Cultivos transgénicos en el mundo

Es significativo que la primera generación de transgénicos haya estado presidida por los intereses de la industria en consolidar y aumentar sus ventas de agroquímicos, introduciendo variedades de cultivos transgénicos resistentes a los herbicidas; y que una mayoría de las transnacionales de la biotecnología estén desarrollando una segunda generación de semillas transgénicas cuyas rasgos “ventajosos” consisten en cualidades que facilitan su procesamiento por la industria alimentaria, o su almacenamiento y transporte a grandes distancias. El primer alimento transgénico que salió a la venta en EE UU, por ejemplo, fue el tomate Flavr Savr, un “tomate larga vida”, con un proceso de maduración retardada que facilita su almacenamiento y su transporte a grandes distancias. Todo un invento para una producción de alimentos globalizada -que sin embargo fracasó por resultar demasiado delicado para soportar unas labores mecanizadas de cosecha y envasado [1]. Gran parte de la investigación biotecnológica reciente se orienta asimismo al desarrollo de mejoras cualitativas (menos calorías, menos colesterol, etc.) para una minoría de la población mundial con alto poder adquisitivo, en la cual los excesos de alimentación están causando graves problemas de salud.

En la actualidad, la práctica totalidad de la superficie sembrada con transgénicos en el mundo está ocupada por cuatro cultivos, en su mayor parte destinados a la producción de piensos compuestos para la ganadería intensiva y otros usos industriales: soja (60% del total de cultivos MG), maíz (23%) algodón (11%) y colza (6%) [2].

En países del Sur como Argentina el cultivo de soja transgénica destinada a la exportación ha desplazado a los cultivos tradicionales y expulsado del campo a miles de pequeños campesinos, agravando la crisis de pobreza y de inseguridad alimentaria del país, esquilmando los suelos y provocando graves daños ambientales [3]. En el Norte los cultivos transgénicos están contribuyendo a apuntalar un modelo de producción agrícola y ganadera industrializada, cuyos costes sociales (ruina de la agricultura y la ganadería familiar, despoblamiento del mundo rural), ecológicos (contaminación, desaparición de razas y de sistemas extensivos adaptados al entorno y ecosistemas asociados) y sanitarios (vacas locas, gripe aviar...) son insostenibles.

Los cultivos estrella son aquellos que tienen incorporada la resistencia a un herbicida, que ocupan el 73% de la superficie cultivada, seguidos de las variedades insecticidas Bt (18%) y de las variedades con ambas características (8%).

Mención aparte merecen los “farmacultivos”, diseñados para producir en cultivos alimentarios como el maíz fármacos y productos industriales (plásticos, lubricantes...) no aptos para el consumo humano, y que están siendo ya ensayados en Estados Unidos. Aunque la mayor parte de este tipo de cultivos está todavía en fase experimental, las primeras solicitudes de autorización para su cultivo comercial han provocado un gran revuelo en Estados Unidos en estados como California, debido al evidente riesgo de contaminación de toda la cadena alimentaria que suponen [4].

Los datos más difundidos sobre superficie de cultivos transgénicos son los aportados por los informes anuales del Servicio Internacional para la Adquisición de Aplicaciones Agrobiotecnológicas, (ISAAA), un organismo privado creado por instituciones y empresas cuyo objetivo es extender el uso de la biotecnología en países de desarrollo.
Según el informe del ISAAA correspondiente a 2004, el cultivo mundial ha aumentado un 20% con respecto a 2003, alcanzando una superficie de 81 millones de hectáreas repartidas en un total de 17 países, y equivale al 25% de la superficie global de estos cultivos.

El mayor productor de cultivos MG en el mundo sigue siendo Estados Unidos, cuya superficie de transgénicos supone el 69% del total mundial. Le sigue Argentina, con un 20% de la superficie mundial de cultivos transgénicos.


España, pionero en la Unión Europea en la siembra de maíz transgénico

En la Unión Europea, España ha sido pionero en la siembra de variedades transgénicas, incorporando a la lista nacional de variedades vegetales dos variedades de maíz insecticida en 1998, cinco variedades en marzo 2003 y otras nueve en febrero 2004. En Julio 2005 se revocan las autorizaciones concedidas a algunas de las variedades (las Bt 176 de Syngenta), incluyendo en el registro de variedades 14 variedades nuevas (MON 810 de Monsanto).

