Libres e Iguales

Sentimientos dispares son los que me suscita el manifiesto “Libres e Iguales”, presentado por un conjunto de intelectuales y profesionales en contra de la secesión catalana:

http:// www.libreseiguales.es/

Hay dos cosas con las que estoy de acuerdo en el manifiesto y otras dos con las que discrepo.

Las dos aportaciones positivas:

1. La alerta sobre la impostura identitaria: “El nacionalismo antepone la identidad a la ciudadanía, los derechos míticos de un territorio a los derechos fundamentales de las personas, el egoísmo a la solidaridad”. Ya J. Habermas nos había advertido de que “la ciudadanía democrática no necesita estar enraizada en la identidad nacional de un pueblo”. Al sustituir un proyecto integrador por un proyecto independentista, el nacionalismo está dividiendo profundamente a la sociedad catalana en dos mitades casi exactas y haciendo muy difícil su convivencia cívica.

2. Su apelación a “los principios de libertad, igualdad, justicia y solidaridad” en todo el debate suscitado por el secesionismo. Poner de manifiesto que en todo este conflicto “no está en juego el derecho a decidir, sino la voluntad de imponerse unos con menoscabo de otros” (Adolf Tobeña), es imprescindible. La izquierda española ha adoptado como suya la agenda política de los nacionalistas, al carecer de una agenda propia, como señala Enrique Gil Calvo, y no se ha percatado de que de la cuádruple crisis que atenaza a la sociedad española (económica, institucional, territorial y moral), sólo la penúltima es la que enarbolan los independentistas, intentando escamotear las demás. Desde posiciones de izquierda sabemos que “lo progresista no es la distribución del poder (y de la renta) entre los territorios autónomos, sino la redistribución de la renta (y del poder) entre las clases sociales” (de nuevo E. G. Calvo). Como uno de sus firmantes (Félix de Azúa) ironiza, “el nacionalismo es un veloz progreso hacia el pasado”. Si alguna ocasión hemos tenido de comprobar cómo la política al uso es la sucesión de buscarse problemas, hacer diagnósticos falsos y aplicar soluciones equivocadas, aquí tenemos una evidencia palmaria. También viene a cuento otra revelación de Mario Vargas Llosa, también firmante del manifiesto: “Existen ficciones malignas, que son aquellas que niegan su naturaleza subjetiva, ideal e irreal, y se presentan cono descripciones objetivas científicas de la realidad”.

Pero también hay dos cosas que me repelen del manifiesto:

1. El rechazo a cualquier negociación y la reclamación al Estado para que aplique medidas sancionadoras. ¿De verdad creen los firmantes que con estas amenazas lograremos poner fin al delirio secesionista? ¿No avivará más aún el fuego del irredentismo independentista? La amputación y escisión de toda una comunidad serían el resultado final. Sin llegar al exabrupto de Juan Marsé (“el famoso derecho a decidir para mí no significa más que esto: el derecho a decidir que me jodan unos u otros”), hay que reconocer que la autodeterminación para la secesión es una de las iniciativas políticas que suscita mayor división interna en una sociedad, por lo que aceptar sin más que sea un derecho plantea problemas morales, como evidenciaba Stéphane Dion, el político canadiense que se atrevió a impulsar la ley de claridad a la hora de convocar referéndums soberanistas. El conflicto lingüístico se vería agravado, afianzando el actual modelo escolar monolingüe, en una comunidad a todas luces bilingüe. La mitad de los alumnos de Cataluña tiene el español como lengua materna y es la lengua de uso habitual del 45% de los ciudadanos catalanes. La inmersión lingüística ni siquiera se ha conformado con la preferencia y ha elegido (e impuesto) la exclusividad.

2. No entiendo que haya que ir de la mano con personajes de la extrema derecha tan delirantes como H. Tertsch, J. Losantos o S. Dragó, firmas con las que hay incompatibilidad democrática a la hora de repudiar el nacionalismo excluyente. Aunque “no es lo mismo tener claro que una realidad es confusa que tener una idea confusa sobre la realidad” (Felix Ovejero, otro de los firmantes), repugna ir de compañero de viaje con semejantes facinerosos.

La réplica a este manifiesto surgida desde posiciones de izquierda, “Una España federal en una Europa federal”, me suscita también perplejidades y disidencias.
http://ep00.epimg.net/descargables/2014/07/16/c60383063d3e3cf2bd7d91f74787cc73.pdf

¿De verdad creen estos firmantes que “la actual insuficiencia de la estructura territorial del Estado que establecimos en la Constitución de 1978 es una opinión compartida por amplios sectores sociales y entre las propias fuerzas políticas”?. Las competencias de comunidades históricas como Cataluña y País Vasco superan con creces las de un Estado federal al uso y los conciertos económicos afianzan un Estado asimétrico nada equitativo. Incrementar aún más sus competencias alentaría su insaciabilidad en cultura, educación, empleo, servicios sociales,…

La “ordinalidad” que invoca el manifiesto no deja de ser una boutade. Tampoco “el establecimiento de una Cámara territorial, con atribuciones legislativas exclusivas en sus competencias, que permita la participación de todas las Comunidades en la gobernación de los problemas comunes, incluidos los europeos, en base a la lealtad y cooperación recíprocas”, resulta una idea novedosa ni resolutiva: el Senado (pues esa es la inútil y prescindible Cámara territorial) debe ser abolida, no “reformada”, por coherencia, ahorro y equidad.

La actual Constitución del 78 está ampliamente deslegitimada, por lo que la resolución de los problemas políticos de España (no solo los territoriales) pasan por su reforma integral, en un proceso constituyente que aborde también la forma de Estado, evite el unanimismo (temor a expresar la disidencia) y ponga fin a la mezcla tóxica de oportunismo, ignorancia y corrupción de la actual casta política.

Por Daniel López Marijuán