Situación y sostenibilidad de la bioenergía en España

Crecen los usos energéticos de la biomasa (especialmente para producir calor) como estrategia de reducción de emisiones, en un contexto de competencia creciente por el recurso e internacionalización del mercado de pellets. Existen importantes dudas sobre su sostenibilidad, apenas debatida en la actualidad.

Abel Esteban, coordinador del Área de Agroecología y Soberanía Alimentaria
de Ecologistas en Acción. Revista El Ecologista nº 86.

La bioenergía constituye la principal energía renovable a nivel mundial, tanto por sus usos tradicionales para calentarse o cocinar, como por su uso más moderno como combustible de centrales térmicas. Para evitar la confusión en el uso de los términos, utilizaremos bioenergía en este artículo para nombrar a la energía generada a partir de diferentes tipos de biomasa, sea esta sólida (leñas, pellets, astillas, etc.), gaseosa (metano producido a partir de materia orgánica) o líquida (biocarburantes). No obstante, las diferentes formas de bioenergía tienen su origen en la mayoría de los casos en biomasa sólida, bien se trate de biomasa forestal, cultivos alimentarios o energéticos, o subproductos y residuos orgánicos industriales, agroganaderos o domésticos. Por otra parte, este artículo se centra principalmente en las bioenergías sólida y gaseosa [1].

La UE prevé que, dentro de su objetivo de que en 2020 el 20% de la energía consumida sea renovable, la bioenergía suponga un 60% de ésta. Ya en 2014 la biomasa suponía el 57% del mix renovable europeo [2]. Según el Barómetro de la biomasa de EurObserver, la producción de energía primaria con biomasa sólida ha crecido una media del 3,8% anual hasta 2012, alcanzando en 2013 91,5 millones de toneladas equivalentes de petróleo (Mtep). En algunos estados como Reino Unido, Holanda o Bélgica predomina la producción de electricidad, bien sea en centrales térmicas específicas de biomasa, o en térmicas de carbón reconvertidas al uso de combustible mixto (co-combustión), con grandes centrales entre las que sobresale la de Drax, que prevé convertir 4 de sus 6 unidades de 630 MW al 100% de biomasa (alcanzaría 2.500 MW). En otros Estados (Alemania, Italia, Austria) el principal vector de crecimiento es la producción de calor doméstico e industrial, mientras que los países nórdicos combinan ambos aprovechamientos.

En la actualidad, la UE es el principal mercado del mundo de pellets, acaparando un 79% del consumo mundial. El 33.3% de los 18.3 millones de toneladas de pellets consumidos en 2013 fue importado, principalmente de Estados Unidos y Canadá [3]. La importación de biomasa sólida se prevé que seguirá creciendo vertiginosamente para poder alcanzar los 132 Mtep previstos para 2020 en los planes de energías renovables de los Estados comunitarios.

Además del aprovechamiento energético, diferentes sectores como el agroalimentario, maderero, papelero, biotecnológico o industrias químicas (bioplásticos, pinturas, lubricantes, cosméticos, etc.), competirán de forma creciente por el uso de la biomasa ante la escasez de combustibles fósiles.

Todos estos sectores forman en su conjunto la conocida como bioeconomía, para la que administraciones públicas de la mano de centros de investigación y empresas privadas están definiendo estrategias y proyectos de I+D+i, tanto a nivel comunitario como estatal. A modo de ejemplo, el consorcio público-privado Bridge 2020, que tiene el objetivo de investigar y desarrollar productos y mercados con bioindustrias y biorrefinerías, es uno de los más importantes del programa europeo Horizonte 2020, con un presupuesto de 3.800 millones de € para los próximos siete años. Multinacionales de origen español como Repsol, Abengoa, Cepsa, Ence o Fertiberia forman parte de este consorcio, junto a otros sectores: industrias químicas, biotecnológica, aerolíneas, exportadores de materias alimentarias, etc. [4]

