Riesgos de los cultivos transgénicos

El proceso de creación de organismos manipulados genéticamente (OMG) está rodeado de incertidumbres, que pueden dar lugar a multitud de efectos imprevistos
 [1]. La inserción de ADN extraño en una posición no deseada dentro del genoma puede potenciar, silenciar o perturbar los procesos de producción de proteínas. El promotor insertado puede también activar a otros genes presentes en la planta, modificando su comportamiento. La presencia de la proteína extraña puede alterar vías metabólicas importantes para la planta. Puede ocurrir también, y ocurre con frecuencia, que se hayan insertado demasiadas copias de ADN extraño, o que se integren múltiples segmentos genéticos con reordenaciones. O que el ADN extraño se haya contaminado durante la manipulación en el laboratorio. Cualquiera de estos sucesos puede provocar perturbaciones importantes en la planta manipulada genéticamente (MG) [2].

En 2000, se reveló que la soja resistente al herbicida Roundup de Monsanto, cultivada en miles de hectáreas en el mundo a partir de 1997 -el primer producto transgénico autorizado en Europa- contiene segmentos adicionales de ADN, insertados de forma accidental. El ADN de la soja ha sufrido reordenaciones que pueden dar lugar a cambios en las proteínas producidas por las plantas, con efectos completamente imprevisibles [3]. Se ha demostrado, además, que algunos de los fragmentos insertados se transcriben, sin que se conozca el producto ni como afecta éste a la planta [4]. En los estudios de caracterización independientes llevados a cabo se han detectado numerosas anomalías de este tipo en las variedades transgénicas analizadas [5].

Los trastornos originados por el proceso de manipulación genética en las plantas pueden manifestarse de inmediato, o al cabo de varias generaciones. También pueden aparecer en determinadas condiciones ambientales o de estrés. Durante una ola de calor padecida en 1999 en EE UU, por ejemplo, la soja transgénica de Monsanto padeció una devastadora -y misteriosa- infección por un hongo, que provocó considerables daños en grandes superficies. Posteriormente se demostró que las plantas eran más vulnerables al ataque del hongo debido a una producción de lignina inusualmente alta, asociada a la manipulación genética del cultivo, que hacía que con la ola de calor los tallos se agrietasen [6]. Este problema ocasionó pérdidas considerables a los agricultores del sur de EE UU. También se ha observado que los tallos del maíz Bt tienen un contenido de lignina más elevado que el convencional, siendo rechazado en algunos casos por la ganadería [7].

Es relativamente frecuente también que las plantas MG inactiven (apaguen) los genes extraños, un mecanismo que parece activarse en situaciones de estrés ambiental o fisiológico de las plantas [8]. En uno de los numerosos casos documentados, la infección de cultivos transgénicos resistentes a un herbicida por el virus del mosaico de la coliflor provocó el apagado de los genes extraños, haciendo que las plantas resultasen vulnerables al herbicida [9]. Se cree que la pérdida de un 20% de la cosecha de algodón MG en EE UU en 1997 fue debida asimismo a la inactivación del transgen de resistencia al herbicida, que provocó la caída de las cápsulas (las semillas de algodón) al ser fumigado el cultivo [10].


 Efectos sobre la salud humana

 1. Aumento de la toxicidad

Las plantas tienen mecanismos naturales de defensa. Uno de estos mecanismos es la producción de toxinas que las protegen de determinadas enfermedades y de los herbívoros. La manipulación genética puede inducir la producción de dosis mayores de estas sustancias tóxicas, su presencia en el fruto o en partes de la planta donde antes no se producían, o la aparición de compuestos totalmente nuevos dañinos para la salud [11].

