donde nace el sol, en unas altas montañas cuyas cimas siempre están cubiertas por la nieve. Por donde muere el sol la planicie no tiene fin, tan solo el horizonte marca una débil línea en la lejanía. Y en esa extensa superficie plana se abre como un desgarro una enorme herida que la atraviesa de norte a sur. Mi primo Mwangu que fue a la ciudad a estudiar durante unos años me dijo que era una falla, un accidente geológico que poco a poco iba separando la tierra dividida y que algún día muy lejano, tan lejano que ya no existiríamos, el mar entraría en la falla y dividiría el continente en dos. También me dice que no es verdad lo que yo digo, que la planicie no tiene fin. Más allá de lo que se ve, otras altas montañas se yerguen según él. Yo creo que mi primo es muy fantasioso pero le respeto porque es el único del pueblo que ha estudiado.

Entre esa herida que mi primo llama falla -y nosotros valle- y las montañas, los del pueblo hacíamos de todo. Pescábamos en los lagos que allí se encuentran y en las inmediaciones de los ríos que en ellos vierten y que cruzan la planicie plantábamos mandioca, sorgo, mijo o maíz, en terrenos más secos pastoreábamos nuestros rebaños de vacas y en las laderas de las montañas, que en realidad son volcanes, recogíamos leña para cocinar y calentarnos en las escasas noches en las que hace frío en el poblado o cuando teníamos que subir al monte con el ganado en busca de mejores pastos.

Yo soy pastor. Manejo un rebaño en el que hay vacas de unos cuantos vecinos y también de mi familia. A cambio de cuidarles sus animales, nos dan productos que cultivan, porque nosotros solo somos ganaderos y no cultivamos. Me gusta ser pastor. Me gusta recorrer la región con las vacas, vigilando con los perros que las hienas no aíslen ninguna de ellas o que las leonas no se acerquen demasiado cuando merodeen por las cercanías. Me gusta volver al pueblo con la algarabía que provocan los mugidos de las vacas y los ladridos de los perros mientras veo como el sol se hunde en la débil línea plana del horizonte.

Somos pobres. Es algo que sabemos hace tiempo porque por nuestra región pasan turistas con cámaras de grandes objetivos para fotografiar los animales que se mueven por la sabana. Cuando abren sus carteras para pagar un refresco en la cabaña que abrió mi vecino Sinai como bar o en la de mi otro vecino Kibwe que vende en un espacio diminuto un poco de todo, desde latas, pilas o golosinas para los niños, se ven tantos billetes que nos quedamos un rato extasiados porque no estamos acostumbrados a verlos. Casi todos los que vienen son blancos, aunque también vienen algunos de tez más oscura y pelo muy negro y otros de ojos rasgados que hablan un idioma que nunca habíamos oído.

El bar de Sinai tiene televisión y antena parabólica. En el poblado la luz se va con mucha frecuencia, cuando hay tormentas sobre todo, pero cuando no también. Por eso Sinai compró un generador de gasoil para asegurar el suministro de corriente y tener siempre bebidas frescas y la televisión funcionando. Es por los turistas, dice, que ha hecho esta inversión, a ellos les gusta la bebida fría y ver la televisión. El caso es que muchas tardes cuando terminábamos de trabajar, nos dejábamos caer por allí y pasábamos el rato viendo programas en inglés o francés y también en árabe. Hay una cadena árabe que retransmite partidos de futbol de las mejores ligas europeas y también de la Champions League. Ver estos cuando hay turistas resulta divertido porque suelen coincidir de distintas nacionalidades y se cruzan miradas de pocos amigos cuando el resultado no les es favorable. Nos hacía gracia una reacción tan visceral ante lo que solo es un juego aunque la verdad es que poco a poco hemos ido viendo a través de la televisión como nuestros propios compatriotas van viviendo con igual pasión estos enfrentamientos deportivos.

Un día hablaba con Faza, un amigo pastor como yo, mientras pacían juntos los ganados a nuestro cuidado. Hablaba con él de los turistas. Hace muchos años, desde los tiempos posteriores a la colonia, apenas venían extranjeros. Nuestros padres contaban que venían sobre todo cazadores buscando buenos trofeos para sus colecciones en Europa o América y que luego cuando las poblaciones de estos animales se fueron mermando y se prohibió la caza de muchas especies, los safaris se convirtieron en excursiones fotográficas que atrajeron a numerosos extranjeros a nuestro país. Ahora un buen número de compatriotas se dedica a este negocio, incluso en el pueblo unos cuantos jóvenes sirven de guía, de cocineros o de porteadores para las expediciones que se organizan con los visitantes para ascender a los volcanes de nieves perpetuas o a las reservas naturales de los grandes mamíferos.

Pero Faza y yo también hablábamos de los otros extranjeros, de esos que vienen comprando tierras y prometen empleo a la gente de los pueblos. Dicen que las quieren para sembrar unas plantas que nosotros no conocemos pero que nos van a procurar riqueza porque mejorarán los accesos y los servicios de luz o de agua y que con el tiempo puede que se construya una escuela y un dispensario médico.

Hablábamos de estos extranjeros porque teníamos que tomar una decisión.

Hace poco vinieron al pueblo dos representantes del gobierno acompañando a unos extranjeros y estuvieron hablando con nuestros dirigentes, prometiendo un futuro esperanzador para todos si les arrendábamos estas tierras. Dijeron que era bueno para el pueblo y bueno para el país porque llegarían inversiones y con ellas todos ganaríamos. Cuando se fueron hablamos entre todos porque las tierras de pastos son comunales y las de cultivo se reparten entre pequeños propietarios pero que solo toman decisiones colectivamente. Las tierras de las montañas y sus bosques pertenecen al gobierno que nos cede la explotación de la leña y el aprovechamiento de algunos pastos de altura.

Opinamos todos porque lo último que dijeron los representantes del gobierno es que las tierras que son del pueblo tendrían que pasar a ser generales, del estado, para poderlas transferir a esos extranjeros. Algunos estaban a favor y otros en contra de aceptar esta oferta. Mi primo Mwangu comentó que era una gran oportunidad. Dejaríamos de tener cortes de luz y tendríamos fuentes en el mismo pueblo sin necesidad de ir a buscar agua tan lejos como hasta ahora. Y además, lo más importante para él, ganaríamos un salario en sus plantaciones con los que podríamos adquirir bienes en la ciudad que nunca habíamos podido tener.

Dejamos la decisión final para la semana siguiente. Como yo no había dicho nada en la reunión, mi primo Mwangu pidió mi opinión cuando aquella se disolvió. Yo le expresé mi escepticismo sobre lo que habían dicho aquellos hombres porque creo que en la vida todo cuesta un gran esfuerzo y para los representantes del gobierno todo era muy fácil de conseguir. Según lo que contaron, con solo cambiar la titularidad de las tierras y ocuparse ellos de las transacciones, todo se resolvería a nuestro favor. Nuestro pueblo estuvo casi siempre olvidado para las autoridades del país. Cuando pedíamos algo que necesitábamos o reclamábamos algo que nos parecía injusto, la respuesta a nuestras demandas tardaba meses en llegar o no llegaba nunca y tampoco solía venir ningún representante del gobierno a darnos explicaciones. Por eso me extrañaba que, sin haberlos llamado, estos dos hombres se hubieran presentado en nuestro pueblo y brindaran tantas facilidades para conseguir cosas que habíamos pedido infructuosamente con anterioridad. Mientras le contaba mis dudas, noté en la cara de mi primo que se iba encolerizando. Cuando hube terminado de exponerle lo que pensaba me dijo que era un incrédulo y con que mi postura no ayudaba al pueblo a que prosperase. No entendí muy bien por qué pero en ese momento me dijo si continuaba pensando que detrás de la gran herida y de la planicie que se perdía en el horizonte no había nada más, ninguna montaña. Le dije que aunque respetaba su opinión seguía pensando lo mismo. Me cogió entonces del brazo pidiéndome que le acompañara.

Subimos a una pequeña loma que hay a las afueras del pueblo y miramos en dirección a poniente. Me preguntó qué era lo que veía. Le dije que la planicie sin fin detrás del valle hundido en ella. Me entregó entonces unos prismáticos que debió sacar de un pequeño bolso que llevaba en bandolera y me dijo que mirase de nuevo. Yo nunca había mirado por este artilugio aunque había visto que los llevaban los turistas para ver los mamíferos y las aves de las reservas naturales cercanas. A través de ellos vi la tierra aproximarse, el valle, los árboles que jalonaban algunos ríos, las pistas que cruzaban la sabana y al fondo, en aquella línea difusa del horizonte, vi las tenues siluetas de unas montañas que desconocía.

Faza y yo no sabíamos qué decidir en cuanto a las tierras comunales. Después de lo que vi por los prismáticos no podía dejar de confiar en mi primo. Él me dijo que había montañas más allá de la planicie y allí estaban. Y si decía que era mejor que arrendáramos las tierras, es posible que tuviera razón, porque él ha estado en la ciudad algunos años y es el único del pueblo que ha estudiado.

Por eso, a la semana siguiente Faza y yo votamos a favor de la transferencia de tierras al estado para su arrendamiento a los extranjeros.

Después vinieron hombres del gobierno y se firmaron papeles y en poco tiempo apareció gente de fuera que daba órdenes a hombres que también habían venido de fuera y que empezaron a delimitar las tierras que un día fueron nuestras. Contrataron a algunos del pueblo, entre ellos a mi primo Mwangu al que vi feliz entre los surcos abiertos en tierras que antes fueron de pastos. Pero también vi que habían unido nuestros campos con algunas de los montes que eran del gobierno y que empezaron a arrancar árboles de los bosques y que eliminaron nuestros cultivos, plantando en su lugar una especie de la que me habían dicho que no sirve como alimento sino que se utiliza para quemarla en los motores de los coches de Europa y América.

De esto no nos hablaron los hombres del gobierno ni los extranjeros. Y tampoco mi primo Mwangu.

Ha pasado el tiempo y los hombres de fuera han desaparecido. Pero sus plantaciones permanecen en los antiguos pastos y bosques, cuidadas por muy pocas personas, muy pocas del pueblo. La mayoría de las que contrataron en un primer momento fue despedida al no necesitarse posteriormente tanta mano de obra, entre ellos mi primo Mwangu, que cambia de dirección cuando teme cruzarse conmigo. Nuestros ganados se han reducido porque ya no hay tanta hierba para alimentarlos y como ya casi no cultivamos porque no tenemos donde, tenemos que comprar los alimentos en la ciudad, pero como casi no tenemos dinero y además los precios han subido no nos queda más remedio que mantenernos con menos de lo de antes, que ya era poco. En la época de lluvias el agua arrastra el suelo de las zonas deforestadas y hemos notado en las pocas tierras de cultivo que aún tenemos que producen menos que antes y que el agua del río del que bebemos ya no sabe igual, dicen que por los pesticidas que utilizan en las plantaciones.

Cuando firmamos los papeles pensábamos que las tierras seguían perteneciéndonos, que solo las arrendábamos pero al transferirlas se las quedó el estado y ahora no sabemos si se las arriendan o si se las vendieron a los extranjeros.

Las tierras ya no son nuestras, ahora ya lo sabemos, se las han quedado otros, no sabemos quién.

Hace poco, el consejo de ancianos nos ha dicho que es posible que tengamos que buscar otro sitio para vivir porque aquí apenas podemos subsistir y porque del dinero del supuesto arriendo de la tierra apenas ha llegado una parte y del resto de las promesas nada se sabe.

Mientras tanto, seguimos yendo al bar de Sinai y vemos partidos de la Champions League. Pero ya no nos reímos cuando los turistas se miran de reojo cuando el resultado les es adverso.

Y yo, cuando miro hacia poniente, he vuelto a ver solo una tibia línea en el horizonte, más allá de la gran herida.

Autor: Pablo Jiménez

Vota: Relato nº 42

Lo verde infinito

Hacía ya cuatro años que había escapado de la extinta Aparecida, junto con las tres familias que habían decidido aguantar hasta el final. O quizás fuera solo unos meses atrás. Estas cuentas me hacía yo mientras contemplaba lo verde infinito, que comenzaba cada vez más cerca de nuestros pies. A mi lado, Dieguito jugaba a equilibrios sobre la valla improvisada del potrero.

- ¿En cuántos sitios has vivido? –saltó de repente.

- No sé, no me acuerdo –contesté sin apartar la vista del horizonte-. En muchos.

- Ya, pero ¿en cuántos? ¿En cien, en mil? ¡Ya sé!, en mil seiscientos treinta y… uno…

- Hummm… sí, por ahí más o menos. Es que soy un poco nómada, ¿sabes?

- ¿Qué es nómada?

- Alguien que va de un sitio a otro, que no vive siempre en el mismo lugar.

- Un vagabudo.

- No, eso es distinto. Un vagabundo es… bueno, sí es parecido.

- Pues yo siempre quiero vivir aquí, en el huerto de atrás. Cuando sea grande lo cuidaré y sembraré las mejores papas del país, y cuando crezca mucho, me ayudarán mis amigos Fito y Héctor.

Cuando nos marchamos de Aparecida, Dieguito ya ayudaba a sus papás a cuidar los caballos, a ordeñar las tres vacas, a sembrar zanahorias y él solito ya cosechaba las papas, la batata y alguna cosa más. Con eso y con lo que compraban y vendían a sus vecinos en los mercados de los miércoles y sábados, les alcanzaba para vivir holgadamente. Con lo que los apareciditos sacaban de vender maíz y cerámicas a los escasos forasteros que pasaban por allí, ya tenían para organizar la fiesta y el asado de Navidad para todo el pueblo.

Por mi parte, yo echaba una mano en lo que podía a Martín, Mónica y su Dieguito a cambio de unos platos de comida y un catre donde descansar. Después de lustros dando tumbos a través de todas las latitudes, no necesitaba mucho más.

Eso fue hasta que llegó lo verde, lento, seguro, implacable.

- Bueno, ¿entonces viene usted a la junta? Empieza ya…

El señor Rigozzi me devolvió a la realidad de golpe. De modo que sí, me fui para la junta con él y con Dieguito, sus papás ya se habían acercado allí. Se celebraba en la sala grande de la escuela de La Dormida, el pueblo que nos había acogido a los apareciditos y a mí como mejor pudo.

Vimos al señor Ramón Santos sentado al estrado, sobre la tarima, mientras todo el pueblo le observaba, atento y respetuoso, desde sus sillas de madera vieja. Vestido con chaqueta, pantalones y corbata verdes, empezó a decir amablemente lo que había venido a contarnos.

- Apreciadas dormiditas, estimados dormiditos: una nueva época de progreso ha llegado a la región. Esa plantita verde de ahí fuera, esa que muchos llaman soja y yo prefiero llamar la nueva sangre verde de nuestra nación, esta plantita que crece junto a los nobles muros de esta escuela, y que pronto lo hará bajo nuestros pies, nos trae una extraordinaria riqueza. La riqueza de movernos de un lado para otro quemando su mágico aceite en nuestros carros, de forma segura, rápida, sin límites, amigos. A cambio, solo necesitamos a dos de ustedes, que se queden allá arriba en las atalayas, vigilando que lo verde se va extendiendo sin problemas, y otro más, que de vez en cuando agarre la avioneta y riegue los campos con agua y un poco de estos polvitos para las malas hierbas, y la plantita se ocupa del resto. Ella es tan generosa que no necesita que ustedes trabajen demasiado. Mis socios se encargarán de venir al final de la temporada a cosechar y extraer el aceite para convertirlo en combustible.