A nivel estatal, en la actualidad se está elaborando la Estrategia Española de Bioeconomía (EEB). Su borrador tiene un preocupante enfoque desarrollista: incrementar el uso de recursos biológicos en diferentes sectores para impulsar el crecimiento económico y la competitividad de las empresas españolas, apoyando sus planes de internacionalización. No es extraño al conocer la importante presencia de varias federaciones empresariales en su grupo motor [5], en el que en cambio no hay organizaciones sociales, ecologistas o sindicales. Por su parte BIOPLAT, la Plataforma Tecnológica Española por la Biomasa, que aglutina a empresas de la bioenergía, Administraciones públicas y centros de investigación, se ha quejado del papel secundario que cree que la EEB da a su sector frente al agroalimentario o forestal.

La bioenergía en España

El Plan de Energías Renovables 2011-2020 establece unos objetivos de 1.350 MW de electricidad, 400 MW de biogas de todos los tipos (aproximadamente un 60% para biogas agroindustrial y un 40% a repartir entre el biogas recuperado en vertederos, depuradoras y a partir de biorresiduos domésticos), y una generación de calor equivalente a 4,55 Mtep, reduciendo sustancialmente los objetivos propuestos en el plan anterior 2005-2010. El consumo de calor es el de mayor desarrollo, alcanzando según EurObserver 4,05 Mtep en 2012, y predominando el sector doméstico seguido de la cogeneración. La producción nacional de pellets es de 350.000 toneladas anuales, con una capacidad de producción instalada de 800.000 [6], existiendo por lo tanto un potencial importante de crecimiento tanto para el consumo interno como para la exportación.

Por su parte, las sucesivas medidas de los últimos gobiernos dificultando la producción de electricidad renovable, y en especial el Real Decreto-ley 1/2012 (supresión de las primas para nuevas instalaciones de generación), han ralentizado la construcción de nuevas plantas de biomasa y congelado, prácticamente, las de biogás. Ambas se acercan en la actualidad a 900 MW de potencia instalada, a la que en breve se sumarán otros 200 MW anunciados por el Gobierno en 2015 y pendientes de adjudicación.

ENCE posee en la actualidad centrales de biomasa que alcanzan 230 MW. A la combustión de algunos residuos de sus plantas papeleras ha sumado en los últimos años varias centrales, como la de Huelva (50 MW) o Navia (37 MW), en las que quema cultivos forestales (eucaliptos, chopos) y otras biomasas residuales (forestal, jardinería, papelera). A la par que ENCE reduce su actividad en el sector papelero, prevé llegar a 390 MW, con nuevas centrales en Canarias (140 MW) o Extremadura, y una intensa actividad en I+d+i en cultivos energéticos leñosos (en 2010 gestionaba 86.000 Has en España y otras 30.000 en Uruguay) [7].

Otras centrales térmicas, como las de Acciona en Briviesca (16 MW), Sangüesa (25 MW) o Miajadas (16 MW) usan paja como principal combustible, generando una competencia muy importante con sus usos para alimentación animal o enmienda orgánica de unos suelos profundamente agotados tras décadas de cultivo convencional. También destacan las tres plantas andaluzas de Valoriza, filial de la constructora Sacyr-Vallehermoso, que suman 34 MW a partir de biomasa forestal y agraria (como alperujo u orujillo del olivar) [8].

