Chernóbil y Fukushima: aniversario de dos sucesos desgraciados

Los desastres nucleares urgen a un cierre escalonado de las centrales.

Francisco Castejón, doctor en Físicas y portavoz de Ecologistas en Acción en Energía Nuclear. Revista El Ecologista nº 88.

El repaso de los accidentes nucleares de Chernóbil, ocurrido hace 30 años, y el de Fukushima, hace cinco, nos sitúan de nuevo ante los elevados riesgos de la energía nuclear. Más cuando se está planteando en nuestro país la reapertura de la central nuclear más vieja, Garoña, 45 años, cerrada en 2012 por graves problemas de seguridad.

Se cumple el 30 aniversario del accidente nuclear de Chernóbil y el 5º de Fukushima. También los 45 años de la puesta en marcha de Garoña. Los aniversarios redondos son buenas oportunidades para recordar sucesos que no deberían olvidarse en ningún momento. Por eso, tenemos, una buena excusa para recordar estos dos accidentes nucleares que tuvieron efectos devastadores que aún perduran. La finalidad es que se aprendan las lecciones y se abandone la energía nuclear en todo el mundo y, en particular, en nuestro país.

Chernóbil y Fukushima tuvieron el efecto de mostrar una vez más el peligro de la energía nuclear, que ya el accidente de la Isla de las Tres Millas, en 1979, había puesto de manifiesto. El accidente de Chernóbil convirtió en antinuclear a sectores de la socialdemocracia que, como en el caso del Partido Socialdemócrata Alemán (SPD), se posicionaron decididamente contra las centrales nucleares. El accidente de Fukushima ha sido más transversal en el arco político, puesto que ha motivado que se posicionen países enteros, como Alemania o Suiza, procedan a establecer calendarios de cierre o, como Italia, que decidió frenar sus planes de relanzamiento nuclear. Así como el accidente de Chernóbil convirtió en antinuclear al SPD, que llegó a un acuerdo con Los Verdes para un cierre escalonado de las nucleares alemanas, el de Fukushima lo hizo con la Unión Democrática Cristiana (CDU) de Angela Merkel.

El accidente de Fukushima se produjo cuando tenía lugar en España una nueva ofensiva pronuclear. Provoca sonrojo recordar cómo el exministro socialista Miguel Sebastián declaró que temer a la energía nuclear era como temerle a un eclipse; o a Mariano Rajoy proclamando que estaba todo controlado en Fukushima, justo el mismo día que se producía un grave escape de agua radiactiva. Esperemos que en el nuevo arco parlamentario español todos los grupos hayan aprendido la lección y apuesten por el cierre escalonado de las nucleares.

La explosión de Chernóbil

El 26 de abril de 1986, durante unas pruebas de seguridad, se produjo el accidente de Chernóbil, central nuclear situada a unos 90 km al norte de Kiev (Ucrania). Se trataba de una central moderna para la época, que constaba de cuatro reactores, y que se ponía como ejemplo de seguridad activa por los expertos del Organismo Internacional de la Energía Atómica (OIEA). La central se había puesto en marcha un año antes sin probar los sistemas de seguridad y se quería comprobar que la energía almacenada en el alternador eléctrico era capaz de alimentar todos los sistemas de emergencia de la central.

A pesar de las alabanzas del OIEA, el diseño de la central era muy peligroso pues carecía de contención y su reactor, de tipo BRMK (Reaktor Bolshoy Moshchnosti Kanalniy), resultaba muy inestable a baja potencia [1]. Durante las pruebas, se produjo una mala maniobra de los operadores, la temperatura ascendió por encima de la hidrólisis del agua, de tal forma que se liberó hidrógeno, y el núcleo del reactor estalló levantando por los aires la losa de hormigón de 1.000 toneladas (Tm) que lo cubría, esparciendo por el medio ambiente una gran cantidad de material radiactivo que incluía parte del inventario del reactor.

Es decir, se esparcieron radioisótopos pesados de larga vida como plutonio, además de elementos ligeros como tritio, cesio y yodo. Tras esta primera explosión se produjo una segunda, y aún existen discrepancias sobre su naturaleza, algunos expertos indican que pudo tratarse de una pequeña explosión nuclear. El gobierno soviético mantuvo en secreto el accidente hasta que no le quedó más remedio que hacerlo público, cuando se detectó la nube radiactiva en la central nuclear sueca de Forsmark.