- Pero mis papás dicen que ahora nos tendremos que marchar de aquí, otra vez –interrumpió Dieguito, como solía hacer mientras hablaban los mayores.

- Tus papás dicen la verdad, querido niño –continuó el señor Ramón Santos, al tiempo que yo veía lo verde abriendo grietas en los rincones de la sala, colándose al interior-, es algo lógico, hay que dejar espacio a la plantita. Pero todos ustedes tienen un carro para largarse a cualquier otro lugar, ustedes son libres, aprovéchenlo, amigos. Éste es un país de oportunidades, donde la movilidad es muy importante, y esta nueva sangre verde nos la proporciona más que ninguna otra cosa antes. Además… miren, les voy a hacer una oferta que no suelo hacer: a ustedes les venderé este magnífico combustible para sus autos a la mitad del precio que tiene en el mercado de New York. ¿Qué les parece, eh? Como ven, todo son ventajas.

- Pero nosotros tenemos huertos con zanahorias, papas, maíz, maní… Dicen que a partir de ahora solo habrá soja, ¿qué vamos a comer? –exclamó Fito, uno de los hijos de los Rigozzi.

- Mira niño –empezó a desesperarse el señor Santos-, en cualquier lugar adonde vayan habrá mercados para comprar todo lo que necesiten (bueno, en cualquier lugar no ocupado por lo verde, se entiende). Mis socios y yo suministramos a buen precio a los mercados de la región maíz, trigo, pimientos, tomates, guisantes… de los Estados Unidos, de China, de Kenya, de Polonia… Este maravilloso mundo nos ofrece a todos la oportunidad de degustar alimentos exóticos de todas partes, no hay por qué comer siempre lo mismo. Y todos esos sabores los podemos traer hasta donde ustedes vivan, gracias ¿a quién?... Adivinaron, gracias al aceite de esta plantita que La Dormida está produciendo desde ya.

Todos dimos un salto, cuando una de las ventanas estalló, lo verde estaba penetrando inexorable bajo su marco hacia dentro de la sala. El señor Ramón Santos se levantó, se encajó su sombrero verde y se dispuso a salir apresuradamente.

- Y ahora, si me disculpan, debo retirarme… Ah, ¿lo ven? Mi pueblo también está ahora sepultado bajo lo verde, pero gracias a ello, puedo agarrar mi jet privado y largarme de aquí a toda prisa. A ustedes también puede irles así de rebién, como a mí. Enhorabuena, amigos.

Desapareció tras la puerta, y al poco salimos todos, solo para descubrir que la escuela había sido ya rodeada casi completamente, y que sus muros iban siendo cubiertos y sus rendijas violadas, por lo verde. Todas las familias allí congregadas empezaron a dispersarse hacia sus casas, sabiéndolas ya en proceso de invasión, pero con más resignación que alarma, pues ya habían resuelto tener los petates medio hechos para emigrar cuando ya no hubiera remedio.

- Venga con nosotros –me dijo Mónica-, le necesitaremos allá donde vayamos, sea donde sea.

- Bueno, yo, la verdad…

- Y creo que Dieguito también le necesitará… ¿Dieguito…, dónde está?

Dieguito no estaba por ningún lado, volví a la escuela, busqué en la sala, en las tres aulas, en los pasillos y los baños, pero allí no quedaba nadie. Sus papás, ayudados por el señor Rigozzi y su esposa, rodearon el edificio llamándole a gritos, pero nadie respondió. Decidimos volver por el camino hacia el centro del pueblo. Algunos vecinos se quedaron solidariamente buscando por otros caminos alrededor de la escuela. Pero la cosa era preocupante, lo verde no solo se iba esparciendo, sino que crecía rápidamente en altura, si Dieguito se había golpeado y caído entre las plantas se haría difícil encontrarle.

Doscientos metros después, las casas de la población ofrecían aún cierta resistencia, si bien lo verde iba colonizando muchas puertas y fachadas y la mayoría de las calles. Los potreros y corrales iban desintegrándose bajo aquel manto. Veíamos a los dormiditos recoger sus bártulos, y cargar los animales en los carros, sin prisa pero sin pausa, para huir en dirección a la capital, la única vía que parecía aún transitable.

Nosotros corrimos hacia la casa de Mónica y Martín, con la esperanza de que su hijo se hubiera refugiado allí, asustado por la catástrofe. Cuando llegamos, la finca no era más que una alfombra verde, los caballos y las vacas habían huido enloquecidos, fácilmente pues las vallas habían cedido bajo la presión de la nueva sangre verde de nuestra nación. Entramos en la casa tirando la puerta abajo, solo para presenciar el espectáculo de aquel voraz vegetal creciendo sin parar entre las rendijas de las baldosas, forzando los marcos de las puertas, descolgándose desde el tejado, trepando por la chimenea, y separando los muros con tal fuerza que pronto no quedaría casa ni hogar.

Sin tiempo para llorar, llamamos a Dieguito, y le buscamos por todas las estancias, Martín por el salón, Mónica por los dormitorios de la planta superior, los Rigozzi por la cocina y el aseo, yo corrí hacia la parte trasera. Nuevamente debí tirar de una patada la puerta que daba a la parcela, y allí encontré a Dieguito, sentado en medio del huerto, labrado cuidadosamente, con todos sus cultivos alineados, las papas y alguna calabaza en el centro, a la derecha tomates y pimientos de distintas variedades, a la izquierda unas pocas zanahorias y batatas, un poco más allá algo de remolacha, otro poco de maní y unas cuantas judías, y al final unas cepas de vid, vaya, como siempre.

Junto al niño vi a Fito y Héctor Rigozzi, jugando con unas semillas. Unos frágiles alambres separaban aquella hectárea de diversidad de lo verde infinito, pues nunca había hecho falta mayor protección en aquel pueblo donde nadie deseaba apropiarse de nada que no fuera suyo.

- Mira, aquí no ha entrado la soja –me dijo Dieguito-, ni entrará, seguro.

Cuando oyó su voz, Martín corrió a abrazarle, y ya iba a reprenderle por haberse escondido cuando se sorprendió de encontrar su huerto tan saludable y fértil como acostumbraba, tan distinto de todo lo que nos rodeaba. Los demás acudieron enseguida expresando el mismo asombro.

- No estaba escondido, papá -explicó Dieguito-. Estaba aquí, en nuestra casa, con mis amigos, y nuestras plantas.

- Ya lo veo, hijo –respondió su padre-, pero tenemos que irnos de aquí, lo verde pronto entrará y se comerá el huerto, como se está comiendo La Dormida, como arrasó nuestra Aparecida…

- Aquí no entrará, papá. Mis amigos, ustedes y yo seguiremos cultivando todo esto como antes, con nuestras manos y con agua y sol, sin polvitos. Los demás se rindieron, pero yo ya no me voy a rendir más. Yo ya no me voy a ir a ningún otro sitio, me gusta vivir aquí. Y si lo defendemos entre todos, esa plantita no podrá entrar aquí.

Muchos años después, puedo asegurar que aquello que Dieguito afirmó aquel día, con brillo indestructible en sus ojos, sigue siendo orgullosamente cierto. Federico es uno de los dormiditos que tuvo el honor de ser contratado por el señor Ramón Santos, en su caso para fumigar los campos con una vieja avioneta de cuarta. Siempre que venía a comprarnos algunas hortalizas, me contaba cómo regaba un océano verde para el cual parece haberse inventado, ahora sí, la palabra “infinito”, un océano que cubría lo que habían sido pueblos, granjas, caminos y bosques, todo de verde, todo excepto una hectárea de variados colores que seguía produciendo toda la enorme diversidad de que la tierra es capaz.

Y no dejaba de contarme estupefacto, cómo esa agua con polvitos que su avioneta expulsaba caía uniformemente sobre todo aquel océano, excepto, misteriosamente, sobre aquella colorida hectárea en la cual nos seguíamos ganando la vida Dieguito, sus papás, los Rigozzi y yo.

Autor: Juan Antonio Cáceres

Vota: Relato nº 43

El Terrero

-¡Es increíble! ¡Increíble! ¡El Terrero! ¡El zumbado del Marcial! ¡El Terrero lo ha conseguido! –Es lo qué corría de boca en boca entre los aldeanos, no eran susurros, si no gritos a pleno pulmón, llamándose unos a otros, aporraceando los portones de las casas como si fueran a echarlas abajo hasta que salía el vecino. – ¡Rápido, rápido! ¡Todos a la plaza!

La mañana soleada, el cielo azul, el canto de los pájaros procedentes del pinar del pueblo, anunciaba el principio de un nuevo comienzo, o por lo menos un día para el recuerdo. El lugar, era Bédar, pequeño pueblo almeriense, casi sin historia y desconocido para el inmenso mundo, tenía como casi todos los pueblos del globo terráqueo, una plaza central, como centro neurálgico, adornada completamente por campanillas amarillas y violetas dando mayor encanto sí cabe al día. La Plaza, además estaba rodeada de casas, de una planta, blancas y relucientes, como la inmensa mayoría de los pueblos andaluces.

Todos se encontraban reunidos en la plaza, los casi 300 aldeanos la circundaban, dejando en su centro, un espacio vacío, donde se encontraba Marcial, conocido por el Zumbado del Pueblo, por sus alocadas ideas, o por el Terrero, apodo familiar heredado. Era un hombre pequeño, de mediana edad, delgado, de complexión débil y de pelo blanco y junto a él, una especie de vehiculo, automóvil, que recordaba a los primeros coches, endebles pero en el recuerdo de todos y al otro lado sobre una mesa, una televisión, antigua, de culo ancho y largo.

De la televisión salía un cable e iba a parar a una caja rectangular, oscura y oxidada con una apertura en su centro. El coche, o lo qué se suponía que era un coche, estaba formado por cuatro ruedas de bicicleta, sujetas entre ellas por una vieja cama , un somier de hierros que se entrelazaban de forma artesanal, y que dejaban ver cables que iban de un lado para otro sin sentido alguno, todo ello encima del mismo, un sofá verdoso, pequeño y viejo en la parte trasera junto a un volante que aparecía al final de un hierro enorme oxidado, para dejar en la parte frontal una especie de motor, lleno de cables, con una apertura, como la de una cabeza de gorda, en todo el centro.

El Terrero, dio unas palmas y todo el mundo se calló, y comenzó a hablar.
-Sé que muchos os habéis reído a mi costa, en el bar, carnicería, supermercado y demás sitios públicos. Sé que me tomáis por un loco, incluso os burlasteis de mí cuando os expliqué lo qué deseaba hacer, pero aún así un sueño, mi sueño, lo he hecho realidad, y con este sueño haré que este pueblo, sea conocido mundialmente, pero jamás os agradeceré nada a vosotros, que nunca me apoyasteis. – Después de una pausa, y de un sinfín de cuchicheos continuó. Aquí, ante mis mayores enemigos, mis vecinos, presento en primicia el invento que cambiará el mundo desde sus cimientos, cambiará la sociedad actual, e incluso el devenir del futuro. Hoy os lo presento a vosotros en primicia, mañana a la prensa y en tres días al resto del mundo. He creado la primera fuente de energía real, que con un gasto mínimo, de una patata, una zanahoria, una manzana, da igual mientras sea alimento, es capaz de generar energía durante horas y sin qué ello se necesite un gasto económico enorme. Además no genera contaminantes o residuos algunos que pueda dañar la vida en la tierra. Energía pura y limpia. Energía sostenible. Energía de la tierra, para los terrícolas.

Todos se quedaron asombrados con esas palabras, no sabían sí era cosa de un loco o no, pero por lo qué otros vecinos habían comentado, se quedaron callados a la espera, de ese momento.

El Terrero cogió una patata, y se acercó al televisor y la puso en la apertura, desapareciendo, y a los pocos segundos, la televisión empezó a funcionar, donde se podía ver una película de los ochenta. El asombro fue general, al igual que aumentaron los cuchicheos. Con el vehiculo hizo lo mismo, e introdujo una manzana por la apertura del motor, y aquella horrenda maravilla empezó a hacer un ruido como si fuera un silbido. El Terrero se montó, accionó una palanca y el vehiculo empezó a moverse, al principio por la plaza y más tarde por todo el pueblo. Iba recogiendo uno a uno a los aldeanos, y les daba una vuelta de forma individual alrededor del pueblo, y así hasta con las casi 300 personas que se congregaron. La noche se echó encima cuando se paró por fin el vehiculo, y todo ello con una sola manzana. La televisión aún seguía funcionando, y estuvo funcionando hasta entrada la madrugada. Se convirtió en el héroe del pueblo, pero al mismo tiempo en el hombre más odiado, ya que ahora todos deberían guardarle respeto, y todos aquellos que lo criticaron debían pedirle perdón por sus palabras y acciones pasadas.

Al día siguiente, a primera hora, apareció un periodista, uno de los tantos que había llamado el propio Terrero, incrédulo por la historia, pero que no podía dejar pasar la oportunidad, ya qué si se trataba de una realidad, sería el descubrimiento del siglo. El Terrero le mostró el invento, y este quedó sorprendido, tanto que le pidió la exclusividad del mismo, incluso llegó a ofrecerle una cantidad exagerada de dinero pero el Terrero sólo le dijo, que este invento era para todo el mundo, y a él tendría acceso todo aquel que quisiera, por ello no iba a patentarlo, si no que iba a hacerlo público, los planos del invento se darían a conocer a todo el mundo, a todos los qué lo quisieran dentro de dos días en la plaza del pueblo. El periodista se fue enfadado, pero aún así había sido el primero y sí tenía suerte, él podría dar el notición del siglo.

Al día siguiente, la noticia ya había volado por todo el globo terráqueo, la T.V., la radio, la prensa e Internet se hicieron eco del invento del Terrero. Era algo único y magnifico. Videos falsos aparecieron, al igual que las noticias fantasiosas, pero gracias a los testimonios de los aldeanos, la gente pudo hacerse una idea, y así muchos empezaron a especular y pensar qué si una manzana podía mover un vehiculo más de 12 horas, y una patata hacía funcionar una televisión casi 24 horas, qué otras aplicaciones podría tener, tanto para la vida cotidiana, como incluso en un futuro en el espacio, y todo ello sin contaminantes o radiaciones dañinas para el ser humano. Era increíble, pero cierto, y el futuro que se abría a la humanidad era más que alentador para los de siempre, los sufridores, la clase baja y el Tercer Mundo, una energía pura que haría a todos iguales.

El día antes de la presentación, lo primeros en aparecer por el pueblo, fueron personajes con trajes caros en coches de lujo, le ofrecieron al Terrero cheques en blanco por la patente, por no presentarlo e incluso por desaparecer y olvidarlo todo, pero el Terrero los rechazó y a todos les dijo siempre lo mismo, mañana daré a conocer al mundo los planos de mi invento. Todos se fueron enfadados, amenazando, pero a él les daba igual, sólo tenía una idea en mente, y era hacerlo público.

Llegó el día señalado, faltaba poco para las diez, la hora señalada, la plaza estaba a reventar, aldeanos, periodistas, inventores, activistas a favor de un mañana sostenible, personalidades políticas e incluso viandantes y curiosos que se acercaron sólo por oler. No cabía ni un alfiler. Las colas para entrar al pueblecito eran kilométricas. Un caos en resumen, un caos imposible de controlar para los pocos policías que habían.

