Censos de lobos en España

Las estimaciones de la población de lobo ibérico no se basan en datos fiables.

Jorge Echegaray [1]. Revista El Ecologista nº 83.

Este artículo es una extensa revisión sobre el pasado, presente y futuro del panorama que envuelve las estimaciones poblacionales de lobos en España. Lo que subyace detrás de estas estimas loberas es enrevesado y difícil de interpretar racionalmente. Lo peor de todo es que la gestión del lobo recae en administraciones sometidas al yugo del ruido mediático de ciertos sectores, y que acaban ignorando el importante papel ecológico de esta especie. Por tanto, la conservación efectiva y la restitución de la biodiversidad quedan en un plano totalmente testimonial.

En la Península Ibérica son muchas las especies amenazadas que registran declives poblacionales severos y reducciones de su área de distribución. Por lo tanto, ¿por qué prestar atención a los lobos (Canis lupus)? Más allá de nuestras fronteras los lobos se distribuyen sobre extensas áreas del hemisferio norte, con 115.000-139.000 individuos [1].

A pesar de ello, estas estimas son aproximaciones que hay que acoger con cautela porque en muchas regiones y países, los censos son extrapolaciones a áreas muy extensas. Además se conoce a ciencia cierta muy poco acerca de algunas tendencias, incluso a pesar de que se rigen por consultas a paneles de “expertos” generalmente ligados a la administración. Los países de la ex Unión Soviética, especialmente Rusia, Mongolia y Canadá, ostentan la mayoría de los lobos del mundo [1]. pero el conocimiento de sus poblaciones está basado en extrapolaciones y las informaciones más precisas que llegan desde los más remotos confines de Asia sugieren que existen múltiples zonas donde se ha producido un declive muy acentuado paralelamente al de sus presas potenciales [2, 3, 4], frente a otras donde parece haber más lobos que hace algunas décadas [1].

A todas estas limitaciones, se les pueden añadir otras de tipo metodológico, incluso en países occidentales supuestamente más desarrollados, como España. Ello no ha sido óbice para que desde diferentes sectores, incluidos medios de comunicación, se acuñe la impresión de que la población ibérica de lobos está en franca expansión, que albergamos una población saludable y un censo incluso superior a los 2.000-3.000 individuos [5]. Sin embargo, en España, como veremos a continuación, las estimaciones poblacionales no han estado sujetas a datos empíricos, contrastables y comparables [6].

¿Cómo se realizan los censos?

Los lobos son escasos por naturaleza, esquivos porque su supervivencia estriba en ello, y además tienen gigantescas áreas de campeo [1]. Por tanto, los lobos se cuentan con dificultad y ni siquiera es correcto hablar de censos, sino de estimas [7]. Todas las estimaciones se hacen contabilizando: (a) el número de grupos sociales -dos o más lobos que ocupan un territorio y que se pueden o no reproducir-; (b) el número de individuos por grupo al finalizar el invierno, lo cual indica éxito reproductor; y (c) multiplicando el número de grupos por el número de individuos por grupo. Además, existen (d) grupos que no se reproducen o que fracasan en la reproducción (20% de los grupos) [7]. En determinados contextos, poblaciones con abundancia de recursos tróficos, escasa persecución humana u otras circunstancias, también hay (e) una fracción de lobos habitualmente no asociados a grupos, que son solitarios y/o están en dispersión (10-15%, según promedios internacionales) [1].

En España no se censan lobos, sino que se estiman sus poblaciones reproductoras (grupos con reproducción) [6]. Pero no todos los grupos de lobos se reproducen con éxito. Esto no se tiene en cuenta y el éxito reproductor (d) es habitualmente obviado.

En los últimos tiempos ni siquiera el número de grupos reproductores es un indicador fiable en algunas regiones, por la forma de atribuir los indicios obtenidos en los muestreos de campo a grupos. Además, los métodos directos empleados impiden verificar si esos grupos son tales, si hay reproducción o no (cachorros). El caso de Sierra Morena es el más atípico, por la tendencia regresiva de sus lobos y lo reducido de sus efectivos. Los indicadores basados en grupos familiares con o sin reproducción empleados por la administración no han estado sujetos a verificación externa y en la práctica, desde hace mucho tiempo, resulta imposible certificar su verosimilitud por la ausencia de métodos científicos utilizados para estimar las poblaciones.