Tras el accidente, se intentó controlar la situación arrojando desde helicópteros una mezcla de arena, plomo y boro. La primera serviría para apagar el fuego, el segundo para hacer de blindaje frente a la radiactividad y el tercero es un veneno neutrónico que debía frenar la reacción nuclear. La labor de los llamados “liquidadores” (equipos de empleados, bomberos y científicos) fue clave para que el gravísimo accidente no lo fuera más aún. Se encargaron de combatir los incendios, de arrojar al interior del edificio del reactor los trozos de grafito radiactivo y otros materiales y de asegurar el cajón del reactor

Fukushima, una central de seis reactores

El accidente de Fukushima-Daiichi (Japón) ocurrió el 11 de marzo de 2011 en una central que poseía seis reactores. Se produjo un fuerte terremoto de grado 9 en la escala de Richter a las 14.43 h hora local, seguido por un tsunami casi una hora después. En el momento del accidente, los reactores 1, 2 y 3 estaban en funcionamiento mientras que los 4, 5 y 6 estaban parados. Los seis reactores sufrieron el embate del terremoto que causó la rotura de algunas tuberías de los circuitos primarios, como mostraba el vapor radiactivo que se detectó dentro de las contenciones de los reactores que entonces funcionaban. A pesar de que TEPCO, la empresa propietaria de la central, afirmó que los reactores habían resistido el terremoto, se sabe que no fue así y que los reactores sufrieron daños. Por cierto, el reactor número 1 era gemelo del de Garoña, fabricado por General Electric. Estos dos reactores empezaron incluso a funcionar a la vez.

El temblor de tierra hizo funcionar los sistemas automáticos que insertaron las barras de control en los reactores 1, 2 y 3. Tras la inserción, aunque la reacción nuclear estaba detenida, los núcleos seguían emitiendo calor por los elementos radiactivos que contienen. En condiciones normales, el flujo de agua debería haberlos enfriado, siempre que los daños provocados por el terremoto en los reactores no lo hubieran impedido. No tuvimos ocasión de comprobarlo, porque el tsunami que sobrevino después del terremoto arrasó las turbinas, los generadores eléctricos y las bombas de agua. La destrucción de estas últimas fue clave puesto que dejó de circular agua por los reactores, con lo que la temperatura interna aumentó hasta el extremo de que el agua se separó en sus elementos constituyentes: oxígeno e hidrógeno.

El hidrógeno es un gas muy explosivo que produjo sendas deflagraciones en los tres reactores. Las explosiones destrozaron los reactores 1, 2 y 3 y esparcieron radiactividad al exterior. Sobre todo se fugaron elementos ligeros como tritio, yodo y cesio, aunque en las cercanías del reactor número 2 se detectó plutonio. Este reactor era alimentado por óxidos mixtos de uranio y plutonio. Además, los núcleos de los reactores se fundieron por el calor y se vertieron en los fondos de las contenciones, donde el nivel de radiactividad es enorme. La piscina del reactor número 4 se quedó sin agua y se produjo un escape radiactivo y un fuego que pudo ser de uranio.

Fallo de la refrigeración

Tras el fallo de la refrigeración normal de la central, se inyectó agua de mar en grandes cantidades a los reactores para intentar enfriarlos. El agua que salía de los reactores era muy radiactiva, pues había estado en contacto con el núcleo, por lo que había que almacenarla. Además de esto, las aguas subterráneas que han estado fluyendo por el subsuelo de la central se han estado contaminando y vertiéndose al mar, hasta que se construyó un sistema que redujera los vertidos. Se echaron al mar unas 300 toneladas de agua radiactiva al día. El total de agua a almacenar se calcula en 800.000 toneladas.

Tras el accidente de Chernóbil se incorporaron las mejoras que se dedujeron de las lecciones aprendidas. Sin embargo, éstas no fueron suficientes para evitar el accidente de Fukushima. Sobre todo, se reforzaron las contenciones de las centrales. A pesar de que se decía que una central occidental no podía sufrir un accidente como el de Chernóbil, se vio que las contenciones de muchas centrales conocidas como Mark I, como la de Garoña en España, tampoco soportarían las explosiones que se produjeron, por lo que era necesario reforzarlas.

La diferencia fundamental entre las causas de ambos accidentes es que el de Chernóbil se produce por un iniciador dentro de la central, junto con un mal diseño, mientras que el de Fukushima tiene lugar por una causa externa a la central, agravada por una mala elección del emplazamiento. Para los expertos en seguridad, el accidente de Fukushima supone un desafío enorme: obliga a prever todo tipo de suceso que pueda ocurrir fuera de la central que pudiera dañar no sólo el reactor, sino alguno de los sistemas auxiliares como las bombas de refrigeración.

A petición de Austria se produjeron en Europa las llamadas pruebas de estrés que mitigaban de alguna manera la probabilidad de un accidente como el de Fukushima. Sin embargo, estas pruebas eludían el principal peligro de suceso externo: la intrusión humana. Parece de sentido común que no es posible prever todos los sucesos externos a la central que puedan afectarla.

