El metabolismo económico de las regiones españolas

Las regiones despobladas abastecen de materiales y energía a las más desarrolladas económicamente.

Óscar Carpintero, Sergio Sastre, Pedro L. Lomas [1] [2]. Revista El Ecologista nº 87.

Las dinámicas de intercambio físico entre regiones que se analizan en este artículo explican la división espacial del trabajo en el seno de la economía española. Cabe diferenciar dos tipos de regiones: aquellas especializadas en la extracción de recursos y posterior vertido de residuos, y las que centran su labor en la acumulación y el consumo. Así, las Comunidades Autónomas que acumulan el grueso de la extracción física no coinciden con las regiones económicamente centrales (a excepción de Cataluña), sino con las regiones económicamente periféricas.

Una forma interesante de contemplar las relaciones economía-naturaleza y el impacto ambiental de los modelos de producción y consumo es hacerlo bajo el prisma del metabolismo económico o social. De esta manera, en términos físicos, el sistema económico se comportaría como cualquier organismo vivo: al igual que estos ingieren energía y alimentos para mantenerse vivos (y permitir su crecimiento y reproducción), y excretan residuos que van a parar al medio ambiente; de la misma manera, una economía convierte materias primas, energía y trabajo en bienes finales de consumo –más o menos duradero–, e infraestructuras, y genera residuos que también van a parar a la naturaleza.

Una evaluación seria de los comportamientos económicos en términos de “sostenibilidad” requerirá, por tanto, hacer un seguimiento exhaustivo de los flujos de energía y materiales que recorren los sistemas económicos con el fin de calibrar, hasta qué punto, los territorios están viviendo más allá de sus posibilidades en términos de recursos, o han superado la capacidad de los ecosistemas para absorber los residuos.

Aunque ya poseíamos desde hace más de una década una investigación detallada del metabolismo de la economía española en su conjunto [3], parecía oportuno complementar este análisis con el estudio del metabolismo de las regiones o Comunidades Autónomas (CCAA) que conforman el Estado. Los resultados de este laborioso empeño se han plasmado en una voluminosa publicación colectiva [4], de modo que las páginas que siguen intentarán resumirlos brevemente. Unos resultados que, valorados en perspectiva, suponen una doble contribución. Por una parte, a la mejora del conocimiento estadístico sobre el metabolismo socioeconómico y la sostenibilidad ambiental de la economía española en su dimensión regional y, de otro lado, a la interpretación económico-ecológica y territorial del último ciclo de auge económico español al que ha seguido, desde 2008, un largo período de deterioro económico, social y ecológico.

Una burbuja inmobiliaria generalizada y demoledora

En primer lugar, parece claro que la profundidad y extensión de la burbuja inmobiliaria ha condicionado el metabolismo de todas y cada una de las CCAA en todo el período. Tanto en la fase de auge, como en la posterior de declive, la explosión generalizada en el uso de recursos naturales a escala regional ha tenido consecuencias demoledoras. En numerosos casos, los minerales no metálicos (sobre todo rocas de cantera y materiales de construcción) han supuesto entre la mitad y tres cuartas partes de los recursos naturales utilizados en cada región y han estado muy relacionados con la dinámica de construcción de viviendas e infraestructuras. En las CCAA que protagonizaron con mayor fuerza el boom inmobiliario (entre ellas Madrid, Cataluña, Murcia y C. Valenciana), la menor extensión de sus respectivos territorios y el grado de aglomeración urbana y mayor población, las hicieron figurar a la cabeza en las exigencias territoriales de las actividades constructivas. Son ellas las que presentan cifras de consumo de cemento en toneladas por hectárea muy superiores a la media nacional, mostrando claramente la gran intensidad territorial de este fenómeno. Por ejemplo, la preocupante cifra media estatal de una tonelada de cemento por hectárea en el punto álgido de la burbuja, queda empequeñecida por las 7,5 toneladas por hectárea que “cayeron” en Madrid, las 2,5 en la Comunidad Valenciana, o las 2,1 en Cataluña.