También puede provocar otras alteraciones en la composición de los alimentos, con efectos desconocidos para la salud humana. La transformación de cultivos mediante ingeniería genética puede, por ejemplo, potenciar la producción de sustancias que son saludables cuando se consumen en pequeñas cantidades, como algunas vitaminas y minerales, pero que pueden tener efectos tóxicos en dosis mayores a las habituales. En la soja resistente al Roundup, por ejemplo, se han detectado alteraciones del nivel de fitoestrógenos producidos por la planta, cuyo efecto se desconoce y que no se tuvieron en cuenta en la evaluación de seguridad requerida en el proceso de autorización [12]. También puede darse una pérdida de las cualidades nutritivas de un alimento, al disminuir determinados compuestos o aparecer sustancias antinutrientes, que impiden su correcta asimilación.

En varios estudios de toxicidad se han detectado trastornos en los animales alimentados con OMGs. En ensayos realizados con ratas a las que se alimentó con tomates transgénicos Flavr Savr -el primer tomate transgénico autorizado en EE UU-, varios animales presentaban principio de úlcera en el revestimiento del estómago. El proceso de autorización de este tomate, sin embargo, siguió su curso sin que se verificara la causa de esta anomalía, que la empresa Calgene -promotora del tomate- nunca llegó a explicar adecuadamente, según un memorando interno del departamento de salud estadounidense en el que se cuestiona la validez de las conclusiones del estudio de riesgos presentado por dicha empresa [13]. En uno de los primeros ensayos independientes realizados con ratas alimentadas con patatas insecticidas Bt se observaron alteraciones significativas del revestimiento del intestino delgado al cabo de 14 días de dieta transgénica [14]. Otro estudio llevado a cabo en Escocia con patatas MG insecticidas (en este caso transformadas para la producción de otra proteína insecticida del grupo de las lectinas, presentes en muchos seres vivos) reveló trastornos similares en el intestino de las ratas a los 10 días de dieta, observándose también problemas en el crecimiento de los animales y en el desarrollo de sus órganos vitales, así como trastornos inmunológicos [15]. Otra investigación realizada en Italia revelaba alteraciones morfológicas significativas -sin causa aparente- en las células del hígado de ratones alimentados con soja transgénica [16]. Más recientemente, el comité científico del gobierno francés se pronunciaba en contra de la aprobación de un maíz autorizado por la Comisión Europea en Octubre 2004, por considerar que las anomalías aparecidas en los estudios toxicológicos eran muy preocupantes y que no se encontraba “en situación de concluir la inexistencia de riesgos para la salud animal”. La documentación sometida a consideración de dicho comité científico -que Monsanto se negó a hacer pública alegando secreto comercial- revelaba daños en los riñones y en las células sanguíneas de ratones que habían consumido el maíz transgénico [17]. Estas alteraciones nunca han llegado a investigarse a fondo, sin embargo, se han intentando silenciar.


 2. Aumento de las alergias

Los cultivos transgénicos pueden introducir en los alimentos nuevos compuestos que produzcan alergias. Cuando se transfiere a una planta ADN de una especie con propiedades alergénicas, existe un riesgo de que el consumo de la variedad transgénica provoque reacciones alérgicas. Un ejemplo muy citado es el caso de la transferencia a la soja de un gen de la nuez de Brasil, cuyas propiedades alergénicas son conocidas; con el gen extraño se trasladaron a la soja transgénica las propiedades alergénicas de la nuez de Brasil [18]. En este caso el problema era previsible, puesto que se sabía que algunas personas eran alérgicas a dicho fruto.

Lo grave, sin embargo, es que también pueden producirse reacciones alérgicas a nuevas proteínas procedentes de una especie que no tenga un historial de efectos alergénicos. Hay que tener en cuenta que se están introduciendo en los alimentos proteínas derivadas de bacterias, de virus, de insectos, de ratones y de multitud de otras especies que nunca han formado parte de la alimentación humana. La inmensa mayoría de los alérgenos alimentarios conocidos son proteínas con características peculiares, como estructura molecular muy grande, relativa estabilidad al calor y solubilidad en el agua. En un estudio realizado en Holanda, los investigadores descubrieron que 22 de las 33 proteínas procedentes de cultivos MG analizadas contenían secuencias de ADN idénticas a las presentes en alérgenos conocidos [19]. Pero hay compuestos alergénicos que no encajan en esta descripción, y no se dispone de ninguna técnica que permita descubrir a priori sus propiedades alergénicas [20].