Consecuencias, similitudes y diferencias

Las consecuencias de ambos accidentes son diferentes, cada cual en su gravedad. El accidente de Chernóbil significó por primera vez una fuga a gran escala de radiactividad, que viajó en forma de nube por toda Europa y puso de manifiesto que la seguridad nuclear no es algo que ataña solo al país que posee las centrales, puesto que la radiactividad puede recorrer miles de km. Sigue habiendo mucha discusión sobre el número de víctimas y es muy difícil que la Organización Mundial de Salud (OMS) emita cifras convincentes puesto que desde 1958 tiene un compromiso con el OIEA para consensuar con este organismo los datos sobre víctimas de accidentes nucleares. Estos dos organismos reconocen unas 40 víctimas del accidente mientras que otras fuentes, como la Academia de Ciencias rusa, hablan de unas 200.000. Viendo los impactos del accidente, resulta más fácil creer la segunda cifra que la primera: existen unos siete millones de afectados; la mitad de la población de Bielorrusia analizada, presenta mutaciones en la sangre; el número de cánceres de tiroides se ha multiplicado por cien y existe una extensión contaminada de 150.000 km2. Además, un círculo de 30 km en torno a la central nuclear resulta inhabitable.

En la actualidad se está construyendo un segundo sarcófago que cubrirá las grietas del primero. Este segundo está valorado en unos 615 millones de los que aún faltan 85 por conseguir. Se trata de una cubierta de acero de 260 metros de envergadura y 110 de altura, que pesa 36.000 toneladas, y no estará lista hasta 2017. Cuando lo esté, se deslizará hasta situarla sobre el reactor y se sellará para aislarlo herméticamente en caso de colapso. Está diseñado para funcionar durante 100 años.

Aunque la radiactividad que se escapó de Chernóbil era mayor que la de Fukushima, según algunas estimaciones unas cuatro veces más, el accidente de Fukushima tiene efectos novedosos que nunca antes se habían registrado y cuyos efectos futuros no se conocen. El principal problema es la contaminación del agua. Inicialmente, los reactores se regaron de forma masiva con agua de mar para luchar contra la fusión de los núcleos y posteriormente las aguas subterráneas que fluyen desde las cercanas montañas hacia el mar se contaminaron al atravesar el subsuelo contaminado, e incluso al penetrar dentro de las contenciones. El resultado es que miles de toneladas de agua contaminada se han vertido ya al mar con los efectos que esto pueda tener sobre la flora y la fauna marina y sobre las especies pesqueras. Además, se ha decido dejar una contaminación remanente de 20 mSv al año en algunos lugares de difícil descontaminación, lo que resulta demasiado alto, por lo que los efectos sobre la población serán detectables en un par de décadas. Ya se ha detectado un notable aumento de cáncer de tiroides, que se ha multiplicado por entre 20 y 50, dependiendo de las zonas. De momento, sólo se reconocen dos fallecidos por el accidente.

Todavía no se habla de entrar en las contenciones para ver el estado de los reactores y es muy probable que se decida cubrirlos con sendos sarcófagos hasta que el nivel de radiactividad baje lo suficiente.

¿Lecciones aprendidas?

Siempre que se produce un accidente de estas características se intenta extraer lecciones de cara al futuro para reducir en lo posible el riesgo de nuevos accidentes. Como se ha visto, las reparaciones acometidas tras el accidente de Chernóbil no impidieron el accidente de Fukushima-Daiichi, ni otros accidentes de gravedad variable como el de Tomsk (Rusia) en 1993, Sosnovi Bor (Rusia) en 1994, Tokaimura (Japón) en 1997, el de KasHiwaZaki-Kawira (Japón) en 2007, o el de Tricastin (Francia) en 2008.

Podemos preguntarnos hasta cuándo va la industria nuclear a seguir aprendiendo para hacer totalmente seguras las centrales, las fábricas de combustible o los depósitos de residuos.

El problema es que las centrales son intrínsecamente inseguras y no se pueden prever todos los avatares que afecten a la seguridad. De hecho, cuando se intenta que toda la central tenga los mismos niveles de seguridad que los de la parte nuclear, como es el caso del reactor de Olkiluoto (Finlandia), el coste se dispara, alcanzando la cifra de 9.000 millones de euros, el triple de lo presupuestado. En otras palabras, las exigencias de seguridad convierten a las centrales en ruinosas.

Dos enseñanzas importantes de Fukushima y Chernóbil son la necesidad de transparencia y comunicación abierta, así como la imprescindible independencia y fortaleza de los organismos reguladores que vigilan la seguridad de las instalaciones.

En ambos casos faltó transparencia en la comunicación de la gravedad del accidente, por lo que las poblaciones y los estados vecinos no pudieron tomar medidas de protección ni otorgar la ayuda que habría sido muy oportuna.

Y en ambos casos, los encargados de vigilar la seguridad hicieron dejación de sus responsabilidades y se plegaron a los designios de los políticos y de la empresa propietaria, lo que dificultó un control eficaz antes y durante la gestión del accidente.

Tras los numerosos accidentes que hemos contemplado, tenemos que intentar que el mundo ponga fin a la era nuclear, que nunca debería haber empezado, con el cierre escalonado de las centrales.


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