Cuando por fin se pudo organizar todo, y del caos se pasó a un orden desordenado, ya había pasado las dos del mediodía, cuatro horas más tarde de lo previsto, entonces, el alcalde, Don Julián Muñoz acompañado de su esposa Isabel Tojapan, subieron al escenario, donde se encontraban los dos inventos con una enorme pizarra con enormes papeles donde supuestamente estaban los planos de la máquina que iba a cambiar el mundo. Después de un pequeño discurso de agradecimiento, anunciaron por el altavoz al Terrero. Este subió lentamente los escalones, se dirigió al centro del atril entre aplausos y vítores. Se situó en el centro, expresó una sonrisa de complacencia y agradecimiento y justo cuando fue a pronunciar su primera palabra, una enorme explosión, tan gigantesca que se escucho a más de 50 Kms. de distancia, barrió toda la plaza, casas aledañas, destruyendo el pueblo, incluso levantó cimientos, borrándolo del mapa. Además mató, descuartizó, desfiguró y volatilizó a las miles de personas allí congregadas y las qué aún estaban haciendo cola para entrar al pueblo.

Jamás encontraron a los asesinos de aquella masacre.
No quedó rastro de aquel invento innovador.
Sólo una palabra definió ese día: ¡Dantesco!

Autor: José Luis Simón Soler

Vota: Relato nº 44

Estas son mis tierras

Llevaba toda la noche en vela, tumbado en mi cálida cama junto a mi mujer, observando el techo de mi humilde casa de madera. Antes de la madrugada tenía que tomar una crucial decisión que afectaría a mi futuro y al de toda mi familia, incluidos mis tres hijos, Linda, Roberto y Jonás; y todavía no me había decidido.

Este año la cosecha no había ido tan bien como esperábamos y cuando digo esperábamos, me refería a un margen aceptable de provisiones, suficientes para sobrevivir al invierno. La producción se había visto debilitada por los mismos hombres que mañana esperaban que les vendiera mi terreno, los mismos hombres que habían conseguido echar uno por uno a muchos de los vecinos de la zona.

Todo había empezado con la venta de los Martínez, ellos desde hacía un tiempo querían marcharse a la ciudad en busca de otro futuro, dónde tenían familiares que les podían garantizar un techo para dormir. Solo necesitaban para ese viaje un dinero que no tenían.

No se sabe cómo pero un buen día una empresa apareció de la nada para ofrecérselo a cambio de sus tierras. En los meses siguientes todos fuimos tentados a una suculenta recompensa si les cedíamos nuestra parte de la inmensa explanada donde habitábamos. Solo los más avariciosos y desesperados aceptaron debido a que el resto de nosotros sabíamos que la empresa podía darte dinero pero no un lugar a dónde ir, no una casa, no algo que fuera tuyo, de tu propiedad, nada que poder dejar a tu hijos en herencia, ninguna seguridad de futuro; únicamente dinero y el engaño de la búsqueda de un lugar mejor en este triste país.

Aunque nos negamos a vender no dejaron de insistir, al principio subieron la oferta pero cuando se avecinaba la época de siembra, la redujeron hasta por debajo de lo que les habían ofrecido a los Martínez. Cuando nuestros cultivos empezaron a crecer, nos dimos cuenta del porqué.

Ese día el progreso voló por encima de nuestras cabezas liberando un líquido extraño, sin tener en cuenta en ningún momentos cuales eran las tierras que les pertenecían y cuáles eran las nuestras, sin tener ningún cuidado sobre cómo podía afectar a la calidad de nuestros cultivos, y más importante, en nuestra propia salud, en la salud de nuestros hijos. Más tarde nos enteramos que aquello que habíamos visto surcar el cielo era una avioneta fumigadora, una máquina preparada para liberar desde las alturas un producto sintetizado químicamente conocido como glifosato que, en teoría, tenía que ayudar a apaciguar el crecimiento de algo llamado malas hierbas y que además, era tóxico para las personas.

Me costó tiempo comprenderlo todo, desde la base del suceso hasta sus posibles consecuencias.

No entendía el concepto de malas hierbas, para mí todas las hierbas son buenas, las plantadas a consciencia y las salvajes. Un equilibrio entre ambas hace posible el beneficio mutuo y el respeto a la naturaleza, en eso se basa nuestra forma de cultivar. Parece ser que la de la empresa no.

No entendía el uso del glifosato. Si querían acabar con las plantas salvajes simplemente había que arrancarlas, no había necesidad de crear un producto que las matara artificialmente. No había necesidad de utilizar un líquido tóxico que quién sabe cuántos millones debió de haber costado producir y sintetizar, teniendo un par de manos capaces de hacer el mismo trabajo de forma mucho más pacífica, segura y natural.

No entendía por qué el uso de avionetas para la dispersión de ese producto. No era una forma específica, lo liberaban sin control y de manera indiscriminada. Se estaba malgastando una cantidad inmensa de forma inútil. Además de que nadie estaba teniendo en cuenta que podía afectar a la salud de los que vivíamos allí. ¿Por qué no un método más centralizado? Se podía haber llevado a cabo el mismo objetivo por tierra, con campesinos, al igual que nosotros esparcimos el abono natural y sería mucho más efectivo. Añadiendo que se hubieran ahorrado una máquina que nosotros jamás nos hubiéramos permitido tener, ni en sueños nos la hubiéramos imaginado.

Más tarde comprendí, que a la empresa todo aquello le daba igual, la naturaleza, el cultivo, las personas… solo les interesaba la simplicidad y los beneficios y aunque pareciera paradójico, para ellos aquella era la manera más económica de hacerlo.

Después de varios meses sufriendo la avioneta y su fumigación, los López tuvieron la hija que tanto esperaban aunque hubo un inconveniente que manchó el bonito acontecimiento, el bebé nació con malformaciones. Era extraño porque ningún ascendente de ambas familias había tenido antes problemas de ese tipo, sus anteriores tres hermanos habían nacido fuertes y sanos. Aquello carecía de sentido pero nadie cayó en la cuenta de que la empresa podía tener algo que ver hasta que el hijo mayor de los García, uno de los pocos de la explanada que sabía leer en condiciones y tenía contactos con gente de la ciudad, nos comentó que aunque el glifosato estaba categorizado como herbicida de baja toxicidad podía tener consecuencias muy graves a la hora de tener hijos y que era posible que los próximos niños que nacieran en aquella zona acabaran teniendo problemas, como la pequeña Laura. También nos invitó a organizarnos, a posicionarnos para demandar derechos que no sabíamos ni que teníamos.

A la semana siguiente de ponernos en contacto con una asociación de la capital, la cual pretendía ayudarnos y tras acabar de elaborar la primera reclamación contra la empresa, el joven García apareció muerto entre los cultivos de maíz de su padre. Alguien le había asestado un tiro en la parte trasera de la cabeza, los muy cobardes lo había asesinado sin darle oportunidad de defenderse. ¿Todo por qué? ¿Por un trozo de tierra? ¿Eso era lo que valía su vida?

Después de la advertencia que no tardamos en asimilar y la creciente preocupación por nuestra salud y seguridad, la mitad de aquellos que habían prometido que lucharían, vendieron sus campos y su cultivo y migraron hacía el este con el deseo de alejarse de todo este conflicto, incluidos la familia del joven asesinado. No cabe decir, que aprovechando la ocasión, les pagaron menos por su terreno de lo que les habían prometido anteriormente.

Los que quedamos, lo pasamos mal sinceramente. No apareció ningún cuerpo más pero en más de una ocasión parte de nuestras cosechas fueron incendiadas como advertencia. Los últimos cultivos afectados fueron los míos, en concreto los que dedicábamos al autoconsumo, variopintas hortalizas y algún que otro árbol frutal fueron reducidos a cenizas antes de que pudiéramos controlar el fuego. Faltó muy poco para que nuestra casa se incendiara también.

“Hay que dejar paso al progreso.” - me soltó ayer uno de los famosos hombres trajeados que pretendía comprarme el terreno mientras, yo, intentaba rescatar alguna que otra lechuga y calabaza que se hubieran salvado milagrosamente del fuego y él, me miraba sin hacer nada. No le propiné un puñetazo porque estaba mi hija delante, sino no me hubiera reprimido, se lo tenían todos bien merecido por lo que le habían hecho a nuestra comunidad. Eso y mucho más.

¿Qué se creían? ¿Qué podían venir aquí y adueñarse de lo que quisieran sin preguntar? ¿Adueñarse de lo que tanto nos había costado conseguir generación tras generación? ¡Y un rábano! Pero era exactamente lo que habían hecho y todo, ¿para qué? ¿Para cultivar alimentos destinados a lo que denominan agrocombustibles? ¿Qué sentido tiene alimentar coches si no podemos alimentar antes a las personas? ¿Hacia eso va el progreso? No, todo es por cuestión económica, el dinero es el único motivo que hay detrás.

La impotencia me recorría el cuerpo en esos instantes. No podía hacer nada para parar lo que se avecinaba, no podía hacer nada salvo seguir resistiendo.

Salí de la cama cuidadosamente intentando no despertar a mi amada esposa pero por dentro estaba frenético, estaba eufórico y con ganas de empezar la batalla. Me vestí lentamente controlando mis ansias y una vez fuera de la casa, agarré la primera herramienta que encontré, una azada y comencé a andar hacia mi destino.

La avioneta, esa maldita avioneta se guardaba en una pequeña construcción a casi dos horas a pie de mi hogar. No sabía la seguridad que le habían proporcionado pero no me importaba, iba a destrozar todo lo que encontrara al llegar.

¿La empresa tenía esperanzas de que aceptara el trato? Pues siento decirles que no será así, con lo que nos iban a pagar no hubiéramos llegado a ninguna parte pero a diferencia de ellos, el dinero para mí no lo es todo. ¡Por supuesto que el dinero no lo es todo!

Mi abuelo habitó estas tierras y su abuelo antes que él, mi padre amplió nuestra casa y yo le ayudé a ello, en esta explanada conocí a mi mujer, en ese campo nació nuestro primer hijo y allí, bajo el gran manzano fue dónde mi madre tomó su último aliento. ¡No! Jamás me permitiría venderlas y menos a esa escoria, debido a que en el fondo no son realmente mías, al revés, yo pertenezco a estas tierras y ya es hora de que alguien se levante y empiece a luchar por ellas.

Autora: Paula Díaz Marco

Vota: Relato nº 45

Solu, la niña de Sonrisa de Luna
Solu con suma lentitud dijo, mamá, hoy estoy un poco triste, me han dicho que no salude a la gente cuando llegue al colegio, no sé cómo voy a evitarlo.

Desde siempre el saludo me sale solo, se me escapa, yo solo miro a la gente, la gente me mira, y esperamos a que los ojos se alumbren como las estrellas en la noche, nos sonreímos y seguimos.

Dicen que por mi culpa la gente llega tarde a clase. El otro día mismo la directora se enfadó mucho conmigo, dice que la miré a los ojos, sonrió y llego tarde a una reunión muy importante.
Me amenazó con echarme del colegio porque dice que soy muy lenta para todo, tardo mucho en hacer mis tareas y en aprender las cosas, que si leo muy despacio y sobre todo lo más grave es que cuando miro a la gente a los ojos, se les pega un poco mi lentitud.

Mamá yo no sé hacer las cosas tan rápido como los demás. Me siento sola, no sé qué va a ser de mí si no me dejan saludar a la gente. La profesora dice que soy una persona rara y que debería ir a un colegio especial, para gente lenta.

La mamá la miro con ojos de ternura y cuando los ojos brillaron como estrellas en la noche, se abrazaron, y una sonrisa en forma de media luna se dibujo en sus rostros. Entonces Solu se sintió de nuevo muy feliz.

El sol, que también sonrió, no quería irse a dormir sin darle un beso de buenas noches a las montañas del horizonte; Como solían hacer casi siempre, Solu y su mamá se sentaron para juntas despedir el día y allí estuvieron en silencio respirando los últimos rayos de sol junto al brillo de la luna que poco a poco iba despertando un millón de estrellas.

La maná le dijo, ¿Sabes porque te puse el nombre de Solu?
Y respondió ella, tal vez porque me gusta estar sola mirando las plantitas del jardín y en la noche me gusta mirar el cielo?

Mira, dijo su Mamá, tú naciste en una noche de primavera y cuando decidiste salir de mi barriguita, trepaste hasta mi pecho y empezaste a mamar, entonces tus ojos comenzaron a brillar como las estrellas que alumbran el cielo. Aquella noche una media luna se levantaba lentamente caminando hacia el sur, intentando pasar por el canal que hay entre la estrella de Canopo y Crono, y se atascó, no lograba avanzar, hasta que tras un esfuerzo dio un “traspujon” y salió; en ese instante se le derramó un poco de polvo de luna que cayó sobre mi blanco pecho y sobre ti y desde ese entonces siempre te brillan los ojos como estrellas en la noche y tienes una sonrisa de media luna.

Por eso te puse SOLU que quiere decir Sonrisa de Luna. El problema es que en la luna todo va despacito.

Dicen que cuando los hombres quisieron conquistarla no pudieron y por mucho que intentaron avanzar no pudieron rápido, se tuvieron que contentar con pisarla un poquito y regresar a la Tierra.
¡Ah! ¡ sí! Entonces en la luna todo se mueve despacito como yo, ¡Claro que sí! Exclamó su mamá.

¡Que guay seria que todo el mundo se moviera despacito como en la luna! Así la gente no se enfadaría conmigo, exclamó Solu.

Bueno, si consiguiéramos los polvos mágicos de Luna tal vez la gente se movería despacito como tú, le respondió la Mamá.

Y como podré conseguir la ceniza de la Luna? Le preguntó.

Dicen que todas las noches de luna llena, en el Bosque Mágico de la Laurisilva, todas las gotas de rocío se vuelven lentas y no caen al suelo, se quedan pegadas a las hojas de las plantas, dicen que la luna se refleja en cada una de las gotas y le llaman perlitas de luna. También dicen que quien se moja con dichas gotas o se mira en ellas se vuelve lenta como tú.

Solu y su mamá se miraron y sin mediar palabra sus miradas se hicieron cómplices.

¡Habrá que ir a buscar perlitas de luna al bosque mágico de la Laurisilva!

Muy tempranito, antes que el gallo cantara y que el sol se levantara de su cama, Solu se dirigió al bosque mágico de la Laurisilva para recoger perlitas de gotas de luna.

Cuando estaba llegando se encontró con un gran revuelo, los pájaros están enloquecidos huyendo, las ranas saltando muy nerviosas de acá para allá, todos tenían mucha prisa.
Tuvo que mirar de frente a un caracol que había cogido su concha como casco e iba como una moto a toda velocidad subido en un “perequén”.

Cuando logró con su mirada que se volviera lento, le pregunto ¿Qué pasa?
Es que van a venir a cortar el bosque con maquinas para plantar agro combustible.

¿agro queééé?

Sí mi niña, plantan cultivos para que los humanos pueden moverse de prisa con coches que contaminan, sacan de los alimentos de la tierra un liquido llamado “agro prisas” que lo venden en gasolineras como sustituto del la gasolina. ¡Corre, corre! que en pocas horas cortan todo el bosque, le dijo el caracol con concha de casco de moto.

Solu, que conocía desde muy pequeña al Sol y que muchas veces soñaba con las
caricias cálidas de sus rayos, que jugaba al "pilla, pilla" con Viento, entre hojas que decidían volar antes de caer al suelo y que le gustaba mojarse los pies formando miles de imágenes y sueños con las enormes gototas de rocío, !no entendía nada!

Solu no entendía por qué tenían que cortar a sus amigos los laureles, los
mocanes o los viñátigos para obtener energía. Ella estaba segura de que si
se lo pedían tanto a Sol como a Viento como a Agua, les regalarían su energía. A
cambio, sólo querrían que no nos olvidáramos de ellos y que cuidáramos los
lugares dónde les gusta estar.

