Producir alimentos, reproducir comunidad



Es necesario abrir espacios colectivos en los que prevalezca la alegría de vivir y producir.

Daniel López García, Área de agroecología, soberanía alimentaria y mundo rural de Ecologistas en Acción. Revista El Ecologista nº 84.

El movimiento agroecológico trata de organizar la circulación de los alimentos locales y ecológicos desde criterios de justicia social y de sostenibilidad. Cada vez surgen más grupos y cooperativas de consumo, asentados en el territorio, que están construyendo alternativas concretas a un sistema, el capitalista, inviable a medio plazo. Estas dinámicas son las que se describen en el libro ‘Producir alimentos, reproducir comunidad’ [1] y se resumen en este artículo.

Desde hace dos décadas ha emergido en el panorama de los movimientos sociales estatales el denominado “movimiento agroecológico”, vinculado con el creciente descrédito del sistema agroalimentario industrial y globalizado. En su seno se han desarrollado con fuerza cierto tipo de estructuras socio-económicas que tratan de organizar la circulación de los alimentos locales y ecológicos desde criterios de justicia social y de sostenibilidad. De entre ellas, los grupos y cooperativas de consumo son las más conocidas, y han permitido que el consumo cotidiano de alimentos ecológicos se extienda entre la población. También que para muchas pequeñas iniciativas de producción agraria sea posible la supervivencia, gracias a la comercialización de sus productos a precios justos, en un entorno no muy lejano, y con cierto apoyo desde el consumo. Sin embargo, parece que el modelo desarrollado en los últimos años muestra rasgos de agotamiento.

Un salto en las redes alimentarias alternativas

El lento crecimiento de estas iniciativas asociativas se ha visto reforzado con las movilizaciones sociales de los últimos años. Sin embargo, los grupos y cooperativas de consumo en muchos casos no están siendo capaces de consolidarse, y se ven sumidos en una dinámica de precariedad de la que les cuesta salir. Al mismo tiempo, la degradación de las condiciones de vida en las ciudades y la crisis permanente en el sector agrario convencional han generado un importante incremento de pequeñas iniciativas productivas que buscan apoyarse en este tejido socio-económico alternativo. Las redes alimentarias alternativas generadas se están mostrando limitadas a la hora de responder ante estos retos. Por ello se están operando ciertos cambios.

Por un lado, los circuitos alternativos se están diversificando (mercados de productores, venta en finca, introducción en el pequeño comercio tradicional, internet, etc.), para integrar nuevos perfiles de consumo y producción. Por otro lado, se están estructurando redes territoriales de producción, de consumo y de articulación entre ambos, para optimizar algunos aspectos de su funcionamiento y acompañar al surgimiento de nuevas iniciativas. Y por último, diversas organizaciones sociales están incidiendo sobre la administración local, en favor de normativas y programas públicos favorables a la soberanía alimentaria, como la denominada compra pública. Se trata de superar las formas organizativas desarrolladas hasta el momento, y encontrar formas operativas al nuevo contexto de crisis multidimensional. También se trata de converger con el impulso social que pretende crear nuevas formas de convivencia y de relación con el entorno, a través de proyectos municipalistas o localistas.

Las formas alternativas y sus rasgos transformadores

Necesitamos nuevos modelos de organizar la vida en común, explicables y replicables, para construir nuevas narrativas de lo que es posible y lo que no lo es. El nuevo mundo que estamos creando es posible porque ya existe en estos proyectos, y debemos ser capaces de destilar las claves que los convierten en alternativos, y a la vez permiten que funcionen. En la figura 1 trato de definir algunos rasgos en común de muchos proyectos integrados en redes alimentarias alternativas, y que expresan su potencial de transformación social. Las interacciones entre estos valores definen, de alguna forma, un proyecto en común que va más allá del sistema agroalimentario. Apuntan hacia un proceso compartido con otros movimientos sociales transformadores, que tratan de reorganizar las formas de producción y reproducción social hacia una verdadera sostenibilidad.

Figura 1. Interacciones entre cuatro valores que definen las redes alimentarias alternativas.

En el desarrollo cotidiano de estos proyectos, algunos debates antiguos se nos presentan desde nuevas perspectivas, adaptadas a nuestro tiempo y a cómo lo vivimos. De esta forma se resitúan los debates sobre la circulación del dinero; la asignación de valor a las producciones sociales; el acceso a los medios de producción y la configuración de la propiedad; el difícil equilibrio entre tareas productivas y reproductivas; la relación entre individuo y comunidad, y sobre el propio concepto de libertad; la dialéctica entre resistencias políticas y construcción de alternativas. Experimentos socio-económicos de este tipo son, en el actual contexto, tan necesarios como las nuevas preguntas que generan, que poco a poco construyen nuevas narrativas acerca de cómo queremos habitar los nuevos mundos posibles.

