Un modelo de agricultura insostenible

En las últimas décadas la agricultura ha experimentado una reconversión de tremendo alcance. De explotaciones agrarias diversas y adaptadas a distintos ecosistemas, que aprovechaban los recursos de la Naturaleza sin apenas degradarlos, hemos pasado a un modelo agrícola que envenena y agota la tierra y las aguas, consume grandes cantidades de energía fósil, destruye paisajes y diversidad biológica y supone un grave riesgo para nuestra salud. Esta agricultura industrializada arruina y margina a millones de campesinos en todo el mundo, concentrando el control de la producción y de la venta de alimentos en media docena de multinacionales.

El desembarco de la industria biotecnológica en el sector agroalimentario ha reforzado este sistema de producción y distribución de alimentos, acelerando de forma vertiginosa el proceso de concentración industrial y potenciando una agricultura cada vez más dependiente en insumos, más desligada de equilibrios naturales y menos sostenible. La experiencia de Argentina es un ejemplo claro del impacto de los cultivos transgénicos en la agricultura [1].

La mayor amenaza de las aplicaciones de la ingeniería genética en la agricultura es la desaparición de una agricultura campesina adaptada al entorno y de la agrobiodiversidad asociada a este tipo de agricultura. En efecto, uno de los mayores problemas a los que se enfrenta la humanidad es la erosión del saber tradicional y la diversidad biológica, base del equilibrio ecológico y de una agricultura sostenible. Periodos de sequía extrema, lluvias torrenciales y otras consecuencias del cambio climático, así como la amenaza de nuevas epidemias como la gripe aviar hacen que hoy sea más necesario que nunca conservar la biodiversidad -tanto silvestre como agrícola- y los conocimientos sobre su manejo. La capacidad de una determinada variedad de resistir la sequía o la inundación, medrar en suelos pobres o ricos, resistir a una plaga de insectos o una enfermedad, dar mayores rendimientos proteínicos... pueden ser características cruciales para la producción futura de alimentos. [2]. Sin embargo, estamos perdiendo diversidad a un ritmo sin precedentes, tanto a nivel agrícola como silvestre, y la desaparición de especies no se debe a procesos naturales, sino fundamentalmente a las actividades humanas. Durante el siglo XX han desaparecido el 75% de las variedades utilizadas en la agricultura, y 1.350 de las 6.300 razas animales catalogadas están en peligro de extinción. La principal causante de esta trágica pérdida ha sido la agricultura industrial, que promovió el cultivo de enormes extensiones con variedades comerciales uniformes, sustituyendo a las variedades locales [3].

Esta uniformidad hace que los cultivos sean muy vulnerables a plagas y enfermedades, provocando grandes pérdidas de cosechas y aumentando la dependencia de los agricultores en los plaguicidas. Al potenciar el monocultivo de unas pocas variedades diseñadas para una agricultura de tipo industrial y para la venta en mercados globales, desplazando a las variedades locales y a los pequeños agricultores en la producción de alimentos, las nuevas biotecnologías de ingeniería genética acentúan este proceso [4].

Por otra parte, no hay que olvidar que el problema del hambre no es un problema de escasez de alimentos, sino un problema de reparto y de acceso los recursos básicos para producir (semillas, tierra...). Según la FAO para más de 850 millones de personas que padecen hambre en el mundo, la mayoría de ellas en las zonas rurales, la agricultura constituye el único medio para salir de su situación de pobreza y de carencia crónica de alimentos [5]. El coste de las semillas patentadas y las características de los nuevos cultivos transgénicos, ventajosas para las grandes explotaciones muy mecanizadas, amenaza el medio de subsistencia de cerca de la mitad de la población mundial que todavía vive de la agricultura, agravando el problema de acceso a los alimentos para los más pobres [6].

Conviene recordar, además, que en 10 años de aplicaciones comerciales de la ingeniería genética en la agricultura, las grandes promesas de esta tecnología no se han cumplido [7]. Salvo algunas excepciones, las variedades transgénicas no han supuesto un aumento del rendimiento de los cultivos, sino todo lo contrario. En EE UU, por ejemplo, el rendimiento de la soja resistente al herbicida Roundup se calcula que es entre un 5 y un 10 por ciento inferior al de variedades convencionales similares [8]. Por otra parte, el tiempo ha dado la razón al movimiento ecologista, que desde un principio denunció que la introducción de variedades manipuladas genéticamente supondría una mayor dependencia de agroquímicos: en EE UU las aplicaciones de pesticidas asociadas a los cultivos transgénicos han ido en aumento, tras un fugaz descenso en los primeros años, suponiendo en 2003 una utilización media un 4,1% superior en los campos MG que en la agricultura convencional [9]. La aparición de super-malas hierbas resistentes a los herbicidas y de plagas resistentes a los insecticidas y el deterioro de los equilibrios biológicos que contribuyen a conservar la fertilidad de los suelos y la salud de los cultivos son otras de las consecuencias negativas de la introducción de cultivos transgénicos en todo el mundo. Todo ello, sumado a los riesgos de inestabilidad de las variedades transgénicas y a sus potenciales efectos nocivos para la salud, supone una grave amenaza para el futuro de la agricultura.