El turismo masivo arrasa Barcelona

La ciudadanía se moviliza contra la ’venta’ de la ciudad.

Hortensia Fernández Medrano. Ecologistes en Acció de Barcelona. Revista Ecologista nº 92.

Barcelona se ha convertido en una ciudad abarrotada de turistas, hasta 30.000 por día. Esta avalancha está haciendo insostenible la vida de muchas personas que residen en esta ciudad. Contaminación, subida de precios de la vivienda y ocupación del espacio público son algunas de las consecuencias.

Barcelona se ha convertido en una potencia turística de primer orden con la llegada de más de 30 millones de turistas al año, de los cuales la mitad pernocta en la ciudad y la otra mitad son visitantes que pasan el día. De entre estos últimos, casi 2,7 millones corresponden a los que ya se conoce como “cruceristas”. Algunos fines de semana, pueden llegar a desembarcar en la ciudad hasta 30.000 personas al día, el equivalente a una ciudad del tamaño de Sitges, ’adosada’ al puerto de Barcelona.

La masificación producida por este turismo está teniendo graves consecuencias para las personas que viven en esta ciudad. Está repercutiendo en un uso intensivo del espacio público así como en la pérdida de la vida comunitaria de los barrios. Por un lado, el uso abusivo realizado por parte de muchos restauradores ha privatizado parte del espacio común, con cientos de terrazas por las que los dueños de los bares pagan precios irrisorios. Por otra parte, se está reduciendo y fragmentando el espacio urbano, dificultando la convivencia. Por si esto fuera poco, las calles son invadidas por todo tipo de artilugios móviles (sigways, skates, patinetes, etc.) que convierten las vías públicas en una carrera de obstáculos que impide la movilidad de las personas y pone en peligro su integridad física, sobre todo la de las más vulnerables.

Contaminación y cruceros

Si la contaminación es ya de por sí crónica en Barcelona, con la llegada masiva de turistas se ha disparado. La polución ha aumentado por los desplazamientos de las miles de personas que recibe la ciudad y cuyo número se eleva en temporada de verano de forma considerable. En la actualidad, Barcelona está ya colapsada por el exceso de automóviles privados, más de 6.000 por kilómetro cuadrado, que emiten pequeñas partículas PM10 (10 µm de diámetro) y elevan, ampliamente, los niveles permitidos por la Organización Mundial de la Salud (OMS) y suponen unas 3.500 muertes prematuras al año en el área metropolitana de Barcelona, según informes recientes publicados por Ecologistas en Acción.

Esto añadido a que los cruceros que atracan en el puerto de la ciudad, mantienen sus motores en funcionamiento mientras permanecen en él. En ese tiempo, expulsan grandes cantidades de micropartículas por el uso de un fuel que es 3.500 veces más rico en azufre que el fuel normal. Esa polución afecta peligrosamente, sobre todo, a la salud de las personas que viven en los barrios más próximos al puerto.

Miles de turistas abarrotan los fines de semana Barcelona. Foto: Álvaro Minguito

Además, el turismo masivo también ha contribuido al aumento sustancial de los residuos urbanos y a una mayor necesidad de servicios de limpieza y seguridad que paga toda la ciudadanía con sus impuestos, sin recibir nada a cambio. A esta situación, en contra de los datos oficiales sobre la riqueza y empleo generados por el turismo, hay que añadir el aumento de la precariedad laboral que ha impuesto este modelo turístico perverso.

Los últimos informes sobre la actividad turística y el empleo, llevados a cabo por Comisiones Obreras, señalan que las pernoctaciones han aumentado un 22,9 %, desde el 2008, mientras que el empleo en el sector solo lo ha hecho en un 0’63 %. Esta precariedad la han denunciado recientemente las mujeres empleadas en los hoteles, las autodenominadas kellys (las que limpian) que han revelado que sólo cobran 2,50 euros por la limpieza de una habitación [1].

Este modelo de ciudad basado en el ’monocultivo’ del turismo ha llegado a una situación en la que vecinas y vecinos se ven expulsadas de sus propias viviendas y barrios, debido a las políticas de transformación de sus casas en apartamentos turísticos. Bajo esta presión turística, un 8 % de las personas residentes han quedado fuera de su casa en los últimos cuatro años, según las estimaciones más optimistas, y los datos aportados por demógrafos como Agustín Cócola Gant y Antonio López Gay [2].

Esta situación ha provocado que en algunas zonas del centro de Barcelona, como el Barrio Gótico, haya tantos turistas como residentes. Las expulsiones afectan también a los pequeños comercios de proximidad que se han visto obligados a cerrar bajo la presión de los comercios dedicados al turismo; esto ha supuesto un encarecimiento de las condiciones de vida y está afectando negativamente al tejido social del barrio.