Pero Sol alumbró su cara y dibujando reflejos sobre las hojas de los árboles, jugando al escondite con sombra de sus ramas, dejó que el Viento gustoso le soplara unos abrazos y unas caricias que le inspiró.

Solu no lo pensó dos veces, sacó su cantimplora y se dedico a recoger gotas de rocío donde se reflejara la luna y espero a que vinieran los trabajadores corta- árboles.

Cuando llegaron el ruido era infernal, ¡A ver todos a currar! ¡Hay que cortar y cortar!

Ella empezó a mojar con gotas de lágrimas de luna y a mirar con su mirada a los trabajadores que se volvieron muy lentos; el capataz se enfado mucho, la gente tardaba demasiado, casi ni se movían, se quedaban mirando las flores, el vuelo de las mariposas, extasiados con el perfume de las margaritas.
Cuando el capataz se acercó para gritarles para que se dieran prisa, se mojó con las gotas de perlita de luna y de repente se quedó casi mudo, todo iba muy despacito, de repente no tenía prisa.
El empresario se enroñó muchísimo, también se acercó cayendo bajo el influjo de la lentitud de la luna y ya casi no podía mover su billetera de dinero que empezó a ponerse mohosa de no usarla, su chaqueta se empezó a llenar de plantas verdes y al poco tiempo ya no le importaba el dinero solo quería vivir tan despacito como el bosque, al ritmo del crecimiento de las plantas, al ritmo de la luna mágica.

Cuando Solu volvió a casa, su mamá la esperaba con una sopita de ternura caliente, hecha de apio, zanahorias y cebolla que dicen que es buena para los que quieren tener larga memoria.

Tras un gran abrazo la mamá le dijo que en el colegio la estaban esperando. Quieren que vayas.

Pero si no quieren que les salude, ni que les moleste con mi lentitud. Dijo Solu.

Ha venido la Directora y en el colegio te sienten de menos, le dijo la mamá.

A la mañana siguiente después de comer su sopita de ternura caliente, se puso la mochila de hoja de palma y se fue a colegio.

¡Qué sorpresa!
En la entrada había una gran pancarta que decía ¡SoLu TE QUEREMOS!
Su pecho se lleno de alegría, el respirar se hizo profundo, como si algo importante pasara .

Resulta que en el pueblo al no tener gasolina ni agro combustibles se volvieron lentos, ya no tenían prisas. El Alcalde había dado orden de que en la escuela enseñaran a los niños a vivir despacio.

La Directora le dijo que habían puesto una asignatura de cómo vivir despacio y querían que ella explicara cómo vivir despacio.

Solu se sintió tan feliz pero les dijo que para vivir despacio no hacía falta ninguna asignatura, que solo era cuestión de respirar profundo y sobre todo mirar, mirar mucho a los ojos de los demás.

Con el tiempo los niños y niñas lo practicaron, se miraban a los ojos antes de cualquier tarea, y poco a poco fueron comprendiendo que sumar despacio 2 mas 2 no solo era 4, comprendieron que la suma de la vida funciona si la gente de dos en dos se juntas por amistad, porque les gusta mirase a los ojos y compartir, y no porque lo manda la regla de sumar. También cuando leían lo hacían tan despacito que tenían tiempo de imaginarse lo que leían, reír y soñar con lo que sentían.

Desde entonces hay un pueblo, el pueblo de Solu, donde la gente tiene tiempo para ser feliz, las mamás y los papás tenían tiempo para estar con sus hijos, y sobre todo dedican mucho tiempo a mirarse a los ojos y sonreír.

Y colorín colorado el cuento de Solu ha comenzado…. Ahora mismo respira hondo, busca una mirada, sentirás como tus ojos se llenan de estrellas cada mañana, y veras como eres feliz porque todo el mundo es capaz de tener tiempo para sonreír.

Autor: Eugenio Reyes

Vota: Relato nº 46

Luna y la cotorra de la Mar Chiquita

- Qué calor, no es lógico que en Galicia tengamos tantos días así; aunque estemos en verano.

Habían llegado a los postres de la comida que reunía a la familia debajo de un emparrado, después de una mañana de playa. Cuando Luna oyó esa frase pensó que los mayores iban a hablar de sus cosas y quizás se pondrían pesados, repitiendo continuamente los mismos temas.

La niña se fue a ver cómo eran los campos que había al otro lado de la carretera, cruzó sin que la vieran, y pensó que podría coger unas flores con las que hacer un ramillete para darle una sorpresa a su abuela. Oyó un susurro que la llamaba desde un maizal, se fue hacia él, separó unos zuros del borde y allí estaba en el suelo, un pájaro de color verde con un pico curvo que le daba aspecto serio.

- Hola Luna.- Le dijo el ave

- Hola. ¿Sabes mi nombre? ¿Quién eres?

- Sí, os he oído hablar en la comida. Soy una cotorra, me trajeron de Argentina y ahora me han dejado abandonada aquí.

- Pero ese país está muy lejos

- Yo vivía en un sitio muy bonito, la Mar Chiquita.

- ¿Es una playa cómo ésta?

- Bueno, visto desde aquí lejos, podemos decir que sí.

La cotorra le contó a Luna que la Mar Chiquita era una gran lago en la pampa argentina alrededor del cual hay bosques con muchas aves distintas, desde las de patas largas que corren por los limos de su borde ó pájaros que revolotean por los árboles y praderas piando de continuo, a los cormoranes, que los ves posados en las ramas de los árboles viejos, listos para pescar en las aguas de ese mar. Todos ellos ven amenazado su entorno de vida por la extensión de los cultivos de soja a su alrededor, y sobre todo por la forma en que éstos se realizan.

- Claro, yo sé que nosotros comemos galletas que tienen soja; y me dicen que es una buena cosa.- Dijo Luna

- Sí, ahora la soja se utiliza para incorporarla a diferentes alimentos, además de para dar pienso a esos animales que luego os coméis; pero también se va empleando para otras cosas.

- ¿Para qué?

- Con el aceite de soja se hace un gas oil para los coches.

- Pero en el colegio me han dicho que la gasolina y el gas oil vienen del petróleo.

- Es cierto, pero el petróleo se está poniendo caro y los hombres buscan y encuentran otros productos para sustituirlo. Te cuento.

La cotorra le explicó que los coches cuando empezaron a circular, ya hace más de un siglo utilizaban alcoholes ó aceites vegetales, pronto se vio que eso era un disparate, se necesitaban cantidades muy grandes de estos productos vegetales, más de lo que se podía sacar de los campos tal como se cultivaban entonces; además en aquellos tiempos se descubrió el refino del petróleo, que se presentó como una alternativa para disponer de combustibles de diverso tipo y en volúmenes elevados, se pasó así a tener gasolina y gas oil para motocicletas, coches, autobuses y camiones

- Bueno, ahora ya sé más.- Interrumpió Luna, pensando en sus clases en el colegio.

Pero verás.- Siguió la cotorra.- En los años setenta, hace ahora ya cuarenta, hubo una guerra en Oriente, los precios del petróleo subieron mucho; el transporte se hacía más caro en un momento que los científicos advertían que los humanos ya contaminaban mucho el planeta. Los hombres debieran haber pensado que sería bueno ser austeros y no utilizar mucho el coche; pero ocurrió lo contrario se avanzó hacia el uso masivo del automóvil, se fomentó la economía del turismo y del comercio.

- Es verdad, yo creo que hay muchos coches.- Volvió a decir Luna, que no entendía nada de economía, pero que sí veía continuamente los automóviles en las calles de su ciudad, Madrid, y también aquí, en la playa de Galicia.

La cotorra continuó.- Esos precios altos del petróleo creaban problemas a algunos países, esos que no lo tenían y no eran ricos para comprárselo a otros; era un tiempo de guerras en Oriente, como ahora, tú lo ves a veces en la televisión; el control de los campos de petróleo era uno de los motivos para ello, también ahora sigue siendo la principal razón para esos desastres. Entonces, en aquellos años setenta, Brasil empezó a obtener una nueva gasolina de la caña de azúcar para no depender del petróleo de fuera.

- Pero el azúcar hay que dejarlo para ponerlo en el café de los mayores ó para hacer caramelos.- Dijo Luna muy seria.

Veo que entiendes lo que pasa.- Dijo la cotorra y siguió.- Fíjate que en otros países, en Estados Unidos, se ha empleado maíz para hacer esa nueva gasolina, y aquí en España incluso trigo; seguro que si vas a la panadería donde compráis estos días de vacaciones, y le dices a la señora que su harina de trigo para hacer el pan, ó la de maíz para la empanada de sardinas, la van a emplear para gasolina te dice que estás loca.

- Seguro que sí. ¿Y el nuevo gas oil de donde viene?- Preguntó Luna

Pues verás, esa es la cuestión que nos afecta en la Mar Chiquita, allí, en la tierra donde yo vivía, se cultiva soja como te decía antes; no era un producto típico de aquella zona, antes se plantaba trigo y maíz, pero los dueños de las tierras han visto que el precio de la soja crece y crece, cada vez hay más plantaciones y además se hacen dos cultivos al año, se recogen dos cosechas, con ello se consume la tierra, se le quita su fuerza; los expertos dicen que se quema el suelo, se le deja sin nutrientes para las plantas.

La niña estaba callada, quizás sorprendida, y la cotorra continuó viendo que sí entendía lo que ella le decía.- Esa soja se prensa para sacar un aceite, que ya poco a poco, cada vez más se destina a fabricar ese nuevo gas oil; queda una harina que se les da a los animales como alimento, por ejemplo a las vacas estabuladas, luego los humanos os coméis su carne, por ejemplo en forma de hamburguesa.

- A mí no me gusta la hamburguesa.- Terció Luna.- Además las vacas de aquí comen en el prado.

Es verdad.- Continuó la cotorra.- Pero hay muchos animales en granjas que comen pienso, no sólo las vacas, que viene de la soja y de otros cultivos; seguro que has visto en las pescaderías de los supermercados salmón, pues viene de granja y el pienso que le dan se hace con soja; cada vez se consume más harina de soja y queda más aceite disponible. Hemos de seguir hablando más de este cultivo, es muy dañino.

- ¿Por qué?

- Te lo cuento, pero tienes que imaginarte un campo distinto de éste.- Dijo la cotorra a la vez que hacía una pausa

- No sé lo que quieres decir.

- Aquí hay varios cultivos distintos en pequeños trozos de tierra, tú estabas debajo de una parra hace un rato, este otro campo es de maíz, creo que ese es de patatas. Pues piensa en un sitio donde sólo haya un cultivo, en una tierra tan grande que tú no verías donde acaba, es eso que los agricultores llaman monocultivos.

- Será muy aburrido de ver.- Dijo Luna sorprendida

Déjame que siga.- Siguió la cotorra.- No sólo es aburrido, también es malo para todos; en esos campos se echan muchos productos químicos, unos para que el cultivo crezca y produzca más, aportando esos nutrientes que ya no tiene ese suelo quemado que te decía antes, y otros para matar a los hongos y a los insectos que viven con las plantas; estos productos son los plaguicidas, muy venenosos. Eso hace que allí no haya ni esos insectos ni otros animalillos pequeños; algunas aves no tienen que comer, otras que se alimentan de granos ingieren a su vez esos venenos y se enferman. Desaparecen, no se las oye cantar; hace muchos años ya, una bióloga americana, Rachel Carson, nos advirtió de ese peligro, escribió un libro que titulo: “La Primavera Silenciosa”.

- Me interesa, le diré a mi madre que lo busque y se lo regalamos a la profesora que explica el medio.

- Mira, algo te llevas de todo esto.

- Pero a las personas también les afectarán esos venenos.

- Sí, te voy a hablar de gentes de mi ciudad.

Los barrios pobres de Córdoba, allá en Argentina, se encuentran a las afueras de la ciudad y están rodeados de campos de cultivo; desde que se extendió el uso de unos plaguicidas, que contienen un veneno que se llama glifosato, hay muchos niños enfermos, y el cáncer es más frecuente que en otras ciudades. Las madres del barrio de Ituzaingo se han unido para que los tribunales paren ese atentado contra la salud, que están promoviendo los dueños de las tierra para obtener más beneficio de ellas, y también las empresas de fuera que ganan su dinero vendiendo los venenos.

- Pienso una cosa.- Dijo Luna haciendo una pausa.- Los coches necesitan mucho gas oil, y si éste viene de los cultivos tendrán que ser inmensos; el automóvil comería más que las personas.

- Efectivamente, creo que has entendido el problema. Va a haber cultivos muy grandes, donde se utilizarán muchos venenos, y quizás la gente pobre tenga menos comida.

- Qué pena. Entiendo que mi abuelo diga que no le gusta este mundo.

- Él ya te irá contando cosas. Ahora es tiempo de que vuelvas con ellos.

- ¿Tú que vas a hacer?

- No te preocupes, me quedaré por aquí, me gusta este maizal. Espero encontrar algún ave que sea amiga mía. Ahora te acompaño a cruzar la carretera.

Se pusieron a andar por el asfalto, Luna iba delante, quizás un par de pasos ó algo así, la cotorra andaba a saltitos cortos. La niña oyó el ruido de un coche, se volvió para advertir a su amiga; ésta se había parado y le decía:

- Estas Navidades no pidáis muchos regalos a los padres, no seáis consumistas.

El coche varió su recorrido, se fue a un lado de la carretera, pero sin frenar, pasó al lado de Luna que vio como la cotorra levantaba el vuelo para evitarlo, pero sólo llegó a subir hasta la altura del parachoques del automóvil; la niña percibió un revoloteo de plumas verdes sueltas en el aire.

Cuando el coche se alejó, el cuerpo de la cotorra estaba allí, quieto sobre el asfalto. Luna no chilló, sintió que la tristeza le subía por todo el cuerpo y le salía en forma de lágrimas silenciosas. Se fue a por la cotorra., la acarició; hizo un hoyo en el maizal, la puso en él y la tapo con tierra.

Fue andando despacio hacia el emparrado, hoy no quería contarle nada a nadie; quizás dentro de unos días hablaría con su abuela.

Autor: Emilio Menéndez

Vota: Relato nº 47

Miradas Wasp

Imagínate que estás sentado en el sofá y, en un lugar muy profundo dentro de tu alma, te das cuenta de que algo falla. Todo anda mal y no sabes cómo expresarlo. Las cosas que te han contado desde que eras pequeño no encajan bien. Existe una brecha entre lo que ves y lo que creías. Las palabras no salen de tu boca pero un torrente de sentimientos inunda los poros que tan exánimes parecían hasta el momento. Imagínate que tú eres esa persona. Alguien normal, con carrera, coche, trabajo, casa, mujer, hijos y perro. Alguien que se esfuerza por ser bueno con los demás, que algunas veces se altera, pero que los enfados no le suelen durar mucho.

Dedicas el tiempo libre a tu familia, a los amigos y a algo solidario de vez en cuando. Tu trabajo te permite vivir más o menos bien y siempre puedes irte de vacaciones en agosto a la playa para descansar. No sueles hablar de política, hoy en día nada de eso vale la pena, pero sigues con interés las noticias económicas que marca la coyuntura. Te alegras cuando tu equipo de fútbol gana, te emocionas con una buena película antigua y añoras poder salir más a cenar con tu mujer, como cuando no teníais hijos.

En definitiva, te consideras un hombre de éxito, no todo está en el dinero que uno gana. El problema es que te acabas de dar cuenta de que eso no es suficiente. Que el mundo no funciona y que todo en lo que tenías fe ha resultado ser una burda ilusión, un espejismo realizado a medida para que nunca necesites preguntarte nada. ¿En qué deberías creer?