Hasta 2005 ningún otro gobierno había autorizado la siembra comercial -en grandes superficies- de variedades transgénicas y varios países (Alemania, Austria, Francia, Grecia y Luxemburgo) países han prohibido expresamente el cultivo de las variedades de Monsanto inscritas en septiembre 2004 en el Catálogo Europeo, que daba luz verde a su cultivo en toda la Unión Europea. En 2004 la superficie sembrada en España con variedades insecticidas MG suponía un 12% del maíz cultivado a nivel nacional, y ascendía a un total de 58.000 hectáreas, cultivadas principalmente en Cataluña, Aragón, Castilla la Mancha, Madrid, Navarra y en menor proporción en Andalucía y Extremadura.

La superficie sembrada de maíz transgénico en España pasó de 25.000 hectáreas en 2002 a 32.000 hectáreas en 2003, aumentando a 58.000 hectáreas en 2004 según los datos del International Service for the Acquisition of Agri-Biotech Applications (ISAA) [5].

En 2003 esta superficie apenas representaba el 7% del total nacional, distribuyéndose de la siguiente forma: Cataluña 13%, Aragón 11%, Castilla la Mancha 9%, Madrid 9%, Navarra 4%, Andalucía 3% y Extremadura 2%. En 2004, según el ISAA, la superficie sembrada supondría el 12% del maíz cultivado a nivel nacional.

VARIEDADES CULTIVADAS

Todas las variedades autorizadas para cultivo en España son variedades insecticidas, que producen una toxina fabricada en la naturaleza por una bacteria del suelo, el Bacillus thuringiensis. Cinco de ellas llevan incorporado el evento Bt-176 (de la compañía Syngenta) y las restantes el MON 810 (de Monsanto). En el caso de las variedades Bt 176, las células del maíz llevan incorporado un gen “marcador” de resistencia a la ampicilina.

Ambos eventos fueron autorizados por la Unión Europea de acuerdo con la antigua normativa sobre liberación de organismos modificados genéticamente (OMG), Directiva 90/220/EEC, considerada inadecuada para la evaluación de estos productos y cuya modificación dio lugar a la moratoria europea sobre liberación de OMG. Esta Directiva ha sido sustituida por la Directiva 2001/18, más rigurosa y que exige una evaluación a largo plazo de las repercusiones de los transgénicos.

La mayor parte de la superficie de maíz Bt sembrada en España corresponde, según el Ministerio de Agricultura, a las variedades portadores del evento Bt 176. Estas variedades han sido retiradas del mercado en EE UU por sus riesgos de aparición de resistencia en las plagas y por el riesgo de que su elevada toxicidad afecte a especies de insectos protegidas o beneficiosas. A su vez, la Agencia de Seguridad Alimentaria Europea recomendó en abril 2004 retirar estas variedades por sus potenciales riesgos sanitarios, motivando una decisión de la Agencia de Seguridad Alimentaria Española en la que se afirma que “este maíz Bt 176 no se podrá a sembrar ni a cultivar a partir de enero de 2005” [6]. El cultivo de las variedades MON 810 inscritas en el Catálogo Europeo ha sido prohibido en varios países europeos.

La incorporación del gen Bt se supone que debe defender al cultivo contra el “taladro”, un insecto que puede convertirse en plaga en las zonas donde el monocultivo de maíz está más extendido, especialmente en años de calor. Sin embargo esta “defensa” no está garantizada, ni estaría justificada en gran parte del territorio, donde el taladro no provoca grandes daños.

APARICION DE RESISTENCIA EN INSECTOS Y NUEVAS PLAGAS

Uno de los grandes problemas de los cultivos Bt es la previsible evolución de resistencia a la toxina insecticida en los insectos plaga, sobre todo si la superficie cultivada es muy extensa y uniforme. En EE UU la Agencia de Medio Ambiente (Environmental Protección Agency, EPA) ha establecido medidas encaminadas a retardar la aparición de resistencias, que incluyen el mantenimiento de refugios (franjas cultivadas con variedades convencionales) de hasta el 50% de la superficie sembrada. El Gobierno Español, por el contrario, no ha tomado medidas en este sentido, limitándose la prevención de resistencias a meras recomendaciones de la industria semillera.