En cuanto al parámetro demográfico que atañe a los ejemplares en dispersión (e), algunos trabajos de radiomarcaje españoles realizados en ambientes con condiciones ecológicas singulares [8] han sostenido que estos ejemplares pueden constituir más del 20% de la población, pero la distinción entre lobos solitarios, dispersantes, periféricos, flotantes, etc. y aquellos otros subdadultos que pueden tener una cohesión laxa con el resto de la manada, es improbable, como ya han demostrado trabajos pioneros de radiomarcaje españoles [9]. No obstante, el acuño de nuevos vocablos para tildar la categoría social de estos lobos (periféricos, flotantes, errantes, etc.), ha servido para avalar supuestos escenarios ecológicos de “saturación” donde la fracción de estos individuos era notable, sin haber definido la capacidad de carga en las poblaciones loberas de la meseta central [8]. Por tanto, si no es fácil su determinación y categorización demográfica, menos aún debería ser su asignación territorial. Pero se hace, añadiendo ejemplares a cada grupo social, aumentando más si cabe el tamaño de cada grupo, lo cual revierte en la asignación de cupos de caza.

¿Cuáles son los tamaños de grupo en lobos ibéricos?

En España, las estimas del tamaño de manada (parámetro c) en los “censos” realizados hasta la fecha son un 30-50% superiores a las empleadas internacionalmente, incluso para grupos de lobos presentes en entornos similares [6]. Esto se debe a que se contabilizan los cachorros en época reproductora y no se considera la mortalidad de los mismos en sus primeras etapas. Hasta el 34% de los cachorros pueden morir incluso en ambientes no humanizados [1]. Esto condiciona la comparación de series de datos entre épocas, territorios e incluso países. Es decir, los “censos” españoles son de verano y los “censos” internacionales, son de invierno.

Los censos internacionales se efectúan en invierno, cuando las manadas están más agrupadas [1]. Una limitación de cualquier estima de lobos es que en todas ellas es probable que no se hayan contado todos los lobos integrantes del grupo, porque este tipo de trabajos está basado en una esperable mayor cohesión de los grupos en invierno, que es cuando se censan todas las poblaciones conocidas de lobos, salvo la española. Este grado de cohesión es un problema común a todas las poblaciones de lobos del mundo donde se haya estimado el tamaño de grupo [1].

En nuestro país no se han utilizado estimaciones del número de integrantes por grupo provenientes de datos empíricos, sino que el tamaño de grupo se ha fijado arbitrariamente, incluso en el tiempo, sin justificación biológica aparente. Así, en el “censo” nacional del antiguo Icona se asumieron 5-7 lobos/grupo [10], pero en el “censo” de Castilla y León, una década después se utilizaron tamaños de grupo de 8-10 lobos/grupo (o más) [11], siendo incluso modificados a 6,7-10 lobos/manada por los mismos autores en otro trabajo [12]. Algunos de los que han protagonizado las consideraciones más habituales sobre los tamaños de grupo de lobos empleados en los “censos” de las administraciones, se han erigido en evaluadores de sus propios censos y han concluido que no es posible determinar con precisión el número de lobos por las variaciones elevadas observadas en cuanto al tamaño de grupo, lo cual es aún más sorprendente, y llega tarde [13].

Evidentemente, todo esto implica distintas magnitudes, y carecería de importancia, salvo en discusiones metodológicas de especialistas, si no fuera porque los aprovechamientos cinegéticos se fundamentan sobre dichas estimaciones [6]. Los datos empíricos existentes en España son claramente inferiores en cualquier época del año, provienen de una metodología con un esfuerzo descrito (por tanto repetible, condición esencial del método científico) y a partir un número de grupos de lobos suficientemente representativo [14]. Pero la corriente instalada es que los censos imperiosamente tienen que realizarse con 9-10 ejemplares de promedio por grupo en España.