La co-combustión de biomasa en centrales térmicas de carbón no se ha desarrollado comercialmente en España hasta la fecha, si bien ha formado parte del proyecto “Pellet in”. Este ha resultado en el desarrollo de pellets para uso industrial, a partir de biomasas de pino y castaño y cáscara de cacao, destacando el envío de cinco barcos con un total de 17.500 toneladas de pellets producidos por Pellets Asturias, con destino a centrales eléctricas belgas. Por su parte, la minera Hunosa ha realizado con éxito pruebas para sustituir un 30% del combustible habitual por pellets industriales en su central térmica de carbón de La Pereda en Mieres (50 MW), donde también contempla construir una central térmica de biomasa. Aunque la moratoria a las primas a la electricidad renovable paralizó su construcción, fue criticada por organizaciones ecologistas [9]. Hunosa por su parte ha emprendido un plan forestal que prevé la plantación de 1,2 millones de árboles en 3.000 hectáreas de terreno de las antiguas minas a cielo abierto de La Braña del Río [10]. La co-combustión en centrales térmicas de carbón, tal y como ha ocurrido en algunos estados europeos, podría verse desde este sector como una alternativa parcial en el caso de que se reduzca sustancialmente la quema del combustible fósil como parte de la agenda climática.

Por otra parte, la biomasa es uno de los “nuevos combustibles” por los que apuestan las cementeras. Recientemente el Tribunal Superior de Justicia de Navarra ha autorizado la quema de biomasa a Cementos Portland Valderrivas en su planta de Olazti/Olazagutía (Navarra) [11], donde existe un importante conflicto social alrededor del modelo de gestión de las basuras. Varios municipios del Valle de Sakana han apostado por la recogida selectiva de los residuos urbanos mediante el sistema puerta a puerta, con el que se consigue una mejora sustancial de los niveles de recuperación y reciclaje de las diferentes fracciones.

El biogás agroindustrial ha sido el gran perjudicado de la moratoria a las renovables de 2012, existiendo en la actualidad 35 plantas operativas con una potencia de 20 MW, muy lejos de los objetivos del PER y del nivel de desarrollo en otros Estados europeos. Estas instalaciones podrían ayudar a mitigar los importantes problemas de contaminación de suelos y aguas, provocados en varias regiones peninsulares por los estiércoles y purines de una industria claramente insostenible. La biometanización agroindustrial se fomenta en otros Estados europeos a escala de granja, con instalaciones de cogeneración que aportan el calor necesario para estas y reducen su dependencia energética. También se fomenta la biometanización de cultivos alimentarios como el maíz, mucho más problemática por el consumo de agua, agrotóxicos o fertilizantes.

Bioenergía y empleo

Desde el punto de vista social y laboral, la federación de productores de energías renovables resalta el impacto positivo que tiene la bioenergía en el empleo, por encima de otras renovables como la eólica o la termosolar [12]. La capacidad de creación de empleo y dinamización de las economías rurales, especialmente en ámbito forestal, será mayor en la medida en la que se apueste por modelos de extracción y procesamiento de la biomasa intensivos en mano de obra, y de comercialización de escala local o regional, huyendo de mercados globales y modelos de explotación forestal muy intensivos en maquinaria y capital.

Precisamente la creación de empleo es uno de los motivos detrás de las múltiples medidas de apoyo otorgadas en los últimos años desde las Administraciones central y autonómicas a los usos energéticos de la biomasa. El Plan de Activación Socioeconómica del Sector Forestal de 2014 incluye nueve medidas específicas dirigidas a fomentar la bioenergía, que contempla líneas como incluir su aprovechamiento dentro de los planes de gestión de montes, desarrollar la logística necesaria para movilizar biomasa forestal, facilitar la adquisición de equipos y maquinaria, o favorecer la sustitución de calderas de gas o gasoil [13]. Al carecer de asignación presupuestaria, estas acciones se están complementando con programas y planes autonómicos [14], incluyendo diversas medidas en los programas de desarrollo rural (fondos FEADER), como las que subvencionan la instalación de calderas de astillas en equipamientos públicos [15]. Igualmente, muchos de los llamados Proyectos (y Programas) Clima, que reciben apoyo financiero por reducir de emisiones GEI en los sectores difusos, se centran en el uso energético de biomasa forestal, agroganadera o industrial [16]. Las normas técnicas de edificación o certificación energética también favorecen ya el uso térmico de la biomasa.

