Siete olmos para salvar a la especie

Recuperación de especies autóctonas en la Península Ibérica.

Grupo de Investigación de Anatomía, Genética, Fisiología e Historia Forestal de la Universidad Politécnica de Madrid. Revista El Ecologista nº 88.

A finales de la segunda década del siglo XX, las olmedas ibéricas sufrieron el acoso de una enfermedad producida por un hongo de dudosa procedencia que mataba a algo menos de la mitad de los ejemplares. Hoy en día, aunque seguimos en el punto de partida, se están desarrollando investigaciones que arrojan resultados que permiten pensar que el olmo podrá aguantar el embate.

Los olmos eran aquellos árboles majestuosos que presidían las innumerables plazas de los pueblos. Bajo ellos, los vecinos festejaban, se reunían y descansaban. La madera de olmo se trabajaba para conformar los aperos para la labranza, utensilios de cocina o garrotas. El ganado se alimentaba de los brotes jóvenes en momentos donde el frescor de la hierba era escaso. Durante generaciones, la vid y el olmo estuvieron maridados para que la cosecha no se pudriera, de ahí que no les pudiéramos pedir peras a los olmos, pero sí uvas. De fácil cultivo, porque se reproduce muy bien por los brotes de raíz, con una plasticidad de hábitat en la humedad de la ribera, o en la sequía de los campos, en suelos compactados, se le confería como “el árbol más querido de los habitantes de los pueblos”.

La grafiosis del olmo

Fue en 1919 cuando comenzó a enfermar la especie a nivel global. Un hongo nuevo para los gigantes con pies de barro (Ophiostoma ulmi), de origen desconocido aunque probablemente de procedencia asiática, transportado por un ejército de minúsculos coleópteros (Scolytyus spp.) que utilizan el tronco para su puesta, empezaba a propagar la enfermedad por toda Europa y América. Los síntomas iniciales se manifestaban en el puntisecado de las ramas, malformaciones en el crecimiento, o marchitamiento foliar. Alrededor del 40% de los ejemplares perecían. La alarma sonaba, dos mujeres en Holanda fueron las primeras en catalogarla. La “Dutch Elm Disease”, se empezaba a distribuir por los millones de escolítidos volando entre la masa forestal e inoculando, sin saber que tiraban piedras sobre su propia especie, las esporas del hongo con una dispersión exponencial, haciendo imparable su avance. En la Península Ibérica llegó algo más tarde, quizá por el parcial aislamiento geográfico, pero a partir de los años 30 se observaron los primeros síntomas.

Fue entre los años 70 u 80 del siglo pasado cuando las maltrechas poblaciones de olmo sufren un revés todavía más duro: la aparición de Ophiostoma ulmi en otro hongo con una virulencia superior. Ophiostoma novo-ulmi se convierte en una auténtica pandemia arrasando casi el 100% de las poblaciones mundiales de olmo común (Ulmus minor). Cuando un árbol se infecta con el patógeno, éste empieza a colonizar los vasos conductores de savia del árbol y en menos de un mes prácticamente los colapsa, agotando al individuo. Se seca fugazmente por completo, quedando incluso las hojas colgadas, aunque con llamativo tono ocre en el jolgorio primaveral, estación donde se producen más infecciones debido a unas condiciones climatológicas más propicias para el crecimiento fúngico y coincidiendo con el inicio del ciclo reproductivo de los coleópteros. Muchas veces, el olmo rebrota de nuevo, pero cuando el joven olmo empieza a despuntar vigorosamente, la enfermedad lo ataca otra vez, proceso que se repite cíclicamente hasta que la cepa no tiene suficiente energía y muere.

Poco se puede hacer. Ni los tratamientos con fungicidas, ni los insecticidas para controlar el ataque de los coleópteros parecen suficientes ni viables. En los jardines del Generalife, en la Alhambra de Granada, que albergaban a una monumental olmeda, los tratamientos tuvieron que frenarse viendo la escasa eficiencia de los mismos. La enfermedad es conocida aquí como grafiosis por los curiosos grafos que se aprecian en el interior de la corteza del árbol, dibujados por las potentes mandíbulas de los escolítidos en la puesta de los huevos y nacimiento de las larvas, y que son lo suficientemente profundos como para contactar con el torrente de savia del floema del árbol que dispersa velozmente las esporas de Ophiostoma.

En busca de soluciones

Es en 1986 cuando nace la preocupación en el Ministerio de Agricultura, a través del Centro Nacional de Mejora Genética Forestal de Puerta de Hierro se inicia el Programa Español de Conservación Mejora de los Olmos Ibéricos, al que la Universidad Politécnica de Madrid y el equipo del ahora grupo de investigación de Genética, Fisiología e Historia Forestal se vinculan aportando conocimiento y desarrollando investigación sobre los mecanismos de acción de la enfermedad, posibles soluciones y direcciones que debe tomar el proyecto. Otro maridaje que dura 30 años.