Así, el plan de gestión del lobo de Castilla y León de 2008 (Decreto Regional 28/2008) y las bases técnicas que lo avalan [15], ha sido objeto de críticas razonadas de diversos colectivos que expusieron, entre otras cuestiones, que considerar tamaños de grupo de 8-10 ejemplares de promedio para sustentar cupos de caza implica una gestión no razonada ni razonable. Incluso la Sociedad Española para la Conservación y el Estudio de los Mamíferos (Secem) ha expresado (sic) que “los motivos por los que se asume un número medio de individuos por manada de 9 lobos no están suficientemente discutidos ni apoyados por datos científicos”. Se trata de “una cifra demasiado elevada, sobre todo en los meses de otoño e invierno en los que se desarrolla la temporada de caza. Dada la importancia que tiene este dato, debería adoptarse una postura más cauta y conservadora”. Uno de los miembros de la junta directiva de ese colectivo es uno de los coordinadores de las bases de la gestión y de los “censos” para las administraciones.

En definitiva, todos los “censos” regionales y nacionales efectuados siguen incurriendo en los mismos malabarismos metodológicos y temporales, a pesar de que existe información empírica que sostiene que el tamaño medio de grupo en lobos es muy inferior al que se utiliza en España [6, 7, 14]

Conteos nacionales en España

La primera aproximación para conocer la situación del lobo en España se produjo en el bienio 1987 y 1988 [10]. Mediante datos obtenidos a través de entrevistas personales a gente de campo y el muestreo personal de 1.430 puntos diferentes realizados mediante un esfuerzo no cuantificado, se estimó la existencia de 294 grupos familiares distribuidos en 100.000 km2, lo que implicaba a juicio de los autores la presencia de 1.470 lobos a principios de primavera (considerando la existencia de 5 ejemplares por cada grupo reproductor) y 2058 ejemplares durante el otoño (considerando 7 ejemplares). El último “censo” de 2005, sostuvo que en España y Portugal existen alrededor de 254-322 grupos familiares (254 grupos confirmados y 68 probables) distribuidos en unos 140.000 km2 [5]. Ese “conteo” fue una puesta en común realizada durante 5 años de varios conteos regionales y del “censo portugués”. Menos del 5% de estos lobos se encontraba en Sierra Morena, aislados secularmente y con un precario estatus demográfico.

A instancias del Ministerio español, se ha promovido un nuevo “censo” nacional dada la ausencia de información actualizada, que verá la luz en 2015, Pero lo importante será conocer ¿Por cuánto multiplicamos cada grupo “censado”? ¿Esos grupos familiares son grupos reproductores? ¿Cuál es la tasa de incertidumbre de esos datos? A la hora de evaluar las tendencias ¿se podrá comparar éste con otros “censos”? Los protocolos de estandarización de “censos” en otras disciplinas y con otras especies (por ejemplo, en ornitología) están desarrollados y sujetos a rigor. Con lobos las propuestas de estandarización son recientes [7].

Por todo ello, solo cabe decir que los “censos” nacionales en España con lobos no existen. Para hacer una estima nacional (que no un “censo”) es preciso un diseño de muestreo que recoja una muestra empírica (más o menos extensa), con esfuerzos, unidades de muestreo y márgenes de confianza. Ese diseño debe recoger los criterios para validar los datos (tiempo y calidad de observación, tipo e incertidumbre de indicios, etc.). La atribución de grupos reproductores está determinada sobre métodos indirectos y directos, pero esos métodos llevan implícitos errores de muestreo, insuficientemente contabilizados. Según las cifras oficiales de la Junta de Castilla y León, en el “meta-censo” realizado por varios centenares de personas de la administración, se han detectado 179 grupos de lobos (152 manadas al norte del Duero, 27 al sur), lo cual supone en torno a 1600 ejemplares. Las cifras en bruto son aplastantes para cualquier neófito: 51.229 km de transectos realizados, 10.085 excrementos hallados, 2.828 huellas contabilizadas, 438 rascaduras, 2.949 estaciones de observación y de escucha realizadas, etc. A partir de esos datos brutos, la administración asume la presencia de 179 grupos de lobos, 30 grupos más que en el “censo” de una década antes. Al sur del Duero se habría pasado de 10 a 30 grupos de lobos. Una vez valoradas las cifras brutas, las cifras netas no permiten comprender cuales son los criterios de asignación de indicios a grupos de lobos, ya que se desconocen los procedimientos. El 6,1% de las estaciones de observación de lobos arrojó resultados positivos y solo en 79 ocasiones (el 44% de las estaciones dadas como positivas) se confirmó la reproducción mediante la observación de crías. Eso implicaría 100 grupos sin evidencias de reproducción. En cambio, la Junta de Castilla y León sostiene que la reproducción se detectó en el 73% de los grupos estimados.