Sin embargo, tanto la creación de empleo real (especialmente de un empleo digno y estable que fortalezca las economías rurales) y la sostenibilidad en el aprovechamiento bioenergético va a depender mucho de la forma en que se apliquen estas medidas. Ya sea para grandes instalaciones para generación eléctrica, altamente tecnologizadas y de abastecimiento deslocalizado; o para sistemas locales basados en el consumo local y sostenible, especialmente orientado al aprovechamiento doméstico (individual o colectivo) en la generación de calor y biogás.

Disponibilidad sostenible de bioenergía

Los apartados anteriores de este artículo pretenden resumir la situación actual de la bioenergía en el Estado español, en un contexto global de importante crecimiento de su consumo, y que incluye diferentes aprovechamientos, desde diversos sectores pero sobre las mismas materias primas que, en muchos casos, son susceptibles de otros usos no energéticos.

El suministro de biomasa a cada vez más instalaciones de gran escala genera preocupaciones sobre la extensión de zonas forestales necesarias, la intensidad de la explotación en estas, el abandono del compostaje en la gestión de biorresiduos agroalimentarios o domésticos, o el desarrollo de cultivos energéticos en un contexto de reducción de la disponibilidad hídrica por el cambio climático e importación de un volumen importante de nuestra alimentación. Aunque la producción de biomasa es renovable, la cantidad que pueda ser movilizada está y estará limitada por factores como la disponibilidad de superficie, nutrientes, agua o biorresiduos. A pesar de estos aspectos, el fomento de las diferentes formas de bioenergía se está desarrollando dando por hecho su sostenibilidad y con importantes carencias en la contabilidad de sus emisiones. Sería conveniente analizar en mayor profundidad estos aspectos, antes de seguir fomentando con políticas y recursos públicos el uso de bioenergía, en especial la construcción de grandes instalaciones.

¿Cuánta superficie de tierras abandonadas, residuales o degradadas está disponible para nuevos cultivos energéticos tanto en España como en la UE? Un estudio reciente [17] y que considera aspectos ecológicos y agronómicos [18] estima una disponibilidad baja: un máximo de 1,35 millones de hectáreas en toda la UE (el 1% de la superficie agraria útil), que se reducirían en la práctica por limitaciones topográficas o del régimen de propiedad, y cuyo potencial agronómico sería limitado en muchos casos. La contribución de los cultivos energéticos cultivados en esta superficie podría ser significativa en la producción de calor (5,3-11,4% de la energía final destinada a producir calor en la UE), mientras que su contribución al consumo final de electricidad o carburantes no superaría el 1%. El estudio resalta además las carencias en la cantidad y calidad de información estadística existente, sin la cual las medidas y herramientas de fomento de cultivos energéticos corren el riesgo de ocasionar importantes impactos negativos. No se conocen estudios similares para el Estado español.

Por otra parte, en ausencia de medidas que lo controlen o desincentiven, no resulta descabellado pensar en que los cultivos energéticos ocupen tierras y regadíos de buena calidad, buscando mayores productividades e incentivados por políticas y un contexto de demandas crecientes. Igualmente, se pueden establecer sinergias claras entre el impulso del aprovechamiento energético a gran escala de biomasa forestal, y la investigación en cultivos forestales transgénicos, muy avanzada desde hace años en especies como pinos, eucaliptos o chopos. Sin un marco de sostenibilidad adecuado, existe el riesgo de que se generen impactos adversos, entre otros, emisiones GEI (gases de efecto invernadero) por cambios indirectos en el uso del suelo similares a los observados para los agrocombustibles fabricados a partir de cultivos agroalimentarios.