Acabas de dar tu primer paso hacia un lugar inhóspito, aterrador, lleno de peligros en el que nadie se atreve a caminar. Y una cosa resuena en tu mente como el lamento de culpa del reo condenado a muerte: “¿Por qué? ¿Por qué yo? ¿Por qué a mí? Vivía tan bien sin preocuparme más allá de las cosas habituales…”

Pero una vez puesta en marcha, la maquinaria no se detiene. Sabes que no estás solo en el mundo, que existen más de 7.000 millones de personas y que la gran mayoría no llegará a vivir igual de bien que lo haces tú. Eso desata una violenta respuesta en tu interior. La empatía contenida y adormecida por tu estilo de vida hace que te retuerzas en un tormento inigualable con cualquier experiencia antes vivida. Sientes, lloras porque estás vivo. Por fin, tras varias décadas te reconoces como un ser humano con sus debilidades y fortalezas.

El aire está lleno de nuevos olores, la percepción se hace más precisa; el mundo que te rodea no te oprime y puedes dibujar una sonrisa totalmente sincera en tus labios. Sientes que tienes hermanos en ciudades de países que ni conocías, sus vidas son tus vidas. Puedes ser cualquier persona en el mundo y compartir cualquier dolor. El miedo que antes te paralizaba se desvanece dejándote una sensación tranquilizadora, a la par que excitante, en tu cuerpo.

De todas formas, tu vida se complica, la gente de tu alrededor no te entiende del todo. Parece que seas un extraño, alguien nuevo que está jugando a ser un héroe. Los esfuerzos sistémicos se redoblan para que abandones la idea, que te anestesies y que olvides todo lo que has visto, oído, sentido…

¿Y tú qué haces? Coges tu bicicleta y te plantas. No se puede crecer infinitamente en un mundo finito, físicamente es imposible. Por tanto, empiezas a desprenderte de las cosas que te sobran. Primero de los trastos acumulados durante años, luego el coche, la ropa, la energía, la alimentación, etc. Se puede vivir igual de bien con menos.

Adoptas un modelo de vida distinto, intentando ser más coherente, intentando cambiar las cosas desde tu práctica diaria. Es imposible hacerlo al máximo, pero estás contento porque va dando sus frutos. Hay cierto poder en ti recientemente descubierto, desde la humildad y el trabajo consciente puedes transformarte, enraizarte en las entrañas de la mística de lo natural, volver a los orígenes.
Empiezas con reducir tu consumo, sobre todo con el coche. No quieres que las grandes compañías petroleras gobiernen el mundo y a los Estados con tu complicidad. Prefieres que las grandes extensiones de selva tropical sigan siendo bosques en vez de campos para cultivar alimentos que se convertirán en gasolina. Eso te hace plantearte nuevas cuestiones y recordar a tus abuelos, a su forma de vida másrespetuosa con todo.

Optas por relajar el ritmo de vida que llevas. Haces menos viajes innecesarios, te planificas mejor, intentas ser más eficiente cuando se trata de gastar, etc.

Pero, ¿hasta qué punto lo que haces ayuda a mejorar el mundo? Los Derechos Humanos se siguen pisoteando, incluso en tu propia región (esa que parecía invulnerable y todopoderosa), siguen muriendo de hambre millones de personas al año y los presupuestos y negocios de armamento superan en varios órdenes de magnitud a los de la solidaridad. El fin de todo esto es pura voluntad política.

A tu alrededor muy poca gente valora lo que haces, piensan que estás loco, que eres un idealista o que vives en otra realidad. A veces te planteas si no será cierto, si más vale la pena callar y volver a agachar la mirada mientras encoges los hombros. “No es culpa mía, es demasiado difícil, yo lo he intentado.”

A veces, incluso lloras en silencio porque te sientes desvalido y rezas para que venga una entidad sobrenatural que ponga todo en el orden que debería ser. Que nos haga darnos cuenta del error que estamos cometiendo. Pensamos que el planeta es nuestro por derecho de conquista cuando, en realidad, lo estamos destruyendo poco a poco.

No es real que sigamos intentando mantener el statu quo cuando queda demostrado que este modo de vida funciona sólo para el 20% de la población mundial. La competencia exacerbada a la que nos vemos sometidos destruye las relaciones entre seres humanos con iguales derechos y equitativas oportunidades.

No está bien que países con unas grandes capacidades tengan que comprar alimentos mientras que en sus tierras están cultivando neopetróleo. Luego nos asombramos de que sus ciudadanos salgan a la calle a protestar, si tuvieran una vida digna no lo harían. Pero nuestros sofás son muy cómodos, las televisiones de plasma retuercen los hechos para adecuarlos a lo que no queremos oír.

Pero siempre existen alternativas, la esperanza en un cambio radical nunca se marchará. Sólo se necesita una masa crítica para realizarlo. Todo empieza con ese despertar, la vida se convierte en una permanente inquisición sobre las verdades universales que creímos absolutas.

Y luego pasamos a la acción. Empiezas por consumir productos que aporten valor social y ambiental, no sólo económico, al conjunto de la humanidad. También te apuntas a tener una pequeña huerta, en principio sólo por hobby, pero te das cuenta de que ese es el nuevo modelo de vida que buscas.

Poco a poco te enteras de que hay más gente como tú. Te empiezas a organizar y ves que juntos se puede llegar mucho más lejos. Haces un viaje y descubres cómo, el mundo que creías desarrollado, desplaza a familias de sus hogares, asesina a líderes campesinos y expolia cantidades ingentes de recursos naturales para que tú puedas cambiarte de smartphone cada año.

Y ahí es cuando empiezas a aprender nuevas palabras: Cosmovisión, apropiación, soberanía alimentaria, educación popular, comunitario, resignificación, procesos, sujetos sociales, capacidad de agencia, transformación social, decrecimiento, etc.

Esas palabras te abren un universo nuevo lleno de posibilidades. Hacen ver que estabas en una burbuja muy estrecha y que existe un más allá de personas luchando por vivir una vida digna. Eso te cambia, dejas de ser el mismo, y eso, te hace feliz.

Tu vida nunca volverá a ser igual, pero eso no importa, hay algo por lo que seguir luchando, de hecho, hay 5.000 millones de motivos.

Autor: Salvador J. Cañamás Alcalá

Vota: Relato nº 48

El Fin del Padre de La Guerra

Zumba un artilugio, podría ser un teléfono y algo más, en un despacho, en una oficina, en una empresa, que podría ser mucho más.

-¿Qué coño ha pasado?

-Presionamos demasiado; las putas prisas.

-¿Quién os metió prisas?

-¿Quién?¡Quién no! Los de las petroleras, los de las fábricas de armas, los del gas, los de la electricidad, los del biocombustible... ¿Por qué se han puesto tan nerviosos?¿Tan peligroso es?

-¿Estás de broma?¡Japón, Brasil y Sudáfrica juntas!

-Hace nada esos eran el tercer mundo y un imperio decadente...

-Juntas, si lo consiguen, serán un muy mal ejemplo. Si en tres países como esos se puede... Tranquilidad; por partes. Primero hay que desacreditar al cabrón que ha filtrado la información. ¿Cómo va eso?

-No va a ser fácil. Los precedentes analizados (Assange, Manning, Snowden, Forrestal, Golos, Bo Xilai) muestran que acusar de demencia, falta de patriotismo o desviación, no asegura la pérdida de credibilidad.

-¡Dios!¡Lo que ha cambiado el cuento desde que lo inventamos!¿Hacerle desaparecer es imposible?

-Imposible, la cuenta de YouTube ha tenido medio millón de visitas hasta que la cerramos. Los vídeos están recorriendo La Red y las redes por demasiados medios para controlarlos. Es cuestión de minutos que los nuestros tengan que emitir la versión censurada para que no se les vea el plumero. Y no me preguntes si se le puede comprar, ya le pagábamos lo suficiente (hemos probado a dejarle “sin blanca” pero la bendita opacidad de los paraísos fiscales...). No es por dinero. Es cuestión de estadística: un mínimo porcentaje de personas, en este trabajo, con el tiempo, se vuelven imbéciles; les da la locura de “hacer lo correcto” o “cambiar el mundo”. Las putas prisas, la presión nos ha impedido verlo venir y pararlo.

-Entonces; cara de palo y negar sin mentiras evidentes: “la seguridad nacional nos obliga a caminar por la delgada línea que separa el derecho a la intimidad y el deber de proteger la vida de nuestros conciudadanos”. Segundo: ¿la información es cierta?

-Completamente cierta, 9 empresas de esos 3 países, con apoyo de los respectivos gobiernos, crearán un consorcio de distribución de pilas de hidrógeno en todas sus autopistas y de fabricación de automóviles que usarán esas pilas. El cálculo es que, en 3 años, el 75% del territorio de cada país estará cubierto...

-El mismo proyecto de Obama en el 2.010. la “Hydrogen Highway”, de Maine a Miami..., tuvimos que hacer que el Departamento de Energía Federal recortara el presupuesto, desviando la mayor parte a eólica, solar, geotérmica... el público asume que estas energías no pueden crecer más, que no pueden sustituir al petroleo.

-Pero volverán con ello. La insistencia de los “japos” de Toyota empuja al resto; Reanult-Nissan, Ford y Daimlier están colaborando...

-Lo sé; “para el 2.015”, “en 5 años”... tienen aprendida la lección: llevamos décadas con esa zanahoria colgada frente a los burros. Mientras más tarde llegue ese futuro, más dinero ganan. Además, el desarrollo de los motores de hidrógeno es sólo una parte del problema. Si al final hay que comérselo, generaremos hidrógeno con gas. Será cambiar la cultura del petróleo por la del gas; no será lo mismo pero será parecido.

-Y en ese campo tenemos bien preparado el asunto del fracking; la energía patriótica; la fiebre del oro del XXI.

-Eso es; el problema está en que sea rentable producir hidrógeno a partir de agua y energía solar. Que países, sin petróleo ni gas, no dependan del abastecimiento de energía, controlado por nosotros, para desarrollarse.

-¿Por qué están abandonando los biocombustibles?¡Con lo bien que lo vendíamos! Deberían haber tardado unas décadas más en ver que para producir “bio” y ganar dinero de verdad, ha de usarse petroleo; que, el control y los beneficios de los cultivos no serían suyos: han de cultivarse muchas hectáreas de forma intensiva, y eso no lo hacen campesinos, lo hacen nuestras corporaciones. El hidrógeno es otra historia, una tecnología muy diferente, escalable, difícil de monopolizar. Si consiguen que sea rentable...¿De veras pueden?

-Si despliegan el número suficiente de estaciones de generación/distribución, sí: la cantidad de automóviles que podrían circular haría rentables ambos: automóviles y estaciones; necesitan que sus gobiernos subvencionen fabricación e instalaciones durante tres años. Aún tenemos margen.

-Sí. pero ¿podemos permitirnos que nos pillen controlando gobiernos y mercados de esos países?

-No será la primera vez...

-Pero nunca en tan poco tiempo; antes tardaban años. Cuando se descubría era algo pasado, algo con lo que resignarse. Si se sabe cuando está pasando, no se puede mirar a otro lado y hay que actuar.

-¿Y?

-¿¡Y!? Deben seguir confiando en nosotros, deben seguir comprando nuestras mercancías y las que protegemos con nuestro ejército; deben seguir comprandonos su forma de vivir...

-Tres años es bastante tiempo; alguna oportunidad segura de intervenir tendremos.

-De acuerdo; pero recemos... ¿Qué pasará si se hace público que el hidrógeno, fabricado a partir de agua y sol, es rentable como combustible?¿Cómo controlar el agua y el sol? Si no hay fuentes de energía que proteger ¿a qué dedicaremos nuestros ejércitos? Y no es sólo el problema económico, las fortunas que caerán arrastrando a la ruina a millones de personas; es que ya no podremos ayudar a esos pueblos infelices, que serán presa fácil de líderes ambiciosos y falsos profetas; si no hay dinero a ganar, no habrá presupuesto para acciones militares...

-¿De veras lo ves tan negro?¡Si fuera fácil habría ocurrido antes!

-¿Sabes eso de la conjunción de astros que anuncian calamidades? Es una metáfora; significa que si no se dan todas las premisas para un suceso, éste no ocurre; y que, cuando se dan, es inevitable. Llegamos tarde a controlar La Red, cuando lo hicimos ya había demasiadas personas que se saltaban los controles y como crear otras redes. Llegamos tarde a desacreditar la teoría del cambio climático; ya era una cuestión que que ponía y quitaba gobernantes. Que esos dos elementos entraran en conjunción con los avances en energías limpias, sólo era cuestión de tiempo; y lo hemos retrasado todo lo posible. Guerras, crisis cuando el problema son países; sobornos, muertes cuando son personas...

-¿Por qué en estos países va a funcionar? Otras revoluciones, con y sin nuestra ayuda, nunca prosperaron...

-No conocemos la historia de la humanidad lo suficiente; seguro que han habido épocas en las que el poder no estaba en las manos adecuadas. Hace falta mucha dedicación, mucha organización para mantener dominado al populacho. Leí hace poco un dossier con los últimos estudios en antropología; La tesis dominante es que el homo sapiens evolucionó de los homínidos al erguirse para caminar, y, así, liberando las manos, pudo agarrar armas, primero para defenderse de los depredadores, después para cazar, y, al disponer así de más alimento y de menos enemigos, pudo dedicarse a algo más que a la mera supervivencia. Poder coger cosas y poseerlas; tener armas para defenderlas. Esas son las raíces de la civilización.

-Yo he leído que fue alimentarse de carne, de la propia especie cuando era necesario, lo que hizo que evolucionáramos. Que, de no haber sido así, hoy seríamos neandertales.

-Es otra tesis similar. Pero, al parecer, existió una especie de homínidos (parántropos), que desarrollaron la capacidad bípeda y el aparato masticador antes que los homo sapiens, pero no desarrollaron su capacidad craneal y se extinguieron. Y ahora, por unos descubrimientos en una fosa en España, “Mata Puercas” o algo parecido, quieren difundir otra teoría; que el éxito de los homo frente a los parántropos fue la cooperación, la capacidad de sacrificar los intereses propios en aras del bien común, de la supervivencia del grupo.

-No es muy distinto de lo que pedimos a nuestros chicos cuando les enviamos a la guerra; o a los ciudadanos cuando les pedimos que paguen impuestos.

-Pero hay alguien, una élite que les envía, que recauda e invierte. En esa hipotética “civilización prehumana” quizá fuera posible que el grupo, por consenso, tomara decisiones. ¿Qué ocurriría si ahora dejáramos que la ciudadanía tomara las decisiones?

-¡El puto caos! Menos mal que hemos evolucionado, que sabemos que la ambición de prosperar, de defender lo que conseguimos con nuestro esfuerzo, es lo que nos mantiene vivos. Que hace falta alguien que ponga a trabajar a los perezosos y que defienda a los cobardes. Por eso, en la historia que importa, las revoluciones nunca han sobrepasado los límites... ¿Por qué crees que ahora puede ser distinto?

-Japón es un caso aparte. Siempre han buscado la forma de ser únicos, de triunfar en solitario. Quieren ser una isla independiente, autosuficiente; reinar en la distancia, que su solo nombre cause respeto y admiración; sólo necesitaban un empujón...

-Fukushima...

