Reacciones psicológicas ante el colapso

La humanidad tiene ante sí un previsible colapso socioambiental y puede dar, o no, una respuesta adaptativa y deseable.

Fernando Cembranos, psicólogo y miembro de Ecologistas en Acción.
Revista El Ecologista nº 83.

En situaciones extremas el ser humano es capaz de lo peor pero también de lo mejor. Puede mostrar conductas de empatía, solidaridad, dignidad e incluso heroísmo. Reacciones, todas ellas, que permanecen más invisibilizadas en periodos de normalidad. La supervivencia del ser humano ha dependido fuertemente de comportamientos cooperativos y contamos con un equipaje emocional y neurológico adaptado a ello. Pero, al mismo tiempo, hay importantes dificultades psicológicas que complican una respuesta adaptativa a una situación de colapso.

La inteligencia es una capacidad que permite dar respuestas adaptativas y deseables a las situaciones que plantea la vida. Una respuesta adaptativa, en un sentido amplio, es aquella que favorece la supervivencia o la vida buena. Y esta capacidad de adaptación puede referirse a los individuos, las colectividades o las especies. Pero aunque los seres humanos tenemos la capacidad de dar respuestas adaptativas, no quiere decir que siempre las demos.

Con la información actual disponible, y a pesar de la enorme incertidumbre, sabemos que es muy probable que fracasen los sistemas actuales que mantienen a las sociedades en los ecosistemas, al no poder estos mantener la cantidad de población y su nivel actual de vida. Se abren, sin embargo, muchos escenarios de colapso: repentino o gradual, extremadamente violento o menos violento, con menor o mayor capacidad de mantener viva a una parte de la población actual y venidera, fuertemente injusto o algo justo, desordenado o razonablemente ordenado, con gran sufrimiento o con menor sufrimiento, sin sentido o con sentido. Y es claro que no da igual cómo reaccionemos a nivel individual, colectivo y estructural, ya que unas respuestas serán más adaptativas y deseables que otras.

Los seres humanos disponemos de un sistema cognitivo, un sistema emocional y un sistema conductual que están interconectados para reaccionar ante las situaciones de la vida. Desde el punto de vista colectivo, disponemos además de unos sistemas culturales, relacionales y organizativos para dar respuesta a nuestra supervivencia y a nuestras necesidades. Sin embargo, el actual sistema organizativo dominante (económico, energético, urbanístico, tecnológico, cultural e informativo, etc.) no solo no está preparado para el colapso sino que nos conduce a más velocidad hacia él.

Una respuesta adaptativa requeriría una información adecuada, un sistema económico con capacidad de detectar el colapso, unas medidas orientadas a afrontarlo de la manera menos traumática posible y más digna para la humanidad. Una respuesta extremadamente inteligente, aunque poco probable, además afrontaría el colapso como una oportunidad para reconvertirse en una sociedad sostenible, justa y en paz con el planeta.

La especie humana cuenta en su haber con un desarrollo extraordinario del neocórtex (la parte del cerebro más tardía y evolucionada) que conectado a su sistema emocional –que incluye su capacidad de empatía– le ha permitido desarrollar el lenguaje, la capacidad de planificar con anticipación, crear herramientas, organizar colectivamente la vida y desarrollar la autoconciencia. Estas capacidades nos han permitido almacenar el grano para el invierno, cambiar el campamento para prevenir la escasez, cazar en grupo y tomar decisiones teniendo en cuenta las siguientes generaciones. Aunque estas facultades no garantizan una respuesta adecuada ante el colapso, sí que abren una pequeña ventana de oportunidad.

Dificultades psicológicas para una respuesta adaptativa al colapso

Aparte de las dificultades derivadas de la propia naturaleza del colapso, tales como la incertidumbre, la complejidad, los fenómenos de retroalimentación, la impredecibilidad de los procesos y de los ritmos; se añaden otras relacionadas con la psicología de las personas y de los grupos que se establecen a continuación.