Desde entonces, el trabajo ha sido constante por ambos grupos y las investigaciones y orientaciones del programa han tomado, según se avanzaba en conocimiento, distintas líneas de estudio. Inicialmente, con el fin de preservar parte de la especie y observando que prácticamente la totalidad de los olmos estaban desapareciendo, se buscaba hibridarlos con otras especies de olmo no autóctonas pero que tenían una tolerancia elevada a la enfermedad; se creó un banco clonal de conservación en ‘Puerta de Hierro’, Madrid; se llevaron clones a lugares donde la enfermedad parecía tener más complicado llegar debido al aislamiento geográfico, como las Islas Canarias; o, finalmente, observando que la grafiosis asolaba una población pero dejaba algún ejemplar sano, se pensó que podrían existir individuos autóctonos resistentes a la enfermedad, que serían interesantes localizar para probar su resistencia real en distintos ambientes climatológicos. Con esta esperanza, es entonces cuando se genera un protocolo de examen de resistencia para aquellos olmos supervivientes y miles de ejemplares pasan por esta prueba. Pero para que los resultados se puedan extrapolar a lo que ocurre de forma natural, se deben esperar al menos 4 años, que es cuando la anatomía del árbol dispone de una conformación muy similar a la adulta.

Siete ejemplares para salvar al olmo

Tras todos estos trabajos se han conseguido siete ejemplares con una resistencia muy elevada a la grafiosis, abriendo el camino de lo que podría haber llegado en un futuro de la mano de la propia Naturaleza, aunque de una manera más lenta, complicada y arriesgada: la recuperación de la especie. Pero desde 1986 ha pasado tiempo, quizá no tanto para la vida de un árbol como el olmo, para que nos sigamos encontrando en el punto de inicio. Ahora, con ayuda de financiación europea, la Universidad Politécnica de Madrid ha sido adjudicataria de un proyecto LIFE+ Olmos Vivos para la Restauración de los olmos ibéricos en la cuenca del Río Tajo, que con el trabajo del Ministerio de Medio Ambiente, la Confederación Hidrográfica del Tajo y de los Ayuntamientos de Aranjuez y San Sebastián de los Reyes, se van a forestar más de 9.600 copias de estos clones en los terrenos municipales de los colaboradores. La primera plantación experimental se realizará este año en Aranjuez y para la producción de la planta se están empleando técnicas de cultivo in vitro, que entre azúcar, agar, sales minerales y hormonas nos permiten en poco espacio y en poco tiempo producir de manera más eficiente muchas plantas.

Pero Ulmus minor no es la única especie del género Ulmus autóctona en la península. Existen dos taxones más, Ulmus glabra u olmo de montaña y U. laevis u olmo blanco que también están amenazadas. La primera, el olmo de montaña, es también susceptible a la grafiosis y los escolítidos que, debido al calentamiento global, avanzan hasta las que eran zonas frías, donde se hospedan estos individuos; por otro lado, el olmo ciliado, o “negrillo”, al considerarse siempre alóctono se lo ha abandonado, aunque después de estudios genéticos comparativos de distintas poblaciones europeas llevados a cabo por E.T.S. Ingenieros de Montes de Madrid, se ha comprobado que la península ibérica sirvió como refugio glacial de la especie. Ulmus laevis, aun siendo susceptible al temido hongo blanco, no es de buen agrado para los escolítidos, que lo obvian como si fuera un árbol de otro género. Pero debido a su estado crítico, también entra en el programa LIFE+ Olmos Vivos como especie a cuidar e impulsar, por lo que se plantarán más de 7.000 brinzales obtenidos de semillas recolectadas en una de las poblaciones más importantes, la que se encuentra en Valdelatas, Madrid en la zona de San Sebastián de los Reyes.

Pero como ya decimos, probablemente nos sigamos encontrando en el comienzo de la recuperación de la especie y queda mucho trabajo por hacer. Para próximos avances, la colaboración ciudadana siempre es fundamental y, por eso, cualquier olmo que quede sano, podrá ayudar a elevar el número de genotipos resistentes, que siempre será agradecido por la especie. Información y fichas para poder distinguir a los olmos autóctonos, a los U. laevis de los U. minor o U. glabra las hemos alojado en la página web del proyecto, www.olmosvivos.es. Entre los olmos de las ciudades, cabe destacar una especie alóctona en la que aún no habíamos reparado y que suele llevarnos a confusión, U. pumila. Debido a su tolerancia a grafiosis se plantaron abundantes ejemplares por allá en los años 80 y, a veces, U. minor y U. pumila se hibridan con facilidad, haciendo difícil distinguir las especies.

Esperemos que pronto los olmos vuelvan al estrato cultural que ocuparon antaño y que las “Plaza del Olmo” como la de Boceguillas o Castellnovo que acaban de rellenar el alcorque de su antiguo olmo con uno resistente a la grafiosis en muy emotivos eventos, cobijen de sombra a sus paisanos y lleven de nuevo la vitalidad a los pueblos como se ha conseguido con una reciente plantación en Olmeda de la Cuesta, donde casi todos los vecinos abandonaron el pueblo paralelamente a la decadencia del olmo común y la gente no recordaba a tantos vecinos juntos desde aquellos tiempos en que los olmos modelaban el paisaje.




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