El riesgo de aparición de resistencia es mayor en las variedades Bt 176 (retiradas actualmente), cuya producción de insecticida disminuye notablemente al final de la temporada, por lo que no protegen adecuadamente el cultivo frente a la segunda generación de insectos plaga. Por esta razón, la EPA no renovó la autorización de las variedades Bt 176 a partir del 2000, comprometiéndose la empresa que comercializa las semillas en EE UU a retirarlas del mercado [7].

En España están apareciendo ya resistencias al Bt en el taladro, según las conclusiones de un estudio sobre control de taladro con maíz MG llevado a cabo por el ITG-A en Navarra durante 1998, 1999 y 2000 [8]. La proliferación de insectos resistentes al Bt no sólo inutilizaría un valioso plaguicida utilizado en agricultura biológica, ocasionando gravísimos perjuicios a los agricultores ecológicos, sino que pudiera tener unas repercusiones difíciles de prever -y potencialmente muy graves- en los ecosistemas, ya que desconocemos el papel jugado por el Bacillus thuringiensis en los ciclos y equilibrios biológicos de la naturaleza, particularmente en los suelos.

Por otra parte, se ha señalado que la manipulación genética puede provocar alteraciones en los compuestos volátiles o en otro tipo de compuestos producidos por una planta transgénica, que pueden atraer o favorecer la proliferación de otros insectos dañinos para los cultivos [9].

UNA GRAVE AMENAZA PARA LA SALUD HUMANA

Las variedades de maíz Bt 176 fueron prohibidas desde el primer momento en varios países de Europa (Austria, Italia, Luxemburgo) por los riesgos sanitarios derivados de la incorporación a la planta de un gen marcador de resistencia a la ampicilina, que pudiera agravar la alarmante proliferación de cepas bacterianas resistentes a los antibióticos y el recrudecimiento de enfermedades infecciosas que amenaza actualmente a la humanidad [10]. El 16 de abril 2004 la Agencia Europea de Seguridad Alimentaria recomendaba la retirada del mercado de estas variedades, publicándose a los pocos días en España una decisión de la Agencia de Seguridad Alimentaria Española en el mismo sentido, que obligaría a revocar su autorización en España a partir de diciembre 2004. Este revocación, sin embargo, no se ha llevado a cabo hasta julio 2005, ni se han tomado medidas para evitar la siembra de estas variedades en 2005.

Dado que la Directiva 90/220 no requería una evaluación del impacto y la estabilidad a largo plazo de los OGM, los riesgos de alergias o de otros posibles problemas para la salud asociados a las variedades insecticidas Bt no han sido estudiados adecuadamente antes de su autorización, ni se ha hecho un seguimiento riguroso de sus efectos, por lo cual su cultivo supone someter a la población (y al ganado que lo consume) a un peligroso e involuntario experimento a gran escala. Por esta razón, Austria, Grecia, Hungría y Polonia han prohibido recientemente el cultivo de las variedades MON 810 inscritas en el Catálogo Europeo de variedades en 2004.

El Bt 176 y el MON 810 han sido transformados mediante la técnica de bombardeo de partículas de ADN, cuyos resultados se consideran especialmente inexactos y problemáticos. Según la Comisión Europea, la inserción de ADN extraño en una posición no deseada dentro del genoma, o de múltiples segmentos genéticos con reordenaciones, puede potenciar o silenciar ciertos procesos de producción de proteínas y provocar cambios de composición o la aparición de compuestos potencialmente tóxicos en los alimentos, con riesgo para la salud humana [11]. Por otra parte, varios estudios han señalado la existencia de reordenaciones genómicas y supresión de ADN en las variedades derivadas de estos dos eventos. Esta inestabilidad genética puede dar lugar a efectos imprevistos, con efectos potencialmente dañinos [12].

Los estudios de toxicidad/alergenicidad realizados con plantas Bt son inadecuados, dado que la mayor parte han sido realizados utilizando la toxina producida de forma natural por el Bacillus thuringiensis, en lugar de la proteína insecticida producida a partir del gen sintético modificado incorporado a las plantas transgénicas [13]. Las proteínas Bt producidas en los cultivos transgénicos pudieran ser alergénicas, según diversos estudios realizados [14]. Un informe del Norwegian Institute for Gene Ecology señala que los problemas de alergias aparecidos en los últimos años en Filipinas en zonas donde se cultivaba maíz transgénico pueden estar relacionados con el cultivo de variedades derivadas del MON 810 [15].