Por su parte, el sector forestal insiste en que en el Estado español hay ingentes cantidades de biomasa forestal desaprovechada, solicitando fondos y políticas públicas que faciliten su aprovechamiento. Aluden a las estimaciones del PER de un potencial de casi 50 millones de toneladas anuales de biomasa procedente de masas forestales existentes y restos agrícolas, de los que serían necesarios utilizar unos 15 millones para alcanzar los objetivos del PER. Conviene mirar estas cifras con cautela. Por una parte, las estimaciones realizadas por otros organismos, como la Agencia Internacional de la Energía, ofrecen potenciales considerablemente menores (un 42% del contenido energético de la biomasa procedente de masas forestales existentes) [19]. Otros estudios plantean que en un porcentaje significativo de suelos forestales, al igual que en el caso de los agrícolas, los contenidos en materia orgánica son bajos y sería conveniente, también desde el punto de vista climático, dejar en el ecosistema una cantidad considerable de la biomasa forestal residual: alrededor del 70% [20]. La prevención de incendios es otro de los argumentos a favor de la eliminación de vegetación en bosques, aunque ésta puede afectar negativamente a la biodiversidad, y existen otras opciones para la prevención de incendios (ganadería extensiva, limitación de actividades agrícolas de riesgo, etc.).

En relación a la cada vez mayor importación de biomasa sólida del mercado europeo, esta coincide con su uso creciente en otras potencias económicas como EEUU, China, Japón o Corea del Sur. En un contexto de crecimiento de la demanda global, la presión sobre los ecosistemas irá en aumento. A modo de ejemplo, la proliferación de plantas peletizadoras en el sureste de EEUU, primer exportador de biomasa sólida a los mercados europeos, es denunciada por organizaciones conservacionistas norteamericanas por los impactos sobre la biodiversidad, el clima y las comunidades [21]. Los acuerdos de libre comercio que la UE negocia con EEUU o Canadá reforzarían muy probablemente estos flujos comerciales.

Declaración sobre usos energéticos de la biomasa sostenibles de Ecologistas en Acción (2007) [22]
Algunos de sus puntos más importantes son:

  • La sustitución de combustibles fósiles por bioenergía debe venir acompañada de importantes medidas de reducción del consumo y del transporte. El consumo de carne (de cría industrial) debe también disminuir como forma de reducir la presión sobre los ecosistemas, y poder destinar biomasa a otros usos.
  • Recomienda el tratamiento anaerobio de residuos orgánicos -biometanización- con alto contenido en agua (aguas residuales, purines y estiércoles), para obtener biogás, una fracción sólida compostable y agua clarificada, muy apta para el riego.
  • Frente a la incineración, defiende el compostaje de los biorresiduos domésticos y la recuperación de los gases generados en vertederos clausurados.
  • Los residuos forestales deben destinarse tanto a usos materiales como energéticos, evitando la proliferación de infraestructuras de acceso, y el aumento en podas o labores de limpieza.
  • Prioriza la incorporación de residuos agrícolas a aquellos suelos con procesos de degradación significativos, o para reducir la fertilización mineral en cultivos.
  • Se rechaza la importación de materias primas por los impactos socioambientales de los cultivos energéticos en los lugares de origen.
  • Se deben priorizar los aprovechamientos térmicos, con cogeneración de electricidad cuando sea posible, frente a la producción exclusiva de electricidad, proceso muy ineficiente.
  • Considera únicamente admisibles los cultivos energéticos cuyo balance energético y de gases de efecto invernadero (GEI) sea claramente positivo, incluyendo tanto las emisiones directas como las indirectas (cambios de uso del suelo, insumos, transporte), que no impliquen un incremento en superficie de regadíos o volúmenes de agua, ni en el uso de agrotóxicos, o la utilización de organismos genéticamente modificados. Descarta la roturación de tierras agrícolas que llevan cinco o más años en proceso de regeneración natural.