Dada la dificultad de atribución de indicios (huellas y excrementos) a lobos por su posible confusión con los de algunas razas de perros [6], cabe pensar en la probabilidad de sesgos en la asignación de grupos en determinados contextos, especialmente cuando los grupos y la reproducción no han sido verificados por métodos directos. Es más, incluso se desconocen los criterios de separación espacial en zonas anexas, lo cual podrí suponer la asignación de dos grupos cuando en realidad solo existe uno.

Todo ello supone errores y limitaciones añadidas, con profundas implicaciones en la gestión. Si se plantean estrategias de gestión basadas en números de individuos, como se hace en España, parece imprescindible basar las estimas en datos fiables. Esto no es así y no lo será si no se abordan medidas urgentes sobre las certidumbres en el método de conteo que se adopte. Podrá haber estimaciones, como la que se hizo por primera vez en 1990 [10], que no puedan ser comparables si no es con el mismo método y esfuerzo. Como ese primer trabajo se hizo con vocación de “censo” y sin indicadores de esfuerzo repetibles, cualquier comparación que se haga será inevitablemente confusa. Ahí radica el origen del problema: llevamos tres décadas remontándonos a niveles de partida que no nos permiten aclarar cuál es la tendencia de la población lobera ¿este es el modelo de conocimiento y gestión riguroso al que nos dirigimos con otros seres vivos?

Es trascendental establecer una metodología sólida, que se ejecute correctamente por personal cualificado e independiente, y que sea repetible [7, 13]. Para que sea repetible y poder determinar la tendencia de una población es preciso hacer un diseño que implique obtener datos y resultados con un nivel de incertidumbre determinado e inherente al método (“error de muestreo”). Además debe ser comparable en el tiempo. Y aun así habrá que explicar al público que seguirá habiendo incertidumbres porque la cohesión de los grupos varía también con las condiciones ecológicas y con componentes individuales tales como la “personalidad” de los ejemplares [1]. Dicho de otra forma, si siempre existirán incertidumbres, convendría ser prudente y conservador en las estimas poblacionales, y no al revés.

El “censo nacional” de 2015 no puede ni debe ser comparado con otros, ni siquiera a nivel regional. Las incertidumbres metodológicas se ignorarán públicamente, a pesar de que en ello radica la buena gestión y por tanto, la conservación más efectiva de nuestros lobos. Por si fuera poco, a este silencio no se podrá esgrimir la retórica conceptual existente en torno a la definición y asignación de grupos familiares, reproductores, seguros y probables. La atribución de grupos a partir de indicios indirectos tampoco se libra de sesgo, especialmente en zonas humanizadas, donde hay perros “incontrolados” (no necesariamente asilvestrados) y en áreas de distribución marginales [6]. Estos errores sólo pueden ser subsanados mediante seguimientos a largo plazo y mediante información acumulada rigurosa [16].

Mientras tanto, el comité de asesores creado a partir de la estrategia española de gestión y conservación del lobo sigue sin ser convocado.

¿Y qué pasa con los “censos” de lobos en la vecina Portugal?

En Portugal, el lobo ibérico es una especie estrictamente protegida, y a pesar de ello no prospera como sus vecinas poblaciones españolas, debido a las condiciones ecológicas y a la elevada persecución humana por furtivismo. En el último conteo nacional, se consideró la presencia de 50-63 grupos reproductores de lobos, lo cual podría suponer menos de 300 lobos [17]. Pero en el país vecino se utilizan otras estimaciones de tamaño de grupo: consideran 3,5 ejemplares (adultos y subadultos) por grupo, a los cuales se añade un ejemplar más por manada asignado como “dispersante”, lo cual resulta en 4,5 lobos por grupo ¿Esto implica que las estimas portuguesas están sujetas a un 50% de error frente a las estimaciones que se emplean en España con los mismos lobos? Lo que supone es que nuestros vecinos utilizan estimas mucho más conservadoras ante la falta de información empírica racional y contrastable.