La aparición de alergias por exposición a nuevos compuestos alimentarios puede tardar años en desarrollarse, y más aún en detectarse, siendo difícil la identificación de la sustancia alergénica [21]. Por otra parte, en la Unión Europea hasta 2004 unas normas de etiquetado inadecuadas han impedido realizar un seguimiento de los efectos de los OMG sobre la salud, mientras que en EEUU la absoluta falta de información al consumidor difícilmente permitiría verificar posibles propiedades alergénicas en los alimentos transgénicos [22]. Es significativo, sin embargo, que en los últimos años las alergias en Estados Unidos se hayan disparado, mientras que en el Reino Unido aumentaron un 50% coincidiendo con la importación de soja transgénica, aunque no se ha podido comprobar una relación directa de este incremento -al que seguramente contribuye el deterioro generalizado de la alimentación y de la calidad de vida- con el consumo de alimentos manipulados genéticamente [23].

La existencia de cultivos transgénicos en el entorno también puede originar problemas de alergias (al polen, etc.). En Filipinas la población de una zona en la que se cultivaban variedades transgénicas insecticidas ha desarrollado una misteriosa enfermedad alérgica que se piensa puede estar asociada a estos cultivos [24]. De hecho, está demostrado que los compuestos insecticidas producidos de forma natural por la bacteria Bacillus thuringienses (Bt), fabricados ahora en versión transgénica por las plantas en millones de hectáreas de cultivos, pueden ser alergénicos para los seres humanos [25]. Una de las toxinas Bt de los cultivos insecticidas transgénicos es un inmunógeno sistémico y de las mucosas tan potente como la toxina del cólera [26].


 3. Propagación de resistencias a los antibióticos

La mayor parte de los cultivos MG que se comercializan actualmente llevan genes marcadores de resistencia a los antibióticos, empleados en el proceso de manipulación genética. Se ha demostrado que el ADN y las proteínas pueden resistir el proceso de digestión, permaneciendo intactos en el estómago de los mamíferos, donde conviven con multitud de bacterias, pasando incluso al torrente sanguíneo y a otros órganos del cuerpo [27]. La ingestión de alimentos transgénicos que contienen la enzima que degrada el antibiótico pudiera, en consecuencia, anular la eficacia de un medicamento consumido con la comida. Más preocupante aún es la posibilidad de que los genes marcadores pasen de los alimentos a bacterias presentes en el estómago y en el intestino de las personas (y del ganado), que desarrollarían resistencia a antibióticos valiosos en medicina. Se ha comprobado experimentalmente que la posibilidad de transferencia de genes de alimentos transgénicos a bacterias gastrointestinales, que se decía era altamente improbable, no solo ocurre, sino que se da con una frecuencia mayor de la esperada [28]. Como consecuencia de esta transferencia, podrían perder su eficacia tratamientos médicos actuales de considerable importancia en la lucha contra enfermedades infecciosas [29].

La resistencia a los antibióticos es también preocupante en el caso de cultivos destinados a pienso para animales domésticos, actualmente la mayor parte de los OMG.

Parte del ADN contenido en los alimentos se degrada durante el proceso de elaboración o cocinado, pero el resto es ingerido intacto. Durante la digestión la mayor parte del ADN consumido se hidroliza. Sin embargo, Netherwood et al. han demostrado la presencia de ADN transgénico intacto en el intestino delgado, que puede ser incorporado a bacterias en este medio.

Se ha demostrado también que el ADN puede pasar de los residuos vegetales de los cultivos a bacterias del suelo [30], aumentando de forma alarmante la posibilidad de propagación de resistencia a los antibióticos en los miles de hectáreas de OMG cultivados.

