Obama, otro amigo de la industria fósil

Barack Obama ha intentado forjarse una imagen de jefe de Gobierno preocupado por el clima en su segundo mandato, pero, aunque ha tomado algunas decisiones importantes al respecto, su apoyo a la industria fósil está también fuera de toda discusión. El apoyo a las renovables es innegable y su presencia ha aumentado, principalmente la solar, eólica y geotérmica, aunque todas las renovables juntas, incluyendo la hidroeléctrica, apenas representan un triste 10% del mix energético. Durante los años de gobierno de Obama la producción y consumo estadounidense de gas y petróleo no ha parado de crecer, y el consumo de carbón, aunque bajó en los primeros años del boom de fracking, ha frenado su caída y sigue contribuyendo fuertemente al mix. Justo es reconocer que la mayoría republicana en el Congreso, que le ha hecho utilizar la vía de sus limitadas atribuciones ejecutivas para adoptar aquellas medidas más polémicas, no ha ayudado en este sentido

La principal apuesta en materia energética del gobierno de Obama ha sido alentar el sueño del fracking, argumentando un maná de gas para 100 años y la creación de más de medio millón de puestos de trabajo, defendiendo la limpieza de un combustible que supuestamente iba a reducir las emisiones. La realidad es que ese “sueño" ha durado poco: la producción del fracking ya ha comenzado a caer, y los años de frenética actividad han dejado un reguero de agujeros siseantes por todo el país, casos de contaminación del agua y el aire, graves afecciones a la salud, un aumento sin precedentes de los movimientos sísmicos en muchos Estados, además de una importante huella en términos de destrucción de la paz social en numerosas zonas rurales del país, frente a cuyas oficinas de empleo ahora hacen cola los miles de trabajadores que acudieron al reclamo desde todos los rincones del país en los breves años que duró la bonanza.

Lo cierto es que la reducción de emisiones producida durante los años del boom del fracking (un 11% de caída entre 2011 y 2013) se ha debido, según la revista Nature, a la recesión económica y no al fracking, lo cual desmonta el argumento de que está operando un cambio significativo hacia una economía baja en carbono. Para proteger al fracking, cuando ha habido denuncias de contaminación del agua o de fugas de metano, la Agencia de Protección Ambiental, que depende del presidente, ha mirado hacia otro lado o incluso ha falseado los datos. Solo en los últimos meses, la EPA se ha visto obligada a reconocer que las emisiones estadounidenses de metano y su contribución al cambio climático han sido sistemáticamente infravaloradas, y ha anunciado algunas medidas al respecto.

El fracking ha motivado, eso sí, un despertar democrático a nivel comunitario sin precedentes, que ha obtenido importantes logros y ha forzado en ultima instancia a Obama a aprobar algunas normas de muy limitado alcance en relación a esta actividad en suelo federal. Normas que además se encuentran paralizadas en los tribunales ante la acusación de que el presidente se ha extralimitado en sus funciones.

Recientemente se ha filtrado que la administración Obama aprobó entre 2010 y 2014 hasta 1500 permisos de perforación offshore en el Golfo de México, eximiéndolos de la evaluación ambiental. Algunas de estas autorizaciones se produjeron días después del trágico accidente de la Deepwater Horizon en abril de 2010, uno de los mayores desastres ambientales de la historia del país. A las empresas se les ha estado autorizando a verter los altamente peligrosos residuos del fracking directamente a las aguas del Golfo.

En cualquier caso, Obama ha intentado, en ocasiones, dar una de cal y otra de arena a la industria fósil. Así, en noviembre de 2015, tras siete años de una larga campaña por parte de la sociedad civil, rechazó la aprobación del Keystone XL, una tubería de 1900 km que estaba pensada para transportar unos 830.000 barriles diarios de petróleo procedente de las arenas asfálticas desde Canadá hasta el Golfo de México. Este rechazo le ha valido a EE UU una demanda por parte de la empresa TransCanada por valor de 1500 millones de dólares en virtud del acuerdo NAFTA. Pero al tiempo ha aprobado otros como el que alimenta de gas la Terminal de Sabine Pass en el Golfo de México, desde donde hace unos días ha salido el primer cargamento de gas de fracking en forma de Gas Natural Licuado (GNL) con destino a España. La prohibición de exportación de hidrocarburos, vigente en EE UU desde 1975, fue levantada a finales de 2015. Aunque la administración Obama era inicialmente reticente, al final los demócratas lo apoyaron en el Congreso. Obama y EE UU están exportando así cambio climático.

Al mismo tiempo, las decisiones de Obama en torno a las perforaciones en el Ártico han experimentado el mismo patrón errático. Tras la controvertida autorización a Shell en agosto de 2015 para perforar en el mar de Chukchi, en octubre anunció que no se concederían nuevas licencias y no se renovarían las existentes, una decisión que ciertamente iba de la mano de la pérdida de interés coyuntural de las empresas en explorar esa región en estos momentos.

En conclusión, Obama ha encontrado en el fracking el balón de oxígeno argumental que necesitaba de cara a la galería para exhibir que estaba haciendo cambios en la “buena dirección” climática (a pesar de las evidencias contrarias), al tiempo que evitaba chocar frontalmente con los intereses de la industria de los hidrocarburos.




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