Desahucios y acceso a la vivienda

Mientras, gran parte de la población de Barcelona no puede acceder a una vivienda al tener que pagar un incremento de más de un 20 %, en tan solo un año, en el precio del alquiler en algunos barrios e incluso han tenido que abandonar su lugar de residencia. Este encarecimiento también es el responsable de que más del 90 % de los desahucios que se realizan en la actualidad sea por el impago de alquileres. De la noche a la mañana, numerosas familias se han visto en la calle por no poder pagar, lo que constituye un problema de emergencia social.

Durante el boom de la burbuja inmobiliaria, una buena parte del capital financiero se refugió en la construcción [3]. Esto hizo que solamente en el año 2006, se construyeran más viviendas en el Estado español que en Francia, Alemania y Reino Unido juntos. De todas ellas, el 8,5 % estaban desocupadas o vacías en 2007 [4], lo que demuestra que esas viviendas respondieron exclusivamente a un refugio para el negocio de los inversores. Mientras, se daba la paradoja de que el Estado español, incluida Catalunya, estaba a la cola de Europa en acceso a la vivienda.

Las normativas vigentes sobre vivienda, heredadas del franquismo y reformadas por una política neoliberal, han permitido este sinsentido [4]. El modelo impuesto por el PSOE, primero, y por el PP, después, gracias a la promulgación de leyes de arrendamiento que favorecieron exclusivamente a los propietarios (Decreto-ley de Ordenación y Medidas Económicas, llamado decreto Boyer de alquileres ) han favorecido la situación actual. Al mismo tiempo, se incentivaba la propiedad privada, mediante políticas fiscales con desgravaciones fiscales, incluso para las segundas residencias. Hasta que la burbuja estalló y produjo la crisis de un sistema económico-financiero basado en la deuda.

Pelotazos urbanísticos

En Barcelona, en los últimos treinta años, se han realizado todo tipo de operaciones fraudulentas con la complicidad de los poderes públicos de las que se han beneficiado personajes siniestros de la burguesía catalana. Ese ha sido el caso de Félix Millet, condecorado con la Cruz de Sant Jordi, fue expresidente de la Fundación Palau de la Música, y junto a su socio Jordi Montull llevó a cabo el saqueo del Palau y el cobro de comisiones millonarias a Ferrovial con destino a Convergencia Democrática de Catalunya, a cambio de la adjudicación de obras públicas. Consiguió también recalificar terrenos destinados a equipamientos y trasformarlos en residenciales para la construcción de un hotel de lujo, Hotel Palau.

Millet fue denunciado por las asociaciones vecinales pero fue absuelto por el juez y ahora las organizaciones denunciantes tienen pendiente el pago de 30.000 euros por las costas del juicio. Barcelona también ha sufrido otras grandes obras especulativas como los Juegos Olímpicos, la reforma del Port Vell y la construcción de más megahoteles, además de todo tipo de infraestructuras innecesarias que solo han tenido en cuenta la venta de la ciudad al mejor postor.

Cientos de cruceros llegan a Barcelona cada año. Foto: Álvaro Minguito.

Y esa acumulación de capital, por desposesión de los bienes comunes urbanos [5], ha convertido a Barcelona en una ’marca’ de referencia a nivel mundial. Solo se ha pensado en el enriquecimiento de unas élites a costa de la pérdida de calidad de vida de la mayoría de sus habitantes. Con este modelo turístico depredador, la ciudad da muestras de estar enferma como se aprecia en Las Ramblas. En ellas se han llevado a cabo en los últimos meses varias protestas de ocupación simbólica, por parte de asociaciones vecinales bajo el lema: “Barcelona no está en venta”.

En la actualidad, ya se ha superado la capacidad de carga de la ciudad, se ha actuado como si el mundo fuese ilimitado. Ahora toca decrecer en número de turistas, en consumo de agua, energía, materiales, generación de residuos...Es necesario apostar por un modelo económico más diversificado y basado en actividades y prácticas sostenibles.

Gracias a la lucha del movimiento vecinal, el Ayuntamiento acaba de aprobar el Plan Especial Urbanístico de Apartamentos Turísticos (PEUAT) que impedirá que muchas viviendas se conviertan en apartamentos turísticos. Este plan es un logro de la ciudadanía que además ha conseguido incorporar al proyecto inicial de Barcelona en Comú algunos barrios más en peligro de ’turistificación’, que solo consideraba la zona central de Barcelona como objeto de protección y de decrecimiento.

Aunque se va en la buena dirección, hay que seguir luchando para parar los hoteles en construcción y conseguir un PEUAT más restrictivo que incluya a toda la ciudad. Los lobbies hoteleros y de restauración se están organizando para atacar. De momento, se ha conseguido convertir el turismo en el segundo problema de las personas que residen en Barcelona. La Asamblea de Barrios por un Turismo Sostenible [6] formada por asociaciones vecinales, en la que está también Ecologistes en Acció, tiene claro que no ens faran fora (no nos echarán).


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