La Geología: ¿ciencia útil para una sociedad del desconocimiento?

El manifiesto Geología para una Nueva Cultura de la Tierra reivindica esta ciencia al servicio del bienestar humano.

José Luis Simón Gómez, Dpto. de Ciencias de la Tierra, Universidad de Zaragoza, Miembro de Otus-Ecologistas en Acción de Teruel. Revista El Ecologista nº 85.

La consideración social de la Geología tiene dos caras distintas. La tenemos por una ciencia útil y fiable cuando sirve para ‘empujar el progreso’, pero recelamos de ella cuando creemos que lo frena. La apreciamos cuando escudriña el subsuelo hasta casi lo imposible en busca de nuevos recursos, pero desconfiamos si cuestiona la viabilidad medioambiental de los proyectos extractivos. Pero esta ciencia necesita liberarse de muchos compromisos con el poder, del culto al crecimiento sin límites, y ponerse al servicio del bienestar integral del ser humano y de su convivencia armónica con nuestro planeta.

“El conocimiento os hará libres”. Tristemente, en pleno siglo XXI, instalados (visiblemente) en la era de la tecnología, en la (nominalmente) sociedad de la información y el conocimiento, que venera (supuestamente) la ciencia y reconoce su indiscutible aportación a nuestro bienestar, aquella antigua máxima ha devenido subversiva. No faltan las evidencias de que, en muchos aspectos, estamos más bien en una sociedad del desconocimiento, casi del oscurantismo. No solo por el predicamento que en ella tienen algunas pseudociencias, con su cohorte de adivinos y chamanes; también por el desprecio o la manipulación, según interese, que los poderes políticos y económicos ejercen sobre el saber científico.

La Geología no es una ciencia exacta. Aborda un objetivo de estudio complejo (nada menos que la dinámica y la evolución de todo un planeta), dispone de información limitada para elaborar sus modelos y difícilmente puede articular sus resultados en forma de leyes como lo hace la Física. Pero no es un arte ni una actividad meramente intuitiva, ni mucho menos un campo para la especulación. Desde el punto de vista epistemológico es una ciencia empírica; su capacidad predictiva es creciente con la incorporación de las modernas técnicas de modelización, y sus aplicaciones prácticas cubren campos cada vez más amplios, desde la exploración de recursos del subsuelo hasta la prevención de catástrofes naturales.

Sin embargo, el margen de incertidumbre que siempre tienen sus resultados e interpretaciones deja el camino abierto para que estos sean moldeados e instrumentalizados a gusto del usuario. Pensemos en los recursos del subsuelo, particularmente en los hidrocarburos y los minerales metálicos. Ambos son la base de negocio de algunas de las mayores compañías privadas del mundo, un sector que mueve ingentes cantidades de dinero en los procesos de exploración y producción, y también de capital especulativo impulsado por expectativas de reservas, probadas o no, que cotizan en la bolsa de Toronto. ¿Podemos creer que dichas reservas se valoran siempre de forma imparcial? ¿O que los estudios de impacto ambiental preceptivos para poner en marcha las explotaciones, encargados y pagados por las propias compañías mineras, tienen como objetivo real garantizar la salud humana y medioambiental del entorno?

Respecto a los procesos geológicos susceptibles de producir efectos destructivos, la manipulación potencial de los resultados científicos es de otra índole. Tiene que ver más bien con una cierta ignorancia, real o fingida, que nuestra sociedad y quienes la administran muestran acerca de fenómenos naturales que son cotidianos. Con frecuencia, la nula capacidad para abordar con rigor una gestión preventiva de las catástrofes naturales se disfraza bajo una ingenua actitud fatalista ante las “fuerzas de la naturaleza” [1] [2] [3]. Se ignoran los peligros, se arremete contra la Tierra con obras innecesarias o innecesariamente agresivas que interfieren con su dinámica natural, y luego se lamentan las consecuencias con tópicas cavilaciones: “Quién iba a pensar que algún día ocurriría… Ni los más viejos del lugar…”

Controversias ante fenómenos geológicos

En los últimos tiempos hemos visto cómo algunas controversias sociales y políticas que han sido actualidad en los medios de comunicación tienen relación directa con esa actitud, a la vez prepotente e ignorante, ante los fenómenos geológicos. La sismicidad inducida por la inyección de gas en el almacén Castor, situado en la plataforma marina frente a la costa castellonense, ha puesto de manifiesto cómo algunas acciones humanas en el subsuelo se realizan sin conocimientos suficientes que permitan prevenir los posibles “daños colaterales” [4] [5]. Es obligado citar también los proyectos de extracción de gas del subsuelo mediante la técnica de fracturación hidráulica o fracking, con potenciales impactos medioambientales en superficie y en los acuíferos cuyo alcance es difícil de controlar, y que requerirían estudios preventivos mucho más profundos y específicos de lo que la normativa actual prevé [6] [7].

