No sin ella

La bicicleta como símbolo de reivindicación feminista desde el siglo XIX.

Beatriz Esteban Agustí [1]. Revista El Ecologista nº 78.

La bicicleta no es solo un elemento de ocio y deporte; para la mujer ha supuesto y supone un verdadero símbolo de libertad, es un objeto de reivindicación transversal y de posicionamiento político: la bicicleta como acto de resistencia anticapitalista y de militancia ecologista; la bicicleta como herramienta de visibilización de otras sexualidades e identidades; la excusa o quizás el medio para empoderarnos y creer en nosotras mismas. No sin mi bici, no sin ella.

“No sin ella”. Así se titulaba el artículo que un buen amigo escribió para un fanzine vallisoletano hace mucho tiempo [2]. No hablaba de su madre ni de la mujer de su vida, hablaba de su bici: esa buena amiga que te ayuda a dejar de ser impuntual, que te acompaña desde tu casa hasta el trabajo, la facultad, tu bar de confianza, la casa de un colega... o incluso a la compra o a una mani.

Es ese sencillo ingenio de la mecánica que solo necesita el combustible de tus propias piernas, que se sitúa al margen del petróleo y se desentiende de la industria automovilística que tantas subvenciones recibe mientras sigue obteniendo beneficios a espuertas. La bici es ajena a los modelos de ciudad basados en urbanizaciones lejanas que agotan recursos y que devoran los pocos entornos naturales que nos rodean.

Te permite relacionarte con otras personas, moverte en un radio más pequeño y conocer los comercios y locales de tu barrio. Es silenciosa, es divertida, ocupa menos espacio en la calle y mejora tu salud. Te permite ver las cosas a un ritmo más tranquilo, gestionar el tiempo como verdaderamente quieres y no como te lo impone el resto.

Más allá de los aspectos prácticos, la bici es todo un símbolo de resistencia y de militancia, pero además tenemos la suerte de tener una amiga tan feminista como ella. Ah, pero ¿tú no lo eres? ¿Y a qué estás esperando?

Pioneras del siglo XIX: mujeres libres y modernas... en bicicleta

En torno al año 1890 el uso de la bicicleta se popularizó de forma espectacular. Era más barato que mantener un caballo y un carruaje, y además abría nuevas opciones de ocio. Como toda cosa que hace sentir libre, la bici se recibió en un primer momento por los círculos más reaccionarios como un símbolo de decadencia moral: en aquella época las familias vigilaban muy de cerca a las jóvenes de la casa y jamás podían quedar con un chico si no era con la correspondiente compañía de otro adulto. En cambio, la bicicleta suponía poder escapar de la mirada de los padres, y un inocente paseo podría terminar convirtiéndose... en una romántica cita en algún lugar apartado. Pero más allá de romanticismos y ligoteos, la bici permitía a las mujeres ir donde quisieran y pasar un día divertido por su cuenta, cosa que en aquella época no era demasiado habitual.

Esa libertad se materializó también en algo mucho más tangible. Desde mediados del siglo XIX imperaba una moda absolutamente imposible: las mujeres llevaban faldas muy amplias, innumerables capas de enaguas y corsés bien asfixiantes que en su conjunto podían llegar a pesar 11 kilos. Montar en bici con este panorama era bastante complicado, de hecho algunas publicaciones y artículos de la época se hicieron eco de las caídas que sufrían las pobres mujeres porque se les enganchaba la falda en las ruedas o en otras piezas de la bici. En la prensa del momento había cierto consenso en que los corsés no tenían ningún sentido, pero la duda estaba en si se debía usar faldas algo menos cortas, pololos más ligeros o incluso una especie de falda pantalón de estilo turco.

En pleno siglo XIX, llevar algo que se pareciera remotamente a un pantalón suscitaba bastante polémica, así que nuestras valientes ciclistas abrieron brecha con un cambio de vestimenta que cortó de raíz con la tradición y las expectativas sociales y de comportamiento impuestas a las mujeres.