Mientras algunas zonas españolas registraban expansiones locales, las vecinas poblaciones portuguesas, han sufrido una retracción de su distribución, lo cual era sistemáticamente ignorado en España, a pesar de ser la misma población lobuna. En los últimos tiempos, parece intuirse algún cambio positivo demográfico en algunas zonas de Portugal, pero aún faltan evidencias a largo plazo.

Tendencias de la población ibérica

Como los “censos” no son comparables por la ausencia de estandarización de los métodos empleados, no es posible establecer tendencias objetivas, aunque se hagan. Como existe una falta de conocimiento del esfuerzo invertido, el estudio de dichas tendencias será incierto. Mientras en Norteamérica se han desarrollado modelos predictivos de hábitat idóneos y existen simulaciones para conocer la tendencia poblacional a largo plazo, en España, donde el lobo apenas ocupa el 25% de su distribución original, no existen modelos de idoneidad del hábitat. Tampoco existe trabajo científico reciente alguno que haya analizado y cuantificado el cambio de distribución en la Península en las últimas décadas. Ni siquiera existe un análisis de viabilidad demográfico (AVP), por lo que difícilmente se podrá predecir la evolución de las poblaciones, aunque haya “censos”. E se tipo de información es indispensable para evaluar los efectos de la caza y control de ejemplares

Un ejemplo del panorama existente vuelve a ser Castilla y León, región que oficialmente alberga el grueso de la población lobuna ibérica. El número de grupos estimado en el “censo” del Icona [10] era 9 grupos superior al número máximo de grupos detectados trece años después, a pesar de que se había invertido más esfuerzo, tiempo, dinero y se tenía mayor conocimiento de la situación que a finales del s. XX [11]. Los distintos malabarismos semánticos entre estimación y detección, criterios de grupos (seguros, probables, etc.) y tamaños de grupo no evaluados empíricamente, han permitido justificar el aumento del número de lobos, a pesar de que los métodos entre si no eran comparables en sensu estricto. Esto ni siquiera ha sido óbice para fijar aprovechamientos cinegéticos en torno a 140 lobos anualmente. Al lobo le toca hasta tolerar aprovechamientos cinegéticos sobre “censos” realmente desconocidos. Y en una vuelta de tuerca más, para algunos las bondades de la gestión pro-cinegética emprendidas en casi todas las regiones son las que han permitido alcanzar su estatus actual “tan boyante”.

Parece evidente que la distribución del lobo ha aumentado desde finales del s. XX, pero a la hora de hablar de tendencias hay que referirse a escalas temporales y espaciales concretas y no elegidas arbitrariamente [18]. Los datos que dan origen a esas áreas de distribución pueden ser controvertidos porque han estado basados en testimonios directos e indirectos (huellas, heces, daños a la ganadería, etc.) de difícil adscripción específica (lobos, perros, etc.). Si consideramos períodos históricos, la tendencia de las poblaciones de lobos es obviamente regresiva. Lo que puede resultar significativo o evidente para un periodo de tiempo dado puede no serlo para otro e incluso las tendencias pueden ser contrarias y además, los cambios en los límites del área de distribución, no aportan los mejores indicios sobre la evolución de sus poblaciones [18].

Las últimas revisiones regionales (Burgos, sur de Castilla y León, norte de Castilla-La Mancha, Aragón, La Rioja, País Vasco) señalan una dinámica de asentamientos y extinción recurrente en el tiempo, lo cual debe atribuirse a la persecución humana directa o indirectamente. Resulta difícil esgrimir que esa situación tan precaria sea consecuencia de la ausencia de recursos tróficos, como la falta de ungulados silvestres, o la inexistencia de carroñas en el campo debido a la retirada de cadáveres como consecuencia de la enfermedad de las “vacas locas”.

En el sistema central del sur de Castilla y León, donde se ha “celebrado el éxito” de la recolonización de los lobos, hay constancia de la presencia habitual de estos animales desde finales de los 80 del s. XX [10]. En los límites de estos sectores, como la vertiente madrileña de la sierra de Guadarrama o el parque nacional homónimo, sigue sin haber un asentamiento espacio-temporal continuado de grupos, como sucede también en otras zonas que constituyen su área límite de distribución. Es más, el primer grupo donde se detectó un episodio de reproducción fue exterminado por caza ilegal.