-Fukushima. En Brasil y Sudáfrica es diferente; han comprobado que se puede acabar con un gobierno que parece inexpugnable. Han visto como la presión, organizada desde abajo, durante el suficiente tiempo, con los sacrificios necesarios, puede derribar a los de arriba. Y, tanto los de arriba como los de abajo tardarán varias generaciones en olvidarlo. Hay pocos lugares así; en la mayoría, en cuanto surgen los primeros problemas, se agarran a viejas, cómodas, rencillas; a las riñas ideológicas, a las ideas-excusas de que nada puede cambiar o nada pueden cambiar. Cuesta muy poco distraerles para que se dediquen a medrar o a atacarse entre ellos. Y, en el peor de los casos, si surgen líderes que les unen, se acaba con los líderes de una u otra forma.

-Eso es lo que terminará ocurriendo con estos tres. Vamos a trabajar como siempre para que vuelva a ocurrir. La humanidad no puede volver a quedar indefensa, sin control. Ésto no puede acabar así.

-Éso es lo que la mayoría piensa, y por eso nunca ha ocurrido. Hemos de evitar que haya demasiadas personas que piensan que sí puede, que sí debe ocurrir.

Autor: Jesús Cabañas Galán

Vota: Relato nº 49

Dos racimos de uvas

El polideportivo municipal estalló en aplausos. El alcalde sonreía engalanado con su mejor traje de domingo, mientras que el concejal de agricultura y el ingeniero de la multinacional estrechaban sus manos embriagados de satisfacción. La región se encontraba ante la puerta de la gran revolución agrícola que terminaría con sus penurias.

Ni los más viejos conservaban en su memoria el recuerdo de un año tan nefasto para los viñedos. La sequía se había cebado con el campo. De hecho, desde finales de la primavera se habían cortado los suministros de agua de las casas del pueblo. Pero las plagas fueron sin duda el azote más terrible: primero, la polilla del racimo, después, la araña roja. A pesar de las fumigaciones masivas, tan sólo un tercio de las uvas se había salvado.

Parecía imposible que concurriesen más calamidades, pero el cielo puede ser feroz en sus castigos. A mediados del verano, un extraño hongo invadió las plantaciones. Las uvas infectadas crecían arrugadas y enmohecidas. Tanto su aspecto como sus propiedades organolépticas se habían echado a perder, por lo que no se podrían vender como fruta ni emplearse en la elaboración de vino.

Todo apuntaba a que este otoño no habría vendimia. La ruina se cernía sobre las familias cuya subsistencia dependía de la agricultura, sobre todo tendiendo en cuenta que el campo se había transformado en un monocultivo de viñedo.

Un diluvio de lágrimas recorrió las mejillas de Diana cuando su marido le mostró los frutos blanqueados y estrujados. La viña heredada de los padres de ella era su única fuente de ingresos; las últimas migajas de pan para alimentar a sus dos pequeños. La crisis se había ensañado con la familia. Tras el estallido de la burbuja inmobiliaria, a José nadie le contrataba como peón albañil y Diana también había perdido su trabajo como cocinera. Hacía ya un par de meses que ninguno cobraba el subsidio por desempleo. Sus cuentas bancarias nadaban ahogadas en deudas.

Fue entonces cuando, sepultada bajo la losa de la indigencia, la pareja recibió una noticia que les partió el corazón. Un tumor avanzaba implacable a través de la médula ósea de su hijo de tres años. El tratamiento médico era para ellos una prioridad vital e ineludible que no les cubría la Seguridad Social, y por el que ambos se sentían capaces, si fuera necesario, de matar.

Mas de entre los nubarrones de la aflicción se abrió paso un tenue rayo de luz que se proyectó sobre el tejado del Ayuntamiento. El teléfono sedujo al concejal de agricultura con la propuesta de una multinacional que podría salvar la vendimia. La plantación se rociaría con un fungicida de última generación y, posteriormente, la cosecha se vendería a una planta productora de combustibles. Para evitar una nueva catástrofe, las cepas se sustituirían progresivamente por otras modificadas con ADN de insecto, más adecuadas para la elaboración de “bioetanol”, el sucedáneo de la gasolina.

La reacción no se hizo esperar. Durante unos días, los bares se inundaron de ríos de vino tinto y la iglesia se adornó con ostentosas ofrendas al Cristo. Al igual que otros agricultores, José se ocuparía en la fumigación y después vendimiaría la cosecha propia y ajena. Las condiciones no eran óptimas. Trabajaría a destajo. Le pagarían por hectárea y en negro. Y tendría que llevar un traje especial para no contaminarse. Pero con lo que cobrara esperaba saldar parte de sus deudas y continuar pagando los medicamentos de Josito.

Tras su primer día de curro, el esposo regresó a casa con un adelanto de la paga, henchido de humilde orgullo de jornalero. Diana le acompañó sigilosamente hasta la cocina para no despertar a sus hijos. Le tendió un morral con el almuerzo del día siguiente y una cantimplora vacía, ya que el agua se les había agotado.

Algún fantasma debió de acurrucarse junto a José, porque pasó toda la noche dando vueltas en la cama. Tosía con insistencia y le ardían los brazos de comezón. Tuvo un sueño agitado, que rompió el cantar de un gallo, y al alba abandonó la casa para cumplir con su nueva jornada. De camino a las eras, en el borde de la carretera, alguien había colocado una pancarta con una fotografía de un terreno baldío donde se leía: “No dejes que las nuevas flores marchiten tu futuro. No a los agrocombustibles”. Tiempo después este detalle sería recordado como una premonición, porque, nada más llegar a la viña, apareció la primera señal marchita de la muerte.

Sobre un tapiz de correhuela, un majestuoso macho de avutarda yacía de costado, agonizando con los ojos entreabiertos. Tal vez era el último que quedaba en la zona. Quizás le había cazado un furtivo, aunque era raro que no se hubiera llevado la cabeza como trofeo. Sin embargo, una minuciosa revisión reveló que el ave no presentaba signo alguno de disparo. Estremecido y conmovido, el joven contuvo la respiración y le retorció su robusto pescuezo, liberándole del sufrimiento.

El resto del día transcurrió envuelto en un calor sahariano. Sobre un sustrato casi desértico, los calaminos rodaban velozmente como si estuvieran persiguiendo espejismos. Embutido en su traje protector, José, empapado de sudor, fumigaba sin descanso. Levantó la cabeza un instante y se sintió mareado. Advirtió entonces que no aguantaría tantas horas sin beber. Pero el pueblo estaba a varios kilómetros, e ir hasta allí suponía perder una parte de su jornal. Tuvo una idea fugaz y vaciló. Todo el mundo decía que estaba contaminado. Pero total, por una vez no pasaría nada.

El ruido de un motor cercano reveló que el líquido era accesible. Desde que habían emparrado los viñedos, convirtiéndolos en cultivos de regadío, el acuífero estaba cada vez más lejos, por lo que era imposible subir el agua sin una bomba de riego. El hombre se acercó a la manguera que afloraba del pozo para beber hasta que su sed se hubo saciado.

El ocaso sorprendió al jornalero con el bidón aún en la espalda. Con los hombros caídos de agotamiento recogió sus pertenencias, arrancó un par de racimos de uvas para enseñárselos a “la Diana” y se encaminó lentamente hacia la furgoneta. Estaba ya dentro y con el motor en marcha cuando la muerte se asomó por segunda ocasión. En el preciso instante en el que encendió las luces, un murciélago se desplomó sin vida contra el parabrisas. Estremecido por un mal presentimiento, el lugareño apretó el acelerador con fuerza y condujo hasta el pueblo tan rápido como si el diablo le fuera pisando los talones.

José se reconfortó al reconocer las luces y los ruidos propios del hogar. Se sentía débil y un poco febril, pero tranquilo y contento al fin de estar en casa. Dejó sus cosas en la alacena y besó a su esposa, tras la cuál se dirigió al salón para saludar a sus hijos.

Josito jugaba con un trenecito sobre la alfombrilla. Esperanza estaba sentada en el sofá, con el gato acurrucado en su regazo. Su atención la acaparaba un documental de naturaleza proyectado en una pantalla de plasma que ocupaba casi toda la pared de enfrente. Su padre la observó orgulloso de su inteligencia y hermosura; era ya casi una moza.

−Mira lo que tengo, papá −. La chiquilla le mostró un panfleto con una imagen similar a la que él había visto en una pancarta esa misma mañana. −Aquí dice que las fumigaciones son venenosas. Y que si plantan las nuevas cepas habrá más plagas y el pueblo se quedará sin tierras para cultivar alimentos −. Desde el umbral de la puerta, Diana escuchaba con devoción a su hija, asintiendo levemente con la cabeza.

Sin venir a cuento, José reaccionó con un súbito e incontrolable ataque de ira, ante la mirada estupefacta de las dos mujeres. −¡Vosotras que sabréis! ¡Pues si fueran tan malas no las comprarían todos esos señoritingos, con todas las fanegas de tierra que tienen! ¡Os creéis que son bolos o qué! Si hasta las ponen en los Estados Unidos. ¡Qué sabrán estos forasteros, que nunca han pisado el campo! ¡Currar de jornaleros es lo que tendrían que hacer!…

La voz se asfixió estrangulada por un repentino malestar. Con la cabeza bailando de vértigo y bañado en nauseas, el hombre contó con el tiempo justo para llegar a la taza del wáter y vomitar antes de desplomarse. Su último recuerdo sería la voz de Esperanza prometiéndole a su madre que daría de comer a Josito.

Cuando volvió en sí, José estaba sumergido en la atmósfera blanca y tétrica de un hospital, con el suero goteándole en el brazo. Se calmó cuando su esposa le acarició la frente. −Has sufrido una intoxicación. El médico dice que has bebido o comido algo en mal estado. Pero no te preocupes, que en un rato te dan el alta y nos vamos a casa.

Los postes de la luz desfilaban a través de la ventana de la furgoneta que conducía Diana. Su marido se había recuperado del susto y dormía en el asiento del copiloto. En sus sueños sólo esperaba encontrarse con suficientes fuerzas para volver a trabajar al día siguiente. Se despertó lentamente cuando doblaron la esquina para entrar en su calle. Mientras abría los ojos, le pareció oír a un niño que sollozaba.

La mujer reconoció al instante el timbre despechado de su hijo. Salió disparada del coche y entró en la casa llamándole por su nombre. José, aún aturdido, se quedó de pié en el vestíbulo unos segundos. De pronto, el aullido de terror que emitió su esposa le congeló la sangre. Petrificado de angustia fijó su vista en la alacena, y entonces comprendió la burla sádica del destino.

−¡Las uvas! ¡Quién ha cogido las uvas! − exclamó tembloroso, casi mudo de pavor.

Josito se encontraba en medio del salón, chillando naufrago de espanto ante la visión del trance. A pocos metros de él su hermana yacía en el suelo, inerte y lívida. Junto a su cuerpo marchito, un pequeño cuenco contenía un montoncito de pepitas y algunos hollejos. Como si de un reloj sin cuerda que ya no puede disfrutar del tiempo se tratara, había dejado de palpitar el corazón de la Esperanza.

Autor: Pilu Pavón

Vota: Relato nº 50

Mi amigo el suelo y yo

Hola amigos soy el Ada madrina del suelo y somos muy buenos amigos, lástima que hay cosas que no puedo hacer nada por mi gran amigo El Suelo.

Tal vez creas que me refiero al Suelo de mármol, cerámica, parquet, plástico u otro de tu casa, ellos son mis amigos también, pero yo te hablo de mi mejor amigo el Suelo de tierra, sí de la tierra en la que tú vives y yo también.

Mi gran amigo está agonizando en algunos lugares de nuestro planeta a causa del monocultivo para uso de combustible, lo mismo pasa con algunos habitantes de países menos desarrollados, también están agonizando, yo me pregunto:

­–¿Qué pasa con esta gente? ¿Por qué sufre de hambre y vive miserablemente? ¿Acaso no tienen tierras fértiles para sembrar y alimentarse y muchos árboles para poder descansar bajo su sombra o hacerse una pequeña cabaña con sus hojas?

Hoy pasé por dónde antes había llanuras con todos sus insectos y su ecosistema, con su gente feliz, y para mi sorpresa sólo vi algunos habitantes con caras de angustia, hambre, con ropas más viejas que las que usaban antes y enfermos. ¡Que tristeza! ¡Nunca lo imaginé!

Estuve preguntando que los llevó a todo esto y es simple: EL MONOCULTIVO PARA FABRICAR AGRODIÉSEL, que muchos dicen BIODIÉSEL y hacen creer que es algo bueno con esa palabra ENGAÑANDO, porque al decir bio la mayoría cree que es algo excelente, o muy bueno para nuestro planeta, es verdad que este combustible no contamina como el diesel no lo voy a negar pero para producirlo se cortan muchas cadenas alimentarias, se talan bosques al sembrar en gran escala se usan productos fertilizantes cada vez más potentes lo mismo con los plaguicidas y esto hace que mi mejor amigo el Suelo se canse y se enferme.

Ayer me encontré con algunos animales muy tristes agotados buscando nuevas tierras dónde habitar porque ya están ocupando su hábitat el monocultivo por donde quieran que hayan ido, yo les dije que si tuviera el poder de darles alas como yo las tengo les daría para que se trasladen más rápido y no tengan que padecer ninguna enfermedad aparte de la angustia de sentirse desalojados.

Ellos me comentaron que no debían ninguna hipoteca para que se los deseche así de esa manera, se me partió el alma al escuchar esto, que complicado vivir así, estoy agradecida por ser quien soy después de todo me puedo trasladar a donde yo quiera sin tener que caminar tanto hasta el agotamiento.

Un águila me contó que el abandono del pequeño agricultor afecta mucho a nuestro planeta, que es mejor sembrar así, con una combinación de cultivos, porque se siembra dos o más cosas diferentes y esto evita que haya erosión del suelo y no hay excesivo flujo de inmigración de animales. Los monocultivos solo traen desastres naturales, cambios climáticos fuertes de sequías, tormentas, la atmósfera terrestre se desequilibria. ¡No lo podía creer! Solo creí porque me lo dijo el águila.

Hoy me enteré que todo esto es para que tú que tienes un medio de transporte y lo haces funcionar con biodiesel o el agrodiésel que ya te dije que es lo mismo, puedas disfrutar del vehículo para ir a pasear o a trabajar sin tal vez saber o lo sabes y te haces el que no pasa nada porque otros también lo usan, esto y muchas cosas más penosas y deprimentes pasan “Cuando los cultivos alimentan coches”

El búho también habló esta madrugada conmigo, que ya no quedan roedores del que se alimentaba y dijo que todo esto lo hacen un pequeño número de personas monopolizando, encubren todo con el cuento de que es para no contaminar y mejorar tu calidad de vida, pero la vida del que vive en grandes ciudades con cómodos medios de transportes a base de agrocombustibles mientras los habitantes donde estaban en aquellos lugares que hoy son monocultivos están desterrados para siempre y mi gran amigo el Suelo sufre cambios drásticos, averígualo y ya lo verás que no miento, necesito de tu ayuda, haz algo por favor te lo suplico, por mi amigo el Suelo.

El águila también me contó de la gran especulación financiera y la corrupción de algunos gobiernos no tiene límites ni conciencia por el bienestar de mi gran amigo el Suelo, es verdad que hay otras causas también por el cual se contamina mi amigo el Suelo y el planeta entero, pero este ya fue el remate total, porque está en juego la seguridad alimentaria. ¿ACASO NO PUEDE CADA UNO PENSAR EN ESTA DESIGUALDAD Y BUSCAR UNA SOLUCIÓN? ¿O ES QUE TENEMOS QUE HACER PADECER DE HAMBRE A MUCHA GENTE, A MUCHOS ANIMALES TERRESTRES Y AVES, Y ARRUINAR A MI AMIGO EL SUELO PARA QUE OTROS VIVAN MEJOR CON GANANCIAS DEL AGROCOMBUSTIBLE?

