Dieta energética: comer es un acto político

Apuntes para una alimentación de bajas emisiones.

Pablo Llobera Serra, educador ambiental. Revista El Ecologista nº 88.

Luchar contra el cambio climático es también ser coherentes con lo que comemos. La ciudadanía se ha organizado y existen ya diversas iniciativas de organización para consumir alimentos cercanos, teniendo en cuenta la huella de carbono, y también ser respetuosos con los derechos fundamentales de las trabajadoras y trabajadores.

¿Por qué una dieta energética? La respuesta es que si queremos abordar el cambio climático y reducir las emisiones de Gases de Efecto Invernadero (GEI), resulta imprescindible [1], junto con otras estrategias reorganizar el modelo alimentario. En concreto, acercar la producción y el consumo y transitar hacia una alimentación de bajas emisiones. Es decir, reducir el transporte de nuestros alimentos.

Como la inercia fosilista del modelo alimentario es muy alta y no se puede esperar a que las señales del mercado lo reorienten, resulta imprescindible desarrollar un conjunto de estrategias que permitan avanzar hacia modelos alimentarios más próximos, una de las principales medidas para reducir las emisiones.

Actualmente el transporte supone entre el 20 por ciento de la huella de carbono de la alimentación, en el mejor de los casos [2] y un 80 por ciento en el peor de los casos [3]. La restante huella sería imputable al laboreo y la mecanización agraria, los tratamientos fitosanitarios, la fabricación y las pérdidas de los fertilizantes aplicados, así como a la transformación agroalimentaria (poscosecha, envasado, etc.).

Aunque inicialmente puede parecer un contrasentido, debido a la elevada huella de carbono que suele atribuirse al transporte, es posible encontrar un producto orgánico de México en un estante del Reino Unido con una huella de carbono menor que otro equivalente producido de modo convencional en el propio país.

Por otro lado, como señalan varios estudios, se podría dar lo contrario, que la huella de carbono de un alimento con sello ecológico sea, si viene de larga distancia (por ejemplo, zanahorias de Italia), muy superior al de otro producto convencional de producción local (siguiendo con el ejemplo, zanahorias de Arroyomolinos, Madrid). Esta contradicción desvela que queda mucho por investigar en huella de carbono y lo complejo de su estudio.

La mayor huella procede del tipo de modelo productivo y la mayor parte de la huella procede del transporte. ¿Cuál de los dos factores es más importante o determinante a la hora de conocer la huella de carbono de un alimento? Podemos reformularnos otras preguntas: ¿cómo aunar ambos factores? y ¿es posible acercarlas y hacerlo desde enfoques y prácticas de transformación social, de recomunitarización y de empoderamiento, tal y como proponen la agroecología y la soberanía alimentaria?

Iniciativas y propuestas en marcha

Existen ya iniciativas que incluyen elementos para una ‘dieta de energía’. Una dieta de menos emisiones, algunas de ellas se solapan entre sí y no son estrictamente distintas, aunque su definición o proyección si aporta matices. Lo interesante es que una adecuada combinación de ellas permite una reducción sustancial de las emisiones asociadas a la alimentación de una determinada persona, familia, comunidad, municipio, comarca, región o país. A continuación se enumeran las principales iniciativas.

Por un lado, están los grupos de consumo agroecológico, basados en la proximidad y la confianza entre productores y consumidores, y que incluyen como una de sus principales características los circuitos cortos de comercialización. Suelen comenzar distribuyendo productos como la verdura y hortalizas y conforme mejoran la organización pueden abastecerse de otros productos como pan, legumbres, queso y lácteos, miel, huevos, carne... También del entorno más próximo posible y de otros productores.

Surgen a finales de los años 90 desde los movimientos sociales organizados (Bah!, SaS, La Repera, La Acequia, La Ortiga). Aprovechando estos saberes y procedimientos (en principio articulados para verduras y hortalizas) se han ido expandiendo diferentes modelos de alimentación integral, para todos los alimentos posibles (Grupos Autogestionados de Consumo -GAC-, Red Autogestionada de Consumo -RAC-, Red Agroecológica de Lavapiés-RAL, Ecomarca, Garbancita Ecológica, Redes...).

Se estima que una alimentación basada en esta modalidad de consumo puede conseguir reducciones en la huella de carbono procedente de la alimentación entre un 20 y un 50 por ciento. Generalmente, requieren un compromiso personal con el proyecto: reparto y recogida semanal, reuniones y asambleas, participación en comisiones, posibilidad de trabajo eventual en la huerta... A día de hoy, constituye la principal de las estrategias de cambio de modelo alimentario impulsado desde fuera del mercado (convencional). Se estima que en España esta modalidad alimenta ya alrededor de unas 70.000 personas [4].

Por otro lado, contamos con la agricultura y ganadería ecológica que es una producción agroalimentaria etiquetada con sellos de los consejos reguladores de agricultura ecológicos por comunidades autónomas. Hace referencia a las condiciones de producción y, sobre todo, a la no aplicación de productos de síntesis química en los cultivos (ni fertilizantes ni productos fitosanitarios).

