Ecofascismo

La escasez de recursos puede desembocar en un ecototalitarismo para acapararlos.

Federico Ruiz, miembro de Ecologistas en Acción.
Revista El Ecologista nº 83.

Entre las acepciones que ha tenido el término ‘ecofascismo’, hay una que está siendo muy usada recientemente pues alude a un posible escenario futuro que conviene tener en mente: regímenes autoritarios que posibiliten que cada vez menos personas, las que tienen poder económico y/o militar, sigan sosteniendo su estilo de vida acaparando recursos a costa de que mucha más gente no pueda acceder a los mínimos materiales de existencia digna.

Hasta hace unos pocos años el término ecofascismo era utilizado principalmente por los media de derecha ultraliberal como arma de combate ideológico contra uno de sus enemigos naturales, los ecologistas. Se trataba de desprestigiar unos planteamientos que, hasta en sus versiones más moderadas, siempre postulaban algún tipo de regulación contraria a la pretensión extremo-liberal de dotar al capital de una absoluta libertad de actuación, y por tanto, afectaba a los intereses de algunos de sus patrocinadores, grandes empresas a las que cualquier reglamentación ecológica suponía una merma de beneficios. La idea era asociar el fascismo con el ecologismo de tal modo que sugiriese una tendencia necesaria de este hacia aquel. Una táctica tan evidente y tosca –buscar excepciones y presentarlas como norma, manipular declaraciones, recoger toda información infamante sin preocupación alguna por su veracidad, etc. – que no merece la pena gastar un carácter más en ella.

Otro uso, más enjundioso, de ecofascismo se ha dado en algunas denuncias, desde el propio ecologismo, de las derivas de sectores ecologistas hacia lo que se juzgan posiciones políticas despóticas. Así, la intensa polémica de Murray Bookchin con David Foreman, cofundador de Earth First, acusado por Bookchin de ecofascista [1]. Una temática, esta sí, muy interesante, pero que tampoco es objeto de este texto.

El fascismo ecológico y la crisis global

Más recientemente, ecofascismo aparece con frecuencia creciente en boca y pluma de ecologistas sociales, con un significado y en un marco analítico muy distinto de los mencionados arriba. El ecofascismo no alude aquí a supuestos rasgos esenciales o accidentales del ecologismo; se sitúa en el corazón de la tenebrosa realidad que se aproxima de la mano de una concatenación de crisis inéditas por su gravedad en la historia del Homo sapiens, al menos en el periodo postglacial.

Sabemos que si no se toman medidas de una enorme contundencia y de modo inmediato, el deterioro ecológico dará lugar a una serie de acontecimientos desastrosos que estrangularán nuestra civilización e, incluso, pondrán en peligro la continuidad de la especie humana (entre otras muchas). Esas medidas incluyen necesariamente la adopción de un programa decrecentista radical. No voy a dar cifras. No es necesario; hasta los estudios científicos (serios) más optimistas plantean que para acceder a un estado estacionario realmente sostenible serían necesarias una disminución en el uso productivo de recursos naturales y en la generación de residuos de tal magnitud que se reduciría el consumo actual de los países no empobrecidos en unas dimensiones, no ya inaceptables, sino inconcebibles para la mayor parte de sus habitantes.

¿Cómo se le plantea a un norteamericano medio que se acabó, y definitivamente, disponer de un coche propio? ¿Cómo es posible revertir en muy pocos años la labor intensiva llevada a cabo a lo largo de un siglo por los aparatos productores y distribuidores de cultura encaminada a hacer del consumo por el consumo el ideal de vida de amplísimas capas de la población mundial? Lamentablemente, no es realista confiar en la toma espontánea de conciencia de una población engañada y manipulada por unos medios oligopólicos cuyos dueños forman parte de los grandes poderes mundiales. Poderes, estatales y privados, que se hallan sumidos en un estado casi catatónico, pretendiendo, del modo más iluso e irresponsable, proseguir la política suicida de impulsar un crecimiento económico sin el cual no puede subsistir el capitalismo ni, con él, su privilegiada posición social.

En estas circunstancias, es más que probable que unos y otros, gobernantes y mayorías sociales, continúen mirando hacia otro lado hasta que el colapso, esa cadena retroalimentada de acontecimientos catastróficos, se halle en plena acción o sea ya irreversible. Retórica aparte, todos son negacionistas, desde los que están convencidos de que no hay cambio climático porque se lo ha dicho un primo de ciencias que vive en Sevilla hasta los que, reunidos en impresionantes cumbres mundiales, llegan a la conclusión, como gusta decir Michael Löwy, de que la crisis ecológica es tan seria que es urgente no hacer nada.

Por su parte, las izquierdas, derrotadas en multitud de batallas, muchas de las cuales no debieron librar, desorientadas ante el naufragio de gran parte de sus certezas, se aferran a la recuperación, tras la interminable crisis de 2007, del Estado del Bienestar, una dudosa utopía que se construyó para unos (relativamente) pocos habitantes del mundo en el tercer cuarto del siglo XX y que progresivamente está siendo desmantelado. Para conseguir tan improbable meta, y obviando las ilusas apelaciones a una economía verde de mercado, sus propuestas implican una intensificación del crecimiento material: más consumo de recursos energéticos, más consumo de materiales, etc. O sea, alimentar y acelerar el colapso.

Quedan, quedamos, los ecologistas sociales, que poco podemos hacer por el momento. Sin apenas peso político, sin medios de comunicación que lleguen a un público masivo y transmitiendo un mensaje que nadie quiere oír. Difícil, así, darle la vuelta al mundo en ochenta días.