Tal vez tú dirás que no es de tu incumbencia, claro que lo es porque vives en este planeta y algo tienes que hacer, si no por qué entonces estás viviendo aquí y no en MARTE O JÚPITER.

Tal vez digas no lo sabía o no lo sabía, pues ahora ya lo sabes e indaga todo lo relacionado que sucede cuando los cultivos alimentan los medios de transporte, si sabes leer, lo sabrás, solo pon tu esfuerzo y toma conciencia que perteneces a este mundo y por favor HAZ ALGO POR MI MEJOR AMIGO EL SUELO.

Autora: Clara Nimia Serrano Antelo

Vota: Relato nº 51

Huesos Negros

No me preguntéis por qué motivo me acaba de venir a la mente la mañana en la que me encargaron el reportaje sobre combustibles. Cosas que tiene la cabeza. Estás tranquilo, creyendo que no estás pensando en nada y, de repente, como en un videoclip, se empiezan a suceder las imágenes y los pensamientos. La reunión de la redacción, a las 10 de la mañana, una hora que respeta los hábitos noctámbulos y alcohólicos de la mayor parte de los periodistas, todavía dormidos a esas horas, el redactor jefe que empieza con un “buenos días, señoritas” que se supone debe ser gracioso, al que sigue el reparto de temas, Patri, te ocupas de la detención de los rumanos; Marín, te quiero en el Congreso en media hora, y de allí no te mueves hasta que cante la gorda (otro supuesto chiste, es que mi jefe es muy ingenioso); Laura, promotores de teatro asfixiados por la subida del IVA cultural; López, me preparas un repor sobre la subida de la gasolina y combustibles alternativos, algo bonito y ligerito, para todos los públicos, no me hagas literatura, ¿de acuerdo?

Literatura, según mi jefe, es toda frase que tenga más de cinco palabras, contenga alguna coma o haya que leer dos veces para comprenderla. Mi jefe, todo un intelectual, sí, pero un pedazo de periodista como pocos, de la vieja escuela, con tinta en vez de sangre y un instinto asesino para encontrar la noticia; sin vida propia, con dos divorcios, tres hijos que apenas han visto a su padre en veinte años, y una botella de ginebra en la mochila. Periodista de los pies a la cabeza, sin una pizca de humanidad, sólo periodismo.

Me dispongo a preparar el reportaje en cuestión, sin literatura y para todos los públicos. De combustibles poca idea, que el petróleo lleva subiendo desde que tengo uso de razón y que, en la gasolinera, cada vez pago más por menos litros. Así que consulto al sabio de esta aldea global, el Señor Google, qué haríamos sin él, ¿verdad? Estamos tan acostumbrados a usarlo que ya ni nos preguntamos entre nosotros. Google, Internet, las redes sociales y la madre que las parió, permiten que estemos en contacto con una persona que se encuentre en la otra punta del planeta y, a la vez, nos distancia de quienes nos rodean. Curioso.

El reportaje me queda soso, sin personalidad, como prefabricado en una cadena de montaje. He usado tanta información de tercera mano que me ha salido un texto con regusto a fritanga. Y por otro lado, se ha escrito tanto sobre la crisis del petróleo que ya no quedan letras. Petróleo y crisis deberían ser sinónimos y, sin embargo, Occidente sigue bailando al son de las petroleras. Por algo lo llaman oro negro, ¿no?

La realidad es una canallada en la que no está permitido salirse del camino de baldosas amarillas. No lo digo yo, me lo dice Fernando Serrano, el portavoz de una de las empresas de biocombustible más importantes del país. Este combustible es barato, ecológicamente respetuoso y está al alcance de todos los bolsillos, incluso de los de los países en vías de desarrollo – añade. No es un buen negocio; jamás lo permitirán – sentencia.

El reportaje, familiar y sin las opiniones de Serrano, para facilitar su digestión, se publica y, por supuesto, nada cambia. Los periodistas siempre esperamos que nuestros artículos cambien el mundo. No será esta vez. Mi jefe me recompensa con un gruñido y otro encargo: la gestión de basuras en la ciudad, que ha sido recientemente privatizada. ¿Ha mejorado o ha empeorado?

FERSERSA, así se llama la empresa que ha ganado el concurso, cómo no hacerlo, si ninguna otra se había presentado. Huele a chanchullo a kilómetros de distancia. Se trata de una empresa que lleva diez años ocupándose de la gestión de restos del cementerio, servicio también privatizado. ¿Queda algo que aún sea público? Las siglas de la empresa corresponden a Fernando Serrano, Sociedad Anónima. ¿Se tratará del mismo tipo que dirigía la empresa de biocombustible? Tendría todo el sentido del mundo, ¿no? Por un lado, recogen la basura que genera la ciudad y, por otro, aprovechan los restos para la elaboración del biocombustible. Un negocio redondo, si no fuera un fraude.

Y además, tenemos el posible conflicto ético. ¿Aprovecharán también los restos humanos del cementerio para la empresa de biocombustibles? Y si lo hicieran, ¿qué? El muerto al hoyo y el vivo al bollo, ¿no? A mí me parecería lógico; una vez que has dejado de fumar, deberíamos aprovechar todo lo que pudiéramos, órganos para otras personas, el resto del cuerpo a la ciencia y, lo que sobre, si es que queda algo, para biocombustible. Yo lo firmaría sin dudarlo. El problema es otro: es privatizar un servicio público para convertirlo en un monopolio privado.

Sin embargo, a la opinión pública de este país, construida a base de misa y fútbol durante tantos años, la privatización de servicios públicos se la trae al pairo. Eso sí, lo de que se nos aprovechara como a los cerdos, como que no. Es más, cuando se haga pública la conexión entre la empresa de biocombustible y la de basuras, los analistas chuscos que, desde los medios de comunicación convencionales, se ocupan de difundir las bondades de las empresas energéticas tradicionales, concluirán que todas las empresas que apuestan por las renovables son, en realidad, una variante de Genco, la tapadera de Vito Corleone a su llegada a Estados Unidos. Regresemos a los brazos del petróleo, el carbón y el uranio, que ellos nunca nos harían una cosa tan horrible como la que hacen estos hippies.

Me planteo todo esto mientras me dirijo al cementerio, a hacer algo de periodismo de verdad, lejos del ordenador, desde el lugar de los hechos, utilizando mis ojos, mis oídos y mi instinto periodístico, cosa que dudo que tenga después de tantos años de alimentarlo sólo con wikipedia. Permanezco cuatro horas allí y no veo nada; regreso al día siguiente y lo mismo. Pruebo a diferentes horas y, cuando estoy a punto de rendirme, un día, al filo del amanecer, llegan los camiones. Mientras cargan unos cuantos contenedores de las salas de cremación, grabo la escena con el móvil. Me tiembla el pulso. Esta emoción no la experimentas con el periodismo a distancia.

Regreso al coche y espero a que salgan los camiones. Los sigo y, mientras lo hago, pienso que esta vez sí, esta vez tengo entre mis manos un artículo de los que cambiarán las cosas. Pulitzer, allá voy.

Y pensando en mi discurso de agradecimiento durante la ceremonia de entrega, esa mano señalando a mi amada entre el público, porque sin ti nada de esto hubiera sido posible, porque eres mi faro, mi salvadora y mi luz, llego a la puerta de la fábrica de biocombustible, donde los camiones van pasando uno a uno, mientras yo sigo con la grabación, plano temblón lo llamaré, la última herramienta del periodismo 3.0.

Así que es cierto, los fiambres terminan convertidos en biocombustible, como el resto de la basura de la ciudad. Hoy respiramos mierda por culpa de la contaminación, pero mañana podríamos respirar nuestra propia basura y a nuestros vecinos muertos. Parece que estamos condenados a respirar cualquier cosa menos oxígeno.

Y con todo esto regreso a la redacción, después de un paso fugaz por casa, ducha, café, cambio de ropa, ordenando las ideas por el camino, demasiados datos, demasiada información, me duele la cabeza, me duelen los ojos; recuerdo esa escena de Matrix en la que a Neo le pasa lo mismo, y Morfeo le responde que le duelen los ojos porque nunca los había usado. Así me siento yo, después de estar contemplando el mundo maravilloso que otros construyen para mí a través de la pantalla del ordenador, he salido a la realidad, he visto la mierda, he olido la vida y, por fin, me he sentido periodista.

Releo el texto que acabo de escribir. Como periodista me encuentro ante un dilema. Si sigo adelante y publico el artículo, al final de este camino encontraré un más que digno trabajo periodístico, que tal vez no dé para el Pulitzer, pero sí para que mi jefe enarque las cejas, máximo grado que alcanza su reconocimiento, una cena con mi chica en la que el discurso de agradecimiento se lo diría en privado y a la luz de nuestro dormitorio, pero también la garantía de que el biocombustible quedaría marcado para siempre como el combustible de los muertos. Sin embargo, si no lo escribo, si olvido todo lo que he visto y borro todo lo que he grabado, quién sabe si el biocombustible podría llegar a ser una alternativa real a los combustibles tradicionales, pero lo que sería seguro es que yo me convertiría en un fraude como periodista.

La llamada de Fernando Serrano me devuelve a la realidad. Me cita en su despacho una hora después. Sudor frío. Abogados, demanda, adiós artículo, adiós Pulitzer. De nuevo el videoclip que dirige mi cabeza. Las cámaras de seguridad del cementerio me han grabado saltando la valla, caminando por el interior y grabando la carga de los camiones. No sé qué decir, tengo otra vez catorce años y estoy en el despacho del director del instituto, con un canuto entre ambos. Hoy el canuto es una grabación y el director es un Fernando Serrano que me mira sonriente. ¿Por qué sonríe? No pregunto de quién, eso está claro, somos dos en el despacho y sólo uno es el pardillo: yo.

Esta sonrisa no es la de quien ha pillado a alguien haciendo algo que no debía - me dice. Tiene razón, es la sonrisa de alguien que no sólo se siente superior, sino que se sabe superior. Es la sonrisa del héroe, de quien se sabe ganador. Es una sonrisa que viene de serie, que se muestra en la cara del mismo modo que el color en los ojos, la sonrisa del triunfo, una sonrisa genética. Es la maldita sonrisa de Indiana Jones antes de derrotar al malo.

Esta sonrisa es la de quien tenía un plan y comprueba que todo ha salido a la perfección - continúa. ¿Un plan? - pregunto. Sí, un plan. Quiero que se publique el artículo, pero no quiero que lo hagas tú - dice. ¿Cómo? - consigo preguntar; no estoy muy fino con las preguntas esta mañana. Supongo que todo mi instinto periodístico se agotó de madrugada. Ahora sólo responde la persona, no el periodista. Y la persona está en territorio desconocido.

Mejor dicho – explica -, quiero que el artículo se publique aunque tú ya estés muerto.

Esa frase me ha dejado mudo. Es algo que estoy acostumbrado a escuchar en el cine, a leer en los libros, pero no a vivirlo en carne y hueso.

¿Recuerdas cuando te dije que jamás permitirían que el biocombustible se convirtiera en una alternativa a los combustibles tradicionales? – dice. Figúrate de lo que son capaces que me han puesto a mí, uno de ellos, al frente de esta empresa – explica. El periodista regresa a mi cabeza: todo encaja. Con el revuelo que ocasionará este caso, nadie hablará de biocombustibles en muchos años

¿Has escuchado eso de que la banca siempre gana? – pregunta. No son los únicos. Nosotros también ganamos siempre – añade.

Lo último que escuché fue el disparo que me mató. Supongo que es el final de esta historia.

Autor: Antonio López Muñoz

Vota: Relato nº 52

La Saga de los Isi

En mi pueblo me llaman “El Visionario”, y no porque haya visto OVNIS o enanitos verdes saliendo de una nave espacial, sino porque siempre he sido el adalid de la modernidad y el avance tecnológico, conocedor de los últimos inventos e implementador de los mismos en mi entorno. Si a algún vecino le surge una duda de cómo funciona algo o sobre lo último de la NASA invariablemente la respuesta es la misma: pregunta a Isi “El Visionario”. Me llamo Isidro, aunque todo el mundo me llama Isi, no tanto por acortar mi nombre, sino porque desde pequeño yo siempre formulaba preguntas del tipo ¿Y si…encontráramos petróleo en Marte? ¿Y si… los coches funcionaran con coca-cola? ¿Y si…se inventara un aparato que reconociera las especies de árboles y plantas al hacerles una foto?.

Además de Visionario, soy agricultor, pero no de los que plantan lechugas; mi propiedad es un huerto tecnológico. Esto fue en lo último en lo que se me ocurrió invertir hace ahora 35 años, cuando se empezaba a hablar de ecología y desarrollo sostenible, hasta en la ONU. Fue entonces cuando decidí un nuevo cambio estratégico: dividir mis tierras entre tres cultivos: la soja , el maíz transgénico y las placas solares fotovoltaicas. Me pareció el sumum de la sostenibilidad, contribuiría al despegue definitivo de las energías renovables a través del cultivo de la tierra tal y como habíamos hecho en mi familia toda la vida, daría de comer a muchos animales, ayudaría a paliar el hambre en el planeta y además sería una fuente de riqueza económica perdurable en mi región. Suficiente para que la gente pensara en proponerme para hijo predilecto y ciudadano ejemplar, pensé entonces. Yo era el último de los descendientes del bisabuelo Isi , que ya era conocido como El Visionario cuando revolucionó el pueblo con su flamante tractor de cadenas con cuyo ruido despertaba a todos los vecinos allá por 1915.

Posteriormente mi abuelo Isi compró los primeros fertilizantes y hormonas para fortalecer las especies que cultivaba y así evitar plagas y malas cosechas. Dicen algunos que los israelíes inventaron el riego por goteo aunque otros lo atribuyen a un granjero mexicano, pero el caso es que el abuelo Isi en uno de los peores años de sequía se puso a cavilar qué hacer para aprovechar mejor el agua y dudo mucho que le enseñaran ni los israelíes ni aquel mexicano que le quedaba muy lejos e implementó aquella técnica que permitía que con muy poquita agua nuestras viñas tuvieran la humedad justa. En el pueblo mi abuelo provocaba reacciones encontradas: los que le admiraban por su espíritu innovador y los que veían en él a un industrial, más que a un agricultor que vivía de su esfuerzo y de lo que la naturaleza pudiera proporcionarle. Había un tercer grupo que además de todo eso le tenía envidia y no hacía más que conjurar para intentar que sus innovaciones se fueran a pique.

Nació mamá Isi y siguió la senda de sus antepasados. De hecho, ya fue la única de sus hermanos que se quedó en el pueblo. El resto se marchó a la ciudad a trabajar y a estudiar, hubo incluso quien emigró a Francia porque en una de aquellas conspiraciones de los envidiosos, consiguieron arruinar parcialmente a mi abuelo y en casa no había para todos. Ella pensó que ya que se había inventado el plástico habría que sacarle partido y dedicó parte de la tierra al cultivo de hortalizas. ¡Eso sí que fue la revolución! Nunca en estas tierras de secano se había visto un pimiento, un tomate un pepino o un aguacate, pero mamá Isi se adelantó a todo el mundo y fue la primera mujer agricultor que tuvo una cosecha de aguacates en todo el país. Fue tal el revuelo que incluso salió en todos los periódicos y eso que entonces escaseaban hasta tal punto las noticias cuyas protagonistas eran mujeres, que excepto el triunfo de Massiel en Eurovisión, la boda de la Duquesa de Alba y los éxitos de Lola Flores pocas veces se mostraba a la mujer trabajadora.