Es una estrategia desarrollada principalmente desde criterios de mercado que va ganando espacio progresivamente, aunque en España todavía más del 60 por ciento de la producción ecológica se exporta, sobre todo a Alemania. Tanto la agricultura como la ganadería ecológica son un buen indicador de los criterios ecológicos de producción pero tienen deficiencias en cuanto al transporte y a las condiciones laborales.

En la línea de reducción de fitosanitarios, la agricultura y ganadería ecológica es una de las más importantes cadenas de distribución nacional y plantea desde 2012 la posibilidad de exigir a todos sus proveedores una política de residuo cero. Esto obligaría a producir en ecológico o, al menos, con sistemas de agricultura integrada (minimización de residuos). En general, se estima que la agricultura ecológica reduce las emisiones de GEI en un 30 por ciento respecto de la producción convencional [5] [6].

En tercer lugar, la iniciativa de la etiqueta de carbono que existe desde hace algunos años en países como Gran Bretaña, va introduciéndose en otros como Francia y alguna de las grandes cadenas de distribución del Estado español que llevan ya un tiempo tanteando la posibilidad de implantarla.

La etiqueta de carbono sería un indicador muy útil para que los consumidores fueran arrinconando a los productos procedentes de países y regiones más lejanos y adquiriendo los más próximos, especialmente si eso tiene una repercusión en el precio final, algo que no siempre ocurre. El informe Huella Laboral y Huella de Carbono realizado por la Federación Agroalimentaria de CC OO reconoce que la implantación de una etiqueta de carbono beneficiaría a la producción ecológica.

Otro elemento importante, es el consumo consciente y transformador, también denominado consumo responsable o consumerismo (opuesto a consumismo). Es una estrategia impulsada desde las asociaciones de consumidores y algunas ONG de cooperación internacional desde los años 90 pero que no ha encontrado un equivalente en el mercado.

Definido como aquel consumo que busca compatibilizar el menor impacto ecológico con unas adecuadas condiciones laborales, como una suerte de catálogo de buenas prácticas del comprador-cliente, ha quedado como una estrategia demasiado genérica que no ha encontrado correlación en el mercado.

Otra alternativa es el comercio justo, impulsado desde ONG de cooperación desde los años 90, tiene, a pesar de su elevada huella de carbono, un gran potencial transformador al permitir la consolidación de comunidades productoras en países empobrecidos o en vías de desarrollo. Además, el comercio justo garantiza unos precios no sólo justos para su contexto, sino, lo que es más importante, precios duraderos y compras aseguradas que rompen con la incertidumbre de las compras convencionales. Suele comercializar productos no estrictamente de primera necesidad, de adquisición más esporádica, como café, chocolate, azúcar de caña y panela, artesanía y ropa.

También la agricultura de kilómetro 0, conocida como agricultura de proximidad, está dentro estas iniciativas para una dieta energética, de menos emisiones. La agricultura kilómetro 0 da lugar a un tipo de consumidor especialmente receptivo a los alimentos locales (denominados localívoros). Su seguimiento podría suponer reducciones de hasta un 80 por ciento en la huella alimentaria de carbono, aunque hoy resulta sólo aplicable en el caso de las verduras y hortalizas, para el resto de alimentos hay que recurrir al transporte de media distancia.

A las anteriores propuestas se suman los huertos urbanos y periurbanos, incluyendo una amplia tipología, desde balcones y terrazas (individuales y familiares) hasta parcelas de alquiler y huertos con dimensión comunitaria (educativos, vecinales, parroquiales, centros de salud, terapéuticos, etc.) que contribuyen también a la dieta energética. Aunque en general la producción de estos espacios es testimonial, y por tanto su contribución a reducir la huella de carbono, sí tienen un alto valor como puente o trampolín a otras medidas [7].

Pueden ser una buena antesala o entrenamiento para comprometerse con alguna de las medidas anteriores que suponen un mayor compromiso y potencial transformador. En la Comunidad de Madrid, en términos como Rivas Vaciamadrid, Alcalá de Henares, Torrejón de Ardoz y Fuenlabrada se ha iniciado, en terrenos municipales, un interesante y esperanzador camino de cogestión con criterios agroecológicos.

Otra experiencia es el movimiento Slow Food, una plataforma ciudadana para resistir a la aceleración vital y la homogenización cultural, iniciada a mediados de los años 80 por el periodista y gastrónomo italiano Carlo Petrini. El movimiento Slow Food se ha implantado en más de 150 países y se encaminada a revalorizar las culturas gastronómicas locales. Es decir, las variedades locales y su biodiversidad, verduras de temporada y cultivos típicos, recetas tradicionales por estaciones del año, mercados de productos locales, circuitos cortos de comercialización... Un movimiento por una cultura gastronómica que ha ido evolucionando hacia presupuestos de la soberanía alimentaria, poniendo de manifiesto que comer es un acto político.