Si se mira la intensidad material por habitante, es decir, el Consumo Interior de Materiales (CIM) per cápita, se observa que, en 2010, el dato para la economía española en su conjunto se situaba en 12,6 t/hab, tras haber alcanzado las 20,9 t/hab en 2007. Frente a este dato, la disparidad regional resulta muy llamativa: el ranking regional situaba a la cabeza en 2010 al Principado de Asturias con 30,3 t/hab, seguido de otras regiones económicamente periféricas como Castilla y León, Cantabria o Extremadura. Por el contrario, el último lugar estaba reservado para Canarias con 5,1 t/hab, muy cerca de Madrid con 5,9 t/hab en ese mismo año. La divisoria sugiere claramente que las regiones económicamente centrales (Madrid, País Vasco, Cataluña y C. Valenciana) aparecen por debajo de la cifra media española, a la vez que son las regiones económicamente periféricas (Asturias, Castila y León, Extremadura, Castilla-La Mancha, Cantabria, Aragón, etc.) las que se sitúan con un CIM per cápita muy superior al dato “medio” español.

Este sorprendente y amplio rango de variación en los indicadores relativos entre las diferentes CCAA hacía que, en 2010, la relación entre la primera y la última CCAA en términos de CIM per cápita fuera de 1 a 7, mientras que cuando se comparaban los ratios territoriales (CIM por km2) la relación llegaba a alcanzar diferencias de 1 a 14 entre la primera región (Madrid) y la última (Castilla-La Mancha). Por otra parte, las distancias entre la mayor y la menor CCAA en el período de tiempo elegido (1996-2010) se incrementaron también mostrando el efecto amplificador que la burbuja inmobiliaria ha tenido a lo largo del territorio. Finalmente, cabe subrayar el aparente resultado “contraintuitivo” que ofrecen los rankings ya que, en contra de lo que inicialmente cabría suponer, son las regiones económicamente centrales (ricas) las que presentan unas cifras menores de CIM, siendo las CCAA económicamente periféricas (más pobres) las que ofrecen unos datos más altos de intensidad material (tanto per cápita como monetaria).

Gráfico 1. Ranking de Consumo Interior de Materiales (CIM) en términos relativos, 1996-2010

Fuente: Carpintero, Ó. (dir.), (2015): op.cit.

Hacia una división regional del trabajo ecológicamente desigual

Este resultado se explica por varias razones. Es verdad que hay dos efectos bien conocidos en el ámbito de la economía regional y urbana que ayudan a entender parte de estas cifras inferiores en los casos de Madrid o Cataluña: las economías de escala y de aglomeración. Sin embargo, también hay otros elementos. En primer lugar, las regiones periféricas tienen una gran vocación extractiva (Castilla-La Mancha, Castilla y León, La Rioja, Andalucía o Extremadura), y apoyan una parte muy considerable de su CIM en la extracción de recursos del propio territorio (superando en ocasiones el 100% del CIM). El gran volumen que representan los productos de cantera en el conjunto del CIM unido a las características de inmovilizado de la mayoría de sus destinos (vivienda o infraestructuras), y al divorcio entre la construcción de viviendas y las dinámicas demográficas de despoblación explican una parte notable del resultado anterior.

Aparte de esta circunstancia, también ayudan a ello las altas cifras (muy superiores a la media) que las regiones periféricas tienen en términos de extracción de biomasa agraria, pastos y forestal. Por ejemplo, mientras que en el caso de la economía española en su conjunto, el porcentaje de recursos de biomasa en el CIM suponía en 2010 el 23%, Extremadura, Castilla y León y Castilla-La Mancha presentaban cifras del 61, 42 y 36% respectivamente: es decir entre un 50 y un 200% superiores. Esto explica que las 12,4 t/hab de consumo de biomasa de Extremadura en 2010 cuadruplicaran el dato para el conjunto de España (3 t/hab), o las 10 t/hab de Castilla y León, más que triplicaran la misma cifra media de la economía española. El elemento clave es que, en estos casos, se trata de CCAA que sirven de principales abastecedoras de biomasa al resto de regiones aunque no de forma directa (pues se vería reflejado en el comercio interregional), sino a través de los productos elaborados –y luego exportados– de la industria agroalimentaria y ganadera, pero que fruto de esa transformación tienen un peso final mucho menor que lo que conlleva la extracción del recurso en origen.

Un segundo factor que explica las bajas cifras de CIM per cápita de, por ejemplo, la Comunidad de Madrid estriba en que los cálculos de nuestro estudio no incorporan los flujos ocultos de las extracciones (ni los indirectos asociados a las importaciones). De esta manera, la Comunidad de Madrid importa ya, limpios de polvo y paja, los bienes manufacturados cuya fabricación se ha producido en otras regiones (con sus recursos naturales correspondientes y los residuos que se dejan en dichas regiones). La información disponible no ha permitido todavía incorporar estos flujos ocultos.