Cuando entramos en la Comunidad Europea yo ya ayudaba a mi madre en el campo y recuerdo que eran los tiempos en que los franceses quemaban los camiones con la fruta y verdura que venía de España. Fueron tiempos duros, en los que el gobierno se tuvo que adaptar a la PAC, nos arrancaron viñas, bajaron los precios de todo, nos apretaron mucho cuando entraron las grandes cadenas de supermercados extranjeras que compraban las cosechas a precios ridículos. Corría el año 1992, se celebró la famosa cumbre mundial del Medio Ambiente en Río de Janeiro y me dije que tendría que encontrar una solución y ésta vino de la mano de la nueva economía: LA VERDE. Al haber heredado el espíritu innovador de mi familia fui entusiasta de ella enseguida. Era imposible competir con las grandes empresas de producción agrícola que habían creado sus holdings controlando desde la tierra, la siembra, la recolección, el transporte a la distribución y apenas nos dejaba una pequeña parte del pastel de la agroalimentación. Me dije a mi mismo la palabra mágica: ¡REINVÉNTATE Isi!

Para no meter todos los huevos en la misma cesta me inventé un mix de renovables:

- Soja: servía para el engorde animal y la mezclada con gasolina daba lugar a los nacientes biocombustibles. También se descubrió que combatía con efectividad el colesterol , era buena para paliar los efectos de la menopausia y la descalcificación, no contenía la tan temida lactosa, en fin todo eran beneficios para el mundo.

- Maíz: ¡la cantidad de aplicaciones que tenía y yo desconocía! ¡Sobre todo los híbridos! Endulzantes y siropes, aceites, alcoholes, forrajes, pastas alimenticias, que ahora decían los nutricionistas que tenían más proteínas…Podía incluso exportar a América Latina.

- Placas solares: y a mí que me gustaba la tecnología, ¡cómo no iba a experimentar con esto! Imaginar un mundo sin petróleo era uno de mis Isis favoritos, por lo que instalé las primeras placas fotovoltaicas del país. La verdad es que se hacía raro pensar en aquel campo en el que mi tatarabuelo por lo visto plantaba trigo sarraceno lleno de aquellos artilugios, pero yo todo eso lo hacía en bien del progreso humano.

Los socialistas se apuntaron al carro verde y apostaron por las energías renovables, sin duda era el momento de montarse al tren de la modernidad definitiva. España sería el país líder mundial del nuevo modelo económico y surgieron las instalaciones solares por doquier, los parques eólicos controlados de nuevo por las grandes corporaciones. Pero yo iba a tener éxito con mi mix energético: producía la energía para mi pueblo, el excedente se lo vendía a las grandes de la energía y con los cultivos me aseguraba continuar de alguna manera la tradición familiar a la que no quería renunciar y si alguna de las tres entraba en crisis siempre tendría las otras dos patas para continuar. ¡Era un plan perfecto!. El precio del maíz y la soja subía y amplié la explotación.

Con lo que no conté fue con el batacazo del 2008. Todo se desplomó, los mercados se volvieron locos y hubo especuladores que empezaron a jugar con el mercado de futuros de los productos alimentarios. Empezaba a ver por televisión a campesinos mexicanos haciendo la revolución de la tortilla. Tanto había subido el precio del maíz (las semillas) que era imposible comprar grano con lo que media Latinoamérica se moría de hambre. Por alguna oscura razón se frenó el progreso en las energías renovables y lo que se suponía que iba a ser el negocio y el avance del siglo con los biocombustibles se convirtió en el fiasco total. Además cuanto más biocombustible se producía más se morían de hambre los campesinos de América y África, con lo que yo empecé a tener remordimientos y a no dormir bien. El gobierno volvió al modelo basado en la energía nuclear y los combustibles fósiles, así que mi energía solar ya no le interesaba a nadie y el excedente me lo compraban a precio de risa.

He ido malviviendo todos estos años, siendo testigo de la progresiva desertización de mis tierras, observando año a año sin explicarme bien por qué que cada vez había menos pájaros y los veranos eran más y más largos y secos. Me doy cuenta de que con el paso del tiempo y las revoluciones tecnológicas he perdido la capacidad de alimentarme por mis propios medios, yo que soy quien cultiva la tierra. Finalmente el banco se ha quedado con casi toda mi propiedad. Como soy amigo del director y en los pueblos en ocasiones se apiadan de ti, más que nada porque se tropiezan contigo todos los días y les resulta incómodo verte totalmente arruinado, me han dejado un pequeño trozo de tierra. Mientras empaqueto los últimos recuerdos y precinto las últimas cajas antes de dejar mi casa, me he acordado de algo que dijo mi abuelo a mi madre antes de morir: ”Isi, pase lo que pase y te vaya como te vaya en la vida, conserva esta cajita que te dejo a ti como herencia y que te pido que luches por conservarla siempre hasta que no te quede otro remedio que utilizarla”. Voy en busca de mi madre, anciana venerable y con principio de Alzheimer, que sentada sobre una caja de cartón contempla la ruina a su alrededor.

―Mamá, ¿tú te acuerdas de la caja de madera de nogal que te regaló el abuelo antes de morir?

―Sí, hijo, sí. ¿Y por qué te viene a la cabeza ahora?

―Porque el abuelo Isi dijo que la conservaras para si algún día te hiciera falta.

Mamá Isi me sonríe y me responde

―Pues sí, creo que ha llegado el momento de desenterrarla.

―¿La enterraste? ―Desesperado sacudí a mi madre por los hombros― Espero que te acuerdes dónde.

―En el único sitio seguro en el que pude pensar y que estaba casi segura que no transformarías.

―¿Dónde?

―Junto al pozo

Busqué ansiosamente entre todas las cajas y herramientas algo parecido a una pala de cavar y sólo encontré una cuchara. Ya ni siquiera tenía algo tan simple como una pala, todo había sucumbido a la tecnología. Mi madre me acompañó hasta el pozo y me indicó el sitio exacto donde tenía que buscar la caja. Con mi cuchara y una paciencia inusitada contraria a toda ley de productividad, encontré tras dos horas de intenso trabajo la famosa caja. Se la entregué a mi madre para que la abriera y me indicó con un ademán de su mano que lo hiciera yo.

Encontré una nota escrita a con mano temblorosa que decía así:

No sé quién eres, si mi hijo, mi nieto, mi bisnieto o mi tataranieto. En todo caso sangre de mi sangre, que es lo que importa. Si tienes esta carta entre las manos es porque estás desesperado y ya no ves otra salida. Lo que ves aquí son varias semillas de diferentes trigos que nuestra familia ha cultivado durante generaciones y generaciones en esta tierra que, aunque a veces inhóspita y agreste, es al fin y al cabo generosa alimentando año tras año nuestros estómagos y esperanzas. Planta estas semillas, recoge su fruto y guarda unas cuantas nuevamente en una caja para las generaciones de Isis que vengan detrás de ti. ¿Y si no hubiera guardado estas semillas?.

Autora: Bettina Ruiz Spohr

Vota: Relato nº 53

Ade Kpandei

Me llamo Ade Kpandei, crecí en una zona de tierras pantanosas donde el agua dulce se mezcla con el mar. Un lugar tranquilo con pesca donde nos bañábamos casi cada día. Aún lo recuerdo. Mi padre pescaba y cultivaba como antes lo hizo mi abuelo y el padre de mi abuelo. Tengo tres hermanas, no se dónde están ahora. También tengo tres hermanos, uno de ellos está conmigo aquí, Lekoya, el otro no sabemos, desapareció antes de llegar a la zona humanitaria. Ahora sólo nos tenemos el uno al otro, somos la única familia que nos queda. Aquí hay perros guardianes como los de las milicias. Estamos en una plantación de cacao, trabajamos aquí. Nos dijeron que íbamos a ganar un jornal pero sólo nos dan algo de comida, dormimos juntos en esta lona en el suelo. Ahora mi hermano duerme, yo no puedo, hay noches que no lo consigo aunque estoy muy cansado. Amanece sin que haya podido dormir mientras escucho a mi hermano toser.

Recuerdo el lugar donde nacimos como algo lejano que nunca hubiera sucedido, como un sueño. Pienso en él por las noches y en las largas jornadas de trabajo cuando me siento desfallecer, le hablo a mi hermano de él para que no caiga exhausto. Dice que no lo recuerda, tiene tres años menos que yo. No se acuerda de los rostros de madre ni padre, dice que ya no están en su cabeza, que es por el calor que hace aquí. Le cuento que allí teníamos unas tierras que nos daban para vivir y cambiar lo poco que nos sobraba, éramos felices. Al menos nosotros sí. A veces no le cuento nada, veo en su cara que no quiere saber. Un día me preguntó por qué no volvíamos allí. No supe qué contestar.

Cuando llegaron los europeos con sus promesas algunos vendieron sus tierras. Imagino que no estarían contentos, muchos de nuestros vecinos no lo hicieron y mi padre tampoco. Dijeron que el petróleo nos daría trabajo pero no fue así. Nos lo quitó todo, nos echaron de allí como a los demás. Empezamos a escuchar que en aldeas lejanas había llegado el ejército y les habían sacado de sus tierras, que habían matado a hombres y violado mujeres. Luego comenzamos a saber que en pueblos más próximos también había ocurrido. Mi padre nunca lo creyó, aunque vi en su cara preocupación cuando llegaron a nuestro poblado varios niños y una mujer huyendo. Pero siguió sin creerlo. Decía que nadie podía echarle de su tierra, quizás esa pobre mujer y aquellos niños no lo supieran, pero sus padres o su marido habían vendido sus tierras. «Yo no. –decía –. Nadie puede entonces echarme de aquí. Si llegan, que no creo, les explicaré.»

Cuando los militares llegaron no preguntaron nada, aquellos hombres solo querían sacarnos de allí. Lo quemaron todo. Mataron a padre y a madre, a ella la violaron antes delante de nosotros. Mis hermanas estaban escondidas. Nunca supimos si pudieron huir y buscar refugio en el bosque o si murieron abrasadas cuando prendieron las chozas. Lekoya cree que huyeron. Espero que lo hicieran. Quedamos nosotros tres, unos chicos y unas pocas chicas de aldeas cercanas. Nos escondimos en el bosque. Hicimos pequeñas hamacas y nos organizamos para recoger comida al atardecer y escondernos durante el día. Pasaron semanas. Recuerdo que por las noches escuchaba llantos silenciosos. Mi hermano entonces lloraba mucho, ya no. Ahora tose durante todo el día y la noche, eso le agota aún más. Antes le pasaba el brazo por encima de su cuerpo hasta que se dormía. Ahora no recuerda porque lloraba entonces.

Llegaron las milicias y se llevaron a algunos, violaron a la mayoría de las chicas y a las otras las mataron por resistirse, colgaron sus cuerpos y se lo comieron a pellizcos los buitres. Nosotros tres conseguimos escapar y esquivamos el peligro las siguientes semanas. Mi hermano pequeño continuaba llorando por las noches, le ponía la mano en la cara para amortiguar su sonido. Sunday, mi hermano mayor, se enfadaba si le oía, decía que si el ejército o las milicias daban con nosotros nos matarían o nos obligarían a unirnos a ellos. Fue entonces cuando aparecieron esos chicos. Al principio pensamos que eran los otros, luego vimos que no. Compartimos la comida y nos contaron lo de la zona humanitaria, un sitio donde iban a dormir cada noche con otros chicos para no ser secuestrados. Quise saber dónde estaba, pero cuando dijeron que lo llevaban unos blancos Sunday dijo que nosotros no iríamos. Recuerdo que cuando repliqué que «yo sí», me dijo que era un pobre tonto como todos aquellos que vendieron sus tierras. «Nosotros no las vendimos –dije –, y acabamos igual». «Por eso –dijo –, por eso no debemos ir». Los chicos nos dijeron que habían dormido muchas noches y no les había pasado nada, se tumbaban todos juntos y esos blancos vigilaban. Sólo quería dormir como antes, sin miedo, sin despertar alerta. Había que andar varios kilómetros hasta llegar allí. Cuando amanecía buscaban refugio hasta antes de caer la noche que regresaban. Ellos lo hacían desde que otros se lo dijeron. Lekoya también quería ir, Sunday accedió a regañadientes.

Nunca supe si se fue o si le cogieron de camino, iba rezagado cuidando de nuestras espaldas. Nos dimos cuenta de que no estaba antes de llegar. Anochecía y los chicos no quisieron parar ni volver a buscarle. Nosotros regresamos un trecho pero volvimos sobre nuestros pasos porque nos pareció oír voces de adultos, tal vez solo fuera el miedo. Esa noche Lekoya también lloró pero yo dormí profundamente. Por la mañana me sentí muy mal por haber llevado la contraria a Sunday, siento que él desapareció o se fue porque Lekoya y yo quisimos dormir allí. Sé que mi hermano pensaba lo mismo y por eso lloraba. Yo estaba demasiado cansado. A veces pienso que lo que nos ha pasado es un castigo por desobedecer a nuestro hermano mayor. Aquí no nos dejan descansar mientras trabajamos, nos amenazan con látigos y machetes si lo intentamos, también sueltan a los perros.

Lekoya no quiso volver a dormir allí, lloró y gritó cuando emprendimos el camino de vuelta al día siguiente. Creo que pensaba que iba a desaparecer también. Siempre ha tenido los ojos muy grandes, antes se llenaban de lágrimas haciéndolos brillar, ahora están secos, llenos de polvo y apagados. Le arrastré hacia el camino ignorando sus llantos, me tuve que enfadar de veras con él para que callase. La segunda noche dormimos mejor. Conocimos a más chicos, con los días los veíamos casi cada noche, buscamos a nuestras hermanas y a Sunday entre ellos pero no los encontramos. Preguntamos sin respuesta. Alguna noche cantábamos canciones como hacíamos antes de que llegaran los europeos, el ejército y las milicias. Vi a los chicos reír, me pareció extraño. Ya no es como antes. Nada es como antes.

Aunque apenas duerma, cuando recuerdo el lugar donde crecimos me parece estar dormido. Echo de menos nuestra casa y nuestra tierra. Me gustaría poder volver a ver a madre, padre, a Sunday y a mis hermanas. Desde que nos trajeron aquí también deseo poder volver a la zona humanitaria, pero se que es imposible porque caminamos semanas, nos metieron en un camión y nos llevaron lejos. Estuvimos unos días encerrados, y finalmente nos trajeron en otro camión. Aquí hablan distinto, un dialecto que no entiendo. Aquí cuando nos hacemos daño nos escupen en la herida diciendo algo que no sé que significa. De todos los chicos que hay aquí no hay nadie de mi aldea, ni de ninguna que conozca. Tampoco hay europeos pero los vigilantes llevan botas de blancos como las suyas, pisan con ellas nuestros pies descalzos.

Un día tratamos de huir pero nos cogieron en la valla. Estuvimos al sol desde que salió hasta que se puso, desnudos, con las manos atadas. Cuando los demás terminaron la jornada de trabajo les obligaron a observar como nos azotaban con el chicote. Lekoya tose más desde entonces, tiene marcas por todo el cuerpo como yo, pero como es más pequeño parecen más grandes. Lleva la cabeza gacha como casi todos aquí, con los hombros caídos. Jadeamos como lo hacía padre, él tose como los viejos del poblado y nuestros ojos están casi tan hundidos como los de ellos. Nací hace doce veranos, ya soy un hombre. Espero que Lekoya se haga un hombre pronto también.

Autora: Brenda Chávez

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