Carta ante la grave situación ecológica en el Campo de Gibraltar

Ya en los años sesenta, desde el poder político y económico -que viene a ser lo mismo- se decía que los ecologistas no eran más que una panda de insensatos agoreros y enemigos del progreso. Y no les faltaba razón, porque entonces y ahora se sigue confundiendo desarrollo con progreso. Algo de razón tenían, ya digo, pues de los foros conservacionistas provenían fundamentalmente las advertencias acerca de los graves efectos que producen el desequilibrio ecológico: los trastornos irreparables del efecto invernadero, el deterioro del medio ambiente por la industrialización desmedida, la escasez de agua, la desertización, la necesaria implantación de energías renovables como alternativa al petróleo y a las nucleares, entre otras muchas cuestiones preocupantes para el porvenir de la especie humana. La verdad es que este discurso chafaba al capital su imagen de sociedad del bienestar. Un bienestar que sustancialmente supone volver la espalda a los países pobres azotados por hambrunas, enfermedades y dictaduras. Una sociedad del bienestar que produce un individuo egoísta interesado fundamentalmente en la posesión y que renuncia sin esfuerzo a ser un ciudadano libre, solidario y que piense por su propia cabeza.

No son muchos los años transcurridos y, desgraciadamente, podemos comprobar cómo aquellas voces del ecopacifismo no se han equivocado. El planeta es un ser vivo del que formamos parte y no un autobús que tripulamos hacia no sabemos dónde. Un planeta en un equilibrio biológico delicadísimo donde el ser humano ha de construir su civilización respetando estrictamente las leyes de la naturaleza, de lo contrario estamos avocados al desastre. Hoy podemos constatar que el cambio climático no es un asunto de ciencia-ficción, sino una de las consecuencias más visibles del trastorno que la sinrazón del actual modelo de producción y de consumo ha provocado. En estos días los dirigentes mundiales se devanan los sesos en Nairobi para llegar a acuerdos internacionales en un intento de reducir las emisiones de gases causantes del terrible efecto invernadero. Esperemos que no estemos ya en punto de no retorno.

El cambio climático está ahí, todos podemos advertirlo. Y no es sólo un tema medioambiental como se nos quiere hacer creer. Este trastorno del clima -seguramente irreversible- destruirá ecosistemas, pondrá en grave peligro las zonas costeras, extenderá epidemias y hará crónicas enfermedades que tienen su origen en la alta contaminación que sufrimos.

Hemos mencionado el efecto invernadero y en este aspecto principal de los daños que estamos produciendo al planeta, el panorama futuro es desolador. Según dicen los expertos, si continua aumentando el consumo de petróleo al ritmo actual -y hay necesariamente que pensar en el desarrollismo que se inicia en India y en China- se producirá un crecimiento insostenible de emisiones de dióxido de carbono. Los gobiernos tendrán que prolongar, al menos una década más, los acuerdos de Kioto. Eso es lo que dice la Agencia Internacional de la Energía (AIE). No obstante, la credibilidad de la medida que proponen se me antoja escasa, ya que EE UU, la primera potencia mundial, está a la cabeza de los países que no cumplen, ni están dispuestos a cumplir, los acuerdos de Kioto. Nuestro país, en el puesto 38 de 50, ocupa una pésima posición en ese pelotón de cola.

El cambio climático no es ningún invento de ecologistas metepatas, es una realidad cuyas consecuencias son imprevisibles a medio plazo. Entre otros, el aumento de conflictos bélicos por el control de los recursos energéticos.

Vivimos, queridos amigos, una época de disparate y de confusión donde la propaganda y los falsos brillos del consumismo nos distraen de los verdaderos problemas que nos acosan. El modelo económico dominante es un depredador que destroza cuanto toca. Aquí lo que importa es el beneficio económico aunque se arrase el medio ambiente que nos sustenta.

La gravísima agresión que está sufriendo el medio natural es incuestionable. Para muestra, un botón: basta asomarse a nuestra Bahía para comprobarlo. La presión industrial en la Bahía de Algeciras es un atentado a la razón. No entraré en discutir si actividad industrial y preservación medioambiental son compatibles: eso que llaman desarrollo sostenible. Lo deseable es que así fuera, aunque tampoco confío en esa posibilidad porque la frecuencia de episodios contaminantes desmienten la eficacia de los controles. Y si realmente es posible, que las instancias oficiales establezcan las medidas de vigilancia y de prevención que sean eficaces y necesarias.