El primer gran problema es la falta de información de la mayor parte de la población. Si bien el cambio climático es conocido superficialmente por una parte importante de esta; la gran mayoría desconoce el declive energético, la magnitud y las implicaciones de la pérdida de biodiversidad, el pico de los materiales, la dificultad de mantener en la biosfera a una parte importante de la población mundial y las interacciones que tienen entre sí estos factores. Cuando no se dispone de información la posibilidad de reaccionar de forma adecuada es bastante reducida.

El segundo problema es la información errónea, principalmente la proporcionada por el filtro de la economía convencional, que suma en vez de restar (producción de materiales en lugar de extracción de los mismos); que enfoca en el lugar equivocado (en los números de la bolsa de Nueva York en lugar de mirar la biodiversidad o los factores de equilibrio de la biosfera) o que mantiene una teoría de los ciclos que permite ver reversibilidad donde no la hay. También proporcionan información errónea los grupos con intereses concretos (lobby del petróleo, fundaciones negacionistas, etc.). La consecuencia de la información errónea es que provoca respuestas en la dirección equivocada e incluso en la opuesta.

El tercer problema es que cuando se dispone de información, pero esta es parcial, incompleta, confusa o contradictoria, las posibilidades de reaccionar de forma efectiva son escasas. La información borrosa y ambigua permite muchas formas de respuesta inadecuada.

Hay dos razones por las que los pensamientos y las ideas se nos asientan en el cerebro: la primera es porque nos son útiles para resolver problemas de la vida tales como dónde conseguir el alimento o qué hacer para que no haya corriente y me enfríe. La segunda es porque nos hacen sentir bien o nos reducen el malestar. Cuando las ideas se refieren a realidades claras el cerebro las asume aunque nos generen malestar. Cuando las ideas son ambiguas, contradictorias o borrosas opera con más facilidad el segundo factor. Es decir, se quedarán aquellas que proporcionan satisfacción o reducen el malestar. La información sobre el colapso es borrosa, incierta, contradictoria y produce malestar, lo que permite rechazarla, apartarla o distorsionarla con más facilidad.

Si la información sobre el futuro es incierta, preferimos proyectar el presente para predecir el futuro. “Se lleva hablando de catástrofes desde siempre, en todos los cambios de milenio, las terrazas están llenas, algo se inventará”. A falta de una idea clara el futuro es entendido como una continuación lineal del pasado. “No puede ser tan malo”.

La información sobre el colapso genera malestar, pero no lleva fácilmente a una actuación que sea percibida como eficaz: ya sea por la desproporción entre la magnitud de la amenaza y la pequeñez de la actuación o por la distancia física y temporal entre la conducta necesaria y sus efectos.

Reducción de la disonancia cognoscitiva

Cuando las ideas generan malestar, pero son útiles, se tiende a actuar para resolver el problema que las causa, y así reducir el malestar. Sin embargo cuando las ideas que producen malestar no llevan a una actuación relevante o eficaz para resolver la situación, lo que se cambia es la idea o el peso de la misma. Por eso el ser humano se cuenta cuentos con facilidad. Este tema –ampliamente tratado por Nietzsche (Sobre verdad y mentira), y magníficamente expresado por León Felipe: “El grito de angustia del hombre lo taponan con cuentos”– fue estudiado experimentalmente por Leo Festinguer en los años cincuenta con su teoría de la Reducción de la disonancia cognoscitiva. Si dos ideas o una idea y una conducta no encajan y producen malestar, una de ellas se transforma hasta que encajen. Es el caso del cuento de la zorra y las uvas: como la zorra no alcanzaba a coger las uvas, se dijo que estaban verdes.

Si la información es dolorosa nos agarraremos a cualquier pequeña rendija que disminuya el dolor: atacar al mensajero, calificar de exageración, acusar de que no está totalmente demostrado, pensar que no me va a tocar a mí (o a mi clase social o mi país) son respuestas habituales. También aumenta la facilidad para adherirse a creencias mágicas si son esperanzadoras (“la tecnología lo resolverá”, “dios o el destino no lo permitirá”, etc.) Es probable que conforme se agudicen las señales del colapso aumente el papel de las religiones para calmar la ansiedad y proporcionar esperanza.