En el norte de Extremadura, en Castilla La Mancha y sur de Castilla y León, el lobo es sistemáticamente erradicado. La población extremeña de la sierra de San Pedro desapareció y nada ni nadie se ha responsabilizado por ello. Simplemente, se extinguió. Otros lugares, como el País Vasco y La Rioja, siguen erigiéndose desde hace décadas en el freno a los movimientos de los lobos hacia los Pirineos. La Rioja permite el abatimiento de hasta 3 ejemplares por manada, a pesar de contar con 2-3 grupos en el mejor de los escenarios y compartidos con Castilla y León. La justificación técnica de los responsables de la gestión del lobo en Álava ha llevado al extremo de sostener que la extracción de 1 ejemplar sobre una población estimada en 7-8 animales no pone en peligro el estado de conservación favorable del lobo (en el resto de España), delimitando el ámbito de responsabilidad a fronteras seleccionadas arbitrariamente.

¿Hay lobos en Pirineos?

En un artículo sobre las estimaciones de lobos, no se puede evitar reseñar la sorprendente presencia del hallazgo de un puñado de lobos en los Pirineos españoles. Esta magnífica noticia lo será aún más cuando haya eventos de reproducción. Esta nueva no ha sido merecedora de una atención suficiente porque los análisis se han centrado en conocer el número y la procedencia de los ejemplares detectados, que genéticamente han sido atribuidos a perfiles italianos.

Un ejercicio simple e intuitivo permite a cualquiera comparar la localización de las regiones alpinas y apenínicas, para el caso de los lobos italianos, frente al Sistema Ibérico norte y/o los montes vasco-burgaleses, para el caso de los lobos ibéricos. ¿Qué está más cerca de los Pirineos? En primer lugar, cabe plantearse cómo es posible que lobos detectados en Cataluña provengan de poblaciones franco-italianas, cuyos efectivos poblacionales son muy inferiores a los asumidos oficialmente para la población ibérica (3.000 lobos ibéricos frente a 1.300 lobos franco-italianos, en el mejor de los escenarios). Esto supone una diferencia demográfica muy ostensible (60%). En segundo lugar, las distancias desde los lugares con episodios de reproducción son más cercanas para la población francesa, pero los eventos son aislados y reducidos. Esos episodios no pueden compararse con la “pujanza” demográfica ibérica, en torno a 300 grupos de lobos reproduciéndose todos los años desde hace varias décadas.

En tercer lugar, por si no fuera suficiente, la conectividad para llegar a Pirineos desde el núcleo noroccidental ibérico es mucho más probable en términos de “costes de resistencia” a través de las alineaciones montañosas ibéricas dispuestas en dirección este-oeste. El periplo que han tenido que realizar los lobos italo-franceses a través de varios macizos montañosos y sus respectivas depresiones (valles humanizados) en un sentido perpendicular a la dirección de la dispersión es mucho más meritorio.

Paradójicamente, la aparición -que no asentamiento- de lobos italianos en vez de ibéricos, parece atribuirse a su “rápido” paso por Francia y su teórica protección legal, asumiendo que apenas hay mortalidad de lobos por esa protección. Es chocante porque ¿no se había preconizado la expansión de lobos en España durante décadas gracias a las “bondades del modelo de gestión actual (pro-cinegético)”?.

Cabe plantearse como hipótesis alternativas, si no hay tantos lobos en España, si la expansión es asimétrica o ni siquiera es tal, o si existe una elevada persecución ilegal de lobos, particularmente en los límites de sus áreas de distribución (Álava, Bizkaia, Burgos, La Rioja, Soria, Guadalajara, etc.).

La última alternativa sería considerar si los lobos de perfil genético italiano son más eficaces en términos evolutivos que los ibéricos evitando escopetas, ganaderos y otras barreras (naturales o artificiales). Esto hipótesis se antoja improbable, dados los puntos de partida demográficos de ambas poblaciones así como los parámetros de caracterización genética de sus poblaciones.