Otra experiencia es la restauración colectiva ecológica, encaminada a introducir principios y productos agroecológicos en las cocinas y comedores colectivos (comedores escolares, centros de trabajo). Las experiencias de políticas públicas más innovadoras son los comedores escolares ecológicos donde se sustituyen los alimentos convencionales, en consenso con las familias y con los equipos de cocina (o catering), intentando que no varíe sustancialmente el precio final del menú. Andalucía es una de las comunidades más avanzadas en este sentido, que ha establecido puentes entre agricultores y cooperativas locales con las propias escuelas para constituirse en proveedores preferentes de los comedores escolares.

Y por último, es necesario incluir entre estas iniciativas al Movimiento Freegan, un planteamiento provocador, que desde el activismo, denuncia el despilfarro de comida en buen estado y el sobreconsumo. Los freegans, integrantes del Movimiento Freegan, se han organizado para recuperar alimentos de las basuras de tiendas y supermercados, panaderías, restaurantes, grandes superficies de distribución, etc. En algunos casos su trabajo-denuncia empuja para que los grandes productores de restos de alimentos, aunque sea más por vergüenza que por convicción, se vinculen a las iniciativas ya organizadas de aprovechamiento y reparto de alimentos para sectores desfavorecidos (como los bancos de alimentos).

Tabla comparativa

IniciativasIntegra o contempla CCCPotencial empoderamientoPotencial reducción emisiones GEI
Grupos de consumo agroecológico Alto Medio-alto 20-50%
Agricultura y ganadería ecológica (con sello) NO (a día de hoy) Bajo-medio Medio: 10-30 %
Etiqueta de carbono Bajo-medio Alto: 50-80%
Consumo consciente y transformador Bajo-medio Bajo-medio: 10-30%
Comercio Justo NO Bajo-medio Nulo
Agricultura de Kilómetro 0 Bajo-medio Hasta 100%
Huertos urbanos Alto Medio: 10-30%
Movimiento Slow Food Medio-alto Medio: 10-30%
Restauración colectiva ecológica Medio Medio-alto: 20-60%
Movimiento Freegan NO Medio Bajo-medio: 10-20%

En conclusión, si convenimos que comer es un acto político repleto de repercusiones económicas, ecológicas, éticas, sociales, laborales, geopolíticas, etc., es necesario establecer, difundir y expandir escenarios donde sea posible el empoderamiento (personal, familiar, colectivo). Este empoderamiento debe llevar a la conversión de los meros consumidores (pasivos) en activos agentes de transformación y soberanía alimentaria. El elenco de estrategias, herramientas y medidas es tan amplio que permite la participación de casi cualquier perfil socioeconómico en alguna de ellas. Estas iniciativas y otras más hacen, en contra de lo que se afirma a veces, que no sean elitistas, y sí fácilmente accesibles.

Glosario

- Agroecología: disciplina surgida en los años 90 que busca conjugar los saberes agrarios tradicionales con algunas de las aplicaciones de la agricultura moderna, y hacerlo a la luz de las principales lecciones de la ecología social (impactos ecológicos, empleo y asentamiento de población en el medio rural, tecnologías apropiadas, agricultura sustentada por la comunidad…).

- CCC: circuitos cortos de comercialización; estrategia de minimización del transporte tendente a reducir el impacto de esta actividad. Generalmente pasa por el hecho de que el mismo productor/es, al tratarse de distancias cortas (inferiores a 150-200 km) haga también de transportista.

- GEI: gases de efecto invernadero, el principal de ellos, por cantidad emitida, el CO2

- Huella de carbono: conjunto de emisiones de GEI de un individuo, familia, comunidad o sociedad imputables al conjunto de sus actividades (transporte, calefacción, alimentación..).

- Huella alimentaria de carbono: emisiones de GEI de un individuo, familia, comunidad o sociedad imputables estrictamente a la alimentación, incluyendo las referidas al transporte de los alimentos (que de modo convencional supone hasta un 80% de su huella de carbono).

- Localívoros: dícese de las personas comprometidas con la alimentación local hasta el punto de llevarles a integrar este criterio (cercanía o proximidad) como uno de los principales en su orientación de compra o adquisición de productos alimenticios.

- Prosumidores: neologismo resultante de la fusión de productor-consumidor; corriente colaborativa donde producción y consumo se gestionan conjuntamente, por ejemplo, en los grupos de consumo agroecológico.

- Residuo cero: indicador de calidad de alimentos que alude a la imposibilidad de que queden en ellos restos o trazas de productos de síntesis química (plaguicidas, fitosanitarios o agrotóxicos).

- Soberanía alimentaria: marco sociopolítico propuesto desde los movimientos sociales para la gobernanza de la alimentación desde los derechos de los pueblos y ciudadanos y no desde las leyes económicas. Orientación de la producción enfocada a las necesidades humanas básicas y locales con el máximo respeto por la naturaleza.


julio de 2017 :

junio de 2017 | agosto de 2017



Visitantes conectados: 405