También es notorio el despropósito que significan las actuaciones llevadas a cabo para el recrecimiento del embalse de Yesa, entre Aragón y Navarra, que tratan inútilmente de luchar contra la inestabilidad recurrente de las laderas que soportan la presa [8]. Parecido es el caso de las dolinas o simas kársticas en zonas de sustratos salinos, un fenómeno de hundimiento del terreno frecuente y conocido desde tiempo ancestral, pero ignorado en etapas de expansión urbanística de ciudades como Zaragoza y causante de numerosos daños en edificios e infraestructuras [9]. De allende el Atlántico llegan los ecos del contencioso entre una constructora española y la Autoridad del Canal de Panamá por una inadecuada evaluación de las condiciones geológicas del terreno, que han hecho que las obras de ampliación disparen sus costes e incluso hayan corrido peligro de paralización [10].

Todos estos casos tienen un ingrediente común: la lastimosa imprevisión (cuando no la manipulación) de los estudios geológicos previos, propiciada por procedimientos y controles administrativos que seguramente necesitan profundas revisiones, y también por una falta de cultura científica de muchos de quienes tienen que tomar decisiones. La contratación de estudios técnicos por parte de la administración, aunque regulada y transparente desde el punto de vista económico, no siempre tiene objetivos bien definidos ni controles de calidad adecuados. Con frecuencia, tales estudios acaban constituyendo documentos de trámite elaborados por personas que carecen de la formación especializada deseable, mientras se infravalora la aportación que podrían hacer técnicos e investigadores destacados de los propios organismos públicos, incluidas las universidades.

Tras ese déficit técnico inicial, polémicas desenfocadas y estériles sustituyen con frecuencia a los debates serenos y bien documentados [11]. En lugar de escuchar y creer a los científicos, con frecuencia se usan sus informes o sus llamadas de alerta como arma arrojadiza en la arena política. El geólogo que ante esa sinrazón levanta su voz es visto como ese molesto Pepito Grillo que continuamente ve peligros y pone obstáculos al desarrollo; se ignora que las acciones preventivas contribuyen al éxito de los mismos más que el afán ciego de llevarlos a término a cualquier precio.

Vistas las consecuencias económicas de muchos de los contenciosos geológicos que se han citado, uno se pregunta si esa torpe gestión de las incertidumbres científicas, esa ignorancia calculada, no es una estrategia en sí misma. Las bajas temerarias que con demasiada frecuencia ofertan las empresas constructoras al concursar a proyectos de obra pública hacen inviable su correcta ejecución y llevan inevitablemente a modificados de proyecto. Ello acaba encareciendo, a veces escandalosamente, los costes finales [8] [10] y propicia casos de corrupción.

¿Es comprensible que los estudios geológicos previos para la ampliación del Canal de Panamá no pudieran prever si el basalto disponible iba a servir o no para fabricar el hormigón in situ? ¿Son insensatos quienes se lanzan a proyectar una gran presa o una línea de AVE en terrenos inestables, o simplemente calculan los beneficios que les pueden reportar las innumerables obras de corrección que vendrán después? Un escenario ideal en el que los proyectos de obras públicas se abordasen con absoluta racionalidad y rigor, con estudios preventivos en profundidad que anticipasen todo tipo de problemas, con proyectos que se ajustaran a la realidad del terreno y no dieran lugar a sobrecostes, sería sin duda la pesadilla de los corruptos.

Dos consideraciones

La consideración social de la Geología tiene, por tanto, dos caras bien distintas. La tenemos por una ciencia útil y fiable cuando sirve para “empujar el progreso”, pero recelamos de ella cuando creemos que lo frena. La apreciamos cuando escudriña el subsuelo hasta casi lo imposible en busca de nuevos recursos, pero desconfiamos si cuestiona la viabilidad medioambiental de los proyectos extractivos. Cuando desvela la amenaza de ciertos fenómenos naturales (no olvidemos que eso también es I+D+i) y nos indica la necesidad de ser cautos y responsables ante ellos, preferimos mirar hacia otro lado, señalar sus carencias predictivas y, en definitiva, profesar la incultura científica (ojos que no ven...). ¿Es esto una ciencia al servicio de la sociedad del conocimiento o del desconocimiento? El desprecio o la manipulación, según interese, que se ejerce sobre el saber científico tienen poco que ver con esa supuesta veneración que nuestra sociedad le profesa.

El manifiesto Geología para una Nueva Cultura de la Tierra [12] constituye una denuncia directa de este estado de cosas. Es un documento que conecta con el espíritu de la Carta de la Tierra de la UNESCO [13] y la Declaración Europea por una Nueva Cultura del Agua [14]. Elaborado en 2011 por un grupo de investigadores y profesionales vinculados a las Ciencias de la Tierra, ha sido suscrito, entre otras entidades, por la Sociedad Geológica de España, la Asociación Española para la Enseñanza de Ciencias de la Tierra y el Colegio de Geólogos de Aragón.

Parafraseando a Gabriel Celaya, cabe reivindicar que la Geología es un arma cargada de futuro. Pero necesita liberarse de muchos compromisos con el poder, del culto al crecimiento sin límites, y ponerse al servicio del bienestar integral del ser humano y de su convivencia armónica con nuestro planeta. Necesita ser una parte de la cultura en una sociedad sabia, no instrumento de dominación en una sociedad embrutecida.