Las amenazas ya se palpan. Una rápida mirada a la geopolítica actual nos muestra centenares de conflictos armados, guerras localizadas que marcan una aproximación no lineal, pero, creo, cierta, hacía confrontaciones bélicas de mayor intensidad, en las que no sería en absoluto descartable el uso de armas nucleares. Siempre con el objetivo fundamental de asegurarse el acceso a materias primas y energéticas y, cada vez más, de adueñarse de tierras fértiles. Todo ello, en el marco de una crisis económica profunda, sin otra salida dentro del sistema capitalista que una destrucción de capital insólita en la historia –y, destruir capital no es destruir dinero, es destruir factores de producción, campos, edificios, máquinas y trabajadores –.

Mantener privilegios a costa de los demás

En este escenario enormemente conflictivo pero, mutatis mutandi, bastante realista (al menos, bastante más realista que otros), y ante la aceleración de los efectos del cambio climático y el agotamiento de los recursos naturales, es donde eso que llamamos ecofascismo [2] hace su entrada. Unos nuevos regímenes políticos, en ausencia de alternativas factibles, que surgen culminando la evolución autoritaria de los actuales; con un objetivo fundamental, asegurar durante el colapso y el postcolapso la supervivencia de sus élites y el mantenimiento, en la medida de lo posible, de sus suntuosas condiciones de existencia material. El medio para lograrlo no difiere del que proponemos los ecologistas –de ahí el prefijo eco–: una disminución intensiva del consumo de bienes naturales hasta llegar a un estado estacionario autosostenido en el que solo se empleen recursos renovables y los residuos generados se integren en el metabolismo de la Naturaleza, en los ciclos de regeneración.

Un despotismo ecologista; suena duro, pero no nos horroricemos: los resultados finales que hacen posible cumplir ese objetivo común son antitéticos: la máxima igualdad, autonomía y libertad que planteamos desde el ecologismo social frente a tiranía y una desigualdad exacerbada y polarizada en unas exiguas minorías opulentas y una gran mayoría en el filo de la subsistencia. Por no hablar del punto extremadamente delicado pero insoslayable de acometer el exceso de población, que en un caso pasa por su asunción general y la puesta en marcha de objetivos de control de la natalidad lo más respetuosos que sea posible con los proyectos particulares y acordados democráticamente, mientras que en el ecofascismo las guerras, las enfermedades, las hambrunas y, si la criba no es suficiente, la reedición de campos de exterminio, se encargarán del trabajo sucio.

En un marco de impunidad legal, estos nuevos regímenes desarrollarían tecnologías de biopoder, de vigilancia de todo tipo de actividades y movimientos, de espionaje de comunicaciones, que, con los debidos tratamientos informáticos, permitirían el control policial de cada individuo. La represión brutal y ejemplarizante crearía un universo de personas aterradas y sumisas. El otro soporte del poder de Estado, la legitimación y el consenso, se construiría mediante un monopolio absoluto de los aparatos de creación y difusión cultural encargados de la aplicación sistemática de técnicas de manipulación, ideadas y desarrolladas en el siglo XX, que pueden llegar a imponer una realidad paralela donde la disidencia no sea siquiera concebible.

Además, el mismo hecho de haber sido los elegidos para sobrevivir promovería en este poco agradable universo teórico una intensa adhesión política de la población subalterna. La ideología hegemonizadora tendría por elemento principal el encumbramiento de la tecnociencia como única fuente del saber. Los sistemas políticos se autopresentan así como una suerte de tecnocracia donde todas las decisiones relevantes se limitan a aplicar unos criterios técnicos, y por ello, son siempre correctas, de manera que se desactivan las acusaciones de dictadura: no gobierna un autócrata o una oligarquía, sino La Ciencia. Y por la misma razón la democracia no es conveniente porque el pueblo, ignorante y con una peligrosa proclividad a escuchar sus sentimientos y sus convicciones morales, no se halla en condiciones de aportar nada a las resoluciones de los especialistas que están en posesión del saber científico, o sea de La Verdad Objetiva y Absoluta.

Democracia ecológica o barbarie

Se avecinan tiempos sombríos y peligrosos para los humanos, más sombríos y más peligrosos para aquellos que ya ahora están sometidos y explotados. El desenvolvimiento histórico del capitalismo, con sus secuelas de imperialismo, globalización depredadora, ultraproductivismo, creación de riquezas financieras ficticias que comprometen un crecimiento real imposible, concentración de los poderes en oligarquías sociopáticas, exacerbación de las desigualdades sociales, agresiones y guerras de rapiña, ha originado crisis agónicas en todos los ámbitos: económico, ecológico, geopolítico, de legitimación, etc. Unas crisis que se combinan y se nutren recíprocamente apuntando de manera inexorable a un cambio abismal de las sociedades tal como las conocemos.

Pero todo es aún posible; el demos y su ansia de libertad no han muerto, la inteligencia y la voluntad humanas tampoco, por más que aparezcan sepultadas bajo un pesado manto de estulticia organizada y servidumbre asumida. Aunque suene un tanto adocenada la imagen de lucha final entre antagonistas fatídicos, todo apunta a que ese cambio se dirimirá en la pugna entre democracia y antidemocracia, y se resolverá en una dictadura totalitaria –ecofascista– o en una democracia ecológica digna de ese nombre y de ese apellido. Esta democracia ecológica será necesariamente una asociación libre de ciudadanos iguales y fraternales, capaces de acometer racional y solidariamente los tremendas tareas y los enormes sacrificios que nos esperan para restablecer un nuevo equilibrio con la naturaleza, conservando lo mucho de valioso que el ingenio humano ha ido acumulado a los largo de miles de años y decenas de civilizaciones.




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