Aquí no se puede mirar a otra parte. No se puede porque es mucha la población que inexplicablemente vive al lado y bajo el paraguas contaminante de las industrias cuyos efectos perniciosos para el medio y la salud se detectan desde Jimena a La Línea. No es nuevo, lo sabemos, la incidencia malsana de la contaminación en la salud de los campogibraltareños es indudable. En los centros sanitarios se han detectado incrementos alarmantes de enfermos de cáncer, de afecciones cardiovasculares, respiratorias y alérgicas. No nos engañemos, lo sabemos. Y eso que ya sabemos, nos lo ratifican informes científicos del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, de la Escuela Andaluza de Salud Pública o de la Universidad de Cádiz. De esos informes se desprenden dos afirmaciones que no tienen discusión:

- La tasa de mortalidad de la comarca es una de las mayores de España.

- Las causas principales de muertes son la enfermedad isquémica del corazón y el cáncer de pulmón.

Es necesario que se realicen los estudios que determinen la relación causa-efecto, que determinen qué influencia tienen las emisiones contaminantes en la salud de la población del Campo de Gibraltar.

Aquí no se trata de buscar culpables y no es ésa la intención de estas palabras. Se trata de exigir a la Administración que tome conciencia de la situación de la salud pública en el Campo de Gibraltar. Que dedique recursos humanos y económicos para llevar a cabo un estudio científico que concluya con un diagnóstico sobre la salubridad de la comarca. Unos estudios epidemiológicos, toxicológicos y ambientales, de enfermedades profesionales y cuantos sean precisos para evaluar la situación, definir las causas y tomar las decisiones en consecuencia.

La constitución española reconoce el derecho a la salud. Así que tenemos derecho a la salud y derecho a una información veraz y transparente. Por todo ello, hacemos un llamamiento a los responsables políticos y, principalmente a los gobiernos municipales de la comarca, para que insten a la Junta de Andalucía a realizar investigaciones que establezcan el diagnóstico, señalen los factores de riesgo para la salud y calidad de vida de la ciudadanía que sirvan de guía para tomar las medidas correctoras que sean procedentes.

Como consecuencia lógica de lo dicho, sería razonable un acuerdo comarcal para una moratoria en la instalación de nuevas industrias con riesgos de contaminación. Ya sabemos que lo razonable no es moneda corriente, pero conviene no dejarse engañar: si se dice que un agente contaminante no supera los límites permitidos se está diciendo que no supera los límites establecidos, pero no que no sea perjudicial para la salud. Y así con todo.

Hemos hablado del derecho a la salud. También tenemos que referirnos a la responsabilidad de cada uno de nosotros. Si sabemos que las emisiones de CO2 son la causa principal del efecto invernadero, tenemos la obligación moral de aminorarla haciendo un uso comedido del automóvil y generar una demanda de transportes colectivos en la comarca; si sabemos que ciertos productos de consumo suponen procesos industriales contaminantes, tenemos que rechazar el consumo de esos productos; si sabemos que la energía es un bien escaso, debemos moderar el gasto energético de nuestros hogares; si sabemos que el agua -el gran problema del futuro inmediato- es un bien valiosísimo, tenemos que hacer un uso sensato de ella; si sabemos que la contaminación medioambiental degrada la vida, tenemos que ser conscientes y exigir las correcciones adecuadas; si sabemos que el derroche de la sociedad occidental tiene sumida en la pobreza y la desesperación a la gran mayoría de nuestros semejantes, tenemos la obligación de comprometernos solidariamente con ellos. Y así, queridas amigas y amigos, un largo etcétera que se correspondería con las grandes cuestiones que afectan a la supervivencia del planeta y de los seres vivos.

No podemos mirar a otra parte. No podemos permitirnos dejarnos llevar por los cantos de sirena del capitalismo depredador, en ello nos va nuestro futuro y el de los que están por venir. Que no nos confundan: nuestro principal papel es SER y no TENER. El ser humano no está a aquí para explotar a la naturaleza sino para vivir en armonía con ella. No estamos aquí para destruir el mundo sino para explicarlo. La misión de nuestra especie es construir un mundo libre donde el respeto, la igualdad y la fraternidad sean las divisas morales de nuestra existencia. No cejemos en este noble empeño: Pongámonos de parte de la vida, de parte de la alegría de vivir en paz.