Otros elementos a considerar en la sostenibilidad de la bioenergía

La Directiva de Energías Renovables incluye unos criterios de sostenibilidad para considerar renovable un biocarburante líquido o gaseoso. Aunque insuficientes e ignorados hasta la fecha en el Estado español, gracias a una denuncia de Ecologistas en Acción se aplicarán a partir de 2016. En cambio, no existen unos criterios similares para la bioenergía sólida, y la Comisión ha indicado que no se elaborarán antes de 2020 [23].

Existen sellos de calidad voluntarios basados en sistemas de certificación para pellets de uso térmico doméstico e industrial. Para el primer caso, el más extendido es el sello EN Plus, desarrollado en base a la norma europea EN 14961-2 por el Consejo Europeo del Pellet (EPC) y promovido en España por AVEBIOM. Aproximadamente el 80% de la producción española ha adoptado esta certificación voluntaria [24], que se centra en la calidad del combustible en relación a su poder calorífico y la cantidad y composición de las cenizas resultantes. La sostenibilidad del proceso de fabricación o de las materias primas utilizadas, cuya trazabilidad debe garantizarse, es un elemento accesorio carente de objetivos concretos y herramientas para su cuantificación y comprobación. A este respecto, la certificación obliga a declarar la proporción de materias primas procedentes de fuentes certificadas (por ejemplo según los esquemas FSC o PEFC), sin establecer porcentajes mínimos en la actualidad. Debe recordarse que, a pesar de que no es raro encontrar afirmaciones dentro del sector acerca de que los pellets se fabrican a partir de subproductos de aserradero y otros residuos forestales, también se utiliza la madera del fuste o árboles enteros (para las categorías de mayor calidad, A1 y A2). Los fabricantes de pellets deben además firmar una declaración responsable de su compromiso con la producción sostenible de pellets, que incluye aspectos tanto ecológicos (biodiversidad, estado de suelos, balance de carbono, etc.) como socioeconómicos, pero carentes de indicadores, compromisos o metas concretas. En lo relativo a su comprobación, únicamente se contempla que se audite el cumplimiento de estos principios de sostenibilidad en el caso de existir “serias y fundadas sospechas” [25]. La sostenibilidad de los pellets certificados EN Plus por lo tanto se acerca más en la actualidad a un acto de fe, al no ser obligatorio una cantidad mínima de biomasa procedente de masas forestales con certificado de gestión, ni contemplar mecanismos para comprobar el cumplimiento de la declaración responsable de los fabricantes. La certificación tampoco tiene en cuenta el origen espacial de la materia prima. Las distancias entre los lugares de “cosecha”, procesamiento y combustión supondrán un factor importante para la huella ecológica de cualquier combustible. Para la astilla, combustible muy utilizado para grandes calderas sin limitaciones de almacenamiento, cáscaras de algunos frutos secos o huesos de aceituna, no existe ningún sello de calidad. En el caso de la primera, su uso suele ser local o regional, a diferencia del pellet.

En el caso de los pellets para uso industrial (centrales térmicas o de cogeneración), de peor calidad por contener mayor cantidad de residuos y maderas recicladas, solo aquellos países que más están apostando por la generación eléctrica con biomasa están desarrollando normativa propia que incluye criterios de sostenibilidad y balance de emisiones.

A continuación se presentan algunos de los elementos centrales para pensar en la sostenibilidad de la bioenergía, pero que el autor considera que no están siendo suficientemente abordados tanto desde las Administraciones como desde el movimiento ecologista español.