Cuando una información produce terror y no hay nada claro que hacer, es probable que se minimice o incluso que se niegue. Se dice que fue el caso de algunos judíos a los que les llegaron noticias del genocidio que se estaba cometiendo y no se lo creyeron, precisamente porque era demasiado terrible.

Hay más rasgos de nuestra psicología que dejan entrever que no está bien preparada para responder ante el colapso:
- Los estudios sobre la memoria han mostrado que tendemos a recordar más los aciertos que los fracasos. Esta tendencia podría aplicarse también a la memoria colectiva. Aunque tenemos conocimiento de sociedades que colapsaron, o desaparecieron, no ocupan apenas espacio en la memoria colectiva en comparación con las sociedades que sobrevivieron como la nuestra hasta ahora.
- El cerebro tiene dificultades para representar progresiones geométricas. Es conocida la anécdota de un rico señor de la India que quiso recompensar al inventor del ajedrez y este le respondió que se conformaba con un granito de trigo en la primera casilla y que fuera duplicando la cantidad hasta rellenar las 64 casillas. El rico señor accedió pensando que como mucho sería un saco de trigo, pero la cantidad resultante era 18 trillones de granos. No había trigo en toda la India para recompensarle.
- Al igual que las ranas –en una cacerola que se calienta pueden morir al ser incapaces de percibir pequeños incrementos de temperatura, pero saltarían si el cambio fuera brusco– los seres humanos tenemos dificultades para procesar los cambios lentos y graduales.
- El sistema emocional está configurado para actuaciones rápidas (miedo-defensa, ira-ataque, susto-alerta) pero es mucho más torpe para actuaciones lentas o largas.
- Ante el miedo caben también reacciones individuales o de clase tales como el acaparamiento, la rapiña, la guerra, el servilismo (muy bien tratado en la novela de Cela La Colmena), el enfrentamiento entre personas de clases desfavorecidas, búsqueda de chivos expiatorios, etc.
- Un futuro doloroso invita también a posiciones nihilistas, vivir al día o “irse de cubatas hoy que mañana no sabemos”.
- Los peligros y necesidades –incluso placeres o satisfacciones– a corto plazo tienden a tener prioridad emocional y conductual sobre los peligros a largo plazo. Si dar de comer a mis hijas hoy entra en contradicción el aumento de temperatura del planeta dentro de diez años, doy prioridad a lo inmediato.
- En general, las reacciones psicológicas dependen mucho de los plazos percibidos. No es lo mismo pensar que ya estamos en el colapso, que queda una década o que quedan tres décadas. Cuanto más cerca se percibe, mayores posibilidades de reacción. Sin embargo, no conocemos bien los plazos del colapso y en caso de duda lo situaremos lejos en el tiempo.

Limitaciones del comportamiento colectivo

A las dificultades de la psique individual se le añaden las del comportamiento colectivo. Como muestran los experimentos basados en la teoría de los juegos: una conducta costosa pero beneficiosa a largo plazo se asumirá mejor si el resto del grupo la asume también. A su vez, cuando todas las partes asumen una conducta costosa e interdependiente pero el grupo tiene poca cohesión social, la posibilidad de traicionar es grande y por lo tanto la de romper el consenso necesario para mantener la conducta costosa. Además, es preciso asumir el coste a la vez (o de forma coordinada). Si unas partes empiezan primero y las demás tardan en seguirlas, las primeras se desanimarán y abandonarán sus posiciones costosas. Es fácil que cada grupo, colectividad o país espere a que sean otros los que empiecen, “Unos por otros y la casa sin barrer”. Cuando un grupo se beneficia del sacrificio de otro sin coste alguno, tenderá a mantener la situación.

Siguiendo con la metáfora del Titanic, utilizada en un artículo publicado en un número anterior de esta revista, se puede encontrar en la película un buen repertorio de conductas ante el colapso inmediato: rezar, suicidarse, sobornar para encontrar plaza en un bote, contar un cuento a tus hijas en espera de la muerte, pedir una copa de champagne, entretenerse en un problema de celos, abandonarse (el capitán), jugar al fútbol con el hielo, ponerse el chaleco salvavidas (que no sirve para el frío), intentar comprar la salvación (aunque el dinero ya no vale), tocar música, creer en lo improbable (el que vuelve por si alguien a sobrevivido a la congelación), luchar por los derechos de las personas de tercera clase u organizar el salvamento.