Los valores comunes que se movilizan se encuentran en torno al concepto de territorio, al menos en tres sentidos: como espacio físico para las producciones sostenibles; como espacio para la convivencia, la generación de confianzas y la recreación del vínculo social; y como espacio para la reconstrucción y la reproducción de identidades localizadas, en oposición a las identidades globales. En palabras de David Harvey, mientras que las clases populares “no aprenda(n) a enfrentarse a esa capacidad burguesa de dominar el espacio y producirlo, de dar forma a una nueva geografía de la producción y de las relaciones sociales, siempre jugará(n) desde una postura de debilidad más que de fuerza” [2]. Así, estas nuevas realidades devuelven la materialidad de las relaciones sociales al centro del debate político, social y ecológico.

Avanzar entre el duelo y las contradicciones

Las ponencias centrales del reciente congreso confederal de Ecologistas en Acción giraron en torno al eventual colapso del sistema capitalista urbano(agro)-industrial, que ya estaría en marcha. En el debate surgía con fuerza la necesidad de “elaborar el duelo” respecto a una sociedad y unas formas de vida que están cambiando con violencia, y que ya no serán como las conocimos. Se planteaba también, por tanto, la necesidad de un cambio sustancial en las formas de contestación social y, en definitiva, de activismo. Considero que este cambio en las formas de activismo debe construirse en torno a una nueva economía al servicio de la reproducción de la vida, y en esta dirección las iniciativas de las que hablamos juegan un papel esencial. Además de decrecer en los consumos, debemos encontrar las formas en que las producciones –aquellas que definamos como socialmente necesarias– no sean un factor de destrucción.

Resulta urgente la reconstrucción de formas de producción y circulación económica que vayan más allá de la ley del valor capitalista, y que consigan reasignar el valor de los productos sociales –bienes y servicios– en función del interés colectivo y la eficiencia ecológica. Estos experimentos sociales de colectivización del valor y la economía, y de reconstrucción comunitaria sobre la base de formas sociales no mercantiles, son un fundamento imprescindible para ello.

La construcción de alternativas socio-económicas basadas en la comunidad es una tarea difícil, dado que las clases populares hoy estamos más desposeídas que nunca del acceso a los medios de producción –las materias primas, la tierra, el agua, la fertilidad, la energía e incluso el conocimiento–. Es una tarea pesada, que requiere tiempo y esfuerzo, y que nos enfrenta cotidianamente con la cultura individualista y competitiva en la que nos hemos criado. Y a menudo expone nuestros cuerpos a formas de profunda precariedad vital. Por ello, muchas de las personas que emprenden experiencias productivas desde la precariedad, pero con una motivación política, se ven incapaces de mantener las formas de activismo clásicas –la denuncia y resistencia frente a los ataques de los poderes globales–. Y quizá, las nuevas formas de activismo deban adaptarse a estas condiciones de precariedad vital creciente, y a la necesidad de una nueva relación cotidiana con las cosas materiales.

Considero en todo caso que ambas formas de acción social colectiva –resistencia y construcción de alternativas– son imprescindibles y complementarias. Especialmente considerando que las ofensivas de privatización de los recursos naturales cada vez son más feroces. Nos urge la tarea de articular ambas líneas de acción, a través de un diálogo permanente, desde una perspectiva social y política radical. Urge la construcción de propuestas simbólicas y materiales coherentes; abrir espacios colectivos en los que prevalezca la alegría de vivir y producir, y que a la vez sean capaces de enfrentarse a la barbarie del capitalismo globalizado.

Frente al escenario de cambio global está todo por hacer, y cada persona y colectivo deberá trabajar desde donde se sienta más cómodo. Pero juntos y juntas, aprendiendo de nuestros errores, e incorporando en nuestras propuestas las distintas perspectivas de transformación social y ecológica. El proyecto común, en mi opinión, es la construcción de autonomías locales capaces de integrar los procesos políticos, sociales y económicos transformadores que vamos desarrollando; y de vincularse entre ellas desde la diversidad. Avanzar para construir juntas soluciones colectivas, que vayan más allá del capitalismo, para un mundo en el que se pueda y sea deseable vivir.


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