Seguramente, cuando sea posible calcular los recursos naturales que indirectamente arrastran los consumos madrileños, las cifras de CIM de la Comunidad de Madrid no serán inferiores, sino que llegaremos a conclusiones muy similares a las obtenidas para el caso de las emisiones de Gases de Efecto Invernadero (GEI) a escala regional: Madrid es la segunda región emisora de GEI per cápita (después de Navarra) cuando se calculan las emisiones incorporadas en los bienes importados y consumidos por ella (pero generadas en otros territorios) [5]. Sin embargo, las cifras oficiales basadas en las emisiones per cápita que se generan en sus fronteras hacen que la Comunidad de Madrid se sitúe a la cola de las regiones emisoras (al no tener centrales de producción de electricidad alimentadas por combustibles fósiles), haciendo que regiones como Asturias, Castilla y León o Castilla-La Mancha aparezcan a la cabeza del ranking.

Regiones generadoras y regiones consumidoras de energía

En tercer lugar, no hay que olvidar que una parte considerable de la energía disponible en regiones económicamente centrales como Madrid y Cataluña se obtiene en forma de energía final (electricidad) suministrada a través del tendido eléctrico. Sin embargo, dada su naturaleza de energía secundaria y las unidades de medida (en unidades energéticas y no de masa) en que se registra, esta no aparece recogida como tal en la contabilidad de flujos materiales. Ahora bien, este es uno de los elementos en los que más claramente se observa la división regional del trabajo en la economía española pues son las regiones económicamente periféricas (Galicia, Castilla y León, Castilla-La Mancha, Aragón y Extremadura) las que ofrecen un excedente notable de generación eléctrica (tanto de hidroelectricidad como de centrales térmicas) respecto de su consumo, y que es vertida a la red en beneficio del resto de Comunidades. Por ejemplo, en 2010, el 76% de la electricidad generada en Extremadura se exportaba a otras regiones (sobre todo a Madrid), pero lo mismo ocurría en el caso de Castilla-La Mancha (48%) o Castilla y León (44%) –con idéntico destino madrileño– o Aragón (44% con destino principal a Cataluña), y Galicia (28%).

Así se explica que en una región como la Comunidad de Madrid el 94% de la electricidad en 2010 procediera de las CCAA mencionadas. O que, en el caso de otra región económicamente central como el País Vasco, esa proporción fuera del 52%. El caso de Cataluña presenta déficit aunque más reducido, si bien mantiene un grave desequilibrio sobre todo en Barcelona, parcialmente compensado por las centrales nucleares de Ascó y Vandellós en Tarragona, y con la importación de electricidad generada en Aragón. Por eso al cruzar los puntos de territorio según la generación de electricidad con el consumo de esta, aparecen claramente los dos agujeros negros de Madrid y Barcelona (gráfico 2), haciendo que el resto del territorio se ponga a su servicio para abastecerlos, y sufra los costes ambientales por ello.

Gráfico 2. Diferencia generación-demanda de electricidad (MWh)

Fuente: Red Eléctrica de España

A pesar de que las regiones centrales muestren unas cifras menores de CIM, ofrecen también como contrapartida una mayor dependencia de otros territorios. En Madrid, el saldo importador neto procedente del resto de regiones y del mundo supone el 60% de su CIM, el 40% en el P. Vasco, o el 30% en Cataluña. Esta circunstancia casa bien con el ranking de importaciones interregionales que eleva al primer puesto a la Comunidad de Madrid.

A la vista de todo lo anterior, cabe entonces diferenciar dos tipos de regiones: aquellas especializadas en la extracción de recursos y posterior vertido de residuos, y las que centran su labor en la acumulación y el consumo. No en vano, las CCAA que acumulan el grueso de la extracción física no coinciden con las regiones económicamente centrales (a excepción de Cataluña), sino con las regiones económicamente periféricas. Andalucía, Castilla y León, Cataluña, Castilla-La Mancha y Galicia concentran el 61% del total de energía y materiales extraídos del territorio, lo que, de paso, coincide con su contribución en términos de extensión geográfica.

En el caso de los recursos bióticos (biomasa agraria, forestal y pesquera), Castilla y León, Andalucía, Castilla-La Mancha, Extremadura y Galicia suponían, por este orden, el 70% de la extracción, lo que sin embargo representa proporciones que cuadruplican su peso en comparación con su contribución al PIB y la población totales. Por ejemplo, la potente especialización en la extracción de biomasa agraria de Extremadura y Castilla y León suponía en 2010, respectivamente, el 71,8 y el 44,5% de toda su extracción regional.