Cicliátrico: alternativas transfeministas para un activismo hipermasculinizado

Aunque compartamos puntos de vista similares como cicloactivistas, el mundo reivindicativo actual no deja de reflejar las tradicionales estructuras de dominación y no se libra de actitudes machistas por muy sensibilizados que estén nuestros compañeros con otras causas como la ecologista o la anticapitalista (el machismo en los movimientos sociales es un interesante tema que queda pendiente para otros foros). Como en muchos otros ámbitos de la vida pública y reivindicativa, la presencia de la mujer en el ciclioativismo es minoritaria, pero resulta muy significativo que en muchas ciudades de todo el mundo existan colectivos y talleres de autorreparación exclusivos para mujeres.

En Madrid, por ejemplo, se ha consolidado el colectivo Cicliátrico [3], que se reúne todos los jueves desde las 19:00 en el EPA Patio Maravillas [4]: “Cicliátrico es un espacio de aprendizaje horizontal, libre de paternalismos, actitudes machistas y tránsfobas. Es un taller de bicis donde se crea un ambiente de confianza para que se acerque gente que sigue viendo el mundo ciclista como algo hostil y masculinizado, un taller autogestionado en el que aprender a reparar nuestras bicis, sí, pero sobre todo, en el que construir una cultura ciclista diferente, más a la medida de nuestros cuerpos”.

Así se define el propio colectivo Cicliátrico formado por mujeres y personas transexuales que, tras su amplia experiencia en talleres madrileños mixtos, han apostado por aportar una perspectiva nueva al cicloactivismo: más allá de aprender mecánica, visibilizan desde la bicicleta otras identidades de género y otras sexualidades, replantean la normatividad y reivindican que los cuerpos son diversos.

Es innegable que muchas noticias y anuncios de bicicletas actuales se acompañan de imágenes de chicas en bici... pero normalmente inciden en los estereotipos de siempre: desde el Cycle Chic [5], un movimiento que defiende el ciclismo urbano con ropa de moda y chicas superfemeninas con la talla 36 (¿es que también hay que estar perfecta y divina para montar en bici?), hasta el reciente movimiento de piñón fijo o fixero, que en muchas campañas publicitarias tira del rancio recurso de colocar a mujeres esculturales al lado de una bici en posturas típicas del casposo imaginario del porno hetero. Utilizar a la mujer como reclamo no es promocionar el uso de la bicicleta entre nosotras, sino que únicamente persigue perpetuar estereotipos que tratan a la mujer como objeto para que los hombres compren bicicletas.

Ovarian Psycos [6]: bicicleta como herramienta de cohesión en ambientes marginales

Este colectivo de mujeres latinas de Los Ángeles (EE UU) organiza paseos en bici por su barrio y también talleres de autorreparación, además de colaborar con otros colectivos sociales. Aunque muchas de sus actividades son abiertas para hombres, se reservan las noches en que hay luna llena para dar una vuelta en bici todas juntas (chicas y personas trans, de nuevo) y, después, se reúnen en algún centro social para charlar sobre violencia, abusos, aborto, salud, alimentación...

La bicicleta es una verdadera herramienta de cohesión en este colectivo porque las mujeres que pertenecen a Ovarian Psycos provienen de hogares desestructurados, de ambientes muy machistas... Algunas de ellas han sido madres adolescentes, otras han sufrido abusos sexuales, otras son migrantes y no tienen una red de apoyo ni amistades en su entorno.

La bicicleta hace que estas mujeres se sientan poco a poco más libres y cuiden su salud: hacen ejercicio, reciben educación sexual... pero además se crean lazos de respeto y colaboración mutua gracias a la propia organización del colectivo con tareas y cargos rotatorios. Todas acaban asumiendo una serie de responsabilidades que, de otro modo, jamás hubiesen podido alcanzar: organizan actividades, hablan en público, buscan información, ejercen de comité de bienvenida para la gente nueva... Un evidente ejercicio de empoderamiento para unas mujeres que probablemente no hayan tenido jamás voz ni voto en su entorno y que, gracias a Ovarian Psycos, son protagonistas y agentes de cambio en sus propias vidas.


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