No a la caza del lobo en España

Los grandes predadores son raros por definición, elusivos, viven en bajas densidades de forma natural, tienen grandes áreas de campeo y son (o pueden ser) especies clave para los ecosistemas incluso en ambientes humanizados y alterados [4]. Por tanto, no debe ser el hombre quien “regule” sus poblaciones, sino el propio sistema en el que habitan [19]. Es más, tienen mecanismos propios de autocontrol de sus números y densidades [1, 20], lo cual desmonta argumentos sostenidos por algunos especialistas y divulgadores ambientales acerca de que el ser humano es el que en último término tiene que controlar sus poblaciones para que no se incrementen de forma “exponencial”. La principal causa de mortalidad de los grandes carnívoros es directa o indirectamente el ser humano, incluso en ambientes escasamente humanizados y/o donde gozan de protección legal [1]. En espacios dedicados a la conservación de procesos naturales, como algunos parques nacionales norteamericanos, la causa de mortalidad principal en lobos tiene un origen natural: enfermedades, accidentes durante la caza de ungulados, y especialmente, la mortalidad causada por problemas territoriales entre grupos (39%) [20].

El fomento de la gestión cinegética como herramienta de gestión prioritaria (planes de Castilla y León, Asturias, Galicia, La Rioja), el aislamiento secular de los lobos de Sierra Morena, el control de lobos en las zonas potenciales de expansión (País Vasco, la Rioja, Aragón, Castilla la Mancha, Extremadura, etc.) y el furtivismo creciente, comprometen la viabilidad a largo plazo de nuestros lobos. Además, la extracción de ejemplares genera efectos en la estructura demográfica y genética [7, 19, 22], lo cual no ha sido objeto de tratamiento por parte de los gestores, que tampoco contemplan cuestiones éticas relacionadas con la caza de grandes predadores o la incidencia real socioeconómica de los daños que ocasionan [14]. De hecho, no existe ningún santuario para la especie en toda su área de distribución española, incluido el único parque nacional con presencia reproductora estable de lobos en España (Picos de Europa). Ni siquiera el turismo creciente de lobos en algunos lugares de nuestra geografía palia la presión cinegética y puede incluso añadir otro factor más de amenaza (directo e indirecto), especialmente cuando se produce en cebaderos artificiales y en lugares de reproducción puntuales que albergan cachorros.

La caza del lobo, aún permitida en España, es un error para la conservación de biodiversidad. Se trata del único gran carnívoro no protegido de nuestro país. En todos los países de nuestro entorno, como Italia, Portugal y Francia, está protegido y no es una “plaga”. Eso no impide matar algunos lobos en situaciones puntuales, aunque rara vez se produce ese hecho, salvo en Francia.

Matar lobos debería ser una rarísima excepción, sólo aplicable cuando ganaderos profesionales y con demostrada intención de prevenir ataques sobre sus rebaños se vieran repetidamente afectados. Además, puede tener efectos adversos sobre el número de daños ya que la caza de lobos altera su estructura social: tamaño de grupo, supervivencia, comportamiento, etc. En un mundo con reconocida pérdida de biodiversidad, se clama por la necesidad de conservar especies “altamente interactivas”, con el lobo como emblema, en virtud de su papel ecológico. Los grandes carnívoros son más que meros números, con intrincadas relaciones sociales, lo cual es aún más evidente en caso de los lobos [19, 20, 22]. Todas estas afirmaciones se basan en trabajos científicos internacionales que sugieren que la funcionalidad ecológica del lobo promueve la conservación y recuperación de la biodiversidad, entendida ésta como riqueza de especies e interacciones mutuas [4, 20].

Notas y referencias

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[18] Naves, J. (2010). Propuestas para el seguimiento de las tendencias de las poblaciones de lobos en la Península Ibérica. Pp: 174-199. En: Fernández-Gil, A., Álvares, F., Vilà, C. & Ordiz, A. (eds.). Los lobos de la Península Ibérica. Propuestas para el diagnóstico de sus poblaciones. ASCEL, Palencia.

[19] Haber, G.C. (1997). Biological, conservation and ethical implications of exploiting and controlling wolves. Conservation Biology, 10 (4): 1068-1081.

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