Posibilidades de una respuesta adaptativa al colapso

En situaciones extremas el ser humano es capaz de lo peor pero también de lo mejor. Puede mostrar conductas de empatía, solidaridad, dignidad incluso heroísmo. Reacciones, todas ellas, que permanecen más invisibilizadas en periodos de normalidad. En la actualidad se sabe que la supervivencia del ser humano ha dependido fuertemente de comportamientos cooperativos y que contamos con un equipaje emocional y neurológico adaptado a ello. Las investigaciones sobre la empatía, la resonancia corporal, el contagio emocional y las neuronas espejo avalan esta idea.

Los seres humanos se sienten mejor en relaciones cooperativas. Tanto la psicología positiva actual como las culturas de muchas sociedades estudiadas por la antropología han mostrado cómo la felicidad se consigue más con relaciones de utilidad, de cooperación que ocupándose solo de uno mismo o de una misma o en competición con el resto.

La psicología social ha estudiado cómo la presencia de fuerzas negativas exteriores a un grupo o colectividad tiende a favorecer la cohesión interna. El concepto de resiliencia (a menudo utilizado por la psicología solo desde la perspectiva individual) nos recuerda que los sistemas y colectividades pueden salir fortalecidos a partir de fuertes tensiones negativas. La voluntad de asumir un riesgo o un esfuerzo (incluso alto) aumenta si se percibe que pueden dar beneficios significativos (rescataríamos a nuestra hija de una casa ardiendo).

Cuando se sabe lo que se puede hacer para superar una dificultad y se confía en su posibilidad de éxito, el ser humano puede predisponerse a asumir los costes y esfuerzos necesarios. La motivación de logro (que incluye necesariamente en sí misma el esfuerzo) puede incluso generar satisfacción en el proceso de vencer la dificultad. La idea de un futuro mejor y la idea de supervivencia siempre ha motivado a las sociedades a hacer los esfuerzos necesarios.

También hay que señalar que es más fácil asumir trabajos y esfuerzos si se tiene la idea de un compromiso colectivo. Las posibilidades de implicarse son superiores y la vivencia es más satisfactoria. Las propuestas de Lakoff muestran cómo no siempre los meros datos o argumentos son suficientes para movilizar conductas. Es necesario hacer resonar esquemas cognitivo-emocionales (valores), “El pueblo unido jamás será vencido”.

El neocórtex posibilita al ser humano aplazar sus satisfacciones inmediatas para obtener satisfacciones futuras. El ser humano es capaz de visualizar escenarios futuros y actuar para conseguir los deseables o escapar de los menos deseables. Hay testimonios de sociedades que eran capaces de roturar una tierra que no les daba frutos inmediatos pero que se los daría a sus descendientes, dotando de sentido a su esfuerzo actual.

La naturaleza, las sociedades humanas y las personas también han dado muestras de optimismo realizando operaciones que a priori tenían baja probabilidad de éxito pero que finalmente han resultado acertadas al insertarse en sistemas complejos. Empezando por el propio proceso de formación de la vida, como las diferentes soluciones para expandir los hábitats a territorios hostiles, las luchas sindicales y feministas o las revoluciones mismas. Lemas como “otro mundo es posible” o “sí se puede” permiten implicar a las personas en causas difíciles y a la vez pueden actuar como profecías autocumplidas. La mera creencia puede aumentar las probabilidades de éxito.

Bibliografía y referencias
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- Cela, C.J. 1951 La Colmena. Madrid. Público.
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- Diamond, J. 2007 El tercer chimpacé. Barcelona. Debate
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- Lakoff, G. 2007 No pienses en un elefante. Madrid. Ed. Complutense.
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- Vera, B. 2008. Psicología positiva. Madrid. Calamar Ediciones.
- Vilar, F. 2010. “La certeza matemática del 5º compartimento del Titanic”. El Ecologista nº66.


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