Las variedades de maíz insecticida cultivadas en España desde 1998 hasta 2005 llevaban un gen de resistencia a la ampicilina en todas las células de la planta, y constituyen un importante riesgo para la salud pública. Diversas asociaciones médicas e instituciones internacionales han recomendado reiteradamente la retirada de este tipo de cultivos transgénicos [31]. En abril 2004 la Agencia Europea de Seguridad Alimentaria dictaminó asimismo la retirada del mercado de estas variedades, que en España debían haberse eliminado a partir de enero 2005 (y no en julio 2005, permitiendo otro año de cultivo), tras más de seis años de cultivo de este maíz transgénico en más de 20.000 hectáreas [32].


 4. Recombinación de virus y bacterias

La profusa utilización en ingeniería genética de virus, de bacterias y de plásmidos bacterianos, todos ellos con una gran capacidad de recombinación y de intercambio de material genético con otros microorganismos, y diseñados para atravesar las barreras de las especies, constituye una auténtica bomba de relojería, pudiendo contribuir a la creación de nuevas enfermedades con enormes riesgos para la salud humana [33].

La seguridad del promotor más utilizado en ingeniería genética (procedente del virus de mosaico de la coliflor) ha sido también cuestionada en diversas publicaciones, que señalan que su inestabilidad y características estructurales aumentan el riesgo de que se incorpore a otro material genético (recombinándose y reactivando virus dormidos, por ejemplo), dando lugar a nuevos patógenos más virulentos y con gran capacidad de infección [34].


 5. Aumento del nivel de residuos tóxicos en los alimentos

Es evidente que el aumento en el uso de herbicidas asociado a los cultivos transgénicos contribuirá a incrementar en los alimentos los residuos de este tipo de productos, que se sabe tienen efectos dañinos para la salud. Según un estudio realizado en Australia, la soja resistente al herbicida Roundup contiene un nivel de residuos de glifosato, el componente activo de este herbicida, hasta 200 veces mayor que la soja convencional [35].


Los principales compuestos herbicidas asociados a los cultivos transgénicos son el glufosinato de amonio y el glifosato [36].

El glufosinato de amonio está asociado a casos de toxicidad neurológica, respiratoria, gastrointestinal y hematológica, así como a defectos congénitos en seres humanos y mamíferos. Es tóxico para las mariposas y numerosos insectos beneficiosos, así como para las larvas de almejas, las ostras, la Daphnia (mosca de agua) y algunos peces de agua dulce, especialmente la trucha arco iris. Afecta negativamente a bacterias y hongos beneficiosos para el suelo por su capacidad de fijación del nitrógeno. Se ha descubierto además que algunas especies consideradas plaga para los cultivos son muy resistentes al glufosinato, mientras que sus enemigos naturales son muy vulnerables a este compuesto, lo cual puede tener efectos catastróficos para la agricultura. La acción del glufosinato en las plantas provoca la acumulación de un nuevo metabolito, cuyos efectos en la cadena alimentaria no se han tenido en cuenta, aunque se sabe que los mamíferos pueden regenerar a partir de este compuesto el herbicida tóxico, que puede tener efectos neurológicos y graves repercusiones en la salud.

El glifosato mata a las plantas inhibiendo la actividad de una enzima fundamental para la síntesis de aminoácidos importantes para la planta, y es la causa más frecuente de reclamaciones y casos de envenenamiento en el Reino Unido. Se han registrado trastornos de numerosas funciones fisiológicas después de una exposición a este producto a niveles de uso normales. En los estudios realizados se detectó que la exposición al glifosato casi duplicaba el riesgo de aborto espontáneo, y que los hijos de quienes trabajan con glifosato presentaban un elevado índice de trastornos neurológicos y de comportamiento. El glifosato es un agente genotóxico en mamíferos, peces y sapos, por lo que su utilización cerca de los cauces fluviales está prohibida en algunos países. En las lombrices la exposición a las dosis de glifosato aplicadas habitualmente en el campo provocó una mortandad de más del 50% y lesiones intestinales importantes en los individuos que sobrevivieron al tratamiento. El Roundup, herbicida de Monsanto cuyas ventas se han disparado con la introducción de los cultivos resistentes y cuyo principal compuesto activo es el glifosato, provoca disfunciones en la división celular, que podrían estar asociadas con algunos tipos de cáncer en seres humanos.





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