El principio de usos en cascada de la biomasa plantea su utilización de la forma más eficiente y sostenible posible para aprovechar el recurso y tantas veces como sea posible, antes de su valorización energética. Plantea por lo tanto anteponer el aprovechamiento material de la biomasa frente al energético, posponiendo éste al final de la vida útil del producto. La combustión de cultivos o biorresiduos de la industria agroalimentaria, en centrales de biomasa o incineradoras, desafía este importante principio de sostenibilidad. Por el contrario, utilizar subproductos y coproductos agrícolas o residuos de la industria agroalimentaria como alimento animal permitiría reducir el impacto de la producción de piensos, mientras que los estiércoles generados por el ganado podrían usarse para fertilizar cultivos y, siempre que sea posible, obtener además biogás mediante digestión anaerobia.
A modo de ejemplo, la paja de cereales, utilizada como alimento animal y como enmienda orgánica de suelos, además de estarse quemando en centrales térmicas puede transformarse en uno de los llamados biocarburantes avanzados. ¿Tiene sentido transformar esta biomasa en energía como una hipotética forma de reducir las emisiones de GEI, aunque como consecuencia aumente el consumo de fertilizantes químicos o forrajes, cuya producción tiene un importante impacto climático?

Otro elemento muy importante que recibe poca atención es el conocido como deuda de carbono (C). Las emisiones de la bioenergía suelen considerarse nulas ya que el C emitido en la combustión fue previamente retirado de la atmósfera (mediante la fotosíntesis) en un plazo relativamente corto (pocos meses para algunos cultivos herbáceos, o varias décadas para especies forestales). Dichas emisiones en realidad no son nulas como consecuencia de las labores de plantación, mantenimiento, transporte y/o transformación de la biomasa, si bien es cierto que los cálculos de emisiones de los combustibles fósiles tampoco suelen incluir sus emisiones indirectas. La imprescindible reducción en las concentraciones atmosféricas de GEI que la comunidad científica reclama para evitar las peores consecuencias del cambio climático nos obliga tanto a reducir la cantidad de gases emitidos, como a incrementar el contenido de C en sumideros como la vegetación, suelos u océanos. Y debe hacerse además en un plazo inmediato. Quemar en el corto plazo grandes cantidades de biomasa leñosa, vinculada a las grandes centrales térmicas de biomasa de las que hemos hablado, puede reducir la dimensión de este sumidero precisamente en las décadas claves en la lucha contra el cambio climático.

Diferentes estudios han calculado la deuda de carbono de la bioenergía, analizando el tiempo que tardará el carbono de origen vegetal que se ha quemado en volver a ser fijado en una nueva planta, compensando así las emisiones realizadas [26]. Los resultados son muy diferentes dependiendo del tipo de material. El proceso es beneficioso desde el principio, si se trata de residuos forestales, o en el caso de la conversión de tierras de cultivo a bosques. En cambio, en el caso de bosques explotados intensivamente estos beneficios pueden tardar entre 2 y 3 siglos en producirse, lo que sería demasiado tarde. Este elemento temporal es ignorado tanto en la normativa energética europea, como en la de los estados miembros.

Necesitamos más investigación de la mano de criterios de sostenibilidad

Recientemente, diez organizaciones de ámbito europeo, incluidas el European Environmental Bureau y Transport & Environment, de las que Ecologistas en Acción es miembro, han publicado una serie de recomendaciones para evitar los impactos negativos del crecimiento de la bioenergía sobre el clima, la biodiversidad o los usos del suelo [27]. Éstas incluyen limitar las cantidades de cada tipo de biomasa disponibles para aprovechamiento energético, establecer criterios de sostenibilidad para biomasa sólida, y corregir las carencias actuales en la contabilidad de emisiones. Han creado también la página web http://eubioenergy.com, con el objetivo de estimular el debate sobre los límites de un aprovechamiento energético sostenible de la biomasa.

Dada la actitud actual tanto de las Administraciones como de una parte considerable del sector de la bioenergía, sería recomendable que desde el movimiento ecologista dediquemos más esfuerzos a frenar el modelo de desarrollo de la bioenergía basado en mercados internacionales, grandes centrales y marketing verde, para impulsar aquellos aprovechamientos energéticos que nos ofrecen un mayor beneficio climático, y un mayor potencial de dinamización de las economías rurales. Soberanía energética de la mano de soberanía alimentaria y tecnológica, en un mundo decrecentista. ¿Podría ser ésta la utopía hacia la que caminar?




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