Se entiende así que sean estas regiones las que, a su vez, aparezcan en los primeros puestos en el caso de las exportaciones de biomasa (agraria, ganadera, forestal y pesquera) acompañadas, según los casos, por Cataluña, C. Valenciana o P. Vasco. En las exportaciones interregionales totales destaca también el papel desempeñado por Castilla-La Mancha como primera región abastecedora del resto de CCAA, así como el tercer puesto de Andalucía, lo que eleva el nivel de protagonismo de dos importantes regiones económicamente periféricas en el entramado comercial interior.

Conviene recordar que el grueso del comercio físico total de las CCAA es con otras regiones (no con otros países): en 2010, lo era el 73% del total de exportaciones regionales y el 59% del total de las importaciones. Además, está muy concentrado. Las cuatro primeras CCAA tanto en importaciones como exportaciones son Cataluña, Andalucía, C. Valenciana y Madrid, que acumulan el 48% de las primeras y el 46% de las segundas. Este resultado muestra ya claramente dos cosas: 1) el grueso del trasiego de energía, materiales y bienes por el territorio se concentra en el corredor del litoral mediterráneo al que se une la capital madrileña como foco de atracción; y 2) esta tendencia confirma en términos físicos que los flujos comerciales (no solo los de población) están consolidando la división regional del trabajo ya mencionada, donde el grueso de la actividad de acumulación y consumo se concentra en la franja litoral y Madrid como territorios centrales, quedando un amplio espacio económico periférico y semiperiférico (casi “desértico”) entre medias, cuya vocación parece ser convertirse en territorios de extracción de recursos y vertido de residuos.

Una importante rematerialización… también regional

Es preciso recordar que para hablar de desmaterialización la condición necesaria es que el PIB per cápita aumente y que, simultáneamente, el CIM per cápita crezca menos que el PIB per cápita (desmaterialización relativa), o bien se reduzca (desmaterialización absoluta). Ya sabemos que, en el caso de la economía española en su conjunto, la tesis de la desmaterialización apenas se ha cumplido. Lo que ha dominado, sin embargo, ha sido una rematerialización muy fuerte hasta 2007. Después, como consecuencia de la crisis, el desplome del CIM estuvo también muy por encima del declive del PIB. Ahora bien, con carácter general, en el caso regional tampoco se ha cumplido la tesis desmaterializadora. En una docena de CCAA se ha producido un crecimiento mayor del CIM per cápita que del PIB per cápita. O lo que es lo mismo: en 2007 se necesitaba más energía y materiales que en 1996 para producir una misma “cantidad” de PIB en la gran mayoría de las regiones del país.

En contra de lo que pudiera pensarse, el período a partir de 2007 y hasta 2010 (fase recesiva) no cambió sustancialmente este panorama, pues en los años de crisis el PIB cayó y también lo ha hecho el CIM, incluso a niveles previos a 1996. En ninguna región española se ha producido, por tanto, un fenómeno de desmaterialización absoluta, y únicamente cabe hablar de cierta desmaterialización relativa en cuatro regiones (Galicia, I. Canarias, Navarra, y Baleares) donde el PIB se ha incrementado en mayor proporción que los CIM (tanto en términos absolutos como per cápita) [6].

Dominación económica y deterioro ecológico

En definitiva, el análisis contenido en esta investigación colectiva aporta, pues, elementos novedosos para interpretar la evolución económico-ecológica regional desde los orígenes del último ciclo alcista hasta los inicios del declive actual. Ahora contamos con las cifras más relevantes del metabolismo económico de todas las regiones españolas y las posiciones relativas de cada CCAA y, por tanto, podemos ver hasta qué punto las dinámicas físicas influyen y sirven para explicar la sostenibilidad ambiental de las regiones y su relación con la división espacial del trabajo en el seno de la economía española. Unas tendencias que apuntan hacia ese “dualismo espacial ibérico” donde una parte importante de ese “desierto intermedio” ha acabado teniendo la función de consolidar físicamente su vocación extractiva y primaria, para abastecer a las zonas centrales de acumulación y consumo (Madrid y litoral mediterráneo y vasco).

Algunos enfoques económicos heterodoxos subrayaron ya los aspectos de dominación económica insertos en esta división regional del trabajo. Ahora, por fin, podemos complementar este análisis con los resultados en términos de deterioro ambiental e intercambio ecológico desigual.




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